60. VIENTOS Y JURAMENTOS
Me preocupan mis compañeros Vigilantes de la Verdad
Del cajón 8-21, segunda esmeralda
La tormenta no pertenecía a Raven.
Reclamaba para sí el cielo, y hasta cierto punto los vientos.
Pero las altas tormentas eran algo distinto, como un país del que fuera un dignatario en visita oficial. Conservaba una medida de respeto, pero también carecía de toda autoridad auténtica. Mientras luchaba contra el Asesino de Blanco, Raven había viajado con la alta tormenta volando al mismo frente de su muralla, como una hoja atrapada en una ola. Ese método, con la fuerza plena de la alta tormenta bullendo a sus pies, parecía demasiado arriesgado cuando transportaba a otros. Por suerte, durante su viaje a Thaylenah, Lexa y ella habían probado otros. Resultó que también podía extraer poder de la tormenta volando sobre ella, siempre que se mantuviera a menos de unos treinta metros de las nubes. Estaba volando en esa franja de aire, con dos hombres del puente y el equipo escogido por Finn. El sol brillaba sobre la tormenta, que se extendía en todas las direcciones por debajo de ellos. Era un remolino negro y gris, iluminado por chispazos de relámpagos. Rugía, como furiosa con su grupito de polizones. Ya no llegaban a ver la muralla de tormenta; se habían quedado demasiado atrás. El ángulo para alcanzar Kholinar requería que volasen más al norte que al oeste mientras cruzaban las Montañas Irreclamadas hacia la parte septentrional de Alezkar. Las violentas espirales de la tormenta tenían una belleza hipnótica, y Raven tuvo que obligarse a mantener la atención puesta en sus custodiados. Eran seis, lo que elevaba la cifra de miembros del grupo a nueve, incluyéndolos a él, a Cikatriz y a Drehy. El rey Finn abría el vuelo. No habían podido llevarse sus armaduras esquirladas porque los lanzamientos no funcionaban sobre ellas. El rey iba vestido con ropa gruesa y llevaba una especie de extraña máscara de cristal para parar el viento. Habían sido idea de Lexa, y por lo visto eran equipo náutico. Clarke iba tras él, seguido de dos soldados de Lexa, los desaliñados desertores que había recogido como cachorros de sabueso-hacha heridos, y una sirviente. Raven no entendía por qué había elegido a aquellos tres, pero el rey había insistido. Clarke y los demás iban tan abrigados como el rey, lo que hacía destacar todavía más a Lexa. Volaba solo con su havah azul, a la que había puesto alfileres para que no aleteara demasiado, y calzas blancas por debajo. La luz tormentosa emanaba de su piel, apartando el frío y sustentándola. Su pelo flotaba por detrás de ella, de un puro castaño rojizo. Volaba con los brazos extendidos y los ojos cerrados, sonriendo. Raven tenía que ajustar una y otra vez su velocidad para mantenerla alineada con los demás, ya que Lexa no podía resistirse a abrir la mano libre para sentir el viento entre los dedos y a saludar a los vientospren con que se cruzaban.
«¿Cómo puede sonreír así?», se preguntó Raven. Durante su travesía juntas por los abismos, había conocido sus secretos. Las heridas que ocultaba. Y aun así… de algún modo, ella podía hacer como si no existieran. Raven nunca había sido capaz. Ni siquiera cuando no estaba de un humor demasiado adusto, notaba la carga de sus deberes y de la gente a la que tenía que cuidar.
