70. EL ALTO MARISCAL CELESTE

Algo le está pasando al Hermano. Reconozco que eso es cierto, pero no es por culpa de la división entre los Caballeros Radiantes. La percepción de nuestra valía es otro asunto separado.

Del cajón 1-1, tercera circonita

Los barracones de la Guardia de la Muralla olían a hogar para Raven. No a la casa de su padre, que olía a antiséptico y a las flores que machacaba su madre para aderezar el aire, sino a su auténtico hogar. Cuero. Estofado cociéndose. Aceite para armas. Había esferas colgadas en las paredes, blancas y azules. El lugar era lo bastante espacioso para acoger a dos pelotones, como confirmaban los parches que veía en los hombros de los soldados. La enorme sala común estaba llena de mesas y unos pocos armeros trabajaban en una esquina, cosiendo jubones o uniformes. Otros afilaban armas con un sonido rítmico y balsámico. Eran los ruidos y los aromas de un ejército bien mantenido. El estofado no olía ni la mitad de bien que el que preparaba Roca; Raven se había malacostumbrado a la cocina del comecuernos. Aun así, cuando un hombre fue a conseguirle un cuenco, se encontró sonriendo. Se sentó a un largo banco de madera, cerca de un menudo y ajetreado fervoroso que pintaba glifoguardas en tiras de tela para los hombres. Raven adoró aquel lugar al instante, y el estado de la tropa hablaba bien del alto mariscal Celeste. Con toda probabilidad, sería algún oficial de rango intermedio que se había visto arrojado al mando durante la confusión de los disturbios, lo que lo volvía incluso más impresionante. Celeste había asegurado la muralla, expulsado a los parshmenios de la ciudad y organizado la defensa de Kholinar. Syl revoloteó entre las vigas del techo mientras los soldados hacían preguntas sobre el recién llegado. El teniente que lo había encontrado, Noromin, aunque sus hombres lo llamaban Noro, respondía sin pausa. Raven era una desertora. Llevaba una marca de shash, de las feas. Tendríais que verla. La marca de Sadeas. Y en un ojos claros, nada menos. Los soldados del acuartelamiento la encontraron curiosa, pero no preocupante. Algunos hasta vitorearon. Tormentas. Raven no podía imaginarse ninguna unidad de soldados de Bellamy dando así la bienvenida a una desertora, y mucho menos a una peligrosa. Mientras meditaba sobre ello, Raven captó otra característica del lugar. Los hombres afilaban armas con muescas. Los armeros reparaban cortes en el cuero, hechos por lanzas en batalla. Se veían asientos vacíos en casi todas las mesas, con jarras colocadas delante. Aquellos hombres habían sufrido bajas. Todavía no eran numerosas y aún podían reír, pero tormentas, se palpaba una tensión en la sala.

—Venga —dijo Noro—, háblanos de esa marca del shash.

El resto de la escuadra se sentó, y un hombre bajito con pelo en el dorso de las manos dejó un cuenco de denso estofado y pan ácimo delante de Raven. El rancho habitual, con taliú ahumado y cuadrados de carne. Creada mediante el moldeado de almas, por supuesto, y algo insípida, pero abundante y nutritiva.

—Tuve un altercado con el alto señor Amaram —dijo Raven—. Yo opinaba que había enviado a la muerte a unos hombres míos sin necesidad. Él opinaba que no.

—Amaram —dijo un soldado—. Sí que apuntas alto, amiga.

—Conozco a Amaram —comentó el hombre de las manos peludas—. Cumplí misiones secretas para él, en mis tiempos de agente.

Raven lo miró, sorprendida.

—No hagas mucho caso a Barba —dijo el teniente Noro—. Por aquí nadie se lo hace.

«Barba» no llevaba barba. Quizá las manos peludas hubieran bastado para ganarle el mote. Dio un codazo a Raven.

—Es una buena historia. Algún día te la contaré.

—No se puede marcar como esclavo a un ojos claros sin más —dijo el teniente Noro—. Hace falta permiso de un alto príncipe. Hay más que no nos cuentas.

—Lo hay —dijo Raven, y siguió comiéndose el estofado.

—¡Hala! —dijo un hombre alto de la escuadra—. ¡Un misterio!

Noro rio entre dientes y abarcó la sala con un gesto.

—Bueno, ¿qué te parece?

—Has dicho que no ibas a presionarme —dijo Raven entre cucharadas.

