68. APUNTAR AL SOL
Mi investigación sobre los reflejos cognitivos de los spren en la torre ha sido sumamente ilustrativa. Algunos creían que el Hermano se apartó del hombre por su propia voluntad, pero estoy en condiciones de refutar esa teoría.
Del cajón 1-1, primera circonita
Sagaz llevó a Lexa a una taberna achaparrada, tan recubierta de crem que daba la impresión de estar moldeada en arcilla. Dentro, un ventilador fabrial colgaba inmóvil del techo. Activarlo atraería la atención de los extraños spren chillones. A pesar de los grandes letreros de fuera que ofrecían chouta barata, el local estaba vacío. Los precios hicieron levantar las cejas a Lexa, pero los aromas que emanaban de la cocina eran atractivos. El posadero era un alezi bajo y rechoncho, con una panza tan gruesa que parecía un enorme huevo de chull. Torció el gesto al ver entrar a Sagaz.
—¡Tú! —exclamó, señalando—. ¡Cuentacuentos! ¡Se suponía que ibas a traerme clientes! ¡Ibas a llenarme la taberna, dijiste!
—Mi tiránico señor, creo que me entendiste mal. —Sagaz hizo una florida reverencia—. Dije que tú te llenarías. Y estás bien relleno. No dije de qué, ya que no deseo mancharme la lengua.
—¿Dónde están mis clientes, imbécil?
Sagaz se hizo a un lado y extendió los dos brazos hacia Lexa.
—¡Contempla, oh, rey poderoso y terrible, pues te he ganado una súbdita!
El posadero la miró entornando los ojos.
—¿Podrá pagar?
—Sí —respondió Sagaz, levantando el monedero de Lexa y clavándole un dedo—. Seguro que hasta te deja propina.
Con un respingo, Lexa se palpó el bolsillo. Tormentas, y eso que hasta había tenido la mano sobre el monedero casi todo el día.
—Id al reservado, pues —dijo el posadero—. Tampoco es que vaya a usarlo nadie más. Bardo estúpido. ¡Esta noche espero una buena actuación por tu parte!
Sagaz suspiró y arrojó su monedero a Lexa. Recogió su morral y su brasero y la llevó a una estancia contigua al comedor principal. Mientras la hacía pasar, alzó un puño en dirección al tabernero.
—¡Ya estoy harto de tu opresión, tirano! ¡Guarda bien tu vino esta noche, pues la revolución será rauda, vengativa y ebria!
Sagaz cerró la puerta después de entrar y negó con la cabeza.
—Ese hombre ya debería haber espabilado. No tengo ni idea de por qué sigue soportándome.
Dejó el brasero y el morral contra la pared y se sentó a la mesa del reservado, se reclinó y apoyó las botas en la silla que tenía al lado. Lexa se sentó con más delicadeza, mientras Patrón resbalaba de su vestido y cruzaba para marcar la superficie de la mesa a su lado. Sagaz no reaccionó al movimiento del spren. La habitación estaba bien, con paneles de madera pintada en las paredes y rocabrotes en un estante cerca de la pequeña ventana. La mesa hasta tenía un mantel de seda amarilla. Estaba claro que el reservado era para los ojos claros que desearan cenar en privado, mientras los desagradables ojos oscuros zampaban en el comedor principal.
—Es una buena ilusión —dijo Sagaz—. Te ha salido bien la coronilla. La gente siempre la fastidia con la coronilla. Pero te has salido del personaje. Caminas como una recatada ojos claros, y queda muy tonto con ese disfraz. Un abrigo y un sombrero solo pueden llevarse bien si se dominan.
—Lo sé —respondió ella con una mueca—. La personalidad… ha escapado cuando me has reconocido.
—Lástima de pelo negro. Tu rojo natural quedaría arrebatador con ese abrigo blanco.
—Se supone que el disfraz debe ser algo menos memorable.
Sagaz echó un vistazo al sombrero, que ella había dejado en la mesa. Lexa se ruborizó. Se sentía como una niña enseñando sus primeros dibujos al maestro. El posadero entró con copas, de un naranja suave, ya que aún era temprano.
—Muchas gracias, mi señor —le dijo Sagaz—. Hago voto de componer otra canción sobre ti. Una sin tantas referencias a las cosas que has confundido con jóvenes doncellas.
—Tormentoso imbécil —dijo el hombre. Dejó las bebidas en la mesa y no cayó en la cuenta de que Patrón salía titilando de debajo de una. El posadero salió con aire ajetreado y cerró la puerta.
