71. UNA SEÑAL DE HUMANIDAD
ONCE AÑOS ANTES
No tenían embarcaciones suficientes para un ataque anfibio sobre Rathalas, por lo que Bellamy se vio obligado a lanzar un asalto más convencional. Marchó por el oeste, después de enviar a Clarke de vuelta a Kholinar y ordenar que Sadeas y sus tropas llegaran por el este. Convergerían hacia la Grieta. Bellamy pasó gran parte del recorrido cruzando las acres vaharadas de humo del incienso que Evi tenía ardiendo en un pequeño incensario sujeto al lateral de su carruaje. Una súplica a los Heraldos para que bendijeran su matrimonio. La oía sollozar a menudo dentro del vehículo, aunque cada vez que salía estaba sosegada del todo. Leía cartas, transcribía las respuestas de Bellamy y tomaba notas en sus reuniones con los generales. En todos los aspectos, era la perfecta esposa alezi… y su infelicidad aplastaba el alma de Bellamy. Terminaron llegando a los llanos que rodeaban el lago después de cruzar el cauce del río, que estaba seco excepto durante las tormentas. Los rocabrotes bebían con tal avidez del suministro de agua local que alcanzaban tamaños enormes. Algunos superaban la altura de la cintura, y las enredaderas que sacaban eran tan gruesas como la muñeca de Bellamy. Cabalgaba al lado del carruaje, al ritmo familiar de los cascos de su caballo contra las piedras del suelo, y olía el incienso. La mano de Evi asomó por la ventanilla lateral del carruaje y dejó otra glifoguarda en el incensario. Bellamy no llegó a verle la cara, y la mano se retiró enseguida. Tormentosa mujer. Una alezi estaría comportándose así como estratagema para hacerlo ceder a base de remordimientos. Pero Evi no era alezi, por mucho que se afanara en imitarlas. Evi era demasiado genuina y sus lágrimas eran reales. De verdad creía que la riña que habían tenido en la fortaleza veden era mal augurio para su relación. Lo cual perturbaba a Bellamy. Más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Una joven exploradora llegó corriendo para informarle de las últimas novedades: la vanguardia había asegurado la zona donde Bellamy deseaba acampar. Aún no se habían producido enfrentamientos, como ya se esperaba. Tanalan no iba a abandonar los muros que rodeaban la Grieta para intentar controlar ningún terreno más allá del alcance de sus arcos. Era una buena noticia, pero aun así Bellamy tenía ganas de gritar a la mensajera. Quería gritar a alguien. Padre Tormenta, qué ganas de que llegara la batalla. Se contuvo y despidió a la mensajera con un agradecimiento.
¿Por qué lo preocupaba tanto la irritabilidad de Evi? Nunca había permitido que sus discusiones con Gavilar lo irritaran. Tormentas, antes tampoco permitía que lo hicieran sus peleas con Evi. Era raro. Aunque contara con los elogios de los hombres y su fama se extendiera por todo el continente, sentía que había fracasado de algún modo si ella no lo admiraba. ¿De verdad podía cabalgar a la batalla sintiéndose así?
No. No podía.
«Pues haz algo al respecto.» Mientras serpenteaban por la llanura de rocabrotes, llamó al cochero del carruaje de Evi y le pidió que parara un momento. Entregó las riendas de su caballo a un asistente y subió al vehículo.
Evi se mordió el labio mientras Bellamy se sentaba en el asiento de enfrente. Dentro olía bien; el incienso se notaba menos y la madera y la tela impedían que entrara el polvo de crem del camino. Los cojines eran cómodos y Evi tenía fruta seca en un plato e incluso un poco de agua fría.
—¿Qué ocurre? —quiso saber Evi.
—Estaba un poco escocido de montar.
Evi ladeó la cabeza.
—Tendrías que pedir un ungüento o…
—Quiero que hablemos, Evi —dijo Bellamy con un suspiro—. En realidad no estoy escocido.
—Ah. —Evi subió las rodillas contra el pecho. Dentro del carruaje llevaba desabotonada y subida la manga de la mano segura, dejando a la vista sus dedos largos y elegantes.
—¿No es lo que querías? —preguntó Bellamy, apartando la mirada de la mano segura—. No has parado de rezar.
—Para que los Heraldos ablanden tu corazón.
—Ya. Bueno, pues lo han hecho. Aquí estoy. Hablemos.
