38. PERSONAS ROTAS
Tus habilidades son admirables, pero no eres más que un hombre. Tuviste tu oportunidad de ser más y la rechazaste
Bellamy entró en la siguiente visión en pleno combate.
Había aprendido la lección y no iba a dejar enredada a ninguna otra persona en una batalla imprevista. Esa vez pretendía encontrar un punto seguro y entonces llevar allí a más personas. Eso suponía aparecer del mismo modo que lo había hecho muchos meses antes, sosteniendo una lanza con manos sudorosas, en una desolada y rota superficie de piedra, rodeado de hombres vestidos con ropa primitiva. Iban cubiertos con basta fibra de lavis, llevaban sandalias de piel de cerdo y empuñaban lanzas con puyones de bronce. Solo su oficial llevaba armadura, un simple jubón de cuero que no estaba ni bien endurecido. Lo habían curado y luego habían hecho una especie de chaleco con él. Demostró no servir de nada contra un hachazo en la cara. Bellamy rugió, recordando vagamente su primera vez en aquella visión. Había sido de las primeras, cuando todavía las menospreciaba considerándolas simples pesadillas. Ese día, pretendía descubrir sus secretos. Cargó contra el enemigo, un grupo de hombres con ropa más o menos igual de mala. Los compañeros de Bellamy estaban atrapados al borde de un precipicio. Si no luchaban ya, acabarían empujados a una pronunciada pendiente que terminaba en una caída a plomo de quince o veinte metros hasta el fondo de un valle. Bellamy embistió contra el grupo enemigo que intentaba empujar a sus hombres al precipicio. Llevaba la misma ropa y armamento que los demás, pero había traído consigo una rareza: una bolsa de gemas que llevaba atada al cinturón. Destripó a un enemigo con su lanza y lo empujó hacia los demás, que serían unos treinta hombres con barbas desaliñadas y ojos crueles. Dos tropezaron con su amigo moribundo, lo que dejó protegido un momento el flanco de Bellamy. Cogió el hacha del caído y atacó a su izquierda. El enemigo se resistió, aullando. Aquellos hombres no estaban bien entrenados, pero cualquier imbécil con una hoja afilada podía ser peligroso. Bellamy cortó, desgarró y rodó con el hacha, que estaba bien equilibrada. Era una buena arma. Confiaba en poder derrotar a aquel grupo. Dos cosas salieron mal. La primera fue que los demás lanceros no lo apoyaron. Nadie entró por detrás de él para impedir que lo rodearan. La segunda fue que los hombres salvajes no se amedrentaron. Bellamy había llegado a confiar en que los soldados se apartaran al verlo luchar. Dependía de que rompieran su disciplina: incluso antes de ser portador de esquirlada, había contado con su ferocidad, su puro ímpetu, para ganar las peleas. Resultó que el ímpetu de un hombre, por muy habilidoso o decidido que fuera, servía de poco si atacaba un muro de piedra. Los hombres que tenía delante no se doblegaron, no montaron en pánico, ni siquiera se estremecieron mientras mataba a cuatro de ellos. Atacaron a Bellamy con bravura renovada. Uno hasta rio. En un instante, un hacha que ni siquiera vio le amputó el brazo, y luego perdió el equilibrio, empujado por los atacantes. Bellamy cayó al suelo, aturdido, mirando incrédulo el muñón de su brazo izquierdo. El dolor le pareció una sensación desconectada, lejana. Solo un dolorspren, como una mano hecha de tendones, apareció al lado de sus rodillas. Bellamy tuvo una desoladora y humillante sensación de su propia mortalidad. ¿Era eso lo que sentían todos los veteranos, cuando por fin caían en el campo de batalla? ¿Aquella estrambótica y surrealista combinación de incredulidad y resignación enterrada mucho tiempo atrás?
Bellamy cuadró la mandíbula y usó la mano que le quedaba para quitarse la cinta de cuero que usaba como cinturón. Sosteniendo un extremo con los dientes, envolvió con ella el muñón de su brazo derecho por encima del codo. El corte aún no sangraba demasiado. Las heridas como aquella tardaban un poco en sangrar, porque al principio el cuerpo constreñía el flujo. Tormentas. El hacha le había atravesado el antebrazo de lado a lado. Se recordó que no era su carne de verdad la que había quedado expuesta al aire. Que no era su propio hueso el que veía, como el anillo central de una cortada de cerdo.
¿Por qué no te curas como hiciste en la visión con Fen?, preguntó el Padre Tormenta. Tienes luz tormentosa.
—Sería hacer trampa —dijo Bellamy con un gruñido.
¿Trampa?, se sorprendió el Padre Tormenta. Condenación, ¿por qué iba a ser trampa? No has hecho ningún juramento.
Bellamy sonrió al oír a un fragmento de Dios maldecir. Se preguntó si al Padre Tormenta se le estaban contagiando sus malas costumbres. Haciendo todo el poco caso que pudo al dolor, Bellamy empuñó su hacha con una mano y se levantó con esfuerzo. Por delante de él, su brigada de doce soldados luchaba desesperada (y mal) contra el frenético asalto enemigo. Los habían acorralado contra el mismo borde del precipicio. Rodeado de altas formaciones de roca en todas las direcciones, aquel lugar casi se parecía a un abismo, aunque era mucho más abierto. Bellamy flaqueó y estuvo a punto de derrumbase de nuevo.
¡Tormentas!
Cúrate, insistió el Padre Tormenta.
—Antes las cosas como esta me parecían rasguños. —Bellamy miró el brazo que le faltaba. Bueno, quizá nunca le hubiera pasado nada tan grave como aquello.
Eres viejo, dijo el Padre Tormenta.
