37. LA ÚLTIMA VEZ QUE MARCHAMOS

No debes preocuparte por Rayse. Lo de Aona y Skai sí que es una pena, pero fueron unos necios e incumplieron nuestro pacto desde el mismo principio

A Numuhukumakiaki'aialunamor siempre le habían enseñado que la primera regla de la guerra era conocer al enemigo. Podría haberse pensado que tales lecciones ya no tenían una gran relevancia en su vida. Por suerte, cocinar un buen estofado se parecía mucho a ir a la guerra. Lunamor, a quien sus amigos llamaban Roca porque sus estúpidas lenguas de llaneros no eran capaces de hablar bien, removió el caldero con un enorme cucharón, del tamaño de una espada larga. Debajo ardía una hoguera de rocabrotes, y un juguetón vientospren fustigaba el humo, obligándolo a pasar a través de él estuviera donde estuviera. Había colocado el caldero en una meseta de las Llanuras Quebradas y por las hermosas luces y las estrellas caídas, lo sorprendió descubrir que había añorado aquel lugar. ¿Quién iba a pensar que cogería cariño a aquella tierra llana, yerma y barrida por el viento? Su hogar era una tierra de extremos: hielo cruel, nieve fina, calor abrasador y bendita humedad.

Allí abajo, todo era muy… moderado, y las Llanuras Quebradas eran lo peor de todo. En Jah Keved había encontrado valles cubiertos de enredaderas. En Alezkar tenían campos de grano y rocabrotes que se extendían por todas partes, como burbujas en un caldero hirviendo. Y luego estaban las Llanuras Quebradas. Incontables mesetas vacías sin apenas nada creciendo en ellas. Lo extraño era que las adoraba. Lunamor canturreó en voz baja mientras removía con las dos manos, haciendo rodar el estofado y evitando que se quemara la parte de abajo. Cuando no tenía humo en la cara —aquel condenado viento tan denso tenía demasiado aire para comportarse como era debido—, le llegaba el aroma de las Llanuras Quebradas. Era un… olor a abierto. El perfume del cielo alto y las piedras horneándose, pero especiado por la traza de vida que existía en los abismos. Como una pizca de sal. Húmeda, viva con los aromas entremezclados de las plantas y la podredumbre. En aquellos abismos, Lunamor había vuelto a encontrarse a sí mismo, después de pasar mucho tiempo perdido. Una vida renovada, un propósito renovado.

Y estofado.

Lunamor probó su creación, usando una cuchara limpia, por supuesto, ya que no era un bárbaro como algunos cocineros llaneros. Los largorraíces aún tenían que hacerse más antes de que pudiera añadir la carne. Carne auténtica, de cangrejo-dedos a los que había dedicado la noche entera a quitar el cascarón. No podían cocerse demasiado o se ponían gomosos. Los demás miembros del Puente Cuatro formaban en la meseta, escuchando a Raven. Lunamor había situado su caldero para quedar de espaldas a Narak, la ciudad que ocupaba el centro de las Llanuras Quebradas. Cerca de allí, hubo un repentino fogonazo en una meseta cuando Aden Griffin activó la Puerta Jurada. Lunamor intentó no dejarse distraer por ello. Quería mirar hacia el oeste. Hacia los viejos campamentos de guerra.

«Ya no tendré que esperar mucho más —pensó—. Pero no te entretengas con eso. Al estofado le falta un poco de limm machacado.»

—Entrené a muchos de vosotros en los abismos —dijo Raven.

Los hombres del Puente Cuatro se habían incrementado con algunos miembros de otras cuadrillas de puentes, y hasta con unos pocos soldados que Bellamy había sugerido que recibieran entrenamiento. El grupo de cinco exploradoras era sorprendente, pero ¿quién era Lunamor para juzgar?

—Podía entrenar a la gente en el uso de la lanza —continuó Raven—, porque yo misma estaba entrenada con la lanza. Lo que vamos a intentar hoy es distinto. Apenas alcanzo a entender cómo aprendí yo a usar la luz tormentosa. En esto, tendremos que avanzar juntos a tropezones.

—No pasa nada, gancho —dijo Nyko—. ¿Tan difícil puede ser aprender a volar? Las anguilas aéreas lo hacen a todas horas, y son feas y estúpidas. La mayoría de los hombres del puente son solo una de las dos cosas.

Raven detuvo su paseo por la línea cerca de Nyko. La capitana parecía de buen humor ese día, hecho que Lunamor se atribuía. Al fin y al cabo, había preparado el desayuno de Raven.

—El primer paso será pronunciar el Ideal —dijo Raven—. Sospecho que algunos de vosotros ya lo habéis hecho. Pero el resto, si queréis ser escuderos de los Corredores del Viento, tendréis que jurarlo.

Empezaron a recitar las palabras. A aquellas alturas, ya se las sabían todos. Lunamor también susurró el Ideal.

«Vida antes que muerte. Fuerza antes que debilidad. Viaje antes que destino.»

Raven entregó a Nyko una bolsa llena de gemas.

—La verdadera prueba, y la demostración de que sois escuderos, será que aprendáis a absorber luz tormentosa a vuestros cuerpos. Algunos de vosotros ya sabéis hacerlo…

Nyko empezó a brillar al instante.

—… y ayudaréis a aprender a los demás. Nyko, llévate la primera, segunda y tercera escuadras. Wallace, tú la cuarta, la quinta y la sexta. Jasper, no creas que no te he visto brillar. Te quedas con el resto de los hombres del puente, y Marcus, tú ocúpate de las exploradoras y… —Raven miró a su alrededor—. ¿Dónde está Marcus?

¿Ahora se daba cuenta? Lunamor adoraba a su capitana, pero a veces la mujer se despistaba. Sería la taradez por el aire.

—Marcus no volvió a los barracones anoche, señora —dijo Jackson, con aire incómodo.

—Bien. Yo ayudaré a las exploradoras. Nyko, Wallace, Jasper, explicad a vuestros pelotones cómo absorber luz tormentosa. Antes de que acabe el día, quiero que todo el mundo en esta meseta brille como si se hubiera tragado una lámpara.