—No, Bellamy —dijo ella, extendiendo un brazo para tocarle la rodilla con cariño—. No rezaba por mí misma, sino por tus compatriotas a los que pretendes matar.
—¿Los rebeldes?
—Hombres que no son distintos a ti, solo que dio la casualidad de que nacieron en otra ciudad. ¿Qué habrías hecho tú si hubiera llegado un ejército para conquistar tu hogar?
—Habría luchado —respondió Bellamy—, como harán ellos. Los mejores hombres saldrán victoriosos.
—¿Qué te otorga ese derecho?
—Mi espada. —Bellamy se encogió de hombros—. Si el Todopoderoso quiere que gobernemos, ganaremos. Si no, perderemos. A mí me parece que lo que quiere es ver quién de nosotros es más fuerte.
—¿Y no hay lugar para la clemencia?
—Fue la clemencia lo que nos ha traído aquí. Si no quieren combatir, deberían someterse a nuestro dominio.
—Pero… —Evi bajó la mirada a las manos que tenía en el regazo—. Lo siento. No quiero que volvamos a discutir.
—Yo sí —dijo Bellamy—. Me gusta cuando plantas cara. Me gusta cuando peleas.
Evi parpadeó llorosa y apartó la mirada.
—Evi… —dijo Bellamy.
—Odio lo que te hace esto —dijo ella en voz baja—. Veo belleza en ti, Bellamy Griffin. Veo a un gran hombre que forcejea contra uno terrible. Y a veces, se te pone esa mirada en los ojos, un vacío espantoso y aterrador. Como si te transformaras en una criatura sin corazón que devora almas para llenar ese vacío, arrastrando una estela de dolorspren. Me quita el sueño, Bellamy.
Él se removió en el asiento del carruaje. ¿De qué estaba hablando Evi? ¿Una «mirada» en sus ojos? ¿Era como cuando afirmó que su gente acumulaba los malos recuerdos en la piel y tenía que sacarlos frotándose con una piedra cada mes? Los occidentales tenían unas supersticiones muy curiosas.
—¿Qué querrías que hiciera, Evi? —preguntó con voz suave.
—¿He ganado otra vez? —dijo ella con amargura—. ¿He vuelto a hacerte sangrar en batalla?
—Es solo… que necesito saber lo que quieres. Para poder entender.
—No mates hoy. Contén al monstruo.
—¿Y los rebeldes? ¿Y su brillante señor?
—Ya perdonaste una vez la vida a ese chico.
—Un error evidente.
—Una señal de humanidad, Bellamy. Me has preguntado qué quiero. Es absurdo, y entiendo que aquí hay problemas y que tienes un deber que cumplir. Pero… no deseo verte matar. No alimentes al monstruo.
Bellamy posó su mano en la de ella. El carruaje volvió a parar y Bellamy salió para examinar un terreno que no estaba atestado de rocabrotes. Allí esperaba su vanguardia de cinco mil hombres, formando en filas perfectas. A Teleb le gustaba dar un buen espectáculo. Al otro lado del campo, fuera del alcance de los arcos, una muralla rompía el paisaje sin que a primera vista pareciera que estuviese protegiendo nada. La ciudad estaba oculta en la grieta de la piedra. Desde el sudoeste, el viento que llegaba del lago traía el fértil aroma de la maleza y el crem.
Teleb se acercó a zancadas, con su armadura esquirlada.
Bueno, la armadura de Clarke.
La armadura de Evi.
—Brillante señor —dijo Teleb—, no hace mucho, una gran caravana con guardias ha salido de la Grieta. No teníamos suficientes hombres para asediar la ciudad y nos habías ordenado que no entabláramos combate. Así que he enviado un equipo de exploradores tras la caravana, hombres que conocen la zona, pero he dejado que se marchara.
—Has hecho bien —repuso Bellamy, recuperando su caballo de un mozo—. Habría querido saber quién está abasteciendo a la Grieta, pero podía ser muy bien un intento de atraeros a una emboscada. En todo caso, reúne a la vanguardia y que entren detrás de mí. Avisa al resto de los hombres y que formen filas, por si acaso.
—¿Señor? —dijo Teleb, estupefacto—. ¿No quieres dejar descansar al ejército antes de atacar?
