69. COMIDA GRATIS, SIN COMPROMISO
El marchitar de las plantas y el enfriamiento general del aire son molestos, sí, pero algunas funciones de la torre permanecen activas. La presión incrementada, por ejemplo, persiste.
Del cajón 1-1, segunda circonita
Raven absorbió un poco de luz tormentosa y avivó la tempestad interior. La pequeña tormenta bulló en su interior, alzándose de su piel, adentrándose en el espacio tras sus ojos y haciéndolos brillar. Por suerte, aunque estaba en un mercado concurrido, aquella minúscula cantidad de luz tormentosa no lo delataría en un día tan soleado. La tormenta era una danza primordial, una canción antigua, una batalla eterna que se había librado desde la infancia de Roshar. Quería ser utilizada. Raven se lo concedió, arrodillándose para infundir una piedra pequeña. La lanzó hacia arriba con la intensidad suficiente para que temblara, pero no para enviarla volando por los aires. Los espeluznantes chillidos llegaron enseguida. La gente empezó a gritar, presa del pánico. Raven se alejó agachada, exhalando su luz tormentosa y volviendo a ser, con un poco de suerte, un transeúnte cualquiera. Se agachó con Lexa y Clarke detrás de un tiesto. La plaza en la que estaban, con soportales en los cuatro lados que en otro tiempo habían albergado una gran variedad de tiendas, estaba a varias manzanas de distancia de la sastrería. La gente se apretujó en los edificios o huyó hacia otras calles. Los más lentos solo pudieron acurrucarse contra las paredes y taparse la cabeza con las manos. Los spren llegaron como dos líneas de reluciente amarillo blanquecino, enroscadas cada una sobre la otra sobre la plaza. Sus inhumanos chillidos eran espantosos, como los sonidos de un animal herido que muere solo en la espesura. No eran los mismos spren que Raven había visto en su trayecto con Sah y los otros parshmenios. Aquel era más similar a un vientospren, pero los que flotaban sobre la plaza se habían convertido en deslumbrantes esferas amarillas que chisporroteaban de energía. No parecían capaces de localizar la piedra a simple vista y dieron vueltas por la plaza como confusas, sin dejar de chillar. Al poco tiempo, una silueta descendió desde el cielo. El Portador del Vacío iba vestido con ropa suelta roja y negra que se ondulaba y se revolvía con el viento suave. Llevaba una lanza y un escudo alto y triangular.
«Buena lanza», pensó Raven. Era larga y de punta fina para perforar armadura, como la lanza de un jinete. Raven asintió sin darse cuenta. Sería un arma excelente para utilizar en vuelo, donde haría falta más alcance para atacar a hombres en el suelo, o incluso a enemigos que volaran alrededor.
Los spren dejaron de chillar. El Portador del Vacío buscó por la plaza, revoloteando de un lado a otro, y entonces miró furibundo a los spren y les dijo algo. Las esferas de energía volvieron a parecer confusas. Habían detectado el uso de luz tormentosa que había hecho Raven, y supuso que lo habrían interpretado como un fabrial activándose, pero ya no podían concretar su posición. Raven había empleado tan poca luz tormentosa que la piedra había perdido la carga casi de inmediato. Los spren se dispersaron, desvaneciéndose como solían hacer los spren emocionales. El Portador del Vacío se quedó un poco más, rodeado de energía oscura, hasta que el sonido de cuernos cercanos anunció la llegada de la Guardia de la Muralla. La criatura por fin se lanzó disparada al aire. La gente que había estado escondida se escabulló de la plaza, al parecer aliviados de haber podido escapar con vida.
—Vaya —dijo Clarke, levantándose. Llevaba puesta una ilusión que imitaba, siguiendo las instrucciones de Finn, al capitán Meleran Khal, el hijo menor de Teshav, un hombre robusto y calvo en la treintena.
