46. CUANDO MUERE EL SUEÑO

¿Acaso esperabas otra cosa de nosotros? No tenemos por qué tolerar más interferencias. Rayse está contenido, y nos preocupa bien poco su prisión

Cikatriz, el hombre del puente, subió a la carrera por una rampa fuera de Urithiru, su aliento visible por el frío mientras contaba las pisadas en silencio para mantenerse concentrado. El aire era más tenue allí arriba, en Urithiru, lo cual dificultaba correr, aunque en realidad Cikatriz solo notaba el efecto en el exterior. Llevaba el equipamiento completo para la marcha: raciones, herramientas, casco, jubón y un escudo atado a la espalda. Cargaba con su lanza, y hasta llevaba grebas en las piernas, sostenidas solo por la forma curvada del metal. En conjunto, pesaba casi tanto como él.

Por fin completó el ascenso a la plataforma de la Puerta Jurada.

Tormentas, el edificio central parecía estar más lejos que antes. Intentó avivar el paso de todos modos y trotó con todas las fuerzas que le quedaban, entre los tintineos de todo el material que llevaba. Por fin, sudoroso y con la respiración cada vez más entrecortada, llegó al edificio de control y se arrojó a su interior. Frenó hasta detenerse, soltó la lanza y apoyó las manos en las rodillas, resollando. Allí esperaba la mayoría de los miembros del Puente Cuatro, algunos brillando con luz tormentosa. De todos ellos, Cikatriz era el único que, pese a las dos semanas de práctica, aún no había descubierto cómo absorberla. Bueno, además de Macallan y Rlain. Wallace miró el reloj que les había asignado Echo Griffin, un aparato del tamaño de una caja pequeña.

—Han sido casi diez minutos —dijo—. Un poquito menos.

Cikatriz asintió, secándose la frente. Había corrido más de kilómetro y medio desde el centro del mercado, para luego cruzar la meseta y cargar rampa arriba. Tormentas. Se había exigido demasiado.

—¿Cuánto…? —dijo, jadeando—. ¿Cuánto le ha costado a Drehy?

Habían empezado los dos a la vez. Wallace echó una mirada al hombre del puente alto y musculoso que todavía brillaba con luz tormentosa residual.

—Menos de seis minutos.

Cikatriz gimió y se sentó.

—El punto de referencia es igual de importante, Cikatriz —dijo Wallace, marcando glifos en su libreta—. Tenemos que conocer la capacidad de un hombre normal para poder comparar. Pero no te preocupes. Seguro que te falta poco para empezar con la luz tormentosa.

Cikatriz se tumbó y miró arriba. Nyko estaba dándose un paseo por el techo de la sala. Tormentoso herdaziano.

—Drehy, has usado la cuarta parte de un lanzamiento básico, según la terminología de Raven, ¿verdad? —preguntó Wallace, que seguía tomando notas.

—Sí —dijo Drehy—. Y además… sé la cantidad exacta, Wall. Es raro.

—Y eso te ha vuelto la mitad de pesado que cuando te hemos puesto en la báscula, en los barracones. Pero ¿por qué un cuarto de lanzamiento te hace la mitad de pesado? ¿No tendría que dejarte con un veinticinco por ciento de tu peso?

—¿Tiene importancia? —preguntó Drehy.

Wallace lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—¡Por supuesto que sí!

—Lo siguiente que quiero probar es un lanzamiento en ángulo —dijo Drehy—. A ver si puedo hacer que sea como correr cuesta abajo, vaya en la dirección que vaya. Aunque igual no hace ni falta. La luz tormentosa… me ha hecho sentir que podía seguir corriendo para siempre.

—Bueno, es una nueva marca —musitó Wallace sin dejar de escribir—. Has mejorado el tiempo de Nyko.

—¿Ha mejorado el mío? —preguntó Jackson desde el lado de la pequeña sala, donde estaba inspeccionando el embaldosado del suelo.

