INTERLUDIOS
I-4. KAZA
El barco Primeros Sueños atravesó una ola, obligando a Kaza a aferrarse con fuerza a los aparejos. Ya le dolían las manos enguantadas y estaba segura de que cada nueva ola acabaría tirándola por la borda. Se negaba a bajar de cubierta. Ese era su destino. No era un objeto que transportar de un lugar a otro, ya no. Además, aquel cielo oscuro, repentinamente tormentoso aunque la travesía había sido tranquila hasta una hora antes, no era más desconcertante que sus visiones. Otra oleada bañó de agua la cubierta. Los marineros corrieron y chillaron, en su mayoría contratados en Steen, ya que ninguna tripulación racional emprendería aquel viaje. El capitán Vazrmeb merodeaba entre ellos gritando órdenes mientras Droz, el timonel, mantenía fijo el rumbo. Hacia la tormenta. Directo. Hacia. La tormenta.
Kaza siguió agarrada, notando el peso de los años en la debilidad de sus brazos. El agua helada la empapó, le quitó la capucha de la cabeza y dejó a la vista su rostro de naturaleza retorcida. Casi ningún marinero le prestaba atención, aunque su grito hizo que Vazrmeb la mirara. El capitán era el único thayleño a bordo, aunque no encajaba mucho con la imagen que tenía Kaza de los suyos. Para ella, los thayleños eran hombrecillos corpulentos con chalecos, mercaderes que se arreglaban el pelo y regateaban hasta la última esfera. En cambio, Vazrmeb era alto como un alezi y tenía unas manos lo bastante anchas para asir peñascos y antebrazos lo bastante poderosos para levantarlos. Intentando hacerse oír sobre el fragor del oleaje, el capitán gritó:
—¡Que alguien lleve a la moldeadora de almas bajo cubierta!
—¡No! —le devolvió el grito ella—. ¡Me quedo!
—No pagué el rescate de un príncipe por tenerte aquí —dijo, acercándose a ella— para que ahora te caigas por la borda.
—No soy un objeto que puedas…
—¡Capitán! —gritó un tripulante—. ¡Capitán!
Los dos miraron cómo el barco se inclinaba sobre el pico de una ola enorme, se balanceaba y luego parecía caer por el otro lado.
¡Tormentas! El estómago de Kaza estuvo a punto de salírsele por la garganta y notó que los dedos le resbalaban de las cuerdas.
Vazrmeb la aferró por el costado de la túnica y la sostuvo con fuerza mientras se precipitaban al agua del otro lado de la ola. Durante un breve y aterrador instante, parecieron sepultarse en el agua gélida. Como si el barco entero se hubiera hundido. La ola pasó y Kaza se encontró apoyada en un montón de sogas húmedas en cubierta, sostenida por el capitán.
—Tormentosa necia —le dijo—. Eres mi arma secreta. Podrás ahogarte cuando no estés a sueldo mío, ¿entendido?
Ella asintió sin fuerzas. Y entonces reparó, sorprendida, en que había podido oírlo sin problemas. La tormenta…
¿Había desaparecido?
Vazrmeb se irguió con una amplia sonrisa, sus cejas blancas peinadas hacia atrás junto a su larga melena de pelo que goteaba. Por toda la cubierta, los marinos que habían sobrevivido estaban levantándose, calados hasta los huesos y con la mirada fija en el cielo. Seguía encapotado, pero el viento había cesado por completo. Vazrmeb bramó una carcajada y se echó hacia atrás el pelo largo y rizado.
—¿Qué os decía, hombres? ¡Esa nueva tormenta venía de Aimia! ¡Ahora se ha marchado, dejando las riquezas de su tierra natal para quien las saquee!
Todo el mundo sabía que no había que entretenerse en Aimia, aunque cada cual tenía una explicación distinta del porqué. Había rumores que hablaban de una vengativa tormenta loca, que buscaba y destruía las embarcaciones que se aproximaban. El viento extraño que habían tenido, que no encajaba con los de una alta tormenta ni tormenta eterna, parecía apoyar esa teoría. El capitán empezó a gritar órdenes para que sus hombres volvieran a sus puestos. No llevaban mucho tiempo embarcados: habían recorrido una corta distancia desde Liafor a lo largo de la costa shin y luego virado al oeste hacia la parte norte de Aimia. Habían tardado poco en vislumbrar la enorme isla principal, pero no la habían visitado. Todo el mundo sabía que era yerma, baldía. Los tesoros estaban en las islas ocultas, se suponía que esperando a enriquecer a quienes estuvieran dispuestos a afrontar los vientos y los traicioneros estrechos. Aquello importaba poco a Kaza, pues ¿qué eran las riquezas para ella? Estaba allí por otro rumor, otro que corría solo entre los suyos. Quizá allí, por fin, pudiera encontrar una cura para su enfermedad.
