50. SHASH TREINTA Y SIETE

También te prohibimos que regreses a Obrodai. Hemos reclamado ese mundo, y una nueva avatar de nuestro ser está empezando a manifestarse allí.

Todavía es joven, por lo que, a modo de precaución, se le ha infundido una intensa y abrumadora aversión por ti.

Para Bellamy, volar daba una sensación muy parecida a navegar por el océano. Había algo muy desconcertante en ir en barco, sujeto a los vientos y a las corrientes. Los hombres no controlaban las olas: se limitaban a zarpar y rezar para que el mar no decidiera consumirlos. Volar junto a la capitana provocaba algunas de esas mismas emociones en Bellamy. Por una parte, la vista de las Llanuras Quebradas era esplendorosa. Casi podía verles la pauta que había mencionado Lexa. Por otra parte, viajar de aquel modo era profundamente antinatural. Los vientos los zarandeaban, y si uno movía las manos o arqueaba la espalda como no debía, salía despedido en una dirección distinta a la de todos los demás. Raven no paraba de revolotear de un lado para otro, ajustando el rumbo de quienes lo habían perdido por el viento. Y si uno miraba hacia abajo y se paraba a considerar la altura a la que estaba…

En fin, Bellamy no era un hombre asustadizo, pero aun así se alegraba de tener la mano de Echo en la suya. A su otro lado volaba Finn y, más allá, Kadash y una fervorosa joven y bonita que estaba al servicio de Echo como erudita. Los cinco iban escoltados por Raven y diez escuderos suyos. Los Corredores del Viento llevaban entrenando sin pausa tres semanas seguidas ya, y por fin Raven, después de practicar haciendo volar a grupos de soldados hacia y desde los campamentos de guerra, había aceptado conceder a Bellamy y al rey una travesía similar.

«Es como ir en barco», pensó Bellamy. ¿Cómo sería estar allí arriba durante una alta tormenta? Era la forma en que Raven planeaba llevar al equipo de Finn a Kholinar, hacerlos volar en el frente de la tormenta para que su luz tormentosa se renovara sin parar.

Estás pensando en mí, envió a su mente el Padre Tormenta. Puedo sentirlo.

—Pienso en como tratas a los barcos —susurró Bellamy. Su voz física se perdió en el viento, pero el significado llegó sin obstáculos al Padre Tormenta.

Los hombres no deberían estar sobre las aguas en una tormenta, respondió él. Los hombres no pertenecen a las olas.

—¿Y al cielo? ¿Los hombres pertenecen al cielo?

Algunos sí. Pareció que lo decía a regañadientes.

Bellamy solo podía imaginar lo terrible que debía ser navegar en plena tormenta. Él solo había hecho recorridos cortos en barco, muy pegado a la costa.

«No, espera —pensó—. Hubo uno, claro. Un viaje al Valle…»

Apenas recordaba esa travesía, aunque de ello no podía culpar solo a la Vigilante Nocturna.

La capitana Raven se acercó planeando. Era la única que de verdad parecía controlar su vuelo. Incluso sus hombres maniobraban más como rocas dejadas caer que como anguilas aéreas. Carecían de su fineza, de su control. Aunque los escuderos podrían ayudar si algo salía mal, Raven había sido la única en aplicar los lanzamientos a Bellamy y los demás. Decía que necesitaba practicar para cuando volara hacia Kholinar. Raven tocó a Finn y el rey empezó a perder velocidad. Luego Raven fue pasando por todos, ralentizándolos uno a uno. Al terminar, los elevó de forma que estuvieran lo bastante cerca para poder hablar. Sus soldados se quedaron flotando en las inmediaciones.

—¿Algo va mal? —preguntó Bellamy, tratando de ignorar el hecho de que flotaba a decenas de metros sobre el suelo.

—Nada —dijo Raven, y señaló.

