34. RESISTENCIA
Reparé en su llegada de inmediato, igual que fui consciente de tus muchas incursiones en mi tierra
Es la hora, dijo el Padre Tormenta.
Todo se oscureció alrededor de Bellamy al entrar en un lugar entre su mundo y las visiones. Un lugar con el cielo negro y un suelo infinito de piedra blanca como el hueso. Del suelo de piedra emanaban unas formas hechas de humo que se alzaban en torno a él mientras iban disipándose. Objetos comunes: una silla, un jarrón, un rocabrote. A veces, también personas.
LA TENGO. La voz del Padre Tormenta sacudió aquel lugar, eterna y poderosa. A LA REINA THAYLEÑA. MI TORMENTA CAE SOBRE SU CIUDAD EN ESTOS MOMENTOS.
—Bien —dijo Bellamy—. Por favor, otórgale la visión.
Fen iba a entrar en la visión de los Caballeros Radiantes cayendo desde el cielo, para salvar un pequeño pueblo de una fuerza extraña y monstruosa. Bellamy quería que viese a los Caballeros Radiantes con sus propios ojos, tal y como habían sido una vez. Justos y protectores.
¿DÓNDE DEBO SITUARLA?, preguntó el Padre Tormenta.
—Donde me situaste a mí la primera vez —dijo Bellamy—. En la casa, con la familia.
¿Y TÚ?
—Yo observaré y hablaré con ella después.
DEBES FORMAR PARTE DE LOS ACONTECIMIENTOS, dijo el Padre Tormenta con terquedad. DEBES INTERPRETAR EL PAPEL DE ALGUIEN. ES ASÍ COMO FUNCIONA.
—Bien. Elige tú a alguien. Pero si es posible, que Fen me vea como yo mismo, y déjame a mí verla a ella. —Palpó la espada que llevaba al cinto—. ¿Y me dejas quedarme esto? Preferiría no tener que volver a luchar empuñando un atizador.
El Padre Tormenta atronó, molesto, pero no puso objeciones. El lugar de piedra blanca infinita se disipó.
—¿Qué era ese sitio? —preguntó Bellamy.
NO ES UN SITIO.
—Pero todo lo demás de estas visiones es real —dijo Bellamy—, así que ¿por qué ese…?
NO ES UN SITIO, insistió el Padre Tormenta con firmeza.
Bellamy guardó silencio, dejándose llevar por la visión.
LO IMAGINÉ YO, dijo el Padre Tormenta con voz más suave, como si estuviera reconociendo algo embarazoso. TODAS LAS COSAS TIENEN ALMA. UN JARRÓN, UNA PARED, UNA SILLA. Y CUANDO EL JARRÓN SE ROMPE, QUIZÁ MUERA EN EL REINO FÍSICO, PERO DURANTE UN TIEMPO SU ALMA RECUERDA LO QUE FUE. DE MODO QUE TODAS LAS COSAS MUEREN DOS VECES. SU MUERTE FINAL TIENE LUGAR CUANDO LOS HOMBRES OLVIDAN QUE FUE UN JARRÓN Y PIENSAN SOLO EN LOS TROZOS. ENTONCES IMAGINO QUE EL JARRÓN SE ALEJA FLOTANDO MIENTRAS SE DISUELVE EN LA NADA.
Bellamy nunca había oído decir nada tan filosófico al Padre Tormenta. No había creído posible que un spren, incluso uno poderoso de las altas tormentas, pudiera soñar de esa manera. De pronto, Bellamy estaba surcando el aire. Hizo aspavientos y gritó de pánico. La luz violeta de la primera luna bañaba el suelo, muy por debajo. Le dio un vuelco el estómago mientras su ropa aleteaba al viento. Siguió dando gritos hasta que cayó en la cuenta de que en realidad no estaba acercándose al suelo. No estaba cayendo, sino volando. Notaba el aire contra la coronilla, no contra la cara. Se miró y confirmó que su cuerpo brillaba, que emanaba de él luz tormentosa. Sin embargo, no sentía que estuviera en su interior: no le bullía la sangre en las venas, no lo urgía a actuar. Se escudó la cara del viento con un brazo y miró hacia delante. Un Radiante volaba en cabeza, resplandeciente en una armadura azul que brillaba toda ella, pero con más intensidad en los bordes y las ranuras. El hombre tenía la mirada vuelta hacia Bellamy, sin duda por sus gritos. Bellamy le hizo el saludo marcial para indicar que estaba bien. El hombre de la armadura asintió y volvió a mirar hacia delante.