—Puedo contener luz tormentosa todo el tiempo que quiera sin llamar la atención —dijo Raven—, pero en el momento en que lanzo algo, llegan chillando.
—Y en cambio —dijo Clarke con una mirada a Lexa—, los disfraces no los atraen.
—Patrón dice que somos más sigilosos que él —respondió Lexa, señalando a Raven con el pulgar—. Venga, volvamos. ¿Vosotras dos no tenéis una cita esta noche?
—Una fiesta —dijo Raven, que paseaba de un lado a otro por la sala de muestras de la sastrería. Cikatriz y Drehy estaban apoyados en la puerta, cada cual rodeando una lanza con el brazo—. Así es como son. Tu ciudad está prácticamente en llamas, y ¿qué haces? ¡Pues dar una fiesta, hombre, qué pregunta!
Finn había propuesto las fiestas como forma de establecer contacto con las familias ojos claros de la ciudad. Raven había encontrado la idea ridícula, al dar por hecho que no las habría. Pero incluso sin afanarse mucho en buscarlas, Clarke había reunido media docena de invitaciones.
—La buena gente ojos oscuros se mata a trabajar, cultivando y preparando la comida —continuó Raven—, pero ¿los ojos claros? Tienen tanto tormentoso tiempo libre que tienen que inventarse cosas para hacer.
—Eh, Cikatriz —dijo Drehy—, ¿alguna vez has salido a beber aunque estuvieras en guerra?
—Pues claro —respondió Cikatriz—. Y allá en mi pueblo, hacíamos baile en el refugio para tormentas dos veces al mes, aunque tuviéramos a gente luchando en escaramuzas fronterizas.
—No es lo mismo —dijo Raven—. ¿Os estáis poniendo de su lado?
—Ah, pero ¿hay lados? —preguntó Drehy.
A los pocos minutos, Clarke bajó pisoteando los escalones y sonriendo como una boba. Llevaba una camisa con volantes y un traje azul claro con una chaqueta que no se cerraba del todo y tenía faldones. Sus bordados en oro eran los mejores que podía proveer la tienda.
—Por favor —dijo Raven—, dime que no nos has traído a vivir con tu sastra porque querías renovar el guardarropa.
—Venga, Rav. —Clarke se miró en el espejo de la sala—. Tengo que interpretar el papel. —Se inspeccionó los puños y sonrió otra vez.
Yokska salió a revisar su obra y le quitó el polvo de los hombros.
—Creo que te tira demasiado por el pecho, brillante señora.
—Es una maravilla, Yokska.
—Respira hondo.
La mujer era como una tormentosa cirujana, haciéndole levantar los brazos y palpándole la cintura mientras murmuraba para sí misma. Raven había visto a su padre hacer exámenes físicos menos invasivos.
—Creía que las casacas rectas seguían de moda —comentó Clarke—. Tengo un portafolio llegado de Liafor.
—Esos no están al día —dijo Yokska—. Estuve en Liafor la pasada Media-paz y la tendencia es a apartarse de los estilos militares. Pero envían esos portafolios para vender uniformes en las Llanuras Quebradas.
—¡Tormentas! No tenía ni idea de lo poco a la moda que iba.
Raven puso los ojos en blanco. Clarke la vio por el espejo, pero se limitó a dar media vuelta y hacer una reverencia.
—No te preocupes, muchacha del puente. Tú puedes seguir llevando ropa a juego con ese ceño que tienes.
—Parece que te hayas caído en un cubo de pintura azul —dijo Raven— y luego hayas intentado quitártela con un puñado de hierba reseca.
—Y a ti parece que te haya dejado atrás la tormenta —replicó Clarke, pasando junto a Raven y dándole una palmadita en el hombro—. Pero nos caes bien igual. Toda chica tiene un palo favorito que encontró en el patio después de las lluvias.
Clarke se detuvo junto a Cikatriz y Drehy y les estrechó las manos a los dos.