Incluso mientras se enderezaba, palpó dentro de su bolsa, buscando el tranquilizador contacto de su moldeador de almas. Que le pertenecía a ella, por mucho que afirmaran lo contrario los dirigentes de Liafor. ¿Acaso ellos habían dedicado su juventud a acariciarlo y aprender sus secretos? ¿Acaso habían pasado sus años intermedios sirviendo, acercándose más y más con cada uso a la destrucción?
Los marineros comunes se apartaban de ella y se negaban a mirarla a los ojos. Kaza volvió a ponerse la capucha, poco acostumbrada a que la observaran personas normales. Había alcanzado ya la etapa en la que sus… desfiguraciones ya eran del todo evidentes.
Kaza, poco a poco, estaba convirtiéndose en humo.
Vazrmeb cogió el timón para dar un descanso a Droz. El hombre larguirucho bajó del castillo de popa y se fijó en que Kaza estaba a un lado. Le dedicó una sonrisa, cosa que ella encontró curiosa. No había hablado nunca con el hombre, pero lo vio acercarse con paso tranquilo, como si pretendiera mantener una charla insustancial.
—¿Te has quedado en cubierta? —le dijo el timonel—. ¿Con esas olas? Tienes agallas.
Ella vaciló, estudiando a aquella extraña criatura, y se quitó la capucha. El hombre no se encogió, aunque el pelo de Kaza, sus orejas y en los últimos tiempos también partes de su cara estaban desintegrándose. Tenía un agujero en la mejilla por el que se le veía la mandíbula y los dientes. El agujero estaba ribeteado por líneas de humo, como si la carne estuviera ardiendo muy poco a poco. Cuando hablaba, el aire escapaba por allí y le alteraba la voz, y tenía que echar la cabeza hacia atrás del todo para poder beber cualquier cosa. Y aun así, perdía parte. Era un proceso lento. Aún le quedaban unos años antes de que el moldeado de almas la matara.
Droz parecía empeñado en fingir que no pasaba nada raro.
—No puedo creer que hayamos atravesado esa tormenta. ¿Tú crees que persigue a los barcos, como dicen las historias?
Era liaforano, como ella, con la piel de color marrón oscuro y los ojos pardos. ¿Qué querría ese hombre? Trató de recordar las pasiones ordinarias de la vida humana, que ella había empezado a olvidar.
—¿Es sexo lo que buscas? No, eres mucho más joven que yo. Hum… —Qué curioso—. ¿Estás asustado y quieres que te consuelen?
El timonel empezó a juguetear con el extremo de un cabo cortado.
—Eh… Dime, te envía el príncipe, ¿verdad?
—Ah. —De modo que sabía que Kaza era prima del príncipe—. Deseas relacionarte con la realeza. Bueno, pues he venido por mi cuenta.
—Pero sin duda te habrá permitido marchar.
—Pues claro que no. Si no por mi seguridad, al menos por la de mi artilugio. —Le pertenecía a ella. Miró al horizonte, al fondo del océano demasiado tranquilo—. Cada día me encerraban, rodeada de comodidades que creían que me mantendrían satisfecha. Eran muy conscientes de que, en cualquier momento, podía hacer que las paredes y las ataduras se convirtieran literalmente en humo.
—¿Hacerlo… te duele?
—Es maravilloso. Conecto despacio con el dispositivo y, a través de él con Roshar. Hasta el día en que me acepte por completo en su abrazo. —Alzó un brazo y se quitó el guante negro, un dedo tras otro, revelando poco a poco una mano que se estaba desintegrando. Cinco líneas de oscuridad, proyectadas desde la punta de cada dedo. Volvió la mano, con la palma hacia él—. Podría mostrártelo. Siente mi contacto y podrás saberlo. Un solo instante y te mezclarás con el mismo aire.
El hombre salió despavorido. Excelente.
