36. HÉROE
VEINTICUATRO AÑOS ANTES
Bellamy soltó una maldición mientras brotaba una humareda de la chimenea. Apoyó su peso contra la palanca y al final logró moverla, reabriendo así el tiro. Tosió, retrocediendo y espantándose el humo de delante de la cara.
—Eso va a haber que reemplazarlo —dijo Evi desde el sofá donde hacía costura.
—Sí —respondió Bellamy, dejándose caer al suelo frente al fuego.
—Por lo menos esta vez has llegado rápido. Hoy no tendremos que frotar las paredes, ¡y la vida será blanca como un sol de noche!
Las frases hechas en el idioma de Evi no siempre se traducían bien al alezi. Bellamy recibió con gusto el calor del fuego, ya que aún tenía la ropa empapada por las lluvias. Trató de no hacer caso al insistente sonido del Llanto que llegaba desde fuera, y se dedicó a observar a dos llamaspren que danzaban por un tronco. Tenían un vago aspecto humano, con rasgos que no dejaban de cambiar. Siguió a uno con la mirada mientras se abalanzaba sobre el otro. Oyó que Evi se levantaba y pensó que quizá tenía que ir otra vez al retrete. Pero en vez de ello, se sentó en el suelo junto a él, le cogió el brazo y dio un suspiro de satisfacción.
—Así no puedes estar cómoda —dijo Bellamy.
—Y aun así, aquí estás tú también.
—Yo no soy el que está… —Bellamy miró la barriga de Evi, que había empezado a redondearse.
Evi sonrió.
—Mi condición no me vuelve tan frágil que pueda romperme si me siento en el suelo, querido. —Le tiró más del brazo—. Míralos, con qué ganas juegan.
—Es como si hicieran un combate de prácticas —dijo Bellamy—. Casi puedo ver las espaditas en sus manos.
—¿Es que todo debe ser lucha para ti?
Él se encogió de hombros. Ella le apoyó la cabeza en el brazo.
—¿No puedes disfrutarlo sin más, Bellamy?
—¿Disfrutar de qué?
—De tu vida. Tuviste que superar mucho para fundar este reino. ¿No puedes quedarte satisfecho, ahora que has ganado?
Bellamy se levantó, retirando el brazo del de Evi, y cruzó la cámara para servirse una copa.
—No creas que no me he fijado en cómo te comportas —dijo Evi—. Te animas cada vez que el rey menciona hasta el conflicto más ínfimo al otro lado de nuestras fronteras. Haces que las escribas te lean sobre grandes batallas. Siempre estás hablando del próximo duelo.
—Eso ya no durará mucho más —rezongó Bellamy, y dio un sorbo de vino—. Gavilar dice que es una necedad ponerme en peligro, que seguro que alguien aprovechará uno de esos duelos para tramar contra él. Voy a tener que conseguirme un campeón. —Se quedó mirando el vino.
Nunca había tenido una opinión muy favorable sobre los duelos. Eran demasiado falsos, demasiado saneados. Pero al menos, eran algo.
—Es como si estuvieras muerto —dijo Evi.
Bellamy la miró.
—Es como si solo vivieras cuando puedes pelear —siguió diciendo ella—. Cuando puedes matar. Como una negrura de las historias antiguas. Solo vives tomando las vidas de otros.
Con aquel pelo claro y la piel de un leve dorado, era como una gema brillante. Evi era una mujer dulce y amorosa que merecía algo más que el trato que él le daba. Se obligó a volver y sentarse con
ella.
—Sigo pensando que los llamaspren están jugando —dijo Evi.
—Siempre me he preguntado una cosa —dijo Bellamy—. ¿Están hechos de fuego también? Parece como si lo estuvieran, pero entonces, ¿qué pasa con los spren emocionales? ¿Un furiaspren está hecho de furia?
Evi asintió, distraída.
