63. DENTRO DEL ESPEJO
Regresé a la torre para encontrar a niños regañando, no a orgullosos caballeros. Por eso odio este sitio. Voy a marcharme a cartografiar las cavernas submarinas ocultas de Aimia. Encontraréis mis mapas en Akinah
Del cajón 16-16, amatista
A Velo le gustaba estar de nuevo en una ciudad como debía ser, aunque aquella estuviera medio asilvestrada. La mayoría de las ciudades vivían al mismo límite de la civilización. Todo el mundo hablaba de los pueblos y aldeas perdidos como si estuvieran incivilizados, pero ella había encontrado a sus habitantes agradables, serenos y cómodos con su forma de vida más tranquila. No ocurría lo mismo en las ciudades. Toda ciudad se equilibraba al borde de la sostenibilidad, siempre a un paso de la hambruna. Cuando se juntaba a tanta gente, sus culturas, sus ideas y sus hedores se rozaban entre sí. El resultado no era la civilización, sino un caos contenido, presurizado, embotellado para que no pudiera escapar. Las ciudades tenían una tensión. Podía respirarse, sentirla con cada pisada. Velo la adoraba. Cuando estuvo a unas calles de distancia de la sastrería, se caló el sombrero y alzó una página de su cuaderno de bocetos, como si consultara un mapa. Con ello se cubrió mientras exhalaba luz tormentosa y transformaba sus rasgos y su cabello de los de Lexa a los de Velo. No llegó ningún spren chillando para dar la alarma por lo que había hecho. En consecuencia, tejer la luz era distinto a usar fabriales. Había estado bastante convencida de que no pasaría nada, ya que habían entrado en la ciudad disfrazados, pero había preferido alejarse de la sastrería por si acaso. Velo paseó avenida abajo, con su largo abrigo acariciándole las pantorrillas. Decidió al instante que le gustaba Kholinar. Le gustaba la forma en que la ciudad se extendía por sus colinas, como un abultado manto de edificios. Le gustaba cómo olía a especias comecuernos con una ráfaga de viento y luego a cangrejos al vapor estilo alezi con la siguiente. Aunque claro, lo más seguro era que ese día no fuesen cangrejos propiamente dichos, sino cremlinos. Esa parte no le gustaba. Pobre gente. Incluso en aquel distrito más pudiente, no podía dar cinco pasos sin tener que rodear a grupos de gente. Los patios interiores de las manzanas estaban atestados de lo que a buen seguro habían sido pueblerinos normales y corrientes no hacía mucho tiempo, pero que habían pasado a ser unos desgraciados empobrecidos. No había mucho tráfico rodado en las calles. Algunos palanquines tirados por guardias. Ningún carruaje. La vida, sin embargo, no se detenía por una guerra, ni siquiera por un segundo Aharietiam. Había agua que sacar, ropa que limpiar. Trabajo de mujeres en su mayoría, como revelaban los grandes grupos de hombres que había por ahí. Sin nadie al cargo de la ciudad, ¿quién pagaría a los hombres para trabajar en las fraguas, limpiar las calles o descascarillar crem? Era hasta peor, porque en una ciudad de aquel tamaño, gran parte de las tareas más mecánicas las habrían llevado a cabo los parshmenios. Nadie estaría ansioso por saltar a ocupar sus puestos.
«Pero la muchacha del puente tiene razón —pensó Velo, remoloneando en una intersección—. Aun así, se está alimentando a la ciudad. Un lugar como Kholinar se consumiría a sí mismo bien deprisa, cuando se terminaran la comida y el agua.»