—¿Eres uno de ellos? —preguntó Lexa sin poder contenerse—. ¿Eres un Heraldo, Sagaz?
Patrón zumbó con suavidad.
—Cielos, no —dijo Sagaz—. No soy tan tonto como para volver a mezclarme en religión. Las últimas siete veces que lo intenté acabaron en desastres. Creo que hay por lo menos un dios que todavía me venera sin quererlo yo.
Lexa le dedicó una mirada. Siempre era difícil distinguir qué exageraciones de Sagaz debían tener algún significado y cuáles eran confusas distracciones.
—Entonces, ¿qué eres?
—Algunos hombres, al envejecer, se vuelven más amables. Yo no soy de esos, pues he visto cómo puede maltratar el Cosmere al inocente, y eso me predispone en contra de la amabilidad. Algunos hombres, al envejecer, se vuelven más sabios. Yo no soy de esos, pues la sabiduría y yo siempre nos hemos trabado uno a la otra, y aún estoy por aprender la lengua en la que habla. Algunos hombres, al envejecer, se vuelven más cínicos. Yo, por fortuna, no soy de esos. Si lo fuese, el mismo aire se combaría a mi alrededor, absorbiendo toda emoción y dejando solo el desprecio. —Tabaleó en la mesa—. Otros hombres… otros hombres, al envejecer, meramente se vuelven más extraños. Me temo que sí que soy de esos. Soy los huesos de una especie extranjera dejados a secar en el llano que fue, hace mucho, un mar. Soy una curiosidad, quizá un recordatorio, de que no todo ha sido siempre como es ahora.
—Eres… viejo, ¿verdad? ¿No un Heraldo, pero sí tan antiguo como ellos?
Sagaz bajó las botas de la silla y se inclinó hacia delante, sosteniendo la mirada a Lexa. Le dedicó una sonrisa amable.
—Niña, cuando ellos eran unos bebés, yo ya tenía docenas de vidas en mi haber. «Viejo» es un adjetivo que se pone a los zapatos usados. Yo soy algo distinto por completo.
Lexa tembló al mirar el interior de aquellos ojos azules. Había sombras jugueteando en ellos, formas que se movían mientras las erosionaba el tiempo, rocas que se volvían polvo, montañas que se convertían en colinas, ríos que cambiaban de curso, mares transformados en desiertos.
—Tormentas —susurró.
—Cuando era joven… —empezó a decir él.
—¿Sí?
—Hice un juramento.
Lexa asintió, con los ojos como platos.
—Dije que siempre estaría allí cuando se me necesitara.
—¿Y has estado?
—Sí.
Lexa dejó escapar el aire.
—Resulta que debería haber sido más concreto, ya que «allí» puede significar cualquier parte.
—¿Puede qué?
—Si te soy sincero, «allí» ha sido hasta la fecha un lugar aleatorio que no sirve a nadie de nada en absoluto.
Lexa titubeó. Al instante, lo que fuera que creía haber percibido en Sagaz había desaparecido. Se hundió en su asiento.
—¿Por qué estoy hablando contigo, de toda la gente que hay?
—¡Lexa! —exclamó él, indignado—. Si estuvieras hablando con otra persona, no sería yo.
—Resulta que conozco a muchas personas que no son tú, Sagaz. Algunas hasta me caen bien.
—Ándate con ojo. La gente que no es yo tiende a estallidos espontáneos de sinceridad.
—¿Y eso es malo?
—¡Por supuesto! «Sinceridad» es una palabra que la gente usa para justificar su sosería crónica.
—Pues a mí me gusta la gente sincera —dijo Lexa, alzando su copa—. Es deliciosa la cara de sorpresa que ponen cuando los tiras escalera abajo.
—Venga, eso es muy desconsiderado. No deberías tirar a la gente escalera abajo por ser sincera. A la gente se la tira escalera abajo por ser estúpida.
—¿Y si son sinceros y estúpidos?
—Entonces toca huir.
—A mí me gusta bastante discutir con ellos. Me hacen parecer lista, y Vev sabe que necesito esa ayuda.
—No, no. Jamás deberías debatir con un idiota, Lexa. Igual que nunca usarías tu mejor espada para untar mantequilla.
—Ah, pero yo soy académica. Me satisfacen las cosas con propiedades curiosas, y la estupidez es de lo más interesante. Cuanto más la estudias, más se aleja de ti, y sin embargo, cuanta más obtienes, ¡menos la comprendes!