Con el viento en los ojos, Bellamy no había podido distinguir los campamentos de guerra, diez círculos parecidos a cráteres que se extendían a lo largo del borde noroccidental de las Llanuras Quebradas. Desde aquella altura, era evidente que en otro tiempo habían sido cúpulas. Era la forma en que se curvaban las murallas, como dedos entrecerrados desde abajo. Dos campamentos seguían teniendo una ocupación plena, y Sebarial había destinado efectivos a reclamar el bosque cercano. El campamento del propio Bellamy estaba menos poblado, pero albergaba unos pocos pelotones y algunos trabajadores.

—¡Qué rápido hemos llegado! —se sorprendió Echo. Su pelo era un revoltijo zarandeado por el viento, después de que buena parte escapara de su meticulosa trenza. Finn no había salido mucho mejor parado, y el pelo le huía de la cara como unas cejas thayleñas enceradas. Los dos fervorosos, por supuesto, iban rapados y no tenían de qué preocuparse.

—Muy rápido —convino Finn, volviéndose a abrochar unos botones del uniforme—. Promete mucho, de cara a nuestra misión.

—Sí —dijo Raven—. Todavía quiero hacer unas pruebas más delante de una tormenta. Tocó al rey en el hombro y Finn empezó a descender.

Raven los envió a todos hacia abajo uno tras otro, y cuando sus pies por fin tocaron de nuevo la piedra, Bellamy suspiró aliviado. Estaban solo a una meseta de distancia del campamento de guerra, donde un soldado de una garita los saludó haciendo urgentes aspavientos. Al cabo de pocos minutos, una tropa de soldados Griffin los había rodeado.

—Es mejor que te llevemos dentro de las murallas, brillante señor —dijo su capitán, con la mano en el pomo de su espada—. Los cabezas de concha siguen activos por aquí fuera.

—¿Han atacado tan cerca de los campamentos? —preguntó Finn, sorprendido.

—No, pero no significa que no vayan a hacerlo, majestad.

A Bellamy no lo inquietaba tanto, pero no dijo nada mientras los soldados lo llevaban con los demás al interior del campamento, donde la brillante Jasalai, la alta y majestuosa mujer que Bellamy había puesto al mando, los recibió para acompañarlos. Después de pasar tanto tiempo en los ajenos pasillos de Urithiru, recorrer aquel lugar, que además había sido el hogar de Bellamy durante cinco años, era relajante. En parte se debía a que encontró el campamento de guerra más o menos intacto: había soportado bastante bien la tormenta eterna. La mayoría de los edificios eran refugios de piedra, y la parte occidental de la antigua cúpula le había proporcionado un sólido cortavientos.

—Lo único que me preocupa —dijo Bellamy a Jasalai después de un recorrido breve— es la logística. Hay una larga marcha desde Narak y la Puerta Jurada. Temo que, al dividir nuestras fuerzas entre Narak, aquí y Urithiru, incrementemos nuestra vulnerabilidad ante un ataque.

—Así es, brillante señor —repuso la mujer—. Estoy trabajando con el único objetivo de proporcionarte opciones.

Por desgracia, seguramente necesitarían aquel espacio para establecer granjas, por no mencionar la leña. Las carreras en mesetas para obtener gemas no podía mantener para siempre a la población de la ciudad, y mucho menos teniendo en cuenta las estimaciones de Lexa, según las cuales era muy probable que hubieran dado caza a los abismoides hasta casi extinguirlos. Bellamy lanzó una mirada a Echo. Su esposa creía que deberían fundar un nuevo reino allí, en las Llanuras Quebradas y su entorno. Traer granjeros, retirar a los soldados más mayores y empezar a producir a una escala mucho mayor que la que hubieran intentado jamás. Otros no estaban de acuerdo con ella. Había un motivo para que las Montañas Irreclamadas no tuvieran una gran densidad de población. La vida allí sería inclemente: los rocabrotes no crecían tanto y las plantaciones serían menos productivas. Y además, ¿fundar un reino nuevo en plena Desolación? Sería mejor proteger lo que tenían. Seguramente Alezkar podría alimentar Urithiru, pero eso dependía de que Raven y Finn recuperasen la capital.

