42. CONSECUENCIAS
Cephandrius, portador de la Primera Gema.
Deberías saber que no debes acudir a nosotros confiando en la presunción de una relación pasada
En el interior de una visión cada vez más familiar, Bellamy cargó una flecha con cuidado y la liberó, enviando un proyectil de plumas negras a la espalda del salvaje. El chillido del hombre se perdió en la cacofonía de la batalla. Por delante, los hombres se resistían frenéticos a que los hicieran retroceder contra el borde de un acantilado. Bellamy, metódico, cargó una segunda flecha y disparó. La segunda acertó también, alojándose en el hombro de un hombre. El salvaje soltó el hacha en pleno golpe, por lo que no hizo daño al joven de piel oscura que estaba tendido en el suelo. El chico apenas era un adolescente y aún se movía con torpeza, con extremidades que parecían demasiado largas y una cara demasiado redondeada, demasiado infantil. Bellamy quizá le hubiera permitido que llevara mensajes, pero no que empuñara una lanza. La edad del chico no había impedido que lo nombraran Aqasix Supremo Yanagawn I, gobernante de Azir y emperador de toda Makabak. Bellamy se había apostado en unas rocas, arco en mano. Aunque no pretendía recaer en su error de haber permitido que la reina Fen se las apañara sola dentro de una visión, tampoco quería que Yanagawn pasara por ella sin ningún desafío ni tensión. El Todopoderoso había tenido sus motivos para que Bellamy a menudo corriera peligro en las visiones. Había necesitado provocar una comprensión visceral de lo que había en juego. Derribó a otro enemigo que se acercó al chico. No eran blancos difíciles desde su posición elevada cerca del combate, y Bellamy tenía algún entrenamiento con el arco, aunque en los últimos años hubiera usado solo los llamados arcos esquirlados, arcos fabriales creados con tanta resistencia en el cordaje que solo podían usarse llevando armadura esquirlada. Era raro experimentar la misma batalla por tercera vez. Aunque cada repetición se desarrollaba de forma un poco distinta, había detalles que recordaba. Los olores del humo y la mohosa sangre inhumana. La forma en que ese hombre de abajo cayó después de perder un brazo, aullando la misma medio oración, medio maldición al Todopoderoso. Gracias a las flechas de Bellamy, el grupo de defensores resistió contra el enemigo hasta que aquel Radiante llegó escalando el precipicio, brillante en su armadura esquirlada. El emperador Yanagawn se sentó mientras los demás soldados se unían al Radiante y hacían retroceder al enemigo. Bellamy bajó el arco, reconociendo el terror en la temblorosa figura del joven. Los hombres solían hablar de quedarse temblando después de una batalla, cuando por fin acababan de interiorizar el horror de lo sucedido. El emperador se puso de pie con torpeza, usando la lanza a modo de báculo. No reparó en Bellamy, y ni siquiera se preguntó por qué algunos cuerpos a su alrededor tenían flechas clavadas. El chico no era un soldado, aunque Bellamy tampoco había esperado que lo fuera. Los generales azishianos que había conocido eran demasiado pragmáticos para aspirar al trono. Reinar significaba consentir demasiado a los burócratas y, por lo visto, dictar ensayos. El joven tomó un camino que lo alejaba del acantilado, y Bellamy lo siguió. Aharietiam. Las personas que la habían presenciado la consideraban el final del mundo. Seguro que dieron por hecho que no tardarían en regresar a los Salones Tranquilos. ¿Cómo reaccionarían si supieran que, cuatro milenios más tarde, la humanidad aún no tenía permitido su retorno al cielo?
El chico se detuvo al final del retorcido camino, que llevaba al valle entre las formaciones rocosas. Contempló a los heridos que pasaban renqueando, apoyados en sus amigos. En el aire se alzaron gemidos y gritos. Bellamy pretendía acercarse y empezar a explicarle aquellas visiones, pero el chico se marchó con unos hombres heridos, charlando con ellos. Bellamy fue detrás, curioso, entreoyendo partes de la conversación. «¿Qué ha pasado aquí?» «¿Quiénes sois?» «¿Por qué luchabais?»