—Y no te estoy presionando, pero no encontrarás ningún sitio allá en la ciudad donde se coma tan bien como aquí.

—¿De dónde sacáis la comida? —preguntó Raven, tomando otra cucharada—. No podéis usar moldeadores de almas, porque los chillones vendrían a por vosotros. ¿Tenéis reservas? Me extraña que ningún alto señor de la ciudad haya intentado apropiárselas.

—Muy astuta. —El teniente Noro sonrió. Parecía un tipo encantador—. Es un secreto de la guardia. Pero aquí siempre hay estofado y pan cociéndose.

—La receta es mía —añadió Barba.

—Va, por favor —dijo el hombre alto—. ¿Ahora también eres cocinero, Barba?

—Jefe de cocina, si no te importa. La receta de ese pan ácimo la aprendí de un místico comecuernos en la cima de una montaña. Pero la historia interesante es la de cómo llegué allí, porque…

—Está claro que es donde caíste —dijo el soldado alto—, cuando alguien de tu anterior escuadra te dio una buena patada.

Los hombres rieron. Se estaba calentito allí dentro, en el largo banco, con un buen fuego ardiendo firme en una esquina. Calentito y amigable. Los demás dejaron comer tranquila a Raven y charlaron entre ellos. Noro parecía menos un soldado que un simpático mercader intentando venderte pendientes para tu amada. Fue dejando caer comentarios muy evidentes dirigidos a Raven. Recordatorios de lo bien que se comía allí, de lo bueno que era pertenecer a una escuadra. Habló de camas calientes y de que les tocaba guardia no tan a menudo. De jugar a las cartas mientras soplaba la alta tormenta. Raven fue a rellenarse el cuenco de estofado y, al regresar a su sitio, cayó en la cuenta de una cosa que lo sorprendió.

«Tormentas, son todos ojos claros, ¿verdad?»

Todos los presentes en la sala, desde el cocinero hasta los armeros, pasando por los soldados que lavaban platos. En un grupo como aquel, todo el mundo tendría una función secundaria, como armero o cirujano de campo. Raven no se había fijado en sus ojos. El lugar le había resultado tan natural, tan cómodo, que había dado por sentado que todos serían ojos oscuros, como ella. Sabía que la mayoría de los soldados ojos claros no eran oficiales de alto rango. Le habían dicho que eran personas normales y corrientes, una y otra vez. Por algún motivo, estar sentada en aquella sala común por fin dio veracidad a esas palabras.

—Bueno, Rav —dijo el teniente Noro—, ¿qué piensas? ¿Te apetece alistarte otra vez? ¿Lo vuelves a intentar?

—¿No os preocupa que pueda desertar? —preguntó Raven—. O peor aún, ¿que no pueda controlar mi mal genio? Podría ser peligrosa.

—No tan peligrosa como andar escasos de efectivos —dijo Barba—. ¿Sabes matar a gente? Con eso nos basta.

Raven asintió.

—Habladme de vuestro oficial al mando. Será un factor bastante importante, y yo acabo de llegar a la ciudad. ¿Quién es ese alto mariscal Celeste?

—¡Podrás conocerlo en persona! —exclamó Barba—. Pasa revista cada noche a la hora de la cena, por todos los barracones.

—Hum, sí —dijo Noro.

Raven lo observó. El teniente parecía incómodo.

—El alto mariscal es increíble —se apresuró a añadir Noro—. Perdimos a nuestro anterior comandante en las revueltas, y Celeste encabezó a un grupo que defendió la muralla cuando, durante la confusión, el Culto de los Momentos trató de tomar los portones de la ciudad.

—Peleó como un Portador del Vacío —dijo otro miembro de la guardia—. Yo estaba allí. Nos tenían casi inundados y entonces llegó Celeste, enarbolando una hoja esquirlada bien brillante. Nos organizó a todos e inspiró hasta a los heridos para que siguieran luchando. Tormentas. Fue como si tuviéramos spren guardándonos las espaldas, apoyándonos, ayudándonos a pelear.

Raven entornó los ojos.

—No me digas.

