I-2. ELLISTA
El monasterio de Jokasha solía ser un sitio muy tranquilo.
Enclavado en los bosques de las faldas occidentales de los Picos Comecuernos, el monasterio solo conocía la lluvia cuando pasaba una alta tormenta. Era una lluvia intensa, sí, pero desprovista de la terrible violencia que sufría la mayoría del resto del mundo. Ellista se recordaba a sí misma lo afortunada que era con cada tormenta. Había fervorosos que se esforzaban durante media vida para que los trasladaran a Jokasha. Lejos de la política, las tormentas y otras molestias, en Jokasha era posible dedicarse a pensar.
En general.
—Pero ¿tú estás viendo estas cifras? ¿Es que tienes los ojos desconectados del cerebro?
—Todavía no podemos concluir nada. ¡Tres instancias no son suficientes!
—Dos observaciones componen una coincidencia, tres componen una secuencia. La tormenta eterna se desplaza a velocidad consistente, al contrario que la alta tormenta.
—¡No me creo que te atrevas a afirmar eso! Una de tus observaciones, esa tan cacareada, es del primer paso de la tormenta, que fue un acontecimiento excepcional.
Ellista cerró su libro de golpe y lo guardó en la mochila. Salió de su rincón de lectura y miró con ira a los dos fervorosos que discutían en el pasillo, ambos con las tocas de maestros eruditos. Estaban tan absortos en su competición de gritos que ni siquiera reaccionaron a la mirada, aunque fue de las mejores que había lanzado nunca. Salió de la biblioteca y cruzó un largo pasillo con los lados abiertos a los elementos. Pacíficos árboles. Un calmo arroyo. Aire húmedo y enredaderas musgosas que aparecían y se extendían para yacer durante la tarde. Bueno, de acuerdo, una gran franja de árboles de allí fuera había quedado arrasada por la tormenta nueva, ¡pero no era motivo para que todos se alteraran tanto! Que se preocupara el resto del mundo. Allí, en la sede central del Devotario de la Mente, se suponía que una debía poder dedicarse solo a leer. Dejó sus cosas en una mesa de lectura cerca de una ventana abierta. La humedad no era buena para los libros, pero las tormentas suaves iban de la mano con la fecundidad y había que aceptarlo. Con un poco de suerte, esos nuevos fabriales que absorbían agua del aire lograrían…
—… estoy diciendo, ¡vamos a tener que mudarnos! —resonó una nueva voz por el pasillo—. Escucha, la tormenta va a arrasar esos bosques. Cuando quieras darte cuenta, esta ladera estará yerma y la tormenta caerá sobre nosotros con toda su fuerza.
—La nueva tormenta no tiene un factor ventoso tan elevado, Bettam. No va a derribar los árboles. ¿Has visto mis mediciones?
—He refutado esas mediciones.
—Pero…
Ellista se frotó las sienes. Llevaba la cabeza afeitada, como los demás fervorosos. Sus padres aún bromeaban diciendo que se había enrolado en el fervor solo porque odiaba tener que preocuparse de su pelo. Probó a ponerse tapones en las orejas, pero seguía oyendo la discusión, así que recogió sus cosas de nuevo.
¿Quizá en el edificio bajo? Tomó el largo tramo de escalera exterior y descendió por la ladera siguiendo un sendero del bosque.
Antes de llegar por primera vez al monasterio, había fantaseado imaginando cómo sería la vida entre eruditos. Sin rencillas. Sin politiqueo. Sus esperanzas no se habían cumplido, pero al menos la gente solía dejarla en paz, de modo que tenía suerte de estar allí. Volvió a recordárselo a sí misma mientras entraba en el edificio de abajo. En esencia, era un revoltijo. Decenas de personas recopilando información de vinculacañas, hablando entre ellas y contándose los rumores de este alto príncipe o aquel rey. Ellista se detuvo en la puerta, lo asimiló todo un momento y entonces dio media vuelta y se alejó de allí. Y ahora, ¿qué? Empezó a remontar de nuevo la escalera, pero fue aflojando el paso. «Seguramente sea el único camino hacia la paz», pensó mirando el bosque.
Intentando no pensar en la tierra, los cremlinos y el hecho de que podrían gotearle cosas en la cabeza, se internó en el bosque a zancadas. No quería alejarse mucho, porque a saber lo que podía haber allí fuera. Eligió un tocón que no tenía demasiado moho y se sentó entre los vidaspren que flotaban, con el libro en el regazo. Aún le llegaba el sonido de los fervorosos discutiendo, pero desde lejos. Abrió el libro con la intención de poder avanzar algo por fin ese día.