«Es un Corredor del Viento —pensó Bellamy, atando cabos—. He ocupado el lugar de su compañera, otra Radiante.» Había visto a los dos en la visión y sabía que volaban para salvar el pueblo. Bellamy no estaba desplazándose gracias a su propio poder: el Corredor del Viento había lanzado a la mujer Radiante al cielo, como Octavia había hecho con Bellamy durante la batalla de Narak.
Costaba aceptar que no estaba cayendo, y la sensación de desplome se mantuvo en la boca de su estómago. Intentó concentrarse en otras cosas. Llevaba un uniforme marrón desconocido, aunque se alegró al comprobar que tenía su espada, como había pedido. Pero ¿por qué no llevaba armadura esquirlada?
En la visión, la mujer había llevado una que brillaba con luz ámbar.
¿Sería porque el Padre Tormenta había hecho que tuviera su propio aspecto para reunirse con Fen?
Bellamy seguía sin saber por qué la armadura de Radiante brillaba y la moderna armadura esquirlada no. ¿Estaría viva la antigua armadura de algún modo, igual que lo estaban las hojas Radiantes?
Quizá pudiera averiguarlo preguntando al otro Radiante. Pero tenía que plantear sus preguntas con cautela. Todos los demás verían a Bellamy como la Radiante a la que había reemplazado y, si sus indagaciones eran poco propias de ella, lo normal sería que confundiera a la gente y no que obtuviera respuestas.
—¿A qué distancia estamos? —preguntó Bellamy. El sonido se perdió en el viento, de modo que repitió la pregunta en voz más alta y por fin llamó la atención de su compañero.
—Ya no falta mucho —respondió el hombre a viva voz. El sonido resonó desde su yelmo, que brillaba en azul, sobre todo en los bordes y a lo largo del visor.
—¡Creo que a mi armadura le pasa algo! —le gritó Bellamy—. ¡No logro que se retraiga el yelmo!
En respuesta, el otro Radiante hizo desaparecer la suya. Bellamy alcanzó a entrever volutas de luz, o quizá de bruma. Bajo el yelmo, el hombre tenía la piel oscura y el pelo negro y rizado. Sus ojos brillaban en azul.
—¿Cómo que retraer el yelmo? —gritó—. Aún no has invocado tu armadura. Has tenido que descartarla para que pudiera lanzarte.
«Ah», pensó Bellamy.
—Digo antes. No ha desaparecido cuando quería que lo hiciera.
—Pues habla con Harkaylain o con tu spren. —El Corredor del Viento frunció el ceño—. ¿Supondrá un problema para nuestra misión?
—No lo sé —vociferó Bellamy—. Pero mientras tanto, estaba distraída. Repíteme cómo sabemos dónde tenemos que ir y qué sabemos de las criaturas a las que nos enfrentaremos. —Hizo una mueca por lo artificial que sonaba.
—Tú prepárate para apoyarme contra la Esencia de Medianoche y utiliza la Regeneración con los heridos que haya.
—Pero…
Encontrarás difícil obtener respuestas útiles, Hijo de Honor, atronó el Padre Tormenta. Ellos no tienen almas ni mentes. Son recreaciones forjadas por la voluntad de Honor y no poseen los recuerdos de la persona real.
—Pero seguro que podemos averiguar cosas —dijo Bellamy en voz baja.
Fueron creados para transmitir solo ciertas ideas. Presionarlos más allá solo tendrá como resultado revelar lo endeble de la fachada.
Oírlo le trajo recuerdos de la ciudad falsa que Bellamy había visitado en su primera visión, la versión destruida de Kholinar que era más escenario que realidad. Pero tenía que haber cosas que pudiera averiguar, cosas para las que Honor no tuviera un propósito pero que hubiera incluido de todos modos.