El recorrido desembocó en una comida en el refugio de Bellamy, en su antigua sala de estar, que parecía austera después de que casi todos los muebles y las alfombras se hubieran enviado a Urithiru. Después de comer, Bellamy se quedó junto a la ventana, con una extraña sensación de estar fuera de lugar. Había abandonado aquel campamento hacía solo diez semanas, pero el lugar le resultaba al mismo tiempo muy familiar y ya no de su propiedad. A su espalda, Echo y su joven escriba comían fruta mientras comentaban en voz baja unos bocetos que había hecho Echo.

—¡Ah, pero creo que los demás necesitan experimentarlo, brillante! —dijo la escriba—. El vuelo ha sido toda una experiencia. ¿Cómo de rápido crees que volábamos? Yo opino que quizá nos hayamos movido a una velocidad que ningún humano ha alcanzado desde la Traición. ¡Piénsalo, Echo! Sin duda, íbamos más deprisa que el caballo o barco más rápido del mundo.

—Céntrate, Rushu —dijo Echo—. Mi boceto.

—No creo que estos cálculos sean correctos, Brillante. No, es imposible que esa vela aguante.

—No pretende ser exacto del todo —dijo Echo—. Es solo un concepto. Mi pregunta es si puede funcionar.

—Necesitaremos reforzarlo más. Sí, desde luego hace falta más refuerzo. Y también está el mecanismo del timón… al que sin duda le falta trabajo. Pero es muy buena idea, brillante. Tiene que verlo Falilar; él sabrá determinar si puede construirse o no.

Bellamy apartó la mirada de la ventana y la cruzó con Echo, que sonrió. Ella siempre aseguraba que no era un erudita, sino una patrona de eruditos. Decía que su cometido era animar y guiar a los auténticos científicos. Cualquiera que viese la luz de sus ojos mientras sacaba otro papel y bosquejaba su idea con más detalle sabría que estaba siendo demasiado modesta. Echo empezó otro dibujo, pero enseguida paró y miró a un lado, donde había instalado una vinculacaña. El rubí estaba brillando intermitente.

«¡Fen!», pensó Bellamy. La reina de Thaylenah le había pedido que, en la alta tormenta de aquella mañana, Bellamy la enviara a la visión de Aharietiam, de la que sabía por las crónicas publicadas de las visiones de Bellamy. Él la había enviado a la visión sin supervisarla, aunque con reparos.

Llevaban desde entonces esperando a que hablara de su experiencia, a que dijera cualquier cosa. Por la mañana no había respondido a sus solicitudes de conversación. Echo dispuso la vinculacaña para que escribiera. Lo hizo solo durante un instante.

—Sí que ha sido breve —dijo Bellamy, volviéndose hacia Echo.

—Solo una palabra —informó ella. Lo miró a los ojos—. «Sí.»

Bellamy vació los pulmones de un suspiro. Fen estaba dispuesta a visitar Urithiru. ¡Por fin!

—Dile que le enviaremos a un Radiante. —Se apartó de la ventana y miró a Echo redactar la respuesta. En su cuaderno de bocetos, entrevió una especie de aparato parecido a un barco, pero con la vela por debajo. ¿Qué podía ser?