El júbilo despreocupado de Lexa le daba ganas de enseñarla a volar como era debido. Ella no disponía de lanzamientos, pero aun así podía usar el cuerpo para esculpir el viento y bailar en el aire. Se obligó a regresar al presente y apartar las ensoñaciones absurdas. Raven se envolvió el torso con los brazos, reduciendo su resistencia al viento. Con ello, avanzó por la fila de personas para poder renovarles la luz tormentosa uno tras otro. Para maniobrar, usaba mucho menos la luz tormentosa que el propio viento. Cikatriz y Drehy se encargaban de sus propias trayectorias unos seis metros por debajo del grupo, vigilando por si alguien caía por el motivo que fuese. Con los lanzamientos renovados, Raven se situó en la línea entre Lexa y el rey Finn. El rey iba mirando hacia delante a través de la máscara, como si no existiera la monstruosa tormenta de debajo. Lexa flotaba bocarriba, sonriendo encantada mientras miraba el cielo y el dobladillo de su falda con alfileres daba latigazos y ondeaba. Clarke era un tema muy distinto. Miró un momento a Raven y entonces cerró los ojos y apretó los dientes. Por lo menos, había dejado de hacer aspavientos cada vez que cambiaba la corriente de aire. No hablaban, ya que sus voces solo se perderían en el viento aullante. Los instintos de Raven le decían que probablemente podría reducir la fuerza del viento durante el vuelo, como hiciera una vez, pero había algunas capacidades que le costaba repetir de forma deliberada. Al cabo de un tiempo, una línea de luz salió revoloteando de la tormenta. Enseguida se convirtió en una franja de luz que giró hacia arriba en su dirección.
—Acabamos de pasar el río Corredor del Viento —dijo Syl. Sus palabras fueron más una impresión mental que auténticos sonidos.
—Estamos cerca de Kholinar, pues —dijo Raven.
—Está claro que le gusta el cielo —comentó Syl, con una mirada a Lexa—. Es una voladora nata. Casi parece una spren, y para mí eso es un gran elogio.
Raven suspiró y no miró a Lexa.
—Venga —insistió Syl, pasando a su otro lado como una exhalación—. Tienes que estar con personas para ser feliz, Raven. Sé que es así.
—Tengo a mi cuadrilla del puente —murmuró ella, y su voz se perdió en el viento, pero Syl podría oírla, igual que Raven la oía a ella.
—No es lo mismo y lo sabes.
—Se ha traído a su doncella a una misión de exploración. No puede estar una semana sin que le arreglen el pelo. ¿Crees que puedo estar interesada en eso?
—¿Que si lo creo? —dijo Syl. Adoptó la forma de una diminuta joven con vestido infantil, surcando el cielo por delante de ella—. Lo sé. No creas que no te he pillado mirándola. —Sonrió, traviesa.
—Habrá que ir parando, o dejaremos Kholinar atrás —afirmó Raven—. Ve a decírselo a Cikatriz y Drehy.
Raven recorrió el grupo uno por uno, anulando sus lanzamientos hacia delante y reemplazándolos por medios lanzamientos hacia arriba. Los lanzamientos tenían un efecto extraño que frustraba los intentos científicos de Wallace por establecer una terminología. Todos sus cálculos daban por sentado que, una vez lanzada, una persona estaría bajo la influencia tanto del suelo como del lanzamiento. Pero no era así. Cuando se empleaba un lanzamiento básico en alguien, su cuerpo olvidaba por completo el tirón del suelo y caía hacia la dirección que se le indicara. Los lanzamientos parciales funcionaban haciendo que una parte del peso de la persona olvidase el suelo, aunque el resto siguiera atraído hacia abajo. Por tanto, medio lanzamiento hacia arriba anulaba el peso de una persona. Raven los situó para poder hablar con el rey, Clarke y Lexa. Sus hombres del puente y el servicio de Lexa se quedaron flotando a poca distancia. Incluso a las explicaciones más recientes de Wallace les costaba explicar todo lo que hacía Raven. De algún modo, creó una especie de… canal en torno al grupo, como en un río. Una corriente que los afectaba y los acercaba entre sí.
—Es preciosa de verdad —dijo Lexa, contemplando la tormenta, que lo amortajaba todo salvo unos picos muy lejanos a su izquierda. Debían de ser los montes del Hacedor de Soles—. Es como mezclar pintura, si la pintura oscura pudiera engendrar nuevos colores y luz entre sus remolinos.
—Yo me conformo con verla a distancia —dijo Clarke. Cogió el brazo de Raven para evitar alejarse.
—Estamos cerca de Kholinar —dijo Raven—. Y menos mal, porque ya estábamos casi en la parte de atrás de la tormenta y tardaré poco en perder el acceso a su luz tormentosa.
—Lo que yo estoy a punto de perder —repuso Lexa, mirando hacia abajo— son los zapatos.
—¿Zapatos? —dijo Clarke—. Yo he perdido lo que había comido allí atrás.
