65. VEREDICTO

Ahora que abandonamos la torre, ¿puedo por fin reconocer que odio este lugar? Demasiadas normas

Del cajón 8-1, amatista

Los recuerdos se revolvieron en la mente de Bellamy mientras cruzaba un largo pasillo fuera del edificio de control de la Puerta Jurada en Azimir, todo ello cubierto por una esplendorosa cúpula de bronce. El Gran Mercado, como lo llamaban, era un inmenso distrito comercial interior. Supondría un inconveniente cuando Bellamy necesitara utilizar la Puerta Jurada en toda su capacidad. En esos momentos apenas veía nada del recinto. El edificio de control, que había recibido trato de monumento en el mercado, estaba rodeado por vallas de madera y un nuevo pasillo, desierto e iluminado por lámparas de esferas en las paredes. Zafiros.

¿Coincidencia o una muestra de respeto a un visitante Griffin?

El pasillo desembocaba en una sala pequeña ocupada por una fila de soldados azishianos. Llevaban malla con placas, con curiosos cascos en las cabezas, grandes escudos y hachas de mangos larguísimos y cabezas pequeñas. El grupo entero se sobresaltó con la llegada de Bellamy y al instante retrocedió un paso, empuñando sus armas con actitud amenazadora. Bellamy separó los brazos, con el paquete de Fen en una mano y el de comida en la otra.

—Voy desarmado.

Los hombres hablaron deprisa en azishiano. Bellamy no vio al Supremo ni a la pequeña Radiante, aunque la gente con los gabanes de complejos bordados eran visires y vástagos, en esencia las versiones azishianas de los fervorosos. Solo que allí los fervorosos participaban en el gobierno mucho más de lo que era debido. Una mujer se adelantó, acompañada del susurro de las muchas capas de su larga y extravagante vestidura al caminar. Su traje lo completaba un sombrero a juego. Era alguien importante, y quizá pretendiera hacerle de intérprete.

«Es el momento de mi primer ataque», pensó Bellamy. Abrió el paquete que le había dado Fen y sacó cuatro folios.

Se los entregó a la mujer y lo satisfizo la sorpresa que vio en sus ojos. Cogió los papeles a regañadientes y llamó a varios compañeros. Llegaron junto a ella frente a Bellamy, lo que a todas luces puso nerviosos a los guardias. Unos pocos habían desenfundado kattaris triangulares, una variedad de espada corta muy popular allí en el oeste. Bellamy siempre había querido uno. Los fervorosos se retiraron detrás de los soldados y mantuvieron una animada conversación. El plan era intercambiar cumplidos en aquella sala y luego que Bellamy regresara de inmediato a Urithiru, momento en el que pretendían volver a cerrar la Puerta Jurada desde el lado azishiano. Bellamy quería más. Pretendía lograr más. Algún tipo de alianza, o como mínimo reunirse con el emperador. Un fervoroso empezó a leer los papeles a los demás. Estaban escritos en azishiano, un idioma curioso compuesto de pequeñas marcas que parecían huellas de cremlino. Carecía de las elegantes y amplias verticales de la escritura de las mujeres alezi. Bellamy cerró los ojos, escuchando el idioma desconocido. Al igual que en Ciudad Thaylen, por un momento sintió que casi lograba comprenderlo. Estiró los músculos y notó que tenía cerca el significado.

—¿Me ayudarías a entenderlo? —susurró al Padre Tormenta.

¿Qué te hace pensar que puedo?

—No seas modesto —susurró Bellamy—. En las visiones he hablado idiomas nuevos. Puedes hacer que hable azishiano.

El Padre Tormenta retumbó, contrariado. Eso no era cosa mía, dijo por fin. Lo hiciste tú.

—¿Cómo se usa?

Prueba a tocar a uno de ellos. Mediante la Adhesión Espiritual, puedes efectuar una Conexión.

Bellamy contempló al grupo de guardias hostiles, suspiró y gesticuló, imitando el acto de vaciarse una copa en el gaznate. Los soldados cruzaron palabras bruscas y uno de los más jóvenes se vio obligado a acercarse con una cantimplora. Bellamy inclinó la cabeza en gesto de agradecimiento y, mientras daba un sorbo a la cantimplora, asió al joven por la muñeca y no lo soltó.

