49. NACIDO PARA LA LUZ
VEINTITRÉS AÑOS ANTES
Bellamy juntó los dedos y los movió, frotando el musgo seco de color marrón rojizo contra sí mismo. El desagradable sonido rasposo le recordó al de un cuchillo recorriendo hueso. Sintió el calor al instante, como un ascua. Una fina voluta de humo se alzó de sus dedos encallecidos, llegó debajo de su nariz y se separó en torno a su cara. Todo se difuminó: el escándalo que armaban demasiados hombres en una sala, el mohoso olor de sus cuerpos apretados unos contra otros. La euforia lo envolvió como una repentina luz solar en un día nuboso. Liberó un prolongado suspiro. Ni siquiera lo molestó que Bashin le diera un codazo sin querer. En casi cualquier otro sitio, su condición de alto príncipe le habría valido una burbuja de espacio, pero en la mugrienta mesa de madera de aquel tugurio mal iluminado, la clase social era irrelevante. Allí, con una buena bebida y un poco de ayuda apretada entre los dedos, por fin podía relajarse. Allí no importaba a nadie lo presentable que estuviese, o si había bebido demasiado. Allí no tenía que escuchar informes de rebeliones e imaginarse a sí mismo en aquellos campos, resolviendo problemas por la vía directa. Espada en mano, Emoción en su corazón…
Frotó el musgo con más brío. «No pienses en la guerra. Solo vive el momento, como suele decir Evi.»
Havar volvió a la mesa con bebidas. El hombre delgado y barbudo estudió el banco abarrotado, dejó las tazas y tiró al suelo a un borracho casi inconsciente. Se apretó a lado de Bashin. Havar era ojos claros, y de buena familia. Había pertenecido a la elite de Bellamy cuando eso todavía significaba algo, pero desde entonces se le habían otorgado tierras y una alta categoría social. Era de los pocos que no saludaban a Bellamy con tanto ímpetu que hasta se oía. En cambio, Bashin… Bueno, Bashin era un tipo raro. Ojos oscuros del primer nahn, era un hombre grueso que había viajado por medio mundo y animaba a Bellamy a acompañarlo a visitar el otro medio. Seguía llevando el mismo ridículo sombrero blando de ala ancha.
Havar gruñó y repartió las bebidas.
—Sentarme a tu lado, Bashin, sería más fácil si tu panza no abarcara medio banco.
—Solo intento cumplir con mi deber, brillante señor.
—¿Tu deber?
—Los ojos claros necesitan gente que los obedezca, ¿verdad? Pues yo me aseguro de que tengas mucho sirviéndote, por lo menos medido en peso.
Bellamy cogió su jarra, pero no bebió. De momento, el musgoardiente estaba haciendo su trabajo. El suyo no era el único humo que se alzaba en la sombría cámara de piedra. Gavilar odiaba el musgo, pero claro, en los últimos tiempos a Gavilar le gustaba mucho su vida. En el centro de la oscura sala, un par de parshmenios estaban apartando mesas y, al terminar, empezaron a dejar chips de diamante en el suelo. Los hombres se apartaron, dejando espacio a un extenso anillo de luz. Dos hombres descamisados llegaron cruzando la multitud. La atmósfera general de conversación balbuciente se convirtió en una algarabía de rugidos emocionados.
—¿Vamos a apostar? —preguntó Havar.
—Claro —respondió Bashin—. Van tres marcos de granate por el más bajo.
—Te acepto la apuesta —dijo Havar—, pero no el dinero. Si gano, quiero tu sombrero.
—¡Trato hecho! ¡Ja! ¿Así que por fin reconoces lo elegante que es?
—¿Elegante? Tormentas, Bashin. Lo que quiero es hacerte un favor y quemarlo de una vez.
Bellamy se reclinó, con la mente embotada por el musgoardiente.
—¿Quemar mi sombrero? —dijo Bashin—. Tormentas, Havar, cómo te pasas. Y todo porque envidias mi porte airoso.
—Lo único airoso que tiene ese sombrero es el aire que se dan las mujeres para huir cuando lo ven.
—Es exótico. Del oeste. Todo el mundo sabe que la buena moda llega del oeste.
