TERCERA PARTE

DESAFIANDO VERDAD, AMA VERDAD

58. CARGAS

Como Custodio de la Piedra, llevo toda la vida esperando sacrificarme. En secreto, temo que sea la opción del cobarde. La salida fácil.

Del cajón 29-5, topacio

Las nubes que solían acumularse en torno a la base de la meseta de Urithiru se habían ausentado ese día, permitiendo que Bellamy mirara hacia abajo por los interminables acantilados sobre los que se alzaba la torre. No alcanzaba a ver el suelo. Esos precipicios parecían extenderse hasta el infinito. Incluso viéndolos, le costaba hacerse una idea de lo altos que estaban en las montañas. Las escribas de Echo podían medir la altura usando el aire de algún modo, pero sus cifras no lo satisfacían. Quería verlo con sus propios ojos. ¿De verdad estaban a más altura que las nubes sobre las Llanuras Quebradas? ¿O era que allí, en las montañas, las nubes volaban más bajas?

«Qué contemplativo te has vuelto con la edad», se dijo mientras subía a una de las plataformas de las Puertas Juradas. Echo iba cogida de su brazo, pero Gustus y Adrotagia se habían quedado atrás en la rampa.

Echo escrutó en sus ojos mientras esperaban.

—¿Sigues preocupado por la última visión?

No era en lo que estaba pensando en esos momentos, pero asintió de todas formas. Era cierto que le preocupaba. Odium. Aunque el Padre Tormenta había vuelto a su anterior personalidad segura de sí misma, Bellamy no se quitaba de la cabeza el recuerdo del poderoso spren gimoteando, aterrado. Echo y Anya habían devorado con deleite su narración del encuentro con el dios oscuro, aunque habían decidido no publicar la crónica para que se distribuyera.

—Quizá fuese otro acontecimiento planeado de antemano —dijo Echo—, colocado ahí por Honor para que lo encontraras.

Bellamy meneó la cabeza.

—Odium daba sensación de ser real. De verdad interactué con él.

—Puedes interactuar con la gente de las visiones. El único con el que no es el mismo Todopoderoso.

—Porque, según tu teoría, el Todopoderoso no era capaz de crear el simulacro pleno de un dios. No. Vi la eternidad, Echo… una vastedad divina.

Se estremeció. De momento, habían decidido suspender el uso de las visiones. ¿Quién sabía a qué se arriesgaban metiendo allí las mentes de la gente y exponiéndolas a una posible influencia de Odium?

«Por otra parte, ¿quién sabe lo que puede y no puede tocar en el mundo real?», pensó Bellamy. Volvió a alzar la mirada hacia el sol que ardía blanco, hacia el cielo azul claro. Cualquiera habría creído que estar por encima de las nubes le daría más perspectiva.

Gustus y Adrotagia por fin llegaron, seguidos por la extraña potenciadora de pelo corto llegada desde Kharbranth, Malata. Los guardias de Bellamy completaban la comitiva. Rial le hizo un saludo marcial. Otro.

—No hace falta que saludes cada vez que te miro, sargento —dijo Bellamy en tono seco.

—Mejor pasarme que quedarme corto, señor. —El hombre de piel oscura y correosa saludó de nuevo—. No quiero que se me señale por ser irrespetuoso.

—No mencioné tu nombre, Rial.

—Todo el mundo sabía por quién iba, brillante señor.

—Qué cosas pasan.

Rial sonrió y Bellamy hizo un gesto al soldado para que abriera su cantimplora, que olió en busca de alcohol.

—¿Esta vez está limpia?

—¡Del todo! Ya me regañaste la última vez. Es solo agua.

—Entonces, el alcohol lo guardas…

—En la petaca, señor —dijo Rial—. Bolsillo derecho del pantalón del uniforme. Pero no te preocupes. Está bien abotonado y he olvidado por completo que está ahí. Me sorprenderá encontrarla cuando esté fuera de servicio.

—No lo dudo.