«Tengo que meter aquí a Echo y Anya —pensó—. Dejar que hurguen en estas recreaciones.»
La vez anterior que Bellamy estuvo en la misma visión, había ocupado el lugar de un hombre llamado Heb, un marido y padre que había defendido a su familia con solo un atizador de chimenea como arma. Recordó su frenética pelea con una bestia de piel aceitosa y oscura como la medianoche. Había luchado, sangrado, agonizado. Había pasado lo que le pareció una eternidad intentando proteger a su esposa y su hija, y fracasando al final. Era un recuerdo muy personal. Por falso que fuese, él lo había vivido. De hecho, al ver la aldea delante de él, en el lait creado por un alto macizo de piedra, las emociones se acumularon en su interior. Era una dolorosa ironía que tuviera sentimientos tan intensos sobre ese lugar y esa gente mientras sus recuerdos de Evi seguían siendo tan sombríos y confusos. El Corredor del Viento frenó a Bellamy cogiéndolo del brazo. Se quedaron suspendidos en el aire, flotando sobre los llanos rocosos que rodeaban la aldea.
—Ahí.
El Corredor del Viento señaló uno de los campos de alrededor, donde unas criaturas extrañas y negras estaban congregándose. Tenían el tamaño de un sabueso-hacha y una piel aceitosa que reflejaba la luz de luna. Aunque se movían sobre sus seis patas, no eran como ningún animal natural. Tenían las patas alargadas como las de un cangrejo, pero el cuerpo bulboso y la cabeza sinuosa, sin rasgos salvo una hendidura por boca, erizada de dientes negros. Lexa se había enfrentado al origen de aquellas criaturas en las profundidades de Urithiru. Bellamy había dormido un poco menos tranquilo todas las noches desde entonces, sabiendo que uno de los Deshechos se había ocultado en las entrañas de la torre. ¿Estarían los otros ocho cerca también, acechando?
—Bajaré yo primero y atraeré su atención —dijo el Corredor del Viento—. Tú ve hacia la aldea y ayuda a los lugareños. —El hombre apretó su mano contra Bellamy—. Bajarás dentro de unos treinta segundos.
El hombre hizo que se materializara su yelmo y, al instante, se precipitó hacia los monstruos. Bellamy recordaba ese descenso de su anterior vez en la visión, como una estrella caída del cielo para rescatar a Bellamy y la familia.
—¿Cómo? —susurró Bellamy al Padre Tormenta—. ¿Cómo conseguimos la armadura?
Pronunciad las Palabras.
—¿Qué palabras?
Lo sabréis o no lo sabréis.
Estupendo.
Bellamy no vio ni rastro de Taffa ni de Seeli, la familia a la que había protegido, por debajo. En su primera versión, habían estado allí fuera, pero la huida había sido obra de Bellamy. No podía saber con certeza cómo se había desarrollado la visión esa vez. Tormentas, no había planeado aquello muy bien, ¿verdad?
Había supuesto que se reuniría con la reina Fen y le echaría una mano, asegurándose de que no corriera demasiado peligro. En vez de eso, había desperdiciado un tiempo precioso volando hasta allí. Qué tonto. Tenía que aprender a ser más concreto con el Padre Tormenta. Bellamy empezó a descender de forma controlada, flotando hacia abajo. Tenía cierta idea de cómo se combinaban las potencias de un Corredor del Viento, pero de todas formas quedó impresionado. En el instante en que tocó el suelo, la sensación de levedad lo abandonó y la luz tormentosa que brotaba de su piel se desvaneció. Lo volvió mucho menos visible en la oscuridad que el otro Radiante, que refulgía como una antorcha azul blandiendo una grandiosa hoja esquirlada para combatir la Esencia de Medianoche. Bellamy se internó en la aldea, pensando en lo frágil que era su espada común si se la comparaba con una hoja esquirlada. Pero al menos, no era un atizador de hierro. Varias criaturas estaban recorriendo la calle principal, pero Bellamy se escondió detrás de una roca hasta que pasaron. Tardó poco en identificar la casa, que tenía un pequeño granero detrás, resguardado contra el macizo de piedra que protegía la aldea. Se acercó con cautela y vio que la pared del granero estaba hecha trizas. Recordó haberse escondido allí dentro con Seeli y después huir cuando atacó un monstruo. El granero estaba vacío, así que se dirigió a la casa, que estaba mucho mejor construida. Era de ladrillos de crem y grande, aunque parecía que en ella vivía solo una familia. Tenía que ser raro en una casa de ese tamaño, ¿verdad? En los laits el espacio estaba muy cotizado. Estaba claro que algunas de sus suposiciones no valían para esa época. En Alezkar, una mansión de madera se consideraría señal de riqueza. Allí, sin embargo, muchas otras casas eran de madera. Bellamy entró en la casa, cada vez más preocupado. El cuerpo real de Fen no podía salir herido por lo que sucediera en la visión, pero aun así sentiría el dolor. En consecuencia, aunque los daños no fuesen reales, su ira hacia Bellamy sin duda lo sería. Podía estar echando a perder toda oportunidad de que la reina lo escuchara.