—Te has parado a comprar comida de camino, Jackson —dijo Wallace—. Hasta Roca lo ha hecho en menos tiempo que tú, y eso que se ha pasado el último tercio del recorrido dando saltitos como una niña pequeña.

—Era danza de victoria comecuernos —dijo Roca, que estaba cerca de Jackson—. Es muy varonil.

—Varonil o no, me ha fastidiado las mediciones —protestó Wallace—. Por lo menos Cikatriz sí que sigue los procedimientos adecuados.

Cikatriz se quedó tumbado en el suelo mientras los otros charlaban. Tenía que llegar Raven para transportarlos a las Llanuras Quebradas, y Wallace había decidido hacer unas pruebas mientras tanto. Raven, como de costumbre, llegaba tarde. Marcus se sentó al lado de Cikatriz, observándolo con unos ojos de color verde oscuro con muchas ojeras. Raven los había nombrado tenientes a los dos, junto con Roca y Wallace, pero sus formas de comportarse nunca habían encajado con esa graduación. Marcus era el ejemplo perfecto de sargento de escuadra.

—Ten —dijo Marcus ofreciéndole una chouta, una albóndiga de carne envuelta en pan ácimo al estilo herdaziano—. Las ha traído Jackson. Come algo, chico.

Cikatriz se obligó a incorporarse.

—No me sacas tantos años, Marcus. No soy ningún chico.

Marcus asintió para sí mismo mientras masticaba otra chouta. Cikatriz empezó a comerse la suya. Estaba buena; no picaba como casi toda la comida alezi, pero estaba buena igual. Sabrosa.

—Me dicen todo el rato que lo conseguiré pronto —dijo Cikatriz—. Pero ¿y si no? En los Corredores del Viento no habrá sitio para un teniente que tenga que ir a pie a todas partes. Acabaré haciendo la comida con Roca.

—No tiene nada de malo estar en el equipo de apoyo.

—Perdona, sargento, pero ¡a la tormenta con eso! ¿Sabes cuánto tiempo esperé para llevar una lanza? —Cikatriz recogió el arma de al lado de su morral y la dejó cruzada en su regazo—. Se me da bien. Sé pelear. Pero…

Nyko saltó del techo, rodó para bajar las piernas y descendió flotando con suavidad hasta el suelo. Se echó a reír cuando Bisig intentó volar hasta el techo y se estrelló contra él de cabeza. Bisig se levantó de un salto y los miró a todos desde arriba, avergonzado. Pero ¿por qué tenía que avergonzarse? ¡Estaba de pie en el techo!

—Ya habías sido militar —aventuró Marcus.

—No, pero no por no intentarlo. ¿Has oído hablar de los Cascos Negros?

—La guardia personal de Roan.

—Dejémoslo en que no los impresionó mucho mi solicitud. «Sí, aceptamos a ojos oscuros, pero no a piltrafas.»

Marcus gruñó, masticando su chouta.

—Dijeron que quizá se lo pensaran mejor si volvía bien equipado —dijo Cikatriz—. ¿Tú sabes lo que cuesta una armadura? No era más que un estúpido parterrocas con delirios de gloria en el campo de batalla.

Antes nunca hablaban de sus pasados. Eso había cambiado, aunque Cikatriz no habría sabido señalar el momento exacto. Llegó sin más, formando parte de la catarsis de haberse convertido en algo más grandioso. Marcus era un adicto. Drehy había golpeado a un oficial. A Eth lo habían pillado planeando desertar con su hermano. Hasta el sencillo Pike se había metido en una pelea de borrachos. Conociendo a Pike, lo más probable era que solo estuviera haciendo lo que había empezado alguien de su pelotón, pero un hombre había acabado muerto.

—Cualquiera diría que nuestra elevada y poderosa líder ya debería haber llegado —dijo Marcus—. Te juro que Raven se comporta más como un ojos claros a cada día que pasa.

—Que no te oiga decir eso —advirtió Cikatriz.

