66. ESTRATEGIA

ONCE AÑOS ANTES

El aliento de Bellamy se condensó cuando apoyó las manos en el alféizar de piedra. En la sala que tenía a su espalda, los soldados estaban disponiendo una mesa con un mapa.

—Mira allí —dijo Bellamy, señalando por la ventana—. ¿Ves ese saliente de abajo?

Clarke, que ya tenía doce años e iba para los trece, se inclinó hacia fuera de la ventana. El exterior de la enorme fortaleza de piedra se abombaba allí, en la primera planta, para dificultar la escalada, pero la mampostería proporcionaba un asidero conveniente en forma de repisa justo debajo de la ventana.

—Lo veo —dijo Clarke.

—Bien. Mira ahora. —Bellamy hizo una señal hacia el interior de la sala. Uno de sus guardias tiró de una palanca y la repisa de piedra se retrajo al interior de la pared.

—¡Se ha movido! —exclamó Clarke—. ¡Vuélvelo a hacer!

El soldado complació a la chica y accionó la palanca para que la repisa saliera y volviera a ocultarse.

—¡Qué bueno! —dijo Clarke. Rebosaba energía, como siempre.

Ojalá Bellamy pudiera emplearla de algún modo en el campo de batalla. No necesitaría esquirlas para conquistar.

—¿Por qué crees que construyeron algo así? —preguntó a su hija.

—¡Por si la gente escala! ¡Con eso, puedes hacer que vuelvan a caer!

—Defensa contra portadores de esquirlada —dijo Bellamy, asintiendo—. Una caída como esa les agrietaría la armadura, pero la fortaleza también tiene sectores de corredor interno demasiado estrechas para maniobrar bien con armadura y hoja.

Bellamy sonrió. ¿Quién iba a saber que habría una gema oculta como aquella en las tierras altas que se extendían entre Alezkar y Jah Keved? La fortaleza solitaria supondría una barrera efectiva si alguna vez se desataba una auténtica guerra contra los veden.

Hizo un gesto a Clarke para que retrocediera, cerró los postigos de la ventana y se frotó las manos heladas. La cámara estaba decorada como una hospedería, con viejos y olvidados trofeos de conchagrandes colgados en las paredes. A un lado, un soldado avivaba la llama en el hogar. Las batallas contra los veden habían perdido fuelle. Aunque los últimos enfrentamientos lo habían decepcionado, tener con él a su hija había sido una verdadera delicia. Clarke no había ido a la batalla, por supuesto, pero sí había acudido a las reuniones de táctica. Al principio, Bellamy había supuesto que los generales se molestarían por la presencia de una niña, pero era difícil encontrar molesta a la pequeña Clarke. Ponía mucho empeño e interés. Juntos, él y Clarke fueron con unos pocos oficiales menores de Bellamy a la mesa del mapa.

—Y ahora —dijo Bellamy a Clarke—, vamos a ver cuánta atención prestabas. ¿Dónde estamos ahora?

Clarke se inclinó y señaló en el mapa.

—Esta es nuestra nueva fortaleza, ¡la que has conquistado para la corona! Eso es la antigua frontera, el sitio donde estaba antes. Aquí está señalada en azul la nueva frontera, que hemos recuperado de esos ladrones de los veden. Llevaban veinte años dominando nuestras tierras.

—Excelente —dijo Bellamy—. Pero no es solo tierra lo que hemos obtenido.

—¡Tratados comerciales! —exclamó Clarke—. Para eso era la gran ceremonia que tuvimos que hacer. Tú y ese alto príncipe veden, los dos con ropa formal. Hemos conseguido el derecho a comprar un montón de cosas bien baratas.

—Sí, pero tampoco es lo más importante que hemos obtenido.

Clarke frunció el ceño.

—Hum… Caballos…

—No, hija, lo más importante que hemos obtenido es legitimidad. Al corroborar este nuevo tratado, el rey veden reconoce a Gavilar como el legítimo rey de Alezkar. No solo hemos defendido nuestras

fronteras, sino que además hemos prevenido una guerra más encarnizada, porque ahora los veden reconocen nuestro derecho a gobernar y no intentarán imponer el suyo.

Clarke asintió, comprendiéndolo.