—¿Tenéis ganas de lo de esta noche?
—Depende de cómo sea la comida en la tienda de los ojos oscuros, señora —dijo Cikatriz.
—Tráenos algo de la fiesta de dentro —pidió Drehy—. He oído que tienen unas pastas tormentosamente buenas en esas fiestas estiradas de ojos claros.
—Hecho. ¿Tú quieres algo, Cikatriz?
—La cabeza de mi enemigo, transformada en jarra para beber —dijo Cikatriz—. Pero si no puede ser, me conformo con una pasta. O unas cuantas.
—A ver si puedo. Vosotros enteraos de las buenas tabernas que sigan abiertas. Podemos salir mañana.
Se marchó a ponerse una espada al cinto. Raven frunció el ceño, la miró, miró a sus hombres del puente y luego otra vez a Clarke.
—¿Y bien?
—Y bien, ¿qué? —dijo Clarke.
—¿Vas a salir a beber con mis hombres del puente? —preguntó Raven.
—Claro —dijo Clarke—. Cikatriz, Drehy y yo nos conocemos de hace tiempo.
—Estuvimos una temporada evitando que su alteza cayera a los abismos —dijo Cikatriz—. Nos lo compensó con un poco de vino y buena conversación.
Llegó el rey, llevando una versión más discreta del mismo estilo de uniforme. Pasó deprisa junto a Clarke, en dirección a la escalera.
—¿Preparadas? Excelente. Ahora, las caras.
Subieron los tres a la habitación de Lexa, que estaba bosquejando y canturreando para sí misma, rodeada de creacionspren. Dio a Clarke el beso más íntimo que Raven les hubiera visto y luego la transformó de nuevo en Meleran Khal. Finn se convirtió en un hombre mayor, calvo también y de ojos amarillos claros. El general Khal, uno de los oficiales de mayor categoría en el ejército de Bellamy.
—Yo ya estoy bien —dijo Raven al ver que Lexa la miraba—. No va a reconocerme nadie.
No sabía por qué era, pero ponerse una cara distinta como hacían... le daba sensación de estar mintiendo.
—Las cicatrices —señaló Finn—. Necesitamos que no destaques, capitana.
A regañadientes, Raven asintió y permitió que Lexa pusiera un tejido de luz a su cabeza para borrar las marcas de esclava. Al terminar, entregó una esfera a cada uno. Las ilusiones iban ligadas a la luz tormentosa que contenían; si la esfera se agotaba, sus rostros falsos desaparecerían. El grupo partió, acompañado de Cikatriz y Drehy con las lanzas preparadas. Syl salió volando por una ventana superior de la sastrería y los adelantó calle abajo. Raven había probado a invocarla como hoja esquirlada y no había atraído a los chillones, de modo que se sentía bien armado. A los cinco pasos, Clarke ya estaba bromeando con Cikatriz y Drehy. A Bellamy no le habría gustado enterarse de que salían a beber juntos. No por ningún prejuicio concreto, sino porque los ejércitos debían tener una estructura de mando. Los generales no debían confraternizar con la tropa rasa, porque hacerlo empañaba la forma clara de funcionar que tenían los ejércitos. Pero Clarke podía hacer cosas como esa sin repercusiones. Mientras los escuchaba, Raven se avergonzó de la actitud que estaba teniendo. La verdad era que últimamente se encontraba bastante bien. Sí, había guerra, y sí, la ciudad estaba muy acosada, pero desde que había encontrado a sus padres sanos y salvos, se estaba sintiendo mejor. No era algo tan poco frecuente en ella. Había muchos días en los que estaba bien. El problema era que en los días malos costaba recordarlo. En esos tiempos, por alguna razón, sentía que siempre había estado hundido en la oscuridad y siempre lo estaría.
¿Por qué costaba tanto recordar? ¿Hacía falta hundirse una y otra vez? ¿Por qué no podía quedarse allí, a la luz del sol, donde vivían todos los demás?