No, las ciudades no eran sitios civilizados. No más que un espinablanca estaba domesticado solo porque llevara collar. Un grupito de sectarios disfrazados de putrispren bajaban renqueando por la calle, evocando la sangre con la pintura roja de sus ropajes. Lexa consideraba a esas personas extremadas y alarmantes, posiblemente locas, pero Velo no estaba convencida del todo. Eran demasiado teatrales, y había demasiados, para que todos fuesen auténticos dementes. Aquello era una moda, una forma de lidiar con los acontecimientos inesperados y dar cierta estructura a unas vidas que se habían puesto patas arriba. Lo cual no implicaba que no fuesen peligrosos. Un grupo de personas que intentaban impresionarte entre sí eran siempre más alarmantes que un psicópata solitario. De modo que procuró no acercarse a los miembros del culto. Durante la siguiente hora, Velo exploró la ciudad manteniendo un rumbo general hacia el palacio. El barrio de la sastrería era el más normal. Tenía un mercado en funcionamiento, que pretendía investigar más a fondo cuando tuviera tiempo. Tenía parques y, aunque se los habían apropiado las muchedumbres, se trataba de gente animada. Eran familias, e incluso comunidades trasplantadas desde los pueblos de alrededor, esforzándose cuanto podían. Pasó por las mansiones parecidas a refugios de los ricos. Algunas las habían saqueado: tenían las puertas derrumbadas, los postigos agrietados, los terrenos cubiertos de mantas o chabolas. Algunas familias de ojos claros, al parecer, no mantenían una guardia lo bastante numerosa como para contener las revueltas. Siempre que el recorrido de Velo la acercaba a la muralla de la ciudad, entraba en los barrios más atestados y abatidos. Refugiados que se limitaban a quedarse sentados en la calle. Ojos vacíos, ropa raída. Gente sin hogar ni comunidad. En cambio, cuanto más se aproximaba al palacio, más se vaciaba la ciudad. Incluso los desafortunados que poblaban las calles próximas a la muralla, que sufría las incursiones de los Portadores del Vacío, sabían que no les convenía acercarse por allí. Lo cual hacía que los hogares de los adinerados, allí en el distrito palaciego, parecieran… fuera de lugar. En tiempos normales, vivir cerca de palacio se consideraría un privilegio, y todos los complejos de la zona contaban con muros privados que protegían delicados jardines y ostentosas ventanas. Pero al caminar entre ellos, Velo notó que algo andaba mal en una sensación de picor en la piel. Las familias que vivían allí también tenían que haberlo notado, pero se obstinaban en permanecer en sus mansiones. Miró por la puerta de hierro de una de ellas y vio soldados apostados como centinelas, hombres con uniformes oscuros cuyos colores e insignias no alcanzaba a distinguir. De hecho, cuando uno la miró, no pudo verle el color de los ojos. Seguramente sería cosa de la luz, pero… tormentas, parecía que los soldados también tenían algo mal. Se movían de forma extraña, corriendo en ráfagas, como depredadores al acecho. No se detenían a hablar entre ellos al cruzarse. Se apartó y siguió calle abajo. Tenía el palacio justo delante. Antes de llegar a él estaban los amplios peldaños donde iba a reunirse con Raven, pero aún le quedaba tiempo. Fue a un parque cercano, el primero que había visto en la ciudad donde no se apiñaran los refugiados. Los altos tocopesos, cultivados con el tiempo para propiciar el crecimiento y la expansión de las hojas, proporcionaban la sombra de un dosel. Lejos de posibles ojos indiscretos, empleó la luz tormentosa para superponer a las características y la ropa de Velo las de Lyn. Una complexión más fuerte y recia y el uniforme azul de exploradora. El sombrero se transformó en uno negro para la lluvia, de los que se llevaban a menudo durante el Llanto. Salió del parque como Velo interpretando un papel. Intentaba mantener clara esa distinción en su mente. Seguía siendo Velo, solo que disfrazada. Y ahora, a ver qué podía averiguar sobre la Puerta Jurada. El palacio se alzaba en un promontorio que dominaba la ciudad, y Velo recorrió las calles hasta su lado oriental, donde en efecto halló la plataforma de la Puerta Jurada. Estaba cubierta de edificios y era tan alta como el palacio, quizá unos seis metros. Estaba conectada con el edificio principal por un pasillo cubierto que reposaba sobre un muro bajo.
«Han construido ese acceso justo encima de la rampa», pensó disgustada. Los otros únicos caminos que llegaban a la plataforma eran escaleras talladas en la roca, y todas estaban protegidas por gente disfrazada de spren.
Velo observó desde una distancia segura. Entonces, ¿el culto estaba implicado de algún modo en todo aquello? Sobre la plataforma, salía humo de una gran hoguera y Velo oyó sonidos que llegaban desde esa dirección. ¿Eran… chillidos?
Todo el lugar era inquietante, y Velo tuvo un escalofrío y retrocedió. Encontró a Raven apoyada en el pedestal de una estatua, en la plaza que había delante de la escalinata. Estaba creada por moldeado de almas en bronce y representaba a una figura en armadura esquirlada alzándose como de entre las olas.