Era gratificante ver lo mucho que podía lograrse tanto en política como en comercio a base de asesinar con alegría a los soldados del otro tipo. Esos últimos años llenos de escaramuzas habían recordado a Bellamy por qué vivía. Y para colmo, le habían otorgado algo nuevo. De joven, guerreaba y luego pasaba las tardes bebiendo con sus soldados. Ahora tenía que explicar sus decisiones, vocalizarlas para los oídos de una chica entusiasta que tenía preguntas para todo… y esperaba que Bellamy conociera las respuestas. Tormentas, era todo un desafío. Pero sentaba bien. Sentaba de maravilla. No tenía la menor intención de regresar jamás a una vida inútil desperdiciada consumiéndose en Kholinar, acudiendo a fiestas y metiéndose en peleas de taberna. Bellamy sonrió y aceptó una copa de vino tibio mientras contemplaba el mapa. Aunque Clarke había puesto su atención en la zona donde combatían a los veden, fue otro sector el que atrajo los ojos de Bellamy. Incluía, escritas a lápiz, las cifras que había solicitado: previsiones de tropas en la Grieta.

—¡Viim cachi eko! —exclamó Evi, entrando en la sala con el pecho abrazado y tiritando—. Y yo pensando que el centro de Alezkar era frío. Clarke Griffin, ¿dónde tienes la chaqueta?

La chica miró abajo, como sorprendida de repente por no llevarla puesta.

—Esto…

Miró a Teleb, que se limitó a sonreír y menear la cabeza.

—Ve tirando, hija —dijo Bellamy—. Hoy tienes lección de geografía.

—¿Puedo quedarme? Quiero estar contigo.

No hablaba solo de aquel día. Se acercaba el momento en que Clarke se marcharía para pasar parte del año en Kholinar, entrenar con los maestros espadachines y recibir formación en diplomacia. Pasaba la mayor parte del año con Bellamy, pero era importante que obtuviera al menos alguna sofisticación en la capital.

—Ve —dijo Bellamy—. Si atiendes bien a la lección, mañana te llevaré a montar a caballo.

Clarke suspiró e hizo el saludo marcial. Saltó de su taburete y dio un abrazo a su madre, un gesto muy poco propio de los alezi pero que Bellamy toleraba. Luego salió por la puerta.

Evi se acercó al fuego.

—¿Qué frío? ¿Cómo se le ocurrió a alguien levantar una fortaleza tan arriba?

—No está tan mal —dijo Bellamy—. Tendrías que visitar las Tierras Heladas en una estación invernal.

—Los alezi no entendéis el frío. Tenéis los huesos congelados.

Bellamy dio un gruñido por respuesta y se inclinó sobre el mapa.

«Tendré que aproximarme desde el sur, marchar a lo largo de la costa del lago y…»

—El rey envía un mensaje por vinculacaña —avisó Evi—. Lo están escribiendo ahora mismo.

«Se le está yendo el acento», pensó Bellamy distraído. Al sentarse en una butaca junto al fuego, Evi se apoyó en la mano derecha y mantuvo la izquierda recatada contra la cintura. Llevaba el pelo rubio recogido en trenzas alezi, en vez de dejar que le cayera contra los hombros.

Nunca sería una gran escriba, porque no contaba con la formación juvenil en arte y letras de una mujer vorin. Además, no le gustaban los libros: prefería sus meditaciones. Pero en los últimos años se había esforzado mucho y Bellamy estaba impresionado. Seguía quejándose de no ver lo suficiente a Aden. El otro hijo de ambos no era apto para el combate y pasaba casi todo el tiempo en Kholinar. Evi regresaba la mitad del año para estar con él.

«No, no —pensó Bellamy, anotando un glifo en el mapa—. La costa es la ruta esperada.» Entonces, ¿qué? ¿Un ataque anfibio cruzando el lago? Tendría que ver si lograba conseguir embarcaciones capaces de llevarlo a cabo.

Al cabo de un rato, entró una escriba con la carta del rey, y todos salvo Bellamy y Evi salieron de la estancia. Evi cogió la carta y vaciló.

—¿Quieres sentarte o…?

—No, adelante.

Evi carraspeó.

—«Hermano —empezaba la carta—, el tratado está sellado. Tus avances en Jah Keved son loables, y este debería ser un tiempo de celebración y enhorabuenas. De hecho, como apunte personal, permíteme expresar lo orgulloso que estoy de ti. Según nuestros mejores generales, tus instintos tácticos han madurado en un genio estratégico de pleno derecho. Yo nunca me he incluido en sus filas, pero hasta el último de ellos te alaba como igual suyo.

