47. SE HA PERDIDO TANTO
Ciertamente, admiramos su iniciativa. Quizá si te hubieras dirigido a quien debías de entre nosotros con tu súplica, esta habría encontrado una recepción favorable.
Soy Wells, Heraldo de la Guerra. La época del Retorno, la Desolación, se acerca. Debemos prepararnos. Habréis olvidado mucho, tras la destrucción de los tiempos pasados. Becca os enseñará a forjar bronce, si lo habéis olvidado. Moldearemos bloques de metal directamente para vosotros. Ojalá pudiéramos enseñaros el acero, pero moldear almas es mucho más fácil que forjar, y necesitáis algo que podamos producir rápidamente. Vuestras herramientas de piedra no servirán contra lo que ha de venir. Gaia puede instruir a vuestros cirujanos, y Titus te enseñará liderazgo. Se ha perdido tanto entre los Retornos… Yo entrenaré a vuestros soldados. Deberíamos tener tiempo. Nia sigue hablando de un modo de impedir que se pierda la información tras las Desolaciones. Y habéis descubierto algo inesperado. Usaremos eso. Potenciadores que actúen como guardianes… Caballeros…
Los próximos días serán difíciles, pero con entrenamiento, la humanidad sobrevivirá. Debéis traerme a vuestros líderes. Los otros Heraldos se nos unirán pronto. Creo que llego tarde, esta vez. Creo… Temo, oh, Dios, haber fallado. No. No puede ser, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dónde estoy? Yo… soy Wells, Heraldo de la Guerra. La época del Retorno, la Desolación, se acerca…
Anya se estremeció mientras leía las palabras del demente. Pasó la página y vio que la siguiente estaba repleta de ideas similares, repetidas hasta la saciedad. No podía ser una coincidencia, y las palabras eran demasiado específicas. El Heraldo abandonado había llegado a Kholinar… y lo habían rechazado por loco. Se reclinó en su asiento mientras Marfil se acercaba a la mesa con tamaño humano. Tenía las manos a su espalda y vestía con su habitual y almidonado traje formal. El spren era todo de color negro azabache, tanto su vestimenta como sus rasgos, aunque en su piel se arremolinaba algo que recordaba a un prisma. Era como si a un mármol negro puro le hubieran dado una capa de aceite que reflejara colores ocultos. Marfil se frotó el mentón mientras leía las palabras. Anya había rechazado las amplias habitaciones con terrazas de la parte exterior de Urithiru, por contar con un acceso evidente para asesinos o espías. Su pequeño cuarto en el centro de la zona de Bellamy era mucho más seguro. Había bloqueado los orificios de ventilación con telas. El aire que llegaba desde el pasillo era suficiente para aquella estancia, y quería asegurarse de que nadie pudiera escucharla desde los conductos. En la esquina de su habitación, tres vinculacañas funcionaban sin descanso. Las había alquilado a un precio desmedido, hasta que pudiera adquirir unas nuevas. Estaban emparejadas con plumas de Tashikk que se habían entregado a uno de los mejores y más fiables centros de información del principado. Allí, a kilómetros y kilómetros de distancia, una escriba estaba copiando al pie de la letra todas las páginas de sus notas, que Anya les había enviado hacía tiempo para preservarlas.
—Este orador, Anya —dijo Marfil con su voz entrecortada y directa, dando unos golpecitos a la página que acababa de leer—, el que pronunció estas palabras, esa persona, es sin duda un Heraldo. Nuestras sospechas se cumplen. Los Heraldos son, y el caído sigue siendo.
—Tenemos que encontrarlo —dijo Anya.
—Debemos buscar en Shadesmar —propuso Marfil—. En este mundo, los hombres pueden esconderse con facilidad, pero sus almas refulgen a nuestros ojos en el otro lado.
—A menos que alguien sepa cómo ocultarlas.
Marfil miró la creciente pila de anotaciones del rincón. Una de las plumas había terminado de escribir y Anya se levantó para cambiarle el papel. Lexa había rescatado uno de sus baúles de notas, pero los otros dos se habían hundido con el barco. Por suerte, Anya había enviado aquellas copias de antemano.