Bellamy subió de un salto a la silla y se alejó de Teleb al trote, en dirección a la Grieta. Teleb, que acostumbraba a mostrarse inmutable, renegó y se puso a gritar órdenes antes de correr hacia la vanguardia y movilizarla a toda prisa detrás de su general. Bellamy se aseguró de no adelantarse demasiado. Tardó poco en acercarse a la muralla de Rathalas, donde había tropas rebeldes congregadas, sobre todo arqueros. No esperarían un ataque tan pronto, pero por supuesto Bellamy tampoco iba a estar mucho tiempo acampado a la intemperie, expuesto a las tormentas.
«No alimentes al monstruo.»
¿Sabía Evi que Bellamy consideraba esa hambre de su interior, esa ansia de sangre, como algo extrañamente externo, como una compañera? Muchos oficiales suyos sentían lo mismo. Era natural.
Uno iba a la guerra y la Emoción era su recompensa.
Llegaron los armeros de Bellamy, que desmontó y metió los pies en las botas que habían dispuesto. Extendió los brazos y permitió que se apresuraran a ceñirle el peto y las demás partes de la armadura.
—Esperad aquí —ordenó a sus hombres.
Montó de nuevo y dejó su yelmo en el cuerno de la silla. Hizo salir su caballo a la tierra de nadie mientras invocaba su hoja esquirlada y se la apoyaba en el hombro, sosteniendo las riendas con la otra mano. Habían pasado años desde su anterior asalto a la Grieta. Recordó a Gavilar corriendo por delante de él y a Sadeas maldiciendo desde detrás y exigiendo prudencia. Bellamy avanzó hasta llegar a medio camino de los portones. Si se acercaba más, era muy probable que los arqueros empezaran a disparar: ya estaba con mucho dentro de su alcance. Detuvo el caballo y esperó. Hubo discusiones sobre la muralla, a juzgar por el revuelo que vio entre los soldados. Al cabo de unos treinta minutos sentado allí fuera, con su caballo lamiendo el suelo y mordisqueando la hierba que asomaba, los portones por fin se abrieron con un crujido. Salió una compañía de infantería acompañando a dos hombres a caballo. Bellamy descartó al calvo con la marca de nacimiento púrpura que le ocupaba media cara: demasiado mayor para ser el chico al que Bellamy había perdonado la vida. Tenía que ser el hombre más joven a lomos de un corcel blanco, con la capa ondeando a su espalda. Sí, tenía un aire impaciente y su caballo amenazaba con dejar atrás a los guardias. Y la forma en que fulminaba a Bellamy con la mirada… Tenía que ser el brillante señor Tanalan, hijo del viejo Tanalan, a quien Bellamy había derrotado después de caer en la misma Grieta. Después de aquel furibundo combate en puentes de madera y en un jardín suspendido de la pared del abismo. El grupo se detuvo a unos quince metros de Bellamy.
—¿Has venido a parlamentar? —preguntó el hombre de la marca de nacimiento.
Bellamy acercó un poco el caballo para no tener que gritar. Los guardias de Tanalan alzaron sus escudos y lanzas. Bellamy los inspeccionó a ellos y luego las fortificaciones.
—Lo habéis organizado bien. Asteros en la muralla para hacerme caer si se me ocurre atacar solo. Redes plegadas encima que podéis soltar para apresarme.
—¿Qué quieres, tirano? —espetó Tanalan. Su voz tenía el característico acento nasal de los grietanos.
Bellamy descartó su hoja y desmontó, raspando la piedra con las botas de su armadura al pisar el suelo.
—Camina conmigo un momento, brillante señor. Prometo no hacerte daño a menos que se me ataque antes.
—¿Se supone que debo confiar en tu palabra?
—¿Qué hice en nuestro último encuentro? —preguntó Bellamy—. Cuando te tenía en mis manos, ¿cómo actué?
—Me robaste.
—¿Y? —dijo Bellamy, mirando a los ojos de color violeta del joven.
Tanalan lo evaluó mientras daba golpecitos con un dedo en su silla de montar. Luego desmontó. El hombre de la marca de nacimiento le puso una mano en el hombro, pero el joven brillante señor se zafó de él.
—No sé lo que pretendes con esto, Espina Negra —dijo Tanalan cuando llegó junto a Bellamy—. No tenemos nada que decirnos.
—¿Que qué pretendo? —repuso Bellamy, cavilando—. No estoy seguro. El que habla suele ser mi hermano. —Empezó a recorrer la franja de terreno entre los dos ejércitos en liza. Tanalan se quedó atrás un momento y corrió para alcanzarlo—. Tus tropas tienen buen aspecto. Son valerosas. Se enfrentan a una fuerza superior, pero muestran decisión.
