43. LANCERO
Has hablado con alguien que no puede responder. Nosotros, en cambio, traeremos aquí tu comunicación, aunque no sepamos cómo has podido localizarnos en este mundo
Miller dio cucharadas desganadas al engrudo que Febrth llamaba «estofado». Sabía a crem. Tenía la mirada fija en los llamaspren de su gran hoguera, intentando calentarse un poco mientras Febrth, un thayleño con llamativo pelo rojo de comecuernos, discutía con Graves. El humo del fuego se arremolinaba en el aire, y la luz sería visible a kilómetros de distancia en las Tierras Heladas. A Graves le daba igual: suponía que, si la tormenta eterna no había erradicado a los bandidos de la zona, dos portadores de esquirlada se bastarían y se sobrarían para ocuparse de los que quedasen.
«Las hojas esquirladas no pueden detener un flechazo por la espalda —pensó Miller, sintiéndose expuesto—. Ni tampoco las armaduras, si no las llevamos puestas.» Su armadura y la de Graves estaban empaquetadas en el carro.
—Mira, eso son los Trillizos —dijo Graves, señalando una formación rocosa—. Está aquí mismo en el mapa. Ahora hay que ir hacia el oeste.
—Ya he estado aquí antes —repuso Febrth—. Tenemos que seguir hacia el sur, ¿de acuerdo? Y luego al este.
—El mapa…
—No me hacen falta tus mapas —lo interrumpió Febrth, cruzándose de brazos—. Las Pasiones me guían.
—¿Las Pasiones? —dijo Graves alzando las manos al cielo—. ¿Las Pasiones? Deberías haber renunciado a esas supersticiones. ¡Ahora perteneces al Diagrama!
—Puedo ser las dos cosas —replicó Febrth con solemnidad.
Miller se metió otra cucharada de «estofado» en la boca. Tormentas, cómo lo odiaba cuando le tocaba turno de cocina a Febrth. Y cuando le tocaba a Graves. Y cuando le tocaba a Fia. Y… bueno, las cosas que preparaba el propio Miller sabían a agua de fregar los platos con especias. Ninguno de ellos valía un chip opaco como cocinero. No eran como Roca. Miller dejó caer su cuenco y el engrudo se salió por un lado. Cogió su casaca de la rama de un árbol y se internó en la noche, malhumorado. El aire frío le dio una sensación rara en la piel después de tanto tiempo frente al fuego. Odiaba el frío que hacía allí abajo. Un invierno perpetuo. Los cuatro habían capeado las tormentas escondiéndose en el estrecho y reforzado fondo de su carro, que habían encadenado al suelo. Habían ahuyentado a parshmenios solitarios con sus hojas esquirladas, y Miller no los había encontrado tan peligrosos como se temía. Pero esa nueva tormenta…
Miller dio una patada a una roca, pero estaba pegada por congelación al suelo y se hizo daño en un dedo del pie. Soltó un reniego y echó una mirada hacia atrás mientras la discusión degeneraba en gritos. En otro tiempo, había admirado lo refinado que parecía Graves. Pero eso había sido antes de pasar semanas y semanas cruzando un terreno baldío juntos. La paciencia del hombre se había deshilachado, y su refinamiento importaba poco cuando estaban todos comiendo porquerías y meando detrás de montículos.
—¿Cómo de perdidos estamos? —preguntó Miller mientras Graves iba hacia él en la oscuridad de fuera del campamento.
—Nada perdidos —respondió Graves—, con solo que ese imbécil se dignara a consultar un mapa. —Lanzó una mirada a Miller—. Te he dicho que te deshagas de esa casaca.
—Y lo haré —dijo Miller—, cuando no estemos arrastrándonos por el culo congelado del mismísimo invierno.
—Por lo menos, quítale el parche. Podría delatarnos si nos cruzamos con alguien de los campamentos de guerra. Arráncalo. —Graves dio media vuelta y regresó al campamento.
