62. INVESTIGACIÓN
Quiero presentar una protesta formal ante la idea de abandonar la torre. Se trata de una medida extrema, tomada a la ligera
Del cajón 2-22, cuarzo ahumado
Secretos.
La ciudad rebosaba de ellos. Estaba repleta de ellos, tan embutidos que no podían evitar rezumar. Lo único que podía hacer Lexa, por tanto, era darse un puñetazo en la cara. No era tan fácil como podría haber pensado. Siempre se contenía. «Venga», pensó, cerrando el puño. Con los párpados muy apretados, hizo acopio de valor y se dio con la mano libre en la sien.
Apenas le dolió. El problema era que no era capaz de pegarse con la suficiente fuerza. Quizá pudiera convencer a Clarke de que lo hiciera en su lugar. Estaba en el taller trasero de la sastrería. Lexa había puesto una excusa para ir a la sala de muestras que abrían al público, porque había supuesto que los demás no reaccionarían muy bien a que ella tomara medidas activas para atraer a un dolorspren. Oía sus voces mientras interrogaban a sus anfitriones.
—Empezó con los disturbios, majestad —dijo la educada mujer en respuesta a una pregunta de Finn—. O puede que antes, con la… Bueno, es complicado. Oh, no puedo creer que estéis aquí. He tenido Pasión para que ocurriera algo, es cierto, pero que por fin… O sea…
—Respira hondo, Yokska —pidió Clarke con amabilidad. Hasta su voz era adorable—. Podremos continuar cuando lo hayas asimilado todo.
«Secretos —pensó Lexa—. Todo esto lo provocaron los secretos.»
Lexa echó un vistazo a la sala contigua. El rey, Clarke, Yokska la sastra y Raven estaban sentados en ella, todos de nuevo con sus propios rostros. Habían enviado a los hombres de Raven y a Rojo, Ishnah y Vathah con la doncella de la sastrería a preparar las habitaciones del piso de arriba y el ático para acomodar huéspedes. Yokska y su marido dormirían en camastros allí mismo, en el taller, porque por supuesto habían cedido su dormitorio a Finn. De momento, el pequeño grupo había dispuesto unas sillas de madera en círculo bajo la incesante mirada de los maniquíes de la sastrería, que llevaban puesta toda una variedad de chaquetas a medio terminar. Otras chaquetas parecidas se exhibían en la sala de muestras. Eran de colores vivos, incluso más que la ropa que llevaban los alezi en las Llanuras Quebradas, con hilo de oro o plata, brillantes botones y bordados complejos en los grandes bolsillos. Las chaquetas no se cerraban al frente, salvo por unos pocos botones justo bajo el cuello, y los lados salían hacia fuera y luego se dividían en faldones a la espalda.
—Fue la ejecución de la fervorosa, brillante señor —dijo Yokska—. La reina la hizo ahorcar y… ¡Oh, qué espantoso fue! Bendita Pasión, majestad. ¡No quiero hablar mal de tu esposa! Seguro que no se dio cuenta de…
—Cuéntanoslo y ya está —pidió Finn—. No temas represalias. Debo saber lo que creen los ciudadanos.
Yokska tembló. Era una mujer baja y rellena que llevaba sus largas cejas thayleñas rizadas, componiendo anillos gemelos, y sin duda iba muy a la moda con su falda y su blusa. Lexa se quedó un momento en el umbral, curiosa por la respuesta de la sastra.
—Bueno —dijo Yokska—, durante los disturbios, la reina… la reina se esfumó. Nos llegaban bandos suyos de vez en cuando, pero no solían tener mucho sentido. Todo se fue a pique con la muerte de la fervorosa. La ciudad ya estaba alborotada… Qué cosas más terribles escribía la fervorosa, majestad. Sobre el estado de la monarquía y la fe de la reina, así que…
—Así que Aesudan la condenó a muerte —interrumpió Finn.
Iluminado solo por unas pocas esferas en el centro del círculo que formaban, tenía la cara ensombrecida. Le daba un efecto de lo más intrigante, y Lexa tomó una Memoria para esbozarlo más tarde.