Sagaz dio un sorbo a su copa.
—Así es, hasta cierto punto. Pero puede ser difícil de detectar, al igual que pasa con el olor corporal, que nunca te fijas en el propio. Dicho eso, si juntas a dos personas listas, en algún momento acabarán encontrando su estupidez común, y al hacerlo se volverán idiotas.
—Como un niño, crece cuanto más la alimentas.
—Como un vestido a la moda, puede ser atractivo en la juventud, pero queda fatal con la edad. Y por únicas que puedan ser sus propiedades, la estupidez es tan común que asusta. La suma total de personas estúpidas está en torno a la población del planeta. Más uno.
—¿Más uno? —preguntó Lexa.
—Sadeas vale por dos.
—Hum… Está muerto, Sagaz.
—¿Qué? —Sagaz irguió la espalda.
—Lo asesinó alguien. Esto… no sabemos quién. —Los investigadores de Roan seguían buscando al culpable, pero las pesquisas se habían estancado cuando Lexa se marchó.
—¿Alguien se ha cargado al viejo Sadeas y yo me lo he perdido?
—¿Qué habrías hecho, ayudarle?
—Tormentas, no. Habría aplaudido.
Lexa sonrió y dejó escapar un profundo suspiro. Su pelo había vuelto al color rojo; había dejado decaer la ilusión.
—Sagaz —dijo—, ¿qué haces aquí, en la ciudad?
—No estoy seguro del todo.
—Por favor, ¿podrías responderme y ya está?
—Eso he hecho, y era sincero. Puedo saber dónde debo estar, Lexa, pero no siempre lo que se supone que tengo que hacer allí. —Dio un golpecito en la mesa—. ¿Qué haces tú aquí?
—Abrir la Puerta Jurada —contestó Lexa—. Salvar la ciudad.
Patrón zumbó.
—Objetivos elevados —comentó Sagaz.
—¿Qué sentido tienen los objetivos si no es azuzarte hacia algo elevado?
—Claro, claro. Hay que apuntar al sol. De ese modo, si fallas, al menos tu flecha caerá muy lejos y la persona a la que mate será probablemente alguien que no conozcas.
El posadero eligió ese momento para llegar con la comida. Lexa no tenía demasiado apetito; ver a toda aquella gente muerta de hambre fuera se lo había arrebatado del todo. Los platitos contenían tortas de grano moldeado a punto de desmenuzarse, coronadas por un solo cremlino al vapor, una variedad conocida como skrip, de cola plana, dos grandes pinzas y largas antenas. Comer cremlinos no era raro, pero tampoco eran demasiado buen alimento. La única diferencia entre el plato de Lexa y el de Sagaz estaba en la salsa, la de ella dulce y la de él picante, aunque esa venía en un cuenco aparte. La comida escaseaba y la cocina no estaba preparando aparte los platos masculinos y los femeninos. El posadero frunció el ceño al verle el pelo, negó con la cabeza y se fue. Lexa se llevó la impresión de que estaba acostumbrado a ver rarezas cerca de Sagaz. Lexa bajó la mirada a su comida. ¿Podría dársela a otra persona, a alguien que la mereciese más que ella?
—Come —dijo Sagaz. Se levantó y se acercó al ventanuco—. No desperdicies lo que se te ofrece.
De mala gana, Lexa obedeció. No estaba demasiado bueno, pero tampoco era espantoso.
—¿Tú no vas a comer? —preguntó.
—Soy lo bastante listo para no seguir mis propios consejos, muchas gracias. —Sonaba distraído. Fuera de la ventana estaba pasando una procesión del Culto de los Momentos.
—Quiero aprender a ser como tú —dijo Lexa, y se sintió tonta mientras lo hacía.
—No quieres.
—Eres divertido, y encantador, y…
—Sí, sí, soy tan tormentosamente listo que la mitad del tiempo ni yo puedo seguir el hilo de lo que estoy diciendo.
—Y cambias las cosas, Sagaz. Cuando viniste a mí en Jah Keved lo cambiaste todo. Quiero ser capaz de hacer lo mismo. Quiero ser capaz de cambiar el mundo.
Sagaz no parecía nada interesado en su comida. «¿Acaso come? —se preguntó ella—. ¿O es… como una especie de spren?»
—¿Quién ha venido contigo a la ciudad? —preguntó Sagaz.
—Raven, Clarke, Finn y algunos sirvientes.
—¿El rey Finn? ¿Aquí?
—Está decidido a salvar la ciudad.