—No dejo de imaginarme cosas resbalando y cayendo a su interior —susurró Lexa—. Desapareciendo para siempre. —Lanzó una mirada a Raven—. ¿No hay respuestas ingeniosas sobre botas desaparecidas?
—No se me ocurría ninguna graciosa. —Raven vaciló—. Aunque a ti eso no te ha detenido nunca.
Lexa sonrió.
—¿Alguna vez te has planteado, mujer del puente, que el arte malo es más beneficioso para el mundo que el bueno? Los artistas dedican más tiempo a crear obras malas de práctica que a sus obras maestras, sobre todo al principio. E incluso cuando un artista se hace maestro, hay trabajos que no le salen bien. Y otros que ya están mal desde el primer al último trazo.
»Se aprende más del mal arte que del bueno, ya que tus errores importan más que tus éxitos. Además, el arte bueno suele evocar las mismas emociones en la fuente, porque casi todo el arte bueno es bueno por lo mismo. Pero cada obra mala puede ser mala a su manera única. Así que me alegro de que tengamos arte malo, y estoy segura de que el Todopoderoso coincide conmigo.
—¿Y todo esto para justificar tu sentido del humor, Lexa? —dijo Clarke, divertida.
—¿Mi sentido del humor? No, solo intento justificar la creación de la capitana Raven.
Raven no le hizo caso y miró hacia el este con los ojos entornados. Las nubes que les quedaban detrás empezaban a aclararse del negro profundo y siniestro y el gris hacia un tono más soso, el color de la papilla que hacía Roca para desayunar. La tormenta estaba tocando a su fin, y lo que había llegado con gran fanfarria terminaba en un suspiro prolongado, con la ventolera dejando paso a una apacible lluvia.
—Drehy, Cikatriz —los llamó Raven—. Mantened a todos en el aire. Voy a explorar por debajo.
Le hicieron sendos saludos y Raven se dejó caer entre las nubes, que desde dentro parecían niebla sucia. Emergió cubierta de escarcha y la lluvia empezó a caer sobre ella, pero ya amainaba. El trueno rugía con suavidad por encima. Las nubes dejaban pasar la suficiente luz para estudiar el terreno. En efecto, la ciudad estaba cerca, y era majestuosa, pero Raven se obligó a buscar enemigos antes de maravillarse. Reparó en la amplia llanura que se extendía ante Kholinar, un campo de tiro que se mantenía libre de árboles y rocas grandes, para que un ejército invasor no hallara cobertura. Estaba vacío, como se esperaba. La cuestión era quién dominaba la ciudad, los Portadores del Vacío o los humanos. Descendió con cautela. La ciudad brillaba salpicada de la luz tormentosa de las cajas dejadas fuera para recargar las gemas. Y… sí, en las garitas de guardia ondeaban banderas alezi, enarboladas tras el paso de lo peor de la tormenta. Raven soltó un suspiro de alivio. Kholinar no había caído, aunque, según los informes, todos los pueblos circundantes estaban ocupados. De hecho, si se fijaba, alcanzaba a ver que el enemigo había empezado a construir refugios para tormenta en el campo despejado, puestos desde los que podían impedir que Kholinar recibiera suministros. De momento, eran solo menos cimientos de ladrillo y argamasa. Entre tormenta y tormenta, era probable que los defendieran y siguieran construyéndolos numerosos efectivos enemigos. Por fin se permitió mirar hacia Kholinar. Sabía que tendría que hacerlo, que era tan inevitable como un bostezo ya empezado: no podía contenerse para siempre. Primero se evaluaba la zona buscando peligros, y luego se estudiaba el terreno.
Y se perdía la fuerza en la mandíbula.
Tormentas, qué hermosa era la ciudad.