Se separaron con evidente ansia. Unos gallardetes rojos traslúcidos se alzaron de la piedra, ondeando como al viento, con un extremo pegado al suelo. Expectaspren. Lunamor les hizo la señal

de respeto llevándose la mano al hombro y después a la frente. Eran dioses menores, pero sagrados de todos modos. Podía ver sus auténticas formas más allá de los gallardetes, la tenue sombra de una criatura más grande al fondo. Lunamor dejó a Macallan encargado de remover. El joven hombre del puente no hablaba, ni lo había hecho desde que Lunamor había ayudado a Raven a sacarla del campo de batalla. Pero sí que podía remover, y repartir odres de agua. Se había convertido en una especie de mascota no oficial del equipo, ya que había sido el primer hombre del puente al que salvara Raven. Cuando los demás se cruzaban con Macallan, le hacían un saludo sutil. Huio estaba asignado a la cocina con Lunamor ese día, como ocurría cada vez con más frecuencia. Huio lo solicitaba y los demás lo evitaban. El herdaziano bajito y fornido estaba tarareando suavemente para sí mismo mientras removía el shiki, una bebida comecuernos de color marrón que Lunamor había dejado enfriándose en cubas de metal toda la noche, en la meseta de fuera de Urithiru. Sin venir a cuento de nada, Huio cogió un puñado de lazbo de un cuenco y lo espolvoreó en el líquido.

—Pero ¿qué haces, loco? —vociferó Lunamor, y anduvo hacia él dando zancadas—. ¿Lazbo, en una bebida? ¡Es polvo picante, llanero tarado por el aire!

Huio replicó algo en herdaziano.

—¡Bah! —exclamó Lunamor—. No hablo ese idioma demente que usas. ¡Nyko! ¡Ven aquí a hablar con este primo tuyo! ¡Nos está arruinando la bebida!

Pero Nyko estaba haciendo aspavientos hacia el cielo y explicando cómo se había pegado antes al techo. Lunamor gruñó y volvió a mirar a Huio, que le ofreció una cuchara de la que goteaba líquido.

—Necio tarado —dijo Lunamor, y dio un sorbito—. Vas a echar a perder…

Benditos dioses del mar y la piedra. ¡Qué bueno estaba! La especia añadía la pegada que le faltaba a la bebida fría, combinando los sabores de una forma inesperada del todo, aunque de algún modo complementaria.

Huio sonrió.

—¡Puente Cuatro! —exclamó en alezi con mucho acento.

—Eres hombre de suerte —dijo Lunamor, señalándolo—. No te mataré hoy. —Dio otro sorbo e hizo un gesto con la cuchara—. Ve a hacer lo mismo a las otras cubas de shiki.

Muy bien, ¿dónde estaba Pike? El hombre desgarbado y desdentado no podía andar muy lejos. Era la ventaja de tener un ayudante de cocina que no podía andar, que solía quedarse donde lo dejabas.

—¡Observadme todos con atención! —dijo Nyko a su grupo, soltando volutas de luz tormentosa por la boca al hablar—. De acuerdo. Allá va. Yo, el Nyko, me dispongo a volar. Podéis aplaudir si lo consideráis adecuado.

Saltó hacia arriba y al caer se estrelló cuan largo era contra la meseta.

—¡Nyko! —lo llamó Raven—. ¡Se supone que tienes que ayudar a los demás, no lucirte tú!

—¡Perdona, gon! —dijo Nyko. Se agitó en el suelo, con la cara apretada contra la piedra, y no se levantó.

—¿Te has… te has pegado al suelo? —preguntó Raven.

—¡Formaba parte del plan, gon! —exclamó Nyko—. Si voy a convertirme en una delicada nubecilla en el cielo, antes debo convencer a la tierra de que no voy a abandonarla. Igual que a una amante preocupada, debo reconfortarla y garantizarle que regresaré tras mi espectacular y regio ascenso a los cielos.

—No eres un rey, Nyko —dijo Drehy—. Ya hemos hablado de esto.

—Por supuesto que no lo soy. Fui un rey. Salta a la vista que eres uno de los estúpidos que mencionaba antes.

Lunamor gruñó, entretenido, y rodeó su cocina de campaña hacia Pike; acababa de recordar que lo había puesto a pelar tubérculos junto al borde de la meseta. Lunamor aflojó el paso.

¿Qué hacía Raven arrodillada junto al taburete de Pike, sosteniendo… una gema?

«Aaah…», pensó Lunamor.

—Yo tuve que inspirar para absorberla —explicó Raven en voz baja—. Llevaba semanas haciéndolo sin darme cuenta, quizá hasta meses, antes de que Marcus me explicara la verdad.

—Señora —dijo Pike—, no sé si… O sea, señora, yo no soy un Radiante. Tampoco se me dio nunca tan bien la lanza. Apenas soy un cocinero pasable.

Pasable era exagerar un poco. Pero sí era trabajador y dedicado, de modo que Lunamor se alegraba de contar con él. Además, necesitaba un trabajo que pudiera hacer sentado. Un mes antes, la Asesina de Blanco había entrado arrasando con todo en el palacio del rey, en los campamentos de guerra, intentando matar a Finn. El ataque había dejado a Pike con las piernas muertas. Raven cerró los dedos de Pike en torno a la gema.

—Tú inténtalo —dijo con suavidad la capitana—. Ser Radiante no tiene tanto que ver con la fuerza o la habilidad como con el corazón. Y el tuyo es el mejor de todos nosotros.

La capitana resultaba intimidatoria para muchos desconocidos. Tenía una tormenta perpetua por expresión y una intensidad que hacía encogerse a los hombres cuando les enfocaba su atención. Pero también tenía una ternura asombrosa. Raven cogió el brazo de Pike y pareció a punto de estallar en lágrimas. Algunos días daba la impresión de que no se podía derrumbar a Raven Bendita por la Tormenta ni tirándole todas las piedras de Roshar. Y entonces un hombre suyo salía herido y la veías venirse abajo. Raven volvió hacia las exploradoras a las que estaba ayudando y Lunamor apretó el paso para alcanzarla. Se inclinó ante la pequeña diosa que iba al hombro de la capitana del puente y preguntó:

—¿Crees que Pike puede lograrlo, Raven?

—Estoy segura de que sí. Estoy segura de que todo el Puente Cuatro puede, y quizá también algunos de los demás.

—¡Ja! —exclamó Lunamor—. Encontrar una sonrisa en tu cara, Raven Bendita por la Tormenta, es como encontrar esfera perdida en tu sopa. Sorprendente, sí, pero también muy agradable. Ven, tengo bebida que debes probar.

—Debería volver con…

—¡Ven! ¡Bebida que debes probar! —Lunamor se la llevó hacia el gran caldero de shiki y le sirvió una taza.

Raven se la bebió de golpe.

—¡Oye, está bastante bueno, Roca!

—Receta no es mía —dijo Lunamor—. Huio ha cambiado esta cosa. Ahora no sé si ascenderlo o tirarlo por borde de meseta.

—¿Ascenderlo a qué? —preguntó Raven, llenándose la taza otra vez.

—A llanero majara por el aire —dijo Lunamor—, de segunda clase.

—Es posible que esa expresión te guste demasiado, Roca.

Cerca de ellos, Nyko hablaba con el suelo, contra el que seguía apretado.

