44. CARA ILUMINADA
Ciertamente nos tiene intrigados, pues lo considerábamos bien oculto. Insignificante entre nuestros muchos reinos
Velo estaba apoltronada en una taberna de lona con sus hombres. Tenía las botas encima de una mesa, la silla echada hacia atrás y escuchaba la vida que burbujeaba a su alrededor. Gente bebiendo y charlando y otros paseando por fuera, entre gritos y chistes. Disfrutaba del cálido y envolvente zumbido de los otros seres humanos que habían convertido aquella tumba de roca en algo vivo de nuevo. Seguía intimidándola reflexionar sobre el tamaño de la torre.
¿Cómo podía alguien haber construido un lugar tan inmenso?
Podría haberse tragado la mayoría de las ciudades que Velo había visto sin tener que aflojarse el cinturón siquiera. En fin, mejor no darle demasiadas vueltas. Había que ir por la vida a hurtadillas, agachada por debajo de todas las cuestiones que distraían a las escribas y las eruditas. Era la única manera de poder hacer cosas útiles. En vez de eso, Velo se concentró en la gente. Sus voces se fundían entre sí, y el conjunto se transformaba en una muchedumbre sin rostro. Pero lo maravilloso que tenía la gente era que también podías fijarte en rostros concretos, observarlos atenta y encontrar en ellos historias en abundancia. Muchas personas con muchas vidas, cada cual un pequeño misterio separado. Detalle infinito, igual que Patrón. Si se estudiaban de cerca sus líneas fractales, se descubría que cada minúscula rugosidad tenía toda una arquitectura propia. Si se estudiaba de cerca una persona concreta, se descubría su unicidad, se veía que no encajaba del todo en cualquier categoría amplia en la que se la hubiera encasillado al principio.
—Bueno… —dijo Rojo, hablando con Ishnah. Ese día Velo había llevado a tres de sus hombres con la espía para que los entrenara. Así Velo podía escuchar, aprender e intentar determinar si la mujer era de fiar o alguna especie de infiltrada. Rojo siguió diciendo—: Esto está muy bien, pero ¿cuándo aprenderemos a usar bien los cuchillos? No es que tenga muchas ganas de matar a nadie, es solo que… ya sabes…
—¿Ya sé qué? —preguntó Ishnah.
—Que los cuchillos son guajudos —dijo Rojo.
—¿Guajudos? —preguntó Velo, abriendo los ojos.
Rojo asintió.
—Guajudos. Ya sabes, increíbles, o geniales, pero así como con elegancia.
—Todo el mundo sabe que los cuchillos son guajudos —aportó Monty.
Ishnah puso los ojos en blanco. La mujer menuda llevaba su havah con la mano cubierta, y en el vestido había unos sutiles bordados. Su actitud y su ropa indicaban que era una ojos oscuros de estatus social relativamente alto. Velo llamaba más la atención, y no solo por su abrigo blanco y su sombrero. Era la atención de los hombres intentando decidir si querían abordarla, cosa que no se planteaban con Ishnah. Su forma de comportarse y la remilgada havah los echaban atrás. Velo dio un sorbito a su bebida y disfrutó del sabor del vino.
—Estoy segura de que habréis oído historias escabrosas —dijo Ishnah—, pero el espionaje no consiste en dar puñaladas en callejones. Yo apenas sabría desenvolverme si tuviera que apuñalar a alguien.
Los tres hombres se desanimaron.
—El espionaje es una meticulosa recopilación de datos —siguió diciendo Ishnah—. Vuestra tarea es observar sin ser observados. Debéis ser lo bastante simpáticos para que la gente hable con vosotros, pero no tan interesantes como para que os recuerden.
—Pues Monty está descartado —dijo Rojo.
—Sí —aceptó Monty—. Es una maldición ser tan tormentosamente interesante.
—¿Queréis callaros los dos? —espetó Vathah. El soldado larguirucho estaba inclinado hacia delante y no había ni tocado su taza de vino barato—. ¿Cómo se hace eso? Yo soy alto. A Monty le falta un ojo. Van a recordarnos.
