55. SOLOS JUNTOS

Soy el peor preparado de todos para ayudarte en este empeño. He descubierto que los poderes que ostento mantienen tal conflicto que incluso el acto más simple puede resultar dificultoso

Rlain se sentó a solas en las Llanuras Quebradas y escuchó los ritmos.

Los parshmenios esclavizados, desprovistos de las auténticas formas, no eran capaces de oírlos. Durante sus años como espía, Rlain había adoptado la forma gris, que apenas los percibía. Le había costado mucho estar apartado de ellos. No eran del todo como auténticas canciones, sino más bien compases con atisbos de tonalidad y melodía. Rlain podía armonizar a varias docenas de ellos para que coincidieran con su estado de ánimo o, al contrario, para ayudar a cambiar su humor. Los suyos siempre habían dado por hecho que los humanos estaban sordos a los ritmos, pero él no estaba convencido del todo. Quizá fuesen imaginaciones suyas, pero le daba la impresión de que a veces respondían a algunos de ellos. En algún momento de cadencia frenética, alzaban la mirada con expresión distante. O se alteraban y, durante un momento, gritaban al Ritmo de la Irritación o vitoreaban acompasados al Ritmo de la Alegría. Lo reconfortaba pensar que algún día quizá pudieran aprender a oír los ritmos. Tal vez ese día dejaría de sentirse tan solo. Tenía armonizado el Ritmo de lo Perdido, calmado y, sin embargo, violento, con notas muy marcadas y separadas. Se armonizaba para recordar a los caídos, y a Rlain le parecía la emoción correcta allí sentado fuera de Narak, observando a los humanos construir una fortaleza a partir de lo que había sido su hogar. Habían establecido un puesto de guardia en la cima de la aguja central, donde los Cinco se reunieron una vez para decidir el porvenir de su pueblo. Estaban convirtiendo hogares en barracones. No se ofendió: al fin y al cabo, los suyos habían reconvertido las ruinas de Sedetormenta para levantar Narak. Sin duda aquellas majestuosas ruinas perdurarían más allá de la ocupación alezi, como habían sobrevivido a los oyentes. Pero saberlo no impedía que se sintiera apenado. Su pueblo ya no existía. Sí, los parshmenios habían despertado, pero no eran oyentes, no más que los alezi y los veden pertenecían a una misma nación solo porque la mayoría tuvieran la piel de un tono parecido. El pueblo de Rlain había desaparecido. Habían caído bajo las espadas alezi o los había consumido la tormenta eterna para transformarlos en encarnaciones de los antiguos dioses de los oyentes. Rlain era, que él supiera, el último de ellos. Suspiró y se obligó a levantarse. Se echó al hombro una lanza, la lanza que le permitían llevar. Tenía cariño a los hombres del Puente Cuatro, pero era una rareza incluso entre ellos: era el parshmenio al que permitían ir armado. Era el Portador del Vacío potencial en el que habían decidido confiar, y ya podía darse con un canto en los dientes. Cruzó la meseta y llegó junto a un grupo de ellos que entrenaban bajo la atenta mirada de Marcus. No lo saludaron. A veces parecían sorprenderse de encontrarlo allí, como si hubieran olvidado que existía. Pero cuando Marcus se fijó en él, su sonrisa fue genuina. Eran sus amigos. Lo que pasaba era que…

¿Cómo podía Rlain tener tanto aprecio a esos hombres y, al mismo tiempo, tantas ganas de soltarles un buen bofetón?

Cuando Cikatriz y él habían sido los únicos que no podían absorber luz tormentosa, todos habían animado a Cikatriz. Le habían dado consejos y le habían urgido a seguir intentándolo. Habían creído en él. Rlain, sin embargo… bueno, a saber lo que pasaría si de pronto era capaz de usar la luz tormentosa. ¿Sería quizá el primer paso para que se convirtiera en un monstruo?