—Puede —replicó Bellamy, recomponiéndose mientras se le aclaraba la visión—. Pero ellos han cometido un error.
¿Qué error?
—Darme la espalda.
Bellamy cargó de nuevo, blandiendo el hacha con una mano. Derribó a dos enemigos, abriéndose paso hacia sus hombres.
—¡Bajad! —les gritó—. No podemos combatirlos aquí arriba. ¡Resbalad por la cuesta hasta ese saliente de abajo! ¡Luego ya buscaremos la forma de bajar al valle!
Saltó por el precipicio y cayó sobre la pendiente ya moviéndose. Era una maniobra temeraria, pero tormentas, arriba era imposible que sobrevivieran. Se deslizó por la piedra, preocupándose de no caer mientras se aproximaba a la caída en vertical hacia el valle. Una última y pequeña cornisa de piedra le permitió trastabillar hasta detenerse. Otros hombres descendían resbalando a su alrededor. Soltó el hacha y asió a uno, impidiendo que rebasara el saliente y cayera a su muerte. Se le escaparon otros dos. En total, siete hombres lograron detenerse junto a él. Bellamy resolló, mareado de nuevo, y miró hacia abajo por el lado de la cornisa. Como mínimo, había quince metros hasta el fondo del cañón. Sus compañeros eran un grupo herido y desarrapado, ensangrentado y temeroso. Brotaron agotaspren cerca, como chorros de polvo. Por encima, los salvajes se aglomeraron cerca del borde y los miraron anhelantes, como sabuesos-hacha que no perdían de vista la comida en la mesa de su amo.
—¡Tormentas! —El hombre al que Bellamy había salvado se dejó caer sentado—. ¡Tormentas! Están muertos. Están todos muertos. —Se envolvió el cuerpo con los brazos.
Mirando a su alrededor, Bellamy vio a un solo otro hombre aparte de él que hubiera conservado su arma. El torniquete que se había hecho dejaba escapar sangre.
—Esta guerra la ganamos —dijo Bellamy en voz baja.
Varios otros lo miraron.
—Ganamos. Lo he visto. Nuestro pelotón es de los últimos que siguen luchando. Aunque nosotros aún podamos caer, la guerra está ganada.
Arriba en la planicie, una figura se unió a los salvajes. Era una criatura que les sacaba una buena cabeza, con una temible armadura de caparazón rojo y negro. Sus ojos tenían un brillo carmesí. Sí, Bellamy recordaba a esa criatura. La vez anterior en aquella visión, lo habían dejado arriba, dándolo por muerto. Aquella cosa había pasado a su lado, un monstruo de pesadilla, había supuesto, dragado de su subconsciente, parecido a los seres contra los que luchaba en las Llanuras Quebradas. Pero ahora sabía la verdad. Era un Portador del Vacío. Pero en el pasado no había habido tormenta eterna, se lo había confirmado el Padre Tormenta. Así que ¿de dónde habían salido las criaturas, en aquella época?
—Formad —ordenó Bellamy—. ¡Preparaos!
Dos de los hombres obedecieron y se acercaron a él. La verdad era que dos de siete eran más de los que había esperado. La pared del acantilado se sacudió como si algo enorme hubiera impactado contra ella. Y entonces las piedras que había cerca titilaron. Bellamy parpadeó. ¿La pérdida de sangre le estaba empañando la visión? La pared de piedra pareció relucir y ondularse, como la superficie de un estanque después de arrojarle una piedra.
Alguien agarró el borde de su cornisa desde abajo. Una figura resplandeciente en su armadura esquirlada, con los bordes de cada pieza brillando en ámbar de forma visible a pesar de la luz del día, se aupó al saliente. Era un hombre imponente, incluso más grande que otros hombres con armadura esquirlada.
—Huid —ordenó el portador de esquirlada—. Lleva a tus hombres a los sanadores.
—¿Cómo? —preguntó Bellamy—. El acantilado…
Bellamy dio un respingo. Al precipicio le habían salido asideros. El portador de esquirlada apretó la mano contra la cuesta que ascendía hacia el Portador del Vacío y de nuevo la piedra pareció retorcerse. Se formaron peldaños en la roca, como si estuviera hecha de una cera que pudiera fluir y asumir formas. El portador extendió a un lado su mano y en ella apareció un gigantesco y brillante martillo.
Se lanzó hacia el Portador del Vacío.
Bellamy palpó la roca y la notó firme al tacto. Meneó la cabeza e indicó a su hombres que iniciaran el descenso. El último le miró el muñón del brazo.
—¿Cómo vas a seguirnos, Malad?
—Me las apañaré —dijo Bellamy—. Ve.
El hombre se marchó. Bellamy tenía la cabeza cada vez más embotada. Al final, se rindió y absorbió un poco de luz tormentosa. Le volvió a crecer el brazo. Primero sanó el corte y después la carne se extendió hacia fuera como el brote de una planta. A los pocos momentos, movió los dedos asombrado. Un brazo cortado tenía para él la misma importancia que un golpe en un dedo del pie. La luz tormentosa le aclaró la cabeza y dio una profunda y refrescante bocanada de aire. Desde arriba llegaba el sonido de la lucha, pero ni siquiera estirando el cuello alcanzaba a ver gran cosa. Eso sí, un cuerpo cayó rodando por la pendiente y se precipitó al valle.
—Son humanos —dijo Bellamy.
Salta a la vista.
—Antes no había atado cabos —explicó Bellamy—. ¿Había hombres luchando en el bando de los Portadores del Vacío?
Algunos.
—¿Y el portador de esquirlada que he visto? ¿Era un Heraldo?
No, un mero Custodio de la Piedra. Esa Potenciación que ha modificado la roca es la otra que puedes aprender, aunque es posible que a ti te sirva de otra manera.