—Tenéis que aprender a desviar la atención hacia rasgos superficiales que podáis cambiar y apartarla de las características que no. Rojo, si llevaras un parche en el ojo, ese es el detalle que retendrían. Vathah, puedo enseñarte a que te encorves para que tu altura no sea tan notable, y si añades un acento raro, la gente lo usará para describirte. Monty, podría colocarte en una taberna y pedirte que fingieras dormir la borrachera con la cabeza en la mesa. Nadie se fijaría en tu parche, porque la gente no hace caso a los borrachos.
»Pero de momento, debemos empezar por la observación. Si queréis ser efectivos, tenéis que ser capaces de evaluar con rapidez un lugar, memorizar los detalles y luego informar de ellos. Venga, cerrad los ojos.
Lo hicieron de mala gana, Velo incluida.
—Y ahora —dijo Ishnah—, ¿alguno de vosotros puede describirme a los presentes en la taberna? Pero sin mirar, ¿eh?
—Esto… —Monty se rascó el parche del ojo—. Hay una chica guapa en la barra. Podría ser thayleña.
—¿De qué color lleva la blusa?
—Hum. Bueno, es escotada y la chica tiene unos buenos rocabrotes… Esto…
—Hay un tipo muy feo con parche en el ojo —dijo Rojo—. Bajito y molesto. Se bebe el vino de la gente cuando no están mirando.
—¿Vathah? —preguntó Ishnah—. ¿Qué me dices tú?
—Creo que había unos hombres en la barra —dijo él—. Llevaban… ¿uniformes de Sebarial? Y puede que la mitad de las mesas estén ocupadas. No sabría decir por quiénes.
—Eso está mejor —aceptó Ishnah—. No esperaba que fueseis capaces de hacerlo bien del todo ya. Está en la naturaleza humana pasar por alto estas cosas. Pero os entrenaré para que…
—Un momento —dijo Vathah—. ¿Y qué pasa con Velo? ¿Qué recuerda ella?
—Tres hombres en la barra —respondió Velo en tono distraído—. Uno más mayor y canoso y luego dos soldados, supongo que parientes entre sí, a juzgar por sus narices ganchudas. El más joven bebe vino y el otro intenta camelarse a la mujer en la que se ha fijado Monty. No es thayleña, pero sí que lleva ropa thayleña: blusa de color violeta oscuro y falda verde bosque. No me gusta cómo combinan, pero diría que a ella sí. Tiene confianza y está acostumbrada a jugar con la atención de los hombres. Creo que ha venido buscando a alguien, porque no está haciendo caso al soldado y mira todo el rato hacia atrás.
»El camarero es un hombre mayor, de tan poca estatura que se sube a cajas para rellenar las jarras. Seguro que no lleva mucho tiempo de tabernero. Vacila cuando alguien le pide algo y tiene que buscar las botellas y leer sus glifos para localizar la correcta. Hay tres camareras, aunque una está descansando, y catorce clientes además de nosotros. —Velo abrió los ojos—. Puedo hablaros de ellos.
—No hará falta —dijo Ishnah mientras Rojo daba unas suaves palmadas—. Impresionante, Velo, aunque debo señalar que hay quince clientes más, no catorce.
Velo se sorprendió y volvió a mirar a su alrededor en la tienda, contando como había hecho de cabeza solo un momento antes. Tres en esa mesa, otros cuatro por allí, dos mujeres de pie junto a la entrada…
Y otra mujer que se le había pasado, encogida en una silla frente a una mesa pequeña al fondo de la tienda de lona. Llevaba ropa sencilla, falda y blusa de campesina alezi. ¿Habría escogido a propósito colores que se fundieran con el blanco de la tienda y el marrón de las mesas? ¿Y qué estaba haciendo allí?
«Tomar notas», pensó Velo con una punzada de alarma. La mujer acaba de esconder un pequeño cuaderno dejándolo caer al regazo.
—¿Quién es? —dijo Velo, agachándose sobre la mesa—. ¿Por qué nos está observando?
—No a nosotros en concreto —respondió Ishnah—. Habrá decenas como ella en el mercado, moviéndose como ratas y recopilando toda la información que pueden. Tal vez sea independiente y venda las cosas de valor que averigüe, pero lo más probable es que esté a sueldo de algún alto príncipe. Es de lo que trabajaba yo antes. Por la gente en la que se fija, diría que le han pedido que informe sobre el estado de ánimo de la tropa.