Intentó sonsacarles más mientras se terminaba el estofado. Solo tenían alabanzas para Celeste, aunque el hombre no había mostrado ninguna otra… capacidad extraña que Raven pudiera descubrir. Celeste era un portador de esquirlada, quizá extranjero, a quien la guardia no conocía de antes. Pero con la caída de su comandante y la posterior desaparición de su alto señor al cargo en palacio, Celeste había terminado al mando. Había algo más. Algo que no le estaban contando. Raven se sirvió un tercer cuenco de estofado, más que nada para ganar tiempo y ver si de verdad el alto mariscal pensaba presentarse allí o no. Al poco tiempo, un revuelo cerca de la puerta hizo levantarse a los hombres. Raven los imitó, mirando hacia la entrada. Entró un oficial de alta graduación con reluciente cota de malla y un brillante tabardo, en compañía de asistentes, que inspiró una ronda de saludos. El alto mariscal llevaba una adecuada capa azul celeste, más clara que el tradicional azul Griffin, con un almófar de malla que le rodeaba el cuello y un yelmo en la mano.

Además, era mujer.

Raven parpadeó, extrañada, y oyó el respingo que dio Syl arriba. La alta mariscal era de altura media para una mujer alezi, quizá algo menos, y tenía el pelo liso y corto, cayéndole hasta mitad de mejilla. Sus ojos eran de color naranja y llevaba una espada de cinto con una reluciente cazoleta plateada. El arma no era de diseño alezi. ¿Sería la hoja esquirlada que le habían mencionado? Tenía cierta cualidad ajena, pero ¿por qué llevarla en vez de descartarla?

En cualquier caso, la esbelta alta mariscal tenía el rostro adusto y con un par de cicatrices de las serias. Llevaba guantes en las dos manos.

—¿El alto mariscal es una mujer? —bisbiseó Raven.

—No hablamos del secreto de la mariscal —dijo Barba.

—¿Secreto? —se sorprendió Raven—. Tormentas, pero si es muy evidente.

—No hablamos del secreto de la mariscal —repitió Barba, y los demás asintieron—. Tú cállatelo, ¿de acuerdo?

¿Que se lo callara? Tormentas. Aquellas cosas no pasaban en la sociedad vorin, no como en las baladas y los relatos.

Celeste dijo a los hombres que podían sentarse. Uno le ofreció un cuenco de estofado, que ella aceptó. Los hombres vitorearon cuando le dio una cucharada y felicitó al cocinero. La alta mariscal tendió el cuenco a un ayudante y todo volvió a la normalidad: los hombres charlaron, trabajaron, comieron. Celeste recorrió la sala y habló con varios oficiales. Primero con el comandante del pelotón, que sería un capitán. Luego con los tenientes. Cuando llegó a su mesa, observó a Raven con una mirada perceptiva.

—¿Quién es la nueva recluta, teniente Noro? —preguntó.

—Esta es Rav, señora —dijo Noro—. La hemos encontrado merodeando por la calle de fuera. Desertora, con marca de shash.

—¿En un ojos claros? Tormentas, mujer, ¿a quién mataste?

—No es al que maté quien me valió las marcas, señora. Es al que no maté.

—Eso ha sonado a explicación ensayada, soldado.

—Porque lo es.

Raven supuso que ella, al menos, querría saber más. Pero la alta mariscal lo dejó estar con un gruñido. Raven no habría sabido decir qué edad tenía, aunque seguro que las cicatrices la hacían parecer mayor de lo que era.

—¿Vas a alistarte? —preguntó Celeste—. Tenemos comida para ti.

—La verdad, señora, es que no lo sé. Por una parte, no puedo creerme que a todos les dé igual mi pasado. Por otra, es evidente que estáis desesperados, lo que me tira un poco para atrás.

La mariscal se volvió hacia el teniente Noro.

—¿No se lo has enseñado?

—No, señora. Solo le hemos dado estofado.

—Lo haré yo. Rav, acompáñame.

Lo que fuese que querían enseñarle estaba encima de la muralla, ya que subieron por una escalera de piedra interior. Raven quería saber más sobre el supuesto secreto de que Celeste era mujer. Pero cada vez que preguntaba, el teniente Noro negaba con la cabeza a toda prisa y la azuzaba hacia delante. Se congregaron ante las almenas. La muralla de Kholinar era una poderosa estructura defensiva, según se decía de casi veinte metros de altura en algunos puntos, con un amplio adarve en su cima de tres metros de anchura. La muralla se extendía en la distancia, rodeando toda Kholinar. En realidad, se había levantado sobre las hojas del viento exteriores, encajada en ellas como una corona invertida, con las partes elevadas encajando en los huecos entre hojas del viento. El muro estaba interrumpido por baluartes cada cien metros más o menos. Eran unas estructuras gigantescas, lo bastante grandes para albergar pelotones, quizá escuadrones enteros de servicio.