Era media tarde, quizá unas dos horas antes de la puesta del sol. Pasaron por varias plazas parecidas a la que habían elegido para probar su potenciación. La mayoría se habían convertido en alojamiento de refugiados, que no dejaban de aumentar. Se quedaban allí sentados, esperando a lo que quiera que fuese a pasar. Raven se quedó un poco atrás del grupo y, cuando Clarke se dio cuenta, se disculpó y aflojó el paso para ponerse a su altura.
—Eh, ¿estás bien? —le preguntó.
—Me preocupa destacar demasiado si invoco una hoja esquirlada —dijo Raven—. Para esta noche tendría que haber traído una lanza.
—Quizá deberías dejar que te enseñe a usar la espada de cinto. Esta noche te haces pasar por la jefa de nuestros guardaespaldas, y eres ojos claros. Queda raro que no lleves espada.
—A lo mejor es que soy más puñosa.
Clarke se detuvo de golpe y sonrió a Raven de oreja a oreja.
—¿Acabas de decir «puñosa»?
—Sí, ya sabes, los fervorosos que entrenan para luchar sin armas.
—¿Cuerpo a cuerpo?
—Cuerpo a cuerpo.
—Claro —dijo Clarke—. O puñosos, como los llama todo el mundo.
Raven la miró a los ojos y no pudo evitar devolverle la sonrisa.
—Es el término académico.
—Claro, claro, igual que los espadianos. O los lanceños.
—Una vez conocí a un tipo que era un hacherizo de los de verdad —dijo Raven—. Se le daba de maravilla el combate psicológico.
—¿Combate psicológico?
—Sabía ver muy bien lo que el otro tenía en la cabeza.
Clarke frunció el ceño mientras retomaban el paso.
—Lo que el otro tenía en... ¡Oh! —Clarke soltó una risita y dio una palmada a Raven en la espalda
—Pero tienes que practicar más con la espada —insistió Clarke, emocionándose—. Sé que prefieres la lanza, y la usas bien. ¡Estupendo! Pero ahora ya no eres una simple lancera; vas a ser una irregular. No lucharás en un frente, sosteniendo un escudo para tus compañeros. ¿Quién sabe a qué tendrás que enfrentarte?
—He entrenado un poco con Zahel —dijo Raven—. No soy del todo inútil con la espada, pero... una parte de mí no le ve el sentido.
—Mejorarás mucho si practicas con la espada, créeme. Ser buena duelista consiste en conocer un arma, y ser buena soldado de infantería... es más entrenar en general que con un arma concreta. Pero si quieres ser una gran guerrera... tendrás que aprender a usar la mejor herramienta del oficio. Aunque nunca vayas a blandir una espada, te enfrentarás a gente que sí. La mejor forma de aprender a derrotar a quien lleva un arma es practicar con ella tú misma.
Raven asintió. Clarke tenía razón. Se hacía raro verla con aquel traje reluciente, a la moda y con su centelleante hilo dorado y a la vez oírlo hablar con verdadero entendimiento bélico.
«Cuando me encerraron por atreverme a acusar a Amaram, fue la única ojos claros que me defendió.»
Clarke Griffin era, sencillamente, una buena persona. Por mucho traje azul claro que llevara. No se podía odiar a una mujer como ella. Tormentas, era casi obligatorio que te cayera bien.
Su destino era una casa modesta, para ser de un ojos claros. Alta y estrecha, sus cuatro plantas podrían haber dado cobijo a una docena de familias ojos oscuros.
—Muy bien —dijo Finn mientras se acercaban—. Clarke y yo tantearemos a los ojos claros en busca de posibles aliados. Los hombres del puente, charlad con la gente en la tienda de los guardias ojos oscuros, a ver si descubrís algo sobre el Culto de los Momentos o cualquier otra rareza que haya en la ciudad.
—Entendido, majestad —dijo Drehy.