El capitán puso proa hacia una isla pequeña que asomaba del plácido océano en el punto exacto donde su mapa indicaba que estaría. Tenía nombres a docenas. La Roca de los Secretos. El Recreo del Vacío. Todos muy melodramáticos. Kaza prefería su antiguo nombre, Akinah. Se suponía que Akinah había albergado una vez una ciudad grandiosa. Pero ¿quién erigiría una ciudad en una isla a la que nadie podía acercarse? Sobre todo porque de la superficie del océano sobresalía un conjunto de extrañas formaciones rocosas.
Rodeaban la isla entera como un muro, cada una de unos doce metros de altura, con forma de puntas de lanza. A medida que el barco se aproximaba a ellas, el mar volvió a picarse y a Kaza le dieron náuseas. Le gustaba tenerlas. Eran sensaciones humanas.
Su mano volvió a buscar el moldeador de almas.
La náusea se combinó con una tenue sensación de hambre.
Últimamente se olvidaba de la comida, ya que su cuerpo necesitaba menos. Masticar era un engorro, con el agujero de su mejilla. Aun así, le gustó el aroma de lo que fuese que estuviera preparando abajo la cocinera. Quizá comer calmara a los hombres, que parecían inquietos por acercarse a la isla.
Kaza subió al castillo de popa, cerca del capitán.
—Hora de ganarte el jornal, moldeadora de almas —dijo él—. Y de que yo justifique haberte traído hasta aquí.
—No soy un objeto que puedas utilizar —repuso ella, distraída—. Soy una persona. Esas puntas de piedra se colocaron ahí mediante el moldeado de almas.
Las enormes cabezas de lanza formaban un anillo demasiado regular en torno a la isla. A juzgar por las corrientes que se distinguían a proa, había más de ellas acechando bajo las aguas, para desgarrar los cascos de las embarcaciones que se acercaran.
—¿Puedes destruir una? —le preguntó el capitán.
—No. Son mucho más grandes que lo que me dijiste.
—Pero…
—Puedo hacerles un agujero, capitán. Es más fácil moldear un objeto completo, pero yo no soy una moldeadora de almas cualquiera. He empezado a ver el cielo oscuro y el segundo sol, y las criaturas que merodean ocultas en torno a las ciudades de los hombres.
Vazrmeb tuvo un estremecimiento visible. ¿Por qué lo había asustado aquello? Kaza se había limitado a enunciar hechos.
—Necesitaremos que transformes las puntas de unas pocas bajo las olas —dijo el capitán—, y luego que hagas un agujero lo bastante grande para que al menos los esquifes puedan llegar a la isla.
—Cumpliré mi palabra, pero debes recordar que no estoy a tu servicio. He venido con objetivos propios.
Soltaron el ancla tan cerca de las puntas como osaron. Las formaciones eran incluso más sobrecogedoras desde allí, y se veía más a las claras que estaban moldeadas. «Para cada una tuvieron que hacer falta varios moldeadores de almas coordinándose», pensó Kaza mientras llegaba a la proa del barco entre hombres que devoraban a toda prisa un plato de estofado.
La cocinera era una mujer reshi, por su aspecto, con tatuajes cubriéndole toda la cara. Insistió en que el capitán comiera, afirmando que se distraería si llegaba hambriento a la isla. Incluso Kaza tomó un poco, aunque su lengua ya no notaba los sabores. Para ella, todo era una misma papilla, pero comió de todos modos con un pañuelo apretado contra la mejilla. Mientras aguardaba, el capitán atrajo expectaspren con forma de gallardetes que ondeaban al viento, y Kaza vio las bestias que había más allá, las criaturas que acompañaban a los spren. Los cuatro esquifes del barco estaban abarrotados de remeros y oficiales, pero le hicieron sitio en la proa de uno de ellos. Kaza se echó la capucha, que aún no se había secado, y se sentó en su banco. ¿Qué habría hecho el capitán si la tormenta no hubiera cesado? ¿De verdad habría intentado subirla a un esquife para que retirara las afiladas rocas en plena tempestad?