Luz tormentosa, dijo el trueno en su mente.

Bellamy introdujo luz tormentosa en el otro hombre y sintió algo, como un sonido amistoso que llegara de otra sala. Lo único que había que hacer era entrar en ella. Tras un cuidadoso empujón, la puerta a esa otra sala se abrió y los sonidos bailaron y se ondularon en el aire. Entonces, como en un cambio de tonalidad en la música, modularon de un galimatías a palabras con sentido.

—¡Capitán! —gritó el joven guardia al que tenía agarrado Bellamy—. ¿Qué hago? ¡Me tiene cogido!

Bellamy lo soltó, y por suerte su comprensión del idioma no desapareció.

—Discúlpame, soldado —dijo Bellamy, devolviéndole la cantimplora—. No pretendía asustarte.

El joven regresó de espaldas con sus compañeros.

—¿El caudillo habla azishiano? —Sonó tan sorprendido como si hubiera encontrado un chull parlante.

Bellamy juntó las manos tras la espalda y observó a los fervorosos. «Te empeñas en considerarlos fervorosos —se dijo— porque tanto los hombres como las mujeres saben leer.» Pero ya no estaba en Alezkar. A pesar de sus aparatosos gabanes y los grandes sombreros, las mujeres azishianas llevaban la mano segura descubierta.

El Hacedor de Soles, antepasado de Bellamy, había argumentado que era necesario civilizar a los azishianos. Bellamy se preguntó si alguien se había creído la excusa incluso en aquellos tiempos, o si todos la habían visto como la racionalización que era. Los visires y vástagos terminaron de leer y se volvieron hacia Bellamy, bajando las páginas que les había entregado. Bellamy había aceptado el plan de la reina Fen, sabiendo que no podría abrirse camino en Azir a base de espada. En vez de ello, había llevado consigo un tipo de arma distinto.

Un ensayo.

—¿De verdad hablas nuestro idioma, alezi? —preguntó la líder de los visires. Tenía la cara redondeada, ojos castaños oscuros y un sombrero cubierto de brillantes patrones. Su pelo entrecano salía por el lado en una tersa trenza.

—He tenido ocasión de aprenderlo hace poco —dijo Bellamy—. Eres la visir Noura, supongo.

—¿La reina Fen escribió esto?

—De su puño y letra, excelencia —respondió Bellamy—. Puedes contactar con Ciudad Thaylen para confirmarlo.

Volvieron a hacer corrillo para conversar en voz baja. El ensayo era un estudio largo pero convincente sobre el valor económico de las Puertas Juradas para las ciudades que las albergaban. Fen defendía que la insistencia de Bellamy en forjar una alianza constituía la oportunidad perfecta para asegurar acuerdos comerciales beneficiosos y prolongados a través de Urithiru. Incluso si Azir no pretendía unirse del todo a la coalición, debería negociar el uso de las Puertas Juradas y enviar una delegación a la torre. Dedicaba muchísimas palabras a afirmar lo evidente, que era justo la clase de cosas para las que Bellamy no tenía paciencia. Lo cual, con un poco de suerte, lo haría perfecto para los azishianos. Y si con eso no bastaba… bueno, Bellamy nunca iba a la batalla sin tropas frescas en la reserva.

—Alteza —dijo Noura—, por impresionados que estemos de que te preocuparas de aprender nuestro idioma, e incluso teniendo en cuenta el firme argumento presentado aquí, consideramos que será mejor que…

Dejó la frase en el aire cuando Bellamy sacó de su paquete un segundo grupo de folios, seis páginas en esa ocasión. Las alzó ante el grupo como un estandarte y se las ofreció. Un guardia cercano retrocedió de un salto, haciendo tintinear su cota de malla. La pequeña cámara quedó en silencio. Al cabo de un momento, un guardia aceptó los papeles y los llevó a los visires y vástagos. Un hombre bajito empezó a leerlos sin levantar la voz. Bellamy acababa de entregarles un extenso tratado de Echo, que hablaba de las maravillas que habían descubierto en Urithiru y extendía una invitación formal a los eruditos azishianos para que las visitaran y las compartieran. Planteaba argumentos inteligentes sobre la importancia de los nuevos fabriales y la tecnología en la lucha contra los Portadores del Vacío. Incluía diagramas de las tiendas que había creado para ayudar al combate durante el Llanto y explicaba sus teorías sobre las torres flotantes. A continuación, con el permiso de Bellamy, les ofrecía un regalo: unos esquemas detallados que Gustus había traído desde Jah Keved y explicaban la creación de los llamados semiesquirlados, escudos fabriales que podían soportar unos pocos impactos de hojas esquirladas.