—Diré lo que me dé la gana —restalló Marcus—. Si la chavala no va a venir, a lo mejor yo debería ir tirando. Tengo cosas que hacer.

Cikatriz vaciló y amagó una mirada a Marcus.

—No es eso —gruñó Marcus—. Llevo días sin apenas tocarlo. Por cómo me tratáis todos, parece que sea el primer hombre de la historia que se ha corrido una juerga de las serias.

—No he dicho nada, Marcus.

—Sabiendo lo que hemos sufrido, es de locos pensar que no vayamos a necesitar nada para superar el día. El problema no es el musgo, sino que el tormentoso mundo se ha vuelto loco de remate. Ese es el problema.

—Sí que lo es, Marcus.

Marcus le lanzó una mirada y luego se puso a estudiar con atención su chouta.

—Esto… ¿Cuánto hace que lo saben los hombres? O sea, ¿alguien lo…?

—No mucho —se apresuró a decir Cikatriz—. Y nadie le da ninguna importancia.

Marcus asintió, ajeno a la mentira. Lo cierto era que casi todos se habían dado cuenta de que Marcus se escabullía para frotar un poco de musgo de vez en cuando. No era raro en el ejército. Pero hacer lo que había hecho él, fallar al deber, vender su uniforme y acabar en un callejón, era muy distinto. Era una falta de las que podían hacer que te licenciaran, en el mejor de los casos. En el peor… bueno, era posible que te asignaran a servir en un puente. El problema era que ellos ya no eran soldados corrientes. Tampoco eran ojos claros. Eran algo extraño, algo que nadie comprendía.

—No quiero hablar del tema —dijo Marcus—. Escucha, ¿no buscábamos la forma de hacerte brillar? Ese es nuestro problema más inmediato.

Antes de que pudiera insistir, Raven Bendita por la Tormenta por fin se dignó presentarse, trayendo consigo a las exploradoras y los aspirantes de otras cuadrillas de puente que habían estado intentando absorber luz tormentosa. De momento, nadie salvo los hombres del Puente Cuatro lo habían conseguido, pero entre ellos había algunos que nunca habían hecho carreras de puente: Huio y Punio (los primos de Nyko) y hombres como Koen de la vieja Guardia de Cobalto, que se había incorporado al Puente Cuatro un par de meses antes. Así que aún había esperanza de que los demás pudieran conseguirlo. Raven había llevado a unas treinta personas, además de las que ya habían entrenado con el equipo. A juzgar por los parches de sus uniformes, esos treinta procedían de otras divisiones… y algunos eran ojos claros. Raven había mencionado que iba a pedir al general Khal que reuniera a los reclutas potenciales más prometedores de todo el ejército alezi.

—¿Estamos todos? —dijo Raven—. Bien.

Se dirigió con paso firme a un lado de la única estancia del edificio de control, con un saco de brillantes gemas al hombro. Su esplendorosa hoja esquirlada apareció en su mano, y la insertó en la cerradura que había en la pared de la sala. Raven activó el antiguo mecanismo empujando la espada, junto a toda la pared interior, que podía rotar, hacia un punto concreto que indicaban los murales. El cielo empezó a resplandecer y, en el exterior, la luz tormentosa se alzó arremolinada de toda la meseta de piedra. Raven fijó la hoja en la marca del suelo que indicaba las Llanuras Quebradas. Cuando el fulgor remitió, habían llegado a Narak. Cikatriz dejó su morral y su armadura de cuero apoyadas contra la pared y salió a grandes pasos. Por lo que habían podido determinar, toda la superficie de piedra de la plataforma los había acompañado, intercambiando su posición con la que había habido allí fuera. Al borde de la plataforma, un grupo subía por una rampa para reunirse con ellos. Una alezi bajita llamada Ristina fue contando a los hombres del puente y los soldados a medida que pasaban, haciendo anotaciones en su libro de cuentas.

—Sí que habéis tardado, brillante señora —comentó a Raven, cuyos ojos emitían un tenue brillo azul—. Los mercaderes ya empezaban a protestar.