Cuánto contraste. Los soldados normales parecían de lo más primitivos, pero aquel potenciador…
Bellamy sacudió la cabeza y descendió, utilizando los asideros de la pared de roca. Vio a sus compañeros uniéndose a un grupo numeroso de soldados un poco más allá, en el valle. Resonaron contra la pared gritos y vítores gozosos desde esa dirección. Era tal y como lo recordaba, más o menos: la guerra estaba ganada. Solo resistían unos pocos reductos enemigos. El grueso del ejército estaba empezando a celebrarlo.
—Muy bien, trae a Echo y a Anya —dijo Bellamy. En algún momento pretendía mostrar esa visión al joven emperador de Azir, pero antes quería prepararse—. Sitúalas en algún lugar cercano a mí, por favor, y deja que conserven su ropa.
Cerca, dos hombres se detuvieron de sopetón. Una neblina de brillante luz tormentosa cubrió sus formas y, al desvanecerse, su lugar lo ocupaban Echo y Anya, vestidas con havahs. Bellamy trotó hacia ellas.
—Bienvenidas a mi locura, señoras.
Echo se dio la vuelta, estirando el cuello para mirar las cimas de las formaciones de roca, parecidas a castillos. Echó una mirada a un grupo de soldados que pasaron renqueando, uno de ellos ayudando a su compañero herido y pidiendo Regeneración a viva voz.
—¡Tormentas! —susurró Echo—. Qué real parece.
—Ya te lo había advertido —dijo Bellamy—. Espero que no estés demasiado ridícula allá en las habitaciones.
Aunque él se había acostumbrado a las visiones lo suficiente para que su cuerpo ya no representara lo que estaba haciendo en ellas, no les ocurriría lo mismo a Anya, a Echo ni a ninguno de los monarcas a los que hiciera entrar.
—¿Qué está haciendo esa mujer? —preguntó Anya, curiosa.
Una joven se dirigió a los hombres que cojeaban. ¿Sería una Radiante? Tenía aire de serlo, aunque no llevaba armadura. Era más la confianza que proyectaba, la forma en que los hizo sentarse y sacó algo brillante de una bolsa que llevaba al cinto.
—Esto lo recuerdo —dijo Bellamy—. Es uno de esos artilugios que os había mencionado de otra visión. Los que proporcionan Regeneración, como ellos lo llaman. Sanación.
Los ojos de Echo se ensancharon, y sonrió como una niña a la que hubieran regalado una bandeja llena de dulces para la Fiesta Media. Dio a Bellamy un abrazo rápido y corrió hacia allí para mirar. Se detuvo justo al lado del grupo e hizo gestos impacientes a la Radiante para que continuara.
Anya se volvió para mirar el cañón a su alrededor.
—No conozco ningún lugar con esta descripción en nuestra época, tío. Parecen las tierras de tormentas, por esas formaciones rocosas.
—¿Podría ser algún lugar de las Montañas Irreclamadas?
—O eso o hace tanto tiempo que las formaciones rocosas han desaparecido presa de la erosión.
Anya miró con ojos entornados un grupo de personas que recorrían el cañón, llevando agua a los soldados. La vez anterior, Bellamy había llegado al valle justo a tiempo para encontrarlos y beber un poco.
«Se te necesita arriba», le había dicho uno de ellos, señalando la estrecha cuesta que remontaba el cañón por el lado opuesto al que había ocupado luchando.
—Esa ropa —dijo Anya casi para sí misma—, esas armas…
—Hemos retrocedido a la antigüedad.
—Sí, tío —convino Anya—. Pero ¿no me dijiste que esta visión transcurre al final de las Desolaciones?
—Por lo que recuerdo de ella, sí.
—En consecuencia, la visión de la Esencia de Medianoche es anterior a esta, cronológicamente. Y aun así, en aquella viste acero, o hierro como mínimo. ¿Recuerdas el atizador?
—No creo que vaya a olvidarlo nunca. —Bellamy se frotó el mentón—. Hierro y acero entonces, pero ahora hombres blandiendo armas bastas, de cobre y bronce. Como si no supieran crear hierro mediante el moldeado de almas, o por lo menos como si no supieran forjarlo bien, a pesar de estar en una fecha posterior. Vaya, sí que es extraño.
—Es la confirmación de lo que se nos dijo, aunque antes no terminara de creérmelo. Las Desolaciones fueron tan terribles que destruyeron la cultura y el progreso, dejando atrás un pueblo herido.
—Se suponía que las órdenes de Radiante debían impedirlo —dijo Bellamy—. Eso lo descubrí en otra visión.
—Sí, esa la leí. Las he leído todas, en realidad. —Anya lo miró y sonrió.
La gente siempre se sorprendía al ver emociones en Anya, pero a Bellamy le parecía injusto. Anya era muy capaz de sonreír, aunque se reservara la expresión para sus momentos más genuinos.
—Gracias, tío —le dijo—. Has hecho al mundo un regalo grandioso. Un hombre puede ser valiente enfrentándose a cien enemigos, pero entrar en estas visiones y registrarlas en vez de ocultarlas… eso es valentía a un nivel distinto del todo.
—Fue simple terquedad. Me negué a creer que estaba loco.
—Pues bendita sea tu terquedad, tío. —Anya frunció los labios, pensativa, y siguió en tono más suave—. Me tienes preocupada, tío. Por lo que dice la gente.
—¿Te refieres a mi herejía? —preguntó Bellamy.
—Me preocupa menos la herejía en sí que la forma en que estás afrontando las reacciones a ella.
Por delante de ellos, Echo se las había ingeniado para convencer a la Radiante de que le dejara ver el fabrial. La tarde ya estaba avanzada y las sombras invadían el valle. Pero aquella visión era de las largas, así que no le importó esperar a Echo. Se sentó en una roca.