Velo asintió y se dedicó a escuchar con atención mientras Ishnah empezaba a enseñar a los hombres trucos para mejorar su memoria. Les sugirió que aprendieran a interpretar glifos y que usaran algún ardid, como marcas en las manos, para ayudar a retener la información. Velo ya conocía algunos de esos trucos, entre ellos el que había pasado a describir Ishnah, conocido como el museo mental. Lo más interesante fueron los consejos de Ishnah sobre cómo distinguir los datos relevantes de los que informar y cómo averiguarlos. Habló de fijarse cuando alguien mencionaba a algún alto príncipe o palabras comunes que se usaban como eufemismos de asuntos más importantes, y de que había que escuchar a quienes habían bebido lo suficiente para decir lo que no deberían. La clave, decía, era el tono. Se podía estar sentada a metro y medio de alguien que revelaba secretos importantes y no enterarse por estar concentrada en la discusión de la mesa de más allá. El estado que describía la mujer era casi meditativo, consistente en sentarse y dejar que los oídos lo absorbieran todo, pero despertar la mente solo a ciertas conversaciones. Velo lo encontró fascinante. Pero al cabo de una hora aproximada de entrenamiento, Monty protestó diciendo que tenía la cabeza como si se hubiera bebido cuatro botellas. Rojo daba cabezazos, y su forma de bizquear le daba un aspecto de estar abrumado del todo. En cambio, Vathah… Vathah había cerrado los ojos y estaba recitando descripciones de todos los presentes a Ishnah. Velo sonrió. Desde que lo conocía, el hombre había cumplido sus tareas como si llevara un pedrusco enorme atado a la espalda. Lento de movimientos, raudo a la hora de encontrar un sitio donde sentarse a descansar. Verlo con actitud entusiasta era alentador. De hecho, Velo estaba tan interesada que ni se dio cuenta del tiempo que había pasado. Cuando oyó las campanas del mercado, maldijo entre dientes.
—Soy una tormentosa estúpida.
—¿Velo? —se sorprendió Vathah.
—Tengo que irme —dijo ella—. Lexa tiene un compromiso. ¿Quién iba a decir que portar un antiguo y divino manto de poder y honor supondría acudir a tantas reuniones?
—¿Y no puede ir sin ti? —preguntó Vathah.
—Tormentas, ¿no habéis visto a esa chica? Se dejaría los pies por ahí si no los llevara pegados. ¡Seguid practicando! Luego vuelvo por aquí.
Se puso el sombrero y salió corriendo por el Apartado. Poco tiempo después, Lexa Wood, con la tranquilidad de haberse vuelto a poner una havah azul, caminaba por el pasillo subterráneo de Urithiru. Estaba satisfecha del trabajo que estaba haciendo Velo con los hombres, pero tormentas, ¿tenía que beber tanto? Lexa había tenido que eliminar casi un tonelete entero de alcohol para aclararse la cabeza.
Respiró hondo y entró en la antigua biblioteca. Allí no encontró solo a Echo, Anya y Teshav, sino también a toda una hueste de fervorosos y escribas. May Roan, Adrotagia de Kharbranth… y había hasta tres predicetormentas, aquellos extraños hombres de largas barbas a los que les gustaba adivinar el tiempo que iba a hacer. Lexa había oído que a veces utilizaban el soplar del viento para predecir el futuro, pero jamás ofrecían esos servicios en público. Estar cerca de ellos hizo que Lexa deseara tener una glifoguarda. Pero por desgracia, Velo no tenía ninguna a mano. La chica venía a ser una hereje, y pensaba en la religión con la misma frecuencia con que ella tejía bordados de sedamarina en Rall Elorim. Por lo menos Anya tenía las agallas de escoger un bando y anunciarlo, mientras Velo se limitaría a encogerse de hombros y soltar alguna ocurrencia. Era…
—Mmm… —susurró Patrón desde su falda—. ¿Lexa?
Cierto. Se había quedado plantada en la entrada, ¿verdad? Pasó al interior y tuvo la mala suerte de cruzarse con Janala, que hacía de asistente a Teshav. La bonita joven tenía la nariz alzada a perpetuidad, y era la clase de persona cuya sola dicción ya daba dentera a Lexa. Lo que desagradaba a Lexa de la joven era su arrogancia, y no, por supuesto, que Clarke hubiera cortejado a Janala poco antes de conocer a Lexa. Al principio había tratado de evitar a las anteriores parejas de Clarke, pero… bueno, era como intentar evitar a los soldados en un campo de batalla. Venían a estar por todas partes. La estancia vibraba con una docena de conversaciones. Se hablaba de pesos y medidas, de la forma correcta de puntuar un escrito y de las variaciones atmosféricas dentro de la torre. Hubo un tiempo en el que Lexa habría dado cualquier cosa por estar en un lugar como aquel. Pero en la torre, llegaba siempre tarde a las reuniones. ¿Qué había cambiado?