Hacía falta luz tormentosa para alimentar el dispositivo, y algunas gemas del saco de Raven se habrían quedado secas en el proceso, pero lo curioso era que no costaba mucha más luz intercambiar a dos grupos que enviar solo a uno. En consecuencia, intentaban activar las Puertas Juradas cuando tenían a gente en los dos lados que quería desplazarse.

—Cuando vuelvan a cruzar aquí los mercaderes, diles que los Caballeros Radiantes no son sus porteros —replicó Raven—. Más les vale acostumbrarse a esperar, a no ser que encuentren la forma de jurar ellos mismos los Ideales.

Ristina puso una sonrisa traviesa y lo apuntó, como si pretendiera transmitir ese mensaje exacto. Cikatriz sonrió al verlo. Le gustaba ver a una escriba con sentido del humor. Raven abrió el paso por la ciudad de Narak, que había sido un fuerte parshendi y se había ido convirtiendo en un lugar de paso humano importante entre los campamentos de guerra y Urithiru. Sus edificios tenían una sorprendente robustez, bien construidos con crem y caparazón de conchagrande tallado. Cikatriz siempre había creído que los parshendi eran como los nómadas que vagaban entre Azir y Jah Keved. Imaginaba a unos parshendi salvajes y feroces, incivilizados, que se resguardaban de las tormentas en cuevas. Sin embargo, allí tenía una ciudad bien construida y trazada con esmero. Habían encontrado un edificio lleno de obras de arte en un estilo que desconcertó a las escribas alezi. Arte parshmenio. Habían seguido pintando incluso mientras libraban una guerra. Como si fueran… bueno, como si fueran gente normal. Miró a Shen… no, a Rlain, tenía que acordarse aunque costara, que estaba caminando con la lanza al hombro. Cikatriz se olvidaba de su presencia casi todo el tiempo, y tenía remordimientos por ello. Rlain era tan miembro del Puente Cuatro como cualquier otro, ¿verdad? ¿Preferiría haber estado pintando que luchando?

Rebasaron puestos de vigilancia repletos de soldados de Bellamy, y también de muchos otros uniformados en rojo y azul claro, los colores de Miles. Bellamy había puesto a trabajar a parte de los otros ejércitos, intentando evitar más escaramuzas entre soldados de distintos principados. Sin la lucha en las Llanuras Quebradas para mantenerlos centrados, los hombres empezaban a inquietarse. Dejaron atrás un numeroso grupo de soldados que practicaban con puentes en una meseta cercana. Cikatriz no pudo contener una sonrisa al ver sus uniformes y cascos negros. Las carreras en mesetas habían vuelto a instituirse, aunque más estructuradas y con el botín a repartir equitativamente entre los altos príncipes. Ese día era el turno de los Cascos Negros. Cikatriz se preguntó si alguno de ellos lo reconocería. Supuso que no, aunque en su momento les hubiera dado mucho de qué hablar. Solo había existido una forma lógica de obtener el material que necesitaba para su solicitud: robárselo al intendente de los Cascos Negros. Cikatriz había creído que alabarían su ingenio. Tenía tantas ganas de ser un Casco Negro que no había reparado en esfuerzos para lograrlo, ¿verdad?

Mentira. Su recompensa había sido una marca de esclavo y su posterior venta al ejército de Sadeas. Pasó las yemas de los dedos por las cicatrices de su frente. La luz tormentosa había curado las marcas de los demás, aunque ya se las hubieran cubierto con tatuajes, pero la suya seguía siendo otro hueco que lo separaba de sus compañeros. En esos momentos, era el único combatiente del Puente Cuatro que aún tenía su marca de esclavo. Bueno, él y Raven, cuyas cicatrices no sanaban, por algún motivo. Llegaron a la meseta de entrenamiento cruzando el viejo Puente Cuatro, sostenido en su lugar por unas guías de piedra creadas por moldeado de almas. Raven pidió conferenciar con sus tenientes mientras varios hijos de Roca montaban un mostrador para repartir agua. El alto comecuernos parecía más que entusiasmado de tener a su familia trabajando con él. Cikatriz se unió a Raven, Wallace, Marcus y Roca. Aunque estaban cerca unos de otros, habían dejado un evidente hueco en el lugar que debería haber ocupado Miller. A Cikatriz no le gustaba nada haber perdido por completo la pista a un miembro del Puente Cuatro, y el silencio de Raven al respecto pendía sobre ellos como el hacha de un verdugo.

