41. EN EL SUELO, MIRANDO ARRIBA

En cualquier caso, esto no es asunto tuyo. Diste la espalda a la divinidad. Si Rayse pasa a ser un problema, nos ocuparemos de él. Y también de ti.

Marcus despertó. Por desgracia.

Su primera sensación fue de dolor. Un dolor antiguo y familiar. El pálpito detrás de los ojos, los pinchazos en sus dedos quemados, la rigidez de un cuerpo que ha sobrevivido a su utilidad. Por el aliento de Becca, ¿cuándo había sido útil Marcus en la vida?

Rodó, gimiendo. No llevaba casaca, solo una ajustada camiseta manchada de estar tirado en el suelo. Estaba en un callejón, entre dos tiendas del mercado del Apartado. El alto techo se perdía en la oscuridad. De fuera del callejón llegaban los animados sonidos de gente charlando y regateando. Marcus se levantó a trompicones y empezó a aliviarse contra unas cajas vacías antes de darse cuenta de lo que hacía. Allí dentro no había tormentas altas que limpiaran el lugar. Y además, él no era un borracho cualquiera que se revolcara en la mugre y meara en callejones, ¿verdad?

Pensarlo le recordó al instante el dolor más profundo. Una tortura peor que los latidos en la cabeza o el dolor de sus huesos. Era el suplicio que lo acompañaba siempre, como un pitido persistente en los oídos, clavándose hasta el mismo centro de su ser. Era ese dolor el que lo había despertado, el dolor de la necesidad.

No, no era un borracho cualquiera. Marcus era algo mucho mucho peor.

Salió trastabillando del callejón, intentando alisarse el pelo y la barba. Las mujeres con las que se cruzaba se llevaban la mano segura a la boca y la nariz, apartando la mirada como si las abochornara. Quizá fuese bueno que hubiera perdido la casaca. Que las tormentas lo ayudaran si alguien lo reconocía. Avergonzaría a la cuadrilla entera.

«Ya eres una vergüenza para la cuadrilla, Marcus, y lo sabes —pensó—. Eres un impío desperdicio de saliva.»

Acabó encontrando el camino hasta el pozo, donde se quedó encorvado haciendo cola. Cuando llegó al agua, cayó de rodillas y extendió una mano temblorosa para coger un trago con su taza de latón. Nada más probó el agua fresca, le dio un retortijón y su estómago la rechazó, aunque estuviera sediento. Le pasaba siempre después de una noche de musgo, de modo que cabalgó la náusea y los retortijones, confiando en poder conservar el agua. Cayó al suelo, cogiéndose la tripa y asustando a la gente de la cola. En la multitud —siempre había personas congregadas cerca del pozo—, unos hombres de uniforme se abrieron paso a empujones. Verde bosque. Hombres de Sadeas. Se saltaron la cola y llenaron sus cubos. Cuando un hombre de azul Griffin les puso pegas, los soldados de Sadeas le plantaron cara de inmediato. El soldado Griffin terminó dando el brazo a torcer. Bien hecho. No hacía falta empezar otra trifulca entre los hombres de Sadeas y otros soldados. Marcus llenó su taza otra vez, mientras se disipaba el dolor del trago anterior. El pozo parecía profundo. Agua ondeante arriba y una densa oscuridad debajo. Estuvo a punto de arrojarse a su interior. Si al día siguiente despertaba en Condenación, ¿seguiría sintiendo aquella acuciante necesidad? Sería un tormento adecuado. Los Portadores del Vacío no tendrían ni que azotar su alma: les bastaría con decirle que jamás volvería a estar saciado y quedarse a mirar cómo se retorcía.

Reflejada en el agua del pozo, apareció una cara junto a su hombro. Una mujer con una piel blanquecina que brillaba tenuemente y un cabello que flotaba en torno a su cabeza como hecho de nubes.

—Déjame en paz —dijo, dando un manotazo en el agua—. Vete a… vete a buscar a alguien a quien le importe.

Se levantó como pudo y por fin se quitó de en medio para que alguien pudiera ocupar su lugar. Tormentas, ¿qué hora era? Las mujeres de los cubos iban a sacar el agua del día. Los atareados y los industriosos habían reemplazado a las nocturnas muchedumbres ebrias.