«Ya ha renunciado a escucharme», se aseguró a sí mismo. Echo había estado de acuerdo en que la visión no podía empeorar las cosas.
Buscó en el bolsillo de su uniforme y lo satisfizo encontrar algunas gemas. Era normal que una Radiante llevara luz tormentosa encima. Sacó un pequeño diamante y se valió de su luz blanca para inspeccionar la sala. La mesa estaba volcada, las sillas dispersadas. La puerta estaba entreabierta y crujía un poco con un viento leve. No había ni rastro de la reina Fen, pero el cuerpo de Taffa yacía bocabajo cerca de la chimenea. Llevaba un vestido marrón de una sola pieza, ahora hecho harapos. Bellamy suspiró, enfundó su espada y se arrodilló para tocarle con suavidad la espalda en un punto que no habían alcanzado las zarpas de los monstruos.
«No es real —se dijo—. Ahora no. Esta mujer vivió y murió hace miles de años.»
Pero seguía doliéndole verla. Fue hasta la puerta entreabierta y salió a la noche, entre los aullidos y los gritos que llegaban desde el centro de la aldea. Apretó el paso por el camino, notando una sensación de urgencia. No, no solo de urgencia, sino también de impaciencia. Ver el cadáver de Taffa había cambiado algo. Bellamy no era un hombre confuso atrapado en una pesadilla, como había temido en su primera visita a aquel lugar. ¿Por qué se movía con disimulo? Esas visiones le pertenecían a él. No debería temer su contenido.
Una criatura asomó de entre las sombras. Bellamy absorbió luz tormentosa mientras el monstruo saltaba y lanzaba una dentellada a su pierna. Un dolor intenso ascendió por su costado, pero Bellamy no le hizo caso y la herida se cerró. Bajó la mirada mientras la criatura embestía de nuevo, con similar ausencia de resultados. Retrocedió unos pasos y Bellamy notó el desconcierto en su postura. Esa no era forma de que se comportara una presa.
—No os coméis los cadáveres —dijo Bellamy al monstruo—. Matáis por placer, ¿verdad? Pienso a menudo en lo distintos que somos los spren y los hombres, pero esto lo compartimos. Ambos podemos asesinar.
Aquella cosa impía se lanzó de nuevo hacia él, y Bellamy la agarró con las dos manos. Notó su cuerpo mullido, como un odre de vino a punto de estallar. Pintó al monstruo que se retorcía con luz tormentosa y giró para arrojarlo hacia un edificio cercano. La criatura dio contra la pared con el lomo y se quedó adherida allí, a más de un metro del suelo, moviendo enloquecida las patas. Bellamy siguió adelante. Se limitó a despedazar las siguientes dos criaturas que se abalanzaron sobre él. Sus restos temblaron y salió un humo negro de las carcasas.
«¿Qué es esa luz?» Danzaba por delante en la noche, cada vez más fuerte. Demasiado intensa, anaranjada, bañando el final de la calle.
No recordaba un fuego de la vez anterior. ¿Habría casas ardiendo? Bellamy se aproximó y encontró una pira, titilando con llamaspren, construida con muebles. Estaba rodeada por docenas de personas que sostenían escobas y bastos picos, hombres y mujeres juntos y armados con todo lo que hubieran podido encontrar. Hasta había un par de atizadores de hierro.