—Me preocupa que nadie de los que practican con nosotros haya empezado a respirar luz tormentosa —dijo Raven.

—Solo han pasado dos semanas, señora —dijo Wallace.

—Es verdad, pero Syl opina que algunos «dan buena sensación», aunque no quiera decirme quiénes porque, según ella, estaría mal. —Raven señaló a los recién llegados—. Pedí a Khal que me enviara otra remesa de aspirantes, suponiendo que cuantos más tuviéramos, más probable sería encontrar nuevos escuderos. —Calló un momento—. No especifiqué que no pudieran ser ojos claros. A lo mejor tendría que haberlo hecho.

—No hay por qué, señora —dijo Cikatriz, señalando—. Ese de ahí es el capitán Colot, un buen hombre. Nos ayudaba a explorar.

—No sé si acaba de gustarme tener a ojos claros en el Puente Cuatro.

—¿Aparte de ti? —preguntó Cikatriz—. Y de Aden. Y en fin, de cualquiera de nosotros que obtenga su propia hoja esquirlada, y quizá de Roca, que creo que podría ser un ojos claros entre su gente, aunque los tenga oscuros.

—Muy bien, Cikatriz —dijo Raven—. Me doy por corregida. El caso es que no queda mucho tiempo antes de que me marche con Finn. Querría apretar más a los reclutas, a ver si apuntan maneras de poder jurar los Ideales. ¿Alguna idea?

—Arrójalos por borde de meseta —dijo Roca—. A los que vuelen los dejamos entrar.

—¿Alguna sugerencia seria? —pidió Raven.

—Déjame que los ponga a hacer unas formaciones —dijo Marcus.

—Buena idea —aceptó Raven—. Tormentas, ojalá supiéramos cómo se expandían los antiguos Radiantes. ¿Hacían campañas de reclutamiento o se limitaban a esperar a que alguien atrajera un spren?

—Pero entonces no serían escuderos —dijo Marcus rascándose la barbilla—, sino Radiantes completos, ¿verdad?

—Bien pensado —convino Wallace—. No tenemos nada que demuestre que los escuderos hemos dado un paso para convertirnos en Radiantes completos. A lo mejor, seguimos siendo tu equipo de apoyo para siempre. Y en ese caso, lo que importa no es la habilidad de cada individuo, sino lo que decidas tú. Quizá lo que decida tu spren. Tú los escoges, ellos se ponen a tu servicio y entonces empiezan a absorber luz tormentosa.

—Ajá —dijo Cikatriz, incómodo.

Todos lo miraron.

—El primero de vosotros que diga algo tranquilizador —amenazó Cikatriz— se lleva un puñetazo en la cara. O en el estómago, si no llego a tu tormentosa y estúpida cara de comecuernos.

—¡Ja! —exclamó Roca—. Podrías pegarme en la cara, Cikatriz. Te he visto saltar mucho. Casi pareces igual de alto que persona normal cuando lo haces.

—Marcus —dijo Raven—, ve yendo y pon a esos proyectos de recluta a hacer formaciones. Y di a los demás que vigilen el cielo. Me preocupa que haya más ataques a las caravanas. —Negó con la cabeza—. Hay algo en esas incursiones que no encaja. Los parshmenios de los campamentos de guerra, por lo que sabemos, han marchado hacia Alezkar. Pero ¿por qué nos siguen acosando esos Fusionados? No tendrán tropas aquí para aprovechar los problemas de suministros que provoquen.