—Capitana —dijo Finn a Raven—, tú ve a la tienda de los guardias ojos claros. Mira si puedes...
—Averiguar algo sobre ese tal alto mariscal Celeste —dijo Raven—, de la Guardia de la Muralla.
—Exacto. Tenemos pensado quedarnos hasta bastante tarde, ya que los invitados quizá se muestren más locuaces estando intoxicados que sobrios.
Se separaron después de que Clarke y Finn presentaran sus invitaciones al portero, que los dejó pasar y señaló dónde estaba la comida para los guardias ojos oscuros, en una tienda alzada en los terrenos de la casa. Había otra tienda separada para los ojos claros que no eran terratenientes. Los privilegiados, pero no lo suficiente para pasar por la puerta a la fiesta de verdad. En su papel de guardaespaldas ojos claros, era donde correspondía ir a Raven, pero por algún motivo la idea de entrar allí le revolvía el estómago. En vez de hacerlo, prometió con un susurro a Cikatriz y Drehy que volvería pronto, se llevó la lanza del primero por si acaso y se marchó por la calle. Luego volvería para hacer lo que le había pedido Finn, pero mientras le quedara luz, se le ocurrió echar un vistazo a las fortificaciones y hacerse una idea de cuántos miembros tenía la Guardia de la Muralla. Eso y que le apetecía caminar un poco más. Paseó hasta la cercana base de la muralla y fue contando las garitas de los baluartes y fijándose en su alta parte inferior, que se fundía con la roca de la zona. Apoyó la mano en la suave piedra estratificada.
—¡Eh! —llamó una voz—. ¡Oye, tú!
Raven suspiró. Una escuadra de la Muralla de la Guardia pasaba por allí de patrulla. Consideraban que la calle que rodeaba la ciudad, limitada por el pie de la muralla, entraba en su jurisdicción, pero no se adentraban más. ¿Qué querrían? Raven no estaba haciendo nada malo. En fin, echar a correr sería un alboroto, de modo que soltó la lanza y dio media vuelta, separando los brazos a los lados. Con la ciudad llena de refugiados, seguro que no la hostigarían demasiado. La escuadra de cinco miembros llegó al trote, comandada por un hombre de rala barba negra y unos brillantes ojos azules. El hombre observó el uniforme de Raven, sin insignias, y apartó un momento la mirada hacia la lanza caída. Luego se fijó en la frente de Raven y torció el gesto.
Raven se llevó las manos a las marcas de la frente, que notó al tacto. Pero Lexa las había cubierto con una ilusión, ¿verdad?
«Condenación. Va a suponer que soy una desertora.»
—Desertora, supongo —dijo el soldado con brusquedad.
«Tendría que haber ido a la tormentosa fiesta y ya está.»
—Escuchad —dijo Raven—, no busco problemas. Solo estoy...
—¿Quieres cenar?
—Esto... ¿Cenar?
—Comida gratis para desertores.
«Eso sí que no me lo esperaba.»
De mala gana, se levantó el pelo de la frente para comprobar si las marcas seguían siendo visibles. Lo que conseguía el pelo sobre todo era ofuscar los detalles. Los soldados se sobresaltaron. Sí, podían ver las marcas. ¿La ilusión de Lexa se habría agotado por algún motivo? Esperaba que los otros disfraces duraran más.
—¿Un ojos claros con una marca de shash? —se sorprendió el teniente—. Tormentas, amiga, seguro que tienes una buena historia que contar. —Le dio una palmada en la espalda y señaló hacia sus barracones—. Me encantaría escucharla. Comida gratis, sin compromiso. No te obligaremos a alistarte. Tienes mi palabra.
Bueno, buscaba información sobre el líder de la Guardia de la Muralla, ¿verdad? ¿Qué mejor forma de obtenerla que de aquellos hombres?
Raven recogió su lanza y dejó que se la llevaran.