Los hombres no le dieron muchas respuestas. Estaban heridos, exhaustos, seguidos por dolorspren. Fueron hacia otro grupo más grande, en la misma dirección que había seguido Anya durante la visita anterior de Bellamy a la misma visión. La multitud se había reunido en torno a un hombre que estaba de pie sobre un gran peñasco. Alto y confiado, tendría treinta y tantos años y vestía de blanco y azul. Tenía un aire alezi, solo que… no del todo. Su piel era un poco más oscura, y en sus rasgos había algo que no acababa de encajar. Y sin embargo, ese hombre… le sonaba de algo.
—Debéis hacer correr la voz —proclamó el hombre—. ¡Hemos vencido! Por fin los Portadores del Vacío están derrotados. Esta victoria no me pertenece, ni a mí ni a los otros Heraldos. Esta victoria es vuestra. Vosotros la habéis logrado.
Algunos dieron gritos triunfales. Demasiados otros se quedaron callados, mirando con ojos vacíos.
—¡Encabezaré la carga hacia los Salones Tranquilos! —gritó el hombre—. No volveréis a verme, ¡mas ahora no penséis en eso! Os habéis ganado la paz. ¡Gozadla! Reconstruid. Marchad ahora y ayudad a vuestros congéneres. Portad con vosotros la luz de las palabras de vuestro rey Heraldo. ¡Por fin hemos salido victoriosos sobre la maldad!
Hubo otra ronda de gritos, más enérgica en esa ocasión.
«Tormentas», pensó Bellamy con un escalofrío. Era Titus en persona, el Heraldo de Reyes. El más grande de todos ellos.
Un momento. ¿El rey tenía los ojos oscuros?
El grupo se disgregó, pero el joven emperador permaneció en su sitio, mirando el lugar donde se había alzado el Heraldo. Al cabo de un tiempo, susurró:
—Oh, Titus, Rey de los Heraldos.
—En efecto —dijo Bellamy, llegando a su lado—. Sí que era él, excelencia. Mi sobrina visitó esta visión y escribió que le parecía haberlo vislumbrado.
Yanagawn cogió a Bellamy del brazo.
—¿Qué has dicho? ¿Me conoces?
—Eres Yanagawn de Azir —dijo Bellamy. Inclinó la cabeza en un amago de reverencia—. Yo soy Bellamy Griffin, y te pido perdón por tener que reunirme contigo en circunstancias tan irregulares.
El joven abrió mucho los ojos.
—Primero veo al mismísimo Titus y ahora a mi enemigo.
—No soy tu enemigo. —Bellamy suspiró—. Y esto no es un mero sueño, excelencia. Es…
—Ah, ya sé que no es un sueño —dijo Yanagawn—. Soy un Supremo alzado milagrosamente al trono, ¡y los Heraldos pueden elegir hablar a través de mí! —Miró a su alrededor—. ¿Este día que estamos viviendo es el Día de la Gloria?
—Aharietiam, sí —confirmó Bellamy.
—¿Por qué te han situado aquí? ¿Qué significa?
—No me han situado aquí —dijo Bellamy—. Excelencia, yo he instigado esta visión y yo te he traído a ti a ella.
Incrédulo, el chico se cruzó de brazos. Llevaba la faldilla de cuero proporcionada por la visión. Había dejado su lanza con punta de bronce apoyada en una roca cercana.
—¿Te han dicho que se me considera loco? —preguntó Bellamy.
—Corren rumores.
—Bueno, pues esta era mi locura —afirmó Bellamy—. Sufría visiones durante las tormentas. Ven y verás.