—No temas, querida. ¡El Nyko es lo bastante inmenso para que lo posean muchas fuerzas, tanto terrenales como celestiales! Debo alzarme por los aires, pues si me quedara solo en tierra, sin duda mi creciente magnitud haría que se agrietara y se partiera.

Lunamor miró a Raven.

—Me gusta la expresión, sí. Pero solo porque tiene increíble número de aplicaciones entre vosotros.

Raven sonrió, bebiendo el shiki y observando a los hombres. Más allá en la meseta, Drehy alzó de pronto sus largos brazos y soltó una carcajada. Brillaba con luz tormentosa. Bisig tardó poco en imitarlo. Eso debería curarle la mano, que también había herido la Asesina de Blanco.

—Esto va a salir bien, Roca —dijo Raven—. Los hombres ya llevan meses cerca del poder. Y cuando lo tengan, podrán sanarse. No tendré que ir a la batalla preocupándome de a cuántos de vosotros voy a perder.

—Raven —dijo Lunamor en tono amable—. Esto que hemos empezado sigue siendo guerra. Morirán hombres.

—El Puente Cuatro estará protegido por su poder.

—¿Y el enemigo? ¿Ellos no tendrán poder? —Se acercó a ella—. Desde luego, no quiero aguar a Raven Bendita por la Tormenta cuando está optimista, pero nadie está nunca a salvo del todo. Esa es triste verdad, amiga mía.

—Tal vez —reconoció Raven. Tenía una mirada distante—. Tu pueblo solo permite que vayan a la guerra los hijos más jóvenes, ¿verdad?

—Solo tuanalikina, cuarto hijo y siguientes, pueden desperdiciarse en guerra. Primer, segundo y tercer hijo son demasiado valiosos.

—Cuarto hijo y siguientes. Es decir, apenas nadie.

—¡Ja! No sabes el tamaño de familias comecuernos.

—Aun así, tiene que significar que mueren menos hombres en batalla.

—Los Picos son sitio distinto —dijo Lunamor, sonriendo a Sylphrena mientras la spren se elevaba desde el hombro de Raven y empezaba a danzar con los vientos cercanos—. Y no solo porque tenemos la cantidad adecuada de aire para que funcione el cerebro. Atacar otro pico es costoso y difícil, y requiere mucha preparación y tiempo. Hablamos de esa cosa más que la hacemos.

—Suena bien.

—¡Un día te llevaré de visita! —exclamó Lunamor—. A ti y a todo el Puente Cuatro, ya que ahora sois mi familia.

—Tierra —insistió Nyko—, de verdad que seguiré amándote. No me atrae nadie igual que me atraes tú. ¡Vaya donde vaya, regresaré contigo!

Raven lanzó una mirada a Lunamor.

—Con un poco de suerte —comentó—, cuando ese de ahí esté apartado de tanto aire tóxico, será un poco menos…

—¿Nyko?

—Aunque pensándolo mejor, esa cosa sería triste.

Raven soltó una risita y devolvió la taza a Lunamor. Entonces se inclinó hacia él.

—¿Qué le pasó a tu hermano, Roca?

—Mis dos hermanos están bien, que yo sepa.

—¿Y el tercer hermano? —preguntó Raven—. El que murió, haciendo que pasaras de cuarto a tercero y convirtiéndote en cocinero en vez de soldado. No lo niegues.

—Es historia triste —dijo Lunamor—. Y hoy no es día para historias tristes. Hoy es día para risa, estofado y vuelo. Esas cosas.

Y confiaba… confiaba en que también algo incluso más grandioso.

Raven le dio unas palmaditas en el hombro.

—Si alguna vez quieres hablar, aquí me tienes.

—Es bueno saberlo. Pero hoy, creo que otra persona desea hablar. —Lunamor señaló con la cabeza a alguien que cruzaba un puente hacia la meseta que ocupaban. Iba vestido con un almidonado uniforme azul y llevaba una diadema de plata en la cabeza—. El rey tiene muchas ganas de hablar contigo. ¡Ja! Nos preguntó varias veces si sabíamos cuándo volverías. Como si fuéramos custodios de las citas de nuestra gloriosa líder voladora.

—Ah, sí —dijo Raven—. Vino a verme el otro día.

Raven hizo un evidente acopio de fuerzas, cuadró la mandíbula y anduvo hacia el rey, que acababa de llegar a la meseta, seguido de un grupo de guardias del Puente Once. Lunamor volvió a trabajar en la sopa, pero se situó de forma que alcanzara a oír, ya que tenía curiosidad.

—Corredora del Viento —dijo Finn, saludando a Raven con una inclinación de cabeza—, parece que tenías razón y los poderes de tus hombres se han restaurado. ¿Cuánto tardarán en estar preparados?

—Ya están listos para luchar, majestad. Pero para que dominen sus poderes… la verdad es que no lo sé, si te soy sincera.

Lunamor probó el caldo sin girar la cabeza hacia el rey, pero escuchó mientras seguía removiendo.

—¿Has pensado en mi petición? —preguntó Finn—. ¿Me llevarás volando a Kholinar para que podamos reconquistar la ciudad?

—Haré lo que mi comandante me ordene.

—No —dijo Finn—. Te lo estoy pidiendo como un favor personal. ¿Vendrás? ¿Me ayudarás a reclamar nuestra tierra natal?

—Sí —respondió Raven en voz baja—. Déjame algo de tiempo, unas semanas como mínimo, para entrenar a mis hombres. Preferiría que lleváramos con nosotros a unos cuantos escuderos de Corredor del Viento. Y si hay suerte, quizá pueda dejar atrás a un Radiante completo para que los lidere si a mí me pasa algo. Pero en todo caso, sí, Finn, te acompañaré a Alezkar.

—Bien. Tenemos algo de tiempo, ya que mi tío desea intentar establecer contacto con personas de Kholinar utilizando sus visiones. ¿Pongamos veinte días? ¿Puedes entrenar a tus escuderos en ese tiempo?

—Tendré que hacerlo, majestad.

