51. EL CÍRCULO SE CIERRA

Esto es todo lo que diremos por el momento. Si deseas más, busca estas aguas en persona y supera las pruebas que hemos creado.

Solo así podrás granjearte nuestro respeto.

Miller no caía bien a los parshmenios de su nuevo trineo. No le importaba. Últimamente tampoco se caía demasiado bien a sí mismo. No esperaba ni necesitaba su admiración. Sabía lo que era ser pisoteado, despreciado. Cuando a alguien lo habían tratado como a ellos, no confiaba en alguien como Miller. La reacción natural era que se preguntara qué intentaba obtener de él. A los pocos días de estar remolcando el trineo de los parshmenios, el paisaje empezó a cambiar. Los llanos abiertos dejaron paso a colinas cultivadas. La caravana pasó ante enormes y extensos parapetos, crestas de piedra artificiales construidas clavando resistentes barreras de madera en el suelo para recolectar crem durante las tormentas. El crem se endurecía e iba creando poco a poco un montículo en el lado expuesto a las tormentas. Al cabo de unos años, se añadía madera encima para que el parapeto fuese creciendo a lo alto. Los parapetos tardaban generaciones en alcanzar una altura que sirviera de algo, pero allí, cerca de los centros poblados más antiguos de Alezkar, eran habituales. Parecían olas petrificadas, firmes y rectas por la cara occidental, suaves e inclinadas por la otra. A su sombra había inmensos huertos extendidos en hileras, cultivados de modo que los árboles no pasaran de la altura de un hombre. El extremo occidental de esos huertos era una franja desigual de árboles partidos. Tras la llegada de la tormenta eterna, no quedaría más remedio que erigir barreras también hacia el oeste. Miller esperaba que los Fusionados quemaran los huertos, pero no lo hicieron. Durante una pausa para beber, Miller observó a una de ellos, una mujer alta que flotaba cuatro metros sobre el suelo con las puntas de los pies hacia abajo. Tenía la cara más angulosa que los parshmenios. Parecía un spren por la forma en que levitaba, impresión que se acentuaba por su ropa ondeante. Miller se apoyó contra su trineo y dio un sorbo a su odre. Había una supervisora cerca vigilándolos a él y a los parshmenios de su cuadrilla. Era nueva, la sustituta del supervisor al que él había dado un puñetazo. Pasaron unos cuantos Fusionados más a caballo, haciendo trotar a los animales con una familiaridad evidente.

«Esa variedad no vuela —pensó—. Pueden rodearse de luz oscura, pero no les permite hacer lanzamientos. Será otra cosa. —Volvió a mirar a la Portadora del Vacío más cercana, la que flotaba en el aire—. Pero estos no caminan casi nunca. Es del mismo tipo que los que me capturaron.»

Raven no podría haberse mantenido en el aire tanto tiempo como ellos. Se le habría terminado la luz tormentosa.

«Está estudiando esos huertos —pensó Miller—. Parece impresionada.»

La mujer giró en el aire y se fue volando, con su ropa suelta formando una estela tras ella. Aquellos ropajes demasiado largos molestarían a casi todo el mundo, pero en una criatura que estaba volando la mayor parte del tiempo, el efecto era hipnótico.

—Esto no es como debería ser —dijo Miller.

Un parshmenio de su cuadrilla gruñó.

—A mí me lo cuentas, humano.

Miller miró de soslayo al hombre, que se había sentado a la sombra de su trineo cargado de madera. El parshmenio era alto y tenía las manos ásperas y la piel casi toda negra, con franjas rojas. Los otros lo llamaban Sah, un sencillo nombre de ojos oscuros alezi. Miller señaló los Portadores del Vacío con el mentón.

—Se suponía que tenían que arrasarlo todo implacables, destruyendo todo a su paso. Son literalmente encarnaciones de la destrucción.

—¿Y qué? —preguntó Sah.

—Que esa de ahí —dijo Miller, señalando la Portadora del Vacío que volaba— está contenta de haber encontrado huertos. Solo han quemado unos pocos pueblos. Parecen tener intención de conservar Revolar y trabajar en ella. —Miller negó con la cabeza—. Se suponía que esto era un apocalipsis, pero en los apocalipsis no se cultiva.