—Hola —dijo Velo en voz baja—. Soy yo. ¿Te gustan las botas de este traje? —Levantó un pie.
—¿Tiene que salir siempre el mismo tema?
—Te estaba dando una contraseña, muchacha del puente —dijo ella—, para demostrarte que soy quien digo ser.
—La cara de Lyn ya lo dejaba claro —replicó ella, entregándole la carta del rey dentro de un sobre lacrado.
«Me gusta —pensó Velo. Era un pensamiento… extraño, por lo mucho más intensamente que se manifestaba la emoción en Velo que en Lexa—. Me gusta ese aire taciturno que tiene, y esos ojos peligrosos.»
¿Por qué se concentraba tanto Lexa en Clarke? Era maja, pero también sosa. No se la podía pinchar sin remordimientos, mientras que Raven te asesinaba con la mirada de forma más que satisfactoria.
La parte de ella que seguía siendo Lexa, muy al fondo, se molestó con aquel hilo de pensamientos, de modo que Velo desvió su atención al palacio. Era una estructura grandiosa, pero con más aspecto de fortaleza del que había imaginado. Muy alezi. La planta baja era un rectángulo inmenso, con el lado corto orientado hacia la tormenta. Los niveles superiores iban estrechándose y del centro del edificio se alzaba una cúpula. Desde cerca, no logró distinguir la línea exacta en la que cesaba la luz del sol y empezaba la sombra. De hecho, la atmósfera oscura era… distinta a la que había notado en Urithiru cuando la spren oscura estaba allí. No podía quitarse la sensación de que no lo estaba viendo todo. Cuando apartaba la mirada un instante y la devolvía, podría jurar que había algo distinto. ¿Se había movido esa jardinera, la que ascendía con los enormes peldaños de entrada? ¿Esa puerta siempre había estado pintada de azul?
Tomó una Memoria, apartó la mirada solo un instante y tomó otra. No estaba segura de que fuera a servir de algo, dado que antes había tenido problemas para dibujar el palacio.
—¿Los ves? —susurró Raven—. ¿Los soldados que hay entre las columnas?
No los había visto. La fachada del palacio, en la cima de la larga escalinata, estaba jalonada de columnas. Fijándose más en las sombras, vio hombres allí, reunidos bajo el saliente que sostenían los pilares. Estaban quietos como estatuas, con las lanzas en pie, sin moverse un ápice. Se acumularon expectaspren en torno a Velo, que se sobresaltó. Dos de ellos parecían normales, como gallardetes planos, pero los demás estaban mal. Ondeaban largos y finos zarcillos que parecían látigos dispuestos a azotar a un siervo. Cruzó la mirada con Raven y tomó una Memoria de los spren.
—¿Vamos? —preguntó Raven.
—Voy yo. Tú te quedas aquí.
Raven le lanzó una mirada por respuesta.
—Si algo se tuerce, prefiero que estés preparada aquí fuera para entrar y ayudarme. Mejor no arriesgarnos a caer las dos en las garras de un Deshecho. Gritaré si te necesito.
—¿Y si no puedes gritar? ¿O si no te oigo desde aquí?
—Enviaré a Patrón.
Raven se cruzó de brazos pero asintió.
—Bien. Ten cuidado.
—Siempre tengo cuidado.
Raven le alzó una ceja, pero la capitana estaba pensando en Lexa. Velo no era tan imprudente. Subir aquellos peldaños se le hizo demasiado largo. Por un instante, habría jurado que se extendían hasta el cielo, hacia el vacío eterno. Y entonces coronó la escalera y se halló bajo aquellas columnas. Un grupo de guardias se acercó a ella.
—¡Traigo un mensaje del rey! —exclamó, sosteniéndolo en alto—. Para entregar en persona a su majestad. ¡He viajado hasta aquí desde las Llanuras Quebradas!
Los guardias ni se inmutaron. Uno abrió una puerta al interior del palacio mientras los demás formaban detrás de Velo y la obligaban a avanzar. Ella tragó saliva, notando que el sudor le helaba la frente, y permitió que la hicieran pasar por la puerta. Por aquellas fauces…
Llegó a un gran vestíbulo, todo mármol y un brillante candelabro de esferas. Ningún Deshecho. Ninguna oscuridad aguardando para devorarla. Soltó el aire, aunque sí que alcanzaba a sentir algo. Aquella fantasmagórica extrañeza era más intensa allí dentro. Aquella sensación errónea. Dio un respingo cuando un soldado le puso la mano en el hombro. Un hombre con nudos de capitán salió de una pequeña sala contigua al gran vestíbulo.