«Que ahora sé que soy un fraude», pensó mientras se pegaba a la pared para pasar junto a una fervorosa joven y atractiva que hablaba de política azishiana con un predicetormentas. Lexa apenas había empezado los libros que le había llevado Clarke. Más allá, Echo hablaba de fabriales con una ingeniera vestida con una havah roja brillante. La mujer asentía, entusiasmada.
—Sí, pero ¿cómo lo estabilizamos, brillante? Con las velas por debajo, tenderá a voltearse, ¿no?
La cercanía de Lexa con Echo le había ofrecido todas las oportunidades que deseara de estudiar la ciencia de los fabriales.
¿Por qué no lo había hecho? Mientras la envolvían las palabras —las ideas, las hipótesis, la lógica—, de pronto sintió que se ahogaba.
Se abrumaba. En aquella sala todos sabían muchísimo y se sintió insignificante en comparación.
«Necesito a alguien que pueda con esto —pensó—. Una erudita. Puedo convertir una parte de mí en erudita. No pueden ser Velo ni Brillante Radiante, pero alguien debería…»
Patrón empezó a zumbar de nuevo en su vestido. Lexa retrocedió hacia la pared. No, esa… esa era ella, ¿verdad? Lexa siempre había querido ser una erudita, ¿o no? No necesitaba otra personalidad que se ocupara de aquello. ¿Verdad?
¿Verdad?
Pasó el momento de ansiedad y Lexa vació los pulmones de aire, obligándose a recobrar la compostura. Después sacó un cuaderno y un lápiz de carboncillo de su cartera, se dirigió a Anya y la saludó.
Anya enarcó una ceja.
—¿Otra vez con retraso?
—Lo siento.
—Quería pedirte ayuda para comprender algunas traducciones que estamos recibiendo del Canto del alba, pero ya no tenemos tiempo antes de que empiece la reunión convocada por mi madre.
—Tal vez pueda ayudarte a…
—Tengo unos asuntos que concluir. Podemos hablar más tarde.
Un rechazo brusco, pero no más de lo que Lexa se había acostumbrado a esperar de Anya. Se dirigió a una silla junto a la pared y se sentó. En voz baja, dijo:
—Seguro que si Anya supiera que acabo de afrontar una profunda inseguridad que tengo, habría mostrado alguna empatía, ¿verdad?
—¿Anya? —preguntó Patrón—. Me parece que no estás prestando atención, Lexa. No es una mujer muy empática.
Lexa suspiró.
—¡En cambio, tú sí que eres empática!
—Más bien patética, pero te lo acepto. —Se armó de valor—. Aquí es donde debo estar, Patrón, ¿verdad que sí?
—Mmm. Sí, desde luego que sí. Querrás hacer bocetos de ellos, ¿no?
—Los eruditos clásicos no solo dibujaban. El Sagaz sabía matemáticas y hasta creó el estudio de las proporciones en el arte. Galid era inventora, y sus diseños aún se usan en astronomía. Los marinos no podían conocer la longitud en el mar hasta que llegaron sus relojes. Anya es historiadora, y más cosas. Eso es lo que quiero.
—¿Estás segura?
—Creo que sí.
El problema era que Velo quería pasarse el día bebiendo y riendo con los hombres, practicando el espionaje. Radiante quería entrenar con la espada y pasar tiempo con Clarke. ¿Qué era lo que quería Lexa? ¿Y tenía alguna importancia?
Al poco tiempo, Echo declaró que se iniciaba la reunión y la gente tomó asiento. Escribas a un lado de Echo, fervorosos de distintos devotarios al otro… y lejos de Anya. Mientras los predicetormentas se iban sentando más allá en el círculo de sillas, Lexa vio a Aden en el umbral. Se removía y echaba vistazos al interior, pero no entraba. Cuando varias eruditas se volvieron hacia él, retrocedió, como si sus miradas lo estuvieran expulsando físicamente.