—No niego a Dios, Anya —dijo—. Es solo que creo que el ser al que llamamos el Todopoderoso nunca fue Dios, en realidad.
—Lo cual es una conclusión razonable, a la vista de los relatos de tus visiones. —Anya se sentó a su lado.
—Debes de alegrarte de oírme decirlo —aventuró él.
—Me alegro de tener a alguien con quien hablar, y desde luego me alegro de que hayas emprendido un viaje de descubrimiento. En cambio, ¿me alegro de verte sufrir? ¿Me alegro de verte obligado a abandonar algo que te era muy valioso? —Negó con la cabeza—. Me da igual que la gente crea lo que le convenga, tío. Es algo que nadie parece entender, que yo en sus creencias ni entro ni salgo. No necesito compañía para estar confiada.
—¿Cómo lo soportas, Anya? —preguntó Bellamy—. Las cosas que la gente dice cuando estás cerca. Yo veo las mentiras en sus ojos incluso antes de que hablen. O quizá me repitan, con absoluta sinceridad, cosas que en teoría dije yo antes, aunque las niegue. ¡Rechazan mi propia palabra en favor de los rumores que corren sobre mí!
Anya dejó que su mirada se perdiera al fondo del cañón. En el extremo opuesto estaban congregándose más hombres, un grupo débil y vapuleado que estaba enterándose en esos momentos de que habían ganado la batalla. Una gran columna de humo se alzó en la lejanía, aunque Bellamy no alcanzó a ver de dónde salía.
—Ojalá tuviera las respuestas, tío —dijo Anya en voz baja—. Luchar te hace fuerte, pero también insensible. Me preocupa haber aprendido demasiado de lo segundo y poco de lo primero. Pero sí que puedo hacerte una advertencia.
Bellamy la miró, enarcando las cejas.
—Intentarán definirte por medio de algo que no eres —dijo Anya—. No lo permitas. Yo puedo ser erudita, mujer, historiadora, Radiante. La gente seguirá intentando clasificarme por lo que me vuelve ajena a ellos. La ironía es que pretenden que lo que no soy, o aquello en lo que no creo, sea mi principal seña de identidad. Siempre lo he rechazado, y voy a seguir haciéndolo.
Extendió el brazo y le puso la mano libre en el brazo.
—No eres un hereje, Bellamy Griffin. Eres un rey, un Radiante y un padre. Eres un hombre de creencias complicadas, que no acepta todo lo que le dicen. Eres tú quien decide cómo se te define. No concedas eso a los demás, porque aprovecharán de mil amores la oportunidad de definirte, si les dejas.
Bellamy asintió despacio.
—De todas formas —añadió Anya, levantándose—, supongo que no es el mejor momento para tener esta conversación. Soy consciente de que podemos repetir esta visión a voluntad, pero la cantidad de tormentas en las que podamos hacerlo será limitada. Debería estar explorando.
—La última vez, fui por ahí —dijo Bellamy, señalando cuesta arriba—. Me gustaría volver a ver lo que vi.
—Excelente. Cubriremos más terreno si nos separamos. Yo iré en dirección contraria, y luego podemos reunirnos y comparar notas.
Anya se marchó cuesta abajo, hacia la mayor concentración de hombres. Bellamy se levantó y estiró los músculos, sintiéndose agotado aún por el esfuerzo anterior. Al poco tiempo, regresó Echo, musitando explicaciones de lo que había visto entre dientes. Teshav estaba sentada junto a ella en el mundo de la vigilia, y Kalami con Anya, registrando lo que decían. Era la única forma de tomar notas en aquellas visiones. Echo entrelazó el brazo con el suyo y miró hacia Anya con una sonrisa de afecto en los labios. No, nadie habría considerado fría a Anya si hubiera presenciado el lloroso reencuentro entre madre e hija.
—¿Cómo pudiste criarla? —preguntó Bellamy.
—Sobre todo, impidiendo que se diera cuenta de que la estaba criando —dijo Echo. Se apretó contra él—. Ese fabrial es maravilloso, Bellamy. Es como un moldeador de almas.
—¿En qué sentido?
—¡En el de que no tengo ni idea de cómo funciona! Creo… creo que hay algo erróneo en la forma en que estamos pensando en los fabriales antiguos. —Bellamy la miró, y ella negó con la cabeza—. Aún no puedo explicarlo.
—Echo… —empezó a insistir él.
—No —dijo ella, tozuda—. Tengo que presentar mis ideas a los eruditos, ver si lo que pienso tiene sentido siquiera y luego preparar un informe. Las cosas funcionan así, Bellamy Griffin, así que ten paciencia.
—Seguro que no entenderé ni la mitad de lo que digas, en todo caso —gruñó él.
No partió de inmediato en la dirección que había seguido la vez anterior. En su anterior visita, alguien lo había animado a hacerlo. Pero en esa ocasión, había actuado de forma distinta. ¿Lo dirigirían hacia allí de todos modos?
No tuvo que esperar mucho antes de que llegara un oficial corriendo hacia ellos.
—Eh, tú —dijo el hombre—. ¿Te llamas Malad-hijo-Zent? Quedas ascendido a sargento. Dirígete al campamento base tres. —Señaló cuesta arriba—. Sube hasta ahí y baja por el otro lado. ¡Andando!
Torció el gesto mirando a Echo, ya que a sus ojos no deberían estar cogidos con tanta familiaridad, pero se marchó deprisa sin decir nada más.
Bellamy sonrió.
—¿Qué pasa? —preguntó Echo.
—Estas visiones son experiencias fijas que Honor quería que tuviera. Aunque en ellas hay libertad, sospecho que se impartirá la misma información haga lo que haga.