Sah volvió a gruñir. No parecía saber más de todo aquello que Miller, pero ¿por qué debería saberlo? Se había criado en una comunidad rural del Alezkar. Todo lo que sabía de historia y religión, lo había oído filtrado por la perspectiva humana.

—No tendrías que hablar tan a la ligera de los Fusionados, humano —dijo Sah, levantándose—. Son peligrosos.

—No sabría decirte —replicó Miller mientras pasaban otros dos por encima—. La que yo maté cayó bastante fácil, aunque no creo que esperara que yo fuese capaz de resistirme.

Entregó su odre de agua a la supervisora cuando pasó a recogerlos y vio que Sah se lo había quedado mirando boquiabierto.

«Igual no tendría que haber comentado que maté a uno de sus dioses», pensó Miller mientras ocupaba su puesto en la línea, el último, el más pegado al trineo, obligado a mirar una espalda sudorosa de parshmenio todo el día.

Empezaron a tirar de nuevo, y Miller se preparó para otro duro día de trabajo. Los huertos significaban que la propia Kholinar estaba a poco más de un día de distancia a paso tranquilo. Supuso que los Portadores del Vacío los forzarían para llegar a la capital al anochecer. Por tanto, lo sorprendió que el ejército se desviara de la ruta directa. Se internaron entre las colinas hasta llegar a un pueblo, uno de los muchos suburbios de Kholinar. No se acordaba de su nombre, pero tenía una taberna agradable que recibía bien a los caravaneros. Estaba claro que existían más ejércitos de los Portadores del Vacío recorriendo Alezkar, porque esa ciudad la habían tomado varios días antes, si no semanas. Había parshmenios patrullándola y los únicos humanos que vio ya estaban trabajando en los campos. Cuando llegó el ejército, los Portadores del Vacío sorprendieron de nuevo a Miller seleccionando a algunos hombres que habían tirado de carros y trineos y liberándolos. Eran los más débiles, los que peor lo habían pasado en el camino. Los supervisores los enviaron caminando con esfuerzo hacia Kholinar, que seguía demasiado lejos aún para verla.

«Intentan cargar la ciudad con refugiados —pensó Miller—, con los que ya no valen para trabajar ni para combatir.»

El grueso del ejército se trasladó a los grandes refugios para tormentas de aquel suburbio. No atacarían la ciudad de inmediato. Los Portadores del Vacío dejarían descansar a sus tropas, se prepararían y asediarían la capital. De joven se había preguntado por qué no había suburbios a menos de un día andando desde Kholinar. De hecho, no había nada entre sus murallas y el lugar donde estaban, solo llanuras vacías. Incluso las colinas se habían aplanado minándolas hacía siglos. El propósito le resultó evidente en ese momento. Si alguien quería sitiar Kholinar, no podría acercar su ejército más allá de donde estaban. No podría acampar a la sombra de la ciudad, porque se lo llevaría por delante la primera tormenta. En el pueblo, los trineos de suministros se dividieron: unos los enviaron por una calle que le pareció inquietantemente vacía y el suyo bajó por otra. Hasta pasaron por delante de la taberna que le gustaba, la Torre Caída. Vio el glifo tallado en la piedra a sotavento. Por fin ordenaron que su cuadrilla se detuviera, y Miller soltó la ropa, estiró los brazos y soltó un suspiro de alivio. Los habían enviado a un gran terreno abierto cerca de unos almacenes, donde había parshmenios cortando madera.

«¿Una carpintería?», pensó, y al momento se sintió estúpido.

Después de cargar madera todo el camino, ¿qué esperaba?

Aun así… ¡una carpintería! Como en los campamentos de guerra. Se echó a reír.

—No te alegres tanto, humano —espetó un supervisor—. Pasarás las próximas semanas trabajando aquí, construyendo maquinaria de asedio. Cuando lancemos el asalto, tú irás al frente, corriendo con una escalera hacia las infames murallas de Kholinar.