—Sí, majestad.
—Salta a la vista que fue el spren oscuro quien dio esa orden —dijo Finn—. El spren oscuro que controla el palacio. Mi esposa jamás cometería la imprudencia de ejecutar en público a una fervorosa en tiempos tan revueltos.
—¡Ah! Sí, por supuesto. El spren oscuro. En palacio. —Yokska sonaba aliviada de tener un argumento para no culpar a la reina.
Lexa lo meditó un momento y entonces vio unas tijeras para tela en un estante cercano. Las cogió y regresó a la sala de muestras. Se apartó la falda a un lado y se apuñaló en la pierna con las tijeras. Un agudo dolor le ardió pierna arriba y le recorrió el cuerpo.
—Mmm —dijo Patrón—. Destrucción. Esto… no es normal en ti, Lexa. Vas demasiado lejos.
Tembló de dolor. Se acumuló la sangre de la herida, pero Lexa la apretó con la mano para limitar su extensión.
¡Ahí! Había sido suficiente. Aparecieron dolorspren a su alrededor, como salidos del suelo, con forma de manitas incorpóreas. Parecían no tener piel y estar hechas de tendón. Solían ser de un brillante color naranja, pero aquellas eran de un verde enfermizo. Y además, estaban mal. En vez de humanas, parecían las manos de algún tipo de monstruo. Demasiado deformes, y con zarpas saliendo del tendón.
Lexa se apresuró a tomar una Memoria, todavía levantándose la falda de la havah para que no se manchara de sangre.
—¿No te duele? —preguntó Patrón desde el lugar al que se había desplazado en la pared.
—Pues claro que duele —dijo Lexa, notando anegados los ojos—. Esa era la idea.
—Mmm…
Patrón zumbó, preocupado, pero no tenía porqué, dado que Lexa había conseguido lo que quería. Satisfecha, absorbió un poco de luz tormentosa para curarse y luego usó una tela de su morral para limpiarse la sangre de la pierna. Se lavó las manos y la tela en la tinaja de la lavandería. Lexa se sorprendió de encontrar agua corriente; no había pensado que Kholinar dispusiera de aquellos lujos. Sacó su cuaderno de bocetos y volvió a la puerta de la trastienda, donde se apoyó en el marco e hizo un bosquejo rápido de los extraños y retorcidos dolorspren. Anya le diría que dejara el cuaderno y fuese a sentarse con los otros, pero Lexa siempre prestaba más atención con un cuaderno en las manos. La gente que no dibujaba nunca parecía entenderlo.
—Háblanos del palacio —dijo Raven—. Del… spren oscuro, como lo llama su majestad.
Yokska asintió.
—Oh, sí, brillante señora.
Lexa alzó la mirada para captar la reacción de Raven a que la llamaran brillante señora, pero la mujer del puente no mostró ninguna. Ya no llevaba su disfraz ilusorio, aunque Lexa se había guardado ese boceto para un posible uso futuro. Por la mañana había invocado su hoja y tenía los ojos tan azules como ningunos que hubiera visto Lexa. Aún no había desaparecido del todo el brillo.
—Vino aquella alta tormenta inesperada —siguió diciendo Yokska—, y después el tiempo se volvió loco. Se ponía a llover y paraba de golpe. Pero ¡ah! Cuando llegó la tormenta nueva, esa de los relámpagos rojos, dejó una tiniebla sobre palacio. ¡Qué horror! Fueron tiempos oscuros. Supongo… que aún no han terminado.
—¿Dónde estaba la guardia real? —preguntó Finn—. ¡Deberían haber reforzado a la guardia ciudadana y restaurar el orden durante las revueltas!
—La Guardia de Palacio se retiró a palacio, majestad —dijo Yokska—, y la reina ordenó a la Guardia de la Ciudad hacerse fuerte en los cuarteles. Más adelante fueron todos a palacio por orden de la reina. No… no se los ha visto desde entonces.
«Tormentas», pensó Lexa sin parar de bosquejar.