—Entonces, ¿quieres desobedecer?
Bellamy negó con la cabeza.
—Hay cosas que necesito ver otra vez. Ahora que sé que esta visión es fidedigna, tengo mejores preguntas que hacer.
Emprendieron el ascenso por la lisa roca, caminando cogidos del brazo. Bellamy sintió que empezaban a revolverse en él unas emociones inesperadas, en parte debidas a las palabras de Anya. Pero era algo más profundo, una acumulación de gratitud, alivio, incluso amor.
—Bellamy, ¿estás bien? —preguntó Echo.
—Solo estoy… pensando —dijo, intentando mantener la voz firme—. Por la sangre de mis padres, ha pasado ya casi medio año, ¿verdad? ¿Desde que empezó todo esto? Y en todo ese tiempo, he tenido las visiones en solitario. Es solo que me alegro de compartir la carga, Echo. Me alegro de poder enseñarte esto y de saber de una vez, absolutamente y con certeza, que lo que veo no está solo en mi mente.
Ella se apretó de nuevo contra él y anduvo con la cabeza apoyada en su hombro. Mostraban mucho más afecto en público que el que tolerarían las costumbres alezi, pero ¿acaso no las habían tirado por la ventana hacia mucho tiempo? Además, no podía verlos nadie. Nadie real, por lo menos.
Coronaron la cuesta y pasaron entre varias zonas de suelo ennegrecido. ¿Qué podía quemar la roca de ese modo? Otras zonas parecían aplastadas por un peso imposible, mientras otras tenían unos agujeros de formas extrañas tallados en ellas. Echo hizo que pararan al lado de una formación particular, que les llegaba solo a las rodillas, en la que la roca se ondulaba en un patrón extraño y simétrico. Parecía líquido, congelado a medio fluir.
Resonaron gritos de dolor por los cañones y a lo largo de la abierta llanura de roca. Mirando por el borde, Bellamy encontró el principal campo de batalla. Los cadáveres se extendían en la distancia. Había millares, algunos amontonados, otros masacrados a montones contra paredes de piedra.
—¿Padre Tormenta? —dijo Bellamy al spren—. Esto es lo que he dicho a Anya que es, ¿verdad? Aharietiam, la Última Desolación.
Así es como la llamaron.
—Incluye a Echo en tus respuestas —pidió Bellamy.
DE NUEVO ME PLANTEAS EXIGENCIAS. NO DEBERÍAS HACERLO. La voz atronó en el aire y Echo casi dio un salto.
—Aharietiam —repitió Bellamy—. No es así como las canciones y los cuadros representan la derrota final de los Portadores del Vacío. En ellos, siempre hay algún tipo de enorme enfrentamiento, con unos monstruos aterradores cargando contra líneas de valientes soldados.
EL HOMBRE MIENTE EN SU POESÍA. SIN DUDA, YA LO SABES.
—Es solo que… que parece un campo de batalla normal y corriente.
¿Y ESA ROCA QUE TIENES DETRÁS?
Bellamy dio media vuelta hacia ella y ahogó un grito al comprender que lo que había confundido con un peñasco era en realidad un gigantesco rostro esquelético. Un montón de escombros junto al que habían pasado era en realidad una de aquellas cosas que había visto en otra visión. Un monstruo de piedra que salía a zarpazos del suelo.
Echo se acercó a la cara.
—¿Dónde están los parshmenios?
—Antes he combatido contra humanos —dijo Bellamy.
RECLUTADOS POR EL OTRO BANDO, añadió el Padre Tormenta. CREO.
—¿Crees? —preguntó Bellamy.
EN ESTOS TIEMPOS, HONOR AÚN VIVÍA. YO NO ERA DEL TODO YO MISMO. TENÍA MÁS DE TORMENTA. MENOS INTERÉS EN LOS HOMBRES. SU MUERTE ME CAMBIÓ. MI RECUERDO DE ESA ÉPOCA ES DIFÍCIL DE EXPLICAR. PERO SI QUERÉIS VER PARSHMENIOS, SOLO TENÉIS QUE MIRAR HACIA EL OTRO LADO DEL CAMPO.
Echo fue con Bellamy a la cresta y contemplaron la llanura de cadáveres que se extendía ante ellos.
—¿Cuáles son? —preguntó Echo.
¿NO LOS DISTINGUES?
—No a esta distancia.
LA MITAD DE TODOS ESOS SON LO QUE LLAMARÍAIS PARSHMENIOS.
Bellamy forzó la vista, pero siguió sin poder distinguir qué cadáveres eran humanos y cuáles no. Llevó a Echo cuesta abajo y luego por una llanura. Allí los cuerpos estaban entremezclados: hombres de ropa primitiva y cadáveres parshmenios de sangre anaranjada. Era una advertencia que debería haber captado, pero cuyo sentido no había podido colegir en su primer paso por la visión. Había creído estar presenciando una pesadilla de sus batallas en las Llanuras Quebradas. Sabía el camino que debía seguir, el que los llevó a Echo y a él por entre el campo de cadáveres y luego a un hueco sombrío tras una alta aguja de piedra. La luz caía sobre las piedras de forma intrigante. La vez anterior, creía haber llegado a aquel lugar por casualidad, pero en realidad la visión entera lo había dirigido a ese momento. Encontraron nueve hojas esquirladas clavadas en la piedra. Abandonadas. Echo se llevó a la boca su mano segura enguantada al verlas. ¿Nueve preciosidades de hojas, cada una un tesoro, abandonadas allí sin más? ¿Por qué? ¿Cómo?
Bellamy cruzó las sombras rodeando las nueve hojas. Se trataba de otra imagen que había malinterpretado al tener la visión por primera vez. No eran meras hojas esquirladas.
