54. EL NOMBRE DE UN ANTIGUO CANTOR

Habría pensado, antes de alcanzar mi estado actual, que las deidades eran imposibles de sorprender.

Es evidente que no es cierto. Se me puede sorprender. Incluso puedo pecar de ingenuidad, diría yo

—Yo solo pregunto en qué hemos mejorado —rezongó Khen—. Éramos esclavos de los alezi y ahora somos esclavos de los Fusionados. Estupendo. Me alegra muchísimo saber que ahora sufrimos a manos de nuestra propia gente. —La parshmenia tiró su fardo al suelo, donde traqueteó un momento.

—Vas a volver a meternos en problemas, hablando así —dijo Sah. Soltó su fardo de pértigas de madera y volvió por donde había venido.

Miller lo siguió, dejando atrás a hileras de humanos y parshmenios que hacían escaleras a partir de las varas. Aquella gente, al igual que Sah y el resto de su propio equipo, estarían pronto llevando esas escaleras a la batalla, afrontando una lluvia de flechas. Qué reflejo tan extraño de su vida unos meses antes, en el campamento de guerra de Sadeas. Solo que en esa ocasión le habían dado gruesos guantes, un buen par de botas y tres comidas contundentes al día. Lo único malo de la situación, aparte de que pronto cargaría junto a sus compañeros hacia una posición fortificada, era que tenía demasiado tiempo libre. Los trabajadores cargaban pilas de madera de una parte de la serrería a la siguiente, y de vez en cuando los ponían a serrar o cortar con hacha. Pero no había suficiente trabajo para mantenerlos ocupados, lo cual era muy mal asunto, como había aprendido en las Llanuras Quebradas. Si se da demasiado tiempo a los condenados, empiezan a hacer preguntas.

—Mira —dijo Khen, caminando con Sah justo delante de Miller—, al menos dime que estás enfadado, Sah. No me digas que crees que merecemos esto.

—Dimos cobijo a una espía —murmuró Sah.

Una espía que, según Miller había tardado poco en descubrir, no había sido otra que Raven Bendita por la Tormenta.

—Como si un puñado de esclavos tuvieran que saber distinguir a una espía —dijo Khen—. ¿En serio? ¿No tendría que haber sido la spren quien la descubriera? Es como si quisieran algo de lo que culparnos. Como si fuese… fuese…

—¿Como si fuese una encerrona? —preguntó Miller desde detrás.

—Eso, una encerrona —aceptó Khen.

Hacían mucho eso de olvidar palabras. O quizá… quizá fuera solo que estaban probando a usarlas por primera vez. Tenían el acento parecido al de muchos hombres del puente que habían sido amigos de Miller.

«Libérate, Miller —susurró algo desde sus profundidades—. Renuncia al dolor. No pasa nada. Hiciste lo que era natural.

»No se te puede culpar. Deja de cargar con ese peso.

»Libérate.»

Cada uno recogió otro fardo y emprendieron el regreso. Pasaron junto a los carpinteros que hacían las varas de las escaleras. Eran casi todos parshmenios, y un Fusionado caminaba entre ellos. Sacaba una cabeza a los trabajadores, y pertenecía a una subespecie a la que salían grandes piezas de caparazón con formas retorcidas. El Fusionado dejó de andar y explicó algo a un trabajador parshmenio. Cerró el puño y una energía de color violeta oscuro le rodeó el brazo. Allí creció caparazón con forma de sierra. El Fusionado serró, explicando con esmero lo que hacía. Miller ya lo había visto en otras ocasiones. Algunos de aquellos monstruos del vacío eran carpinteros. Fuera de las serrerías, las tropas parshmenias practicaban la marcha marcial y recibían entrenamiento básico en armas. Se decía que el ejército tenía intención de asaltar Kholinar en las siguientes semanas. Era un plan ambicioso, pero no tenían tiempo para un asedio prolongado. En Kholinar había moldeadores de almas capaces de crear comida, mientras que las operaciones de los Portadores del Vacío en campo abierto tardarían meses en ser efectivas. Aquel ejército tardaría poco en devorar sus reservas y tendría que dividirse para forrajear. Era mejor lanzar su ataque, aprovechar su descomunal ventaja numérica y apropiarse de los moldeadores de almas. Todo ejército necesitaba gente que corriera al frente y absorbiera flechas. Estuvieran bien organizados o no, fuesen benévolos o no, los Portadores del Vacío no podían escapar a ese hecho. El grupo de Miller no recibiría ningún entrenamiento: en realidad, solo estaban esperando al asalto para lanzarse a la carrera delante de tropas más valiosas.