—Casi todos los días a Finn ya le cuesta salvar la cara, no digamos las ciudades.
—Me cae bien —dijo Lexa—, a pesar de su… elhokarismo.
—Al final se acaba haciendo contigo, supongo. Igual que un hongo.
—De verdad quiere hacer lo correcto. Tendrías que oírlo hablar de eso últimamente. Quiere que lo recuerden como un buen rey.
—Vanidad.
—¿A ti te da igual cómo se te recuerde?
—Me recordaré yo mismo, que ya es bastante. Pero Finn se preocupa de lo que no debe. Su padre llevaba una corona sencilla porque no necesitaba recordatorios de su autoridad. Finn lleva una corona sencilla porque le preocupa que algo más recargado desvíe la atención de su persona. No quiere tener competencia.
Sagaz dejó de inspeccionar el hogar y la chimenea.
—Tú quieres cambiar el mundo, Lexa —continuó—. Y eso está muy bien. Pero ten cuidado. El mundo te precede. Tiene privilegios por antigüedad.
—Soy una Radiante —dijo Lexa, metiéndose otro bocado de pan desmigajado y dulce en la boca—. Salvar el mundo es un requerimiento del puesto.
—Pues sé sabia al respecto. Hay dos clases de personas importantes, Lexa. Están los que, cuando el peñasco del tiempo rueda hacia ellos, se plantan delante y sacan las manos. Se les ha dicho toda la vida lo grandiosos que son. Dan por sentado que el propio mundo se plegará a sus caprichos igual que hacía su niñera cuando les traía otro vaso de leche.
»Esas personas terminan aplastadas.
»Otras personas se apartan a un lado cuando pasa el peñasco del tiempo, pero enseguida dicen: "¡Miradme! ¡He hecho que el peñasco rodara hacia allí! ¡No me obliguéis a repetirlo!"
»Esas personas terminan aplastando a todas las demás.
—¿No hay un tercer tipo de persona?
—Lo hay, pero es dificilísimo de encontrar. Son las que saben que no pueden detener el peñasco. Así que caminan junto a él, lo estudian y esperan su momento. Entonces le dan un empujoncito, casi ni rozándolo, para desviarlo de su camino.
»Esas personas… bueno, esas personas son las que de verdad cambian el mundo. Y me aterrorizan. Porque el hombre nunca ve tan lejos como cree.
Lexa arrugó la frente y miró su plato vacío. Creía que no tenía hambre, pero al empezar a comer…
Sagaz pasó a su lado y, con manos diestras, se llevó su plato y puso el lleno en su lugar.
—Sagaz, no puedo comerme eso.
—No seas quisquillosa —dijo él—. ¿Cómo vas a salvar el mundo si te matas de hambre?
—No me estoy matando de hambre. —Pero aun así, dio un bocadito para contentarlo—. Tal y como hablas, suena a que tener el poder de cambiar el mundo es malo.
—¿Malo? Qué va. Aborrecible, deprimente, horroroso. Tener poder es una carga terrible, la peor que puedas imaginar salvo cualquier otra alternativa. —Se volvió y la observó—. ¿Qué es para ti el poder, Lexa?
—Es… —Lexa separó el caparazón del cremlino—. Es lo que te decía, la capacidad de cambiar las cosas.
—¿Las cosas?
—Las vidas de los demás. El poder es la capacidad de hacer la vida mejor o peor para quienes te rodean.
—Y también para ti misma, por supuesto.
—Yo no importo.
—Deberías.
—El altruismo es una virtud vorin, Sagaz.
—Ah, al cuerno con eso. Tienes que vivir la vida, Lexa, disfrutarla. ¡Bebe de lo que te propones dar a todos los demás! Es lo que hago yo.
—Es verdad que… pareces disfrutar mucho.
—Me gusta vivir cada día como si fuera el último.
Lexa asintió.
—Y con eso me refiero a yacer en un charco de mi propia orina, pidiendo a la enfermera que me traiga más pudin.
Lexa estuvo a punto de atragantarse con un bocado de cremlino. Tenía la copa vacía, pero Sagaz pasó junto a ella y le puso la suya en la mano. La engulló de un trago.
—El poder es un cuchillo —afirmó Sagaz, volviendo a su silla—. Un terrible y peligroso cuchillo que no puede empuñarse sin cortarse uno mismo. Bromeábamos sobre la estupidez, pero en realidad la mayoría de la gente no es estúpida. Lo que les pasa a muchos es que están frustrados por el poco control que ostentan sobre sus vidas. Se desahogan. A veces de formas muy espectaculares…
—El Culto de los Momentos. Se supone que afirman ver un mundo transformado que se abalanza sobre nosotros.
