40. PREGUNTAS, REVELACIONES E INFERENCIAS
En cuanto a Uli Da, fue evidente desde el principio que iba a suponer un problema. No la echaré de menos
Lexa leyó la carta.
Existen al menos otras dos grandes instituciones en Roshar, además de nosotros mismos, que presagiaron el regreso de los Portadores del Vacío y las Desolaciones. Ya conoces la primera de ellas, los hombres que se hacen llamar los Hijos de Honor. El anterior rey de Alezkar, Gavilar Griffin, el hermano del Espina Negra, fue una fuerza impulsora de su expansión. Reclutó para ellos a Meridas Amaram. Como sin duda descubriste al infiltrarte en la mansión de Amaram, en los campamentos de guerra, los Hijos de Honor tenían el objetivo expreso de que regresaran las Desolaciones. Creían que solo los Portadores del Vacío provocarían que los Heraldos se mostraran, y que una Desolación restauraría tanto a los Caballeros Radiantes como la antigua fuerza de la Iglesia Vorin. Los esfuerzos del rey Gavilar para reavivar las Desolaciones fueron con toda probabilidad el motivo de su asesinato, por mucha otra gente que hubiera en palacio esa noche con razones para quererlo muerto. Un segundo grupo que sabía que las Desolaciones podían regresar son los Rompedores del Cielo. Comandados por el vetusto Heraldo Nalan'Elin —a menudo conocido simplemente como Nale—, los Rompedores del Cielo son la única orden de Radiantes que no rompieron sus juramentos en la Traición. Han mantenido una presencia continua y clandestina desde los tiempos de la antigüedad. Nale creía que si los hombres pronunciaban las Palabras de otras órdenes, se aceleraría el regreso de los Portadores del Vacío. No sabemos cómo podría ser verídica tal cosa, pero como Heraldo, Nale tiene acceso a un conocimiento y un entendimiento que nos sobrepasan. Deberías saber que los Heraldos ya no deben considerarse aliados del hombre. Los que no han enloquecido por completo se han derrumbado. El propio Nale es implacable, desprovisto de lástima y piedad. Ha dedicado las últimas dos décadas —y quizá mucho más tiempo— a vigilar a todo aquel que estaba cerca de vincular un spren. En ocasiones reclutaba a esas personas, las vinculaba a altospren y los convertía en Rompedores del Cielo. A otros los eliminaba. Si alguien ya había vinculado a un spren, Nale solía acudir en persona a despacharlo. Si no, enviaba a un secuaz.
Un secuaz como tu hermano Helaran.
Tu madre tuvo relaciones íntimas con un acólito de los Rompedores del Cielo, y ya conoces el resultado de dichas relaciones. Reclutaron a tu hermano porque Nale estaba impresionado con él. Es posible que Nale también descubriera, por medios que no comprendemos, que un miembro de tu casa estaba a punto de vincular un spren. Si eso es cierto, por algún motivo creyeron que quien les interesaba era Helaran. Lo reclutaron mediante muestras de gran poder y esquirlas. Helaran todavía no se había demostrado digno del vínculo con un spren. Nale es muy exigente con sus reclutas. Lo más probable es que enviara a Helaran a matar a Amaram como prueba de que era digno. O eso, o Helaran emprendió la misión por su cuenta para demostrar su valía como aspirante a caballero. También es posible que los Rompedores del Cielo supieran que alguien del ejército de Amaram estaba cerca de vincular un spren, pero considero más probable que el ataque a Amaram fuese un simple golpe contra los Hijos de Honor. Gracias a nuestro espionaje a los Rompedores del Cielo, contamos con registros que demuestran que el único miembro del ejército de Amaram que vinculó jamás un spren fue eliminado hace mucho tiempo. La mujer del puente, por lo que sabemos, no les era conocido. De haberlo sido, no te quepa duda de que la habrían asesinado durante los meses que pasó como esclava.