A juzgar por los miedospren congregados a su alrededor, los lugareños estaban aterrorizados. Aun así, lograron formar en una semblanza de filas, con los niños al centro, más cerca del fuego, mientras se defendían a la desesperada de los monstruos de medianoche. Junto al fuego se distinguía una silueta que les daba órdenes. La voz de Fen no tenía acento. Para Bellamy, sus gritos parecían estar en impecable alezi, aunque, cumpliendo las extrañas normas de aquellas visiones, todos los presentes en realidad estaban hablando y pensando en algún idioma de la antigüedad.
«¿Cómo ha logrado esto tan deprisa?», se preguntó Bellamy, ensimismado con la lucha de los habitantes de la aldea. Algunos de ellos cayeron derrumbados, sangrando y chillando, pero otros contenían a los monstruos y les rajaban los lomos, a veces con cuchillos de cocina, para desinflarlos.
Bellamy se mantuvo en el perímetro de la batalla hasta que una dramática figura en azul brillante cayó a escena desde el cielo. El Corredor del Viento se encargó de las criaturas que quedaban en un periquete. Al terminar, dedicó una mirada iracunda a Bellamy.
—¿Qué haces ahí plantada? ¿Por qué no has ayudado?
—Eh…
—¡Hablaremos de esto a nuestro regreso! —gritó, y señaló hacia un hombre del suelo—. ¡Ve a ayudar a los heridos!
Bellamy siguió la dirección del gesto, pero fue junto a Fen y no con los heridos. Había lugareños sollozando abrazados entre sí, aunque otros estaban exultantes por haber sobrevivido, y daban vítores y enarbolaban sus improvisadas armas. Bellamy había visto esa reacción después de una batalla. Las emociones acumuladas se desbordaban de maneras muy diversas. El calor de la hoguera perló de sudor la frente de Bellamy. El humo se arremolinaba en el aire y le recordaba el lugar en el que había estado antes de introducirse del todo en la visión. Siempre le había encantado el calor de un auténtico fuego, bailando con los llamaspren, siempre tan ansiosos por hacerse arder a sí mismos y morir. Bellamy sacaba más de treinta centímetros a Fen, con su rostro ovalado, sus ojos amarillos y sus cejas blancas thayleñas que llevaba curvadas para que cayeran a los lados de las mejillas. No llevaba el pelo entrecano trenzado como lo tendría una mujer alezi, sino suelto y hasta los hombros. La visión le había dado una sencilla camisa y pantalones para vestir, lo que llevaba el hombre al que había sustituido, pero ella se había hecho con un guante para su mano segura.
—¿Y ahora aparece el mismísimo Espina Negra? —se extrañó la reina—. Condenación, qué sueño más raro.
—No es del todo un sueño, Fen —dijo Bellamy, volviendo la mirada hacia el Radiante, que había entablado combate contra un grupo reducido de monstruos que llegaban por la calle—. No sé si tengo tiempo de explicártelo.
—Puedo ralentizarla —dijo un habitante de la aldea con la voz del Padre Tormenta.
—Sí, por favor —pidió Bellamy.
Todo se detuvo. O más bien… sufrió una enorme desaceleración. Las llamas de la pira danzaron letárgicas, y la gente se quedó casi parada.
Ni Bellamy ni Fen se vieron afectados. Bellamy se sentó en una caja junto a la que sostenía a la reina, que muy a regañadientes dobló las rodillas y se sentó también.
—Un sueño pero que muy raro.
—Yo también supuse que estaba soñando, cuando tuve la primera visión —dijo Bellamy—. Cuando siguieron viniendo, me vi obligado a admitir que no hay sueños tan nítidos, tan lógicos. En ningún sueño podríamos estar manteniendo esta conversación.
—En todos los sueños que he tenido, lo que ocurría me resultaba natural en el momento.
—En ese caso, comprenderás la diferencia al despertar. Puedo mostrarte muchas más visiones como esta, Fen. Las dejó para nosotros un… un ser con cierto interés en ayudarnos a sobrevivir a las Desolaciones. —Era mejor no plantearle su herejía de momento—. Si una sola no es lo bastante persuasiva, lo entenderé. Yo soy tan cazurro que me costó meses creer en ellas.