—¿Qué ocurre?
—Mensajera —dijo un soldado—, de las Llanuras Quebradas.
Otro le quitó la carta de entre los dedos y se la entregó al capitán. Velo ya podía verles los ojos, y todos parecían normales: tropas ojos oscuros, oficial ojos claros.
—¿Quién era tu comandante allí? —le preguntó el capitán, echando un vistazo a la carta y fijándose en el sello—. Dime. Serví en las llanuras unos años.
—El capitán Colot —respondió Velo, nombrando al oficial que se había unido a los Corredores del Viento. No era quien había estado al mando de Lyn, pero sí que tenía exploradoras a su cargo.
El capitán asintió y dio la carta a uno de sus hombres.
—Llévala a la reina Aesudan.
—Se supone que debo entregarla en persona —protestó Velo, aunque anhelaba salir de aquel lugar. Huir a lo loco, si tenía que ser sincera. Pero debía quedarse. Cualquier cosa que averiguara allí sería de…
Un soldado la atravesó.
Ocurrió tan deprisa que se quedó mirando boquiabierta la hoja de espada que le salía del pecho, mojada con su sangre. El soldado tiró del arma para extraerla y Velo se derrumbó con un gemido. Por instinto, empezó a recurrir a la luz tormentosa.
«No… No, haz lo… lo mismo que hizo Anya…»
Engáñalos. Finge. Miró horrorizada a los hombres, traicionada, entre los dolorspren que se alzaban a su alrededor. Un soldado salió al trote con el mensaje, pero el capitán se limitó a caminar de vuelta a su puesto. Ninguno de los demás dijo ni una palabra mientras ella sangraba por todo el suelo, mientras iba perdiendo la visión…
Dejó que se le cerraran los párpados y entonces tomó una breve e intensa bocanada de luz tormentosa. Solo una cantidad ínfima, que mantuvo en su interior, conteniendo el aliento. La suficiente para mantenerla viva y curar las heridas internas.
«Patrón, por favor no te vayas. No hagas nada. No canturrees, no zumbes. Silencio. Guarda silencio.»
Un soldado la recogió, se la echó al hombro y la cargó por el palacio. Velo se arriesgó a entreabrir un solo ojo y vio que estaba en un amplio pasillo ocupado por decenas y decenas de soldados. Solo… estaban quietos allí. Vivían, porque de vez en cuando alguno tosía o cambiaba de postura. Algunos estaban apoyados en la pared, pero ninguno se movía de su sitio. Humanos, pero afectados. El guardia que cargaba con ella pasó ante un espejo que llegaba desde el suelo al techo, rodeado por un lujoso marco de bronce. En él, Velo vislumbró al guardia con Lyn echada al hombro. Y más allá, muy al fondo dentro del espejo, algo se volvió haciendo desvanecerse la imagen normal y miró hacia Lexa con un movimiento repentino y sorprendido. Parecía la sombra de una persona, solo que con puntos blancos en vez de ojos. Velo se apresuró a cerrar el ojo. Tormentas, ¿qué había sido eso?
«No te muevas. Mantente quieta del todo. Ni siquiera respires.»
La luz tormentosa le permitía sobrevivir sin aire.
El guardia la llevó abajo por una escalera, abrió una puerta y siguió descendiendo. La soltó sin miramientos en la piedra y tiró su sombrero encima de ella antes de dar media vuelta y marcharse, cerrando la puerta a su espalda. Velo esperó tanto como pudo soportar antes de abrir por fin los ojos y descubrirse a oscuras. Inspiró y estuvo a punto de atragantarse con aquel hedor a podrido y moho. Temiendo y sospechando lo que podría encontrar, absorbió luz tormentosa y se hizo brillar.
La habían dejado al final de una pequeña hilera de cadáveres.
Eran siete, tres hombres y cuatro mujeres, todos con ropa buena, pero cubiertos de putrispren y de cremlinos que devoraban su carne. Contuvo un chillido y se levantó con dificultades. ¿Quizá… podían ser algunos de los ojos claros que habían acudido a palacio para hablar con la reina?