La carta terminaba ahí. Lexa se quedó sentada en su habitación, iluminada solo por una tenue esfera. ¿Helaran era un Rompedor del Cielo? ¿Y el rey Gavilar estaba aliado con Amaram para que volvieran las Desolaciones?
Patrón zumbó preocupado en sus faldas y pasó a la página para leer la carta. Lexa susurró de nuevo las palabras para sí misma, con la intención de memorizarlas, pues sabía que no podía conservar la carta. Era demasiado peligrosa.
—Secretos —dijo Patrón—. Hay mentiras en esta carta.
Demasiadas preguntas. ¿Quién más había allí la noche en que murió Gavilar, como insinuaba la carta? ¿Y qué era aquella referencia a otro Potenciador en el ejército de Amaram?
—Está tentándome con golosinas —dijo Lexa—, igual que un hombre del muelle con un kurl adiestrado que baila y mueve las patas para que le dé pescado.
—Pero… queremos esas golosinas, ¿verdad?
—Por eso funciona. —«Tormentas.»
No podía lidiar con ello en ese momento. Tomó una Memoria de la página. No era un método demasiado efectivo en lo concerniente al texto, pero la sacaba de apuros. Entonces metió la carta en el agua de una palangana y le diluyó la tinta, antes de hacerla trizas y formar una pelota con ellas. Hecho eso, se puso el abrigo, los pantalones y el sombrero y se escabulló de su habitación siendo Velo. Velo encontró a Vathah y algunos hombres suyos jugando a piezas en la sala común de sus barracones. Aunque allí se alojaban soldados de Sebarial, también vio a hombres con uniformes azules: Bellamy había ordenado a sus tropas que pasaran tiempo con los soldados de sus aliados, para alentar un sentimiento de camaradería. La entrada de Velo atrajo miradas, pero fueron breves. Podía haber mujeres en aquellas salas comunes, aunque pocas entraban. Había pocas propuestas que sonaran menos atractivas a una mujer en pleno cortejo que: «Oye, vamos a sentarnos en la sala común de los barracones a ver a hombres gruñendo y rascándose.»
Cruzó la sala con paso tranquilo hasta Vathah y sus hombres, que estaban sentados alrededor de una mesa redonda de madera. Los muebles por fin empezaban a llegar con cuentagotas al pueblo raso; Lexa hasta tenía una cama. Velo se sentó y se reclinó en la silla, levantando las patas de delante hasta que el respaldo topó con la pared. Aquella sala común enorme le recordaba a una bodega. Oscura, sin adornos y rebosante de toda una variedad de hedores poco frecuentes.
—Velo —dijo Vathah, saludándola con la cabeza.
Eran cuatro jugando en la mesa: Vathah, el tuerto Monty, el larguirucho Rojo y Shob. Este último llevaba una glifoguarda envolviéndole un brazo y se sorbía la nariz de vez en cuando. Velo echó la cabeza atrás.
—De verdad me hace falta algo de beber.
—Me sobra una jarra o dos en mi asignación —dijo Rojo en tono animado.
Velo le echó un vistazo por si estaba intentando seducirla de nuevo. El hombre sonreía, pero por lo demás no parecía estar echándole los tejos.
—Eres muy amable, Rojo —dijo Velo.
Sacó unos chips y se los lanzó delante. Él le pasó su placa de requerimiento, una pequeña lámina de metal con su número estampado. Al poco tiempo, Velo había vuelto a su sitio con una jarra de cerveza de lavis.
—¿Un día duro? —preguntó Vathah, alineando sus piezas. Los ladrillitos de piedra tendrían el tamaño de un pulgar, y cada hombre tenía diez de ellos dispuestos bocabajo. Las apuestas tardaron poco en empezar. Por lo visto, Vathah hacía de visón esa ronda.
—Sí —respondió Velo—. Lexa está incluso más pesada que lo normal.
Los hombres gruñeron.
—Es como si no pudiera decidir quién es, ¿sabéis? —continuó Velo—. Puedes tenerla soltando chistes como si estuviera en un círculo de costura con abuelas, y al momento te mira con esos ojos vacíos. Esa mirada suya que parece que su alma está desocupada…
—Nuestra ama es una mujer extraña —convino Vathah.