—Están muy motivadas, Espina Negra. Asesinaste a muchos de sus padres.
—Será una lástima destruirlos a ellos también.
—Suponiendo que puedas.
Bellamy dejó de andar y se volvió para contemplar al otro hombre, más bajo que él. Estaban en un campo demasiado silencioso, donde incluso los rocabrotes y la hierba tenían el sentido común de retirarse.
—¿Alguna vez he perdido una batalla, Tanalan? —preguntó Bellamy con voz tranquila—. Conoces mi reputación. ¿La consideras exagerada?
El joven cambió el peso del cuerpo y miró atrás, hacia donde había dejado a sus guardias y consejeros. Cuando volvió a girar la cabeza, pareció más resuelto.
—Prefiero morir intentando derribarte que rendirme.
—Más te vale estar seguro de eso —dijo Bellamy—, porque si salgo triunfante, tendré que sentar ejemplo. Te destruiré, Tanalan. Señalaremos tu desgraciada y llorosa ciudad a todo aquel que pretenda desafiar a mi hermano. Tienes que estar convencido por completo de que quieres enfrentarte a mí, porque una vez hayamos empezado, me veré obligado a dejar solo viudas y cadáveres poblando la Grieta.
La boca del joven noble se abrió poco a poco.
—Yo…
—Mi hermano ha intentado que entres en razón con palabras y política —dijo Bellamy—. En cambio, a mí solo se me da bien una cosa. Él construye, yo destruyo. Pero las lágrimas de una buena mujer me llevan, contra mi buen juicio, a ofrecerte una alternativa. Busquemos un arreglo que salve tu ciudad.
—¿Un arreglo? Mataste a mi padre.
—Y algún día un hombre me matará a mí —replicó Bellamy—. Mis hijos maldecirán su nombre como tú maldices el mío. Espero que ellos no desperdicien miles de vidas en una batalla imposible por ese rencor. ¿Buscas venganza? Muy bien. Batámonos en duelo. Tú y yo. Te prestaré hoja y armadura y nos enfrentaremos en igualdad de condiciones. Si gano, tu ciudad se rinde.
—¿Y si te derroto, tus ejércitos se retirarán?
—Lo dudo mucho —dijo Bellamy—. Sospecho que lucharán con más brío. Pero no me tendrán a mí, y tú habrás recuperado la hoja esquirlada de tu padre. ¿Quién sabe? Tal vez puedas derrotar al ejército. Tendrás más tormentosas posibilidades, como mínimo.
Tanalan le frunció el ceño.
—No eres el hombre por el que te tenía.
—Soy el mismo hombre que he sido siempre. Pero hoy… ese hombre no quiere matar a nadie.
Un súbito fuego interno se rebeló contra esas palabras. ¿De verdad estaba poniendo tanto empeño para evitar el conflicto que tanto tiempo llevaba deseando?
—Uno de los vuestros actúa en tu contra —dijo Tanalan de pronto—. ¿Los altos príncipes leales a vosotros? Hay un traidor entre ellos.
—Me sorprendería que no hubiera varios —repuso Bellamy—. Pero sí, sabemos que uno está aliado contigo.
—Qué pena —dijo Tanalan—. Sus hombres estaban aquí no hace ni una hora. Si hubieras llegado un poco antes, los habrías sorprendido. Quizá entonces se habrían visto obligados a unirse a mí y su alto príncipe tomaría partido en la guerra.
Meneó la cabeza, dio media vuelta y echó a andar hacia sus consejeros. Bellamy suspiró, frustrado. Una negativa. En fin, nunca había tenido muchas probabilidades de que su propuesta funcionara. Regresó a su caballo y subió a la silla. Tanalan montó también. Antes de cabalgar de vuelta a su ciudad, el hombre saludó a Bellamy.
—Esto es una desgracia —dijo—, pero no veo otra forma de proceder. No puedo derrotarte en duelo, Espina Negra. Intentarlo sería una necedad. Pero… te agradezco la oferta.
Bellamy gruñó, se puso el yelmo y volvió grupas.
—A no ser…
—¿A no ser?
—A no ser, por supuesto, que esto fuese una estratagema desde el principio, una treta urdida entre tu hermano, tú y yo —dijo Tanalan—. Una rebelión falsa. Con objeto de engañar a los altos príncipes desleales para que se dieran a conocer.