—¡Ay, me olvidaba, con tantas vueltas que le estoy dando! —añadió Yokska—. En plenos disturbios, llegó un pregón de la reina. Oh, majestad. ¡Quería ejecutar a todos los parshmenios de la ciudad! En fin, todos pensamos que debía de estar… lo siento, pero creímos que tenía que haberse vuelto loca. Pobrecillos, ¿qué habían hecho ellos nunca? Eso pensamos. No lo sabíamos.
»Bueno, pues la reina llenó la ciudad de pregoneros que proclamaban que los parshmenios eran Portadores del Vacío. Y hay que decir que en eso acertó. Pero aun así, entonces sonó muy raro. ¡No parecía ni darse cuenta de que había media ciudad levantada!
—El spren oscuro es el culpable —dijo Finn, cerrando un puño—, no Aesudan.
—¿Se habló de asesinatos misteriosos? —preguntó Clarke—. Muertes, o actos violentos, que llegaran en parejas. Por ejemplo, que muriera un hombre y a los pocos días mataran a alguien del mismo modo exacto.
—No, brillante señora. No hubo nada parecido, aunque sí muchas muertes.
Lexa negó con la cabeza. Allí había un Deshecho distinto, otro antiguo spren de Odium. La religión y las leyendas hablaban de ellos como mucho de forma vaga, tendiendo al simplismo de combinarlos todos en una sola entidad malévola. Echo y Anya habían empezado a investigar sobre ellos en las últimas semanas, pero aún no sabían gran cosa. Terminó su boceto de los dolorspren y empezó otro de los agotaspren que habían visto antes. Había entrevisto unos hambrespren atraídos por un refugiado, de camino hacia allí. Lo raro era que esos no parecían distintos. ¿Por qué?
«Necesito más información —pensó Lexa—, más datos.»
¿Qué era lo más vergonzoso que se le ocurría?
—Bueno —dijo Finn—, aunque nosotros no ordenamos que se ejecutara a los parshmenios, solo que se los exiliara, por lo menos esa orden sí que debió de llegar a Aesudan. Tuvo que estar lo bastante libre del control de las fuerzas oscuras para obedecer las palabras que le enviamos por vinculacaña.
Por supuesto, el rey no mencionó los problemas lógicos. Si la mujer acertaba en que el spren oscuro llegó durante la tormenta eterna, Aesudan tenía que haber ejecutado la orden por su cuenta, ya que era anterior. Del mismo modo, la orden de exiliar a los parshmenios también debería de haber llegado antes de la tormenta eterna. ¿Y quién sabía si un Deshecho podía siquiera influir en alguien como la reina? La spren de Urithiru imitaba a las personas, no las controlaba.
Yokska parecía un poco confusa a la hora de narrar los hechos, por lo que quizá a Finn pudiera perdonársele que confundiera la línea temporal. En todo caso, Lexa necesitaba algo embarazoso.
«Cuando derramé el vino la primera vez que mi padre me lo dejó beber en una cena. No, no… Algo que sea más…»
—¡Ah! —exclamó Yokska—. Majestad, deberías saberlo. El bando por el que se ordenaba ejecutar a los parshmenios… bueno, una coalición de ojos claros importantes no lo obedeció. Luego, después de aquella tormenta horrible, la reina empezó a dar otras órdenes, así que los ojos claros fueron a verla.
—¿A que lo adivino? —dijo Raven—. Ya no volvieron a salir de palacio.
—No, brillante señora, ya no salieron.
«¿Qué tal cuando desperté y me enfrenté a Anya, después de casi morir, y ella había descubierto mi traición?»
Seguro que con recordar aquel momento bastaría.
¿No?
Pues vaya.
—¿Y ejecutaron a los parshmenios? —preguntó Clarke.
—No —dijo Yokska—. Como decía, todo el mundo estaba preocupado por los disturbios, menos los sirvientes que difundían las órdenes de la reina, imagino. Al final la Guardia de la Muralla tomó cartas. Restauraron cierto orden en la ciudad y luego reunieron a los parshmenios y los expulsaron a la llanura. Y entonces…
—Llegó la tormenta eterna —terció Lexa, mientras se desabrochaba con disimulo el botón de la manga de la mano segura.
