SEGUNDA PARTE
NUEVOS PRINCIPIOS CANTAN
33. UNA LECCIÓN
Mi queridísimo Cephandrius.
Recibí tu comunicación, por supuesto
Anya estaba viva.
Anya Griffin estaba viva.
Se suponía que Lexa estaba recuperándose de su calvario, por mucho que hubieran sido los hombres del puente quienes lucharan. Ella solo había toqueteado a un spren antiquísimo. Aun así, pasó el día siguiente metida en su habitación, bosquejando y pensando. El regreso de Anya había avivado algo en ella. Antes Lexa había sido más analítica en sus dibujos, añadiéndoles notas y explicaciones. En los últimos tiempos, solo había esbozado páginas y más páginas de imágenes retorcidas. Clarke y Palona la visitaron por separado, e incluso Bellamy pasó a verla mientras Echo hacía chasquear la lengua y le preguntaba cómo se encontraba. Lexa había soportado su compañía y luego regresado encantada a sus dibujos. ¡Había tantas preguntas! ¿Por qué había sido capaz de espantar a la criatura? ¿Qué significado tenían sus creaciones?
Dominando toda su investigación, sin embargo, había un hecho único y sobrecogedor. Anya estaba viva.
Tormentas, Anya estaba viva.
Eso lo cambiaba todo.
Llegó un momento en el que a Lexa se le hizo insoportable seguir encerrada. Aunque Echo había comentado que Anya pretendía visitarla más tarde, Lexa se lavó y se vistió, se echó la cartera al hombro y salió a buscarla. Tenía que saber cómo había sobrevivido Anya. De hecho, a medida que Lexa recorría los pasillos de Urithiru, se notaba cada vez más perturbada. Anya afirmaba considerarlo todo desde una perspectiva lógica, pero tenía un talento dramático que rivalizaba con el de cualquier cuentacuentos. Lexa recordaba bien la noche de Kharbranth en la que Anya había tendido una trampa a unos ladrones y se había ocupado de ellos de forma asombrosa… y brutal.
Anya no solo pretendía demostrar sus afirmaciones. Quería insertártelas en el cráneo, con una floritura y un conciso epigrama.
¿Por qué no había escrito por vinculacaña para que todos supieran que había sobrevivido? Tormentas, ¿dónde había estado todo ese tiempo?
Unas pocas preguntas guiaron a Lexa de vuelta al pozo con la escalera en espiral. Unos guardias de impecable azul Griffin le confirmaron que Anya estaba abajo, así que Lexa empezó a descender de nuevo aquellos peldaños, y se sorprendió al reparar en que el descenso no la inquietaba. La sensación opresiva que había tenido desde su llegada a la torre parecía haberse evaporado. Había desaparecido el miedo, junto con la vaga sensación de alteridad. Ambos estaban provocados por la criatura a la que había ahuyentado. De algún modo, su aura había impregnado la torre entera. Al pie de la escalera encontró más soldados. Saltaba a la vista que Bellamy quería aquel lugar bien protegido, y Lexa no tenía ninguna queja al respecto. Los soldados la dejaron pasar sin más, con solo una inclinación y un «Brillante Radiante» murmurado. Cruzó con paso vivo el pasillo de los murales, agradablemente iluminado por lámparas de esferas situadas en la base de las paredes. Cuando pasó ante las bibliotecas vacías de ambos lados, empezó a oír voces que llegaban desde delante. Entró en la cámara donde se había enfrentado a la Madre Medianoche y pudo ver bien por primera vez el lugar sin estar cubierto de oscuridad serpenteante. La columna de cristal en el centro era asombrosa de verdad. No era una sola gema, sino una infinidad de ellas fundidas entre sí: esmeraldas, rubíes, topacios, zafiros… Las diez variedades parecían estar derretidas para componer un único y grueso pilar de seis metros de altura. Tormentas, ¿qué aspecto tendría si todas esas gemas estuvieran infusas de algún modo, y no opacas como las veía?
Había un grupo numeroso de guardias en una barricada cerca del extremo opuesto de la cámara, encarados hacia el túnel por el que había desaparecido la Deshecha. Anya estaba rodeando la columna gigante, tocando el cristal con la mano libre. La princesa vestía de rojo, con los labios pintados a conjunto y el pelo recogido y atravesado por pasadores con forma de espada y rubíes en los pomos. Tormentas, era perfecta. Una figura curvilínea, tez morena alezi, ojos violeta claro y ni siquiera una pizca de aberrante color en su cabello negro como el hollín. Crear a Anya Griffin tan hermosa como inteligente era una de las mayores injusticias cometidas jamás por el Todopoderoso.