—Te hace querer hacer cosas —dijo Monty con voz ronca—. Cosas que nunca creíste que harías.
—Sí —dijo Glurv desde la mesa de al lado—. Me han dado una medalla. ¡A mí! Por ayudar a encontrar al bicho ese que se escondía bajo tierra. Me la envió aquí abajo el viejo Griffin en persona. —El rollizo soldado negó con la cabeza, perplejo, pero llevaba puesta la medalla. La tenía clavada al lado del cuello.
—Fue divertido —reconoció Monty—. Salir por ahí de parranda, pero sentir que estábamos haciendo algo. Es lo que nos prometió, ¿sabes? Que volveríamos a hacer algo útil.
—Lo útil que quiero yo que hagáis —dijo Vathah— es llenarme la bolsa con vuestras esferas. ¿Vais a apostar o no?
Los cuatro jugadores echaron unas esferas al centro de la mesa. Las piezas era uno de esos juegos que la Iglesia Vorin aceptaba a regañadientes, ya que no incluía ninguna aleatoriedad. Los dados, elegir cartas de una baraja o incluso revolver las piezas… Apostar a esas cosas era como intentar adivinar el porvenir. Y eso estaba tan mal que solo pensarlo ponía la piel de gallina a Velo. Y eso que ni siquiera era muy religiosa, al contrario que Lexa. Nadie jugaría a juegos como esos en los barracones oficiales. Allí jugaban a juegos de adivinar. Vathah había dispuesto nueve de sus piezas en forma de triángulo. La décima la apartó a un lado y le dio la vuelta, para hacer de semilla. La pieza, igual que las otras nueve tapadas, llevaba el signo de uno de los principados alezi. Esa partida, la semilla era el símbolo de Roan, con la forma de un chull. El objetivo era que los jugadores colocaran sus diez piezas en el mismo orden que quien hacía de visón, aunque estuvieran
bocabajo. Se adivinaba cuál era cuál mediante una serie de preguntas, revelaciones e inferencias. Se podía obligar al visón a revelarte piezas solo a ti o a todos, siguiendo un conjunto de reglas. Al final, alguien levantaba y todo el mundo daba la vuelta a sus piezas. El que tuviera más coincidencias con el orden del visón ganaba la partida y se llevaba el bote. El visón se quedaba un porcentaje basado en ciertos factores, como la cantidad de turnos transcurridos antes de que alguien levantara.
—¿Vosotros qué creéis? —preguntó Monty mientras echaba unos chips en el cuenco del centro, adquiriendo el derecho a mirar una pieza de Vathah—. ¿Cuánto tiempo pasará esta vez antes de que Lexa recuerde que estamos aquí?
—Mucho, espero —dijo Shob—. Me da que se me ha pegado alguna cosa.
—O sea, todo como siempre, Shob —dijo Rojo.
—Esta vez es grave —dijo Shob—. Creo que igual me estoy convirtiendo en Portador del Vacío.
—En Portador del Vacío —repitió Velo, inexpresiva.
—Sí, mira este sarpullido. —Apartó la glifoguarda y le enseñó el brazo. Que tenía un aspecto normal del todo.
Vathah rebufó.
—¡Eh! —exclamó Shob—. Es fácil que muera, sargento. Mira lo que te digo, es fácil que muera. —Movió algunas de sus piezas—. Si muero, dadles mis ganancias a los huérfanos esos.
—¿Los huérfanos esos? —dijo Rojo.
—Ya sabes, los huérfanos. —Shob se rascó la cabeza—. Hay huérfanos, ¿verdad? ¿En alguna parte? ¿Huérfanos que necesitan comida? Dadles la mía cuando muera.
—Shob —dijo Vathah—, tal y como funciona la justicia en este mundo, te garantizo que nos sobrevivirás a todos.
—Ah, muy amable —dijo Shob—. Pero que muy amable, sargento.
