45. REVELACIÓN

Del mismo modo en que las olas del mar deben seguir llegando, nuestra voluntad debe mantener su resolución

En solitario

Los Portadores del Vacío llevaron a Miller a Revolar, una ciudad en el centro de Alezkar. Al llegar, lo posaron detrás de la ciudad y lo empujaron hacia un grupo de parshmenios inferiores. Le dolían los brazos del vuelo. ¿Por qué no habían usado sus poderes para enlazarlo hacia arriba y volverlo ligero, como habría hecho Raven?

Estiró los brazos y miró alrededor. Había estado muchas veces en Revolar cuando trabajaba en una caravana que hacía la ruta hacia Kholinar. Por desgracia, eso no significaba que hubiera visto mucho de la ciudad. Todas las ciudades de cierto tamaño tenían una pequeña aglomeración de edificios en las afueras para atender a personas como él, nómadas modernos que trabajaban en caravanas o hacían repartos. La gente de los aleros, los llamaban algunos. Hombres y mujeres que pululaban cerca de la civilización para capear el mal tiempo, pero que no terminaban de pertenecer a ella. Por la pinta, Revolar había pasado a tener una cultura de los aleros muy floreciente, quizá demasiado. Los Portadores del Vacío parecían haberse apoderado de todo el tormentoso lugar, exiliando a los humanos a las afueras. Los Portadores del Vacío voladores lo dejaron sin decirle nada, a pesar de haberlo cargado desde tan lejos. Los parshmenios que pasaron a custodiarlo parecían híbridos entre guerreros parshendi y los parshmenios normales, dóciles, que había conocido en muchas caravanas. Hablaron entre ellos en un alezi perfecto mientras lo empujaban hacia un grupo de humanos que estaban retenidos en un pequeño redil. Miller se sentó a esperar. Parecía que los Portadores del Vacío tenían patrullas explorando la zona y apresando a los humanos rezagados que encontraban. Al poco tiempo, los parshmenios lo llevaron junto con los demás a uno de los grandes refugios para tormentas que había fuera de la ciudad, empleados para albergar ejércitos o varias caravanas juntas durante las altas tormentas.

—No deis problemas —dijo una parshmenia, fijando la mirada en Miller—. No peleéis o se os matará. No intentéis escapar o se os apaleará. Ahora los esclavos sois vosotros.

Varios de los humanos, hacendados a juzgar por su aspecto, empezaron a sollozar. Se aferraban a parcos fardos, que los parshmenios registraron. Miller leía los signos de su pérdida en los ojos enrojecidos y las escasas posesiones. La tormenta eterna había arrasado sus granjas. Habían llegado a la gran ciudad buscando refugio. Él no llevaba encima nada de valor, ya no, y los parshmenios lo dejaron seguir adelante antes que a los demás. Entró en el refugio y tuvo una irreal sensación de… ¿abandono? Se había pasado el vuelo entero dando por sentado alternativamente que lo ejecutarían o lo interrogarían. Y en lugar de ello, ¿lo habían esclavizado? Ni siquiera en el ejército de Sadeas había sido un esclavo de forma oficial. Sí, lo habían asignado a carreras de puente y lo habían enviado a morir, pero nunca había llevado las marcas en la frente.

Se palpó el tatuaje del Puente Cuatro bajo la camisa, en el hombro izquierdo.

El inmenso refugio para tormentas tenía el techo alto y la forma de una enorme hogaza hecha de piedra. Miller paseó por su interior con las manos metidas en los bolsillos de la casaca. Los grupitos de gente apiñada lo miraron con antagonismo, aunque solo era otro refugiado más. A Miller siempre lo recibían con hostilidad, llegara al tormentoso lugar donde llegase. Un joven como era él, demasiado corpulento y a todas luces demasiado seguro de sí mismo para ser un ojos oscuros, se solía considerar una amenaza. Se había unido a las caravanas para hacer algo productivo, animado por sus abuelos. A ellos los habían asesinado por sus maneras pacíficas, y Miller…

Miller había pasado toda la vida soportando miradas como aquella.

Un hombre solitario, un hombre al que no se podía controlar, era peligroso. Miller daba miedo por naturaleza, solo por ser quien era.

Y nadie lo aceptaría entre los suyos jamás.

«Excepto el Puente Cuatro.»