Recogió el sombrero y fue hacia los peldaños. Aquello era la bodega, una cámara de piedra tallada en la misma roca. En la puerta por fin oyó a Patrón, que le había estado hablando, aunque su voz le había parecido lejana.
—¿Lexa? He sentido lo que me decías. «No te vayas.» Lexa, ¿estás bien? ¡Oh! La destrucción. Destruís algunas cosas, pero ver a otros destruidos os altera. Hummm… —Sonaba satisfecho de haber resuelto un enigma.
Se concentró en la voz del spren, en un sonido familiar. No en el recuerdo de una espada saliendo de su propio pecho, ni en la crueldad con que la habían arrojado allí para que se pudriera, ni en la hilera de cadáveres con los huesos a la vista, los rostros torturados, los ojos masticados…
«No pienses. No lo veas.»
Lo apartó todo de su mente y apoyó la frente contra la puerta.
Luego la abrió despacio y con cautela y vio un pasillo desierto de piedra al otro lado, con más peldaños ascendentes. Por allí había demasiados soldados. Se puso una ilusión distinta, la de una sirviente de su cuaderno de bocetos. Quizá fuese menos sospechosa. Y como mínimo, le cubriría la sangre. No regresó escalera arriba, sino que se internó más en los túneles. Aquello resultó ser el mausoleo de los Griffin, en el que había cadáveres de otro tipo: antiguos reyes convertidos en estatuas. Sus pétreos ojos la siguieron por túneles y más túneles hasta que encontró una puerta que, a juzgar por la luz solar que entraba por bajo, salía a la ciudad.
—Patrón —susurró—, comprueba si hay guardias fuera.
El spren zumbó y pasó por debajo de la puerta para volver un momento después.
—Mmm… Hay dos.
—Vuelve y luego muévete despacio por la pared hacia la derecha —dijo mientras lo infundía.
Patrón obedeció y pasó por debajo de la puerta. El sonido que ella había creado salió de él mientras se alejaba, imitando la voz del capitán llegada desde arriba, llamando a los guardias. No era perfecta, porque no había esbozado a aquel hombre, pero pareció funcionar, ya que oyó pisadas de botas que se marchaban. Salió por la puerta y se encontró en la base del promontorio sobre el que se alzaba el palacio, con una pared vertical de unos seis metros por encima de ella. Los guardias estaban distraídos andando hacia su derecha, así que Velo se metió en una calle cercana y corrió un momento, agradecida de poder liberar un poco de energía por fin. Se derrumbó a la sombra de un edificio vacío, con las ventanas destrozadas y sin puerta. Patrón correteó por el suelo hacia ella. Los guardias no parecían haber reparado en ella.
—Ve a buscar a Raven —pidió a Patrón—, y tráela. Avísale de que puede haber soldados observándola desde palacio y que tal vez vayan a por ella.
—Mmm. —Patrón se alejó de ella.
Se acurrucó contra una pared de piedra, con el abrigo aún cubierto de sangre. Tras una espera que la puso de los nervios, Raven llegó a la calle y corrió hacia ella.
—¡Tormentas! —dijo, arrodillándose a su lado. Patrón resbaló de su casaca, zumbando feliz—. Lexa, ¿qué te ha pasado?
—Bueno —respondió ella—, como conocedora de las cosas que me han matado, creo que me ha atravesado una espada.
—Lexa…
—La fuerza malvada que domina el palacio no tiene muy buena opinión de nadie que llegue con una carta del rey. —Le sonrió—. Podría decirse que, hum, esa actitud la han clavado.
«Sonríe. Necesito que sonrías. Necesito que lo que ha ocurrido esté bien. Que sea algo que pueda no afectarme. Por favor.»
—En fin —dijo Raven—, me alegro de que… esto te haya afilado el humor.
Sonrió.
Todo estaba bien. Era solo un día más, una infiltración más.
Raven la ayudó a levantarse, hizo ademán de inspeccionarle la herida y ella le apartó la mano de una palmada. El corte no estaba en un lugar apropiado.
—Perdona —dijo ella—. Instintos de cirujana. ¿Volvemos al escondrijo?
—Sí, por favor —repuso ella—. Preferiría que no volvieran a matarme hoy. Es muy cansado.