Daba igual que les hubiera dicho que era imprescindible abrirse a una forma para adoptarla. Daba igual que tuviera el poder de elegir por sí mismo. Aunque nunca lo decían en voz alta, Rlain veía la verdad en sus reacciones. Al igual que con Macallan, preferían que Rlain siguiera sin dominar la luz tormentosa. El parshmenio y el demente. Personas que no serían de fiar como Corredores del Viento. Cinco hombres del puente se lanzaron por los aires, radiantes y emanando luz. Parte de la cuadrilla entrenaba mientras otros patrullaban con Raven, echando un ojo a las caravanas. Un tercer grupo, los diez recién llegados que habían aprendido a absorber luz tormentosa, practicaba con Jasper a unas mesetas de distancia. En ese grupo estaban Lyn y las otras cuatro exploradoras, además cuatro hombres de otras cuadrillas de puente y un único oficial ojos claros, Colot, el capitán de los arqueros. Lyn se había introducido sin escollos en la camaradería del Puente Cuatro, igual que un par de los hombres de otros puentes. Rlain intentó no envidiarles que casi parecieran más miembros del equipo que él. Marcus encabezaba a los cinco que volaban en formación, mientras otros cuatro iban paseando hacia el puesto de bebida de Roca. Rlain se unió a ellos y Yake le dio una palmada en la espalda y señaló la meseta contigua, donde seguía entrenando la mayoría de los aspirantes.

—Esos de ahí casi ni saben sostener una lanza como es debido —dijo Yake—. Tendrías que ir a enseñarles cómo hace una kata un auténtico hombre del puente, ¿eh, Rlain?

—Que Becca los ayude si tienen que luchar contra esos cabezas de concha —añadió Eth, aceptando la bebida que le ofrecía Roca—. Esto… sin ánimo de ofender, Rlain.

Rlain se tocó la cabeza, donde tenía un caparazón claramente grueso y fuerte, ya que llevaba la forma de guerra, cubriéndole el cráneo. Al salir había tirado de su tatuaje del Puente Cuatro, que se había transferido al caparazón. También tenía abultamientos en los brazos y las piernas, que la gente siempre quería palpar. No podían creer que de verdad le hubiera brotado de la piel, y por algún motivo consideraban inadecuado intentar echar un vistazo por debajo.

—Rlain —dijo Roca—, no pasa nada por tirar cosas a Eth. También tiene la cabeza dura, casi como si le hubiera salido caparazón.

—No pasa nada —dijo Rlain, porque era lo que esperaban que dijera. Pero había armonizado sin querer a Irritación y el ritmo impregnó sus palabras.

Para disimular la vergüenza, armonizó a Curiosidad y probó la bebida que había preparado Roca ese día.

—¡Qué bueno está! ¿Qué lleva?

—¡Ja! Es agua en la que cocí cremlinos para servirlos anoche.

Eth escupió el sorbo que había dado y miró la taza, horrorizado.

—¿Qué? —le dijo Roca—. ¡Bien que te comiste los cremlinos!

—Pero esto es… como el agua en la que se han bañado —protestó Eth.

—Enfriada —matizó Roca— y con especias. Es buen sabor.

—Es agua de baño —insistió Eth, imitando el acento de Roca.

Marcus dirigió a los otros cuatro en una rauda oleada de luz sobre sus cabezas. Rlain alzó la mirada y armonizó a Anhelo antes de poder contenerse. Reemplazó el ritmo armonizando a Paz. Paz, sí.

Podía ser pacífico.

—Esto no funciona —dijo Drehy—. No podemos patrullar todas las tormentosas Llanuras Quebradas. Van a atacar más caravanas, como esa de anoche.

—La capitana dice que es raro que esos Portadores del Vacío sigan haciendo incursiones como esa —comentó Eth.

—Pues cuéntaselo a los caravaneros de ayer.

Yake se encogió de hombros.

—Ni siquiera quemaron gran cosa. Llegamos antes de que los Portadores del Vacío tuvieran tiempo de hacer mucho más que asustar a todo el mundo. Yo estoy con la capitana. Esto es raro.

—Puede que estén poniendo a prueba nuestras capacidades —dijo Eth—, viendo qué puede hacer de verdad el Puente Cuatro.