Bellamy cogió del brazo a Echo y siguió a Adrotagia y Gustus.

—Podrías asignar a otra persona a tu guardia —le susurró Echo—. Ese hombre grasiento es… impropio.

—La verdad es que me cae bien —reconoció Bellamy—. Me recuerda a algunos amigos de los viejos tiempos.

El edificio de control que se alzaba en el centro de la plataforma era igual que todos los demás: mosaico en el suelo, mecanismo de cerradura en la pared curvada. Sin embargo, el mosaico de aquel mostraba glifos del Canto del alba. El edificio sería idéntico al que estaba en Ciudad Thaylen y, cuando se activara el mecanismo, intercambiaría su posición con ese. Diez plataformas allí y otras diez repartidas por el mundo. Los glifos del suelo sugerían que, de algún modo, tenía que ser posible el transporte directo de una ciudad a otra sin pasar antes por Urithiru. No habían descubierto cómo hacerlo funcionar, así que de momento cada puerta podía intercambiarse solo con su gemela, y antes había que desbloquearlas desde ambos lados. Echo fue derecha al mecanismo de control. Malata la siguió y miró por encima del hombro de Echo, que manipulaba la cerradura situada en el centro de una estrella de diez puntas sobre una placa metálica.

—Sí —dijo Echo, consultando unas notas—. El mecanismo es el mismo que en la puerta que lleva a las Llanuras Quebradas. Hay que girar esto de aquí…

Escribió algo por vinculacaña a Ciudad Thaylen e hizo salir a todo el mundo del edificio por delante de ella. Un momento más tarde, el edificio entero destelló, envuelto en luz tormentosa como la imagen residual de un tizón movido en la oscuridad. Y entonces Raven y Lexa salieron por la puerta.

—¡Ha funcionado! —exclamó Lexa, que llegó con un entusiasmado paso saltarín. En cambio, Raven salió con pisadas firmes—. Transferir solo los edificios de control en vez de la plataforma entera debería ahorrarnos luz tormentosa.

—Hasta el momento, hacíamos funcionar las Puertas Juradas a toda potencia para cada intercambio —dijo Echo—. Sospecho que no es el único error que hemos cometido en lo tocante a este lugar y sus aparatos. De todas formas, ahora que habéis desbloqueado la puerta por el lado thayleño, deberíamos poder usarla a voluntad. Con la ayuda de un Radiante, por supuesto.

—Señor —dijo Raven a Bellamy—, la reina está preparada para vuestra visita.

Gustus, Echo, Adrotagia y Malata entraron en el edificio, pero Lexa empezó a bajar la rampa en dirección a Urithiru. Bellamy cogió a Raven del brazo mientras esta hacía ademán de seguirla.

—¿El vuelo por delante de la alta tormenta ha ido bien? —le preguntó.

—Sin problemas, señor. Tengo confianza en que podremos hacerlo.

—En ese caso, con la próxima tormenta partiréis hacia Kholinar. Cuento contigo y con Clarke para impedir que Finn se pase de imprudente. Tened cuidado. En la ciudad está pasando algo raro, y no puedo permitirme perderos.

—Sí, señor.

—Durante el vuelo, fíjate en los terrenos a lo largo de la rama sur del río Curva de la Muerte. Quizá los parshmenios ya los hayan conquistado, pero en realidad te pertenecen a ti.

—¿Señor?

—Eres portadora de esquirlada, Raven. Eso te convierte como mínimo en una cuarta dahn, título que lleva asociadas tierras. Finn te ha encontrado una buena porción junto al curso del río, que revirtió a la corona el año pasado tras la muerte sin herederos de su brillante señor. Las hay más grandes, pero esa ahora te pertenece.

Raven parecía anonadada.

—¿Hay pueblos en esas tierras, señor?

—Seis o siete, uno de ellos importante. El río es de los más constantes de toda Alezkar. No se seca ni siquiera en la Media-paz. Y pasa por allí una buena ruta de caravanas. A tu gente le irá bien.