El juego prosiguió durante pocas rondas antes de que Shob empezara a dar la vuelta a sus fichas.
—¿Ya? —se sorprendió Monty—. Shob, serás cremlino. ¡No levantes aún! ¡No tengo ni dos líneas!
—Demasiado tarde —dijo Shob.
Rojo y Monty empezaron a voltear sus piezas de mala gana.
—Sadeas —dijo Lexa, distraída—. Bethab, Miles, Jordan, Thanadal, Griffin, Sebarial, Sinclair, Wick. Con Roan de raíz. V
athah la miró boquiabierto y dio la vuelta a sus piezas, revelando que estaban en el orden exacto que ella había dicho.
—Y eso que no has mirado ni una. Tormentas, mujer, recuérdame que nunca juegue a piezas contigo.
—Mis hermanos decían siempre lo mismo —respondió ella mientras se repartía el bote con Shob, que las había acertado todas menos tres.
—¿Va otra ronda? —propuso Monty.
Todos miraron su cuenco de esferas, que estaba casi vacío.
—Puedo pedir prestadas —se apresuró a decir él—. Hay unos tipos de la guardia de Bellamy que dicen…
—Monty —lo interrumpió Vathah.
—Pero…
—En serio, Monty.
Monty suspiró.
—Juguemos de mentira, pues —dijo.
Shob sacó encantado unas cuentas de cristal con la forma aproximada de esferas, pero sin gemas en el centro. Dinero falso para jugar sin apuestas. Velo estaba disfrutando de su jarra de cerveza más de lo que había esperado. Era refrescante sentarse allí con los hombres y no tener que preocuparse de todos los problemas de Lexa. ¿La chica no podía relajarse y punto? ¿Dejar que las cosas siguieran su curso?
Entraron unas lavanderas a avisar de que recogerían la ropa sucia al cabo de unos minutos. Vathah y sus hombres ni se inmutaron, aunque, en opinión de Velo, incluso a la ropa que llevaban puesta le convendría un buen lavado. Por desgracia, Velo no podía olvidarse del todo de los problemas de Lexa. La nota de Dante demostraba lo útil que podía resultar el hombre, pero debía ir con cuidado. Era evidente que le interesaba tener una infiltrada entre los Caballeros Radiantes. «Tengo que dar la vuelta a esto en su contra. Averiguar lo que él sabe.» Dante le había dicho qué intenciones tenían los Rompedores del Cielo y los Hijos de Honor, pero ¿y las intenciones de Dante y sus compinches? ¿Cuál era su objetivo?
Tormentas, ¿se atrevería a tratar de jugársela? ¿De veras tenía la experiencia, o la formación, para intentar algo así?
—Oye, Velo —dijo Vathah mientras preparaban la siguiente partida—. ¿Tú qué crees? ¿La brillante ya ha vuelto a olvidarse de nosotros?
Velo salió de su ensimismamiento.
—Puede. No parece saber qué hacer con vosotros.
—No será la primera —dijo Rojo. Le tocaba ser el visón, de modo que colocó sus piezas con meticulosidad en un orden concreto, bocabajo—. O sea, tampoco es que seamos soldados de verdad.
—Nuestros crímenes están perdonados —dijo Monty con un gruñido, entornando su único ojo hacia la ficha raíz a la que Rojo había dado la vuelta—. Pero perdonados no significa olvidados. Ningún regimiento nos aceptaría, y no los culpo. Yo ya me doy con un canto en los dientes con que esos tormentosos hombres del puente no me hayan colgado de los dedos de los pies.
—¿Hombres del puente? —preguntó Velo.
—Tiene un pasado con ellos —explicó Vathah.
—Antes era su tormentoso sargento —dijo Monty—. Hice todo lo que pude para que corrieran más con esos puentes. Pero a nadie le cae bien su sargento.
—Claro, porque seguro que eras el sargento perfecto —dijo Rojo, sonriendo—. Seguro que los cuidabas un montón, Monty.