—Eh… —dijo Aden—. Mi padre ha dicho que podía venir… como oyente, quizá.
—Eres más que bienvenido, primo —dijo Anya.
La mujer hizo un gesto a Lexa para que trajera un taburete a Aden, de modo que lo hizo sin resentirse siquiera de que le estuvieran dando órdenes. De verdad podía convertirse en erudita. Iba a ser la mejor discípula modosa de toda la historia. Con la cabeza gacha, Aden rodeó el círculo de eruditos, con el puño tenso cerrado en torno a una cadena que sobresalía de su bolsillo. Tan pronto como se sentó, empezó a tirar de los eslabones con los dedos de una mano y luego con los de la otra. Lexa se esforzó en tomar notas y no ponerse a hacer bocetos de la gente. Por suerte, en la reunión se trataban temas más interesantes de lo habitual. Echo tenía a la mayoría de los eruditos presentes trabajando en intentar comprender Urithiru. Inadara, una mujer arrugada que recordaba a Lexa a las fervorosas de su padre, fue la primera en informar. Explicó que su equipo había estado intentando colegir el significado de las formas extrañas que tenían las salas y túneles de la torre. Habló largo y tendido, sobre construcciones defensivas, filtrado del aire y pozos. Señaló grupos de estancias que tenían formas poco habituales y enumeró los extravagantes murales que habían encontrado, en los que había representadas criaturas curiosas. Cuando hubo terminado, Kalami informó de los progresos de su equipo, que estaba convencido de que algunos adornos de metal que habían descubierto incrustados en las paredes eran fabriales, pero no parecían hacer nada por muchas gemas que se les enlazaran. Repartió unas ilustraciones y pasó a explicar los esfuerzos, fallidos hasta el momento, que habían hecho para intentar infundir la columna de gema. Los únicos fabriales que funcionaban eran los ascensores.
—Me atrevo a sugerir —la interrumpió Elthebar, líder de los predicetormentas— que la proporción de engranajes en la maquinaria del ascensor podría revelar la naturaleza de sus constructores. Hablo de la ciencia de la digitología, por supuesto. Se puede discernir mucho de un hombre por la anchura de sus dedos.
—¿Y qué tiene que ver eso con los engranajes? —preguntó Teshav.
—¡Pues todo! —exclamó Elthebar—. Caramba, que no lo sepas es una clara indicación de que eres una escriba. Tienes una letra preciosa, brillante, pero deberías respetar más la ciencia.
Patrón dio un suave zumbido.
—Nunca me ha caído bien —susurró Lexa—. Se hace el simpático con Bellamy, pero es bastante repelente.
—¿De cuánta fuerza repulsora estamos hablando y qué tamaño tiene la muestra en que te basas? —preguntó Patrón.
—¿No creéis que quizá nos estemos haciendo las preguntas equivocadas? —dijo Janala.
Lexa entornó los ojos, pero se controló, conteniendo sus celos. No había por qué odiar a alguien solo porque hubiera intimado con Clarke. Era solo que algo daba sensación de… falsedad en Janala. Al igual que muchas mujeres de la corte, su risa sonaba ensayada, contenida. Como si la usara de condimento, en vez de sentirla de verdad.
—¿A qué te refieres, niña? —preguntó Adrotagia a Janala.
—Bueno, brillante, hablamos de los ascensores, de la extraña columna fabrial y de los pasillos serpenteantes. Intentamos comprender esas cosas solo a partir de sus diseños, y quizá deberíamos establecer las necesidades de la torre y proceder hacia atrás para determinar cómo podrían satisfacerlas esos objetos.
—Hum —dijo Echo—. Bueno, sabemos que cultivaban el terreno fuera. ¿Algunos de esos fabriales de las paredes proporcionaban calor?
Aden musitó algo.
La sala entera lo miró. Muchos parecieron sorprenderse de oírlo hablar, y Aden se encogió.
—¿Qué has dicho, Aden? —preguntó Echo.
—No lo enfocáis bien —dijo él sin levantar la voz—. No son fabriales. Son un fabrial.
Las escribas y los eruditos cruzaron miradas. El príncipe… bueno, solía provocar esa reacción. Las miradas incómodas.
—¿Brillante señor? —dijo Janala—. ¿No seréis un artifabriano en secreto? ¿Estudiáis ingeniería de noche, leyendo la escritura femenina?