—Ojos de Ceniza —dijo Echo, señalando—. Esa la reconozco, Bellamy. Es la que…
—La que mató a Gavilar —dijo Bellamy, deteniéndose junto a la hoja menos ornamentada, larga y fina—. El arma de la Asesina de Blanco. Es una hoja de Honor. Las nueve lo son.
—¡Este es el día en que los Heraldos hicieron su ascenso final a los Salones Tranquilos! —exclamó Echo—. Para encabezar allí la batalla.
Bellamy se volvió a un lado, hacia el lugar donde atisbaba un centelleo en el aire. El Padre Tormenta.
—Solo que… —prosiguió Echo—. Esto no fue el auténtico final. Porque el enemigo regresó. —Rodeó el anillo de piedras y se detuvo junto a un hueco en el círculo—. ¿Dónde está la décima hoja?
—Las historias son incorrectas, ¿verdad? —preguntó Bellamy al Padre Tormenta—. No derrotamos al enemigo para siempre, como afirmaban los Heraldos. Mintieron.
La cabeza de Echo se alzó de golpe y sus ojos se enfocaron en Bellamy.
DURANTE MUCHO TIEMPO LES REPROCHÉ SU CARENCIA DE HONOR, dijo el Padre Tormenta. ES… DIFÍCIL PARA MÍ VER MÁS ALLÁ DE UN JURAMENTO ROTO. LOS ODIABA. AHORA, CUANTO MÁS CONOZCO A LOS HOMBRES, MÁS HONOR VEO EN ESAS POBRES CRIATURAS QUE LLAMÁIS HERALDOS.
—Cuéntame lo que ocurrió —pidió Bellamy—. Lo que ocurrió de veras.
¿ESTÁS PREPARADO PARA ESTA HISTORIA? HAY PARTES QUE NO TE GUSTARÁN.
—Si he aceptado que Dios está muerto, puedo aceptar la caída de sus Heraldos.
Echo se sentó en una piedra cercana, con la cara pálida.
EMPEZÓ CON LAS CRIATURAS A LAS QUE LLAMÁIS PORTADORES DEL VACÍO, dijo el Padre Tormenta con voz grave y atronadora. ¿Introspectiva? COMO DECÍA, MI VISIÓN DE ESOS ACONTECIMIENTOS ESTÁ DISTORSIONADA. PERO SÍ RECUERDO QUE UNA VEZ, MUCHO ANTES DEL DÍA QUE PRESENCIÁIS AHORA, HABÍA MUCHAS ALMAS DE CRIATURAS QUE HABÍAN SIDO DESTRUIDAS, FURIOSAS Y TERRIBLES. LES HABÍA CONCEDIDO UN GRAN PODER EL ENEMIGO, EL LLAMADO ODIUM. ESO FUE EL PRINCIPIO, EL INICIO DE LAS DESOLACIONES. PUES CUANDO MURIERON, SE NEGARON A MARCHARSE.
—Eso es lo que está pasando ahora —dijo Bellamy—. A los parshmenios los están transformando esas cosas de la tormenta eterna. ¿Esas cosas son…? —Tragó saliva—. ¿Son las almas de sus difuntos?
SON LOS SPREN DE PARSHMENIOS MUERTOS HACE MUCHO. SON SUS REYES, SUS OJOS CLAROS, SUS VALEROSOS SOLDADOS DE MUCHO, MUCHÍSIMO TIEMPO ATRÁS. EL PROCESO NO LES RESULTA SUAVE. ALGUNOS DE ESOS SPREN HAN PASADO A SER MERAS FUERZAS, BESTIALES, FRAGMENTOS DE MENTES A LOS QUE ODIUM CONFIRIÓ PODER. OTROS ESTÁN MÁS… DESPIERTOS. CADA RENACIMIENTO DAÑA MÁS SUS MENTES. RENACEN EMPLEANDO CUERPOS DE PARSHMENIOS PARA CONVERTIRSE EN LOS FUSIONADOS. E INCLUSO ANTES DE QUE LOS FUSIONADOS APRENDIERAN A DOMINAR LAS POTENCIAS, LA HUMANIDAD NO PODÍA COMBATIRLOS. LOS HUMANOS JAMÁS PODRÍAN DERROTARLOS SI LAS CRIATURAS A LAS QUE MATABAN RENACÍAN DESPUÉS DE CADA MUERTE. Y EN CONSECUENCIA, EL JURAMENTO.
—Diez personas —dijo Bellamy—. Cinco hombres, cinco mujeres. —Miró las espadas—. ¿Ellos terminaron con esto?
SE SACRIFICARON. DEL MISMO MODO EN QUE ODIUM ESTÁ SELLADO POR LOS PODERES DE HONOR Y CULTIVACIÓN, VUESTROS HERALDOS ENCERRARON A LOS SPREN DE LOS MUERTOS EN EL LUGAR QUE LLAMÁIS CONDENACIÓN. LOS HERALDOS ACUDIERON A HONOR, QUE LES CONCEDIÓ ESE DERECHO, ESE JURAMENTO. CREYERON QUE TERMINARÍA CON LA GUERRA PARA SIEMPRE. PERO SE EQUIVOCABAN. HONOR SE EQUIVOCABA.
—Él mismo era como un spren —dijo Bellamy—. Me lo dijiste una vez. Y Odium también.
HONOR PERMITIÓ QUE EL PODER LO CEGARA A LA VERDAD: QUE AUNQUE LOS SPREN Y LOS DIOSES NO PUEDEN ROMPER SUS JURAMENTOS, LOS HUMANOS SÍ PUEDEN Y LO HARÁN. LOS DIEZ HERALDOS QUEDARON ENCERRADOS EN CONDENACIÓN, ATRAPANDO ALLÍ A LOS PORTADORES DEL VACÍO. SIN EMBARGO, SI CUALQUIERA DE LOS DIEZ ACEPTABA DOBLEGAR SU JURAMENTO Y DEJAR PASAR A PORTADORES DEL VACÍO, DESATABA LA INUNDACIÓN. PODRÍAN REGRESAR TODOS ELLOS.
