I-6. ESTA ES MIA
Venli estaba decidida a vivir siendo digna del poder.
Se presentó junto a los demás, un reducido grupo seleccionado de entre los oyentes que quedaban, y se preparó para la tormenta que se avecinaba. No sabía si Ulim o sus amos espectrales, los antiguos dioses de los oyentes, podían leerle la mente. Pero si era así, descubrirían que era leal.
Aquello era la guerra, y Venli formaba parte de la vanguardia.
Era ella quien había encontrado al primer vacíospren. Ella quien había descubierto la forma tormenta. Ella quien había redimido a su pueblo. Ella quien estaba bendecida. Ese día iba a ser la prueba de todo ello. Había nueve elegidos entre los dos mil oyentes que seguían con vida, entre ellos Venli. Demid estaba a su lado con una amplia sonrisa en la cara. Le encantaba aprender cosas nuevas, y la tormenta iba a ser una aventura. Les habían prometido algo grandioso.
«¿Lo ves, Eshonai? —pensó Venli—. ¿Ves lo que podemos hacer, cuando no nos reprimes?»
—Vale, sí, eso es —dijo Ulim, serpenteando por el suelo en forma de vibrante energía roja—. Bien, bien. Todos en hilera. Seguid encarados hacia el oeste.
—¿No deberíamos resguardarnos de la tormenta, enviado? —preguntó Melu al Ritmo de la Agonía—. ¿O llevar escudos?
Ulim cobró la forma de una persona pequeña delante de ellos.
—No digas bobadas. Esta tormenta nos pertenece. No tenéis nada que temer.
—¿Y nos otorgará poder? —preguntó Venli—. ¿Poder que supere incluso al de la forma tormenta?
—Un gran poder —dijo Ulim—. Habéis sido elegidos. Sois especiales. Pero debéis aceptarlo. Recibirlo con los brazos abiertos. Tenéis que desearlo, o los poderes no lograrán asentarse en vuestras gemas corazón.
Venli había sufrido mucho, pero aquella era su recompensa.
Estaba harta de toda una vida consumiéndose bajo la opresión humana. Jamás volvería a estar atrapada, impotente. Con ese nuevo poder, siempre, siempre podría plantar cara. La tormenta eterna apareció por el oeste, regresando como había hecho otras veces. Una diminuta aldea que quedaba cerca quedó oculta bajo la sombra de la tormenta y luego se iluminó con la descarga del brillante relámpago rojo. Venli dio un paso adelante y canturreó a Ansia, extendiendo los brazos a los lados. La tormenta no era como las altas tormentas: no tenía una muralla de escombros llevados por el viento y aguacrem. Era mucho más elegante. Era una hinchada nube de humo y oscuridad, con relámpagos crepitando en todos sus lados y tiñéndola de carmesí. Echó hacia atrás la cabeza para recibir las nubes bullentes y arremolinadas, y la tormenta la consumió. Cayó sobre ella una furiosa y violenta oscuridad. Fluyeron a su alrededor motas de ceniza ardiente por todos los lados, y en esa ocasión no sintió la lluvia. Solo el ritmo del trueno. El latido de la tormenta. La ceniza se le clavó en la piel y algo se estrelló contra el suelo a su lado y rodó sobre la piedra. ¿Un árbol? Sí, un árbol en llamas. La arena, la corteza arrancada y la grava resbalaron por su piel y su caparazón. Se arrodilló, cerró los ojos con fuerza y se protegió la cabeza con los brazos de los restos que empujaba el viento.
Algo más grande le rebotó en el brazo, agrietándole el caparazón. Dio un respingo y cayó al suelo de piedra hecha un ovillo. La envolvió una presión que constreñía su mente, su alma.
Déjame entrar.
Con dificultades, se abrió a aquella fuerza. Era lo mismo que adoptar una nueva forma, ¿verdad?
El dolor le chamuscó las entrañas, como si alguien hubiera pegado fuego a sus venas. Chilló y la arena se le clavó en la lengua. Unas ascuas diminutas le desgarraron la ropa y le quemaron la piel. Y entonces, una voz.
¿QUÉ ES ESTO?
Era una voz cálida. Una voz antigua y paternal, amable y envolvente.
—Por favor —dijo Venli, dando trabajosas bocanadas de aire saturado de humo—. Por favor.
SÍ, dijo la voz. ESCOGE A OTRO. ESTA ES MÍA.
La fuerza que estaba haciendo presión contra ella se retiró, y el dolor cesó. Otra cosa, algo más pequeño y menos dominante, ocupó su lugar. Venli aceptó ese spren encantada y dio un gemido de alivio, armonizado a Agonía. Pareció transcurrir una eternidad mientras yacía acurrucada bajo la tormenta. Luego, por fin el viento amainó. El relámpago remitió. El trueno se trasladó a la lejanía. Parpadeó para sacarse la arena de los ojos. Al moverse, cayeron de ella trozos de piedracrem y corteza partida. Tosió y se levantó, mirándose la ropa destrozada y la piel chamuscada. Ya no llevaba la forma tormenta. Había cambiado a… ¿era la forma diestra? La ropa le venía grande y su cuerpo ya no poseía la misma impresionante musculatura. Armonizó los ritmos y descubrió que seguían siendo los nuevos, aquellos ritmos violentos y furiosos que traían las formas de poder.