Miraron a Rlain, como esperando que se lo confirmara.

—¿Se supone que debería poder responder? —preguntó él.

—Bueno —dijo Eth—, o sea… Tormentas, Rlain. Son tus congéneres, seguro que algo sabrás de ellos.

—O puedes aventurar, ¿no? —dijo Yake.

La hija de Roca volvió a llenarle la taza y Rlain miró el líquido transparente. «No se lo reproches —pensó—. No saben. No lo entienden.»

—Eth, Yake —dijo Rlain, midiendo las palabras—, mi pueblo hizo todo lo que pudo para apartarse de esas criaturas. Nos ocultamos hace mucho tiempo, y juramos que nunca volveríamos a aceptar formas de poder. No sé lo que cambió. Debieron de engañar a los míos de alguna manera. En todo caso, esos Fusionados son tan enemigos míos como vuestros; más, incluso. Y no, no sabría decir lo que van a hacer. He pasado la vida entera intentando evitar pensar en ellos.

El grupo de Marcus descendió en picado a la meseta. Por muchas dificultades que hubiera tenido al principio, Cikatriz se había adaptado deprisa al vuelo. Su aterrizaje fue el más elegante de todos. Pike golpeó el suelo con tanta fuerza que dio un gañido. Llegaron trotando al puesto de bebidas, donde el hijo y la hija mayores de Roca empezaron a repartir tazas. Rlain tuvo lástima de los dos porque apenas sabían hablar en alezi, aunque el hijo tuviera la extraña característica de ser vorin. Por lo visto, llegaban monjes de Jah Keved a predicar la fe en el Todopoderoso a los comecuernos, y Roca permitía a sus hijos adorar al dios que quisieran. De modo que el joven y pálido comecuernos llevaba una glifoguarda atada al brazo y quemaba plegarias al Todopoderoso vorin en vez de hacer ofrendas a los spren de los comecuernos. Rlain dio sorbitos a su bebida y deseó que Aden estuviera allí. El callado ojos claros solía preocuparse de hablar con Rlain. Los demás parloteaban emocionados, pero nunca se les ocurría incluirlo en las conversaciones. Los parshmenios eran invisibles para ellos; era como los habían criado. Y aun así, los apreciaba porque de verdad lo intentaban. Cuando Cikatriz tropezó con él y recordó que estaba presente, parpadeó y dijo:

—A lo mejor, tendríamos que preguntar a Rlain.

Los demás saltaron de inmediato, le explicaron que Rlain no quería hablar del tema y le ofrecieron una especie de versión alezi de lo que les había dicho. Aquel era su lugar en la misma medida que cualquier otro. El Puente Cuatro había pasado a ser su familia tras la desaparición de los habitantes de Narak. Eshonai, Varanis, Thude…

Rlain armonizó al Ritmo de lo Perdido y agachó la cabeza.

Quería creer que sus amigos del Puente Cuatro serían capaces de sentir un indicio de los ritmos, pues de otro modo, ¿cómo iban a saber llorar una pérdida con auténtico dolor en el alma?

Marcus se estaba preparando para llevar al otro grupo a volar cuando unos puntitos en el cielo anunciaron la llegada de Raven Bendita por la Tormenta. Aterrizó con su escuadra, entre ellos Nyko, que lanzaba al aire y recogía una gema sin tallar del tamaño de su cabeza. Debían de haber encontrado una crisálida de bestia de los abismos.

—Hoy no hay ni rastro de los Portadores del Vacío —dijo Jackson, dando la vuelta a un cubo de Roca y sentándose en él—. Pero tormentas, las llanuras parecen más pequeñas estando allí arriba.

—Sí —convino Nyko—, y más grandes.

—¿Más pequeñas y más grandes? —preguntó Cikatriz.

—Más pequeñas —explicó Jackson— porque podemos cruzarlas muy deprisa. Recuerdo que me daba la sensación de tardar años en cruzar algunas mesetas. Ahora pasamos zumbando en un suspiro.

—Pero entonces te elevas bien alto —añadió Nyko— y te das cuenta de lo extenso que es este sitio, de lo mucho que ni siquiera hemos explorado, y te parece… grande.