—Sí, de Liafor y Yezier. ¿De dónde dices que sacaste ese sombrero?
—Del Lagopuro.
—¡Ah, ese bastión de la cultura y la moda! ¿La próxima vez irás de compras a Bavlandia?
—A las camareras les da igual una cosa que otra —refunfuñó Bashin—. De todas formas, ¿podemos ver la pelea y ya está? Tengo ganas de sacarte esos marcos. —Cogió una jarra, pero se tocó el sombrero con preocupación.
Bellamy cerró los ojos. Se sentía como si pudiera flotar, quizá echar una cabezadita sin preocuparse por Evi ni soñar con la guerra…
Dentro del círculo, dos cuerpos toparon con un chasquido. El sonido, los gruñidos de esfuerzo de los luchadores que intentaban sacarse uno al otro del círculo, le recordó a la batalla. Bellamy abrió los ojos, soltó el musgo y se inclinó hacia delante. El luchador de menor estatura esquivó la presa del otro con destreza. Rodaron en torno al otro, agachados, con las manos preparadas. Cuando volvieron a encontrarse, el más bajito empujó al otro y lo desequilibró. «Tiene mejor pose —pensó Bellamy—. Se mantiene bajo. El más alto está demasiado acostumbrado a ganar a base de fuerza y tamaño. No ha entrenado nada.»
Los dos forcejearon, desplazándose hacia el borde del círculo, y el más alto consiguió hacer tropezar al otro para caer los dos al suelo. Bellamy se levantó mientras los parroquianos que tenía delante levantaban las manos y vitoreaban.
El desafío. La lucha.
«Esas cosas me llevaron a estar a punto de matar a Gavilar.»
Bellamy volvió a sentarse.
Ganó el hombre de menor estatura. Havar suspiró, pero hizo rodar unas esferas brillantes en dirección a Bashin.
—¿Doble o nada en el siguiente combate?
—Qué va —dijo Bashin, sopesando los marcos—. Con esto debería tener suficiente.
—¿Para qué?
—Para pagar a unos pocos jóvenes refinados e influyentes por ponerse sombreros como el mío —respondió Bashin—. Créeme, cuando se conozcan, los va a llevar todo el mundo.
—Eres un idiota.
—Vale, pero un idiota a la moda.
Bellamy bajó la mano al suelo y recogió el musgoardiente. Lo dejó en la mesa y lo miró un momento antes de dar un trago a su jarra de vino. Empezó el siguiente combate de lucha y Bellamy hizo una mueca cuando los dos adversarios chocaron. Tormentas. ¿Por qué se metía siempre en situaciones como aquella?
—Bellamy —dijo Havar—, ¿se sabe algo ya de cuándo iremos a la Grieta?
—¿La Grieta? —preguntó Bashin—. ¿Qué pasa con la Grieta?
—¿Estás tonto o qué?
—No —dijo Bashin—, pero puede que borracho sí. ¿Qué pasa con la Grieta?
—Se rumorea que quieren entronar a su propio alto príncipe —explicó Havar—, el hijo del antiguo. ¿Cómo se llamaba?
—Tanalan —dijo Bellamy—. Pero no iremos a la Grieta, Havar.
—Pero el rey no puede permitir que…
—No iremos nosotros —dijo Bellamy—. Tú tienes hombres a los que entrenar, y yo… —Bellamy bebió más vino—. Yo voy a ser padre. Mi hermano puede resolver el problema de la Grieta con diplomacia.
Havar se echó hacia atrás en el asiento y soltó la jarra en la mesa, despreocupado.
—El rey no puede andarse con política si hay una rebelión abierta, Bellamy.
Bellamy cerró el puño en torno al musgoardiente, pero no lo frotó.
¿Qué parte de su interés en la Grieta se debía a su deber de proteger el reino de Gavilar y qué parte era su anhelo por volver a sentir la Emoción?
Condenación. Últimamente se sentía solo medio hombre.
Un luchador había sacado a otro del círculo, moviendo las luces. Se anunció el ganador y un parshmenio corrió a volver a colocar los chips de diamante en su sitio. Mientras lo hacía, un maestro de sirvientes se acercó a la mesa de Bellamy.