Bueno, el Puente Cuatro había sido un caso especial, y esa prueba la había fallado. Graves había tenido razón al decirle que se quitara el parche. Allí, en el refugio, estaba lo que Miller era de verdad, el hombre al que todos miraban desconfiados, reteniendo a sus hijos contra ellos y haciéndole gestos para que no se detuviera. Recorrió el centro de la estructura, tan amplia que necesitaba columnas para sostener el techo. Eran altas como árboles, creadas mediante el moldeado de almas para erguirse desde la misma roca del suelo. Los bordes del edificio estaban atestados de gente, pero el centro se mantenía despejado y lo patrullaban parshmenios armados. Habían montado unos puestos con carros a modo de estrados, desde donde los parshmenios hablaban a la multitud.

Miller se acercó a uno de ellos.

—Por si se nos ha pasado alguno —estaba diciendo un parshmenio a viva voz—, quienes tengan experiencia como granjeros deben presentarse a Bru en la entrada del refugio. Él les asignará una parcela de tierra para que la labren. Hoy también necesitamos trabajadores que acarreen agua al interior de la ciudad y que despejen los restos de la última tormenta. Puedo llevarme a veinte para cada tarea.

Los hombres empezaron a presentarse voluntarios y Miller frunció el ceño y se inclinó hacia un hombre que había cerca.

—¿Nos ofrecen trabajo? ¿No somos esclavos?

—Sí —contestó el hombre—. Esclavos que no comen si no trabajan. Nos dejan decidir lo que queremos hacer, aunque tampoco es que haya mucha tormentosa elección. Es un tipo de trabajo pesado u otro.

Sorprendido, Miller cayó en la cuenta de que el hombre tenía los ojos de color verde claro. Aun así, levantó la mano y se presentó voluntario a cargar agua, tarea que antes había correspondido a los parshmenios. Bueno, era una visión que no podía más que alegrar el día a un hombre. Miller volvió a meterse las manos en los bolsillos y siguió andando por el refugio, observando los tres puestos donde los parshmenios ofrecían trabajo. Había algo en aquellos parshmenios y su perfecto alezi que lo perturbaba. Los Portadores del Vacío no eran lo que había esperado, con sus extraños acentos y sus espectaculares poderes. Pero los parshmenios normales y corrientes, aunque muchos de ellos parecieran parshendi al ser más altos, parecían casi tan desorientados con su cambio de suerte como lo estaban los humanos. Cada uno de los tres puestos se encargaba de una categoría distinta de trabajo. El del fondo buscaba granjeros, mujeres que supieran coser y zapateros. Comida, uniformes, botas. Los parshmenios se preparaban para la guerra. Preguntando por ahí, Miller se enteró de que ya se habían llevado a los herreros, los flecheros y los armeros, y si descubrían a alguien ocultando su destreza en cualquiera de los tres oficios, ponían a media ración a toda su familia. El puesto del centro era para trabajos básicos. Acarrear agua, limpiar, cocinar. El último puesto fue el que más interesó a Miller.

Era el del trabajo duro.

Se quedó merodeando por allí, escuchando a un parshmenio pedir voluntarios para tirar de carros de suministros con el ejército, cuando marchara. Al parecer, no había bastantes chulls que tiraran de carros para lo que se avecinaba. En ese puesto nadie levantaba la mano. El trabajo sonaba espantoso, por no mencionar que supondría desplazarse hacia la batalla.

«Para esto, tendrán que reclutar por la fuerza —pensó Miller—. A lo mejor, reúnen a unos cuantos ojos claros y los hacen desfilar por la roca como bestias de carga.» Eso le gustaría verlo.

Mientras se apartaba de ese último puesto, Miller divisó un grupo de hombres con largas varas, apoyados contra la pared. Botas recias, odres de agua en fundas atadas a los muslos y una bolsa para el camino cosida a los pantalones por el otro lado. Sabía por experiencia lo que contendría la bolsa: un cuenco, cuchara, taza, hilo, aguja, parches, pedernal y un poco de yesca. Caravaneros. Las varas eran para azotar los caparazones de los chulls mientras caminaban a su lado. Miller había llevado el mismo material muchas veces, aunque gran parte de las caravanas en las que había trabajado usaban parshmenios para tirar de los carros en vez de chulls. Eran más rápidos.