Fen pareció satisfecha con dejar ahí la conversación, y Echo volvió a su debate de ingeniería, por lo que Bellamy se escabulló de la sala. Recorrió su refugio, que le pareció hueco. Como la corteza de una fruta con la pulpa sacada a cucharadas. Sin sirvientes correteando de un lado a otro, sin soldados. Raven y sus hombres se habían marchado a alguna parte, y Kadash se habría metido en el monasterio del campamento. El fervoroso tenía muchas ganas de visitarlo, y Bellamy había agradecido su disposición a volar con Raven. No habían hablado mucho desde su enfrentamiento en la sala de prácticas. Bueno, quizá ver el poder del Corredor del Viento con sus propios ojos mejoraría la opinión de Kadash sobre los Radiantes. Bellamy se sorprendió (y se alegró en secreto) de comprobar que no había guardias apostados en la puerta trasera del refugio. Salió en solitario y se dirigió al monasterio del campamento de guerra. No estaba buscando a Kadash; tenía otro objetivo. Tardó poco en llegar al monasterio, que tenía el mismo aspecto que la mayoría del campamento. Era una agrupación de edificios con la misma construcción lisa y redondeada. Creado a partir del aire por moldeadores de almas alezi. El complejo tenía unos pocos edificios pequeños y hechos a manos de piedra tallada, pero parecían más refugios que lugares de culto. Bellamy nunca había querido que los suyos olvidaran que estaban en guerra. Paseó entre los edificios y descubrió que, sin guía, no sabía orientarse con tanta estructura casi idéntica. Se detuvo en un patio entre construcciones. El aire olía a piedra mojada por la alta tormenta, y a su derecha vio un agradable grupo de esculturas de cortezapizarra, con forma de pilas de platos cuadrados. El único sonido era el agua que goteaba de los aleros de los edificios. Tormentas. Debería saber moverse en su propio monasterio, ¿verdad? «Pero ¿con qué frecuencia lo visitaste, a lo largo de todos tus años en los campamentos de guerra?» Había pretendido ir más a menudo y hablar con los fervorosos del devotario de su elección.

Pero siempre tenía algo más urgente que hacer y, además, los fervorosos insistían en que no hacía falta que acudiera. Ya habían orado y quemado glifoguardas ellos en su nombre, que era para lo que los altos señores poseían fervorosos. Incluso durante sus días más oscuros de guerra, le habían asegurado que al obedecer su Llamada comandando sus ejércitos estaba sirviendo al Todopoderoso. Bellamy se agachó para entrar en una construcción que estaba dividida en muchas salas de oración pequeñas. Recorrió un pasillo y cruzó un portón de tormenta para salir al patio, que aún tenía un leve aroma a incienso. Le parecía de locos que los fervorosos se hubieran enfadado con él después de adiestrarlo toda su vida para hacer lo que le viniera en gana. Pero había desequilibrado la balanza. Había sacudido la barca. Caminó entre braseros llenos de ceniza húmeda. A todo el mundo le gustaba el sistema que tenían. Los ojos claros podían vivir sin culpas ni pesares, siempre con la certeza de ser manifestaciones activas de la voluntad de Dios. Los ojos oscuros tenían acceso gratuito a la formación en una gran diversidad de habilidades. Los fervorosos podían dedicarse a sus estudios. Los mejores de ellos dedicaban su vida al servicio. Los peores dedicaban su vida a la indolencia, pero ¿qué otra cosa iban a hacer las familias importantes de ojos claros con sus hijos desmotivados?

Le llamó la atención un ruido y abandonó el patio hacia un pasillo oscuro. Llegaba luz de una habitación al fondo, y Bellamy no se sorprendió de encontrar en ella a Kadash. El fervoroso estaba moviendo unos libros y registros de la caja fuerte de una pared a un morral que tenía en el suelo. En un escritorio garabateaba una vinculacaña. Bellamy entró en la habitación. El fervoroso tuvo un sobresalto, pero se tranquilizó al ver que era Bellamy.

—¿Es necesario que volvamos a tener esta conversación, Bellamy? —preguntó, volviendo su cara surcada por una cicatriz hacia el morral.

—No —dijo Bellamy—. En realidad, no venía buscándote a ti. Quiero encontrar a un hombre que vivía aquí. Un loco que afirmaba ser un Heraldo.

Kadash ladeó la cabeza.

—Ah, sí. ¿El que tenía una hoja esquirlada?

—Sabemos de todos los demás pacientes del monasterio, que están a salvo en Urithiru, pero de algún modo él desapareció. Iba a ver si en su cuarto había alguna indicación de lo que fue de él.