Cikatriz cruzó la mirada con Wallace, que se encogió de hombros. A veces Raven se ponía a hablar de esa manera, distinta a la del resto de ellos. Los había entrenado a todos en formaciones y en el manejo de la lanza, y con toda probabilidad podían hacerse llamar soldados. Pero en realidad, solo habían combatido unas pocas veces. ¿Qué sabían ellos de cosas como la estrategia y la táctica en el campo de batalla?

Se separaron y Marcus se alejó al trote para entrenar a los reclutas potenciales. Raven puso al Puente Cuatro a entrenar el vuelo. Practicaron aterrizajes y luego hicieron cambios de velocidad bruscos en el aire, lanzándose de un lado al otro en formación y acostumbrándose a virar deprisa. Distraía un poco ver aquellas refulgentes líneas de luz apareciendo en el cielo. Cikatriz acompañó a Raven mientras esta observaba a los reclutas, que hacían formaciones. Los ojos claros no se quejaron ni una sola vez de que los hicieran formar junto a ojos oscuros. Raven y Marcus, y bueno, en realidad todos ellos, tenían tendencia a comportarse como si todos los ojos claros de algún modo pertenecieran a la realeza. Pero en realidad había muchísimos más de ellos que tenían empleos normales, aunque fuese cierto que esos empleos estaban mejor pagados que si un ojos oscuros se dedicara a lo mismo. Raven los estuvo mirando un rato y echó un vistazo a los hombres del Puente Cuatro que volaban por el cielo.

—Estoy pensando, Cikatriz —dijo— en qué importancia van a tener las formaciones para nosotros de ahora en adelante. ¿Podemos inventar algunas nuevas para usarlas volando? Todo cambia cuando el enemigo puede atacarte desde todas las direcciones.

Al cabo de una hora más o menos, Cikatriz fue a por agua y disfrutó de unas cuantas pullas bienintencionadas de los demás, que aterrizaron para beber un poco. No le molestó. Cuando había que preocuparse era si el Puente Cuatro no lo atormentaba a uno. El resto despegó al poco tiempo y Cikatriz los vio marcharse, lanzados al cielo. Dio un largo sorbo al refresco del día que había preparado Roca —él lo llamaba té, pero sabía a grano hervido— y reparó en que se sentía inútil. ¿Aquella gente, los nuevos reclutas, iban a empezar a brillar y quitarle el sitio en el Puente Cuatro? ¿Le asignarían otras tareas mientras otra persona se reía con la cuadrilla y lo pinchaban por ser bajito?

«¡A la tormenta! —pensó, tirando la taza a un lado—. Odio compadecerme de mí mismo.» No se había enfurruñado cuando lo rechazaron los Cascos Negros y no pensaba enfurruñarse ahora.

Estaba buscando gemas en el bolsillo, decidido a practicar un poco más, cuando vio a Lyn sentada en una roca cercana, mirando cómo hacían formaciones los reclutas. Estaba encorvada, y su postura denotaba frustración. En fin, esa sensación Cikatriz la conocía bien. Se echó la lanza al hombro y fue hacia ella. Las otras cuatro exploradoras habían ido al mostrador del agua, y Roca soltó una carcajada por algo que había dicho una.

—¿No te unes a ellos? —preguntó Cikatriz, señalando con el mentón a los nuevos reclutas que pasaban a la carrera.

—No sé nada de formaciones, Cikatriz. Nunca he hecho entrenamientos. Ni siquiera he sostenido nunca una tormentosa lanza. Yo llevaba mensajes y exploraba las llanuras. —Suspiró—. He sido lenta en aprender, ¿verdad? Ahora ha ido a traer gente nueva a la que probar, porque yo he fracasado.

—No digas bobadas —repuso Cikatriz mientras se sentaba a su lado en la enorme roca—. No te está echando. Raven solo quiere tener tantos aspirantes a recluta como pueda.