Lexa vaciló en la entrada, con una sensación parecida a la que tuvo al ver a Anya por primera vez en Kharbranth. Insegura, abrumada y, puestos a ser sinceros, presa de una envidia atroz. Por mucho que hubiera sufrido Anya, no parecía haberle afectado en la apariencia. Lo cual era sorprendente, ya que la última vez que Lexa había visto a Anya, estaba inconsciente en el suelo y un hombre le atravesaba el pecho con un puñal.
—Mi madre —dijo Anya con la mano aún en la columna, sin mirar hacia Lexa— cree que esto tiene que ser algún tipo de fabrial increíblemente complejo. Es una suposición lógica, porque siempre hemos creído que los antiguos tenían acceso a una tecnología maravillosa. ¿Cómo si no se explican las hojas y armaduras esquirladas?
—¿Brillante? —dijo Lexa—. Pero… las hojas esquirladas no son fabriales. Son spren, transformados por el vínculo.
—Como los fabriales, según se mire —dijo Anya—. Sabes cómo se fabrican, ¿verdad?
—Solo a grandes rasgos —respondió Lexa. ¿En eso iba a consistir su reencuentro? ¿En una lección? «Muy apropiado.»
—Se captura un spren —dijo Anya— y se recluye dentro de una gema tallada a tal efecto. Los artifabrianos han descubierto que algunos estímulos concretos provocan ciertas respuestas en el spren. Por ejemplo, los llamaspren dan calor, y haciendo presión con metal contra un rubí con un llamaspren atrapado dentro, puede regularse su intensidad.
—Eso es…
—¿Increíble?
—Espantoso —dijo Lexa. Ya sabía algo sobre el tema, pero afrontarlo de cara la horrorizaba—. Brillante, ¿estamos encarcelando a spren?
—No es peor que enganchar un carro a un chull.
—No lo sería si, para que el chull tirara del carro, antes hubiera que encerrarlo en una caja para siempre.
Patrón zumbó con suavidad desde sus faldas en aprobación.
Anya se limitó a enarcar una ceja.
—Hay spren y hay spren, niña. —Volvió a posar los dedos en la columna—. Hazme un boceto de esto. Asegúrate de que las proporciones y los colores sean precisos, por favor.
La descuidada presunción de la orden fue como un bofetón para Lexa. ¿Qué era ella, una sirviente a la que mangonear?
«Sí —afirmó una parte de ella—. Eso es justo lo que eres. Eres la pupila de Anya.» Vista así, la solicitud no era tan descabellada, pero en comparación a cómo se había acostumbrado a que la trataran era…
En fin, no merecía la pena ofenderse e iba a tener que aceptarlo.
Tormentas, ¿cuándo se había vuelto tan quisquillosa? Sacó su cuaderno de bocetos y se puso a trabajar.
—Me ha alegrado saber que llegaste aquí por tu cuenta —dijo Anya—. Mis… disculpas por lo que ocurrió en el Placer del Viento. Mi falta de previsión causó las muertes de muchos, y sin duda te causó dificultades a ti, Lexa. Por favor, acepta mi pesar.
Lexa se encogió de hombros, bosquejando.
—Lo has hecho muy bien —continuó Anya—. Imagina mi sorpresa cuando llegué a las Llanuras Quebradas y descubrí que el campamento ya se había trasladado a esta torre. Lo que has logrado es fenomenal, niña. Sin embargo, tendremos que hablar más sobre el grupo que, de nuevo, intentó asesinarme. Casi sin la menor duda, pasarás a ser tú también un objetivo de los Sangre Espectral, ahora que has empezado a progresar hacia tus últimos Ideales.
—¿Estás segura de que fueron los Sangre Espectral quienes atacaron el barco?
—Por supuesto que lo estoy. —Miró a Lexa perdiendo la sonrisa—. ¿Tienes la certeza de que estás lo bastante bien para salir, niña? Muestras una contención muy poco característica.
—Estoy bien.
—Estás disgustada por los secretos que me reservé.
—Todos necesitamos secretos, brillante. Lo sé mejor que nadie. Pero habría estado bien que nos hicieras saber que seguías viva.