«El enemigo está unido en nuestra contra —concluía su ensayo—. Cuenta con las ventajas de la determinación, la armonía y unos recuerdos que se extienden largo trecho en el pasado. Plantarles cara requerirá de nuestras mejores mentes, ya sean alezi, azishianas, veden o thayleñas. Difundo libremente secretos de estado, pues los días de acaparar el conocimiento quedaron atrás. Ahora, o aprendemos juntos o caemos por separado.»

Los visires terminaron de leerlo y se fueron pasando los esquemas, que estudiaron durante mucho tiempo. Después el grupo miró a Bellamy, que percibió un cambio en su actitud. El plan estaba funcionando, por extraño que pareciera. En fin, Bellamy no sabía gran cosa sobre ensayos, pero tenía instinto para el combate. Cuando a tu adversario le faltaba el aliento, no permitías que se recuperara. Le clavabas la espada en el cuello. Bellamy metió la mano en el paquete y sacó el último papel que contenía, un único folio escrito por las dos caras. Lo sostuvo con el índice y el pulgar. Los azishianos lo miraron con los ojos muy abiertos, como si estuviera mostrándoles una brillante gema de incalculable valor. Esa vez, la visir Noura en persona se acercó a cogerlo.

—«Veredicto —empezó a leer—, por Anya Griffin.»

Los demás se abrieron paso entre los guardias y se congregaron para leerlo todos. Aunque era el ensayo más corto de los tres, Bellamy los oyó susurrar y maravillarse por su contenido.

—¡Fijaos, incorpora las siete Formas Lógicas de Aqqu!

—Ese pasaje alude a la Gran Orientación. Y tormentas, cita al Supremo Kasimarlix en tres etapas sucesivas, cada cual elevando la cita a un nivel distinto de Entendimiento Superior.

Una mujer se tapó la boca con la mano.

—¡Está escrito de principio a fin en una sola métrica rítmica!

—Por el gran Titus —dijo Noura—, tienes razón.

—Las alusiones…

—Esos juegos de palabras…

—El ímpetu y la retórica…

Aparecieron logispren alrededor de ellos con la forma de pequeñas nubes de tormenta. Luego, casi al mismo tiempo, todos los visires y vástagos se volvieron hacia Bellamy.

—Esto es una obra de arte —afirmó Noura.

—¿Es convincente? —preguntó Bellamy.

—Incita a una reflexión prolongada —dijo Noura, mirando a los demás, que asintieron—. De verdad has venido solo. Eso nos ha dejado estupefactos. ¿No te preocupa tu seguridad?

—Vuestra Radiante ha demostrado sabiduría a pesar de su juventud —respondió Bellamy—. Estoy convencido de poder confiarle a ella mi seguridad.

—No sé si yo confiaría en ella para nada —dijo un hombre con una risita—. A menos que sea para que te vacíe los bolsillos.

—De todos modos —dijo Bellamy—, he venido a suplicaros que confiéis en mí. Hacerlo así me parecía la mejor demostración de mis intenciones. —Separó los brazos a los lados—. No me enviéis de vuelta inmediatamente. Conversemos como aliados, no como hombres en la tienda de parlamento de un campo de batalla.

—Llevaré estos ensayos al Supremo y su consejo formal —dijo al cabo de un momento la visir Noura—. Reconozco que parece tenerte aprecio, a pesar de tu inexplicable invasión de sus sueños. Acompáñanos.

Ir con ellos lo alejaría de la Puerta Jurada y de cualquier posibilidad que tuviera de trasladarse a casa en una emergencia. Pero era lo que había estado deseando.

—Encantado, excelencia.