—Mis disculpas, brillante señor —susurró—, pero debes saberlo. El combate principal va a tener que cancelarse.
—¿Cómo? —dijo Bashin—. ¿Qué pasa? ¿Makh no va a luchar?
—Mis disculpas —repitió el maestro de sirvientes—, pero su adversario tiene problemas de estómago. El combate debe cancelarse.
Al parecer, la voz ya iba corriendo por el tugurio. El gentío manifestó su desagrado con abucheos y maldiciones, gritos y bebidas derramadas. Al lado del círculo había un hombre alto y calvo, con el pecho descubierto, que señalaba al interior y discutía con los organizadores ojos claros, mientras los furiaspren bullían en el suelo a su alrededor. A Bellamy aquel estruendo le sonó como una llamada a la batalla. Cerró los ojos y la aspiró, hallando en ella una euforia muy superior a la del musgo. Tormentas. Tendría que haberse emborrachado más. Iba a ceder. Puestos a ceder, mejor que fuese ya. Tiró el musgoardiente a un lado, se levantó y se quitó la camisa.
—¡Bellamy! —lo llamó Havar—. ¿Qué haces?
—Gavilar dice que tengo que preocuparme más de las tribulaciones de nuestra gente —dijo Bellamy, subiéndose a la mesa—. Aquí parece haber una sala entera llena de tribulaciones.
Havar lo miró boquiabierto.
—Apuesta por mí —dijo Bellamy—, por los viejos tiempos. —Saltó de la mesa por el otro lado y se internó en la muchedumbre—. ¡Que alguien diga a ese hombre que tiene un contrincante!
El silencio se extendió desde él como un mal olor. Bellamy llegó al borde del círculo en un tugurio silencioso por completo, repleto de hombres que hasta el momento se habían mostrado belicosos, tanto ojos claros como oscuros. El luchador, Makh, dio un paso atrás con los ojos verdes oscuros muy abiertos, mientras desaparecían los furiaspren. Tenía una complexión poderosa y brazos abultados como si estuvieran a punto de estallar. Se decía que jamás había sido derrotado.
—¿Y bien? —dijo Bellamy—. Tú quieres luchar y yo necesito entrenamiento.
—Brillante señor —dijo el hombre—, esto iba a ser un lance libre, en el que se permiten todos los golpes y agarres.
—Excelente —repuso Bellamy—. ¿Qué pasa, tienes miedo de hacer daño a tu alto príncipe? Te prometo clemencia por cualquier herida que me lleve.
—¿Hacerte daño a ti? —se sorprendió el hombre—. Tormentas, lo que me asusta no es eso.
Se estremeció a ojos vistas y una mujer thayleña, quizá su representante, le dio un golpe en el brazo para reprocharle su mala educación. El luchador hizo una inclinación y se marchó. Bellamy recorrió el tugurio con la mirada y encontró un mar de rostros que de repente parecían muy incómodos. Al parecer, se había saltado algún tipo de regla. La reunión se disolvió y los parshmenios recogieron las esferas del suelo. Por lo visto, Bellamy había juzgado mal la importancia que tenía la categoría social en aquel lugar. Lo toleraban como observador, pero no como participante. Condenación. Dio un leve gruñido mientras volvía a su banco, seguido por aquellos furiaspren del suelo. Cogió su camisa a Bashin de un manotazo. Cuando marchaba con su elite, cualquier hombre, desde el lancero más humilde hasta los capitanes de mayor renombre, habría luchado o librado combates de práctica contra él. Tormentas, se había enfrentado hasta al cocinero varias veces, para gran diversión de todos los presentes. Se sentó y se puso la camisa, enfadado. Había arrancado los botones al quitársela tan deprisa. La cámara quedó en silencio mientras se marchaba más gente, y Bellamy se quedó sentado allí, tenso, con músculos que aún esperaban la pelea que jamás tendría lugar. Sin Emoción. Sin nada que lo llenara. Al poco tiempo se había quedado solo con sus amigos, contemplando mesas vacías, tazas dejadas a medias y bebidas derramadas. Por algún motivo, el tugurio tenía peor aspecto que cuando había estado abarrotado.