Llegaron al primer peñasco y Kaza desenvolvió con meticulosidad su moldeador de almas, liberando un torrente de luz. Consistía en tres grandes gemas conectadas por cadenas, con aros para meter los dedos. Se lo puso, con las gemas en el dorso de la mano. Dio un suave suspiro al sentir de nuevo el metal contra la piel. Cálido, acogedor, parte de ella. Bajó la mano por la borda al agua gélida y la apretó contra la punta de la piedra, roma después de haber pasado años sumergida. El fulgor de las gemas iluminó el agua y los reflejos danzaron por su túnica. Cerró los ojos y notó la familiar sensación de que la absorbiera el otro mundo. De una voluntad ajena reforzando la suya, de algo imponente y poderoso que había atraído su petición de ayuda. La piedra no deseaba cambiar. Estaba satisfecha con su prolongado sueño en el océano. Pero… sí, sí, recordaba. Una vez había sido aire, hasta que alguien lo había encerrado en aquella forma. No podía volver a convertirla en aire porque su moldeador de almas solo tenía un modo, no los tres posibles. No sabía por qué.
Humo, susurró a la piedra. Libertad en el aire. ¿Te acuerdas? La tentó, apelando a sus recuerdos de danzar libre.
Sí… libertad.
Estuvo a punto de rendirse ella misma. ¿Cuán maravilloso sería no volver a tener miedo, elevarse a la infinitud del aire, desprenderse de los dolores mortales?
La punta de la piedra se transformó en humo, liberando un géiser de burbujas que rodeó el esquife. Kaza regresó de sopetón al mundo real, y una parte de su más profundo interior tembló, aterrorizado. Esa vez le había faltado muy poco para ceder. Las burbujas de humo sacudieron el esquife, que estuvo a punto de volcar. Tendría que haber avisado a los demás. Los marineros murmuraron, pero desde el siguiente esquife el capitán la alabó. Retiró dos picos más de debajo del agua antes de llegar por fin a la muralla. Allí, las puntas de lanza se habían creado tan próximas entre sí que apenas dejaban un hueco de un palmo de anchura. Hicieron falta tres intentos para acercar el esquife lo suficiente, porque en el momento en que alcanzaban la posición, un cambio en el oleaje los apartaba de nuevo. Al final, los marineros lograron mantener estable el esquife. Kaza extendió la mano con el moldeador de almas, dos de cuyas tres gemas estaban ya casi sin luz tormentosa y emitían solo un brillo tenue. Debería bastar con lo que quedaba. Hizo presión con la mano contra la piedra y la convenció de que se convirtiera en humo. En esa ocasión resultó… fácil. Sintió el estallido de viento provocado por la transformación y su alma vitoreó gozosa al notar el humo, denso y dulce. Lo aspiró por el agujero de su mejilla mientras los tripulantes tosían. Alzó la mirada hacia el humo que se llevaba el viento. Qué delicia sería unirse a él y…
«No.»
Por el hueco se divisaba la isla en sí. Era oscura, como si sus piedras estuvieran ahumadas también, y estaba cruzada en el centro por una alta cordillera. Parecía casi la muralla de una ciudad. El esquife del capitán se acercó y Vazrmeb pasó al de Kaza. El que había ocupado hasta entonces empezó a remar hacia atrás.
—Un momento —dijo ella—. ¿Por qué retrocede tu barca?
—Dicen que no se encuentran bien —explicó el capitán. ¿Estaba más pálido de lo normal?—. Cobardes. Tampoco disfrutarán de la recompensa, pues.
—Aquí las gemas están tiradas por el suelo para que las recojas —dijo Droz—. Han muerto generaciones y más generaciones de conchagrandes, dejando sus corazones. Vamos a ser muy ricos.
A Kaza le daba igual mientras el secreto estuviera en la isla. Se sentó en su lugar de la proa mientras los remeros hacían pasar los tres esquifes por el hueco. Los aimianos habían sido expertos en moldeadores de almas. Era donde se acudía a conseguir los artilugios, en tiempos antiguos. Había que peregrinar a la antigua isla de Akinah. Si existía el secreto de cómo evitar que la matara el dispositivo que tanto amaba, lo encontraría en aquel lugar. Se le empezó a revolver el estómago otra vez mientras los hombres remaban. Kaza lo soportó, aunque se sentía como si estuviera resbalando hacia el otro mundo. Lo que tenía debajo no era el océano, sino un cristal negro y profundo. Y en el cielo había dos soles, uno de los cuales atraía su alma hacia él. Atraía su sombra, para que se extendiera en la dirección opuesta…
Chof.