Yokska pareció menguar en su asiento. Los otros se quedaron callados, lo que proporcionó a Lexa la ocasión perfecta. Respiró hondo y avanzó con paso casual, sosteniendo su cuaderno con aire distraído. Tropezó a propósito con un rollo de tela que había en el suelo, dio un gañido y cayó en el centro del círculo de sillas. Terminó despatarrada en el suelo, con las faldas por la cintura, y ese día ni siquiera llevaba las calzas. Su mano segura asomaba por entre los botones de la manga, expuesta no solo a ojos del rey, sino también de Raven y, para colmo, de Clarke. Perfecta, horrible e increíblemente bochornoso. Sintió crecer un profundo rubor y los vergüenzaspren descendieron a su alrededor en tropel. Los normales tenían la forma de pétalos de flor rojos y blancos que caían.
Aquellos parecían trozos de cristal roto.
Los hombres, por supuesto, se estaban fijando más en la postura en que había caído. Lexa graznó, logró tomar una Memoria de los vergüenzaspren y se levantó, sonrojada del todo y metiendo la mano en la manga.
«Esto puede ser lo más alocado que hayas hecho en la vida —pensó—. Que no es decir poco.»
Recogió el cuaderno de bocetos y se marchó deprisa, pasando junto al marido barbudo de Yokska, al que Lexa aún no había oído abrir la boca, que estaba en la puerta con una bandeja de vino e infusión. Lexa cogió la copa de vino más oscura que vio y se la bebió de un solo trago, sintiendo las miradas de los hombres en su espalda.
—¿Lexa? —dijo por fin Clarke—. Esto…
—Estoybienerasolounexperimento —dijo ella, huyendo a la sala de muestras y arrojándose a una butaca que había para los clientes.
Tormentas, había sido muy humillante.
Aún podía ver parte de la sala contigua. El marido de Yokska anduvo hacia el grupo con su bandeja. Paró junto a Yokska, aunque el protocolo habría dictado servir primero al rey, y le puso una mano en el hombro. Ella colocó la suya sobre la de él. Lexa abrió el cuaderno y se alegró de ver que seguían cayendo vergüenzaspren a su alrededor. Aún eran de cristal. Empezó un boceto, dedicándole toda su concentración para evitar pensar en lo que acababa de hacer.
—A ver —dijo Finn en la otra sala—, estábamos hablando de la Guardia de la Muralla. ¿Obedecieron las órdenes de la reina?
—Bueno, eso fue más o menos cuando llegó el alto mariscal. A él tampoco lo he visto nunca. No sale mucho de la muralla. Restableció el orden, que es buena cosa, pero la Guardia de la Muralla no tiene miembros suficientes para vigilar la ciudad y también el muro, así que se han centrado en el muro y, a grandes rasgos, nos han dejado aquí a sobrevivir como bien podamos.
—¿Quién gobierna ahora? —preguntó Raven.
—Nadie —dijo Yokska—. Varios altos señores… bueno, se han hecho con el control de distritos. Algunos argumentaban que la monarquía había caído, que el rey los había abandonado, y discúlpame, majestad. Pero el auténtico poder de la ciudad es el Culto de los Momentos.
Lexa alzó la mirada de su boceto.
—¿Esa gente que hemos visto en la calle, los que iban disfrazados de spren? —preguntó Clarke.
—Sí, alteza —dijo Yokska—. La verdad es… que no sé qué decirte. A veces los spren se ven raros en la ciudad, y la gente cree que tiene que ver con la reina, la tormenta extraña, los parshmenios… Tienen miedo. Algunos han empezado a decir por ahí que ven la llegada de un nuevo mundo, un mundo extraño. Un mundo gobernado por los spren.
»La Iglesia Vorin ha declarado hereje el Culto de los Momentos, pero había muchísimos fervorosos en palacio cuando se oscureció. Casi todos los que quedaban buscaron refugio con algún alto señor que hubiera reclamado un pequeño distrito de Kholinar. Están cada vez más aislados, y se gobiernan por su cuenta. Y luego… y luego están los fabriales.