—Supongo que es para bien, brillante señor —dijo Havar.
—Quiero volver a estar rodeado de soldados, Havar —susurró Bellamy—. Quiero marchar otra vez. Cuando mejor duerme un hombre es después de una larga travesía. Y Condenación, quiero pelear. Quiero enfrentarme a alguien que no contenga los golpes porque soy un alto príncipe.
—¡Pues busquemos esa pelea, Bellamy! —exclamó Havar—. Seguro que el rey dejará que nos vayamos. Si no a la Grieta, que sea a Herdaz o a alguna isla. ¡Podemos procurarle tierra, gloria y honor!
—Había algo en cómo ha hablado ese luchador —dijo Bellamy—. Estaba convencido de que iba a hacerle daño. —Bellamy tamborileó con los dedos en la mesa—. ¿Se ha espantado por mi reputación general o por algo más concreto?
Bashin y Havar se miraron.
—¿Cuándo fue? —preguntó Bellamy.
—Una pelea de taberna —dijo Havar—, hará unas… ¿dos semanas? ¿La recuerdas?
Bellamy solo recordaba una monótona neblina interrumpida por una luz, un estallido de color en su vida. Una emoción. Exhaló.
—Me dijisteis que todos estaban bien.
—Sobrevivieron —dijo Havar.
—Uno… uno de los luchadores a los que te enfrentaste nunca volverá a andar —reconoció Bashin—. A otro tuvieron que amputarle el brazo. Y otro balbucea como un bebé. Ya no le funciona el cerebro.
—Eso no es ni de lejos estar bien —espetó Bellamy.
—Perdona, Bellamy —dijo Havar—, pero si te enfrentas al Espina Negra, más vale que no esperes acabar mucho mejor.
Bellamy cruzó los brazos sobre la mesa e hizo rechinar los dientes. El musgoardiente no funcionaba. Sí, le daba un breve arrebato de euforia, pero servía solo para hacer que anhelara el trance más intenso de la Emoción. Incluso allí mismo se notaba en ascuas, con ganas de destrozar la mesa y todo lo que había en la sala. Había estado más que dispuesto a pelear, se había rendido a la tentación y le habían arrebatado el placer de entre los dedos. Sintió toda la vergüenza de perder el control, pero nada de la satisfacción de poder luchar de verdad. Bellamy cogió su jarra, pero estaba vacía. ¡Padre Tormenta! La arrojó por los aires y se levantó, queriendo chillar.
Por suerte, lo distrajo que se abriese la puerta trasera del tugurio de lucha y la visión de un rostro pálido y conocido. Toh llevaba ya un tiempo vistiendo ropa alezi, ese día uno de los trajes nuevos que prefería Gavilar, pero no le sentaba nada bien. Era demasiado larguirucho. Nadie confundiría a Toh, con su paso demasiado cauto y su inocencia de ojos desorbitados, con un militar.
—¿Bellamy? —dijo, contemplando las bebidas derramadas y las lámparas de esferas cerradas que había en las paredes—. Los guardias me han dicho que te encontraría aquí. Hum… ¿esto era una fiesta?
—Ah, Toh —dijo Havar, reclinándose en su asiento—. ¿Cómo iba a ser una fiesta sin ti?
Los ojos de Toh se desviaron un instante fugaz hacia el montoncito de musgoardiente que había caído al suelo.
—Nunca entenderé qué les ves a estos sitios, Bellamy.
—Solo viene para conocer mejor a la gente común, brillante señor —dijo Bashin, guardándose el musgoardiente en el bolsillo—. Ya sabes cómo somos los ojos oscuros, siempre revolcándonos en la depravación. Necesitamos buenos modelos de conducta que…
Se interrumpió al ver que Bellamy levantaba el brazo. No necesitaba subordinados que lo encubrieran
—¿Qué ocurre, Toh?
—¡Ah! —exclamó el rirano—. Iban a enviar un mensajero, pero quería darte yo la noticia. Es mi hermana. Llega un poco pronto, pero las matronas no se han sorprendido. Dicen que es natural cuando…
Bellamy dio un respingo, como si acabara de encajar un puñetazo en la boca del estómago. Pronto. Matronas. Hermana.