Varios de los demás soltaron risitas. Aden se sonrojó mucho y bajó más la mirada.
«No te reirías así de ningún otro hombre de su categoría», pensó Lexa, sintiendo que se le encendían las mejillas. La corte alezi podía tener una educación inmaculada, pero no por ello estaba compuesta de buenas personas. Y Aden siempre había sido un blanco más aceptable que Bellamy o Clarke.
La furia de Lexa fue una sensación extraña. En más de una ocasión, la había sorprendido lo raro que era Aden. Su presencia en aquella reunión no era sino un ejemplo más. ¿Estaba pensando en engrosar por fin las filas de los fervorosos? ¿Y para ello le bastaba con presentarse sin más en una reunión de escribas, como si fuera una mujer?
Pero al mismo tiempo, ¿cómo se atrevía Janala a avergonzarlo?
Echo empezó a decir algo, pero Lexa la interrumpió.
—Supongo, Janala, que no acabas de intentar insultar al hijo de un alto príncipe.
—¿Qué? No, por supuesto que no.
—Bien —dijo Lexa—. Porque, si estabas intentando insultarlo, te ha salido fatal. Y tengo entendido que eres muy lista, que rebosas ingenio, encanto y… otras cosas.
Janala le frunció el ceño.
—¿Eso era una lisonja?
—No hablamos de tu pecho, querida, ¡sino de tu mente! De tu maravillosa e iluminada mente, tan aguda que nunca se ha afilado. Tan rápida que sigue corriendo cuanto todas las demás han terminado. Tan deslumbrante que nunca ha dejado de maravillar a todos con las cosas que dices. Tan… hum…
Anya la estaba fulminando con la mirada.
—Esto… —Lexa sostuvo en alto su cuaderno—. He tomado notas.
—¿Podemos hacer un receso breve, madre? —pidió Anya.
—Excelente sugerencia —dijo Echo—. Quince minutos, en los que todos deberíamos considerar una lista de requisitos que podría tener esta torre, si de algún modo debiera ser autosuficiente.
Se levantó de su silla y la reunión se descompuso de nuevo en conversaciones individuales.
—Veo que sigues usando la lengua como una cachiporra y no como un puñal —dijo Anya a Lexa.
—Sí. —Lexa suspiró—. ¿Algún consejo?
Anya respondió con una mirada.
—¡Pero ya has oído lo que ha dicho a Aden, brillante!
—Y mi madre estaba a punto de reprochárselo —dijo Anya—. Con discreción, con palabras medidas. Pero en vez de eso, tú le has tirado un diccionario a la cabeza.
—Lo siento. Es que me pone de los nervios.
—Janala es una necia, con la inteligencia justa para enorgullecerse de su ingenio, pero la estupidez justa para no reparar en lo superado que se ve ese ingenio. —Anya se frotó las sienes—. Tormentas. Por esto nunca acepto a nadie como protegida.
—Por los muchos problemas que te traen.
—Porque se me da fatal. Tengo pruebas científicas de ello, de las que tú eres el experimento más reciente. —Anya la despidió con un gesto y siguió frotándose las sienes.
Lexa, avergonzada, volvió junto a la pared de la sala mientras todos los demás se servían bebidas.
—¡Mmm! —dijo Patrón mientras Lexa se apoyaba en la pared, sosteniendo el cuaderno contra el pecho—. Anya no parece enfadada. ¿Por qué estás triste?
—Porque soy idiota —respondió Lexa—. Y estúpida. Y… porque no sé lo que quiero.
¿No había sido más o menos una semana antes cuando había sido tan inocente como para creer que lo tenía todo resuelto? ¿Lo que quiera que fuese «todo»?
—¡Puedo verlo! —exclamó una voz a su lado.
Lexa se sobresaltó y encontró a Aden mirándole la falda y el patrón que había allí, entre los bordados. Perceptible si se sabía qué buscar, pero fácil de pasar por alto.
—¿No se hace invisible? —preguntó Aden.
—Dice que no puede.
Aden asintió y alzó la mirada hacia ella.
—Gracias.
—¿Por?
—Por defender mi honor. Cuando lo hace Clarke, suele salir herido alguien. Tu método es más agradable.
—Bueno, nadie tendría que hablarte en ese tono. No se atreverían a usarlo con Clarke. Y además, tienes razón: este sitio es un único fabrial enorme.