—Hola —dijo, acercándose con paso tranquilo a los caravaneros—. ¿Guff aún anda por ahí?

—¿Guff? —preguntó un caravanero—. ¿El viejo ruedero? ¿Media caña de alto? ¿Malísimo con las palabrotas?

—El mismo.

—Creo que está por allí —dijo el joven, señalando con su vara—. En las tiendas. Pero no hay trabajo, amigo.

—Los cabezas de concha van a marchar —replicó Miller, señalando con el pulgar por encima del hombro—. Necesitarán caravaneros.

—Los puestos están todos asignados —dijo otro hombre—. Hubo pelea para ver quién se quedaba esos trabajos. Todos los demás van a tirar de carros. No llames mucho la atención o te pondrán un arnés, no digas luego que no te he avisado.

Dedicaron sonrisas amistosas a Miller, que les hizo el viejo saludo de los caravaneros (tan parecido a un gesto obsceno que todos los demás lo confundieron) y fue en la dirección que le habían señalado. Era típico de ellos. Los caravaneros eran una gran familia y, como todas las familias, propensos a las rencillas. Las tiendas eran en realidad telas que se extendían desde la pared a postes metidos en cubos de piedras para mantenerlos firmes. Componían una especie de túnel a lo largo de aquel sector de pared y dentro de ellos había muchos ancianos que tosían y se sorbían la nariz. Había poca luz, procedente solo de algún chip colocado sobre una caja volcada de vez en cuando. Reconoció a los caravaneros por el acento. Preguntó por Guff, a quien había conocido en sus tiempos, y le dejaron pasar más al fondo del sombrío túnel de tela. Miller terminó encontrando al viejo Guff sentado en el centro del túnel, como para impedir que la gente pasara. Estaba lijando una pieza de madera, un eje al parecer. Entornó los ojos cuando Miller se le acercó.

—¿Miller? —dijo—. ¿En serio? ¿Qué tormentosa tormenta te ha traído hasta aquí?

—No me creerías si te lo dijera —respondió Miller, acuclillándose junto al anciano.

—Estabas en la caravana de Jam —dijo Guff—, de camino a las Llanuras Quebradas. Os dimos a todos por muertos. No habría apostado ni un chip opaco a que volvieras.

—No te lo reprocho —dijo Miller. Se encorvó y apoyó los brazos en las rodillas. Dentro del túnel, el alboroto de la gente de fuera parecía lejano, aunque solo había tela para separarlos.

—¿Hijo? ¿Qué haces aquí, chico? —preguntó Guff—. ¿Qué quieres?

—Necesito ser quien era.

—Eso tiene el mismo sentido que el tormentoso Padre Tormenta tocando la flauta, chico. Pero no serías el primero que va a esas llanuras y vuelve tocado. No lo serías, no. Esa es la tormentosa verdad del Padre Tormenta, por las tormentas.

—Intentaron derrumbarme. Condenación, me derrumbaron. Pero luego él me volvió a levantar como un hombre nuevo. —Miller calló un momento—. Y yo lo eché todo a perder.

—Claro, claro —dijo Guff.

—Siempre hago lo mismo —susurró Miller—. ¿Por qué siempre tenemos que coger algo valioso, Guff, y descubrir que lo odiamos? Como si al ser algo puro, nos recordara lo poco que lo merecemos. Empuñé la lanza y me la clavé a mí mismo…

—¿La lanza? —preguntó Guff—. Chico, ¿eres un tormentoso soldado?

Miller lo miró sorprendido y entonces se levantó, estiró los músculos y le enseñó su casaca de uniforme sin el parche.

Guff forzó la mirada en la penumbra.

—Acompáñame.

El viejo ruedero se levantó con dificultades y dejó su pieza de madera en la silla. Guio a Miller con paso tambaleante más al interior del túnel de tela y llegaron a una parte de la zona cubierta que parecía una habitación, al fondo del enorme refugio. Allí, un grupo de quizá una docena de personas estaban sentadas en sillas muy juntas, manteniendo una conversación furtiva. Un hombre que había en la entrada cogió a Guff del brazo cuando entró.

—¿Guff? Se supone que estás de guardia, imbécil.