Lo llevaron por una ruta enrevesada a través del mercado cubierto, que estaba vacío por completo, como un pueblo fantasma. Muchas calles terminaban en barricadas defendidas por soldados. Habían convertido el Gran Mercado de Azimir en una especie de fortaleza a la inversa, pensada para proteger la ciudad de lo que fuese que pudiera llegar a través de la Puerta Jurada. Si salían tropas del edificio de control, se encontrarían en un confuso laberinto de calles. Por desgracia para los azishianos, la puerta no consistía solo en el edificio de control. Un Radiante podía hacer que desapareciera la cúpula entera y reemplazarla por todo un ejército en el mismo centro de Azimir. Tendría que ser delicado a la hora de explicárselo a sus anfitriones. Caminó con la visir Noura, seguidos de los demás escribas, que seguían pasándose los ensayos entre ellos. Noura no le dio charla insustancial, y Bellamy no se hacía ninguna ilusión sobre lo que estaba ocurriendo. El trayecto por las oscuras calles interiores, entre las apiñadas construcciones del mercado y cambiando de dirección casi a cada segundo, tenía la intención de confundirlo e impedir que recordara el camino. Terminaron ascendiendo a un segundo nivel y salieron por una puerta a una repisa que recorría el casco de la cúpula. Ingenioso. Desde allí arriba alcanzaba a ver que las salidas del mercado a ras del suelo estaban protegidas por barricadas o selladas. La única salida clara era subiendo aquel tramo de escalones y saliendo a la plataforma que rodeaba la circunferencia de la gran cúpula de bronce, para luego descender por una rampa. Desde aquella repisa elevada se veía parte de Azimir, y Bellamy sintió alivio ante la escasa destrucción que presenció. Algunos barrios de la parte oeste de la ciudad parecían derrumbados, pero a grandes rasgos la ciudad había soportado la tormenta eterna con pocos daños. Gran parte de las estructuras eran de piedra, y las inmensas cúpulas, muchas de ellas recubiertas de bronce dorado rojizo, reflejaban la luz del sol como maravillas fundidas. La gente vestía con ropa colorida, con patrones que los escribas eran capaces de leer como un idioma. Aquella estación estival era demasiado cálida para lo que Bellamy estaba acostumbrado. Miró al este. Urithiru estaba en algún lugar en esa dirección, en las montañas fronterizas: mucho más cerca de Azir que de Alezkar.

—Por aquí, Espina Negra —dijo Noura, emprendiendo el descenso por la rampa de madera.

Estaba construida sobre un entramado del mismo material. Al ver aquellos soportes, Bellamy tuvo una momentánea visión surrealista. Le recordó vagamente a algo, a estar sobre una ciudad y bajar la mirada hacia armazones de madera…

«Rathalas —pensó—. La Grieta.» La ciudad que se había rebelado, eso era. Sintió un escalofrío y la presión de algo oculto intentando imponerse en su consciencia. Había más que recordar sobre ese lugar.

Bajó por la rampa y se tomó como una muestra de respeto que hubiera dos divisiones enteras de tropas rodeando la cúpula.

—¿Esos hombres no deberían estar en la muralla? —preguntó Bellamy—. ¿Y si atacan los Portadores del Vacío?

—Se han retirado a través de Emul —dijo Noura—. Casi todo ese país está en llamas mientras hablamos, ya sea por los parshmenios o por los ejércitos de Nia.

Nia. Que era una Heraldo. «Nunca se aliaría con el enemigo, ¿verdad?» Quizá lo mejor que pudieran esperar fuese una guerra entre los Portadores del Vacío y los ejércitos de una Heraldo enloquecida.

Abajo aguardaban palanquines abiertos. Noura subió con él a uno. Era toda una novedad que tirara de él un hombre haciendo las veces de chull. Aunque era más rápido que un palanquín al uso, Bellamy lo encontró mucho menos señorial. La ciudad estaba dispuesta de forma muy ordenada. Era algo que Echo siempre había admirado. Bellamy buscó más señales de destrucción y, aunque halló pocas, lo sorprendió una rareza distinta. Había concentraciones de personas, vestidas con camisas coloridas, pantalones o faldas sueltos y gorros con patrones. Alzaban la voz en protesta contra las injusticias y, aunque parecían furiosos, estaban rodeados de logispren.

—¿Qué es todo eso? —preguntó Bellamy.