—¿Y los glorispren? —siguió Bellamy—. ¿Están hechos de gloria? Pero ¿qué es la gloria? ¿Podrían aparecer glorispren alrededor de alguien que delira, o quizá que está muy borracho y solo cree haber logrado algo grandioso, mientras todos los demás se burlan de él?
—Es un misterio enviado por Shishi —dijo ella.
—Pero ¿no te lo has preguntado nunca?
—¿Con qué fin? —replicó Evi—. Lo sabremos en algún momento, cuando regresemos al Único. No tiene sentido preocuparnos ahora de cosas que no podemos entender.
Bellamy entornó los ojos para observar a los llamaspren. Ese de ahí de verdad llevaba espada, una hoja esquirlada en miniatura.
—Por eso te pones taciturno tan a menudo, marido —dijo Evi—. No es sano tener una piedra cuajando en el estómago, todavía húmeda de musgo.
—Hum… ¿Qué?
—No debes tener esos pensamientos extraños. ¿Quién te mete esas ideas en la cabeza, de todas formas?
Bellamy se encogió de hombros, pero recordó que dos noches antes se había quedado despierto hasta tarde, bebiendo vino en el pabellón cubierto con Gavilar y Echo. Ella había hablado sin pausa acerca de su investigación sobre los spren, y Gavilar se había limitado a ir haciendo sonidos con la garganta mientras anotaba con glifos varios de sus mapas. Ella había hablado con una pasión y emoción tremendas, y Gavilar no le había hecho ni caso.
—Disfruta del momento —le dijo Evi—. Cierra los ojos y contempla lo que el Único te ha concedido. Busca la paz del olvido, y regocíjate en el deleite de tu propia sensación.
Bellamy cerró los ojos como ella le pedía, e intentó concentrarse en disfrutar de estar allí con ella, sin más.
—¿Un hombre puede cambiar de verdad, Evi, igual que cambian esos spren?
—Todos somos aspectos distintos del Único.
—Entonces, ¿puede cambiarse de un aspecto a otro?
—Por supuesto —respondió Evi—. ¿Acaso vuestra propia doctrina no versa sobre la transformación? ¿De un hombre transformado de la vulgaridad a la gloria por el moldeado de almas?
—No sé si está funcionando.
—Pues pídeselo al Único —dijo ella.
—¿En oración? ¿Por medio de los fervorosos?
—No, tonto. Tú mismo.
—¿En persona? —se sorprendió Bellamy—. ¿En un templo, o algo así?
—Si deseas reunirte con el Único en persona, debes viajar al valle —dijo Evi—. Allí podrás hablar con el Único, o con su avatar, y que te conceda…
—La Antigua Magia —siseó Bellamy, abriendo los ojos—. La Vigilante Nocturna. Evi, no digas esas cosas.
Tormentas, su acervo pagano saltaba en los momentos más raros. Podía estar hablando de buena doctrina vorin y, de repente, salir con algo como aquello. Por suerte, Evi dejó el tema. Cerró los ojos y empezó a tararear en voz baja. Al cabo de un tiempo, alguien llamó a la puerta exterior de sus aposentos. Ya respondería Hathan, su mayordomo. Y en efecto, Bellamy oyó que llegaba la voz del hombre desde fuera, seguida de una ligera llamada a la puerta de la cámara.
—Es tu hermano, brillante señor —dijo Hathan desde el otro lado de la puerta.
Bellamy se levantó de un salto, abrió la puerta y pasó junto al bajito maestro de sirvientes. Evi lo siguió, dejando resbalar una mano por la pared como tenía por costumbre. Pasaron junto a ventanas abiertas que daban a una empapada Kholinar, con solo las intermitentes lámparas para señalar el paso de personas por la calle. Gavilar esperaba en la sala de estar, vestido con un traje de los nuevos, con la almidonada casaca y los botones subiendo a ambos lados del pecho. Tenía el rizado cabello oscuro largo hasta los hombros, complementado por una buena barba. Bellamy odiaba llevar barba: se le quedaba enganchada en el yelmo. Sin embargo, no podía negar el efecto que tenía en Gavilar. Mirando a su hermano ataviado con sus mejores galas, nadie veía a un matón de un pueblo perdido, a un caudillo apenas civilizado que había aplastado y conquistado su camino hasta el trono. No, aquel hombre era un auténtico rey. Gavilar se dio un golpe en la palma de la mano con unos papeles.