—Cierra esa bocaza llena de crem —refunfuñó Monty—. Aunque la verdad es que sí que lo pienso a veces. Si hubiera sido un poco menos duro con ellos, ¿creéis que podría estar ahora mismo en esa meseta, practicando como hacen ellos? ¿Aprendiendo a volar?
—¿Te parece que podrías ser un Caballero Radiante, Monty? —preguntó Vathah con una risita.
—No, supongo que no. —Monty lanzó una mirada a Velo—. Velo, díselo a la brillante. No somos buenos hombres. Los buenos hombres encuentran algo útil que hacer con su tiempo. Nosotros, en cambio, podríamos hacer justo lo contrario.
—¿Lo contrario? —dijo Zendid desde la mesa contigua, donde seguía bebiendo con algunos de los otros—. ¿Lo contrario de útil? Me parece a mí que ya estamos en ello, Monty. Y llevamos en ello desde siempre.
—Yo no —intervino Glurv—. Yo tengo una medalla.
—Me refiero a que podríamos meternos en líos —dijo Monty—. A mí me gustó ser útil. Me recordó a los primeros tiempos después de alistarme. Dile eso, Velo. Dile que nos dé algo que hacer aparte de apostar y beber. Porque para ser sincero, no se me da muy bien ninguna de las dos cosas.
Velo asintió despacio. Una lavandera andaba por allí cerca, trasteando con un saco de ropa sucia. Velo dio unos golpecitos con la uña en su jarra. Entonces se levantó, agarró a la lavandera por el vestido y tiró de ella hacia atrás. La mujer gritó y soltó el saco de ropa mientras tropezaba, a punto de caer. Velo metió la mano en el pelo de la mujer y le arrancó la peluca de mechas castañas y negras. Por debajo, el auténtico cabello era puro negro alezi, y en la cara de la mujer había ceniza, como si hubiera estado haciendo trabajos duros.
—¡Tú! —gritó Velo. Era la mujer de la taberna El Callejón de Todos. ¿Cómo se llamaba, Ishnah?
Varios soldados cercanos se habían levantado de un salto, con expresiones alarmadas, al oír las protestas de la mujer. Velo se fijó en que todos ellos eran soldados del ejército de Bellamy y se contuvo para no poner los ojos en blanco. Las tropas Griffin tenían costumbre de dar por sentado que nadie sabía cuidarse solo.
—Siéntate —ordenó Velo, señalando la mesa. Rojo se apresuró a acercar otra silla.
Ishnah se sentó, sosteniendo la peluca contra el pecho. Estaba muy ruborizada, pero mantuvo cierta medida de dignidad y sostuvo la mirada a Vathah y sus hombres.
—Mujer, empiezas a volverte una molestia —dijo Velo mientras se sentaba.
—¿Por qué asumes que estoy aquí por ti? —preguntó Ishnah—. Estás sacando conclusiones precipitadas.
—Mostraste una fascinación por mis asociados muy poco saludable. ¿Y ahora te encuentro aquí disfrazada, escuchando mis conversaciones a hurtadillas?
Ishnah levantó la barbilla.
—A lo mejor solo intentaba demostrarte lo que valgo.
—¿Con un disfraz que he descubierto al primer vistazo?
—La última vez no me pillaste —dijo Ishnah.
«¿La última vez?»
—Hablasteis de dónde podía conseguirse cerveza comecuernos —prosiguió Ishnah—. Rojo insistía en que está asquerosa. A Monty le encanta.
—Tormentas. ¿Cuánto tiempo llevas espiándome?
—No mucho —se apresuró a responder Ishnah, en contradicción directa con lo anterior que había dicho—. Pero te aseguro, te prometo, que seré más valiosa para ti que estos bufones pestilentes. Por favor, al menos déjame intentarlo.
—¿Bufones? —dijo Monty.
—¿Pestilentes? —dijo Shob—. Ah, eso es por mis granos, señorita.
—Ven conmigo —ordenó Velo, levantándose. Se alejó de la mesa a zancadas.
Ishnah se levantó, aturullada, y la siguió.