¿O quizá daba igual? El folio recién escrito, cifrado con su propio código, contenía líneas y líneas de información que relacionaba a los parshmenios con los Portadores del Vacío. Anya había dedicado un esfuerzo tremendo a cada uno de sus pasajes, entresacándolos de escritos históricos. Pero su contenido había pasado a ser de conocimiento general. De un día para otro, Anya había dejado de ser una experta en la materia.
—Cuánto tiempo hemos perdido —dijo.
—Sí. Debemos recuperarlo, Anya. Es necesario.
—¿Y el enemigo?
—Se revuelve. Está iracundo. —Marfil meneó la cabeza a los lados y se arrodilló junto a ella mientras Anya cambiaba las hojas de papel—. No somos nada comparados con él, Anya. Se propone aniquilar mi especie y la tuya.
La vinculacaña se detuvo y otra empezó a escribir las primeras líneas de las memorias de Anya, en las que había trabajado de forma intermitente a lo largo de toda su vida. Había descartado una docena de intentos distintos y, empezando a leer el último, descubrió que tampoco le gustaba.
—¿Qué opinas de Lexa? —preguntó a Marfil, negando con la cabeza—. De la persona en que se ha convertido.
Marfil frunció el ceño y apretó los labios. Sus rasgos cincelados, demasiado angulosos para ser humanos, eran como los de una estatua empezada a tallar pero cuyo escultor había dejado a medias.
—Es… preocupante —dijo él.
—Por lo menos, eso no ha cambiado.
—No es estable.
—Marfil, tú crees que todos los humanos somos inestables.
—Tú no —respondió él, alzando el mentón—. Tú eres como un spren. Razonas a partir de hechos. No cambias por meros caprichos. Tú eres como eres.
Anya lo miró sin expresión.
—Casi siempre —añadió el spren—. Casi siempre. Pero es, Anya. Comparada con otros seres humanos, ¡prácticamente eres una piedra!
Anya suspiró, se levantó y pasó pegada a él para volver a su escritorio. Los desvaríos del Heraldo la miraban insistentes. Se sentó, notándose cansada.
—¿Anya? —dijo Marfil—. ¿Me… equivoco?
—No soy tan parecida a una piedra como crees, Marfil. A veces desearía serlo.
—Estas palabras te perturban —dijo él, volviendo de nuevo con ella y apoyando sus dedos negros en el papel—. ¿Por qué? Has leído muchas cosas perturbadoras.
Anya apoyó la espalda y oyó las tres vinculacañas raspando el papel, reproduciendo anotaciones que mucho se temía que acabarían resultando en su mayoría irrelevantes. Algo se agitó en su interior. Retazos del recuerdo de una sala oscura, chillando hasta dejarse la voz. Una enfermedad de su infancia que nadie más parecía recordar, pese a lo mucho que la había afectado. El trance le había enseñado que la gente que la amaba también podía hacerle daño.
—¿Alguna vez te has preguntado cómo sería perder la cordura, Marfil?
Marfil asintió.
—Me lo he preguntado. ¿Cómo no hacerlo, teniendo en cuenta lo que son los antiguos padres?
—Dices que soy una persona lógica —susurró Anya—. No es verdad, pues permito que me dominen mis pasiones tanto como la mayoría. Sin embargo, en los momentos de paz, mi mente siempre ha sido lo único en lo que podía confiar. Salvo en una ocasión.
Anya sacudió la cabeza y cogió de nuevo el papel.
—Temo perder eso, Marfil. Me aterroriza. ¿Cómo tuvieron que sentirse estos Heraldos, soportando que sus mentes dejaran de ser fiables poco a poco? ¿Están demasiado perdidos para saberlo? ¿O quizá tienen momentos lúcidos en los que se esfuerzan por clasificar sus recuerdos, intentando a la desesperada determinar cuáles son veraces y cuáles meras invenciones?
Tuvo un escalofrío.
—Los antiguos —volvió a decir Marfil, asintiendo.
No solía hablar de los spren que habían desaparecido durante la Traición. En esa época, Marfil y sus congéneres no eran más que chiquillos, o su equivalente spren. Estuvieron años, siglos, sin tener a spren de más edad que los criaran y los guiaran. Los tintaspren solo habían empezado a recobrar en los últimos tiempos la cultura y la sociedad que perdieron cuando los hombres abandonaron sus votos.