«Porque aquí estaba yo creyendo que podía ocuparme de todo sola, suponiendo que tendría que ocuparme de todo sola. Y mientras tanto, tú estabas de camino hacia aquí para ponerlo todo patas arriba otra vez.»
—No tuve ocasión hasta que llegué a los campamentos de guerra —dijo Anya—, y allí decidí que no podía arriesgarme. Estaba cansada y desprotegida. Si los Sangre Espectral deseaban acabar conmigo, podrían haberlo hecho sin impedimentos. Determiné que unos pocos días más creyéndome muerta no incrementarían demasiado el disgusto de nadie.
—Pero ¿cómo pudiste sobrevivir?
—Niña, soy una Nominadora de lo Otro.
—Por supuesto. Una Nominadora de lo Otro, brillante. ¡Palabras que nunca me explicaste y que nadie, salvo los eruditos más dedicados a lo esotérico, reconocerían! Sí, una explicación excelente.
Por algún motivo, Anya sonrió.
—Todos los Radiantes tenemos un apego con Shadesmar —dijo Anya—. Nuestros spren son originarios de allí, y nuestro vínculo nos enlaza con ellos. Pero mi orden ostenta un control especial sobre el tránsito entre reinos. Pude pasar a Shadesmar para escapar de mis aspirantes a asesino.
—¿Y sirvió de ayuda para el cuchillo que tenías clavado en el tormentoso pecho?
—No —respondió Anya—. Pero sin duda, a estas alturas habrás aprendido el valor de un poco de luz tormentosa en lo que se refiere al daño corporal, ¿verdad?
Por supuesto que Lexa lo había aprendido, y lo más probable era que hubiera podido deducir todo aquello por sí misma. Pero por algún motivo, no quería aceptarlo. Quería seguir molesta con Anya.
—La auténtica dificultad no fue escapar, sino regresar —prosiguió Anya—. Mis poderes hacen fácil el traslado a Shadesmar, pero volver a este reino no es tarea baladí. Tuve que encontrar un punto de transferencia, es decir, un lugar donde Shadesmar y nuestro reino se tocan, cosa que es mucho mucho más difícil de lo que cabría suponer. Es como… ir cuesta abajo en un sentido pero cuesta arriba para regresar.
Bueno, quizá su regreso aliviara un poco de presión sobre Lexa. Anya podría ser «Brillante Radiante» y Lexa podría ser… en fin, lo que quiera que fuese.
—Tendremos que conversar más largo y tendido —dijo Anya—. Querría escuchar, desde tu perspectiva, la narración fiel del descubrimiento de Urithiru. Y supongo que tendrás bocetos de los parshmenios transformados, ¿verdad? Nos revelarán mucho. Creo… que en otros tiempos denigré la utilidad de tu talento artístico. Ahora veo motivos para llamarme necia por albergar tales prejuicios.
—No pasa nada, brillante —dijo Lexa con un suspiro, todavía dibujando la columna—. Te traeré los bocetos, y sí que tenemos mucho de lo que hablar.
Pero ¿cuánto podría revelarle? ¿Cómo reaccionaría Anya, por ejemplo, si se enterara de que Lexa había tenido trato con los Sangre Espectral?
«Tampoco es que formes parte de su organización —pensó Lexa—. Si acaso, eres tú quien los utiliza para obtener información.» Quizá Anya lo encontrara admirable.
Aun así, Lexa no tenía muchas ganas de sacar el tema.
—Me siento perdida —dijo Anya.
Lexa alzó la mirada de su cuaderno y encontró a la mujer contemplando de nuevo la columna. Habló en voz baja, como para sí misma.
—Pasé años en primera línea de todo este asunto. Un tropezón de nada y ahora me descubro apurada para mantenerme a flote. Esas visiones que está teniendo mi tío, la refundación de los Radiantes en mi ausencia…
»Y esa Corredora del Viento. ¿Qué opinas de ella, Lexa? Yo la veo muy parecida a como imaginaba su orden, pero solo he hablado con ella una vez. Ha ocurrido todo muy deprisa. Después de pasar años bregando en las sombras, ahora sale todo a la luz y, a pesar de mis estudios, comprendo muy poco.
Lexa siguió con su boceto. Fue agradable que le recordaran que, a pesar de todas sus diferencias, había algunas cosas que Anya y ella tenían en común. Pero habría preferido que la ignorancia no estuviese la primera de la lista.