Miller palpó el parche del Puente Cuatro que tenía en el hombro. Le trajo recuerdos. Unirse a Graves y su grupo, que planeaban matar al rey Finn. Un intento de asesinato mientras no estaba presente Bellamy, que marchaba hacia el centro de las Llanuras Quebradas.
Enfrentarse con Raven, herido y sangrando.
«No. Lo. Tendréis.»
Miller tenía la piel húmeda por el frío. Sacó el cuchillo de la vaina que llevaba al costado. Aún no se había acostumbrado a poder llevar uno tan largo. Un cuchillo demasiado grande podía meterlo a uno en líos si era un ojos oscuros.
Pero Miller ya no era ojos oscuros. Era uno de ellos.
Tormentas, era uno de ellos.
Cortó las puntadas del parche del Puente Cuatro. Hacia arriba por un lado y hacia abajo por el otro. Qué sencillo era. Le costaría más quitarse el tatuaje que se había hecho con los demás, pero él lo llevaba en el hombro, no en la frente. Miller sostuvo el parche en alto, intentando que le diera la luz de la hoguera para mirarlo por última vez, y luego no pudo hacerse el ánimo de tirarlo. Volvió y se sentó junto al fuego. ¿Los otros estarían sentados alrededor del caldero de Roca, en alguna parte? ¿Riendo, bromeando y apostando a cuántas jarras de cerveza podía beberse Nyko? ¿Chinchando a Raven, intentando arrancarle un atisbo de sonrisa?
Miller casi podía oír sus voces, y sonrió al imaginarse que estaba allí. Entonces imaginó a Raven contándoles lo que había hecho Miller.
«Intentó matarme —les diría Raven—. Lo traicionó todo. Su juramento de proteger al rey, su deber con Alezkar y, sobre todo, a nosotros.»
Miller se encorvó, con el parche en los dedos. Debería arrojarlo al fuego.
Tormentas. Debería arrojarse él al fuego.
Alzó la mirada hacia los cielos, tanto hacia Condenación como hacia los Salones Tranquilos. Un grupo de estrellaspren titilaban en lo alto. Y junto a ellos… ¿había algo moviéndose en el cielo?
Miller gritó y se dejó caer hacia atrás desde su asiento mientras cuatro Portadores del Vacío descendían al pequeño campamento. Cayeron de golpe al suelo, empuñando espadas largas y sinuosas.
No eran hojas esquirladas, sino armas parshendi.
Una criatura descargó un tajo contra el lugar donde había estado Miller un momento antes. Otra atravesó el pecho de Graves de una estocada, destrabó el arma y lo decapitó de un revés. El cadáver de Graves se derrumbó y su hoja esquirlada cobró forma en el aire antes de caer resonando contra el suelo. Febrth y Fia no tuvieron la menor oportunidad. Otros Portadores del Vacío acabaron con ellos, derramando su sangre en aquella tierra gélida y olvidada. La cuarta Portadora del Vacío avanzó en dirección a Miller, que rodó por el suelo. La espada de la criatura cayó cerca de él, contra una roca, y la hoja hizo saltar chispas. Miller se levantó de una voltereta y el entrenamiento de Raven, machacado durante horas y horas al fondo de un abismo, tomó el control. Se alejó danzando hasta tener la espalda contra el carro, mientras su hoja esquirlada caía en sus dedos. La Portadora del Vacío rodeó la hoguera hacia él, reflejando la luz con su cuerpo firme y musculoso. Esos cuatro no eran como los parshendi que había visto en las Llanuras Quebradas. Tenían los ojos de color rojo oscuro y un caparazón rojo y violeta, parte del cual les rodeaba las caras. La que se enfrentaba a Miller tenía en la piel espirales de tres colores distintos mezclados. Rojo, negro, blanco. Una luz oscura, como lo contrario de la luz tormentosa, los rodeaba a todos. Graves le había hablado de esas criaturas, afirmando que su regreso constituía solo uno de los muchos acontecimientos predichos por el inescrutable «Diagrama».