—Fue una encerrona —repitió Khen mientras caminaban—. Sabían que les faltaban humanos lo bastante fuertes para correr en el primer asalto. Iban a necesitar a algunos de nosotros en él, por lo que buscaron un motivo que les permitiera arrojarnos a nuestra muerte.

Sah gruñó.

—¿Es lo único que vas a decir? —preguntó Khen, imperiosa—. ¿Te da igual lo que nos están haciendo nuestros propios dioses?

Sah arrojó su fardo al suelo.

—No, no me da igual —espetó—. ¿Crees que no me he estado haciendo las mismas preguntas? ¡Tormentas, se llevaron a mi hija, Khen! La arrancaron de mis brazos y me enviaron a morir.

—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó Khen, perdiendo fuerza en la voz—. ¿Qué vamos a hacer?

Sah miró a su alrededor, al ejército que se movía y se revolvía, preparándose para la guerra. Abrumador, envolvente, como una tormenta de un tipo nuevo, en inexorable avance. De las que te levantaban del suelo y se te llevaban.

—No lo sé —susurró Sah—. Tormentas, Khen, yo no sé nada.

«Yo sí», pensó Miller, pero no pudo hacerse el ánimo de decir nada a los otros. En su silencio, se descubrió enfadado y los furiaspren bulleron a su alrededor. Se sentía frustrado tanto consigo mismo como con los Portadores del Vacío. Tiró su fardo al suelo con ímpetu y salió iracundo de la zona de carpintería.

Una supervisora dio un fuerte grito y corrió tras él, pero no lo detuvo, como tampoco lo hicieron los guardias que fue dejando atrás. Tenía una reputación. Miller cruzó la ciudad a zancadas, seguido por la supervisora, buscando algún Fusionado de los que volaban. Parecían estar al mando, incluso sobre los demás Fusionados. No encontró a ninguno, por lo que tuvo que conformarse con dirigirse a uno de la otra subespecie, un varón que estaba sentado cerca del aljibe de la ciudad, donde se recogía el agua de lluvia. La criatura era del tipo con armadura pesada, sin pelo y con el caparazón invadiéndole las mejillas.

Miller se plantó delante del Portador del Vacío.

—Necesito hablar con alguien que esté al mando.

Detrás de él, la supervisora de Miller ahogó un grito, quizá comprendiendo en ese instante que lo que estuviera planeando

Miller podía meterla en un buen lío.

El Fusionado lo miró y sonrió.

—Alguien que esté al mando —repitió Miller.

El Portador del Vacío estalló en carcajadas y se dejó caer de espaldas al agua del aljibe, donde se quedó flotando, mirando al cielo.

«Maravilloso —pensó Miller—, uno de los majaras.» Había muchos de esos.

Miller se marchó, pero no pudo adentrarse mucho más en el pueblo antes de que algo descendiera desde el cielo. En el aire aleteaba una tela y dentro de ella flotaba una criatura cuya piel conjuntaba con sus ropajes negros y rojos. Miller no pudo distinguir si era varón o hembra.

—Pequeño humano —dijo la criatura con acento extranjero—, eres apasionado e interesante.

Miller se lamió los labios.