—Sé precavida con cualquiera que afirme ser capaz de ver el futuro, Lexa.
—Menos tú, claro. ¿No decías que puedes ver dónde necesitas estar?
—Sé precavida —repitió él— con cualquiera que afirme ser capaz de ver el futuro, Lexa.
Patrón titiló en la mesa, sin zumbar, solo cambiando más deprisa, componiendo nuevas formas en rápida secuencia. Lexa tragó. Para su asombro, volvía a tener el plato vacío.
—El culto controla la plataforma de la Puerta Jurada —dijo—. ¿Sabes qué es lo que hacen allí arriba cada noche?
—Banquetes —respondió Sagaz en voz baja— y fiestas. Hay dos grandes grupos dentro del culto. Los miembros comunes vagan por las calles, gimiendo y haciéndose pasar por spren. Pero los de la plataforma conocen de verdad a los spren, en concreto a la criatura conocida como el Corazón del Festejo.
—Uno de los Deshechos.
Sagaz asintió.
—Un enemigo temible, Lexa. Ese culto me recuerda a un grupo que conocí hace mucho tiempo. Igual de peligroso, igual de necio.
—Finn quiere que me infiltre en la secta. Que suba a la plataforma y active la Puerta Jurada. ¿Es posible?
—Quizá. —Sagaz se reclinó—. Quizá. Yo no puedo hacer funcionar la puerta; el spren del fabrial se niega a obedecerme. Tú tienes la llave adecuada, y el culto acepta ansioso a nuevos adeptos. Los consume, como un fuego que necesita troncos nuevos.
—¿Cómo? ¿Qué debo hacer?
—Comida —dijo él—. Su cercanía al Corazón los impulsa a los festines y las celebraciones.
—¿Se beben la vida? —preguntó ella, aludiendo al sentimiento que había expresado antes Sagaz.
—No. El hedonismo nunca ha sido disfrute, Lexa, sino lo contrario. Ellos cogen las cosas maravillosas de la vida y se empachan de ellas hasta que pierden el sabor. Es como escuchar una música hermosa, pero tocada tan alta que se elimina toda sutileza, como coger algo bello y convertirlo en mundano. Pero aun así, sus banquetes te proporcionan una abertura. He tenido roces con sus líderes, pese a mis esfuerzos por evitarlo. Llévales comida para el festín y podré introducirte. Pero una advertencia, eso sí: el simple grano creado por moldeado de almas no los satisfará.
Un desafío, pues.
—Debería volver con los demás. —Lexa alzó la mirada hacia Sagaz—. ¿Vendrías conmigo? ¿Te unirías a nosotros?
Él se levantó, fue hasta la puerta y presionó la oreja contra ella.
—Por desgracia, Lexa —dijo, dirigiéndole una breve mirada—, no estoy aquí por ti.
Lexa respiró hondo.
—Voy a averiguar cómo cambiar el mundo, Sagaz.
—El cómo ya lo sabes. Averigua el porqué. —Se apartó de la puerta y se apretó contra la pared—. Ah, y dile al posadero que he desaparecido en un estallido de humo. Lo volverá loco.
—El posad…
La puerta se abrió de golpe hacia dentro. El posadero entró y vaciló al ver sentada a Lexa sola en la mesa. Sagaz se escabulló con agilidad alrededor de la puerta y por detrás del hombre, que no se dio cuenta de nada.
—Condenación —dijo el posadero, mirando por todas partes—. Supongo que esta noche no va a trabajar, ¿verdad?
—No tengo ni idea.
—Me dijo que me trataría como a un rey.
—Bueno, esa promesa la está cumpliendo.
El posadero se llevó los platos con prisas. Las conversaciones con Sagaz siempre se las apañaban para terminar de un modo extraño. Y… bueno, y para empezar de un modo extraño. Eran extrañas de cabo a rabo.
—¿Sabes algo de Sagaz? —preguntó a Patrón.
—No —respondió el spren—. Da la sensación de ser… mmm… uno de nosotros.
Lexa buscó unas esferas en su bolsa, cayendo en que Sagaz le había robado unas pocas, para dejar como propina al pobre tabernero. Luego emprendió el regreso a la sastrería, pensando en cómo valerse de su equipo para conseguir la comida que necesitaba.