Lunamor miró de soslayo al rey, que se cruzó de brazos y se quedó observado a los Corredores del Viento, aspirantes y actuales. No parecía que hubiera ido hasta allí solo para hablar con Raven, sino también para ver el entrenamiento. Raven regresó con las exploradoras, seguido por su diosa en el aire, de modo que Lunamor llevó algo de beber al rey. Luego, se detuvo junto al puente que Finn había cruzado para llegar a aquella meseta. Su antiguo puente, el de las carreras, se había destinado a trasladar a la gente por las mesetas más próximas a Narak. Aún estaban reconstruyendo los puentes permanentes. Lunamor acarició la madera. Creían haberlo perdido, pero un grupo de recogida de material lo había encontrado calzado en un abismo a poca distancia de allí. Bellamy había consentido en hacer que lo sacaran, a petición de Marcus. Teniendo en cuenta lo que había sufrido ese viejo trasto, estaba en bastante buen estado. El Puente Cuatro era de madera dura. Lunamor miró al otro lado de él y lo perturbó la visión de la siguiente meseta, de lo llena de cascotes que estaba. Era un retaco de meseta, hecha de piedra rota que se alzaba solo unos seis metros del suelo del abismo. Rlain decía que había sido una meseta como cualquier otra, antes de que se encontraran la tormenta eterna y la alta tormenta en la batalla de Narak. Durante el terrible cataclismo desatado con el choque de tormentas, se habían arrancado del suelo y destrozado mesetas enteras. Aunque la tormenta eterna había regresado unas pocas veces, las dos tormentas no habían vuelto a coincidir sobre ninguna zona poblada. Lunamor dio unas palmaditas al viejo puente, meneó la cabeza y volvió a su cocina de campaña. Quizá podrían haber entrenado en Urithiru, pero ningún hombre del puente había protestado por desplazarse hasta allí. Las Llanuras Quebradas eran mucho mejores que la solitaria llanura que había ante la torre. Aquel lugar era igual de yermo, pero les pertenecía. Tampoco habían puesto pegas a que Lunamor se llevara sus calderos e instrumentos para hacer la comida. Era menos eficiente, cierto, pero una comida caliente lo compensaría. Y además, existía una norma tácita: aunque Lunamor, Macallan y Pike no participaran en el entrenamiento ni en los combates de práctica, seguían perteneciendo al Puente Cuatro. Iban allá donde fuesen los demás. Ordenó a Huio que añadiera la carne, con órdenes estrictas de pedir permiso antes de cambiar ninguna especia. Macallan siguió removiendo con tranquilidad. Parecía satisfecho, aunque con él era difícil estar seguro. Lunamor se lavó las manos en una cacerola y empezó a trabajar en el pan. Cocinar de verdad era como ir a la guerra. Era necesario conocer al enemigo, aunque sus enemigos, en ese contexto, fuesen sus amigos. Llegaban a cada comida esperando la grandeza, y Lunamor se esforzaba por estar a la altura una y otra vez. Entablaba combate con los panes y las sopas, saciando apetitos y satisfaciendo estómagos. Mientras trabajaba, con las manos hundidas en la masa, casi podía oír los canturreos de su madre. Sus meticulosas instrucciones. Raven se equivocaba: Lunamor no se había convertido en cocinero. Siempre lo había sido, desde que pudo subir a la encimera gateando y clavar los dedos en la masa pegajosa. Sí, una vez había entrenado con el arco. Pero los soldados tenían que comer, y los guardias nuatoma siempre cumplían varias funciones, incluso los que tenían su herencia y sus dones particulares. Cerró los ojos, amasando y tarareando la canción de su madre a un ritmo que casi, por los pelos, alcanzaba a entreoír. Al poco tiempo, oyó unos pasos suaves que cruzaban el puente a su espalda. El príncipe Aden se detuvo junto al caldero, concluida por el momento su tarea de trasladar a gente por la Puerta Jurada. En la meseta, más de una tercera parte del Puente Cuatro había descubierto la forma de absorber luz tormentosa, pero ninguno de los nuevos lo había logrado, pese a los consejos de Raven. Aden miró con las mejillas enrojecidas. Sin duda, había llegado corriendo después de librarse de su otro deber, pero Lunamor lo vio vacilar. Finn se había quedado observando cerca de unas rocas, y Aden fue hacia él, como si también le correspondiera quedarse sentado a un lado y mirar.

—¡Eh! —llamó Lunamor—. ¡Aden!

Aden se sobresaltó. El chico llevaba su uniforme del Puente Cuatro, aunque de algún modo parecía más… lujoso que los demás.

—Me vendría bien un poco de ayuda con el pan —dijo Lunamor.

Aden sonrió al instante. Lo único que quería el joven era que lo trataran como a los demás. Bueno, era la actitud adecuada en un hombre. Lunamor habría puesto al alto príncipe en persona a hacer pan, si pudiera salirse con la suya. Bellamy tenía pinta de que le conviniera una buena sesión de amasado. Aden se lavó las manos, se sentó en el suelo enfrente de Lunamor y lo imitó. Lunamor arrancó un trozo de masa tan ancho como su mano, lo aplanó y lo puso de una palmada contra una de las grandes piedras que tenía calentándose junto al fuego. La masa se pegó a la piedra, donde se cocería hasta que la arrancaran. Lunamor no presionó a Aden para que hablara. Había gente a la que convenía apretar, sacarles las palabras. A otros había que dejarlos ir a su propio ritmo. Era como la diferencia entre el estofado que se hervía con fuerza y el que se hacía a fuego lento.

«Pero ¿dónde está su dios?» Lunamor podía ver a todos los spren. El príncipe Aden había vinculado uno, pero Lunamor nunca lo había avistado. Por si acaso, se inclinó cuando Aden no miraba e hizo una señal de reverencia al dios oculto.

—El Puente Cuatro lo está llevando bien —dijo por fin Aden—. Los tendrá a todos bebiendo luz tormentosa pronto.

—Eso parece —dijo Lunamor—. ¡Ja! Pero les falta mucho para alcanzarte. ¡Vigilante de la Verdad! Es buen nombre. Más gente debería vigilar la verdad, en vez de las mentiras.

Aden se sonrojó.

—Yo… supongo que significa que ya no puedo ser del Puente Cuatro, ¿verdad?

—¿Por qué no?

—Pertenezco a una orden distinta de Radiante —dijo Aden, con la mirada gacha mientras daba forma a un trozo de masa perfectamente redondo, que dejó con cuidado sobre una piedra.

—Tienes poder de sanar.

—Las Potencias de la Progresión y la Iluminación. Pero no sé muy bien cómo hacer funcionar la segunda. Lexa me lo ha explicado siete veces, pero no soy capaz de crear ni la menor ilusión. Algo va mal.

—Aun así, ¿solo sanar, de momento? ¡Esa cosa será muy útil para el Puente Cuatro!

—Ya no puedo ser del Puente Cuatro.

—Eso son paparruchas. Puente Cuatro no es Corredores del Viento.

—Entonces, ¿qué es?

—Es nosotros —dijo Lunamor—. Soy yo, son ellos, eres tú. —Señaló a Macallan con el mentón—. Ese de ahí nunca volverá a empuñar lanza. No volará, pero es del Puente Cuatro. Yo tengo prohibido luchar, pero soy del Puente Cuatro. Y tú puedes tener título refinado y poderes diferentes… —Se inclinó hacia delante—. Pero conozco al Puente Cuatro. Y tú, Aden Griffin, eres del Puente Cuatro.

Aden sonrió de oreja a oreja.