—Y eso iniciaba una Desolación —dijo Bellamy.
Y ESO INICIABA UNA DESOLACIÓN, confirmó el Padre Tormenta.
Un juramento que podía doblegarse, un pacto que podía socavarse. Bellamy comprendió lo que había ocurrido. Le resultó muy evidente.
—Fueron torturados, ¿verdad?
DE FORMA HORRIBLE, POR LOS ESPÍRITUS QUE HABÍAN ATRAPADO. PODÍAN COMPARTIR EL DOLOR POR MEDIO DE SU VÍNCULO, PERO AL FINAL SIEMPRE HABÍA ALGUIEN QUE FLAQUEABA. CUANDO UNO SE VENÍA ABAJO, LOS DIEZ HERALDOS REGRESABAN A ROSHAR. BATALLABAN. DIRIGÍAN A LOS HOMBRES. SU JURAMENTO DEMORABA A LOS FUSIONADOS, LES IMPEDÍA REGRESAR DE INMEDIATO, PERO DESPUÉS DE CADA DESOLACIÓN LOS HERALDOS REGRESABAN A CONDENACIÓN PARA SELLAR AL ENEMIGO DE NUEVO. PARA OCULTARSE, LUCHAR Y POR FIN RESISTIR JUNTOS. EL CICLO SE REPITIÓ. AL PRINCIPIO, LOS DESCANSOS ENTRE DESOLACIONES FUERON LARGOS, DE SIGLOS. HACIA EL FINAL, LAS DESOLACIONES LLEGABAN SEPARADAS POR MENOS DE DIEZ AÑOS. PASÓ MENOS DE UN AÑO ENTRE LAS DOS ÚLTIMAS. LAS ALMAS DE LOS HERALDOS SE HABÍAN DESGASTADO. CEDÍAN CASI EN EL MISMO INSTANTE EN QUE QUEDABAN ATRAPADOS Y SUFRÍAN LAS TORTURAS EN CONDENACIÓN.
—Lo que explica por qué la situación parece tan mala esta vez —susurró Echo desde su asiento—. La sociedad había sufrido Desolación tras Desolación, separadas por intervalos breves. La cultura, la tecnología… todo destrozado.
Bellamy se arrodilló y le frotó el hombro.
—No es tan malo como me temía —dijo ella—. Los Heraldos eran personas honorables. Quizá no tan divinos, pero es posible que incluso me caigan mejor, ahora que sé que eran solo hombres y mujeres normales.
ERAN PERSONAS ROTAS, dijo el Padre Tormenta. PERO PUEDO EMPEZAR A PERDONARLOS, A ELLOS Y SUS JURAMENTOS QUEBRADOS. AHORA TIENE UN… SENTIDO PARA MÍ QUE NUNCA TUVO.
Sus palabras sonaron sorprendidas.
—Los Portadores del Vacío que hicieron esto son los que están regresando ahora —dijo Echo—. Otra vez.
LOS FUSIONADOS, LAS ALMAS DE LOS FALLECIDOS DE TIEMPOS REMOTOS, OS ABORRECEN. NO SON RACIONALES. HAN QUEDADO IMPREGNADOS DE SU ESENCIA, LA ESENCIA DEL ODIO PURO. DESTRUIRÁN ESTE MUNDO SI ES LO QUE HACE FALTA PARA DESTRUIR A LA HUMANIDAD. Y SÍ, HAN REGRESADO.
—Aharietiam no fue el auténtico final —dijo Bellamy—. Fue solo una Desolación más. Solo que algo cambió para los Heraldos. ¿Abandonaron sus espadas?
DESPUÉS DE CADA DESOLACIÓN, LOS HERALDOS REGRESABAN A CONDENACIÓN, dijo el Padre Tormenta. SI MORÍAN EN LA LUCHA, SE TRASLADABAN ALLÍ DE FORMA AUTOMÁTICA. Y LOS SUPERVIVIENTES ACUDÍAN POR VOLUNTAD PROPIA AL FINAL. SE LES HABÍA ADVERTIDO QUE SI ALGUNO POSPONÍA EL REGRESO, PODÍA LLEVAR AL DESASTRE. ADEMÁS, DEBÍAN ESTAR JUNTOS EN CONDENACIÓN PARA COMPARTIR LA CARGA DE LA TORTURA SI CAPTURABAN A ALGUNO DE ELLOS. PERO EN ESTA OCASIÓN, SUCEDIÓ ALGO EXTRAÑO. YA FUESE POR COBARDÍA O POR PURA SUERTE, EVITARON LA MUERTE. NINGUNO CAYÓ EN BATALLA… SALVO UNO.
Bellamy miró el hueco en el anillo de hojas.
LOS NUEVE CAYERON EN LA CUENTA DE QUE UNO DE ELLOS NO HABÍA FLAQUEADO NUNCA, prosiguió el Padre Tormenta. TODOS LOS DEMÁS, EN ALGÚN MOMENTO, SE HABÍAN RENDIDO, HABÍAN DADO INICIO A UNA DESOLACIÓN PARA ESCAPAR DEL DOLOR. CONCLUYERON QUE TAL VEZ NO ERA NECESARIO QUE VOLVIERAN TODOS. DECIDIERON QUEDARSE AQUÍ, ARRIESGÁNDOSE A UNA DESOLACIÓN ETERNA PERO CONFIANDO EN QUE EL QUE HABÍAN DEJADO EN CONDENACIÓN SE BASTARÍA PARA CONTENERLO TODO. EL QUE NO DEBÍA HABERSE UNIDO A ELLOS EN UN PRINCIPIO, EL QUE NO ERA UN REY, UN ERUDITO NI UN GENERAL.
