53. UN CORTE TAN TORCIDO
Amigo:
Tu carta es de lo más intrigante, incluso reveladora.
La antigua dinastía Siln de Jah Keved se había fundado tras la muerte del rey NanKhet. No se conservaba ninguna crónica directa; la más próxima que tenían databa de dos siglos más tarde. La autora de ese texto, Natata Ved, llamada Ojos de Aceite por sus contemporáneos, insistía en que sus métodos eran rigurosos, aunque desde el punto de vista actual la erudición histórica de su época hubiera estado en su más tierna infancia. Anya llevaba mucho tiempo interesada en la muerte de NanKhet, porque solo había gobernado durante tres meses. Había ascendido al trono después de que el rey anterior, su hermano NanHar, enfermara y muriera estando de campaña en lo que se convertiría en la moderna Triax. Era digno de resaltar que, en la breve duración de su reinado, NanKhet sobrevivió a seis intentos de asesinato. El primero fue obra de su hermana, que quería aupar a su marido al trono. Después de sobrevivir al envenenamiento, NanKhet ordenó ajusticiarlos a los dos. Poco después, el hijo de ambos intentó matarlo en su cama. NanKhet, que por lo visto tenía el sueño ligero, lo mató con su propia espada. El siguiente en intentarlo fue el primo de NanKhet, cuyo ataque lo dejó ciego de un ojo, seguido de otro hermano, un tío y por último el propio hijo de NanKhet. Al final de tres meses enervantes, en palabras de Ojos de Aceite, «el gran pero agotado NanKhet mandó reunir a todos sus parientes, por lejanos que fuesen. Los invitó a todos a un grandioso banquete, prometiéndoles las delicias de la distante Aimia. Pero en lugar de celebrarlo, cuando estuvieron todos juntos, NanKhet los hizo ejecutar uno por uno. Sus cuerpos ardieron en una gran pira, sobre la que se asó la carne para un banquete que degustó el solo, en una mesa puesta para doscientas personas».
Natata Ojos de Aceite era famosa por su pasión por el drama. En el texto, parecía casi entusiasmada de narrar cómo había muerto el rey, atragantado por la comida en ese mismo banquete, solo y sin nadie que pudiera ayudarlo. Se repetían relatos similares a lo largo y ancho de todas las tierras vorin. Los reyes caían y sus hermanos o sus hijos heredaban el trono. De vez en cuando, incluso un aspirante sin auténtico linaje se atribuía un parentesco por medio de oblicuas y creativas justificaciones genealógicas. Anya estaba fascinada y preocupada al mismo tiempo por tales crónicas. La acosaban pensamientos sobre ellas muy poco habituales mientras bajaba a los cimientos de Urithiru. Algo en sus lecturas de la noche anterior le habían encajado ese relato concreto en la mente. Echó un vistazo rápido a las antiguas bibliotecas que había debajo de Urithiru. Ambas salas, una a cada lado del pasillo que llevaba a la columna de cristal, estaban llenas de eruditas ocupando mesas que habían llevado hasta allí pelotones de soldados. Bellamy había enviado expediciones al túnel por el que había huido la Deshecha. Los exploradores habían informado de una extensa red de cavernas. Habían marchado durante días siguiendo un arroyo, hasta localizar por fin una salida a los pies de los montes de Tu Fallia. Era bueno saber que, en el peor de los casos, existía otra forma de salir de Urithiru, y una vía potencial de suministros aparte de las Puertas Juradas. Había guardias apostados en los túneles superiores y de momento el nivel subterráneo se consideraba bastante seguro. En consecuencia, Echo había transformado la zona en una institución académica pensada para resolver los problemas de Bellamy y proporcionarle ventaja en información, tecnología e investigación pura. Los concentraspren titilaban en el aire como ondas sobre las cabezas, muy poco frecuentes en Alezkar pero habituales allí, y los logispren los atravesaban como diminutas nubes de tormenta. Anya no pudo contener una sonrisa. Durante décadas, había soñado con unir las mejores mentes del reino en un esfuerzo combinado. Nadie le había hecho caso: lo único de lo que quería hablar todo el mundo era de que Anya no creía en su dios. Pues bien, allí tenía centradas esas mentes. Resultaba que tenía que llegar de verdad el fin del mundo para que la gente se lo tomara en serio. Aden estaba allí, de pie cerca de la esquina, viendo trabajar a los demás. Se juntaba con los eruditos con cierta regularidad, pero seguía llevando su uniforme con el parche del Puente Cuatro.