—Pero Roca, ¿nunca te preocupa no ser la persona que todos creen que eres?

—¡Todos creen que soy patán gritón e insufrible! —exclamó Lunamor—. Así que ser algo distinto no sería mala cosa.

Aden rio entre dientes.

—¿Eso crees de ti mismo? —preguntó Lunamor.

—Tal vez —dijo Aden, terminando de hacer otra torta de masa redonda del todo—. Muchos días no sé ni lo que soy, Roca, pero parece que solo me pasa a mí. Desde que puedo andar, todo el mundo decía: «Mira lo listo que es. Tendría que hacerse fervoroso.»

Lunamor gruñó. A veces, aunque uno fuese gritón e insufrible, sabía cuándo no debía decir nada.

—Todo el mundo lo ve clarísimo. Se me dan bien los números, ¿verdad? Pues nada, a unirme a los fervorosos. Por supuesto, nadie dice que soy mucho menos que mi hermana, ni señala que desde luego convendría a la sucesión que el hermano pequeño y enfermizo estuviera a buen recaudo en un monasterio.

—¡Cuando dices esas cosas, casi no suenas amargado! —comentó Lunamor—. ¡Ja! Tuvo que requerir mucha práctica.

—Toda una vida.

—Dime, ¿por qué deseas ser hombre que luche, Aden Griffin? —preguntó Lunamor.

—Porque es lo que siempre ha querido mi padre —respondió Aden de inmediato—. Puede que él no se dé cuenta, pero es así, Roca.

Lunamor gruñó.

—Quizá sea motivo estúpido, pero es motivo, y eso lo respeto. Pero dime, ¿por qué no quieres hacerte fervoroso o predicetormentas?

—¡Porque todos dan por hecho que eso seré! —exclamó Aden, colocando más pan en las piedras calentadas—. Si voy y lo hago, es rendirme a lo que todos dicen. —Buscó algo con lo que ocupar las manos y Lunamor le pasó más masa.

—Yo creo —dijo Lunamor— que tu problema es distinto al que dices. Afirmas no ser la persona que todos creen que eres. Quizá lo que te preocupa es sí ser esa persona.

—Un debilucho enfermizo.

—No —dijo Lunamor, inclinándose hacia él—. Puedes ser tú sin que sea mala cosa. Puedes reconocer que actúas y piensas distinto de tu hermana, pero puedes aprender a no verlo como defecto. Es solo Aden Griffin.

Aden empezó a amasar con ferocidad.

—Es bueno que aprendas a luchar —dijo Lunamor—. El hombre hace bien en aprender muchas habilidades distintas. Pero el hombre también hace bien en usar lo que los dioses le han concedido. En los Picos, un hombre puede no tener tales opciones. ¡Es privilegio!

—Supongo. Glys dice… Bueno, es complicado. Podría hablar con los fervorosos, pero me resisto a hacer nada que me haga destacar entre los demás hombres del puente, Roca. Ya soy el más raro de todos.

—¿Ah, sí?

—No lo niegues, Roca. Nyko es… bueno, Nyko. Y tú, por supuesto, eres… hum… tú. Pero el raro sigo siendo yo. Siempre he sido el más extraño de todos.

Lunamor palmeó masa en una piedra y luego señaló hacia el lugar en el que Rlain, el hombre del puente parshendi al que antes llamaban Shen, estaba sentado en una piedra cerca de su escuadra, mirando en silencio mientras los otros se reían de Eth por haberse pegado una piedra a la mano sin querer. Estaba en forma de guerra, y por lo tanto era más alto y fuerte que antes, pero los humanos parecían haberse olvidado del todo de su presencia.

—Oh —dijo Aden—. No sé si él cuenta.

—Esa cosa es lo que todos le dicen —replicó Lunamor—, una y otra vez.

Aden se quedó mirando un buen rato mientras Lunamor seguía haciendo pan. Al final, Aden se levantó, se sacudió el uniforme, cruzó la piedra de la meseta y se sentó al lado de Rlain. Aden trasteó con los pliegues de su uniforme y no abrió la boca, pero Rlain pareció agradecer la compañía de todos modos. Lunamor sonrió y terminó lo que faltaba del pan. Se levantó y dejó preparado el shiki con una pila de tazas de madera. Tomó otra taza él mismo, negó con la cabeza y echó un vistazo rápido a Huio, que estaba sacando el pan de las piedras. El herdaziano emitía un tenue brillo: claramente, había aprendido a absorber luz tormentosa. Herdaziano majara por el aire. Lunamor levantó una mano y Huio le lanzó un pan ácimo, que Lunamor mordió. Masticó el pan caliente, pensativo.

—¿Más sal en la próxima tanda?

El herdaziano siguió sacando pan.

—Te parece que le iría bien más sal, ¿verdad? —preguntó Lunamor.

Huio se encogió de hombros.

—Echa más sal en la mezcla que he empezado a hacer —ordenó Lunamor—. Y no pongas esa cara de engreído. Aún puedo tirarte por el borde de la meseta.

Huio sonrió y siguió trabajando.

Al poco tiempo, los hombres empezaron a acudir en busca de algo que beber. Sonrieron, dieron palmadas a Lunamor en la espalda y le dijeron que era un genio. Pero claro, ninguno recordaba que ya había intentado servirle shiki en otra ocasión. Habían dejado casi todo en el caldero, prefiriendo beber cerveza. Aquel día no habían estado acalorados, sudorosos y frustrados. Conoce a tu enemigo. Allá fuera, con la bebida correcta, Lunamor era como un pequeño dios. ¡Ja! Un dios de la bebida fría y el consejo amistoso. Cualquier cocinero que valiera su peso en cucharas aprendía a hablar, porque la cocina era un arte… y el arte era subjetivo. A un hombre podía encantarle una escultura de hielo mientras el de al lado la encontraba aburrida. Lo mismo sucedía con la comida y la bebida. Que algo no satisficiera a alguien no significaba que la comida, o la persona, tuviera mal gusto. Charló con Jackson, que seguía perturbado por su experiencia con la diosa oscura en las profundidades de Urithiru. Había sido una diosa muy poderosa, y muy vengativa. En los Picos se contaban leyendas sobre aquellas cosas; el trastatarabuelo de Lunamor había encontrado una en sus viajes por la tercera partición. Era una historia excelente e importante, que Lunamor no compartió ese día. Tranquilizó a Jackson y se compadeció de él. El fornido armero era un buen hombre, y cuando quería era capaz de hablar tan fuerte como Lunamor. ¡Ja! Se lo oía a dos mesetas de distancia, lo que complacía a Lunamor. ¿Qué sentido tenía hablar con poca voz? ¿Las voces no estaban para oírlas?