Los otros asintieron, entusiasmados. Había que leerles las emociones en la expresión y en la forma de moverse, no en las voces. Tal vez por eso los spren emocionales acudían tan a menudo a los humanos, más que a los oyentes. Sin los ritmos, los hombres necesitaban ayuda para entenderse entre sí.

—¿Quién tiene patrulla ahora? —preguntó Cikatriz.

—Nadie más hoy —dijo Raven—. Tengo reunión con Bellamy. Dejaremos una escuadra en Narak, pero…

Cuando se marchara por la Puerta Jurada, todos los demás empezarían a perder sus poderes poco a poco. Habrían desaparecido al cabo de una o dos horas. Raven tenía que estar relativamente cerca; Wallace había establecido la distancia máxima con él a unos ochenta kilómetros, aunque empezaban a ver reducidas sus capacidades en torno a los cincuenta.

—Bien —dijo Cikatriz—. Tenía ganas de beber más jugo de cremlino del que hace Roca, de todas formas.

—¿Jugo de cremlino? —preguntó Wallace, con la bebida a medio camino de los labios.

Aparte de Rlain, la tez marrón oscura de Wallace lo volvía el más diferente al resto de la cuadrilla, aunque a los hombres del puente no parecía preocuparles mucho el color de la piel. Para ellos, solo importaban los ojos. A Rlain siempre le había parecido raro, ya que entre los oyentes, las franjas de la piel habían sido relevantes en algunas épocas.

—Bueno —dijo Cikatriz—, ¿vamos a hablar de Aden o no?

Los veintiocho hombres cruzaron miradas, muchos de ellos ya sentados alrededor del tonel de bebida de Roca como una vez hicieran en torno a la hoguera. Desde luego, había una cantidad sospechosa de cubos que podían usarse a modo de banquetas, como si Roca hubiera planeado aquella reunión. El propio comecuernos estaba apoyado en la mesa que había sacado para dejar las tazas, con un trapo echado al hombro.

—¿Qué pasa con él? —preguntó Raven, frunciendo el ceño y mirando a su alrededor.

—Pasa mucho tiempo con las escribas que estudian la ciudadtorre —dijo Natam.

—El otro día estaba hablando de lo que hace allí —añadió Cikatriz—. Sonaba pero que mucho como si estuviera aprendiendo a leer.

Los hombres se removieron, incómodos.

—¿Y qué? —preguntó Raven—. ¿Qué problema hay? Wallace sabe leer en su idioma. Tormentas, yo sé leer glifos.

—No es lo mismo —dijo Cikatriz.

—Es femenino —dijo Drehy.

—Drehy —replicó Raven—, tú estás cortejando a un hombre.

—¿Y? —dijo Drehy.

—Eso, ¿dónde quieres llegar, Rav? —espetó Cikatriz.

—¡A ningún sitio! Solo he pensado que Drehy podría identificarse con…

—Me parece un poco injusto —protestó Drehy.

—Sí —dijo Nyko—. A Drehy le gustan otros tipos. Es como si… quisiera pasar hasta menos tiempo con mujeres que el resto de nosotros. Eso es justo lo contrario de ser femenino. Podría decirse que es más varonil que los demás.

—Pues sí —dijo Drehy.

Raven se frotó la frente y Rlain se compadeció de ella. Era triste que los humanos cargaran con el lastre de estar siempre en forma carnal. Los distraían a todas horas las emociones y las pasiones del apareamiento, y aún no habían alcanzado un estado en el que pudieran apartarlas. Sintió vergüenza por ellos. Se preocupaban demasiado de lo que debería hacer o no una persona. Pero eso era porque no tenían formas a las que cambiar. Si Aden quería hacerse erudito, que lo dejaran ser erudito.

—Perdonadme —dijo Raven, sacando una mano para tranquilizar a los hombres—. No pretendía insultar a Drehy. Pero tormentas, hombres. Sabemos que las cosas están cambiando. Miradnos a nosotros. ¡Estamos a medio camino de ser ojos claros! Ya hemos dejado entrar a cinco mujeres en el Puente Cuatro, y van a combatir con lanzas. Las expectativas están volviéndose del revés, y el motivo somos nosotros. Así que demos un poco de manga ancha a Aden, ¿queréis?