—Manifestantes. —Noura lo miró, percatándose sin duda de lo confundido que estaba—. Han presentado una protesta formal, rechazando la orden de salir de la ciudad y trabajar en las granjas. Hacerlo les otorga una prórroga de un mes para plantear sus agravios antes de ser obligados a obedecer.

—¿Pueden incumplir sin más una orden imperial?

—Supongo que vosotros los expulsaríais a todos a punta de espada. Pero aquí no se hacen así las cosas. Existen procedimientos. Nuestro pueblo no son esclavos.

Bellamy se descubrió enervándose. Saltaba a la vista que la visir no sabía mucho sobre Alezkar, si creía que los ojos oscuros alezi eran como chulls a los que se pudiera pastorear. Las clases bajas tenían una larga y orgullosa tradición de derechos asociados a su categoría social.

—Habéis ordenado que esa gente salga a los campos —dijo Bellamy, comprendiéndolo— porque perdisteis a vuestros parshmenios.

—Nuestros campos aún no están plantados —repuso Noura, dejando que se perdiera su mirada—. Es como si hubieran sabido en qué momento nos perjudicaría más su marcha. Ha habido que obligar a trabajar a carpinteros y zapateros solo para evitar una hambruna. Quizá pudiéramos alimentarnos por nosotros mismos, pero nuestro comercio y nuestras infraestructuras sufrirán graves daños.

En Alezkar no se habían obsesionado tanto con aquello, ya que recuperar el reino era más urgente. En Thaylenah, el desastre había sido físico, la ciudad arrasada. Los dos reinos habían pasado por alto una catástrofe más sutil, la económica.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó Bellamy—. ¿Cómo se marcharon los parshmenios?

—Se congregaron en la tormenta —dijo ella—. Salieron de sus casas y fueron caminando derechos hacia ella. Según algunos informes, los parshmenios afirmaron oír tambores. Otros informes, pues son todos muy contradictorios, hablan de unos spren que guiaban a los parshmenios.

»Asaltaron las puertas de la ciudad, las abrieron bajo la lluvia y salieron al llano circundante. Al día siguiente, exigieron formalmente una compensación económica por la apropiación ilícita de su trabajo. Afirmaban que la subsección de las normas que exime de impuestos a los parshmenios era ilegal e interpusieron una demanda en los tribunales. Estábamos negociando con ellos, cosa que debo decir que supuso una experiencia estrambótica, cuando algunos de sus líderes ordenaron que marcharan antes de terminar.

Interesante. Los parshmenios alezi se habían comportado como alezi, reuniéndose de inmediato para la guerra. Los parshmenios thayleños se habían echado a la mar. Y los parshmenios azishianos… bueno, habían hecho algo muy característico de los azishianos: habían presentado una queja al gobierno. Tenía que ir con cuidado de no pensar en lo gracioso que sonaba, aunque solo fuese porque Echo le había advertido que no subestimara a los azishianos. A los alezi les gustaba bromear a su costa. Si insultas a un soldado suyo, se decía, él presentaría una solicitud para tener ocasión de maldecirte. Pero se trataba de una caricatura, a buen seguro tan certera como la impresión de la propia Noura de que su gente siempre lo hacía todo a espada y lanza. Cuando llegaron al palacio, Bellamy empezó a seguir a Noura y los demás escribas al edificio principal, pero los soldados le indicaron por gestos que entrara en una pequeña construcción anexa.

—Esperaba hablar con el emperador en persona —dijo a Noura.

—Por desgracia, esa petición no puede concederse —respondió ella.

El grupo lo abandonó y entró en el grandioso palacio en sí, un majestuoso edificio de bronce con abultadas cúpulas. Los soldados lo llevaron a una cámara angosta con una mesa baja en el centro y bonitos sofás a los lados. Lo dejaron solo en la pequeña estancia, pero se quedaron apostados fuera. No era del todo una celda, pero era evidente que tampoco tenía permitido campar a sus anchas. Suspiró, tomó asiento en un sofá y dejó su comida en la mesa, junto a unos cuencos de fruta desecada y frutos secos. Sacó la vinculacaña y envió a Echo una breve señal que significaba «tiempo», el código que habían acordado para que le dejaran una hora más antes de montar en pánico. Se levantó y empezó a pasear por la estancia. ¿Cómo podía soportarse aquello? En batalla, se ganaba o se perdía según la fuerza de las armas. Después de tenerlo todo en cuenta, uno sabía en qué posición estaba.