Llevó a Yanagawn a un lugar desde el que se dominaba el gran campo repleto de cadáveres, que se extendía desde la boca del cañón. Yanagawn lo siguió y se le desencajó el rostro al verlo. Después bajó con paso firme al campo de batalla principal y avanzó entre los cadáveres, los gemidos y las maldiciones. Bellamy caminó a su lado. Cuántos ojos muertos, cuántas caras retorcidas de dolor. Ojos claros y oscuros. Piel pálida como los shin y algunos comecuernos. Piel oscura como los makabaki. Muchos de ellos podrían haber sido alezi, veden o herdazianos. Había más, por supuesto. Las gigantescas y rotas figuras de piedra. Parshmenios en forma de guerra, con su armadura quitinosa y su sangre anaranjada. Pasaron junto a un lugar donde había todo un montón de extraños cremlinos, quemados y humeando. ¿Quién habría dedicado su tiempo a apilar un millar de pequeños crustáceos?
—Combatíamos juntos —dijo Yanagawn.
—¿Cómo si no podríamos haber resistido? —replicó Bellamy—. Combatir la Desolación en solitario habría sido de locos.
Yanagawn lo miró.
—Querías hablar conmigo sin los visires. ¡Querías que estuviéramos a solas! Y ahora puedes… puedes enseñarme cualquier cosa que te dé la gana para apoyar tu argumento.
—Si admites que tengo el poder de mostrarte estas visiones —dijo Bellamy—, ¿eso no implicaría por sí mismo que deberías escucharme?
—Los alezi sois peligrosos. ¿Sabes lo que pasó la última vez que hubo alezi en Azir?
—El reinado del Hacedor de Soles fue hace mucho tiempo.
—Los visires me han hablado de esto —dijo Yanagawn—. Me lo han contado todo. Aquella vez empezó del mismo modo, con un caudillo que unificó todas las tribus alezi.
—¿Tribus? —preguntó Bellamy—. ¿Nos comparas con los nómadas que merodean por Tu Bayla? ¡Alezkar es uno de los reinos más cultos de todo Roshar!
—¡Vuestro código legal apenas tiene treinta años!
—Excelencia —dijo Bellamy después de respirar hondo—, dudo que este tema de conversación sea relevante. Mira a tu alrededor. Mira y contempla lo que nos traerá la Desolación.
Abarcó con un gesto el horrible paisaje, y la ira de Yanagawn perdió fuelle. Era imposible sentir algo que no fuese tristeza ante la visión de tanta muerte. Al poco tiempo, Yanagawn se volvió y empezó a regresar por donde habían venido. Bellamy se puso a su lado, con las manos cogidas a la espalda.
—Dicen —susurró Yanagawn— que cuando el Hacedor de Soles cabalgó por los pasos y llegó a territorio azishiano, encontró un problema inesperado. Conquistó a mi pueblo demasiado deprisa, y no sabía que hacer con tanto prisionero. No podía dejar atrás una población combativa en los pueblos. Fueron miles y miles de hombres los que tuvo que asesinar.
»A veces, se limitaba a asignar la tarea a sus soldados. Todo hombre debía matar a treinta cautivos, como un niño que tiene que recoger una brazada de leña antes de que se le permita jugar. En otros lugares, el Hacedor de Soles declaraba alguna condición arbitraria, por ejemplo que todo hombre con el pelo más largo que una cierta medida debía ser sacrificado.
»Antes de que los Heraldos lo hicieran caer presa de la enfermedad, asesinó al diez por ciento de la población de Azir. Dicen que Zawfix se llenó de sus huesos, amontonados por las altas tormentas en pilas tan altas como edificios.
—Yo no soy mi antepasado —dijo Bellamy con suavidad.
—Lo veneras. Los alezi prácticamente adoráis a Sadees. Tú llevas su tormentosa hoja esquirlada.
—Renuncié a ella.
Se detuvieron en el límite del campo de batalla. El emperador tenía genio, pero no sabía moverse. Caminaba con los hombros hundidos, y sus manos no dejaban de buscar unos bolsillos que su ropa anticuada no tenía. Era de baja cuna, aunque en Azir no tenían la debida deferencia por el color de ojos. Echo le había dicho una vez que era porque en Azir no había la suficiente gente de ojos claros. El propio Hacedor de Soles se había valido de esa justificación para conquistarlos.