«No puedes seguir flotando entre mundos para siempre, primo —pensó—. En algún momento tendrás que decidir cuál es tu sitio.»
La vida era mucho más difícil, pero podía ser mucho más satisfactoria, cuando se reunía el valor para elegir. La historia del viejo rey veden, NanKhet, había enseñado a Anya algo preocupante: a menudo, la mayor amenaza para una familia gobernante eran sus propios miembros. ¿Por qué tantos linajes reales antiguos eran tales enredos de asesinatos, avaricia y luchas intestinas? ¿Y en qué se diferenciaban las pocas excepciones?
Anya se había hecho experta en proteger a su familia de peligros exteriores, eliminando con meticulosidad a todo aspirante a usurpador. Pero ¿qué podía hacer para protegerla de amenazas internas? En el tiempo que había estado ausente, la monarquía ya temblaba. Su hermano y su tío, que sabía a ciencia cierta que se profesaban gran cariño, hacían rechinar sus voluntades como engranajes mal ajustados.
No permitiría que su familia se derrumbara. Si Alezkar tenía que sobrevivir a la Desolación, necesitarían un liderazgo comprometido.
Un trono estable.
Entró en la biblioteca y anduvo hacia su escritorio. Estaba situado de forma que podía observar a los demás y tener la espalda contra una pared. Abrió su cartera y preparó dos tableros con sus vinculacañas. Una de ellas brillaba antes de hora y Anya giró el rubí, indicando que estaba preparada. Llegó un mensaje: «Empezaremos en cinco minutos.»
Pasó ese tiempo estudiando los distintos grupos que había en la sala, leyendo los labios que alcanzaba a ver y tomando distraídas notas estenográficas. Pasó de conversación en conversación, averiguando un poco de cada una y apuntando los nombres de los hablantes.
—… pruebas confirman que algo es distinto aquí. Las temperaturas son claramente más bajas que en otros picos cercanos de la misma altitud…
—… debemos dar por hecho que el brillante Griffin no regresará a la fe. ¿Qué hacemos, pues?…
—… no lo sé. Quizá si halláramos la forma de conjuntar los fabriales, podríamos imitar este efecto…
—… el chico podría ser una poderosa adición a nuestras filas. Muestra interés en la numerología y me preguntó si de verdad podemos predecir acontecimientos con ella. Hablaré con él otra vez y…
Esa última era de los predicetormentas. Anya apretó los labios.
—¿Marfil? —susurró.
—Los vigilaré.
Se apartó de su lado, reducido al tamaño de una mota de polvo. Anya apuntó que tenía que hablar con Aden. No iba a permitir que perdiera el tiempo con un puñado de necios que creían poder predecir el futuro basándose en los bucles del humo de una vela recién apagada.
Por fin, su vinculacaña se activó.
«Tengo conectados a Jochi de Thaylenah y a Ethid de Azir contigo, brillante. A continuación transmito sus contraseñas. Las entradas posteriores estarán compuestas en exclusiva por sus anotaciones.»
«Excelente», respondió Anya, y aceptó las dos contraseñas.
Perder sus vinculacañas en el naufragio del Placer del Viento había sido un contratiempo tremendo. Había perdido la capacidad de contactar directamente con colegas o confidentes importantes. Por suerte, Tashikk estaba preparada para lidiar con ese tipo de situaciones. Siempre podían comprarse nuevas plumas conectadas con los infames centros de información del principado. En la práctica se podía conversar con cualquier persona, siempre que se confiara en una intermediaria. Anya tenía una a la que había entrevistado en persona, y a la que pagaba en abundancia, para garantizar la confidencialidad. La intermediaria quemaría sus copias de la conversación al terminar. El sistema era tan seguro como Anya era capaz de hacerlo, dadas las circunstancias. La intermediaria de Anya estaría junto a otras dos en Tashikk. Las tres estarían rodeadas por seis tableros de vinculacaña: uno cada una para recibir los comentarios de sus patrones y otro para enviar la conversación entera en tiempo real, incluyendo lo que hubieran escrito los otros dos. De ese modo, cada participante podría ver un flujo continuo de frases y no tendría que esperar antes de empezar a responder. Echo hablaba a veces de formas de mejorar la experiencia, de vinculacañas que pudieran ajustarse para conectar con más de una persona. Era una parcela de erudición, sin embargo, a la que Anya no tenía tiempo que dedicar. Su tablero de recepción empezó a llenarse de notas escritas por sus dos colegas.