Pero aquella charla interminable lo dejaba muy indeciso. ¿Los visires rechazarían los ensayos? La reputación de Anya parecía pesar incluso allí, aunque habían parecido menos impresionados por su argumento que por la forma de expresarlo.

Siempre te ha preocupado esto, ¿verdad?, dijo el Padre Tormenta en su mente.

—¿El qué?

Que el mundo pase a estar gobernado por las plumas y las escribas, no por las espadas y los generales.

—Pues… —«Por la sangre de mis padres, es verdad.»

¿Era el motivo de que se empeñaba en llevar las negociaciones en persona? ¿Por qué no enviaba embajadores? ¿Sería porque, en el fondo, no se fiaba de sus palabras de oropel y sus complicadas promesas, todas contenidas en documentos que no sabía leer? ¿En papeles que, de algún modo, eran más duros que la armadura esquirlada más poderosa?

—Se supone que las disputas entre reinos son un arte masculino —dijo—. Debería ser capaz de hacer esto yo mismo.

El Padre Tormenta atronó, no del todo en desacuerdo. Sonaba… ¿divertido?

Bellamy volvió a sentarse en un sofá. Ya que estaba, podría comer algo… salvo por el hecho de que su paquete envuelto en tela estaba abierto, la mesa salpicada de migajas, la caja de madera para el curry vacía salvo por unas gotas. ¿Qué ocurría allí?

Despacio, desvió la mirada al otro sofá. La delgada chica reshi estaba sentada no en el asiento, sino en el respaldo. Llevaba un gabán azishiano que le venía grande y un sombrero, y masticaba la salchicha que Echo había puesto en el paquete, para cortarla y mezclarla con el curry.

—Está un poco sosa —dijo la chica.

—Raciones militares —dijo Bellamy—. Las prefiero.

—¿Porque eres soso?

—No quiero que la comida me distraiga. ¿Estabas aquí todo el rato?

Ella se encogió de hombros y siguió comiendo.

—Estabas diciendo algo. ¿No sé qué de la masculinidad?

—Eh… Empezaba a comprender que me incomoda la idea de que las escribas controlen los destinos de las naciones. Las cosas que escriben las mujeres son más poderosas que mis fuerzas militares.

—Sí, tiene sentido. Hay muchos chicos que tienen miedo a las chicas.

—Yo no…

—Dicen que luego cambia, al crecer —dijo ella, inclinándose hacia delante—. No sabría decirte, porque yo no creceré. Lo he resuelto. Solo tengo que dejar de comer. La gente que no come no se hace grande. Fácil.

Lo había dicho todo con la boca llena de la comida de Bellamy.

—Fácil —dijo Bellamy—. Seguro que sí.

—Empezaré cualquier día de estos —aseguró ella—. ¿Quieres esa fruta o…?

Bellamy se echó adelante y empujó hacia ella los dos cuencos de fruta resecada. La chica empezó a devorarlos y Bellamy se reclinó en su asiento. Aquella joven parecía muy fuera de lugar. Aunque era ojos claros, con iris blanquecinos, en el oeste no tenía tanta importancia. La ropa lujosa le venía grande, y no se había preocupado de llevar el pelo hacia atrás y recogido bajo el sombrero. Toda aquella sala —toda aquella ciudad, en realidad— era un ejercicio de ostentación. Había baños metálicos en las cúpulas, en los palanquines y hasta en grandes sectores de las paredes de la estancia. Los azishianos solo tenían unos pocos moldeadores de almas, y se sabía que uno de ellos podía crear bronce. En la alfombra y los sofás había brillantes diseños en naranja y rojo. Los alezi preferían los colores lisos, quizá con algún bordado. A los azishianos les gustaba que sus decoraciones parecieran obra de un pintor con un ataque de estornudos. Y en medio de todo ello estaba esa chica, que tan sencilla parecía. Nadaba entre la ostentación, pero no se le contagiaba.

—He escuchado lo que estaban diciendo ahí dentro, culo prieto —dijo la chica—. Antes de venir aquí. Creo que van a decirte que no. Tienen un dedo, ¿sabes?