—Y estoy tormentoso de tormentosa guardia, meón —replicó Guff, zafándose de su mano—. El brillitos quería saberlo si encontrábamos algún soldado, ¿no? Pues he encontrado un tormentoso soldado, así que vete a la tormenta.

El guardia desvió su atención hacia Miller y su mirada cayó en su hombro.

—¿Desertor?

Miller asintió. Era cierto en más de un sentido.

—¿Qué pasa aquí? —Un hombre se levantó, un tipo alto. Había algo en su silueta, en aquella calva, en el corte de sus prendas…

—Un desertor, brillante señor —dijo el guardia.

—De las Llanuras Quebradas —añadió Guff.

«El alto señor —comprendió Miller—. Paladar.» Pariente de Sinclair y regente, conocido por su dureza. En los últimos años, había estado a punto de arruinar la ciudad, espantando a muchos ojos oscuros que tenían derecho de paso. No había ni una sola caravana que hubiera visitado Revolar en la que nadie se hubiera quejado de la avaricia y la corrupción de Paladar.

—¿De las Llanuras Quebradas, dices? —preguntó Paladar—. Excelente. Dime, desertor, ¿qué nuevas hay de los altos príncipes? ¿Saben de los aprietos que estoy pasando? ¿Puedo esperar que llegue ayuda pronto?

«Lo han puesto al mando», pensó Miller, distinguiendo a otros ojos claros. Llevaban ropa buena, no de seda, por supuesto, pero sí uniformes con adornos. Botas de primera calidad. Había comida en abundancia dispuesta a un lado de la cámara, mientras fuera la gente pasaba hambre y trabajaba como chulls.

Miller había empezado a tener la esperanza de que… Pero por supuesto, había sido una estupidez. La llegada de los Portadores del Vacío no había derrocado a los ojos claros. Los pocos que Miller había visto fuera eran solo los que habían sacrificado, como confirmaban los serviles ojos oscuros que había alrededor del círculo de sillas. Soldados, guardias, algunos mercaderes favorecidos.

¡A la Condenación con todos ellos! ¡Se les había concedido la oportunidad de escapar de los ojos claros y solo les había dado más ganas de ser siervos! En ese momento, rodeado de la mezquindad de su propia especie, Miller tuvo una revelación. Él no estaba derrumbado. Lo estaban todos ellos, la sociedad alezi de ojos claros y oscuros. Tal vez toda la humanidad.

—¿Y bien? —preguntó imperioso el regente—. ¡Habla, hombre!

Miller se quedó en silencio, abrumado. Él no era ninguna excepción, siempre desperdiciando lo que se le daba. Las mujeres como Raven eran la excepción, una excepción muy poco frecuente. Aquella gente lo demostraba. No había motivo para obedecer a los ojos claros. No tenían poder ni autoridad. Los hombres habían cogido esa oportunidad y la habían echado a los crem.

—Creo… creo que le pasa alguna cosa, brillante señor —dijo el guardia.

—Sí —corroboró Guff—. Tendría que haber mencionado que tiene la tormentosa cabeza trastocada, el tormentoso meón.

—¡Bah! —dijo el regente, y señaló a Miller—. Echadlo fuera de aquí. ¡No hay tiempo para necedades si queremos restaurar mi posición! —Señaló a Guff—. Y a ese, que lo azoten, y la próxima vez más te vale apostar un guardia competente, Ked, o serás el siguiente.

El viejo Guff dio un grito cuando lo apresaron. Miller solo asintió. Claro. Cómo no. Era lo mismo que hacían siempre. Los guardias lo cogieron por las axilas y lo llevaron al lateral de la tienda. Separaron la tela y lo sacaron sin soltarlo. Pasaron junto a una mujer derrengada que intentaba repartir un solo pan ácimo entre tres niños pequeños que lloraban. Seguro que el llanto se oía desde la tienda del brillante señor, donde tenía una alta columna de panes amontonados. Los guardias lo arrojaron de nuevo a la calle que recorría el centro del gran refugio. Le dijeron que no volviera por la tienda, pero Miller apenas los oyó. Se levantó del suelo, se sacudió el polvo y se dirigió al tercer puesto, el que buscaba a gente que hiciera trabajos duros. Al llegar, se presentó voluntario para el peor trabajo que tenían, tirar de carros de suministros para el ejército de los Portadores del Vacío.