—¿Son todas tan… estimulantes?
Bellamy sonrió.
—Para mí, esta es la más poderosa de ellas. —Miró a la reina—. Lo has hecho mejor que yo. A mí solo me preocupaban Taffa y su hija, pero terminé dejándolas rodeadas de monstruos de todos modos.
—Yo he dejado morir a la mujer —dijo Fen en voz baja—. He salido corriendo con la niña y he permitido que esa cosa la matara. Prácticamente, la he utilizado de cebo. —Miró a Bellamy con ojos atribulados—. ¿Qué propósito tiene esto, Griffin? Insinúas que tienes poder sobre estas visiones. ¿Por qué me has atrapado en esta?
—Para serte sincero, solo quería hablar contigo.
—Pues envíame una tormentosa carta.
—En persona, Fen. —Señaló con el mentón a los habitantes congregados—. Esto lo has hecho tú. Has organizado la aldea y la has enfrentado al enemigo. ¡Es extraordinario! ¿Pretendes que me crea que darás la espalda al mundo, en un momento de similar necesidad?
—No seas idiota. Mi reino está sufriendo. Atiendo las necesidades de mi pueblo, no estoy dando la espalda a nadie.
Bellamy la miró e hizo un mohín, pero no dijo nada.
—¡Muy bien! —restalló Fen—. Muy bien, Griffin. ¿Quieres que lleguemos al fondo del asunto? Dime una cosa. ¿De verdad esperas que crea que los tormentosos Caballeros Radiantes han regresado y que el Todopoderoso te ha elegido a ti, un tirano y un asesino, para liderarlos?
A modo de respuesta, Bellamy se levantó y absorbió luz tormentosa. Su piel empezó a brillar con un humo luminiscente que emanaba de su cuerpo.
—Si necesitas pruebas, lograré persuadirte. Por increíble que parezca, los Radiantes de verdad han regresado.
—¿Y la segunda parte? Sí, hay una tormenta nueva, y quizá también nuevas manifestaciones de poder. De acuerdo. Lo que no acepto es que a ti, Bellamy Griffin, el Todopoderoso te haya encargado que nos lideres.
—Se me ha ordenado que una.
—Un mandato divino, precisamente el mismo argumento que empleó la Hierocracia para hacerse con el control del gobierno. ¿Y qué hay de Sadees, el Hacedor de Soles? También él afirmaba haber recibido la llamada del Todopoderoso. —Fen se puso en pie y caminó entre la gente de la aldea, que estaba casi petrificada, sin apenas moverse. Se volvió y extendió de golpe un brazo hacia Bellamy—. Y aquí estás tú ahora, diciendo las mismas cosas y del mismo modo, sin llegar a amenazar pero con insistencia. ¡Unamos nuestras fuerzas! Si no lo hacemos, el mundo está condenado.
Bellamy notó que perdía la paciencia. Tensó la mandíbula, se obligó a tranquilizarse y fue hacia ella.
—Majestad, estás siendo irracional.
—¿Ah, sí? Pues déjame que me lo piense mejor, a ver. ¡Vaya, pero si lo único que tengo que hacer es dejar entrar al tormentoso Espina Negra, nada menos, en mi ciudad para que asuma el control de mis ejércitos!
—¿Y qué quieres que haga? —gritó Bellamy—. ¿Prefieres que me quede mirando cómo se desmorona el mundo?
La reina ladeó la cabeza ante el estallido.
—¡Puede que tengas razón y yo sea un tirano! Quizá dejar entrar a mis ejércitos en tu ciudad sea un riesgo terrible. ¡Pero tal vez no te queden opciones buenas! ¡Tal vez todos los hombres buenos estén muertos y solo te quede yo! Escupir a la tormenta no va a cambiar eso, Fen. Puedes arriesgarte a que quizá te conquisten los alezi… ¡o puedes tener la certeza de caer ante el asalto de los Portadores del Vacío!