Kaza se sobresaltó. Un tripulante había caído de su esquife al agua. Miró boquiabierta cómo otro se derrumbaba a un lado, soltando el remo de unos dedos laxos.
—¿Capitán? —Se volvió y lo encontró dando cabezadas. Se quedó flácido y cayó hacia atrás, inconsciente, para golpearse la cabeza contra el último banco del esquife.
Los demás hombres no estaban mucho mejor. Los otros dos esquifes habían empezado a navegar a la deriva. No parecía seguir consciente ni un solo marinero.
«Mi destino —pensó Kaza—. Mi elección.»
No era un objeto que transportar de un lugar a otro y al que ordenar que moldeara. No era una herramienta. Era una persona. Apartó a un marinero inconsciente y se puso ella misma a los remos. Era una labor trabajosa, sobre todo con lo poco habituada que estaba al esfuerzo físico. A sus dedos les costaba agarrarse: habían empezado a disolverse más. Quizá un año o dos más de vida fuesen una expectativa demasiado optimista. Aun así, remó. Forcejeó contra el agua hasta que por fin se aproximó lo suficiente para saltar de la barca y sentir la roca bajo sus pies. Con la túnica inflándose a su alrededor, se le ocurrió comprobar si Vazrmeb estaba vivo. Ningún tripulante de su esquife respiraba, de modo que permitió que regresara al mar abierto. Sola, Kaza desafió al oleaje y por fin, a cuatro patas, trepó a las piedras de la isla. Allí se derrumbó, adormilada. ¿Por qué tenía tanto sueño?
Despertó y vio a un pequeño cremlino correteando por la roca cerca de ella. Tenía una forma extraña, con largas alas y cabeza como de sabueso-hacha. Su caparazón centelleaba con decenas de colores. Kaza recordaba la época en la que había coleccionado cremlinos, clavándolos a un tablero y proclamando que se dedicaría a la historia natural. ¿Qué le había pasado a aquella chica?
«Que la transformó la necesidad.» Le habían entregado el moldeador de almas, que debía permanecer siempre en la familia real. Le habían impuesto una responsabilidad.
Y una condena a muerte.
Se movió y el cremlino salió espantado. Tosió y empezó a gatear hacia las formaciones rocosas. ¿Sería una ciudad? ¿Una oscura ciudad de piedra? Le costaba esfuerzo pensar, aunque sí reparó en una gema al pasar junto a ella, una gema corazón sin tallar entre los blanqueados restos de caparazón de un conchagrande muerto.
Vazrmeb había estado en lo cierto.
Volvió a desplomarse cerca del borde de las formaciones rocosas. Parecían edificios enormes y adornados, recubiertos de crem.
—Ah —dijo una voz a su espalda—. Tendría que haber sabido que la droga no te afectaría tan deprisa. Apenas te queda algo de humana ya.
Kaza rodó para apoyar la espalda en el suelo y vio que alguien se acercaba a ella, con los pies descalzos. ¿La cocinera? Sí, era ella, con la cara tatuada.
—Tú… —croó Kaza—. Nos has envenenado.
—Después de advertirles muchas veces que no vinieran aquí —dijo la cocinera—. No es habitual que tenga que protegerlo con tanta… agresividad. El hombre no debe redescubrir este lugar.
—¿Las gemas? —preguntó Kaza, cada vez más somnolienta—. ¿O es… otra cosa… algo… más…?
—No puedo hablar —dijo la cocinera—, ni siquiera para conceder un último deseo. Existen quienes podrían obligar a tu alma a revelar sus secretos, y el coste se mediría en mundos destruidos. Ahora duerme, moldeadora de almas. Este es el final más piadoso que puedo ofrecerte.
La cocinera empezó a zumbar. Se le cayeron pedazos. Se vino abajo convertida en un montón de chirriantes y pequeños cremlinos, que salieron de su ropa y la dejaron amontonada en la roca.
«¿Es una alucinación?», se preguntó Kaza mientras caía dormida.
Estaba muriendo. Pero en fin, eso tampoco era ninguna novedad.
Los cremlinos empezaron a subírsele a la mano para quitarle el moldeador de almas. No… Le quedaba una última cosa que hacer. Con un grito desafiante, apretó la mano contra el terreno rocoso y le exigió que cambiara. Cuando se convirtió en humo, Kaza se marchó con él.
Su elección.
Su destino.