—Necesito hablar con alguien que esté al mando.

—No necesitas nada más que lo que te concedemos —replicó el Fusionado—. Pero se te concederá el deseo. La dama Leshwi te recibirá.

—Estupendo. ¿Dónde puedo encontrarla?

El Fusionado apretó la mano contra el pecho de Miller y sonrió. La oscura luz del vacío se extendió desde su mano por todo el cuerpo de Miller y los dos se alzaron por los aires. Montando en pánico, Miller se aferró al Fusionado. ¿Podía hacer una presa asfixiante a aquel ser? Y luego, ¿qué? Si lo mataba en el aire, se precipitaría a su propia muerte.

Se elevaron hasta que la ciudad pareció una maqueta en miniatura: carpintería y plaza de armas a un lado, la única calle principal cruzándolo por el centro. A la derecha, el parapeto erigido por el hombre proporcionaba protección contra las altas tormentas, creando un refugio para los árboles y la mansión del consistor. Ascendieron incluso más, entre aleteos de la ropa suelta del Fusionado. Aunque el aire era cálido al nivel del suelo, allí arriba hacía bastante frío y Miller notó raras las orejas. Embotadas, como si le hubieran metido unos trapos. Al cabo de un tiempo, el Fusionado aminoró el ascenso hasta que se detuvieron. Miller intentó seguir agarrado a él, pero el Portador del Vacío lo empujó a un lado y se marchó volando en un vistoso remolino de tela. Miller flotó en solitario sobre el extenso paisaje. El corazón le atronaba y contempló la caída que tenía por debajo, dándose cuenta de una cosa: no quería morir. Se obligó a girar y mirar a su alrededor. Lo inundó la esperanza al reparar en que estaba flotando hacia otra Fusionada, una mujer que se mantenía estática en el cielo, vestida con ropa que debía de extenderse sus buenos tres metros por debajo, como una mancha de pintura roja. Miller terminó justo a su lado, tan cerca que la Fusionada pudo extender un brazo y detenerlo. Se resistió a asir aquel brazo y permanecer agarrado a él como si le fuera la vida en ello. Su mente por fin empezaba a razonar sobre lo que estaba sucediendo. La mujer quería hablar con él, pero en un lugar al que ella perteneciera y él no. Pues bien, Miller contendría su miedo.

—Miller —dijo la Fusionada. Leshwi, la había llamado el otro.

En su rostro se veían los tres colores parshendi, blanco, rojo y negro, jaspeados como pintura revuelta. Pocas veces había encontrado Miller a alguno que tuviera los tres colores, y la forma en que se combinaban en Leshwi era de las más hipnóticas que había visto jamás, casi con un efecto líquido, sus ojos estanques alrededor de los que corrían los colores.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Miller.

—Me lo dijo tu supervisora —dijo Leshwi. Rebosaba serenidad mientras levitaba con las puntas de los pies hacia abajo. El viento de allí arriba tiraba de las cintas que llevaba, echándolas hacia atrás en descuidadas ondulaciones. Por extraño que pareciera, no había vientospren a la vista—. ¿De donde procede ese nombre?

—Me lo puso mi abuelo —respondió Miller, frunciendo el ceño.

No había previsto que la conversación se desarrollara así.

—Qué curioso. ¿Sabías que es uno de nuestros nombres?

—¿Ah, sí?

Ella asintió.

—¿Cuánto tiempo ha estado a la deriva en las mareas del tiempo, pasando de labios de los cantores a los hombres y de vuelta, hasta acabar aquí arriba, en la cabeza de un esclavo humano?

—Escucha, ¿eres una de las líderes?

—Soy una de los Fusionados que está cuerda —dijo ella, como si fuese lo mismo.

—En ese caso, necesito…

—Eres audaz —dijo Leshwi, mirando hacia delante—. Muchos de los cantores que dejamos aquí no lo son. Los consideramos excepcionales, teniendo en cuenta el tiempo que tu pueblo estuvo abusando de ellos. Pero aun así, no son lo bastante atrevidos.