Bellamy alzó la celada y dio media vuelta.
—Quizá mi indignación fuese fingida —prosiguió Tanalan—. Quizá mantuvimos el contacto desde tu ataque a la Grieta, hace tantos años. Es cierto que me perdonaste la vida, a fin de cuentas.
—Sí —dijo Bellamy, repentinamente animado—. Eso explicaría por qué Gavilar no envió sus ejércitos contra ti de inmediato. Estábamos conchabados desde el principio.
—¿Y qué mejor prueba que esta extraña conversación que estamos manteniendo en el campo de batalla? —Tanalan miró hacia sus hombres en la muralla—. Mis tropas deben de estar muy sorprendidas. Le verán el sentido cuando sepan la verdad, es decir, que estaba hablándote del envío de armas y suministros que hemos recibido de vuestro enemigo secreto.
—Tu recompensa, por supuesto, sería la legitimidad como alto señor en el reino —aventuró Bellamy—. Tal vez ocupar el lugar de ese alto príncipe.
—Y que no se derrame sangre hoy —dijo Tanalan—. Que no haya muertes.
—Que no haya muertes. Salvo quizá las de los auténticos traidores.
Tanalan miró a sus consejeros. El hombre de la marca de nacimiento asintió despacio.
—Han marchado al este, hacia las Montañas Irreclamadas —afirmó Tanalan, señalando—. Un centenar de soldados y caravaneros. Creo que pretendían hacer noche en la fonda de un pueblo llamado Vedelliar.
—¿Quién es? —preguntó Bellamy—. ¿Qué alto príncipe es?
—Será mejor que lo descubras por ti mismo, dado que…
—¿Quién? —exigió saber Bellamy.
—El brillante señor Torol Sadeas.
¿Sadeas?
—¡Imposible!
—Como te decía —repuso Tanalan—, será mejor que lo descubras por ti mismo. Pero testificaré ante el rey, suponiendo que cumplas con tu parte de nuestro… acuerdo.
—Abre tus portones a mis hombres —dijo Bellamy, señalando—. Retira a tus soldados. Tienes mi palabra de honor respecto a tu seguridad.
Bellamy volvió hacia sus tropas y cruzó el frente por un pasillo que abrieron los soldados. Teleb llegó corriendo hacia él.
—¡Brillante señor! —exclamó—. Mis exploradores han regresado de echar un vistazo a esa caravana. Señor, es…
—¿De un alto príncipe?
—Sin la menor duda —dijo Teleb—. No han podido determinar de cuál, pero afirman haber visto a alguien con armadura esquirlada entre ellos.
¿Armadura esquirlada? Eso no tenía sentido.
«A no ser que sea así como planea derrotarnos —pensó Bellamy—. Es posible que no se trate solo de una caravana de abastecimiento, sino también de una fuerza oculta dispuesta a flanquearnos.»
Un solo portador de esquirlada atacando la retaguardia de un ejército desprevenido podía causar unos daños increíbles. Bellamy no creía a Tanalan, no del todo. Pero… tormentas, si Sadeas había enviado un portador de esquirlada al campo de batalla, Bellamy no podía limitarse a enviar tropas comunes para encargarse de él.
—Tienes el mando —dijo a Teleb—. Tanalan va a retirarse. Que la vanguardia se una a las tropas de la Grieta en las fortificaciones, pero no las reemplacéis. El resto del ejército, que vuelva a acampar ahí atrás, y mantén a nuestros oficiales fuera de Rathalas. Esto no es una rendición. Vamos a fingir que estaba de nuestra parte todo el tiempo, para que pueda guardar las apariencias y conservar su título. Horinar, quiero una compañía de cien hombres de la elite, los más rápidos, listos para marchar conmigo de inmediato. Obedecieron sin hacer preguntas. Enviaron a corredores con mensajes y la zona entera se convirtió en un hervidero de actividad, con hombres y mujeres afanados en todas las direcciones.
En el centro de todo quedó una sola persona quieta, con las manos juntas y esperanzadas contra el pecho.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Evi mientras Bellamy se acercaba al trote.
—Vuelve a nuestro campamento y prepara un mensaje para mi hermano diciendo que tal vez atraigamos la Grieta a nuestro bando sin derramamiento de sangre. —Calló un momento y luego añadió—: Dile que no confíe en nadie. Uno de nuestros mayores aliados puede habernos traicionado. Voy a averiguarlo.