Ella meneó la cabeza.

—Todo el mundo sabe que ahora vivimos en un mundo nuevo, un mundo donde la categoría y el color de ojos ya no importan. Es algo glorioso. —Alzó la mirada hacia el cielo y los hombres que entrenaban en él—. Quiero formar parte de ello, Cikatriz. Es lo que más deseo.

—Ya.

Lyn lo miró, y quizá viera en los ojos de Cikatriz un reflejo de su propio sentimiento.

—Tormentas. Ni lo he pensado, Cikatriz. Para ti debe de ser peor.

Él se encogió de hombros, metió la mano en su bolsa y sacó una esmeralda grande como su pulgar. Centelleaba, incluso a plena luz del día.

—¿Has oído hablar de la primera vez que la capitana Bendita por la Tormenta absorbió luz?

—Nos lo contó ella. Fue un día, después de saber que podía hacerlo porque se lo dijo Marcus, y…

—No fue ese día.

—Ah, te refieres a cuando se curó —dijo ella—, después de la alta tormenta en la que la ataron fuera.

—Tampoco fue ese día. —Cikatriz sostuvo en alto la gema. Miró a través de ella a los hombres que hacían formaciones y se los imaginó cargando con un puente—. Yo estaba allí, en segunda fila. Carrera de puente. De las feas. Estábamos atacando la meseta y nos habían tendido una emboscada un montón de parshendi. Derribaron a toda la primera fila menos a Raven.

»Eso me dejó expuesto a mí, justo a su lado en segunda fila. En esos tiempos no tenías muchas posibilidades si corrías en la parte delantera. Los parshendi querían detener nuestro puente, así que centraron sus flechas en nosotros. En mí. Sabía que estaba muerto. Lo sabía. Vi venir las flechas y susurré una última oración, esperando que la próxima vida no fuera a ser tan mala.

»Y entonces… entonces las flechas se movieron, Lyn. Las muy tormentosas se desviaron hacia Raven. —Cikatriz dio la vuelta a la esmeralda y negó con la cabeza—. Se puede hacer un lanzamiento especial que obliga a las cosas a virar en el aire. Raven pintó la madera que había sobre sus manos con luz tormentosa y atrajo las flechas hacia ella, en vez de mí. Es la primera vez que puedo decir que supe que estaba pasando algo especial. —Bajó la gema y la metió en la mano de Lyn—. Ese día, Raven lo hizo sin ni siquiera saber lo que hacía. A lo mejor es que nos estamos esforzando demasiado, ¿sabes?

—¡Pero no tiene sentido! Dicen que tienes que absorberla. ¿Se puede saber qué significa eso?

—Ni idea —dijo Cikatriz—. Cada uno lo describe de una manera, y me estoy dejando los sesos intentando entenderlo. Hablan de una inhalación brusca, solo que en realidad no para respirar.

—Lo cual lo aclara muchísimo.

—A mí me lo cuentas —dijo Cikatriz, y dio unos golpecitos a la gema que tenía Lyn en la mano—. Cuando mejor le funcionaba a Raven era cuando no se tensaba. Le costaba más cuando se concentraba en hacerlo ocurrir.

—Entonces, ¿en teoría tengo que, por casualidad pero a propósito, respirar algo sin respirarlo y no esforzarme demasiado en hacerlo?

—¿A que dan ganas de atarlos a todos allá arriba en las tormentas? Pero sus consejos son lo único que tenemos, así que…

Lyn miró su gema, la alzó hacia su cara, cosa que no parecía relevante pero tampoco haría daño, e inspiró. No pasó nada, de modo que lo intentó otra vez. Y otra. Durante más de diez minutos.

—No sé, Cikatriz —dijo después, bajando la gema—. No paro de pensar que a lo mejor este no es mi sitio. Por si no te habías fijado, ninguna mujer, excepto Raven, lo ha conseguido. Casi me impuse para estar aquí con vosotros, cuando nadie me había pedido…

—Para —la interrumpió él, cogiendo la esmeralda y volviéndosela a poner delante—. No sigas por ahí. ¿Quieres ser Corredora del Viento?