Miró hacia él por primera vez en la conversación. Tenía el rostro anguloso, con cabello parshmenio largo y ondulado, negro y carmesí, más grueso que el pelo humano. Era casi como finos juncos o briznas de hierba. Sus ojos eran de un color rojo oscuro, como pozos de sangre titilante.

—¿Dónde aprendiste las Potencias, humano? —le preguntó.

—¿Las Potencias?

—Cuando me mataste —dijo ella—, estabas lanzado hacia el cielo, pero reaccionaste deprisa, como acostumbrado a ello. Admito con sinceridad que me enfureció que me sorprendieras con la guardia tan baja.

—Un momento —dijo Miller—. ¿Cuando te maté?

La mujer lo contempló, sin parpadear, con aquellos ojos de rubí.

—¿Eres la misma? —preguntó Miller.

«Esas vetas en la piel… —comprendió—. Es la misma con la que luché.» Pero sus rasgos eran distintos.

—Este es un cuerpo nuevo, ofrecido a mí en sacrificio —dijo Leshwi—. Para vincularlo y hacerlo propio, ya que no dispongo de ninguno.

—¿Eres una especie de spren?

Ella parpadeó pero no respondió.

Miller empezó a caer. Lo notó en la ropa, que perdió la capacidad de volar en primer lugar. Dio un grito e intentó coger a la Fusionada, que lo asió por la muñeca y le proporcionó más luz del vacío. La luz le recorrió el cuerpo e hizo que volviera a flotar. La oscuridad violeta se retiró, de nuevo solo visible como chasquidos periódicos en la piel de la Portadora del Vacío.

—Mis compañeros te perdonaron la vida —dijo Leshwi—. Te trajeron aquí, a estas tierras, porque supusieron que quizá deseara vengarme en persona al renacer. No es así. ¿Por qué iba a destruir algo que tenía tanta pasión? En vez de eso, he estado observándote, curiosa por ver lo que hacías. Te vi ayudar a los cantores que tiraban de los trineos.

Miller respiró hondo.

—¿Puedes decirme, entonces, por qué tratáis tan mal a los vuestros?

—¿Mal? —repitió ella, con tono divertido—. Los alimentamos, los vestimos y los entrenamos.

—No a todos —repuso Miller—. Teníais a esos pobres parshmenios trabajando como esclavos, como humanos. Y ahora vais a lanzarlos contra las murallas de la ciudad.

—Sacrificio —dijo ella—. ¿Crees que un imperio se levanta sin sacrificios? —Abarcó el paisaje que se extendía ante ellos con un gesto del brazo.

A Miller se le revolvió el estómago. Hasta entonces había podido fijarse solo en ella y olvidar a cuánta altura estaba. Tormentas, aquel terreno era inmenso. Alcanzaba a ver grandes colinas, llanuras, hierba, árboles y piedra en todas las direcciones. Y en la dirección hacia la que ella había terminado señalando, una línea oscura en el horizonte. ¿Sería Kholinar?

—Yo respiro de nuevo por sus sacrificios —dijo Leshwi—. Y este mundo será nuestro gracias al sacrificio. Habrá canciones sobre los caídos, pero su sangre es nuestra para exigirla. Si sobreviven al asalto, si se demuestran dignos, recibirán honores. —Volvió a mirarlo—. Luchaste por ellos durante la travesía hacia aquí.

—La verdad es que esperaba que me matarais por hacerlo.

—Si no se te dio muerte por derribar a una Fusionada —dijo ella—, ¿qué motivo había para matarte por golpear a un ser inferior? En ambos casos, humano, demostraste pasión y te ganaste el derecho a triunfar. Luego te sometiste a la autoridad cuando se te presentó y te ganaste el derecho a seguir viviendo. Dime, ¿por qué protegiste a esos esclavos?

