INTERLUDIOS
I-1. PUULI
Puuli el farero intentaba que no todo el mundo supiera lo emocionado que estaba con aquella nueva tormenta. Era una tragedia. Una auténtica tragedia. Se lo dijo a Sakin mientras ella sollozaba. Sakin se había considerado bastante enaltecida y afortunada al conseguir su nuevo marido. Se había mudado a la lujosa choza de piedra del hombre, en un sitio estupendo para cultivar un jardín, detrás de los acantilados al norte del pueblo. Puuli estaba recogiendo pedazos de madera que habían llegado desde el oeste, traídos por la extraña tormenta, y amontonándolos en su carretilla. Recogió con las dos manos y dejó que Sakin llorara por su marido. Ya llevaba tres, y todos ellos perdidos en el mar. Una auténtica tragedia.
Aun así, a él lo emocionaba la tormenta.
Tiró de la carretilla frente a otros hogares rotos incluso estando allí, resguardados al oeste de los acantilados. El abuelo de Puuli recordaba el tiempo en que los acantilados no estaban. La mismísima Becca había resquebrajado la tierra en plena tormenta, creando un nuevo emplazamiento idóneo para levantar casas.
¿Dónde construirían sus hogares los ricos ahora?
Porque había gente rica en el pueblo, dijeran lo que dijesen los viajeros del océano. Amarraban en aquel pequeño puerto, en el maltrecho límite oriental de Roshar, y se refugiaban de las tormentas en su cala paralela a los acantilados. Puuli tiró de su carretilla más allá de la cala. Allí, una capitana extranjera, con las cejas largas y la piel morena en vez de azul como debía ser, intentaba comprender qué le había pasado a su barco destruido. La tormenta lo había zarandeado en la cala, le había arrojado un relámpago y luego lo había estrellado contra las rocas. Solo el mástil seguía siendo visible.
Una auténtica tragedia, dijo Puuli. Pero dio la enhorabuena a la capitana por el mástil. Era un mástil muy bueno.
Puuli recogió unas planchas de madera del barco destrozado que habían llegado a la costa de la cala y las subió a su carretilla. Aunque hubiera destruidos muchos barcos, Puuli estaba contento por aquella nueva tormenta. Contento en secreto.
¿Había llegado por fin el momento del que le había advertido su abuelo? ¿La época de cambios, en la que los hombres de la isla oculta del Origen por fin llegarían para reclamar Natanatan?
Aunque no fuese así, la nueva tormenta le estaba llevando muchísima madera. Trozos de rocabrotes, ramas de árboles. Puuli lo recogió todo con avaricia, lo amontonó en la carretilla y pasó con ella por delante de grupos de pescadores que intentaban decidir cómo sobrevivirían en un mundo con tormentas llegando en los dos sentidos. Los pescadores no se pasaban el Llanto sesteando, como los perezosos granjeros. Trabajaban durante él, porque no había vientos. Mucho achicar agua, pero nada de viento. Hasta ahora.
Una tragedia, dijo a Au-lam mientras lo ayudaba a sacar desechos de su granero. Muchas de las tablas terminaron en la carretilla de Puuli.
Una tragedia, convino con Hema-Dak mientras le cuidaba a los niños para que ella pudiera llevar un caldo a su hermana, que había cogido la fiebre.
Una tragedia, dijo a los hermanos Tambor mientras los ayudaba a sacar una vela raída del agua y extenderla sobre la roca.
Puuli por fin terminó su ronda y tiró de su carretilla por el largo y serpenteante camino que subía hasta Desafío. Era el nombre que había puesto al faro. Nadie más lo llamaba así, porque para ellos era solo «el faro».
Al llegar, dejó una ofrenda de fruta para Becca, la Heraldo que vivía en la tormenta. Luego entró la carretilla en la planta baja. Desafío no era un faro muy alto. Puuli había visto pinturas de los faros esbeltos y modernos que jalonaban los estrechos de Ceño Largo. Eran faros hechos para ricos que iban en barcos que no pescaban. Desafío solo tenía dos plantas y era bajo y robusto como un refugio. Pero la mampostería era buena, y el recubrimiento exterior de crem evitaba las filtraciones. Llevaba en pie más de cien años, y Becca no había querido derruirlo. El Padre Tormenta sabía lo importante que era. Puuli subió una brazada de madera de tormenta mojada y tablones rotos a la cima del faro, donde los dejó a secar junto al fuego, que ardía bajo durante el día. Se sacudió las manos y fue hasta el borde del faro. Por la noche, los espejos reflejarían la luz para que pasara por el hueco. Contempló los acantilados, al este. Su familia se parecía mucho al propio faro. Eran achaparrados, pero poderosos. Y resistentes.
«Vendrán con luz en los bolsillos —había dicho su abuelo—. Vendrán a destruir, pero deberías esperarlos de todos modos. Porque vendrán desde el Origen. Marineros perdidos en un mar infinito. Mantén alto el fuego por las noches, Puuli. Que arda bien brillante hasta el día en que vengan. Llegarán cuando la noche sea más oscura.»
Tenía que haber llegado el momento, con una tormenta nueva.
Las noches más oscuras. Una tragedia.
Y una señal.