Rlain asintió con la cabeza. Raven era una buena mujer. Por muchos defectos que tuviera, se esforzaba incluso más que el resto.

—Tengo cosa que decir —añadió Roca—. Durante últimas semanas, ¿cuántos de vosotros habéis venido diciéndome que ya no encajáis en Puente Cuatro?

La meseta quedó en silencio. Al poco, Wallace levantó la mano. Lo siguió Cikatriz. Y luego varios otros, entre ellos Pike.

—Pike, tú no has venido a hablar conmigo —señaló Roca.

—Ah. No, pero sí que tenía ganas, Roca. —Bajó la mirada—. Todo está cambiando. No sé si puedo mantenerme a la altura.

—Yo aún tengo pesadillas —dijo Jackson en voz baja— sobre lo que vimos en las entrañas de Urithiru. ¿Alguien más?

—Yo problema alezi —dijo Huio—. Me hace… vergüenza. Solo.

—A mí me dan miedo las alturas —añadió Torfin—. Volar allá arriba me aterra.

Unos pocos lanzaron miradas a Marcus.

—¿Qué? —restalló él—. ¿Pretendéis que esto se convierta en un festival de compartir sentimientos solo porque el tormentoso comecuernos os ha mirado mal? Anda ya, a la tormenta todos. Es un milagro que no esté quemando musgo a todas horas, teniendo que aguantaros a todos.

Natam le dio unas palmaditas en el hombro.

—Y yo me niego a luchar —dijo Roca—. Sé que a algunos no os gusta. Me hace sentir diferente. No solo por ser único con barba como debe ser de cuadrilla. —Se inclinó hacia delante—. Es verdad que vida cambia. Todos nos sentiremos solos por eso, ¿sí? ¡Ja! Quizá podamos sentirnos solos juntos.

Todos parecieron encontrar reconfortante la idea. Bueno, todos salvo Nyko, que se había apartado del grupo y por algún motivo estaba levantando piedras al otro lado de la meseta y mirando debajo de ellas. Incluso entre los humanos, Nyko era raro. Los hombres se relajaron y empezaron a charlar. Aunque Pike dio a Rlain una palmada en el hombro, fue lo más cerca que estuvo nadie de preguntarle cómo se sentía. ¿Era infantil por su parte sentirse frustrado? Conque todos ellos creían que estaban solos, ¿eh? ¿Se sentían marginados? Pues no sabían lo que era pertenecer a una especie distinta por completo, una especie contra la que estaban guerreando, una especie cuyos miembros habían caído todos asesinados o corrompidos.

En la torre, la gente lo miraba con un odio rotundo. Sus amigos no, pero desde luego les gustaba congratularse de ello.

«Entendemos que no eres como los demás, Rlain. No puedes evitar tener el aspecto que tienes.»

Armonizó a Malestar y se quedó sentado allí hasta que Raven envió a los demás a entrenar a los aspirantes a Corredor del Viento. Raven mantuvo una conversación en voz baja con Roca y luego se volvió y se quedó parada al ver a Rlain sentado en su cubo.

—Rlain —dijo Raven—, ¿por qué no te tomas el resto del día libre?

«¿Y si no quiero privilegios especiales por darte lástima?»

Raven se acuclilló al lado de Rlain.

—Eh. Ya has oído lo que ha dicho Roca. Sé cómo te sientes. Podemos ayudarte a superar esto.

—¿De verdad? —preguntó Rlain—. ¿De verdad sabes cómo me siento, Raven Bendita por la Tormenta? ¿O es solo una cosa que se dice?

—Supongo que es una cosa que se dice —reconoció Raven, y acercó un cubo del revés para sentarse—. ¿Puedes decirme cómo te sientes?

¿De verdad quería saberlo? Rlain lo meditó un momento y armonizó a Resolución.

—Puedo intentarlo.