Wema se dio la vuelta ante las proposiciones del brillante señor Sterling, apretándose la mano segura contra el pecho y bajando la mirada para apartarla de sus atractivos rizos. Halagos como aquellos, capaces de excitar la parte más impúdica de la mente, sin duda se revelarían incapaces de satisfacerla a largo plazo, pues si bien las atenciones del brillante señor fueron una vez apetecibles delicias con las que entretenerse en sus horas ociosas, se le antojaron en ese momento reveladoras de su extremada impudicia y las mayores imperfecciones de su carácter.
—¡Pero bueno! —exclamó Ellista, dejando de leer un momento—. ¡Serás tonta! Por fin te ha declarado su afecto. No te atrevas a rechazarlo.
¿Cómo podía aceptar aquella disipada justificación de los que una vez fueron sus tenaces deseos? ¿Acaso no debería, en cambio, optar por la decisión más prudente, aquella por la que abogaba la firme voluntad de su tío? El brillante señor Vadam gozaba de una concesión de tierras por obra y gracia del alto príncipe, y dispondría de los medios para proveerla en mucha mayor medida que las satisfacciones de que disponía un mero oficial, por bien considerado que estuviera y por muy agraciados que fueran su temperamento, sus rasgos y sus dulces caricias.
Ellista dio un respingo.
—¿El brillante señor Vadam, en serio? ¡Serás putón! ¿Es que ya no te acuerdas de que encerró a tu padre?
—Wema —entonó el brillante señor Sterling—, comprendo ahora que juzgué mal tus atenciones. Por ello, me embarga una profunda vergüenza ante mi necedad. Me marcharé a las Llanuras Quebradas y ya no tendrás que sufrir más tiempo la tribulación de mi presencia.
Se inclinó como un auténtico caballero, deferente y dotado de todo el debido refinamiento. Fue una reverencia digna incluso del más alto monarca, y en ella Wema entrevió la auténtica naturaleza de las atenciones del brillante señor Sterling. Era un hombre sencillo pero apasionado, respetuoso en todos sus actos. La comprensión dotó de un claro contexto a los avances previos del brillante señor, que de repente Wema interpretó como verdaderas grietas en su firme armadura, como huecos vulnerables y no como ejemplos de avaricia. Mientras él alzaba el cerrojo de la puerta con la intención de exir para siempre de su vida, en Wema brotaron una pena y un anhelo sin par, entrelazados como dos hilos en un telar que construyera un grandioso tapiz de deseo.
—¡Espera! —exclamó Wema—. Querido Sterling, no te marches sin escuchar mis palabras.
—Más te vale hacerle tormentoso caso y esperar, Sterling. —Ellista acercó la cara al libro y pasó la página.
El decoro se le antojó banal, sumida como se hallaba en su ansia por sentir el contacto de la piel de Sterling. Corrió a él y depositó en su firme brazo la mano enmangada, que a continuación alzó para acariciar su recia mandíbula.
Qué calor hacía allí fuera, en el bosque. Era casi sofocante.
Ellista se llevó la mano a los labios y leyó con ojos desorbitados, temblorosa. Ojalá todavía pudiera hallar aquella grieta en la imponente armadura de Sterling, y ojalá atinara a dar con una herida similar en su propio ser, para estrecharla contra la de él y abrirle el paso a los confines de su alma. Ojalá…
—¿Ellista? —llamó una voz.
—¡Sí! —chilló ella, levantándose de sopetón mientras cerraba el libro. Se volvió hacia el sonido—. Hum. ¡Ah! Fervoroso Urv.
El joven fervoroso siln era alto, desgarbado y demasiado escandaloso a veces. Salvo, por lo visto, cuando se acercaba a hurtadillas a sus colegas en el bosque.
—¿Qué estabas estudiando? —preguntó Urv.
—Obras importantes —dijo Ellista, y se sentó sobre el libro—. Nada digno de tu atención. ¿Qué quieres?
—Esto… —Urv miró la cartera de Ellista—. ¿Fuiste la última en revisar las transcripciones de la recopilación que hizo Bendthel del Canto del alba? ¿Las versiones antiguas? Quería saber si habías hecho algún progreso.