—Porque tenéis que estar unidos —respondió Miller. Tragó saliva—. Mi gente no merece esta tierra. Estamos quebrados, echados a perder. Somos incapaces.

Ella echó la cabeza a un lado. Un viento fresco jugueteó con su ropa.

—¿Y no te enfurece que te quitáramos tus esquirlas?

—A mí me las dio una mujer a la que traicioné. No… no las merezco.

«No. No fuiste tú. No es culpa tuya.»

—¿No te enfurece que os conquistemos?

—No.

—¿Y qué es lo que te enfurece? ¿Qué aviva tu ira apasionada, Miller, humano que lleva el nombre de un antiguo cantor?

Sí, seguía allí. Todavía ardiente. Muy al fondo.

Tormentas, Raven había estado protegiendo a un auténtico asesino.

—La venganza —susurró.

—Sí, lo entiendo. —Leshwi lo miró, con una sonrisa que a Miller le pareció claramente siniestra—. ¿Quieres saber por qué luchamos nosotros? Deja que te lo cuente…

Media hora después, hacia el final de la tarde, Miller caminaba por las calles de un pueblo conquistado. En solitario. La dama Leshwi había ordenado que se dejara en paz a Miller, liberado. Paseó con las manos en los bolsillos de su casaca del Puente Cuatro, recordando el aire helado de arriba. Seguía notando el frío, aunque allí abajo el aire era húmedo y templado. Era un pueblo bonito. Pintoresco. Edificios pequeños de piedra y plantas creciendo detrás de cada casa. A su izquierda, se trataba de rocabrotes y arbustos que rodeaban las puertas, pero a su derecha, hacia la tormenta, solo había paredes desnudas de piedra. Sin una sola ventana siquiera. Las plantas le olían a civilización. Era una especie de perfume cívico que no se daba en la espesura. Apenas temblaron cuando pasó junto a ellas, aunque los vidaspren sí que se agitaron en su presencia. Las plantas estaban habituadas a que hubiera gente en las calles. Terminó deteniéndose junto a una valla baja que rodeaba los rediles para los caballos que habían capturado los Portadores del Vacío. Los animales masticaban hierba cortada que les habían echado los parshmenios. Qué animales tan raros. Eran difíciles de cuidar y caros de mantener. Apartó la mirada de los caballos y contempló los campos que se extendían hacia Kholinar. Leshwi había dicho que podía marcharse, unirse a los refugiados que se dirigían a la capital.

Defender la ciudad.

«¿Qué aviva tu ira apasionada?»

Miles de años renaciendo. ¿Cómo sería eso? Miles de años, y en todo ese tiempo nunca se habían rendido.

«Demuestra tu valía…»

Dio media vuelta y regresó a la carpintería, donde los trabajadores ya estaban recogiendo para terminar la jornada. No había prevista tormenta esa noche y no tendrían que asegurarlo todo, por lo que trabajaban con una actitud relajada, casi jovial. Todos excepto su cuadrilla, que como siempre estaba apartada, excluida. Miller cogió un fardo de varas para escalera de un montón. Los trabajadores que había cerca se volvieron para objetar, pero cerraron la boca al ver quién era. Desató el fardo y, al llegar con su grupo de desafortunados parshmenios, lanzó una pértiga a cada

uno de ellos. Sah atrapó la suya y frunció el ceño. Los demás lo imitaron.

—Puedo entrenaros para usarlas —dijo Miller.

—¿Varas? —preguntó Khen.

—Lanzas —dijo Miller—. Puedo enseñaros a ser soldados. Es probable que muramos de todos modos. Tormentas, es muy posible que ni siquiera lleguemos a escalar la muralla. Pero algo es algo.

Los parshmenios se miraron entre ellos, sosteniendo varas que podían imitar a lanzas.

—Yo quiero —dijo Khen.

Muy despacio, los otros asintieron para mostrar su acuerdo.