Fabriales. Lexa se puso de pie y asomó la cabeza al taller.
—¿Qué pasa con los fabriales?
—Si usas un fabrial de cualquier tipo —dijo Yokska—, desde las vinculacañas hasta calentadores o doloriales, los atraes. Son unos spren amarillos que llegan chillando por los aires como franjas de luz terrible. Gritan y dan vueltas a tu alrededor. Y normalmente eso hace venir a las criaturas del cielo, las de la ropa suelta y las lanzas largas. Se llevan el fabrial y a veces matan a quien intenta utilizarlo.
«Tormentas», pensó Lexa.
—¿Eso lo has visto en persona? —preguntó Raven—. ¿Qué aspecto tenían esos spren? ¿Los oíste hablar?
Lexa miró a Yokska, que se había hundido más en su asiento.
—Creo que quizá deberíamos dejar un descanso a la sastra —intervino Lexa—. Nos hemos presentado en su portal sin previo aviso, le hemos robado su dormitorio y ahora la estamos interrogando. Seguro que el mundo no acabará si le dejamos unos minutos para que se tome la infusión y se recupere.
La mujer miró a Lexa con una expresión de gratitud pura.
—¡Tormentas! —exclamó Clarke, levantándose de un salto—. Pues claro que tienes razón, Lexa. Yokska, perdónanos, y muchísimas gracias por…
—No hace falta darlas, alteza —dijo ella—. Oh, de verdad que tuve Pasión para que llegara ayuda. ¡Y aquí está! Pero con la venia del rey, yo sí que agradecería un descansito.
Raven gruñó y asintió, y Finn meneó la mano en un gesto que no era del todo despectivo, sino más bien… ensimismado. Los tres dejaron descansar a Yokska y se unieron a Lexa en la sala de muestras, donde la luz del sol poniente se colaba entre las cortinas del escaparate frontal. Lo normal sería que estuvieran abiertas para mostrar las creaciones de la sastrería, pero no cabía duda de que en tiempos recientes, habían estado cerradas casi siempre. Los cuatro se congregaron para absorber lo que habían descubierto.
—¿Y bien? —preguntó Finn, hablando por una vez en tono suave y meditabundo.
—Yo quiero saber qué está pasando con la Guardia de la Muralla —dijo Raven—. ¿Nadie había oído hablar de su líder?
—¿Del alto mariscal Celeste? —preguntó Clarke—. No, pero llevaba años sin venir. Tiene que haber muchos oficiales en la ciudad que ascendieron mientras los demás guerreábamos.
—Puede que Celeste sea quien está alimentando a la ciudad —dijo Raven—. Alguien está repartiendo grano. Este lugar se habría devorado a sí mismo hasta morir de hambre sin alguna fuente de alimento.
—Por lo menos, algo hemos averiguado —dijo Lexa—. Sabemos por qué se interrumpieron las vinculacañas.
—Los Portadores del Vacío intentan aislar la ciudad —dijo Finn—. Han echado el cerrojo al palacio para impedir que se use la Puerta Jurada, y luego han cortado la comunicación por vinculacaña. Están ganando tiempo mientras amasan un ejército lo bastante numeroso.
Lexa se estremeció. Sostuvo en alto su cuaderno y les enseñó los dibujos que había hecho.
—A los spren de la ciudad les pasa algo.
Asintieron al ver sus ilustraciones, aunque solo Raven pareció captar a qué se había estado dedicando Lexa. Pasó la mirada del boceto de los vergüenzaspren a la mano de Lexa, y luego la miró a los ojos enarcando una ceja. Ella se encogió de hombros. «Bueno, ha funcionado, ¿no?»
—Prudencia —dijo el rey en voz baja—. No debemos abalanzarnos sin más y caer presas de la oscuridad que ha tomado el palacio, pero tampoco podemos permitirnos la inactividad.
Se irguió más firme. Lexa se había acostumbrado mucho a ver a Finn como una añadidura, por culpa de la forma en que lo trataba Bellamy cada vez más. Pero tenía un empeño decidido, y sí, también un porte regio.