«¡Anya, estás viva! —escribió Jochi—. Vuelves de entre los muertos. ¡Excelente!»
«No puedo creer que llegaras a pensar que había muerto —respondió Ethid—. ¿Anya Griffin, perdida en el mar? Sería más fácil encontrar muerto al Padre Tormenta.»
«Tu confianza es reconfortante, Ethid», escribió Anya en su tablero de envío. Al momento, las mismas palabras aparecieron copiadas por su escriba en la conversación general de vinculacañas.
«¿Estás en Urithiru? —preguntó Jochi—. ¿Cuándo puedo visitarla?»
«Cuando estés dispuesto a que se sepa que no eres mujer», respondió Anya. Jochi, conocida para el mundo como una mujer dinámica de particular filosofía, era el seudónimo de un hombre barrigudo de sesenta y tantos años que tenía una pastelería en Ciudad Thaylen.
«Ah, estoy seguro de que tu maravillosa ciudad necesitará pasteles», escribió Jochi con jovialidad.
«¿Podemos hablar luego de tus bobadas, por favor? —escribió Ethid—. Tengo noticias.» La mujer pertenecía a los vástagos, una especie de orden de escribas religiosos, en el palacio real azishiano.
«¡Pues deja de perder el tiempo! —replicó Jochi—. Me encantan las noticias. Son el aderezo perfecto para una rosquilla rellena… no, no, para un bollo esponjoso.»
«¿Qué noticias?», se limitó a escribir Anya, sonriendo. Los dos habían estudiado con ella junto al mismo maestro, y eran veristitalianos de agudísimas mentes, diera la impresión que diera Jochi.
«He estado siguiendo el rastro a un hombre que cada vez estamos más convencidos de que es el Heraldo Nakku, el Juez —escribió Ethid—. Nalan, como lo llamáis vosotros.»
«Ah, ¿ahora nos contamos cuentos infantiles? —preguntó Jochi—. ¿Heraldos? ¿En serio, Ethid?»
«Por si no te habías fijado —replicó Ethid—, los Portadores del Vacío han regresado. Los cuentos que una vez descartamos merecen considerarse de nuevo.»
«Estoy de acuerdo —escribió Anya—. Pero ¿qué te hace pensar que has encontrado a un Heraldo?»
«Es una combinación de muchos factores —escribió ella—. Ese hombre atacó nuestro palacio, Anya. Intentó matar a unos ladrones; el nuevo Supremo era uno de ellos, pero eso guárdatelo en la manga. Estamos haciendo lo que podemos para resaltar su origen humilde mientras pasamos por alto el hecho de que pretendía robarnos.»
«Heraldos vivos que intentan matar a gente —escribió Jochi—. Y yo aquí, pensando que mi noticia sobre un avistamiento de Axies el coleccionista era interesante.»
«Pues hay más —continuó Ethid—. Anya, aquí tenemos una Radiante. Una Danzante del Filo. O más bien, la teníamos.»
«¿La teníais? —preguntó Jochi—. ¿Se os ha perdido?»
«Se marchó. Es solo una chiquilla, Anya. Reshi, criada en la calle.»
«Es posible que la hayamos conocido —escribió Anya—. Mi tío encontró a alguien interesante en una de sus visiones más recientes. Me sorprende que dejaras que se te escapara.»
«¿Alguna vez has intentado retener a un Danzante del Filo? —repuso Ethid—. Se marchó persiguiendo al Heraldo hasta Tashikk, pero el Supremo dice que ya ha vuelto. Me está evitando. En todo caso, al hombre que creo que es Nalan le pasa algo, Anya. No creo que los Heraldos vayan a sernos de ayuda.»
«Os proporcionaré bocetos de los Heraldos —dijo Anya—. Tengo dibujos de sus auténticos rostros, proporcionados por una fuente inesperada. Ethid, tienes razón sobre ellos. No van a sernos de ayuda: tienen las mentes destrozadas. ¿Has leído las crónicas de las visiones de mi tío?»