Llevaba fuera toda la noche. ¡Becca!

Volver a los barracones sería la opción inteligente. Pero ¿podía mirarlos a la cara tal y como estaba? En vez de regresar, vagó por el mercado sin apartar la mirada del suelo.

«Estoy empeorando», comprendió una parte de él. En su primer mes a sueldo de Bellamy, había podido resistir bastante bien. Pero volvía a tener dinero, después de haber pasado tanto tiempo como hombre del puente. Tener dinero era peligroso.

Había podido funcionar, yéndose de musgo solo alguna noche de vez en cuando. Pero entonces Raven se había marchado, y en aquella torre todo daba sensación de estar mal… Y aquellos monstruos de oscuridad, entre ellos el que era clavadito a Marcus…

Le había hecho falta el musgo para superarlo. ¿Y a quién no?

Marcus suspiró. Cuando levantó la mirada, encontró a esa spren de pie delante de él.

Marcus, le susurró. Has pronunciado juramentos.

Juramentos necios y estúpidos, hechos cuando había esperado en que convertirse en Radiante le quitaría el ansia. Se apartó de ella y buscó hasta encontrar una tienda encajada entre las tabernas. Las tabernas cerraban por la mañana, pero ese lugar —sin nombre, ni falta que le hacía— estaba abierto. Siempre estaba abierto, como lo habían estado también los tugurios del campamento de guerra de Bellamy, como los del campamento de guerra de Sadeas. En algunos sitios eran más difíciles de encontrar que en otros, pero siempre estaban allí, sin nombre pero conocidos de todos modos. El herdaziano de aspecto encallecido que había sentado delante le abrió el paso con un gesto. Dentro estaba oscuro, pero Marcus fue a una mesa y se dejó caer. Una mujer de ropa ajustada y un guante sin dedos le llevó un pequeño cuenco de musgoardiente. Nadie le pidió que lo pagara. Todos sabían que ese día no llevaría esferas encima, no después de la juerga de la noche anterior. Pero sí que se asegurarían de que saldara la deuda en algún momento. Marcus clavó la mirada en el cuenco, detestándose a sí mismo. Pero aun así, el aroma hizo que su anhelo se multiplicara por diez. Exhaló un débil gimoteo, cogió el musgoardiente y lo trituró entre el pulgar y el índice. De entre sus dedos salió una leve voluta de humo y, en la penumbra del local, el centro del musgo refulgió como un ascua. Dolía, por supuesto. Se había desgastado los callos la noche anterior y estaba frotando el musgo con unos dedos en carne viva, llenos de ampollas. Pero era un dolor agudo y presente. Un dolor de los buenos. Solo era físico, casi una señal de vida. Tardó un minuto en notar los efectos. El musgo se llevó por delante todo el dolor y, acto seguido, reforzó su resolución. Recordaba que, mucho tiempo antes, el musgoardiente lo afectaba más. Recordaba la euforia, las noches envuelto en una mareante y maravillosa neblina, donde todo a su alrededor parecía tener sentido. En los últimos tiempos, necesitaba el musgo solo para sentirse normal. Como un hombre que se esforzara en escalar por roca mojada, apenas lograba llegar al sitio donde estaban todos los demás antes de volver a resbalar poco a poco hacia abajo. Ya no anhelaba la euforia, sino más bien la capacidad de seguir adelante. El musgo lo liberaba de sus cargas. De los recuerdos de aquella versión oscura de sí mismo. De haber denunciado a su familia por herejía, aunque llevaran razón desde el principio. Era un despojo y un cobarde, y no merecía llevar el símbolo del Puente Cuatro. Podría decirse que ya había traicionado a esa spren. Más le valdría haber huido de él. Durante un momento, podía entregar todo eso al musgoardiente. Pero por desgracia, había algo roto en Marcus. Hacía mucho tiempo, se dejó convencer por sus compañeros de pelotón en el ejército de Sadeas para probar el musgo. Los demás podían frotar el material y obtener algún beneficio, igual que quien mascaba crestacorcha estando de guardia para mantenerse despierto. Un poco de musgoardiente, un rato relajado y luego seguían con sus vidas. Marcus no funcionaba así. Liberado de sus cargas, podría haberse levantado y volver con los hombres del puente. Podría haber empezado el día. Pero tormentas, qué bien sonaban unos pocos minutos más. Siguió dándole. Ya llevaba tres cuencos cuando una luz punzante lo hizo parpadear. Despegó la cara de la mesa, donde para su enorme vergüenza había dejado un charquito de baba. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Y qué era esa luz tan terrible y odiosa?