—No pretendía espiarte de verdad. Pero ¿cómo si no iba a…?
—Silencio —dijo Velo. Se detuvo en la entrada de los barracones, lo bastante lejos para que sus hombres no las oyeran.
Cruzó los brazos, se apoyó en la pared junto a la puerta y volvió la mirada hacia ellos. A Lexa le costaba seguir dando pasos. Tenía buenas intenciones y hacía unos planes grandiosos, pero se despistaba demasiado con problemas nuevos, aventuras nuevas. Por suerte, Velo podía atar algunos de esos cabos sueltos. Aquellos hombres se habían demostrado leales, y querían ser útiles. Una mujer podía recibir mucho menos con lo que trabajar.
—El disfraz estaba bien hecho —dijo a Ishnah—. La próxima vez, ensúciate un poco más la mano libre. Te han delatado los dedos: no son los de una trabajadora.
Ishnah se ruborizó y cerró la mano libre en un puño.
—Dime qué sabes hacer y por qué debería importarme —ordenó Velo—. Tienes dos minutos.
—Yo… —Ishnah respiró hondo—. Entrené como espía para la casa Hamaradin. ¿En la corte de Sinclair? Sé recabar información, codificar mensajes, técnicas de observación y registrar una habitación sin que se note que lo he hecho.
—¿Y? Si tan útil eres, ¿qué ocurrió?
—Ocurrió tu gente. Los Sangre Espectral. Había sabido de ellos, por susurros de la brillante dama Hamaradin. Se enemistó con ellos de algún modo y entonces… —Levantó los hombros—. Terminó muerta, y todos pensaron que el culpable podía ser alguno de nosotros. Escapé y terminé en los bajos fondos, trabajando para una pandilla de ladronzuelos. Pero podría ser mucho más. Déjame demostrártelo.
Velo se cruzó de brazos. Una espía podía resultarle útil. Lo cierto era que la propia Velo no tenía demasiado entrenamiento, solo lo que Indra le había enseñado y lo que había aprendido por su cuenta. Si iba a bailar con los Sangre Espectral, tendría que mejorar. En aquellos momentos, ni siquiera sabía qué era lo que no sabía.
¿Podría obtener al menos parte de ello de Ishnah? ¿Obtener algo de formación sin revelar que Velo no era tan diestra como se fingía? Empezó a formársele una idea. No confiaba en aquella mujer, pero tampoco hacía falta. Y si su antigua brillante dama de verdad había muerto a manos de los Sangre Espectral, quizá en ello hubiera algún secreto que descubrir.
—Estoy planeando unas infiltraciones importantes —dijo Velo—. Misiones para reunir información de naturaleza sensible.
—¡Puedo ayudar! —exclamó Ishnah.
—Lo que de verdad necesito es un equipo de apoyo, para no tener que entrar yo sola.
—¡Puedo buscarte gente! Expertos.
—No podría confiar en ellos —objetó Velo, negando con la cabeza—. Necesito alguien de quien sepa que es leal.
—¿Quién?
Velo señaló a Vathah y sus hombres. Ishnah torció el gesto.
—¿Quieres convertir a esos hombres en espías?
—Eso, y también que tú me demuestres lo que sabes hacer enseñándoselo a esos hombres. —«Y a ver si con un poco de suerte se me queda algo a mí también»—. No pongas esa cara de miedo. Tampoco hace falta que sean auténticos espías. Solo tienen que saber lo suficiente de mi oficio para apoyarme y montar guardia.
Ishnah levantó las cejas con escepticismo, observando a los hombres. Shob, como si quisiera darle la razón, estaba hurgándose la nariz.
—Es un poco como si me pidieras enseñar a hablar a unos cerdos, prometiéndome que será fácil porque solo hace falta que hablen alezi, no veden ni herdaziano.
—Es la oportunidad que te ofrezco, Ishnah. Acéptala o comprométete a apartarte de mí.
Ishnah suspiró.
—Muy bien. Ya veremos. Pero luego no me culpes a mí si los cerdos no terminan hablando.