Salió corriendo hacia la puerta y no oyó nada más de lo que dijo Toh.
Evi tenía el aspecto de haber luchado en una batalla.
Bellamy había visto la misma expresión muchas veces en los rostros de los soldados: la misma frente sudorosa, la misma mirada medio abotargada y somnolienta. Agotaspren, como chorros de polvo en el aire. Eran los signos de una persona obligada a ir más allá de lo que se creía capaz de hacer. Evi sonreía con una calmada satisfacción. En sus ojos se leía la victoria. Bellamy apartó a los entregados cirujanos y comadronas y llegó a la cama de Evi, que le tendió una mano flácida. Su mano izquierda, envuelta solo en una fina funda que terminaba en la muñeca. Para un alezi habría sido una señal de intimidad. Pero Evi aún prefería usar esa mano.
—¿El bebé? —susurró él, cogiéndole la mano.
—Una niña. Sana y fuerte.
—Una niña. ¿Tengo… tengo una hija? —Bellamy cayó de rodillas al lado de la cama—. ¿Dónde está?
—Están limpiándola, mi señor —dijo una comadrona—. La devolverán pronto.
—Botones arrancados —susurró Evi—. ¿Estabas peleándote otra vez, Bellamy?
—Solo me distraía un poco.
—Es lo que dices cada vez.
Bellamy le apretó la mano a través de la funda, demasiado exultante para molestarse por la regañina.
—Toh y tú vinisteis a Alezkar porque queríais que alguien os protegiera. Buscabas un luchador, Evi.
Ella le devolvió el apretón en la mano. Un ama de cría se acercó con un fardo en brazos y Bellamy alzó la mirada, aturdido, incapaz de ponerse en pie.
—Bueno —dijo la mujer—, muchos hombres tienen aprensión al principio cuando…
Calló a media frase cuando Bellamy encontró sus fuerzas y le arrebató a la niña de los brazos. Sostuvo a la chica en alto con las dos manos y soltó una carcajada aullante, mientras los glorispren aparecían a su alrededor como esferas doradas.
—¡Mi hija! —bramó.
—¡Mi señor! —exclamó la mujer—. ¡Ten cuidado!
—Es una Griffin —dijo Bellamy, acunando a la niña—. Está hecha de material robusto.
Miró a la niña, que tenía la cara roja, se retorcía y lanzaba golpes al aire con sus puños diminutos. Tenía el pelo de un grosor inaudito, mezcla de negro y rubio. Buenos colores. Inconfundibles.
«Ojalá tengas la fuerza de tu padre —pensó Bellamy, rozando la carita de la niña con un dedo—, y por lo menos un poco de la compasión de tu madre, pequeña.»
Mirando aquella cara, henchido de júbilo, Bellamy por fin lo comprendió. Por eso Gavilar pensaba tanto en el porvenir, en Alezkar, en confeccionar un reino que perdurara en el tiempo. Hasta ese momento, la vida de Bellamy lo había manchado de carmesí y le había pisoteado el alma. Su corazón tenía tanto crem incrustado que podría haber sido una piedra. Pero esa chica… podría gobernar el principado, apoyar a su primo, el rey, y llevar una vida de honor.
—¿Su nombre, brillante señor? —preguntó Ishal, una envejecida fervorosa del Devotario de Pureza—. Querría quemar las glifoguardas como es debido, con tu permiso.
—Su nombre… —dijo Bellamy—. Clar —«Luz.» Miró a Evi, que asintió, conforme.
—¿Sin sufijo, mi señor?
—Ke —susurró Bellamy. «Nacido para»—. Clarke.
Era un buen nombre, tradicional, lleno de significado.
De mala gana, Bellamy entregó la niña a las amas de cría, que a su vez lo devolvieron con su madre y le explicaron que era importante que el bebé aprendiera a mamar cuando antes. Casi todos los presentes empezaron a desfilar fuera de la habitación para dejarles intimidad y, mientras lo hacían, Bellamy reparó en la presencia de una figura regia al fondo. ¿Cómo no había visto antes a Gavilar?