Jackson regresó a su entrenamiento, pero había más hombres del puente con preocupaciones. Cikatriz era el mejor lancero de todos ellos, sobre todo desde que Miller se había ido, pero empezaba a estar cohibido por no haber absorbido luz tormentosa. Lunamor le pidió que le enseñara lo que había aprendido y, siguiendo las instrucciones de Cikatriz, el propio Lunamor logró absorber un poco, para su deleite y sorpresa. Cikatriz se marchó con brío en el paso. A otro quizá le habría sentado mal, pero Cikatriz tenía alma de maestro. El hombre bajito seguía teniendo esperanza de que algún día Lunamor decidiría combatir. Era el único hombre del puente que hablaba a las claras del pacifismo de Lunamor. Cuando los hombres hubieron saciado del todo su sed, Lunamor se descubrió escrutando las mesetas, intentando distinguir alguna señal de movimiento en la lejanía. Bueno, mejor mantenerse ocupado con la comida. El estofado estaba perfecto, y se alegró de haber podido conseguir los cangrejos. En la torre la comida normal consistía sobre todo en grano o carne creados mediante el moldeado de almas, ninguno de los cuales era demasiado apetitoso. El pan ácimo se había cocido bien, y Lunamor hasta había podido preparar un chatni la noche anterior. Ya solo le faltaba…

Lunamor tropezó y estuvo a punto de caer en su propio caldero cuando vio lo que se había congregado en la meseta de su izquierda. «¡Dioses!» Dioses fuertes, como Sylphrena. Emitían un tenue brillo azul y estaban agrupados en torno a una spren muy alta y de pelo largo que ondeaba a su espalda. La spren había adoptado forma de persona, con tamaño humano, y llevaba un vestido elegante. Los otros revoloteaban por los aires, aunque a todas luces su atención estaba centrada en los hombres del puente y los aspirantes que practicaban.

Uma'ami tukuma mafah'liki… —empezó a decir Lunamor, haciendo a toda prisa los signos de respeto. Luego, por si se quedaba corto, se puso de rodillas e hizo una inclinación. Nunca había visto a tantos en un solo lugar. Ni siquiera sus encuentros ocasionales con algún afah'liki en los Picos lo habían impresionado tanto.

¿Cuál sería la ofrenda apropiada? No podía dejarlo en meras inclinaciones, con una visión como aquella. Pero ¿pan y estofado?

Los mafah'liki no querrían pan y estofado.

—Muestras un respeto tan maravilloso —dijo una voz femenina a su lado— que raya lo ridículo.

Lunamor se volvió y encontró a Sylphrena sentada en el caldero, con su forma pequeña y aniñada y las piernas cruzadas por fuera del borde.

Volvió a hacer la señal.

—¿Son tus parientes? ¿Esa mujer de delante es tu nuatoma, ali'i'kamura?

—Puede que así como un poquito más o menos —contestó ella, ladeando la cabeza—. Apenas recuerdo una voz… su voz, la de Phendorana, regañándome. Me metí en muchos líos por buscar a Raven. ¡Pero aquí están! No quieren hablar conmigo. Creo que suponen que, si lo hacen, tendrán que reconocer que se equivocaban. —Se echó hacia delante, sonriendo de oreja a oreja—. Y lo que más odian en el mundo es equivocarse.

Lunamor asintió con solemnidad.

—No estás tan marrón como antes —comentó Sylphrena.

—Sí, se me está yendo el moreno —dijo Lunamor—. Demasiado tiempo entre cuatro paredes, mafah'liki.

—¿Los humanos podéis cambiar de color?

—Unos más que otros —respondió Lunamor, levantando la mano para enseñársela—. En los otros picos hay gente pálida, como los shin, pero en el mío siempre hemos sido más broncíneos.

—Tienes pinta de que te hayan lavado demasiado —dijo Sylphrena—. ¡De que te hayan dado con el cepillo y te hayan sacado la piel! ¡Y por eso tienes el pelo rojo, porque estás todo irritado!

—Son palabras sabias —repuso Lunamor. Aún no estaba seguro de por qué. Tendría que meditar sobre ellas.

Sacó del bolsillo las esferas que llevaba encima, que no eran muchas. Aun así, colocó cada una en un cuenco individual y se dirigió a la asamblea de spren. ¡Debían de ser más de dos docenas!

¡Kali'kalin'da!

Los demás hombres del puente no podían ver a los dioses, claro. Lunamor no sabía lo que opinarían de él Huio o Pike al verlo cruzar con reverencia la meseta, inclinarse y disponer los cuencos con esferas a modo de ofrendas. Cuando alzó la mirada la ali'i'kamura, la diosa más importante de allí, lo estaba observando. La spren apoyó la mano en un cuenco y absorbió su luz tormentosa. Después se marchó, convirtiéndose en cinta de luz y saliendo disparada al cielo. Los demás se quedaron, una variopinta reunión de nubes, cintas, personas, puñados de hojas y otros objetos naturales. Revolotearon por encima de él, contemplando a los hombres y mujeres que entrenaban. Sylphrena cruzó el aire y se quedó de pie junto a la cabeza de Lunamor.

—Están mirando —susurró Lunamor—. Esta cosa sí que va a ocurrir. No solo hombres del puente. No solo escuderos. Radiantes, como desea Raven.

—Ya veremos —dijo ella, y dio un suave bufido antes de marcharse también ella como cinta de luz.

Lunamor dejó los cuencos por si los demás querían aceptar también su ofrenda. De vuelta en su cocina de campaña, amontonó el pan ácimo con la intención de dar las bandejas a Pike para que lo distribuyera. Solo que Pike no respondió a su llamada. El hombre larguirucho estaba sentado en su taburete, inclinado hacia delante, con la mano cerrada en un tenso puño que brillaba por la gema de su interior. Las tazas que se había dedicado a lavar estaban amontonadas a su lado, olvidadas. La boca de Pike se movió, susurrando, y miraba aquel puño brillante igual que un hombre podría mirar su leña en la hoguera una noche muy fría, rodeado de nieve. Desespero, determinación, plegaria.

«Hazlo, Pike —pensó Lunamor, dando un paso adelante—. Bébetela. Hazla tuya. Reclámala

Lunamor sintió una energía en el aire. Un momento de enfoque. Varios vientospren viraron hacia Pike, y durante un latido del corazón Lunamor pensó que todo lo demás se desdibujaba. Pike se convirtió en un hombre solo en un lugar oscurecido. Miró sin pestañear aquel signo de poder. Aquel signo de redención.

La luz del puño de Pike se apagó.

—¡Ja! —gritó Lunamor—. ¡Ja!

Pike saltó, sorprendido. Se quedó boquiabierto mirando la gema, que estaba opaca. Luego alzó la mano y contempló embobado el humo luminiscente que brotaba de ella.