Para sorpresa de Bellamy, Fen se cruzó de brazos y se llevó la mano izquierda a la barbilla, estudiando a Bellamy. No parecía pasmada en lo más mínimo por sus gritos. Bellamy pasó junto a un hombre bajito que, muy despacio, como moviéndose a través de brea, se giraba hacia donde ellos habían estado sentados.
—Fen —dijo Bellamy—, no te caigo bien. De acuerdo. Pero dime a la cara que confiar en mí es peor que una Desolación.
La reina lo escrutó con sus maduros ojos pensativos. ¿Qué era lo que andaba mal? ¿Qué había dicho que no debía?
—Fen —volvió a probar—, yo…
—¿Dónde estaba antes esa pasión? —preguntó ella—. ¿Por qué no hablabas así en tus cartas?
—Yo… Fen, estaba siendo diplomático.
La reina dio un bufido.
—Pues sonaba como si estuviera hablando con un comité. Es lo que se da por hecho de todas formas, cuando te comunicas por vinculacaña.
—¿Y qué?
—Que comparado con eso, da gusto oír unos gritos sinceros. —Miró a la gente que los rodeaba—. Y esto es pero que muy tétrico. ¿Podemos alejarnos un poco?
Bellamy asintió, más que nada para ganar un poco de tiempo y poder pensar. Fen parecía pensar que su ira era… ¿algo bueno?
Señaló un hueco entre la multitud y Fen lo siguió, alejándose de la pira.
—Fen, dices que esperabas hablar con un comité por medio de la vinculacaña. ¿Qué tiene eso de malo? ¿Por qué ibas a preferir que te grite?
—No quiero que me grites, Griffin —dijo ella—. Pero ¡tormentas, hombre! ¿No sabes lo que se está diciendo de ti estos meses?
—No.
—¡Eres la comidilla en las redes de información por vinculacaña! ¡Bellamy Griffin, el Espina Negra, ha enloquecido! ¡Afirma haber matado al Todopoderoso! Un día se niega a combatir y al día siguiente marcha con sus ejércitos en una misión demencial a las Llanuras Quebradas. ¡Dice que va a esclavizar a los Portadores del Vacío!
—Yo no he dicho que…
—Nadie espera que todos los informes sean veraces, Bellamy, pero tenía informaciones de toda confianza que afirmaban que se te había ido la cabeza. ¿Volver a fundar los Caballeros Radiantes? ¿Desvaríos sobre una Desolación? Usurpaste el trono de Alezkar en todo salvo en título, pero te negaste a luchar contra los demás altos príncipes y, en vez de eso, te llevaste tus tropas al Llanto. Y luego dijiste a todo el mundo que se avecinaba una nueva tormenta. Eso bastó para convencerme de que de verdad estabas loco.
—Pero entonces llegó la tormenta —dijo Bellamy.
—Pero entonces llegó la tormenta.
Recorrieron juntos la calle tranquila, con la luz alargando sus sombras desde detrás. A su derecha, se distinguía un suave brillo azul entre los edificios, del Radiante que combatía a los monstruos en el tiempo ralentizado. Seguramente Anya podría descubrir algo a partir de la antigua arquitectura de aquellos edificios. De la desacostumbrada ropa que llevaba la gente. Bellamy había esperado que en el pasado todo fuese basto, pero no lo era. Las puertas, las construcciones, la ropa: todo estaba bien elaborado, pero… le faltaba algo que no habría sabido definir.
—¿La tormenta eterna demostró que no estoy loco? —preguntó Bellamy.
—Demostró que algo pasaba.
Bellamy se detuvo de sopetón.
—¡Crees que estoy conchabado con ellos! Crees que eso explica mis actos y las cosas que sé de antemano. ¡Crees que tengo un comportamiento errático porque he estado en contacto con los Portadores del Vacío!
—Lo único que sabía —dijo Fen— era que la voz del otro extremo de la vinculacaña no era el Bellamy Griffin que había esperado. Sus palabras eran demasiado educadas, demasiado tranquilas, para confiar en ellas.
—¿Y ahora? —preguntó Bellamy.
Fen se volvió hacia él.
—Ahora… me lo plantearé. ¿Puedo ver lo que queda? Quiero saber qué le pasa a la niña.