Kadash lo miró, intentando estimar su sinceridad. Suspiró y se levantó.

—Es un devotario distinto al mío —dijo—, pero aquí tengo registros de ocupación. Debería poder decirte en qué habitación se alojaba.

—Gracias.

Kadash hojeó una pila de libros de cuentas.

—Edificio shash —dijo por fin, señalando distraído por la ventana—. Ese de ahí. Habitación treinta y siete. Las instalaciones las dirigía Insah. En sus registros vendrán los detalles del tratamiento del demente. Si su partida del campamento de guerra se pareció en algo a la mía, seguro que se dejó aquí casi todos sus papeles. —Hizo un ademán hacia la caja fuerte y su morral.

—Gracias —dijo Bellamy. Fue hacia la salida.

—Crees que el demente era de verdad un Heraldo, ¿me equivoco?

—Creo que es probable.

—Hablaba con acento alezi campestre, Bellamy.

—Y parecía makabaki —replicó Bellamy—. Solo eso ya lo hace extraño, ¿no te parece?

—Las familias de inmigrantes no son tan raras.

—¿Ni las que poseen hojas esquirladas?

Kadash se encogió de hombros.

—Pongamos que al final acabara encontrando a uno de los Heraldos —dijo Bellamy—. Pongamos que pudiéramos confirmar su identidad y que tú aceptaras esa prueba. ¿Lo creerías a él si te dijera las mismas cosas que te he asegurado yo?

Kadash suspiró.

—Seguro que querrías saberlo si el Todopoderoso estuviese muerto, Kadash —insistió Bellamy, regresando al interior de la estancia—. Dime que no querrías.

—¿Sabes lo que significaría? Significaría que no existe base espiritual para tu gobierno.

—Lo sé.

—¿Y las cosas que hiciste para conquistar Alezkar? —dijo Kadash—. No habría mandato divino, Bellamy. Todos aceptan lo que hiciste porque tus victorias demostraban el favor del Todopoderoso. Sin él… ¿qué serías tú?

—Respóndeme, Kadash. ¿De verdad preferirías no saberlo?

Kadash miró hacia la vinculacaña, que había dejado de escribir. Negó con la cabeza.

—No lo sé, Bellamy. Desde luego, más fácil sí sería.

—¿Y no es ese el problema? ¿Qué ha requerido jamás todo esto de hombres como yo? ¿Cuándo nos ha exigido algo a ninguno de nosotros?

—Requirió que fueras lo que eres.

—Lo cual se cumple por definición —dijo Bellamy—. Tú eras espadachín, Kadash. ¿Habrías podido mejorar sin adversarios a los que enfrentarte? ¿Habrías ganado fuerza sin pesos que levantar? Pues en el vorinismo, nos hemos pasado siglos evitando los adversarios y los pesos.

De nuevo, Kadash amagó una mirada a la vinculacaña.

—¿Qué es? —preguntó Bellamy.

—Dejé aquí casi todas mis vinculacañas —explicó Kadash—, cuando te acompañé al centro de las Llanuras Quebradas. Solo me llevé la que estaba enlazada a un puesto fervoroso de transferencia en Kholinar. Creía que con esa tendría suficiente, pero ya no funciona. He tenido que valerme de intermediarios en Tashikk.

Kadash subió una caja del suelo al escritorio y la abrió. Dentro había cinco vinculacañas más con rubíes que daban luces parpadeantes, indicando que alguien había intentado establecer contacto con Kadash.

—Estas enlazan con los líderes del vorinismo en Jah Keved, Herdaz, Kharbranth, Thaylenah y Nueva Natanan —dijo Kadash, señalándolas una por una—. Han tenido una reunión por vinculacaña hoy mismo, para tratar la naturaleza de la Desolación y la tormenta eterna. Y quizá también la tuya. Les mencioné que hoy iba a recuperar mis vinculacañas. Por lo visto, la reunión les ha dado unas ganas atroces de hacerme más preguntas.