El Canto del alba. Cierto. Habían estado trabajando en eso antes de que llegara la tormenta y distrajera a todo el mundo. Echo Griffin había logrado descifrar de algún modo el Canto del alba en Alezkar. Su historia sobre unas visiones podía descartarse —la familia Griffin era famosa por sus opacas maniobras políticas—, pero la clave que les había proporcionado era auténtica y les había permitido ir traduciendo poco a poco los textos antiguos. Ellista empezó a hurgar en su cartera. Sacó tres códices mohosos y un fajo de papeles que contenían su trabajo hasta el momento. Sin pedir permiso, Urv se sentó en el suelo junto a su tocón y cogió los papeles que ella le tendía. Se puso su propia cartera en el regazo y empezó a leer.
—Increíble —dijo unos momentos después—. Has progresado más que yo.
—Todos los demás están demasiado ocupados preocupándose de esa tormenta.
—Bueno, es cierto que amenaza con barrer toda la civilización.
—Exageraciones. La gente siempre reacciona en demasía ante la mínima ráfaga de viento.
Urv pasó las páginas redactadas por Ellista.
—¿Qué es esta parte? ¿Por qué prestar tanta atención a dónde fue hallado cada texto? Fiksin concluyó que todos estos ejemplares del Canto del alba se distribuyeron desde un único lugar, por lo que el lugar en el que terminaron no revela nada nuevo.
—Fiksin era un lameculos, no un erudito —espetó Ellista—. Mira, del documento se deduce a las clara que hubo un tiempo en que se empleaba el mismo sistema de escritura a lo largo y ancho de Roshar. Tengo referencias en Makabakam, Sela Tales, Alezela… No es una diáspora de textos, sino auténticas pruebas que terminaron escritas de forma natural en el Canto del alba.
—¿Crees que todos hablaban el mismo idioma?
—Lo dudo muchísimo.
—Pero el Reliquia y monumento de Anya Griffin…
—No afirma que todos hablaran el mismo idioma, solo que lo escribían. Es una necedad suponer que todo el mundo usara la misma lengua a lo largo de siglos y decenas de naciones. Tiene más sentido que hubiera un lenguaje escrito codificado, el idioma de los eruditos, igual que ahora se encuentran muchas anotaciones escritas en alezi.
—Ah… —dijo él—. Y entonces llegó una Desolación…
Ellista asintió y le indicó una página posterior en su fajo de notas.
—Este extraño lenguaje intermedio es de cuando la gente empezó a usar la grafía del Canto del alba para transcribir fonéticamente sus idiomas. No les sirvió de mucho. —Pasó dos páginas más—. En este fragmento tenemos una de las primeras apariciones de los radicales glíficos protothaylovorin, y aquí hay uno que tiene una forma thayleña más intermedia.
»Siempre nos hemos preguntado qué pasó con el Canto del alba. ¿Cómo es posible que la gente dejara de saber leer su propio idioma? Pues esto lo aclara. Cuando tuvieron lugar los hechos, el lenguaje ya llevaba milenios moribundo. No lo hablaban, y llevaban generaciones enteras sin hacerlo.
—Brillante —dijo Urv. No era una persona tan horrible, para ser siln—. He traducido lo que he podido, pero me atasco en el Fragmento de Covad. Si lo que tienes aquí es correcto, podría ser porque Covad no pertenece al Canto del alba en sí, sino que es una transcripción fonética de otro idioma antiguo.
Urv amagó una mirada de soslayo y ladeó la cabeza. ¿Estaba mirándole el…?
Ah, no. Era solo el libro, sobre el que Ellista seguía sentada.
—Una virtuosa rendición de cuentas. Mmm. Buen libro.
—¿Lo has leído?
—Tengo debilidad por la épica alezi —respondió él distraído, pasando páginas de las notas de Ellista—. Pero ella tendría que haber elegido a Vadam. Sterling era un lisonjero y un gorrón.
—¡Sterling es un oficial noble y recto! —Entornó los ojos—. Y solo estás intentando pincharme, fervoroso Urv.
—Tal vez. —Siguió pasando páginas y estudió un diagrama que había hecho ella sobre las distintas gramáticas del Canto del alba—. Tengo un ejemplar de la secuela.
—¿Hay una secuela?
—Sobre la hermana de Wema.
—¿La tímida?
—Se gana las atenciones de la corte y tiene que escoger entre un apuesto oficial naval, un banquero thayleño y el sagaz del rey.
—Un momento, ¿esta vez son tres hombres distintos?
—Las secuelas tienen que ser siempre más a lo grande —dijo él, y le devolvió el fajo de papeles—. Ya te lo prestaré.
—Ah, conque sí, ¿eh? ¿Y qué pago exigirás por tan magnánimo gesto, brillante señor Urv?
—Que me ayudes a traducir un pasaje difícil del Canto del alba. Para este encargo me han impuesto una fecha de entrega muy estricta.