Miller rio incluso más fuerte. La risa lo consumió, lo sacudió. No podía parar. Siguió soltando carcajadas imposibles de contener hasta que le faltó el aliento y, mareado, se tumbó en el duro suelo de piedra con lágrimas cayendo por los lados de su cara.

«Hemos investigado a esa mujer», empezaba la carta más reciente de Dante a Lexa.

Ishnah exageró la importancia que tenía al hablar de su pasado. Es cierto que desempeñaba labores de espionaje para la casa Hamaradin, como te dijo, pero no era más que una asistente de los auténticos espías. Hemos determinado que es seguro permitir que siga cerca de ti, aunque no deberías confiar demasiado en su lealtad. Si la eliminas, ayudaremos a encubrir su desaparición cuando lo solicites. Pero no ponemos objeciones a que permanezca a tu servicio.

Lexa suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla donde esperaba, fuera de la cámara de audiencias del rey Finn. Había encontrado el papel sin esperarlo en su cartera. Adiós a la esperanza de que Ishnah tuviera información útil sobre los Sangre Espectral. La carta rezumaba posesión. ¿Iban a «permitir» que Ishnah siguiera cerca de ella? Tormentas, se comportaban como si Lexa ya les perteneciera.

Negó con la cabeza y hurgó en su cartera hasta encontrar un saquito de esferas. Nadie que lo inspeccionara encontraría nada raro, pues no sabrían que lo había transformado mediante una ilusión pequeña y simple. Aunque parecía violeta, en realidad era blanco. Lo interesante no era la ilusión en sí, sino cómo la estaba alimentando. Ya había practicado en otras ocasiones a fijar una ilusión a Patrón o a algún lugar, pero siempre había tenido que proporcionarle su propia luz tormentosa. La ilusión del saquito, sin embargo, bebía de una esfera en su interior. Llevaba ya cuatro horas fija sin que el tejido de luz hubiera requerido luz tormentosa adicional de ella. Poco a poco, la luz había ido consumiéndose de un marco de zafiro, igual que un fabrial drenando su gema. Incluso se había dejado el saquito en su habitación cuando salió y la ilusión seguía en su sitio a su regreso. La ilusión había empezado como un experimento para ayudar a Bellamy a crear sus mapas ilusorios del mundo y luego dejárselos sin tener que quedarse en la reunión. Pero estaba empezando a verle todo tipo de posibles aplicaciones. La puerta se abrió y Lexa soltó el saquito en su cartera. Un maestro de sirvientes acompañó a un grupo de mercaderes que habían tenido audiencia con el rey e hizo a Lexa una inclinación y un gesto para que pasara. Lexa entró vacilante en la cámara de audiencias, una sala con una buena alfombra azul y verde, llena de muebles. Brillaban diamantes en las lámparas y Finn había ordenado pintar la estancia, tapando los estratos de las paredes. El propio rey, vestido con uniforme azul Griffin, estaba desenrollando un mapa en una gran mesa que había a un lado.

—¿Quedaba alguien más, Helt? —preguntó al maestro de sirvientes—. Creía que esos eran los últimos de… —Dejó la frase a medias cuando se volvió—. ¡Brillante Lexa! ¿Estabas esperando ahí fuera? ¡Podrías haberme visto de inmediato!

—No quería molestar —dijo Lexa, acercándose a él mientras el maestro de sirvientes preparaba unas bebidas.

El mapa de la mesa representaba Kholinar, una gran ciudad que parecía tan impresionante como Vedenar. Los papeles amontonados junto a él parecían contener los últimos informes procedentes de las vinculacañas de la ciudad, y una envejecida fervorosa estaba sentada cerca de ellos, preparada para leérselos al rey o tomar notas si se lo pedía.

—Creo que estamos casi listos —dijo Finn, reparando en el interés de Lexa—. La espera ha sido insufrible, pero necesaria, sin duda. La capitana Raven quería practicar para llevar volando a otras personas antes de hacerlo con mi real persona, y eso es digno de respeto.