»Del mismo modo en que yo he crecido hasta convertirme en rey, parece que tú has hallado tu lugar como nuestro general. Me interesaría mucho oír tus propios informes sobre la táctica de pequeños equipos móviles que has estado empleando. Querría que habláramos en persona de todo ello, largo y tendido; es más, yo también tengo importantes revelaciones que me gustaría compartir. Lo mejor sería que nos viéramos en persona. Hubo una época en la que gozaba de tu compañía a diario. Ahora creo que ya hace tres años desde la última vez que hablamos cara a cara.

—Pero —interrumpió Bellamy— hay que resolver el problema de la Grieta.

Evi se quedó callada, lo miró y luego devolvió su atención a la página para seguir leyendo.

—«Por desgracia, nuestro encuentro deberá esperar unas tormentas más. Aunque tus esfuerzos en la frontera sin duda han contribuido a asentar nuestro poder, he fracasado en mi intento de dominar Rathalas y a su líder renegado por medio de la política.

»"Debo enviarte de nuevo a la Grieta. Tienes que sofocar esa facción. Una guerra civil podría dejar Alezkar hecha trizas, y no me atrevo a esperar más. En realidad, ojalá te hubiera escuchado cuando hablamos, hace tantos años, y me propusiste que te enviara a la Grieta.

»"Sadeas juntará refuerzos y se reunirá contigo. Por favor, envíanos tu evaluación estratégica del problema. Te advierto que ya estamos seguros de que uno de los otros altos príncipes, no sabemos quién, apoya a Tanalan y su rebelión. Quizá tenga acceso a esquirlas. Te deseo fuerza, resolución y las bendiciones de los propios Heraldos en tu nueva tarea. Con amor y respeto, Gavilar."»

Evi alzó la mirada.

—¿Cómo lo sabías, Bellamy? Llevas semanas estudiando esos mapas, de las Tierras de la Corona y de Alezkar. Ya sabías que iba a encomendarte esa misión.

—¿Qué clase de estratega sería si no pudiera anticipar la siguiente batalla?

—Creía que íbamos a relajarnos —dijo Evi—. Que pondríamos fin a tanta matanza.

—¿Con el ímpetu que llevo? ¡Menudo desperdicio sería! Si no hubiera este problema en Rathalas, Gavilar me habría buscado otro sitio donde luchar. Herdaz de nuevo, quizá. No puedes tener a tu mejor general quieto, acumulando crem.

Además, seguro que había hombres y mujeres entre los consejeros de Gavilar que estarían preocupados por Bellamy. Si había alguien que pudiera amenazar el trono, sería el Espina Negra, y más con el respeto que se había labrado entre los generales del reino. Aunque Bellamy hubiera decidido años antes que jamás actuaría contra su hermano, en la corte muchos considerarían más seguro el reino si lo mantenían apartado.

—No, Evi —prosiguió mientras hacía otra anotación—. Dudo que jamás vayamos a instalarnos en Kholinar otra vez.

Asintió para sí mismo. Esa era la forma de tomar la Grieta. Uno de sus grupos móviles podía rodear y asegurar la costa del lago. Entonces podría trasladar el ejército entero cruzándolo y atacar mucho antes de lo que esperaba la Grieta. Satisfecho, levantó la mirada. Y encontró a Evi llorando. La visión lo dejó aturdido y soltó el lápiz. Ella intentó contener el llanto, volviéndose hacia el fuego y rodeándose el pecho con los brazos, pero el sonido de sorberse la nariz llegaba tan claro y perturbador como el de los huesos al romperse. Por el aliento de Becca… Bellamy podía enfrentarse a soldados y tormentas, derrumbamientos y amigos moribundos, pero nada en su entrenamiento lo había preparado nunca para lidiar con aquellas suaves lágrimas.

—Siete años —susurró ella—. Siete años llevamos aquí fuera, viviendo en carruajes y fondas. Siete años de asesinatos, confusión y hombres heridos gritando.

—Te casaste…

—Sí, me casé con un soldado. Es culpa mía por no ser lo bastante fuerte para afrontar las consecuencias. Gracias, Bellamy, eso me lo has dejado muy claro.

Conque esa era la sensación que daba sentirse impotente.

—Yo… creía que empezaba a gustarte. Ahora te llevas bien con las otras mujeres.