—¿Qué pasa? —preguntó Bellamy.
—Rathalas —dijo Gavilar, y ofreció los papeles a Evi al verla entrar.
—¿Otra vez? —dijo Bellamy. Habían pasado años desde su última visita a la Grieta, la gigantesca zanja donde había ganado su hoja esquirlada.
—Exigen la devolución de tu hoja —explicó Gavilar—. Aseguran que el heredero de Tanalan ha regresado y la esquirla le pertenece por derecho, ya que no la ganaste en un auténtico desafío.
Bellamy se estremeció.
—A ver, yo sé que eso es falso del todo —prosiguió Gavilar—, porque cuando combatimos en Rathalas hace muchos años, dijiste que te habías ocupado del heredero. Te ocupaste del heredero, ¿verdad, Bellamy?
Recordaba ese día. Recordaba oscurecer aquel umbral, con la Emoción latiendo en su interior. Recordaba a un niño sollozante sosteniendo una hoja esquirlada. Al padre, yaciendo roto y muerto detrás. Aquella voz suave, suplicante. La Emoción se había desvanecido en un instante.
—Era un niño, Gavilar —dijo Bellamy con voz ronca.
—¡Condenación! —exclamó Gavilar—. Es un descendiente del antiguo régimen. Eso fue… tormentas, fue hace una década. ¡Ya tiene edad para ser una amenaza! La ciudad entera va a rebelarse, si no la región entera. Como no actuemos, todas las Tierras de la Corona podrían desgajarse.
Bellamy sonrió. La emoción lo sorprendió y se apresuró a ahogar la sonrisa. Pero sin duda… sin duda tendría que ir alguien a erradicar a los rebeldes. Se volvió y miró a Evi. Su esposa lo miraba con una sonrisa radiante, aunque Bellamy había esperado que la indignara la perspectiva de más guerras. En vez de eso, se acercó a él y lo cogió del brazo.
—Perdonaste la vida al niño.
—Él… apenas podía levantar la hoja. Lo devolví con su madre y le dije que lo escondiera.
—Oh, Bellamy. —Evi se apretó contra él.
Sintió que lo embargaba el orgullo. Era un orgullo absurdo, claro. Había puesto en peligro el reino, y ¿cómo reaccionaría la gente si supiera que el mismísimo Espina Negra había caído presa de una crisis de conciencia? Se reirían. Pero en ese momento, le daba igual. Cualquier cosa con tal de ser un héroe para aquella mujer.
—Bueno, supongo que era de esperar una rebelión —dijo Gavilar, con la mirada perdida en la ventana—. Ya han pasado años desde la unificación formal, y la gente empezará a reivindicar su independencia. —Alzó la mano hacia Bellamy mientras se volvía—. Sé lo que quieres, hermano, pero tendrás que ser paciente. No voy a enviar un ejército.
—Pero…
—Esto puedo arreglarlo con política. No podemos permitir que las demostraciones de fuerza sean nuestro único método para mantener la unidad, o Finn se pasará la vida entera apagando fuegos cuando yo no esté. Necesitamos que la gente empiece a considerar Alezkar un reino unificado, no un grupo de regiones separadas que están siempre buscando una ventaja sobre las demás.
—Suena bien —dijo Bellamy.
No iba a poder ser, no sin recordárselo a todos a espada. Sin embargo, por una vez se alegró de no ser él quien lo señalara.