—¿Chicos? —llamó—. ¡Chicos, chicos!

Lunamor retrocedió mientras los hombres del puente abandonaban sus puestos y llegaban a la carrera.

—¡Dadle vuestras gemas! —ordenó Raven—. ¡Va a necesitar muchísimas! ¡Amontonadlas!

Los hombres del puente se apresuraron a entregar sus esmeraldas a Pike, que absorbió más y más luz tormentosa. Entonces la luz se esfumó de repente.

—¡Puedo sentirlos otra vez! —gritó Pike—. ¡Me siento los dedos de los pies!

Indeciso, extendió los brazos para que lo ayudaran. Con Drehy bajo un brazo y Jasper bajo el otro, Pike resbaló del taburete y se levantó. Puso una amplia sonrisa mellada y estuvo a punto de caerse, porque por supuesto no tenía las piernas muy fuertes. Drehy y Jasper lo enderezaron, pero Pike los apartó y se quedó en pie a duras penas por su cuenta. Los hombres del Puente Cuatro solo esperaron un momento antes de prorrumpir en gritos emocionados. Volaron alegrespren en torno al grupo, como una ráfaga de hojas azules. Entre ellos, Nyko se abrió camino a empujones e hizo el saludo del Puente Cuatro. Parecía significar algo especial, viniendo de él. Dos brazos. Era una de las primeras veces que Nyko había podido hacer el saludo. Pike se lo devolvió, sonriendo como un niño que acabara de hacer su primera diana con el arco.

Raven llegó al lado de Lunamor, son Sylphrena en el hombro.

—Esto funcionará, Roca. Esto los protegerá.

Lunamor asintió y, por costumbre, lanzó una mirada al oeste como llevaba haciendo todo el día. Esa vez vislumbró algo.

Parecía una fina columna de humo.

Raven fue volando a ver qué era. Lunamor, junto con los demás, lo siguió por tierra, acarreando su puente móvil. Lunamor corría en el centro de la primera fila del puente. Olía a recuerdos. La madera, la pintura usada para impermeabilizarlo. Los sonidos de varias docenas de hombres gruñendo y respirando en espacios cerrados. Las pisadas sobre la meseta. La mezcla de agotamiento y terror. Un asalto. Flechas volando. Hombres muriendo. Lunamor había sabido lo que podía ocurrir cuando decidió bajar de los Picos con Kef'ha. Ningún nuatoma de los Picos había ganado jamás una hoja o armadura esquirlada a los alezi o los veden que desafiaban. Pero aun así, Kef'ha consideró que el premio bien merecía el riesgo. Había pensado que, como mucho, terminaría muerto y su familia sirviendo a algún llanero acaudalado. No habían previsto la crueldad de Torol Sadeas, que había asesinado a Kef'ha sin mediar un duelo como debía ser, había matado a muchos de la familia de Lunamor que se resistieron y se había quedado con sus propiedades. Lunamor rugió, embistiendo hacia delante, y su piel empezó a brillar con el poder de la luz tormentosa de su bolsa, de las esferas que había recogido antes de partir. Parecía estar cargando con el puente él solo, tirando de los demás. Cikatriz entonó una canción de marcha y el Puente Cuatro vociferó la letra. Se habían vuelto lo bastante fuertes para transportar el puente largas distancias sin dificultades, pero ese día dejó las anteriores carreras a la altura del betún. Hicieron el recorrido entero a toda velocidad, vibrando con luz tormentosa, con Lunamor dando las órdenes como habían hecho otras veces Raven o Marcus. Cuando llegaron a un abismo, les faltó poco para arrojar el puente al otro lado. Cuando lo recogieron después de cruzar, les pareció liviano como un junco. Les dio la sensación de que apenas habían emprendido la marcha cuando se aproximaron a la fuente del humo, una caravana en apuros que cruzaba las llanuras. Lunamor lanzó su peso contra las varas exteriores de apoyo del puente, lo tendió sobre el abismo y cargó sobre él, seguido de los demás. Macallan y Nyko desengancharon escudos y lanzas del lado del puente y fueron ofreciendo uno de cada a los hombres del puente a medida que pasaban. Formaron en pelotones, y los hombres que solían seguir a Marcus marcharon tras Lunamor, aunque, por supuesto, él había rechazado la lanza que intentó pasarle Nyko. Muchos carros de la caravana habían transportado madera de los bosques que rodeaban los campamentos de guerra, aunque algunos iban cargados hasta los topes de muebles. Bellamy Griffin hablaba de repoblar su campamento de guerra, pero los dos altos príncipes que se habían quedado atrás estaban ganando terreno a hurtadillas, como anguilas. De momento, era mejor recuperar lo que pudieran y llevarlo a Urithiru. La caravana había usado los enormes puentes con ruedas de Bellamy para cruzar los abismos. Lunamor pasó junto a uno de ellos, volcado de lado, roto. Cerca de él, alguien había pegado fuego a tres grandes carros que transportaban madera, volviendo acre el aire con el humo. Raven flotaba por encima, sosteniendo su brillante lanza esquirlada. Lunamor miró con los ojos entornados en la misma dirección que lo hacía Raven y distinguió unas siluetas que se alejaban por los aires.

—Ataque de los Portadores del Vacío —murmuró Drehy—. Tendríamos que haber imaginado que empezarían a hacer incursiones contra las caravanas.

A Lunamor le daba igual, por el momento. Pasó entre cansados guardias de la caravana y asustados mercaderes escondidos bajo los carros. Había cadáveres por todas partes: los Portadores del Vacío habían matado a docenas de hombres. Lunamor buscó entre aquel desastre. ¿Ese cadáver tenía el pelo rojo? No, era sangre que empapaba el pañuelo que llevaba en la cabeza. Y aquello de allá…

Aquel otro cuerpo no era humano. Tenía la piel jaspeada. De su espalda salía una brillante flecha blanca, con plumas de ganso. Una flecha unkalaki. Lunamor miró hacia la derecha, donde alguien había amontonado muebles hasta crear casi una fortificación. De arriba asomó la cabeza de una mujer recia con la cara redonda y una trenza de intenso color rojizo. Se irguió y alzó un arco mirando a Lunamor. Salieron otros rostros de detrás de los muebles. Dos jóvenes, un chico y una chica, ambos de unos dieciséis años. Todos los demás eran más jóvenes. Seis en total. Lunamor corrió hacia ellos y se encontró llorando, con lágrimas surcándole las mejillas mientras trepaba por el exterior de su fortificación improvisada. Su familia, por fin, había llegado a las Llanuras Quebradas.

—Esta es Canción —dijo Lunamor, acercándose a la mujer con un brazo rodeándole los hombros—. Es mejor mujer de todos los Picos. ¡Ja! Hacíamos fuertes de nieve cuando éramos niños, y el suyo siempre era mejor. ¡Tendría que haber sabido que la encontraría en castillo, aunque esté hecho de sillas viejas!