«Tengo copias en alguna parte —escribió Ethid—. ¿Son reales? La mayoría de las fuentes coinciden en que… no está bien.»
«Está bastante bien, te lo aseguro —respondió Anya—. Las visiones están relacionadas con su orden de Radiantes. Os enviaré las últimas, que guardan relación con los Heraldos.»
«Tormentas —escribió Ethid—. ¿El Espina Negra es un Radiante de verdad? Años de sequía y ahora están saliendo como rocabrotes.»
Ethid no tenía en mucha estima a los hombres que se labraban su reputación mediante la conquista, aunque hubiera hecho del estudio de tales hombres la piedra angular de su investigación. La conversación continuó un tiempo más. Jochi, en un tono serio muy poco característico, habló del estado de Thaylenah. El reino había sufrido mucho por la repetida llegada de la tormenta eterna, y había sectores enteros de Ciudad Thaylen en ruinas. Lo que más interesó a Anya fueron los parshmenios thayleños que habían robado los barcos que sobrevivieron a la tormenta. Su éxodo, sumado a las interacciones de Raven Bendita por la Tormenta con los parshmenios en Alezkar, trazaba un retrato de nuevo de qué y quiénes eran los Portadores del Vacío. Ethid cambió de tema y transcribió un pasaje interesante que había encontrado en un libro sobre las Desolaciones. De ahí, pasaron a hablar de las traducciones del Canto del alba, en particular de las realizadas por unos fervorosos de Jah Keved que iban adelantados respecto a los de Kharbranth. Anya miró por toda la biblioteca buscando a su madre, a la que vio sentada con Lexa hablando de los preparativos de su boda. Aden seguía al fondo de la sala, murmurando para sí mismo. ¿O quizá a su spren? Anya le leyó los labios casi por instinto.
—Viene de aquí dentro —decía Aden—. De algún lugar de esta sala…
Anya entornó los ojos.
«Ethid —escribió—, ¿no ibas a intentar dibujar a los spren asociados con cada orden de Radiantes?»
«Lo tengo bastante avanzado, en realidad —respondió ella—. Vi al spren de la Danzante del Filo en persona, después de exigir que me lo permitiera.»
«¿Y el de los Vigilantes de la Verdad?», preguntó Anya.
«¡Ah! Yo encontré una referencia a ellos —escribió Jochi—. Parece ser que parecen la luz sobre una superficie después de reflejarse contra un objeto cristalino.»
Anya pensó un momento y pidió un receso breve en la conversación. Jochi dijo que de todas formas tenía que ir al retrete. Anya se levantó y cruzó la estancia, pasando cerca de Echo y Lexa.
—No quiero presionarte en absoluto, querida —estaba diciendo Echo—, pero en estos tiempos inseguros, sin duda desearás un poco de estabilidad.
Anya se detuvo y apoyó la mano en el hombro de Lexa. La joven se animó y luego siguió la mirada de Anya hacia Aden.
—¿Qué ocurre? —susurró Lexa.
—No lo sé —dijo Anya—. Algo raro…
Era algo en la postura del joven, en lo que había dicho. Aún se le hacía extraño verlo sin sus anteojos. Era como si fuese una persona distinta por completo.
—¡Anya! —exclamó Lexa, tensándose de pronto—. El umbral. ¡Mira!
Anya absorbió luz tormentosa al captar el tono de la joven y apartó la mirada de Aden para dirigirla a la entrada de la biblioteca, oscurecida por un hombre alto y de mandíbula cuadrada. Vestía con los colores de Sadeas, verde bosque y blanco. De hecho, había pasado a ser Sadeas, o al menos el regente de la casa. Anya siempre lo conocería como Meridas Amaram.
—¿Qué hace él aquí? —bisbiseó Lexa.
—Es un alto príncipe —dijo Echo—. Los soldados no van a prohibirle el paso sin una orden directa.
Amaram fijó en Anya sus regios ojos pardos claros. Fue en su dirección a zancadas, exudando confianza. ¿O sería arrogancia?
—Anya —dijo al acercarse—. Me han dicho que te encontraría aquí.
—Recuérdame que busque a quien te lo ha dicho y haga que lo ahorquen —replicó ella.