—No soy mi antepasado —repitió Bellamy—, pero sí tengo mucho en común con él. Una juventud de brutalidad. Toda una vida guerreando. Eso sí, cuento con una ventaja que él no tuvo.
—¿Cuál es?
Bellamy miró al joven a los ojos.
—He vivido lo suficiente para ver las consecuencias de lo que hice.
Yanagawn asintió despacio.
—Pues sí —dijo una voz aguda—, viejo eres un rato largo.
Bellamy se volvió, frunciendo el ceño. Había sonado como una chica joven. ¿Qué hacía una chica en el campo de batalla?
—No esperaba que fueses tan viejo —dijo la chica. Estaba sentada sobre un peñasco cercano, con las piernas cruzadas—. Y en realidad, tampoco eres tan negro. Te llaman el Espina Negra, pero tendría que ser más bien… el Espina Muy Morena. Gawx es más negro que tú, y eso que él es bastante marronáceo.
El joven emperador sorprendió a Bellamy componiendo una enorme sonrisa.
—¡Madi, has vuelto! —Empezó a escalar el peñasco, sin preocuparse por el decoro.
—No he vuelto del todo —dijo ella—. He tenido que desviarme. Pero ya estoy cerca.
—¿Qué pasó en Yeddaw? —preguntó Yanagawn, ansioso—. ¡Casi no me diste ni la menor explicación!
—Esa gente miente como bellacos sobre su comida. —Miró a Bellamy entornando los ojos mientras el joven emperador se dejaba caer de la roca e intentaba trepar por otro sitio.
Esto no es posible, dijo el Padre Tormenta en la mente de Bellamy. ¿Cómo ha venido ella aquí?
—¿No la has traído tú? —preguntó Bellamy en voz baja.
No. ¡Esto es imposible! ¿Cómo…?
Yanagawn por fin coronó el peñasco y dio un abrazo a la joven. La chica tenía el pelo largo y oscuro, ojos blancos y piel morena, aunque era improbable que fuese alezi, porque su cara era demasiado redondeada. ¿Reshi, tal vez?
—Intenta convencerme de que confíe en él —dijo Yanagawn, señalando a Bellamy.
—No lo hagas —respondió ella—. Tiene demasiado buen culo.
Bellamy carraspeó.
—¿Cómo?
—Que tienes demasiado buen culo. Los viejos no deberían tener el culo prieto. Significa que pasas demasiado, pero demasiado tiempo soltando espadazos o puñetazos a la gente. Deberías tener un culo viejo y fofo. Entonces confiaría en ti.
—Ella… tiene una fijación con los traseros —dijo Yanagawn.
—No es verdad —replicó la chica, poniendo los ojos en blanco—. Si alguien piensa que soy rara porque hablo de traseros, suele ser envidia porque soy la única que no tiene algo metido en el suyo. —Entornó los ojos mirando a Bellamy y cogió al emperador del brazo—. Vámonos.
—Pero… —empezó a decir Bellamy, levantando la mano.
—Bueno, al menos rima con trasero. Ya vas aprendiendo. —La chica le sonrió de oreja a oreja. Entonces el emperador y ella desaparecieron. El Padre Tormenta atronó, frustrado.
¡Esa mujer! ¡Esta creación tiene el objetivo específico de desafiar mi voluntad!
—¿Mujer? —preguntó Bellamy, meneando la cabeza a los lados.
Esa niña está mancillada por la Vigilante Nocturna.
—Lo mismo podría decirse de mí.
Esto es distinto. Esto es antinatural. Se está extralimitando. El Padre Tormenta retumbó disgustado y se negó a hablar más con Bellamy. Parecía afectado de verdad.
De hecho, Bellamy se vio obligado a sentarse y esperar a que terminara la visión. Pasó el tiempo contemplando aquel campo de muertos, atribulado en igual medida por el futuro y por el pasado.