—A juzgar por esa marca —le dijo Celeste—, estuviste en uno de los ejércitos que reclutan al norte. Te alistaste para luchar en las Llanuras Quebradas, ¿verdad? Pero Sadeas usaba ese ejército del norte como fuente de veteranos, y con un poco de suerte arrebatar terrenos de vez en cuando a los altos príncipes rivales. Acabaste luchando contra otros alezi, campesinos asustados, en vez de que te destinaran a vengar al rey. ¿Es algo como eso?

—Algo como eso —reconoció Raven.

—Condenación para mí si le reprocho a alguien que deserte por eso —dijo Celeste—. No te lo voy a tener en cuenta, soldado.

—¿Y la marca?

Celeste señaló hacia el norte. Ya había anochecido y Raven vio un resplandor en la lejanía.

—Vuelven a avanzar después de cada tormenta —dijo Celeste con suavidad—, y parte de su ejército acampa ahí fuera. Tiene sentido estratégico para impedir que recibamos suministros, y también para garantizar que no sepamos cuando van a atacar. Son pesadillas, Rav. Un auténtico ejército de Portadores del Vacío.

»Si se tratara de una fuerza alezi, los ciudadanos no tendrían mucho de que preocuparse. De acuerdo, habría bajas en la muralla, pero ningún aspirante al trono de Alezkar incendiaría y saquearía la capital. Pero resulta que no son alezi. Son monstruos. En el mejor de los casos, esclavizarán a la población entera. En el peor… —Dejó la idea en el aire y lo miró—. En realidad, me alegro de que tengas esa marca. Me dice que eres peligrosa, y aquí arriba, en la muralla, no tengo mucho espacio. No podemos limitarnos a enrolar a todo hombre apto: necesito soldados de verdad, tropas que sepan lo que hacen.

—¿Y por eso estoy aquí? —preguntó Raven—. ¿Para ver eso?

—Quiero que pienses —dijo Celeste—. Siempre digo a los hombres, a esta Guardia de la Muralla, que aquí tienen su redención. Si combates aquí, a nadie le importará lo que hicieras antes. Porque saben que si caemos, esta ciudad y esta nación dejarán de existir.

»Lo único que importa, lo único, es defender esta muralla cuando llegue el asalto. Puedes ir a esconderte a la ciudad y rezar para que seamos lo bastante fuertes sin ti. Pero si no lo somos, tú no serás más que otro cadáver. Aquí arriba, puedes luchar. Aquí arriba, tienes una oportunidad.

»No vamos a alistarte por la fuerza. Márchate esta noche. Acuéstate y piensa en lo que está por venir, visualiza otra noche más en la que los hombres de aquí arriba mueren, sangran por ti. Piensa en lo desvalida que te sentirás si los monstruos logran entrar. Y cuando vuelvas mañana, te pondremos un parche de la Guardia de la Muralla.

Fue un discurso poderoso. Raven echó una mirada a Syl, que se posó en su hombro y dio un largo vistazo a las luces del horizonte.

«¿Estás ahí fuera, Sah? ¿Te han traído aquí con los demás?»

¿Qué habría pasado con la hijita de Sah, que recogía flores y abrazaba los naipes como un apreciado juguete? ¿Estaba allí Khen, la parshmenia que había exigido que Raven conservara su libertad, a pesar de haber estado furiosa con él todo el trayecto?

Ojalá los vientos trajeran que no se hubiesen involucrado más en aquel desastre.

Volvió con los demás, traqueteando escalera abajo. Después, Noro y los demás se despidieron de ella con caras alegres, como si estuvieran seguros de que regresaría. Y era probable que lo hiciera, aunque no por los motivos que ellos creían. Volvió a la mansión y se obligó a charlar con algunos guardias en la tienda de los ojos claros, aunque no averiguó nada nuevo y las marcas de su frente causaron cierto revuelo entre ellos. Por fin salieron Clarke y Finn, con sus ilusiones intactas, al contrario que la de Raven. ¿Qué había pasado con la suya? La esfera que le había dado Lexa seguía infusa.

Raven recogió a Drehy y Cikatriz y se unió al rey y a Clarke para emprender el regreso a casa.

—¿Qué te tiene tan pensativa, capitana? —preguntó Finn.

—Me parece —dijo Raven, entornando los ojos— que puedo haber encontrado a otra Radiante.