Amaram se envaró.
—¿Podemos hablar en algún lugar más privado, solo un momento?
—Me parece que no.
—Tenemos que hablar de tu tío. La división entre nuestras casas no beneficia a nadie. Quisiera tender un puente sobre ese abismo, y Bellamy te escucha. Por favor, Anya. Tú puedes guiarlo en la dirección correcta.
—Mi tío sabe lo que piensa de estos asuntos y no necesita que lo guíe.
—Como si no estuvieras haciéndolo ya, Anya. Todo el mundo sabe que ha empezado a compartir tus creencias religiosas.
—Lo cual sería una gesta épica, dado que yo no tengo creencias religiosas.
Amaram suspiró y miró a su alrededor.
—Por favor —dijo—, ¿hablamos en privado?
—Ni lo sueñes, Meridas. Vete. De. Aquí.
—Una vez fuimos íntimos.
—Mi padre deseaba que fuésemos íntimos. No confundas sus fantasías con la realidad.
—Anya…
—De verdad tendrías que irte antes de que alguien salga herido.
Él hizo caso omiso a su sugerencia, miró a Echo y Lexa y luego se acercó más.
—Creíamos que estabas muerta. Tenía que ver con mis propios ojos que estás bien.
—Pues ya lo has visto. Ahora márchate.
En vez de hacerlo, Amaram la cogió del antebrazo.
—¿Por qué, Anya? ¿Por qué me has rechazado siempre?
—¿Aparte del hecho de que eres un bufón detestable que solo alcanza el nivel más bajo de mediocridad, ya que es lo mejor que tu mente limitada puede imaginar? Por mucho que me devano los sesos, no se me ocurre un motivo.
—¿Mediocre? —gruñó Amaram—. Insultas a mi madre, Anya. Sabes lo mucho que se esforzó para criarme como el mejor soldado que este reino ha conocido jamás.
—Sí, según tengo entendido, pasó los siete meses que estuvo embarazada entreteniendo a todo militar que encontró, con la esperanza de que se te pegara algo de ellos.
Los ojos de Meridas se ensancharon y se sonrojó con fuerza. A su lado, Lexa dio un respingo audible.
—Zorra impía —siseó Amaram, soltándola—. Si no fueras mujer…
—Si no fuera mujer, sospecho que no estaríamos teniendo esta conversación. A menos que fuera un cerdo. Entonces se duplicaría tu interés.
Amaram echó la mano a un lado y retrocedió un paso, preparándose para invocar su hoja esquirlada. Anya sonrió, extendió su mano libre hacia él y dejó que la luz tormentosa se elevara en volutas de ella.
—Hazlo, por favor, Meridas. Dame una excusa. Te reto.
Él se quedó mirando su mano. La sala entera había quedado en silencio, por supuesto. Amaram la había obligado a dar un espectáculo. Sus ojos ascendieron hasta los de ella y entonces dio media vuelta y se marchó de la biblioteca, con los hombros encogidos como si intentara esquivar las miradas y las risitas de los eruditos.
«Dará problemas —pensó Anya—, incluso más de los que ya ha dado.» Amaram creía de verdad que era la única esperanza y la salvación de Alezkar, y anhelaba demostrarlo. Si se le permitía, desgarraría los ejércitos para justificar su inflada opinión de sí mismo.
Anya tendría que hablar con Bellamy. Quizá entre los dos se les ocurriera algo inocuo para tener entretenido a Amaram. Y si eso no funcionaba, no hablaría con Bellamy de la otra precaución que tomaría. Llevaba mucho tiempo fuera de contacto, pero confiaba en que hubiera asesinos a sueldo en Urithiru, que conocieran su reputación de discreción y generosidad. Oyó un sonido agudo a su lado y miró para encontrar a Lexa entusiasmada en su silla, haciendo un ruidito emocionado desde el fondo de la garganta y dando rápidas palmadas, amortiguadas por su mano segura envuelta.
Maravilloso.
—Madre —dijo Anya—, ¿me dejas hablar un momento con mi discípula?
Echo asintió, con la mirada aún puesta en el hueco de la puerta por el que había salido Amaram. En otros tiempos, había abogado por una unión entre ellos. Anya no se lo reprochaba, porque la verdad de Amaram era difícil de ver y lo había sido más en el pasado, cuando tenía una relación próxima con el padre de Anya. Echo se retiró, dejando a Lexa sola en la mesa repleta de informes.