Su hermano lo cogió del brazo y le dio una buena palmada en la espalda mientras salían del dormitorio. Bellamy estaba tan arrebatado que casi ni lo notó. Tenía que celebrarlo, pagar copas a todos los hombres del ejército, declarar un día festivo, o al menos correr por toda la ciudad desgañitándose en vítores gozosos. ¡Era padre!
—Un día excelente —dijo Gavilar—. Un día de lo más excelente.
—¿Cómo lo contienes? —le preguntó Bellamy—. ¿Este entusiasmo?
Gavilar compuso una amplia sonrisa.
—Dejo que el entusiasmo sea mi recompensa por el trabajo que he hecho.
Bellamy asintió y luego observó a su hermano.
—¿Qué ocurre? —le preguntó—. Algo va mal.
—Nada.
—No me mientas, hermano.
—No quiero arruinarte este día tan maravilloso.
—Dar vueltas a esto me lo arruinará más que cualquier cosa que puedas decir, Gavilar. Desembucha.
El rey meditó un momento y entonces señaló con la cabeza hacia la sala de estar de Bellamy. Cruzaron el recibidor, entre muebles demasiado vistosos, coloridos, con diseños florales y lujosos cojines. En parte era culpa del gusto de Evi, pero también era, sin más, la vida que había pasado a llevar. Lo que era lujoso era su vida. La sala de estar le gustaba más. Unas pocas sillas, una chimenea, una sencilla alfombra. Una cómoda con diversos vinos exóticos y potentes, cada cual en su reconocible botella. Eran de los que casi daba pena beber por no estropear la exhibición.
—Es tu hija —aventuró Bellamy—. Su demencia.
—Anya está bien, ya se recupera. No es eso.
Gavilar frunció el ceño con expresión peligrosa. Había aceptado llevar corona tras mucho debate. El Hacedor de Soles no la había llevado, y según las historias Titus las rechazaba también. Pero la gente adoraba los símbolos, y la mayoría de los reyes occidentales portaban coronas. Gavilar había aceptado una diadema de hierro negro. Cuanto más encanecía Gavilar, más visible resultaba la corona. Un sirviente había encendido la chimenea, aunque ardía baja, con un solo llamaspren arrastrándose entre las brasas.
—Estoy fracasando —dijo Gavilar.
—¿Qué?
—Rathalas. La Grieta.
—Pero creía…
—Propaganda —explicó Gavilar—. Con la intención de acallar las voces críticas en Kholinar. Tanalan está reuniendo un ejército y asentándolo en sus fortificaciones. Y lo que es peor, creo que los otros altos príncipes lo están animando. Quieren ver cómo me enfrento a esto. —Hizo una mueca desdeñosa—. Dicen por ahí que me he vuelto blando con la edad.
—Pues se equivocan. —Bellamy lo había visto, viviendo con Gavilar los últimos meses. Su hermano no se había ablandado.
Tenía la misma ansia de conquistar que siempre, solo que la enfocaba desde otro ángulo. El choque de palabras, las maniobras para obligar a los principados a situarse donde no tuvieran más remedio que acatar su mando. Las brasas del hogar parecían latir como un corazón.
—¿Alguna vez piensas en la época en que este reino fue de veras grandioso, Bellamy? —preguntó Gavilar—. Cuando la gente admiraba a los alezi. Cuando los reyes buscaban su consejo. Cuando éramos… Radiantes.
—Traidores —dijo Bellamy.
—¿El acto de una sola generación niega las muchas anteriores de dominio? Reverenciamos al Hacedor de Soles cuando su reino duró un parpadeo, y pasamos por alto los siglos enteros en los que los Radiantes nos guiaron. ¿Durante cuántas Desolaciones defendieron a la humanidad?
—Esto… —Los fervorosos hablaban de eso en sus plegarias, ¿verdad? Trató de adivinarlo—. ¿Diez?
—Un número sin significado —dijo Gavilar, moviendo los dedos—. Los historiadores dicen que fueron diez porque suena significativo. En todo caso, mis esfuerzos diplomáticos han fracasado. —Se volvió hacia Bellamy—. Ha llegado el momento de demostrar al reino que no somos blandos, hermano.