—¿Las otras mujeres? Bellamy, me hacen sentir tonta.

—Pero…

—La conversación es un combate para ellas —dijo Evi, arrojando las manos al aire—. Es que todo tiene que ser una competición para vosotros, los alezi, siempre intentando dejar en ridículo a los demás. En las mujeres, es un juego tácito y espantoso para demostrar lo ingeniosa que es cada una. He pensado… que quizá la única solución, la única forma de que te enorgullezcas de mí, es ir a la Vigilante Nocturna y rogar la bendición de la inteligencia. La Antigua Magia puede cambiar a una persona, engrandecerla y…

—Evi —la interrumpió Bellamy—. Por favor, no hables de ese lugar ni de esa criatura. Es blasfemia.

—Eso es lo que decís, Bellamy —replicó ella—, pero aquí a nadie le importa de verdad la religión. Sí, desde luego se aseguran de señalar lo superior que es su fe a la mía. Pero ¿a quién le importan realmente los Heraldos, aparte de para maldecir con sus nombres? Lleváis fervorosos a la batalla solo para que moldeen piedra en grano. Así, ni siquiera tenéis que parar de mataros el tiempo suficiente para buscar comida.

Bellamy se acercó y se sentó en la otra butaca que había junto al fuego.

—¿Es distinto en tu tierra natal?

Evi se frotó los ojos y Bellamy se preguntó si descubriría su intento de cambiar de tema. Hablar de su pueblo solía suavizar sus discusiones.

—Sí —respondió ella—. Es cierto que hay a quienes no les importan el Único ni los Heraldos. Dicen que no deberíamos adoptar las doctrinas iriali o vorin como propias. Pero Bellamy, a muchos sí les importa. Aquí… pagáis a algún fervoroso para que queme glifoguardas en vuestro nombre y os olvidáis del asunto.

Bellamy respiró hondo y volvió a intentarlo.

—A lo mejor, cuando me haya ocupado de los rebeldes, puedo convencer a Gavilar de que no me asigne otro destino. Podríamos viajar. Ir al oeste, a tu tierra.

—¿Para que puedas matar allí a los míos?

—No, yo nunca…

—Te atacarían, Bellamy. Mi hermano y yo somos exiliados, ¿recuerdas?

Bellamy llevaba una década sin ver a Toh, desde que se había marchado a Herdaz. Por lo visto, le gustaba mucho vivir allí, en la costa, protegido por guardaespaldas alezi.

Evi suspiró.

—Nunca volveré a ver los bosques hundidos, ya lo he aceptado. Pasaré lo que me queda de vida en esta tierra dura, tan dominada por el viento y el frío.

—Bueno, podríamos viajar a algún sitio cálido. Subir al océano de las Aguas Hirvientes. Solos tú y yo. Hasta podríamos llevarnos a Clarke.

—¿Y a Aden? —preguntó Evi—. Bellamy, tienes dos hijos, por si lo habías olvidado. ¿Te preocupa siquiera la enfermedad del niño, o no significa nada para ti ahora que no puede hacerse soldado?

Bellamy gruñó, sintiendo como si hubiera encajado un mazazo en la cabeza. Se levantó y anduvo hasta la mesa.

—¿Qué haces? —exigió saber Evi.

—He librado las suficientes batallas para saber cuándo hay una que no puedo ganar.

—¿Así que huyes? —dijo Evi—. ¿Como un cobarde?

—El cobarde —repuso Bellamy, recogiendo sus mapas— es el hombre que demora una retirada necesaria por miedo a que se burlen de él. Volveremos a Kholinar después de que me ocupe de la rebelión en la Grieta. Te prometo pasar allí un año como mínimo.

—¿De verdad? —dijo Evi, levantándose.

—Sí. Esta pelea la has ganado.

—No… no siento que haya ganado…

—Bienvenida a la guerra, Evi —dijo Bellamy, yendo hacia la puerta—. No existen las victorias inequívocas. Solo las victorias que dejan a menos amigos muertos que otras.

Salió y dio un portazo. Los sollozos de Evi lo persiguieron escalera abajo, y cayeron vergüenzaspren a su alrededor como pétalos de flor. «Tormentas, no merezco a esa mujer, ¿verdad?»

Pues que así fuera. La discusión había sido culpa suya, como lo eran las repercusiones. Bajó dando pisotones en busca de sus generales, para seguir planeando su segundo asalto a la Grieta.