—¡Brillante! —dijo Lexa mientras Anya se sentaba—. ¡Ha sido increíble!
—Me he dejado llevar a una emoción desmedida.
—¡Qué lista has sido!
—Y aun así, mi primer insulto no ha sido para atacarlo a él, sino la reputación moral de una pariente femenina. ¿He sido lista o simplemente me he valido de una cachiporra evidente?
—Oh. Hum… bueno…
—No importa —la interrumpió Anya, deseosa de dejar el tema de Amaram—. He estado pensando en tu formación.
Lexa se tensó al instante.
—He estado muy ocupada, brillante. Pero de todas formas, seguro que podré ponerme con esos libros que me asignaste muy pronto.
Anya se frotó la frente. Ay, esa chica.
—Brillante —dijo Lexa—, creo que quizá tenga que pedirte un tiempo de permiso en mis estudios. —Lexa hablaba tan deprisa que las palabras topaban unas con otras—. Su majestad dice que necesita que lo acompañe en su expedición a Kholinar.
Anya frunció el ceño. ¿Kholinar?
—Paparruchas. Tendrán con ellos a la Corredora del Viento. ¿Para qué te necesitan a ti?
—El rey teme que tengan que entrar desapercibidos en la ciudad —dijo Lexa—. O quizá cruzarla a hurtadillas, si está ocupada. No tenemos forma de saber cómo ha progresado el asedio. Si Finn quiere llegar a la Puerta Jurada sin que lo reconozcan, mis ilusiones le serán de gran ayuda. Es muy poco conveniente, lo siento. —Respiró hondo y la miró con los ojos casi desorbitados, como si temiera que Anya fuese a darle un bofetón.
Ay, esa chica.
—Hablaré con Finn —dijo Anya—. Creo que puede ser una medida un poco extrema. De momento, quiero que dibujes los spren de Aden y Raven, por motivos académicos. Tráemelos para que… —Dejó la frase—. ¿Qué está haciendo?
Aden estaba de pie cerca de la pared del fondo, cubierta de azulejos del tamaño de la mano. Tocó uno concreto y de algún modo lo hizo salir, como un cajón. Anya se levantó tirando al suelo la silla. Cruzó la sala a toda a prisa, con Lexa correteando tras ella. Aden las miró y sostuvo en alto lo que había encontrado en el cajoncito. Era un rubí, largo como el pulgar de Anya, tallado de forma extraña y con agujeros taladrados. ¿Qué podía ser? Lo cogió y lo levantó.
—¿Qué es? —preguntó Echo, llegando a su lado—. ¿Un fabrial? No tiene partes metálicas. ¿Qué es esa forma?
Anya, a regañadientes, se lo cedió a su madre.
—Cuántas imperfecciones tiene el corte —dijo Echo—. Harán que pierda luz tormentosa muy deprisa. Seguro que no puede retener la carga ni un solo día. Y vibrará un montón.
Qué curioso. Anya lo tocó e infundió luz tormentosa a la gema. Empezó a brillar, pero no tanto como habría debido. Por supuesto, Echo tenía razón. Vibró mientras perdía luz tormentosa. ¿Por qué iba alguien a desperdiciar una gema haciéndole un corte tan torcido, y por qué ocultarla? El pequeño cajón se cerraba con resorte, pero no alcanzaba a entender cómo lo había abierto Aden.
—Tormentas —dijo Lexa, mientras otros eruditos se acercaban—. Eso es un patrón.
—¿Un patrón?
—Zumba en secuencia —dijo Lexa—. Mi spren dice que cree que es un código. ¿Letras?
—La música del lenguaje —susurró Aden.
Absorbió luz tormentosa de unas esferas que llevaba en el bolsillo, se volvió y apretó las manos contra la pared, enviando una oleada de luz tormentosa por ella que se extendió de sus palmas como ondulaciones gemelas en la superficie de un estanque. Se abrieron cajones, uno tras cada baldosa blanca. Cien, doscientos… y todos ellos con gemas dentro.
La biblioteca se había deteriorado, pero saltaba a la vista que los antiguos Radiantes lo habían anticipado. Habían encontrado otra manera de transmitir su conocimiento.