—Tu protegida —dijo Marfil—. Su spren. Un críptico.
—¿Eso es malo?
Marfil asintió con la cabeza. Prefería los ademanes sencillos y directos. Nunca se lo veía encogerse de hombros.
—Los crípticos son problemáticos. Disfrutan con las mentiras, Anya. Las devoran con fruición. Si pronuncias una sola palabra falsa en una conversación, se acumulan siete de ellos a tu alrededor. Sus zumbidos te llenan los oídos.
—¿Habéis guerreado contra ellos?
—No se guerrea contra los crípticos como se hace contra los honorspren. Los crípticos solo son dueños de una ciudad y no desean gobernar ninguna más. Solo ansían escuchar. —Dio un golpecito en la mesa—. Quizá este sea mejor, por el vínculo.
Marfil era el único tintaspren de la nueva generación que había formado un vínculo Radiante. Algunos de los suyos habrían preferido matar a Anya que permitir a Marfil arriesgarse a hacer lo que hizo. El spren tenía un aire de nobleza, con su espalda recta y su actitud dominante. Podía cambiar de tamaño a voluntad, pero no de aspecto, salvo cuando se hallaba por completo en el Reino Físico, manifestado en forma de hoja esquirlada. Había adoptado el nombre de Marfil como símbolo de rebeldía. No era lo que los suyos decían que era, y no se rendiría a lo que decretara el destino. La diferencia entre los spren elevados como él y los spren emotivos normales radicaba en su capacidad para decidir cómo actuar. Era una contradicción viviente. Igual que los seres humanos.
—Lexa ya no quiere hacerme caso —dijo Anya—. Reacciona en contra de todo lo que le digo, por trivial que sea. Estos últimos meses actuando por su cuenta han cambiado a esa niña.
—Nunca obedeció bien, Anya. Es quien es.
—Antes, por lo menos fingía que le interesaban mis enseñanzas.
—Pero afirmas que los humanos deberían cuestionar más su lugar en la vida. ¿Acaso no dijiste que demasiado a menudo aceptan supuestas verdades como hechos?
Anya dio un golpe en la mesa con los nudillos.
—Tienes razón, por supuesto. ¿Por qué no preferir que se retuerza contra sus limitaciones a que viva feliz retenida en ellas? Que me obedezca o no es un asunto banal. Pero sigue preocupándome su capacidad de controlar su situación, de no permitir que sus impulsos la controlen a ella.
—¿Y cómo cambiarlo, si es?
Excelente pregunta. Anya buscó entre los papeles que tenía en el pequeño escritorio. Había recopilado informes de sus confidentes en los campamentos de guerra, al menos de los que habían sobrevivido, sobre Lexa. La chica de veras lo había hecho bien durante la ausencia de Anya. Quizá lo que necesitara aquella niña no fuese más estructura, sino más desafíos.
—Las diez órdenes vuelven a ser —dijo Marfil a su espalda.
Durante años habían estado solo ellos dos, Marfil y Anya. Marfil se había mostrado esquivo a la hora de vaticinar si los demás spren inteligentes fundarían de nuevo sus órdenes o no. Sin embargo, el spren siempre había dicho estar convencido de que los honorspren, y en consecuencia los Corredores del Viento, jamás regresarían. Sus intentos de gobernar Shadesmar no los habían congraciado con las otras especies, al parecer.
—Diez órdenes —dijo Anya—. Todas ellas terminaron en la muerte.
—Todas excepto una —matizó Marfil—. Esa, en cambio, vivió en la muerte.
Anya se volvió y trabó la mirada con el spren. Marfil no tenía pupilas, solo aquella especie de aceite que centelleaba por encima de algo profundamente negro.
—Debemos decir a los demás lo que descubrimos gracias a Sagaz, Marfil. En algún momento debe conocerse el secreto.
—Anya, ¡no! Sería el final. Otra Traición.
—La verdad no me ha destruido a mí.
—Tú eres especial. Ningún conocimiento es que pueda destruirte. Pero los otros…
Anya le sostuvo la mirada un momento y luego recogió los papeles amontonados.
—Ya veremos —dijo, y los llevó a la mesa para encuadernarlos.