Dejó que el silencio cuajara entre ellos, medido solo por el brillo intermitente de las cinco luces rojas.

—¿Y la que estaba escribiendo? —preguntó Bellamy.

—Enlaza con el Palaneo, con los directores de la investigación vorin allí. Están trabajando en el Canto del alba, aprovechando las pistas que les dio la brillante Echo a partir de tus visiones. Lo que me han enviado son pasajes relevantes de las traducciones que tienen en proceso.

—Pruebas —dijo Bellamy—. Querías pruebas sólidas de que las cosas que veía son reales. —Avanzó a grandes pasos y cogió a Kadash por los hombros—. ¿Has esperado a que terminara esa pluma antes de responder a los líderes del vorinismo?

—Quería contar con todos los hechos.

—¡Entonces sabes que las visiones son reales!

—Acepté hace tiempo que no estabas loco. Ahora viene a ser más bien cuestión de quién puede estar influyendo en ti.

—¿Por qué iban a proporcionarme esas visiones los Portadores del Vacío? —preguntó Bellamy—. ¿Por qué iban a concedernos grandes poderes, como el que nos ha traído volando hasta aquí? No es una hipótesis racional, Kadash.

—Tampoco lo es lo que andas diciendo del Todopoderoso. —Alzó una mano para interrumpir la réplica de Bellamy—. De verdad que no quiero volver a tener esta discusión. Me pediste una prueba de que estamos siguiendo los preceptos del Todopoderoso, ¿verdad?

—Todo lo que te pedí, y lo único que quiero, es la verdad.

—Pues ya la tenemos. Te la mostraré.

—Espero que así sea —dijo Bellamy, caminando hacia la puerta—, pero ¿Kadash? En mi dolorosa experiencia, la verdad puede ser simple, pero rara vez es fácil.

Bellamy pasó al edificio de al lado y fue contando las habitaciones. Tormentas, aquel sitio daba sensación de cárcel. Casi todas las puertas estaban abiertas, dejándole ver las cámaras idénticas del otro lado: todas tenían un ventanuco, una losa a modo de cama y una gruesa puerta de madera. Los fervorosos sabían lo que más convenía a los enfermos, pues tenían acceso a las últimas investigaciones mundiales en todos los campos, pero ¿de verdad era necesario encerrar a los dementes de ese modo?

La número treinta y siete estaba cerrada con llave. Bellamy sacudió la puerta y luego embistió con el hombro contra ella. Tormentas, sí que era gorda. Sin pensarlo, sacó la mano a un lado e intentó invocar su hoja esquirlada. No ocurrió nada.

¿Qué estás haciendo?, exigió saber el Padre Tormenta.

—Perdona —dijo Bellamy, agitando la mano y recuperándola—. Es la costumbre.

Se acuclilló e intentó mirar por debajo de la puerta, y entonces ahogó un grito, horrorizado de pronto por la idea de que hubieran podido dejar al hombre allí dentro sin más y que hubiera muerto de hambre. No podía haber sucedido, ¿verdad que no?

—Mis poderes —dijo Bellamy, levantándose—. ¿Puedo utilizarlos?

¿Adherir cosas?, respondió el Padre Tormenta. ¿De qué te serviría para abrir una puerta? Eres un Forjador de Vínculos, de modo que enlazas cosas, no las divides.

—¿Y mi otra Potencia? —insistió Bellamy—. Aquel Radiante de la visión hizo que la piedra se deformara y ondulara.

No estás preparado. Además, esa Potencia es distinta para ti de lo que es para un Custodio de la Piedra.