«Exacto —pensó, tomando una Memoria de Finn—. Sí, eres rey. Y puedes estar a la altura del legado de tu padre.»
—Debemos urdir un plan —dijo Finn—. Me alegraría saber qué aconsejas al respecto, Corredora del Viento. ¿Cómo debemos afrontar el problema?
—Si te soy sincera, no estoy segura de que debamos hacerlo. Majestad, quizá sea mejor marcharnos con la siguiente alta tormenta, volver a la torre e informar a Bellamy. Aquí no puede alcanzarnos con sus visiones, y un Deshecho podría muy bien salirse de los parámetros de nuestra misión.
—No necesitamos permiso de Bellamy para actuar —dijo Finn.
—No quería decir que…
—¿Qué podría hacer mi tío, capitana? Bellamy no sabrá más de lo que sabemos nosotros. O hacemos algo por Kholinar ahora mismo o estaremos entregando la ciudad, la Puerta Jurada y mi familia al enemigo.
Lexa estaba de acuerdo, e incluso Raven asintió despacio.
—Como mínimo, deberíamos explorar la ciudad y hacernos una mejor idea de cómo funciona —propuso Clarke.
—Sí —convino Finn—. Un rey necesita información exacta para actuar correctamente. Tejedora de Luz, ¿podrías adoptar el aspecto de una mensajera?
—Por supuesto —respondió Lexa—. ¿Por qué?
—Pongamos que yo dictara una carta para Aesudan —dijo el rey— y la lacrara con el sello real. Tú podrías interpretar a una mensajera llegada en persona desde las Llanuras Quebradas tras un durísimo periplo para reunirte con la reina y transmitirle mis palabras. Podrías presentarte en el complejo del palacio y ver cómo reaccionan los guardias de allí.
—Eso… no es mala idea —dijo Raven. Sonó sorprendida.
—Puede ser peligroso —replicó Clarke—. Quizá los guardias la hagan entrar en el palacio en sí.
—Soy la única de aquí que se ha enfrentado en persona a un Deshecho —dijo Lexa—. Es más probable que vislumbre su influencia antes que cualquier otro, y tengo los recursos para salir de allí. Coincido con su majestad: en algún momento, alguien tendrá que entrar en palacio y ver qué pasa allí. Prometo retirarme enseguida si el instinto me dice que algo va mal.
—Mmm… —intervino Patrón desde sus faldas, sorprendiéndola. Acostumbraba a guardar silencio cuando había otros cerca—. Yo vigilaré y la advertiré. Iremos con cuidado.
—Intenta evaluar el estado de la Puerta Jurada —dijo el rey—. Su plataforma forma parte del complejo del palacio, pero no hace falta atravesarlo para subir a ella. Lo mejor para la ciudad podría ser llegar a ella a hurtadillas, activarla para traer refuerzos y entonces decidir cómo rescatar a mi familia. Pero de momento, limítate al reconocimiento.
—¿Y los demás pasamos la noche aquí cruzados de brazos? —protestó Raven.
—Esperar y confiar en aquellos a quienes se otorga poder son las bases de un buen reinado, Corredora del Viento —dijo Finn—. Pero sospecho que la brillante Lexa no pondrá objeciones a que la acompañes, y preferiría tener a alguien atenta para ayudarla a escapar en una emergencia.
No llevaba toda la razón. Lexa sí que pondría objeciones a la presencia de Raven. Velo no querría tenerla mirando por encima del hombro todo el rato, y Lexa no querría que le hiciera preguntas sobre aquella personalidad. Sin embargo, no halló ninguna objeción razonable.
—Quiero dar una vuelta por la ciudad —dijo, mirando a Raven—. Que Yokska escriba la carta del rey y luego reúnete conmigo. Clarke, ¿hay algún punto de encuentro conveniente?
—La gran escalinata que sube hasta el complejo de palacio, tal vez —propuso ella—. Es imposible no verla, y tiene una plazoleta delante.