—Wells —dijo Bellamy.
EL PORTADOR DE TODAS LAS AGONÍAS. EL ABANDONADO EN CONDENACIÓN, PARA SOPORTAR ALLÍ LA TORTURA EN SOLITARIO.
—Por el Todopoderoso —susurró Echo—. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Son más de mil años, ¿verdad?
CUATRO MIL QUINIENTOS AÑOS, dijo el Padre Tormenta. CUATRO MILENIOS Y MEDIO DE TORTURA.
El silencio cayó sobre el pequeño nicho, adornado con hojas plateadas y sombras que se alargaban. Bellamy, sintiéndose débil, se sentó en el suelo al lado de la roca de Echo. Se quedó mirando aquellas hojas y sintió un repentino e irracional odio por los Heraldos. Era una estupidez. Como había dicho Echo, en realidad eran héroes. Habían evitado a la humanidad los asaltos durante una cantidad ingente de tiempo, pagándolo con su propia cordura. Pero aun así, los odió. Por el hombre al que habían dejado atrás.
El hombre…
Bellamy se levantó de un salto.
—¡Es él! —gritó—. El loco. ¡De verdad es un Heraldo!
TERMINÓ CEDIENDO, dijo el Padre Tormenta. SE HA UNIDO A LOS NUEVE, QUE SIGUEN CON VIDA. EN ESTOS MILENIOS NINGUNO DE ELLOS HA MUERTO Y REGRESADO A CONDENACIÓN, PERO ESO YA NO TIENE LA IMPORTANCIA QUE TUVO UNA VEZ. EL JURAMENTO SE HA DEBILITADO HASTA CASI LA EXTINCIÓN, Y ODIUM HA CREADO SU PROPIA TORMENTA. LOS FUSIONADOS NO REGRESAN A CONDENACIÓN CUANDO SE LOS MATA. RENACEN EN LA SIGUIENTE TORMENTA ETERNA.
Tormentas. ¿Cómo podían derrotar a algo así? Bellamy volvió a mirar aquel hueco vacío entre las espadas.
—El loco, el Heraldo, vino a Kholinar con una hoja esquirlada. ¿No debería haber sido su hoja de Honor?
SÍ. PERO LA QUE SE TE ENTREGÓ A TI NO ES ESA. NO SÉ LO QUE OCURRIÓ.
—Necesito hablar con él. Estaba… en el monasterio, cuando marchamos, ¿verdad? —Bellamy tenía que preguntar a los fervorosos para averiguar quién había evacuado al loco.
—¿Es lo que provocó la rebelión de los Radiantes? —preguntó Echo—. ¿Son estos secretos los que motivaron la Traición?
NO. ESO ES UN SECRETO MÁS PROFUNDO, QUE NO REVELARÉ.
—¿Por qué? —exigió saber Bellamy.
PORQUE SI LO CONOCIERAS, ABANDONARÍAS TUS JURAMENTOS COMO HICIERON LOS ANTIGUOS RADIANTES.
—No lo haría.
¿NO LO HARÍAS?, preguntó imperioso el Padre Tormenta, en voz más alta. ¿SERÍAS CAPAZ DE JURARLO? ¿JURARÍAS SOBRE ALGO DESCONOCIDO? ESTOS HERALDOS JURARON QUE CONTENDRÍAN A LOS PORTADORES DEL VACÍO, Y MIRA LO QUE LES PASÓ. NO EXISTE HOMBRE VIVO QUE NO HAYA ROTO UN JURAMENTO, BELLAMY GRIFFIN. TUS NUEVOS RADIANTES SOSTIENEN EN SUS MANOS LAS ALMAS Y LAS VIDAS DE MIS HIJOS. NO. NO PERMITIRÉ QUE HAGAS LO MISMO QUE TUS PREDECESORES. CONOCES LAS PARTES IMPORTANTES. EL RESTO ES IRRELEVANTE.
Bellamy respiró hondo y contuvo su furia. En cierto modo, el Padre Tormenta tenía razón. No tenía forma de saber cómo podría afectarlos ese secreto a él y a sus Radiantes. Pero aun así, preferiría saberlo. Se sentía como si anduviera por ahí seguido de un verdugo que planeara acabar con su vida en cualquier momento. Suspiró mientras Echo se levantaba para ir hacia él y cogerle el brazo.
—Tendré que intentar bosquejar de memoria todas estas hojas de Honor. O mejor aún, enviemos a Lexa para que lo haga. Quizá podamos utilizar sus dibujos para localizar las demás.
Una sombra se movió en la entrada del pequeño hueco, y al momento entró un joven con paso inseguro. Tenía la piel blanquecina, con extraños y anchos ojos shin y el cabello castaño un poco rizado. Podría ser cualquiera de los hombres shin que Bellamy había visto a lo largo de su vida. Seguían perteneciendo a una etnia distinta, pese al transcurrir de los milenios. El hombre cayó arrodillado ante la maravilla de las hojas de Honor abandonadas. Pero al momento, miró a Bellamy y habló con la voz del Todopoderoso.
—Únelos.
—¿No había nada que pudieras hacer por los Heraldos? —le preguntó Bellamy—. ¿No hubo nada que su Dios pudiera hacer para impedir esto?
El Todopoderoso, por supuesto, no podía responder. Había muerto combatiendo aquello a lo que se enfrentaban, la fuerza conocida como Odium. En cierto modo, había sacrificado su propia vida por la misma causa que los Heraldos.
La visión se desvaneció.