—¿A ti también te da esa sensación? No dejan de hablar de este aparato y de ese otro, pero está mal, ¿verdad? Es como debatir sobre las partes de un carro sin comprender que lo que tienen delante es un carro entero.
Lexa se inclinó hacia él.
—Esa cosa contra la que combatimos, Aden… podía extender sus zarcillos hasta la misma cima de Urithiru. Sentía que algo andaba mal allá donde fuera. Esa gema del centro está enlazada con todo.
—Sí, esto no es solo una colección de fabriales. Son muchos fabriales unidos para componer un fabrial gigantesco.
—Pero ¿qué hace? —preguntó Lexa.
—Hace ser una ciudad. —Aden arrugó la frente—. Bueno, quiero decir que hace hacer de ciudad. Esto… Hace las cosas que definen a…
Lexa se estremeció.
—Y la estaba controlando la Deshecha.
—Lo que nos permitió descubrir esta sala y la columna fabrial —dijo Aden—. Quizá no hubiéramos llegado a hacerlo sin ella. Mira siempre la cara iluminada de las cosas.
—En términos lógicos —repuso Lexa—, la cara iluminada es la única que se puede mirar, porque la otra está oscura.
Aden se echó a reír. Le recordó a cómo se reían sus hermanos de las cosas que decía. Quizá no porque fueran las ocurrencias más hilarantes del mundo, sino porque era bueno reír. Pero también le recordó lo que había dicho Anya, y Lexa se descubrió mirando de reojo a la mujer.
—Sé que mi prima intimida —le susurró Aden—, pero tú también eres una Radiante, Lexa. No lo olvides. Podríamos plantarle cara si quisiéramos.
—¿Y queremos?
Aden hizo una mueca.
—Probablemente, no. Tiene razón casi siempre, y terminas sintiéndote como uno de los diez locos.
—Cierto, pero… no sé si soportaré que vuelvan a darme órdenes como a una niña. Empieza a irritarme mucho. ¿Qué hago?
Aden se encogió de hombros.
—Yo he descubierto que la mejor forma de evitar obedecer a Anya es no andar cerca cuando busca alguien a quien dar órdenes.
Lexa se animó. Eso tenía mucho sentido. Bellamy querría que sus Radiantes fuesen a hacer cosas, ¿verdad? Tenía que alejarse hasta que se le aclararan las ideas. Ir a alguna parte… ¿cómo en una misión a Kholinar, por ejemplo? ¿No necesitarían a alguien que pudiera infiltrarse en el palacio y activar el dispositivo?
—Aden —dijo—, eres un genio.
El joven se sonrojó, pero le devolvió la sonrisa.
Echo volvió a convocar la reunión y se sentaron para seguir hablando de fabriales. Anya dio unos golpecitos en el cuaderno de notas de Lexa, que se esforzó más en levantar acta y practicar la estenografía. Ya no le resultaba tan fastidioso, ahora que tenía una estrategia de retirada, una ruta de escape. Estaba pensando agradecida en ello cuando reparó en una persona alta que entró por la puerta con paso firme. Bellamy Griffin proyectaba su sombra hasta cuando no tenía una luz detrás. Todo el mundo calló de inmediato.
—Disculpad mi tardanza. —Se miró la muñeca, donde llevaba el aparato medidor del tiempo que le había regalado Echo—. Por favor, no paréis por mí.
—¿Bellamy? —dijo Echo—. Nunca habías venido a una conferencia de escribas.
—Se me ha ocurrido que debería mirar —repuso Bellamy—. Enterarme de qué hace esta parte de mi organización.
Se sentó en un taburete fuera del círculo. Parecía un corcel de guerra intentando equilibrarse sobre un bloque pensado para un poni de exhibición. Siguieron hablando, aunque se notaba más cohibido a todo el mundo. Lexa habría asegurado que Bellamy ni se acercaría a reuniones como aquellas, donde las mujeres y las escribas…
Ladeó la cabeza al ver que Aden lanzaba una mirada a su padre. Bellamy respondió levantando el puño.
«Ha venido para que Aden no esté incómodo —comprendió Lexa—. No puede ser impropio ni femenino que el príncipe esté aquí si el tormentoso Espina Negra decide acudir.»
No se le escapó que, a partir de entonces, Aden atendió a lo que se decía con la mirada alzada.