No era la forma diestra, pero tampoco era ninguna otra que reconociera. Tenía pechos, aunque eran pequeños, como en casi todas las formas salvo la carnal, y largos mechones de pelo. Dio media vuelta para ver si los demás habían adoptado la misma forma. Demid estaba cerca y, aunque llevaba la ropa hecha jirones, su cuerpo musculoso no tenía marcas. Era alto, mucho más alto que ella, con el pecho amplio y una postura poderosa. Parecía más una estatua que un oyente. Flexionó los músculos, con los ojos brillando en rojo, y en su cuerpo palpitó una energía oscura violeta, un brillo que de algún modo evocaba la luz y la oscuridad al mismo tiempo. Desapareció, pero Demid parecía complacido con su capacidad para invocarlo.
¿Qué forma era esa? Tan majestuosa, con protuberancias de caparazón saliendo de la piel a lo largo de los brazos y en los lados de la cara.
—¿Demid? —lo llamó.
Él se volvió hacia Melu, que llegó dando zancadas con una forma similar y dijo algo en un idioma que Venli no identificó. Sin embargo, los ritmos estaban presentes, y lo había dicho a Mofa.
—¿Demid? —volvió a decir Venli—. ¿Cómo te encuentras? ¿Qué ha pasado?
Demid volvió a hablar en aquel idioma extraño, y sus siguientes palabras parecieron emborronarse en la mente de Venli, mutando de algún modo hasta que las comprendió.
—… Odium cabalga los mismos vientos, como el enemigo hiciera una vez. Increíble. Aharat, ¿eres tú?
—Sí —dijo Melu—. Esta… sensación… es buena.
—Sensación —dijo Demid—. Sentir. —Dio una larga y lenta bocanada de aire—. Siente.
¿Habían enloquecido?
Cerca de ellos, Mrun salió de detrás de un gran peñasco, que no había estado antes. Horrorizada, Venli cayó en la cuenta de que vislumbraba un brazo roto debajo de la piedra, del que salía sangre. Contraviniendo la promesa de seguridad que les había hecho Ulim, uno de ellos había muerto aplastado. Aunque Mrun estaba bendecido con una forma alta y poderosa como los demás, tropezó al apartarse del peñasco. Se apoyó en él y cayó de rodillas. Su cuerpo liberó aquella oscura luz violeta y Mrun gimió y farfulló incoherencias. Altoki llegó desde el lado opuesto, en postura baja, enseñando los dientes y avanzando como una depredadora. Cuando se aproximó a ellos, Venli alcanzó a oírla susurrando entre dientes.
—Cielo alto. Vientos muertos. Lluvia ensangrentada.
—Demid —dijo Venli a Destrucción—, algo ha salido mal. Siéntate y espera. Voy a buscar al spren.
Demid la miró.
—¿Conocías a este cadáver?
—¿Cadáver? Demid, ¿por qué…?
—Oh, no. Oh, no. ¡Oh, no! —Ulim recorrió el suelo en dirección a ella—. Tú… tú no estás… Huy, mal asunto, muy malo.
—¡Ulim! —exclamó Venli, armonizando a Mofa y señalando a Demid—. A mis compañeros les pasa algo malo. ¿Qué nos has echado encima?
—¡No les dirijas la palabra, Venli! —dijo Ulim, adoptando la forma de un hombrecillo—. ¡No los señales!
Demid estaba acumulando energía oscura violeta en la palma de la mano, mientras los observaba a ella y al spren.
—Eres tú —dijo a Ulim—. El enviado. Tu trabajo merece mi respeto, spren.
Ulim hizo una reverencia a Demid.
—Por favor, grande entre los Fusionados, ve la pasión y perdona a esta niña.
—Deberías explicárselo —dijo Demid—, para que no me… irrite.
Venli frunció el ceño.
—¿Qué está…?
—Ven conmigo —ordenó Ulim, crepitando de nuevo por el suelo.
Preocupada y abrumada por la experiencia que acababa de atravesar, Venli armonizó a Agonía y fue tras él. A su espalda se estaban congregando Demid y los demás. Ulim volvió a tomar forma de persona delante de ella.
—Tienes suerte. Podría haberte destruido.
—Demid jamás lo haría.
—Por desgracia para ti, tu antaño-compañero ya no está. Ese es Hariel, y es de los que peor genio tienen de todos los Fusionados.
—¿Hariel? ¿A qué te refieres con que…? —Dejó la pregunta a medias mientras los demás hablaban en voz baja con Demid. Qué altos eran, qué arrogantes, y sus ademanes… estaba todo mal.