—Diría que tienen muchos dedos.

—No, este es uno de más. Secado, como si fuera de la tatarabuela de alguien, pero en realidad es de un emperador. Del emperador Fósil, o…

—¿Snoxil? —aventuró Bellamy.

—Sí, ese.

—Era el Supremo cuando mi antepasado saqueó Azimir —dijo Bellamy con un suspiro—. El dedo es una reliquia.

Los azishianos podían ser muy supersticiosos, por mucho que hablaran de lógica y ensayos y códigos legales. Seguramente tenían la reliquia presente en sus discusiones como recordatorio de la última vez que habían estado en Azir los alezi.

—Ya, bueno, yo solo sé que está muerto, así que no tiene que preocuparse por… por…

—Odium.

La joven reshi se estremeció a ojos vistas.

—¿Podrías ir a hablar con los visires? —pidió Bellamy—. Diles que crees que apoyar mi coalición es buena idea. Te hicieron caso cuando les pediste que desbloquearan la Puerta Jurada.

—Qué va, hicieron caso a Gawx —dijo ella—. A los viejales que dirigen la ciudad no les caigo muy bien.

Bellamy gruñó.

—Te llamas Madi, ¿verdad?

—¿Verdad?

—¿Cuál es tu orden?

—Más comida.

—Me refiero a tu orden de Caballeros Radiantes. ¿Qué poderes tienes?

—Ah. Hum… ¿Danzante del Filo? Resbalo por ahí y tal.

—Resbalas por ahí.

—Es divertidísimo. Menos cuando me estampo en cosas. Eso solo es un poco divertido.

Bellamy se inclinó hacia delante, deseando de nuevo poder entrar y hablar con todos aquellos necios y escribas.

«No. Por una vez, confía en otras personas, Bellamy.»

Madi ladeó la cabeza.

—Anda. Hueles como ella.

—¿Como quién?

—La spren loca que vive en el bosque.

—¿Conoces a la Vigilante Nocturna?

—Sí, ¿y tú?

Bellamy asintió.

Se quedaron sentados, incómodos, hasta que la joven pasó un cuenco de fruta a Bellamy. Él cogió un trozo y lo masticó en silencio, y ella se hizo con otro. Se comieron el cuenco entero, sin decir nada hasta que se abrió la puerta. Bellamy saltó. En el umbral estaba Noura, rodeada de otros visires. Sus ojos se desviaron hacia Madi y sonrió. Noura no parecía tener tan mala opinión de ella como había señalado la chica. Bellamy se levantó con un mal presentimiento. Preparó sus argumentos, sus ruegos. Tenían que…

—El emperador y su consejo —dijo Noura— han decidido aceptar tu invitación a visitar Urithiru.

Bellamy interrumpió sus objeciones. ¿Acababa de decir que aceptaban?

—El Supremo de Emul casi ha llegado a Azir —continuó Noura—. Viene acompañado del Sabio, y deberían estar dispuestos a unirse a nosotros. Por desgracia, después del ataque parshmenio, Emul es solo una fracción de lo que fue. Sospecho que aceptará encantado cualquier clase de ayuda y se mostrará favorable a esa coalición tuya.

»El príncipe de Tashikk tiene un embajador, su hermano, en la ciudad. Acudirá también, y nos informan de que la princesa de Yezier está viniendo en persona para suplicar ayuda. Ya veremos qué pasa con ella. Creo que lo que ocurre es que considera Azimir más segura. De todos modos, ya reside aquí la mitad del año.

»Alm y Desh tienen embajadores en la ciudad, y Liafor siempre está ansiosa por unirse a cualquier cosa que hagamos nosotros, siempre que puedan ocuparse de la comida en las tormentosas reuniones. No puedo hablar de Steen, que son un pueblo complicado. Dudo que te interese el sacerdote-rey de Tukar, y Marat está asolada. Pero podemos llevar una buena muestra del imperio para participar en tus conversaciones.

—Yo… —farfulló Bellamy—. ¡Gracias!

¡Iba a ocurrir de verdad! Como habían esperado, Azir era el eje sobre el que giraba todo lo demás.

—Bueno, tu esposa ha escrito un buen ensayo —dijo Noura.