La adversaria de Miller fue a por él, y tuvo que apartarla trazando un amplio arco con su hoja esquirlada. La Portadora del Vacío parecía resbalar al moverse, apenas tocando el suelo con los pies. Los otros tres no le hicieron ningún caso y empezaron a inspeccionar el campamento y a registrar los cadáveres. Uno se alzó por los aires con un elegante salto, se posó en el carro y empezó a hurgar entre su carga. Su oponente lo intentó de nuevo, con un cuidadoso mandoble de su espada larga y curvada. Miller retrocedió, empuñando la hoja esquirlada a dos manos para tratar de interceptar su arma. Sus movimientos parecían torpes comparados con el grácil poder de aquella criatura. La Portadora del Vacío resbaló a un lado, su ropa ondeando al aire, su aliento visible por el frío. No iba a arriesgarse contra una hoja esquirlada y no atacó al ver que Miller tropezaba.
¡Tormentas! Aquella arma era demasiado aparatosa. Con su metro ochenta de longitud, costaba darle el ángulo adecuado. Sí, podía cortar cualquier cosa, pero para que eso contara tenía que acertar a algo. Habría resultado mucho más fácil blandirla si llevara armadura esquirlada. Sin ella, se sentía como un crío empuñando un arma de adultos.
La Portadora del Vacío sonrió y, de pronto, atacó a una velocidad difícil de seguir. Miller dio un paso atrás e interpuso su hoja, obligándola a echarse a un lado. Se llevó un largo corte en el brazo, pero el movimiento impidió que su adversaria lo empalara. Notó un dolor atroz en el brazo y dio un gruñido. La Portadora del Vacío lo observó confiada, artera. Miller estaba muerto. Quizá debería dejar que las cosas siguieran su curso y punto. El Portador del Vacío que había subido al carro dijo algo en tono entusiasta, emocionado. Había encontrado la armadura esquirlada. Apartó otros objetos a patadas mientras tiraba de ella y algo cayó rodando de la parte trasera del carro y rebotó contra la piedra. Una lanza.
Miller miró su hoja esquirlada, más valiosa que naciones enteras, la posesión más preciada que un hombre pudiera tener.
«¿A quién pretendo engañar? —pensó—. ¿A quién he creído jamás que engañaba?»
La Portadora del Vacío se lanzó al ataque, pero Miller descartó su hoja y se arrojó al suelo. La atacante se sorprendió tanto que vaciló, dando tiempo a Miller de asir la lanza y rodar para levantarse. Sosteniendo la suave madera en la mano y sintiendo su familiar peso, Miller adoptó casi por instinto su postura. De pronto, el aire le olió húmedo y algo podrido, al recordar los abismos. Vida y muerte juntas, enredaderas y podredumbre. Casi le llegaba la voz de Raven. «No podéis temer una hoja esquirlada. No podéis temer a un jinete ojos claros. Os matarán primero con el miedo y luego con la espada. Resistid firmes.»
La Portadora del Vacío se abalanzó sobre él y Miller resistió firme. La apartó a un lado trabando su arma con el asta de la lanza. Luego le clavó la contera bajo el brazo cuando su oponente intentó enlazar un revés. La Portadora del Vacío dio un respingo de sorpresa cuando Miller ejecutó un barrido que había practicado mil veces en los abismos. Atacó sus pies con el asta de la lanza y se los levantó del suelo. Empezó a completar la maniobra con un giro y estocada clásicos, para clavarle la lanza en el pecho. Por desgracia, la Portadora del Vacío no cayó. Se quedó suspendida en el aire, flotando en vez de derrumbarse. Miller se fijó a tiempo y abandonó su maniobra para bloquear el siguiente ataque. La Portadora del Vacío flotó hacia atrás y cayó al suelo en una amenazadora postura baja, con la espada hacia el lado. Entonces se abalanzó contra Miller y agarró su lanza cuando intentó apartarla con ella. ¡Tormentas! Con un movimiento elegante, se aproximó a él, metiéndose dentro de su alcance. Olía a ropa