—Señor, ya sabes que no deseo esa carga.

—Si querías una vida sin cargas, no deberías haber pronunciado los Ideales —replicó Bellamy—. Estas cosas no podemos escogerlas, hija. Tú asegúrate de tener un buen administrador, escribas sabias y unos cuantos hombres firmes del quinto o sexto dahn para gobernar los pueblos. Si te soy sincero, ya nos consideraré afortunados, a ti incluida, si cuando acabe todo esto nos queda aún la carga de un reino.

Raven asintió despacio.

—Mi familia está en el norte de Alezkar. Ahora que he practicado el vuelo con las tormentas, querría ir a recogerlos, cuando regrese de la misión de Kholinar.

—Abre esa Puerta Jurada y tendrás todo el tiempo que necesites. Te lo aseguro, lo mejor que puedes hacer ahora mismo por tu familia es impedir que Alezkar caiga. Según los informes recibidos por vinculacaña, los Portadores del Vacío avanzaban con lentitud hacia el norte y habían tomado buena parte de Alezkar.

Relis Miles había intentado agrupar las fuerzas alezi que aún quedaban en la zona, pero los Fusionados los habían obligado a replegarse hacia Herdaz, sufriendo graves daños. Sin embargo, los Portadores del Vacío no estaban matando a civiles. La familia de Raven debería estar relativamente a salvo. La capitana bajó al trote por la rampa y Bellamy se lo quedó mirando, meditando sobre sus propias cargas. Cuando Finn y Clarke regresaran de la misión para rescatar Kholinar, tendrían que seguir adelante con el plan de Finn y coronar como Alto Rey a Bellamy. Aún no lo había anunciado, ni siquiera a los altos príncipes. Una parte de Bellamy sabía que debería empezar ya con los preparativos, abdicando su alto principado en Clarke, pero lo estaba postergando. Hacerlo marcaría una separación final con su tierra natal, y al menos le gustaría ayudar a recuperar la capital antes de dar ese paso. Bellamy se reunió con los demás en el edificio de control e hizo una seña con la cabeza a Malata. La potenciadora invocó su hoja esquirlada y la insertó en la ranura. El metal de la placa se movió y fluyó, adaptándose a la forma de la hoja. Habían hecho pruebas y, aunque las paredes del edificio eran finas, nunca se veía la punta de la hoja esquirlada salir por el exterior. Se fundía con el mecanismo. Malata empujó hacia el lado la empuñadura del arma. La pared interior del edificio de control rotó. El suelo empezó a brillar bajo los mosaicos, iluminándolos como si fuesen de cristal tintado. La caballera detuvo su hoja en la posición adecuada y, tras un fogonazo de luz, habían llegado a su destino. Bellamy salió del pequeño edificio a una plataforma en la lejana Ciudad Thaylen, situada en la costa occidental de una gran isla sureña cerca de las Tierras Heladas. Allí, la plataforma que rodeaba la Puerta Jurada se había reconvertido en un jardín escultórico, pero la mayoría de sus piezas estaban caídas y rotas. La reina Fen los esperaba en la rampa de acceso acompañada de su séquito. Lexa había debido de aconsejarle que esperara allí, por si no funcionaba el proceso de trasladar solo el edificio. La plataforma se hallaba en la parte alta de la ciudad portuaria y, cuando Bellamy se acercó al borde, comprobó que tenía unas vistas excelentes, que quitaban el aliento. Ciudad Thaylen era, al igual que Kharbranth, una metrópolis construida en la ladera de una montaña para protegerla de las altas tormentas. Aunque Bellamy no había estado nunca en la ciudad, había estudiado sus mapas y sabía que en otros tiempos había consistido solo en un sector cerca del centro al que llamaban el distrito antiguo. Era una porción elevada que tenía una forma característica, por la forma en que se había tallado la roca milenios antes. Desde entonces, la ciudad se había expandido. Otra zona a menor altitud, llamada el distrito bajo, se apiñaba contra la base de la muralla de piedra, una amplia y baja fortificación en sentido oeste que abarcaba desde los acantilados en un extremo de la ciudad hasta los pies de las montañas en el otro. Por encima y detrás del distrito antiguo, la ciudad se había extendido por una sucesión de terrazas, los distritos altos, que ascendían hasta el distrito real, desde el que se dominaba la ciudad entera, compuesto de palacios, mansiones y templos. La plataforma de la Puerta Jurada estaba en ese nivel, en el límite septentrional de la ciudad, cerca de los acantilados que caían al océano. En otro tiempo, el lugar habría deslumbrado por su espléndida arquitectura. Ese día, a Bellamy lo impresionó otra cosa. Decenas… no, centenares de edificios estaban derrumbados. Secciones enteras se habían hecho escombros cuando las estructuras de encima, destrozadas por la tormenta eterna, se habían deslizado y caído sobre ellas. Lo que una vez fue una de las ciudades más hermosas de todo Roshar, famosa por su arte, su comercio y su buen mármol, estaba resquebrajada y rota, como un plato dejado caer al suelo por una doncella descuidada.