—Ahí está —dijo la voz de Raven mientras Marcus parpadeaba. Alguien se arrodilló al lado de la mesa—. Oh, Marcus…

—Nos debe tres cuencos —dijo el dueño del tugurio—. Un broam de granate.

—Alégrate de que no te arranquemos partes del cuerpo y paguemos con ellas —gruñó una voz con mucho acento.

Tormentas. ¿Roca también estaba allí? Marcus gimió y se apartó de ellos.

—No me veáis —graznó—. No me…

—Nuestro establecimiento es legal del todo, comecuernos —dijo el propietario—. Si nos atacáis, tened por seguro que haremos venir a la guardia, y ellos nos defenderán.

—Toma tu dinero ensangrentado, anguila —dijo Raven, moviendo la luz hacia el dueño—. Roca, ¿puedes levantarlo?

Unas manos grandes asieron a Marcus, con una sorprendente suavidad. Estaba llorando. Becca…

—¿Dónde tienes la casaca, Marcus? —preguntó Raven desde la tiniebla.

—La vendí —reconoció Marcus, apretando los párpados para no ver los vergüenzaspren que flotaban a su alrededor, con forma de pétalos—. Vendí mi tormentosa casaca.

Raven se quedó callada, y Marcus dejó que Roca se lo llevara del tugurio. A mitad de camino, por fin logró reunir la suficiente dignidad como para protestar por el aliento de Roca y que le dejara caminar con sus propios pies… con algo de apoyo bajo los brazos. Marcus envidiaba a los hombres mejores que él. No tenían el picor, ese que llegaba tan profundo que le punzaba el alma. Era persistente, siempre con él, y no había forma de aliviarlo por mucho que rascara. Por mucho que lo intentara. Raven y Roca lo acostaron en una sala privada del acuartelamiento, envuelto en mantas y con un cuenco del estofado de Roca entre las manos. Marcus hizo los sonidos adecuados, los que ellos esperaban. Disculpas, promesas de decírselo si volvía a sentir el ansia. Promesas de que les permitiría ayudarlo. Pero no podía comerse el estofado, todavía no. Pasaría un día más antes de que pudiera retener nada. Tormentas, qué buenos hombres eran. Mejores amigos que los que merecía. Estaban todos convirtiéndose en algo grandioso, mientras Marcus… Marcus se quedaba en el suelo, mirando arriba. Lo dejaron para que descansara. Marcus se quedó mirando el estofado, oliendo su familiar aroma, sin atreverse a comerlo. Antes de que terminara el día volvería al trabajo, a entrenar a hombres del puente de otras cuadrillas. Funcionar, podía funcionar. Aún le quedaban días de poder pasar por un hombre normal. Tormentas, en el ejército de Sadeas lo había podido equilibrar todo durante años antes de pasarse de la raya, faltar a su deber una vez de más y acabar en las cuadrillas de los puentes como castigo. Aquellos meses corriendo bajo puentes habían sido la única época en su vida adulta en la que no lo había dominado el musgo. Pero incluso entonces, cuando había podido permitirse un poco de alcohol, había sabido que terminaría volviendo a él. El licor nunca era suficiente. Hasta mientras se hacía el ánimo de ir a cumplir su jornada de trabajo, un pensamiento molesto le eclipsaba la mente. Un pensamiento vergonzoso.

«No voy a poder frotar musgo en una buena temporada, ¿verdad?»

Esa siniestra certeza le hacía más daño que ninguna otra cosa. Tendría que pasar unos días atroces sintiéndose medio hombre. Unos días en los que no sentiría nada más que aborrecimiento por sí mismo, unos días en los que conviviría con la vergüenza, los recuerdos, las fugaces miradas de otros hombres del puente.

Unos días sin la menor tormentosa ayuda.

Eso lo aterraba.