Había volado muy por encima de ella en una duermevela durante la que había visto al Padre Tormenta. No lo había afectado del mismo modo que estar flotando allí, contemplando desde arriba la inmensa metrópolis. Ya había visto ciudades dignas de ese nombre, y los campamentos de guerra en conjunto probablemente eran más extensos que Kholinar, por lo que no era el tamaño lo que lo impresionaba de veras, sino la variedad. Estaba acostumbrada a los funcionales refugios, no a edificios de piedra de todos los tamaños y a los distintos estilos de techado. La característica que definía a Kholinar, por supuesto, eran las hojas del viento, unas curiosas formaciones de roca que se alzaban de la piedra como las aletas de una criatura casi oculta del todo bajo la superficie. Las gigantescas piedras curvadas titilaban con estratos rojos, blancos y anaranjados, que contrastaban más por la lluvia. No se había dado cuenta antes de que la muralla de la ciudad estaba construida en parte sobre las cimas de las hojas del viento más exteriores. Allí, los pies de las murallas literalmente brotaban del suelo, y los hombres habían erigido fortificaciones sobre ella, aplanando y rellenando espacios entre las curvas. Al norte de la ciudad se alzaba el complejo del palacio, alto y confiado, como desafiando a las tormentas. El palacio era como una pequeña ciudad en sí misma, con brillantes columnas, cúpulas y torretas.
Y le ocurría algo muy malo.
Sobre el palacio pendía una nube, una oscuridad que a primera vista parecía solo un efecto óptico. Pero la sensación de algo equivocado persistió, y se hacía más fuerte en una zona al este del complejo del palacio. Aquella plaza llana y elevada estaba llena de edificios pequeños. El monasterio de palacio.
La plataforma de la Puerta Jurada.
Raven entornó los ojos y se lanzó de nuevo hacia arriba, dentro de las nubes. Segura que se había permitido embelesarse demasiado tiempo, y no quería que corrieran rumores sobre una persona brillante en el cielo. Pero aun así… menuda ciudad. En el corazón de Raven aún moraba un chiquillo de campo que soñaba con ver el mundo.
—¿Has visto esa oscuridad que rodeaba el palacio? —preguntó a Syl.
—Sí —susurró ella—. Algo anda muy mal.
Raven salió de entre las nubes y vio que su grupo se había desviado al oeste por el viento. Se lanzó hacia ellos, fijándose por primera vez en que la tormenta ya no estaba renovando su luz tormentosa. A Drehy y Cikatriz se les notó el alivio en la cara al verlo llegar.
—Rav… —empezó a decir Cikatriz.
—Lo sé. No nos queda mucho tiempo. Majestad, tenemos la ciudad justo debajo, y nuestras fuerzas aún controlan las murallas. Los parshendi están construyendo refugios para tormentas y sitiando la zona, aunque supongo que el grueso del ejército se retiraría a los pueblos cercanos en previsión de la tormenta.
—¡La ciudad resiste! —exclamó Finn—. ¡Excelente! Capitana, haznos descender.
—Majestad —dijo Raven—, si bajamos así desde el cielo, los exploradores enemigos nos verán llegar.
—¿Y qué? —dijo Finn—. La necesidad del subterfugio se basaba en el temor a tener que infiltrarnos. Si nuestras fuerzas aún dominan la ciudad, podemos llegar a palacio, tomar el mando y activar la Puerta Jurada.
Raven vaciló.
—Majestad, pasa… algo con el palacio. Parece oscuro, y Syl también lo ha visto. Recomiendo precaución.
—Mi esposa y mi hijo están dentro —dijo Finn—. Podrían correr peligro.
«No parecías tan preocupado por ellos durante los seis años que pasaste lejos, en la guerra», pensó Raven.
—Descendamos de todos modos —dijo el rey—. Nos interesa llegar a la Puerta Jurada cuanto antes… —Dejó de hablar, mirando de Raven a Lexa y a Clarke—. ¿Verdad?
—Recomiendo precaución —repitió Raven.
—La mujer del puente no es asustadiza, majestad —dijo Clarke—. No sabemos lo que pasa en la ciudad, ni nada de lo que ha sucedido desde los informes de caos y revueltas. La precaución me suena bien.
—De acuerdo —dijo Finn—. Por esto quise traerme a la Tejedora de Luz. ¿Qué recomiendas, brillante?
—Aterricemos fuera de la ciudad —propuso Lexa—. Lo bastante lejos para que no nos delate el brillo de la luz tormentosa. Podemos emplear ilusiones para entrar desapercibidos y averiguar lo que ocurre sin revelar nuestra presencia.
—Muy bien —dijo Finn con un brusco asentimiento—. Haz lo que sugiere ella, capitana.