—Me pidió que la acompañara volando sobre la tormenta hasta Ciudad Thaylen —dijo Lexa—, para abrir la Puerta Jurada de allí. Le preocupaba muchísimo que se le cayera gente, pero si iba yo, tendría mi propia luz tormentosa y debería sobrevivir a la caída.

—Excelente —afirmó Finn—. Sí, es buena solución. Pero no has venido para hablarme de eso. ¿Qué quieres solicitarme?

—En realidad —dijo Lexa—, ¿podríamos hablar un momento en privado, majestad?

El rey frunció el ceño, pero ordenó a los demás que salieran al pasillo. Cuando dos guardias del Puente Trece titubearon, Finn se mantuvo firme.

—Es una Caballera Radiante —les dijo—. ¿Qué creéis que va a pasarme?

Desfilaron hacia el pasillo, dejándolos a los dos al lado de la mesa de Finn. Lexa respiró hondo.

Entonces cambió su cara.

No se puso la de Velo ni la de Radiante, no desveló sus secretos, sino que mostró al rey una ilusión de Clarke. Seguía sorprendiéndola lo mucho que la incomodaba hacerlo delante de alguien. Continuaba diciendo a casi todo el mundo que era una Nominadora de lo Otro, como Anya, para que no supieran de su capacidad de transformarse en otras personas.

Finn estuvo a punto de dar un salto.

—Ah —dijo—. Ah, de acuerdo.

—Majestad —dijo Lexa, cambiando su cara y su cuerpo para parecerse a una limpiadora que había bosquejado un rato antes—, me preocupa que tu misión no vaya a ser tan sencilla como crees. Las cartas de Kholinar, las últimas que habían recibido, eran textos temerosos e inquietos. Hablaban de revueltas, de oscuridad, de spren que cobraban forma y hacían daño a la gente.

Lexa cambió su cara por la de un soldado.

—He estado preparando un equipo de espías —explicó—, especializados en infiltración y obtención de información. Lo he mantenido en secreto, por motivos evidentes. Querría ofrecerte mis servicios para tu misión.

—No estoy muy seguro —repuso Finn, vacilante— de que Bellamy vaya a querer que me lleve a dos de sus Radiantes.

—Aquí sentada no estoy haciendo gran cosa —dijo Lexa, todavía con la cara del soldado—. Además, ¿la misión es suya o tuya?

—La misión es mía —afirmó el rey. Entonces dudó—. Pero no nos engañemos: si no quiere que vengas…

—Yo no soy súbdita suya —dijo ella—. Ni tuya, todavía. Soy mi propia dueña. Dime, ¿qué ocurrirá si llegas a Kholinar y la Puerta Jurada está protegida por el enemigo? ¿Permitirás que el hombre del puente llegue a ella peleando, o quizá exista alguna opción mejor?

Cambió su cara por la de una parshmenia que tenía de sus bocetos más antiguos.

Finn asintió, caminando alrededor de ella.

—Un equipo, dices. ¿De espías? Interesante…

Poco tiempo después, Lexa salió de la cámara llevando guardada en su bolsa segura una solicitud real formal para que Bellamy concediera a Finn la ayuda de Lexa en la misión. Raven decía que podría llevar sin problemas a seis personas, además de unos pocos hombres del puente, que podían volar por su cuenta. Con Clarke y Finn, quedaba espacio para cuatro más. Tocó la solicitud de Finn en su bolsa segura, junto con la carta de Dante.

«Tengo que alejarme de este lugar —pensó Lexa—. Tengo que apartarme de ellos, y de Anya, al menos hasta que haya averiguado qué es lo que quiero.»

Una parte de ella sabía lo que estaba haciendo. Cada vez le resultaba más difícil ocultar cosas al fondo de su mente y no pensar en ellas, después de haber jurado los Ideales. En vez de eso, estaba huyendo. Pero era cierto que podía ayudar al grupo que iría a Kholinar. Y le resultaba emocionante la idea de volar hasta la ciudad y descubrir qué secretos guardaba. No solo estaba huyendo. También ayudaría a Clarke a reclamar su hogar.

Patrón canturreó desde sus faldas y ella canturreó con él.