En fin, por lo que había podido ver Bellamy por debajo de la puerta, parecía haber luz en la habitación. Quizá tuviera una ventana al exterior de la que pudiera valerse. De camino hacia fuera, fue asomando la cabeza a las salas de los fervorosos hasta encontrar un despacho como el de Kadash. No vio ninguna llave, aunque en el escritorio aún había plumas y tinta. Se habían marchado a toda prisa, por lo que era probable que en la caja fuerte de la pared quedaran registros, pero por supuesto, Bellamy no podía abrirla. Tormentas. Echaba de menos tener una hoja esquirlada. Rodeó el exterior del edificio para comprobar la ventana, y al llegar se sintió estúpido por haber dedicado tanto tiempo a intentar cruzar la puerta. Alguien ya había cortado un hueco en la piedra de fuera, con los distintivos y marcados tajos de una hoja esquirlada. Bellamy pasó al cuarto evitando los cascotes de la pared, que habían caído hacia dentro, lo que indicaba que el portador de esquirlada había cortado desde fuera. No encontró a ningún demente. Con toda probabilidad, los fervorosos habían visto el hueco y habían seguido evacuando sin darle más importancia. La noticia de que había un agujero extraño no se habría filtrado hasta sus dirigentes. No halló nada que le sugiriera hacia dónde había ido el Heraldo, pero al menos sabía que había un portador de esquirlada implicado. Una persona poderosa había querido entrar en aquella habitación, lo que confería más credibilidad si cabe a la afirmación del loco de ser un Heraldo. Entonces, ¿quién se lo había llevado? ¿O le habían hecho algo en vez de llevárselo? ¿Qué pasaba con el cuerpo de un Heraldo cuando moría? ¿Podía haber llegado alguien más a la misma conclusión que Anya?

Cuando ya estaba a punto de marcharse, Bellamy vislumbró algo en el suelo al lado de la cama. Se arrodilló, ahuyentó a un cremlino y recogió un objeto pequeño. Era un dardo, verde y enrollado en cordel amarillo. Frunció el ceño mientras le daba vueltas entre los dedos. Luego alzó la mirada cuando oyó que alguien llamaba su nombre desde lejos. Encontró a Raven en el patio del monasterio, buscándolo. Bellamy se acercó a su lado y le entregó el pequeño dardo.

—¿Habías visto alguna vez una cosa parecida, capitana?

Raven meneó la cabeza. Olisqueó la punta y enarcó las cejas.

—Está envenenado. Con algún derivado de la ruinaoscura.

—¿Estás segura? —preguntó Bellamy, recuperando el dardo.

—Mucho. ¿Dónde lo has encontrado?

—En la cámara donde estaba retenido el Heraldo. —Raven gruñó.

—¿Necesitas más tiempo para seguir buscando?

—No demasiado —dijo Bellamy—. Aunque me vendría bien que invocaras tu hoja esquirlada.

Poco después, Bellamy entregó a Echo los registros que había sacado de la caja fuerte de la fervorosa. Guardó el dardo en un saquito y se lo dio también a ella, con una advertencia sobre la punta envenenada. Uno tras otro, Raven los envió a todos al cielo, donde sus hombres del puente los atraparon y usaron luz tormentosa para estabilizarlos. Bellamy fue el último y, cuando Raven extendió la mano hacia él, lo cogió del brazo.

—Quieres practicar el vuelo delante de una tormenta, capitana —dijo Bellamy—. ¿Podrías llegar hasta Thaylenah?

—Es probable que sí —respondió Raven—. Si me lanzara hacia el sur con toda la velocidad que puedo alcanzar.

—Ve, pues —dijo Bellamy—. Llévate a alguien para practicar el lanzamiento en otra persona delante de una tormenta si quieres, pero llega hasta Ciudad Thaylen. La reina Fen está dispuesta a unirse a nosotros, y quiero esa Puerta Jurada activa. El mundo ha dado un vuelco en nuestras mismas narices, capitana. Los dioses y los Heraldos guerreaban, y nosotros estábamos demasiado atentos a nuestros mezquinos problemas para darnos cuenta siquiera.

—Iré en la próxima alta tormenta —dijo Raven, y envió a Bellamy disparado por los aires.