Resultaba irónico que muchos de los edificios más modestos en la base de la ciudad, a la sombra de la muralla, hubieran resistido la tormenta. Pero los famosos muelles de Thaylen estaban fuera de esa fortificación, delante de la ciudad en una pequeña península occidental sobre la que se había construido con ahínco, seguramente almacenes, tabernas y tiendas. Todo de madera. La tormenta lo había barrido por completo. Solo quedaban ruinas.

«Padre Tormenta.» No era de extrañar que Fen se hubiera resistido a desviar su atención a las exigencias de Bellamy. Casi toda la destrucción la había provocado aquella primera y potente tormenta eterna. Ciudad Thaylen estaba particularmente desprotegida, sin tierra que domara la tormenta en su avance por el océano occidental. Para colmo, muchas más estructuras habían sido de madera, sobre todo en los distritos altos, un lujo que solo podían permitirse lugares como Ciudad Thaylen, que hasta hacía poco solo había tenido que sufrir los vientos tormentosos más suaves.

La tormenta eterna ya había pasado cinco veces, aunque sus sucesivas llegadas habían sido más mansas que la primera, por suerte. Bellamy se quedó un momento contemplándolo todo antes de encabezar su grupo hacia el lugar donde los esperaba la reina Fen en la rampa, con un séquito de escribas, ojos claros y guardias. Entre ellos estaba su príncipe consorte, Kmakl, un thayleño envejecido con bigote y cejas a juego, ambos cayendo a los lados de su cara. Llevaba camisa y gorro, y lo asistían dos fervorosas que le hacían de escribas.

—Fen —dijo Bellamy con suavidad—, lo siento.

—Vivimos demasiado tiempo en la opulencia, por lo que parece —dijo Fen, y a Bellamy lo sorprendió su acento. No había estado presente en las visiones—. Recuerdo que, de niña, me preocupaba que la gente de otros países descubriera lo bien que estábamos aquí, con el tiempo agradable de los estrechos y las tormentas rotas. Suponía que algún día íbamos a tener una avalancha de inmigrantes.

Se volvió hacia su ciudad y suspiró.

¿Cómo habría sido vivir allí? Bellamy trató de imaginarse la vida en hogares que no dieran la sensación de fortalezas. Edificios de madera con amplias ventanas. Techos que solo eran necesarios para detener la lluvia. La gente bromeaba diciendo que en Kharbranth había que poner campanas fuera para saber cuándo llegaba una alta tormenta, o ni se enterarían. Por suerte para Gustus, la leve orientación septentrional de su ciudad había evitado una devastación a la misma escala que en Ciudad Thaylen.

—Bueno, dejad que os enseñe la ciudad —dijo Fen—. Creo que aún quedan en pie algunos sitios dignos de visitar.