mojada y al aroma ajeno y mohoso que Miller asociaba con los parshendi. Apretó la mano contra el pecho de Miller y aquella luz oscura se transfirió de ella a él. Miller se notó cada vez más liviano. Por suerte, Raven había intentado el mismo truco con él. Miller asió la camisa suelta que llevaba la Portadora del Vacío con una mano mientras su cuerpo intentaba caer al aire. El repentino tirón la desequilibró y hasta la levantó unos centímetros del suelo. Miller tiró hacia arriba de ella mientras hacía fuerza con su lanza contra el suelo rocoso. Los dos salieron flotando por los aires, dando vueltas. Su rival gritó en una lengua desconocida. Miller soltó la lanza y empuñó su cuchillo. Ella intentó apartarlo, lanzándolo de nuevo, en esa ocasión con más fuerza. Miller gruñó, pero mantuvo el agarre, alzó el cuchillo y se lo clavó en el pecho. La sangre parshendi de color naranja brotó en torno a su mano y salpicó la fría noche mientras seguían dando vueltas en el aire. Miller se aferró con fuerza y empujó el cuchillo más adentro. La Portadora del Vacío no se curó como habría hecho Raven. Sus ojos dejaron de brillar y la luz oscura se desvaneció. El cuerpo se quedó laxo. Al poco tiempo, la fuerza que empujaba a Miller hacia arriba se agotó. Cayó el metro y medio que lo separaba del suelo y usó el cadáver para amortiguar el impacto. Estaba cubierto de sangre naranja, que humeaba en el aire frío. Empuñó de nuevo su lanza, con los dedos resbaladizos de sangre, y apuntó con ella a los tres Portadores del Vacío que quedaban, los cuales lo contemplaban con expresiones aturdidas.
—Puente Cuatro, hijos de puta —rugió Miller.
Dos de los Portadores del Vacío se volvieron hacia la tercera, la otra mujer, que miró a Miller de arriba abajo.
—Seguro que podéis matarme —dijo Miller, limpiándose una mano en la ropa para mejorar su agarre—. Pero me llevaré por delante a uno. Como mínimo.
No parecía enfurecerlos que Miller hubiera matado a su amiga. Tormentas, ¿aquellas cosas tenían emociones, siquiera? Shen acostumbraba a quedarse sentado con la mirada fija. Miller sostuvo la mirada a la mujer del centro. Tenía la piel blanca y roja, sin una sola pizca de negro. La palidez de aquel blanco le recordó a un shin, que a Miller siempre le habían dado sensación de enfermizos.
—Tienes pasión —dijo ella en alezi, aunque con acento.
Uno de los otros le entregó la hoja esquirlada de Graves. La mujer la alzó para inspeccionarla a la luz de la hoguera. Luego se elevó en el aire.
—Puedes elegir —le dijo—. Puedes morir aquí o rendirte y entregar tus armas.
Miller se aferró a la lanza en la sombra que proyectaba la figura de la Portadora del Vacío, con su ropa agitada por el viento. ¿Creían de verdad que iba a confiar en ellos?
Pero por otra parte… ¿Miller creía de verdad que podía resistir ante tres de ellos?
Se encogió de hombros y arrojó a un lado la lanza. Invocó su hoja. Después de pasar años soñando con poseer una, por fin la había recibido. Se la había dado Raven. ¿Y de qué había servido?
Estaba claro que no se podía confiar un arma como esa a Miller. Cuadrando la mandíbula, Miller apretó la mano contra la gema y rompió el vínculo con su mente. La gema del pomo dio un fogonazo y Miller sintió que lo recorría una sensación de gelidez.
Volvía a ser un ojos oscuros.
Tiró la hoja al suelo. Un Portador del Vacío la recogió. Otro salió volando, y Miller no alcanzó a comprender lo que estaba ocurriendo. Al poco tiempo, ese volvió con otros seis. Fijaron cuerdas a los fardos de armadura esquirlada y se marcharon volando, cargados con su considerable peso. ¿Por qué no les hacían un lanzamiento?
Por un momento, Miller creyó que iban a dejarlo allí, pero entonces otros dos lo agarraron cada uno de un brazo y se lanzaron al aire cargando con él.