Bellamy se sorprendió.

—¿El ensayo que os ha convencido es el de Echo, no el de Anya?

—Los tres argumentos se han juzgado a favor, y los informes que llegan de Ciudad Thaylen son esperanzadores —respondió Noura—. Eso ha influido mucho en nuestra decisión. Pero aunque el escrito de Anya Griffin es tan impresionante como sugiere su reputación, había algo más… auténtico en la solicitud de la dama Echo.

—Es una de las personas más auténticas que conozco. —Bellamy puso una sonrisa embobada—. Y se le da bien conseguir lo que quiere.

—Permíteme que te acompañe de vuelta a la Puerta Jurada. Nos pondremos en contacto para concretar la visita del Supremo a tu ciudad.

Bellamy recogió su vinculacaña y se despidió de Madi, que se había puesto de pie en el respaldo del sofá y lo saludó con la mano. El cielo pareció brillar más mientras los visires lo escoltaban de regreso a la cúpula que cubría la Puerta Jurada. Bellamy los oyó conversar animados mientras subían a los palanquines abiertos; parecían aceptar gustosos la decisión que se había tomado, después de alcanzarla. Bellamy pasó el trayecto en silencio, preocupado por decir alguna barbaridad y echarlo todo a perder. Cuando entraron en la cúpula del mercado, aprovechó la ocasión para mencionar a Noura que la Puerta Jurada podía usarse para transportar todo lo que había allí dentro, la propia cúpula incluida.

—Me temo que, como amenaza a la seguridad, es más grave de lo que creíais —concluyó mientras llegaban al edificio de control.

—¿Qué haría si construyéramos una estructura justo en el perímetro de la meseta? —preguntó ella—. ¿La partiría en dos? ¿Y si hay una persona medio dentro y medio fuera?

—Todavía no lo sabemos —dijo Bellamy, activando y desactivando la vinculacaña para enviar la señal concreta que haría volver a Anya por la Puerta Jurada para recogerlo.

—Reconozco que no me hace gracia que me pasen por encima —dijo Noura en voz baja mientras los demás visires charlaban detrás—. Soy la sierva leal del emperador, pero no me gusta nada la idea de tus Radiantes, Bellamy Griffin. Esos poderes son peligrosos, y los antiguos Radiantes se revelaron como traidores al final.

—Te convenceré —dijo Bellamy—. Os demostraremos que somos de fiar. Solo necesito una oportunidad.

La Puerta Jurada brilló y Anya apareció en su interior. Bellamy hizo una respetuosa inclinación a Noura y entró de espaldas en el edificio.

—No eres lo que esperaba, Espina Negra —dijo Noura.

—¿Y qué esperabas?

—Un animal —respondió ella con sinceridad—. Una criatura que es medio hombre, medio guerra y sangre.

Algo de su frase lo afecto. «Un animal…» En su interior se estremecieron ecos de recuerdos.

—Antes era ese hombre —dijo Bellamy—. Es solo que se me ha bendecido con los suficientes buenos ejemplos para hacer que aspire a algo más.

Hizo un gesto con la cabeza a Anya, que cambió de posición su espada e hizo rotar la pared interior para iniciar la transferencia y devolverlos a Urithiru. Echo los esperaba fuera del edificio. Bellamy salió y parpadeó por la luz del sol, helado por el viento de la montaña. Dedicó una amplia sonrisa a Echo y abrió la boca para decirle lo que había logrado con su ensayo.

«Un animal… Un animal reacciona cuando se lo pincha…»

Recuerdos.

«Si lo fustigas, se vuelve salvaje.»

Bellamy tropezó.

Apenas entreoyó a Echo gritando para pedir ayuda. Su visión rodó y Bellamy cayó de rodillas, sintiendo una náusea abrumadora. Arañó la piedra, gimiendo y rompiéndose las uñas. Echo… Echo estaba pidiendo sanadores. Creía que lo habían envenenado.

No era eso. No, era mucho peor.

Tormentas. Recordaba. Le cayó todo encima, con el peso de mil peñascos.

Recordó lo que le había sucedido a Evi. Había empezado en una gélida fortaleza, en tierras altas que una vez reclamó Jah Keved.

Había terminado en la Grieta.