—¿Nieve? —preguntó Nyko—. ¿Cómo se puede construir un fuerte de nieve? He oído hablar mucho de esa cosa. Es como escarcha, ¿verdad?

—Llanero majara por el aire. —Lunamor negó con la cabeza y fue hacia los gemelos. Les puso una mano a cada uno en el hombro—. Chico es Don. Chica es Cuerda. ¡Ja! Cuando me marché, Don era bajito como Cikatriz. ¡Ahora está casi tan alto como yo!

Se esforzó por apartar el dolor de su voz. Había transcurrido casi un año. Demasiado tiempo. Su intención original era llevarlos consigo cuanto antes, pero entonces se había torcido todo. Sadeas, las cuadrillas del puente…

—Siguiente hijo es Roca, pero no mismo tipo de Roca que yo. Este es… hum… Roca más pequeño. Tercer hijo es Estrella. Segunda hija es Kuma'tiki, un tipo de caparazón que no tenéis aquí. Última hija es otra Canción. Canción Hermosa.

Se agachó junto a ella, sonriendo. Solo tenía cuatro años y se apartó de él. No recordaba a su padre. Le rompió el corazón. Canción, Tuaka'li'na'calmi'nor, le puso la mano en la espalda. Cerca de ellos, Raven estaba presentándoles al Puente Cuatro, pero solo Don y Cuerda habían aprendido idiomas llaneros, y Cuerda solo hablaba veden. Don consiguió hacer un saludo pasable en alezi. La pequeña Canción buscó las piernas de su madre. Lunamor parpadeó para quitarse las lágrimas de los ojos, aunque no eran del todo lágrimas tristes. Su familia estaba allí. Había pagado con los ahorros de sus primeros salarios el mensaje, enviado por vinculacaña al puesto de mensajería de los Picos. El puesto ya estaba a una semana de su hogar, y desde allí, descender de las montañas y cruzar Alezkar había costado meses. A su alrededor, la caravana por fin empezaba a moverse traqueteando. Era la primera oportunidad que había encontrado Lunamor de presentar a su familia, ya que el Puente Cuatro llevaba media hora tratando de atender a los heridos. Después, Aden había llegado con Clarke y dos compañías de tropas. Y por mucho que Aden se preocupaba de no ser útil, su curación había salvado varias vidas. Tuaka frotó la espalda de Lunamor y luego se arrodilló a su lado, acercando a su hija con un brazo y a Lunamor con el otro.

—Ha sido un viaje largo —dijo en unkalaki—, el final lo más largo de todo, cuando esas cosas han descendido del cielo.

—Tendría que haber venido a los campamentos de guerra —repuso Lunamor—, para escoltaros.

—Ya estamos aquí —dijo ella—. Lunamor, ¿qué ha pasado? Tu nota parecía muy tensa. Kef'ha está muerto, pero ¿qué te pasó a ti? ¿Por qué estuviste tanto tiempo sin decir nada?

Lunamor agachó la cabeza. ¿Cómo podía explicarlo todo? Las carreras de puente, las grietas de su alma. ¿Cómo podía explicarle que el hombre que tan fuerte decía ella siempre que era había deseado morir? Que había sido un cobarde, que al final casi se había rendido.

—¿Y qué hay de Tifi y Sinaku'a? —le preguntó ella.

—Muertos —susurró él—. Alzaron sus armas en venganza.

Tuaka se llevó la mano a los labios. Llevaba enguantada la mano segura, en deferencia a las estúpidas tradiciones vorin.

—Entonces, tú…

—Ahora soy cocinero —dijo Lunamor con firmeza.

—Pero…

—Ahora cocino, Tuaka. —Se la acercó más—. Venga, llevemos a los niños a un lugar seguro. Llegaremos a la torre, que seguro que te gustará. Es casi como los Picos. Te contaré historias. Algunas son dolorosas.

—Muy bien. Lunamor, yo también tengo historias. En los picos, nuestro hogar… algo va mal. Muy mal.

Lunamor se apartó y la miró a los ojos. Allí abajo la llamarían una ojos oscuros, aunque él halló una profundidad, una belleza y una luz infinita en aquellos ojos castaños verdosos.

—Te lo explicaré cuando estemos a salvo —prometió ella, levantando a la pequeña Canción Hermosa—. Eres sabio insistiendo en que sigamos adelante. Sabio como siempre.

—No, mi amor —susurró él—. Soy un necio. Echaría la culpa al aire, pero allá arriba también fui un necio, por dejar que Kef'ha emprendiera esta estúpida misión.

Tuaka cruzó el puente con los niños. Él la miró, y se alegró de volver a oír hablar en unkalaki, un idioma como debía ser. Se alegró de que los otros hombres no lo hablaran, porque de hacerlo quizá habrían alcanzado a entender las mentiras que les había contado.

Raven se acercó y le dio una palmada en el hombro.

—Voy a asignar mis habitaciones a tu familia, Roca. He sido muy lenta en ponerme a buscar alojamientos familiares para los hombres del puente. Esto me espabilará. Conseguiré que nos las concedan, y hasta entonces dormiré con los demás hombres.

Lunamor abrió la boca para protestar, pero se lo pensó mejor. Algunos días, lo más honorable era aceptar un regalo sin reservas.

—Gracias —dijo—. Por las habitaciones. Por otras cosas, mi capitana.

—Ve y camina con tu familia, Roca. Hoy podemos ocuparnos del puente sin ti. Tenemos luz tormentosa.

Lunamor apoyó los puños en la suave madera.

—No —dijo—. Será un privilegio cargarlo una última vez, por mi familia.

—¿Una última vez? —preguntó Raven.

—Marchamos a los cielos, Bendita por la Tormenta —dijo Lunamor—. No andaremos más en los días que vienen. Esto es el final. —Miró hacia atrás, hacia un apagado grupo del Puente Cuatro que parecía sentir que sus palabras eran certeras—. ¡Ja! No estéis tan tristes. He dejado estofado buenísimo cerca de ciudad. No creo que Pike lo eche a perder antes de que volvamos. ¡Venga! Levantad nuestro puente. La última vez que marchamos no es hacia la muerte, ¡sino hacia panzas llenas y buenas canciones!

Pese a sus ánimos, fue un grupo solemne y respetuoso el que alzó el puente. Ya no eran esclavos. ¡Tormentas, llevaban fortunas en los bolsillos! Refulgían, como pronto lo hicieron sus pieles.

Raven ocupó su lugar en la delantera. Juntos, acarrearon el puente en una última carrera, con reverencia, como si fuese el féretro de un rey que llevaban a la tumba para su reposo eterno.