Bellamy siguió su mirada y vio por primera vez a la pequeña Seeli, acurrucada con otros niños cerca del fuego. Tenía una expresión torturada en los ojos. Bellamy pudo imaginar el horror que la había inundado durante la huida de Fen, mientras Taffa, la madre de la niña, chillaba destripada. De pronto Seeli recobró la movilidad y volvió la cabeza para dirigir una mirada vacía a la mujer que estaba arrodillada a su lado, ofreciéndole algo de beber. El Padre Tormenta había devuelto la visión a su velocidad normal. Bellamy retrocedió, dejando que Fen volviera con la gente y experimentara el final de la visión. Mientras cruzaba los brazos para mirar, percibió que el aire a su lado ondeaba.
—Nos interesa enviarle más de estas —dijo Bellamy al Padre Tormenta—. Solo puede ayudarnos más gente que conozca las verdades que dejó atrás el Todopoderoso. ¿Puedes traer solo a una persona por tormenta o existe alguna forma de acelerarlo? ¿Puedes llevar a dos personas a dos visiones distintas a la vez?
El Padre Tormenta rugió.
No me gusta que me den órdenes.
—¿Y prefieres la alternativa? ¿Dejar que gane Odium? ¿Hasta dónde te empujará tu orgullo, Padre Tormenta?
No es orgullo, repuso el Padre Tormenta, con tono terco. No soy un hombre. No me pliego ni me encojo. Hago lo que está en mi naturaleza, y desafiar ese hecho supone dolor.
El Radiante acabó con la última criatura de medianoche y regresó con la gente congregada. Miró a Fen.
—Tal vez tu formación sea humilde, pero tu talento para el liderazgo es impresionante. Rara vez he visto a un hombre, rey o comandante, dirigir a la gente para defenderse tan bien como tú lo has hecho.
Fen inclinó la cabeza a un lado.
—Ya veo que no hay palabras para mí —dijo el caballero—. Muy bien. Pero si deseas aprender el auténtico liderazgo, ven a Urithiru.
Bellamy se volvió hacia el Padre Tormenta.
—Son casi las mismas palabras exactas que me dijo a mí el caballero la última vez.
Por diseño, ciertas cosas ocurren siempre en las visiones, respondió el Padre Tormenta. No conozco todas las intenciones de Honor, pero sé que quería que te relacionaras con Radiantes y supieras que los hombres podían unirse a ellos.
—Todos los que resistan son necesarios —dijo el Radiante a Fen—. Y todos los que tienen el deseo de luchar deberían venir a Alezela. Podemos enseñarte, ayudarte. Si posees el alma de un guerrero, esa pasión podría destruirte, a menos que se te guíe. Ven con nosotros.
El Radiante se alejó a grandes pasos, y al momento Fen se sobresaltó cuando Seeli se levantó y empezó a hablar con ella. La voz de la niña era demasiado baja para que Bellamy la oyera, pero podía imaginar lo que estaba ocurriendo. Al final de cada visión, el Todopoderoso en persona hablaba a través de alguna persona, transmitiendo una sabiduría que Bellamy, al principio, había supuesto que dependía de sus reacciones. Fen pareció preocupada por lo que oía. Y bien que debía estarlo.
Bellamy recordaba las palabras.
«Eso es importante —le había dicho el Todopoderoso—. No dejes que la disputa te consuma. Sé fuerte. Actúa con honor, y el honor te ayudará.»
Solo que Honor estaba muerto.
Al terminar, Fen observó a Bellamy con ojos calculadores.
Aún no confía en ti, dijo el Padre Tormenta.
—Se pregunta si he creado esta visión con el poder de los Portadores del Vacío. Ya no cree que esté loco, pero aún duda si me he unido al enemigo.
Entonces, has fracasado otra vez.
—No —dijo Bellamy—. Esta noche me ha escuchado. Y creo que acabará arriesgándose a acudir a Urithiru.
El Padre Tormenta atronó, con cierto aire confuso.
¿Por qué?
—Porque ahora sé cómo hablar con ella —respondió Bellamy—. Fen no quiere palabras educadas ni frases diplomáticas. Quiere que sea yo mismo. Y estoy bastante convencido de que en eso puedo
cumplir.