«Oh, no.» Unas horas antes, habría dado saltos emocionados. Pero después de ver a esa niña…
«Volverás a alegrarte en unos días —se dijo Bellamy—. Los hombres no pueden cambiar en un instante.»
—Gavilar —susurró—, estoy preocupado.
—Sigues siendo el Espina Negra, Bellamy.
—No me preocupa no ser capaz de ganar batallas. —Bellamy se levantó tan deprisa que tiró su silla al suelo. Empezó a dar vueltas por la sala casi sin darse cuenta—. Soy como un animal, Gavilar. ¿Te has enterado de la pelea en la taberna? Tormentas, no se me puede soltar donde haya gente.
—Eres lo que el Todopoderoso ha hecho de ti.
—Te estoy diciendo que soy peligroso. Por supuesto que puedo aplastar ese pequeño levantamiento y bañar un poco en sangre a Juramentada. Estupendo. Maravilloso. Y luego, ¿qué? ¿Vuelvo y me encierro otra vez en una jaula?
—Quizá… podría tener algo que te ayude.
—Bah. He intentado llevar una vida tranquila. Al contrario que tú, no soporto esta rencilla política interminable. ¡Necesito algo más que simples palabras!
—Es solo que has estado intentando contenerte. Has apartado de ti la sed de sangre, pero no la has reemplazado con otra cosa. Ve a cumplir mis órdenes y luego vuelve y podremos seguir hablando.
Bellamy se detuvo cerca de su hermano y entonces dio un paso deliberado al interior de su sombra. «Recuerda esto. Recuerda que lo sirves a él.» Jamás regresaría a ese estado que casi lo llevó a atacar al hombre que tenía delante.
—¿Cuándo cabalgaré hacia la Grieta? —preguntó Bellamy.
—No lo harás.
—Pero acabas de decir…
—Te envío a la batalla, pero no contra la Grieta. Nuestro reino está amenazado desde fuera. Hay una dinastía nueva que nos acosa desde Herdaz, donde se ha alzado con el poder una casa reshi. Y los veden están saqueando Alezkar por el sudoeste. Ellos afirman que se trata de bandidos, pero son fuerzas demasiado organizadas. Es una prueba para ver cómo reaccionamos.
Bellamy asintió despacio.
—Quieres que vaya a luchar en nuestras fronteras. Que recuerde a todo el mundo que seguimos siendo capaces de empuñar la espada.
—Exacto. Estamos en un momento peligroso, hermano. Los altos príncipes me cuestionan. ¿Merece tantos problemas una Alezkar unificada? ¿Por qué inclinarse ante un rey? Tanalan es la manifestación de sus dudas, pero se ha cuidado mucho de no caer en una rebelión abierta. Si lo atacas, los otros altos príncipes podrían unirse tras los rebeldes. Podríamos partir el reino y tendríamos que volver a empezar desde el principio.
»Eso no voy a permitirlo. Tendré una Alezkar unificada cueste lo que cueste. Aunque deba pegar tan fuerte a los altos príncipes que se vean obligados a fundirse entre sí por el calor de los golpes. Tienen que recordar. Ve primer a Herdaz, y luego a Jah Keved. Recuerda a todo el mundo por qué te temen.
Gavilar miró a Bellamy a los ojos. No, no era blando. Solo pensaba como un rey. Gavilar Griffin consideraba el futuro a largo plazo, pero era tan decidido como siempre.
—Así se hará —dijo Bellamy. Tormentas, aquel día había sido una tempestad de emociones.
Bellamy se dirigió a la puerta. Quería ver otra vez a la niña.
—¿Hermano? —lo llamó Gavilar.
Bellamy dio media vuelta y contempló a Gavilar, bañado por la sangrienta luz de un fuego que se extinguía.
—Las palabras son importantes —dijo Gavilar—. Mucho más de lo que les concedes.
—Tal vez —repuso Bellamy—. Pero si fuesen todopoderosas, no necesitarías mi espada, ¿verdad?
—Quizá. No puedo evitar la sensación de que las palabras bastarían, si tan solo supiera pronunciar las adecuadas.