—Excelente —dijo Lexa—. Llevaré un sombrero negro, Raven. Tú puedes llevar tu propia cara, supongo, ahora que ya hemos superado a la Guardia de la Muralla. Pero esa marca de esclava…
Alzó la mano para crear una ilusión que la borrara de su frente. Raven le cogió la mano.
—No hace falta. La taparé con el pelo.
—Te asoma —señaló ella.
—Pues que asome. En una ciudad llena de refugiados, no va a importar a nadie.
Lexa puso los ojos en blanco, pero no insistió. Lo más seguro era que Raven tuviera razón. Con ese uniforme, la tomarían por una esclava que alguien adquirió para la guardia de su casa. Aunque la marca del shash era extraña. El rey fue a preparar su carta, y Clarke y Raven se quedaron en la sala de muestras para hablar en voz baja sobre la Guardia de la Muralla. Lexa subió la escalera. Su cuarto era uno más pequeño de la primera planta. Dentro estaban Rojo, Vathah y la ayudante de espía Ishnah, charlando sin alzar la voz.
—¿Cuánto habéis escuchado? —les preguntó Lexa.
—No mucho —dijo Vathah, señalando con el pulgar por encima del hombro—. Estábamos demasiado ocupados viendo a Ishnah poner patas arriba el dormitorio de la sastra para ver si ocultaba algo.
—Dime que no lo has dejado revuelto.
—No lo he dejado revuelto —prometió Ishnah—. Y no tengo nada de lo que informar. Es muy posible que la mujer sea tan aburrida como aparenta. Pero los chicos han aprendido buenos procedimientos de búsqueda, eso sí.
Lexa pasó junto a la pequeña cama de invitados y, por la ventana, contempló una vista sobrecogedora calle abajo. Cuántos hogares había en la ciudad, cuánta gente. Intimidaba. Por suerte, Velo no lo vería del mismo modo. Solo había un problema.
«No puedo seguir trabajando con este equipo —pensó— sin que en algún momento hagan preguntas.» Aquella misión de Kholinar iba a precipitar los acontecimientos, ya que Velo no había llegado volando con ellos.
Había temido ese momento. Pero también… ¿lo había deseado un poco?
—Tengo que decírselo —susurró.
—Mmm —dijo Patrón—. Es bueno. Progreso.
A ella le parecía más bien que estaba arrinconada. Pero aun así, tarde o temprano habría que hacerlo. Fue a su morral y sacó un abrigo blanco y un sombrero que se plegaba por el lado.
—Un poco de intimidad, chicos —dijo a Vathah y Rojo—. Velo tiene que vestirse.
Los hombres miraron del abrigo a Lexa y luego de nuevo a la prenda. Rojo se dio un manotazo en la sien y se echó a reír.
—¡Venga ya, tormentas! Ahora me siento como un idiota.
Lexa esperaba que Vathah se sintiera traicionado, pero en lugar de ello asintió, como si tuviera todo el sentido. La saludó con un dedo y los dos hombres se retiraron. Ishnah se quedó en el dormitorio. Después de dudar un poco, había decidido llevar consigo a la mujer. Dante la había aprobado y, a fin de cuentas, Velo necesitaba entrenar.
—No parece que te sorprenda —dijo Lexa mientras empezaba a cambiarse.
—Empecé a sospechar cuando Velo… cuando tú me dijiste que viniera a esta misión —respondió ella—. Luego vi las ilusiones y lo deduje. —Calló un momento—. Lo cogí al revés. Creía que la personalidad falsa era la brillante Lexa. Pero resulta que la identidad creada era la de la espía.
—Te equivocas —dijo Lexa—. Las dos son falsas en igual medida. —Cuando se hubo vestido, pasó páginas de su cuaderno hasta encontrar un dibujo de Lyn en su uniforme de exploradora. Perfecto—. Ve a decir a la brillante Raven que ya he salido explorar y que se reúna conmigo más o menos dentro de una hora.
Salió por la ventana y saltó un piso hasta el suelo, confiando en su luz tormentosa para no partirse las piernas. Luego partió calle abajo.