—Más que nada en el mundo —susurró ella.

—¿Por qué?

—Porque quiero volar.

—No es suficiente. Raven no estaba pensando en quedarse fuera del grupo ni en lo estupendo que sería volar. Estaba pensando en salvarnos a los demás. En salvarme a mí. ¿Por qué quieres tú pertenecer a los Corredores del Viento?

—¡Porque quiero ayudar! ¡Quiero hacer algo que no sea quedarme quieta esperando a que el enemigo venga a por nosotros!

—Pues tienes una oportunidad, Lyn. Una que no se ha concedido a nadie en siglos, una posibilidad entre millones. O la aprovechas, y al hacerlo decides que eres digna, o te rindes y te marchas. —Volvió a dejarle la gema en la mano—. Pero si te vas, luego no valen quejas. Mientras sigas intentándolo, hay una posibilidad. Pero ¿si te rindes? Ahí es cuando muere el sueño.

Lyn lo miró a los ojos, cerró el puño en torno a la gema e inspiró con un movimiento claro y definido.

Y empezó a brillar.

Dio un gañido de sorpresa y abrió la mano, para encontrar la gema opaca. Miró a Cikatriz sobrecogida.

—¿Qué has hecho?

—Nada —dijo Cikatriz. Y ese era el problema. Pero aun así, descubrió que no podía tener celos de ella. Quizá esa fuese su tarea, ayudar a los demás a convertirse en Radiantes. ¿Entrenador, guía?

Marcus vio brillar a Lyn, llegó a la carrera y empezó a maldecir… pero eran maldiciones de las buenas que soltaba Marcus. La agarró del brazo y se la llevó hacia Raven. Cikatriz tomó una larga y satisfecha bocanada de aire. Bueno, ya era la segunda a quien ayudaba, contando a Roca. En fin, podría vivir con ello, ¿no?

Fue con paso tranquilo al mostrador de bebidas y cogió otra taza.

—¿Qué es este mejunje asqueroso, Roca? —preguntó—. No habrás confundido el agua de fregar con el té, ¿verdad?

—Es vieja receta comecuernos —dijo él—. Tiene orgullosa tradición.

—¿Como los saltitos?

—Como danza de guerra formal —respondió Roca—. Y como atizar a hombres del puente molestos en cabeza por no mostrar debido respeto.

Cikatriz dio media vuelta y apoyó una mano en la mesa mientras veía a una entusiasmada Lyn recibir a su grupo de exploradoras, que corría hacia ella. Se sentía bien por lo que había hecho. Quizá hasta demasiado bien. Emocionado, incluso.

—Creo que voy a tener que acostumbrarme a los apestosos comecuernos, Roca —dijo Cikatriz—. Estoy pensando en unirme a tu equipo de apoyo.

—¿Crees que te dejaría acercarte a mi caldero?

—Puede que nunca aprenda a volar. —Aplastó la parte de él que gimoteó al decirlo—. Voy a tener que aceptarlo. Así que buscaré otra forma de ayudar.

—Ja. ¿Y el hecho de que estés brillando con luz tormentosa ahora mismo no es factor para esa decisión?

Cikatriz se quedó inmóvil. Luego centró la mirada en su mano, que tenía delante de la cara, sosteniendo una taza. De ella brotaban menudas volutas de luz tormentosa que se arremolinaban. Soltó la taza con un grito y sacó del bolsillo un par de chips opacos. Había dado su gema de práctica a Lyn. Levantó la mirada hacia Roca y puso una sonrisa embobada.

—Supongo —dijo Roca— que tal vez podría ponerte a lavar platos. Aunque no dejas de tirar mis tazas al suelo. No es una muestra de respeto nada buena, y…

El comecuernos dejó la frase en el aire cuando Cikatriz salió corriendo hacia los demás, dando aullidos emocionados.