Cada nueva forma cambiaba a un oyente del todo, hasta en la forma de pensar, hasta en el carácter. Pero a pesar de ello, seguía siendo él mismo. Ni siquiera la forma tormenta la había transformado en otra persona. Quizá sí que se había vuelto menos empática, más agresiva. Pero había seguido siendo ella misma. Aquello era distinto. Demid no se movía como su antañocompañero ni hablaba como él.
—No… —susurró—. ¡Has dicho que íbamos a abrirnos a otro spren, a una forma nueva!
—Lo que he dicho —siseó Ulim— es que teníais que abriros. No he dicho lo que iba a entrar. Escucha, vuestros dioses necesitan cuerpos. Es así en cada Retorno. Tendríais que sentiros honrados.
—¿Honrados de que nos maten?
—Sí, por el bien de la especie —dijo Ulim—. Esos de ahí son los Fusionados, antiguas almas renacidas. Lo que tienes tú, por lo visto, es solo otra forma de poder. Un vínculo con un vacíospren menor, que te sitúa por encima de los oyentes comunes con sus formas normales, pero un paso por debajo de los Fusionados. Un gran paso.
Venli asintió y echó a andar de vuelta en dirección al grupo.
—Espera —dijo Ulim, serpenteando por el suelo hasta quedar delante de ella—. ¿Qué estás haciendo? ¿Se puede saber qué te pasa?
—Voy a echar a esa alma —respondió ella—, para que vuelva Demid. Tiene que conocer las consecuencias antes de decidir si acepta algo tan drástico como…
—¿Que vuelva? —dijo Ulim— ¿Que vuelva? Está muerto, como deberías estar tú. Esto es mal asunto. ¿Qué has hecho? ¿Resistirte como esa hermana tuya?
—Quita de en medio.
—Te matará. Ya te he avisado de su mal genio.
—Enviado —dijo Demid a Destrucción, volviéndose hacia ellos.
No era su voz.
Venli armonizó a Agonía. No era su voz.
—Déjala pasar —ordenó la cosa que poseía el cuerpo de Demid—. Hablaré con ella.
Ulim suspiró.
—Vaya, hombre.
—Hablas como un humano, spren —dijo Demid—. Hiciste un servicio de valor incalculable, pero tienes sus costumbres, su idioma. Me desagrada.
Ulim se alejó por la piedra. Venli llegó hasta el grupo de Fusionados. Dos de ellos aún tenían problemas para moverse. Renqueaban, tropezaban, caían de rodillas. Otros dos tenían sonrisas en la cara, torcidas y extrañas. Los dioses de los oyentes no estaban cuerdos del todo.
—Lamento la muerte de tu amigo, buena servidora —dijo Demid con una voz profunda, sincronizado por completo al Ritmo del Mando—. Aunque desciendes de traidores, la guerra que has librado aquí es digna de alabanza. Te enfrentaste a nuestros enemigos ancestrales y no les diste cuartel, ni siquiera condenada.
—Por favor —dijo Venli—. Le tenía un gran aprecio. ¿Puedes devolverlo?
—Ha pasado a la ceguera del más allá —respondió Demid—. Al contrario que el necio vacíospren que has vinculado, y que ahora reside en tu gema corazón, mi alma no puede compartir su morada. Nada, ni la Regeneración ni un acto de Odium, puede restaurarlo ya.
Adelantó el brazo y cogió a Venli por la barbilla para levantarle la cara y estudiarla.
—Tú debías acoger un alma junto a la que he luchado durante miles de años. Se la ha apartado y tu cuerpo ha quedado reservado. Odium tiene un propósito para ti. Complácete de ello y no llores la muerte de tu amigo. Odium por fin se cobrará venganza de aquellos contra quienes combatimos.
La soltó, y Venli tuvo que hacer un esfuerzo para no derrumbarse. No. No iba a mostrar ninguna debilidad.
«Pero… Demid…»
Lo apartó de su mente, como había hecho antes con Eshonai. Aquel era el sendero que había emprendido desde el momento en que había escuchado por primera vez a Ulim, años antes, al decidir que se arriesgaría al retorno de los dioses de su pueblo. Demid había caído, pero ella estaba reservada. Y el mismísimo Odium, dios de dioses, tenía un propósito para ella. Se sentó en el suelo a esperar mientras los Fusionados conversaban en su extraño idioma. Mientras lo hacía, reparó en algo que flotaba sobre el suelo a poca distancia. Era un spren pequeño que parecía una bola de luz. Sí, había visto uno de esos cerca de Eshonai. ¿Qué era?
Parecía inquieto y se escabulló sobre la piedra hacia ella. Al instante, Venli supo una cosa, una verdad instintiva, tan cierta como las tormentas y el sol: si las criaturas que había cerca veían a ese spren, lo destruirían. Bajó la mano de golpe sobre el spren mientras la criatura que llevaba el cuerpo de Demid se volvía hacia ella. Ahuecó la mano para retener al pequeño spren contra la piedra y armonizó a Vergüenza.
Hariel no pareció darse cuenta de lo que había hecho.
—Prepárate para ser transportada —le dijo—. Debemos viajar a Alethela.
