72. CATARROCA

Los Danzantes del Filo están demasiado atareados reubicando a los sirvientes y granjeros de la torre para enviar a un representante que registre sus opiniones en estas gemas. Lo haré yo en su nombre, pues. Son quienes más desplazados quedarán por esta decisión. Los Radiantes serán acogidos por las distintas naciones, pero ¿qué ocurrirá con toda esta gente que se queda sin hogar?

Del cajón 4-17, segundo topacio

La ciudad tenía un latido, y Velo sentía que alcanzaba a oírlo cuando cerraba los ojos. Estaba agachada en una sala oscura, tocando con las manos la lisa superficie de piedra, erosionada por miles y miles de pisadas. Si la piedra se enfrentaba a un hombre, quizá venciera ella. Pero si la piedra se enfrentaba a la humanidad, no había fuerza que pudiera preservarla. En las profundidades de esas piedras estaba el pulso de la ciudad, antiguo y lento. Aún no se había dado cuenta de que algo oscuro se había trasladado allí, un spren tan antiguo como ella misma. Una enfermedad urbana. La gente no hablaba de ello; evitaban el palacio y mencionaban a la reina solo para protestar por la fervorosa asesinada. Era como estar en una alta tormenta y lloriquear porque te aprietan los zapatos. Un tenue silbido llamó la atención de Velo. Alzó la mirada y registró el pequeño muelle de carga en el que estaba, ocupado solo por ella misma, Vathah y su carro.

—Vamos.

Velo abrió la puerta con cautela y entró en la mansión en sí. Tanto Vathah como ella llevaban caras nuevas. La suya era una versión de Velo con la nariz demasiado grande y hoyuelos. La de él era la de un hombre tosco que Lexa había visto en el mercado. El silbido de Rojo significaba que el camino estaba despejado, por lo que cruzaron el pasillo sin vacilar. La extravagante mansión de piedra estaba construida en torno a un patio interior cuadrado y abierto al cielo, donde florecían crestas de cortezapizarra y rocabrotes podados, rodeados de vidaspren que se mecían. La construcción tenía cuatro plantas, con pasillos que daban al patio rodeando cada nivel. Rojo estaba en el primer piso, silbando apoyado en el pasamanos. Sin embargo, la auténtica joya de la mansión no era el jardín, sino las cataratas. Porque ninguna de ellas era de agua. Lo fueron, en tiempos. Pero en algún momento remoto del pasado, alguien combinó demasiada riqueza con demasiada imaginación y contrató a moldeadores de almas para que transformaran los grandes chorros de agua que caían desde el nivel superior, el cuarto piso. Los habían convertido en otros materiales justo cuando el agua salpicaba contra el suelo. Velo pasó frente a las habitaciones de su izquierda, bajo el saliente de la terraza del primer piso que daba al patio. Una antigua catarata caía a su derecha, transformada en cristal. La forma del chorro de agua se estrellaba para toda la eternidad contra el suelo de piedra, donde estallaba hacia fuera en una oleada resplandeciente. La mansión había cambiado de manos decenas de veces, y la gente la llamaba Catarroca a pesar de los intentos de la propietaria más reciente, durante la última década, por que se extendiera el muy tedioso nombre de Fuerte Hadinal. Velo y Vathah apretaron el paso, acompañados por el tranquilizador silbido de Rojo. La siguiente catarata tenía una forma parecida a la primera, pero estaba hecha de oscura y pulida madera de tocopeso. Daba una extraña sensación de ser natural, casi como si un árbol pudiera haber crecido con esa forma, derramado desde arriba, cayendo en una columna ondulante y salpicando hacia fuera en la base. Dejaron a su izquierda una sala donde Ishnah estaba hablando con la actual propietaria de Catarroca. Cada vez que llegaba la tormenta eterna, dejaba destrucción a su paso, pero de forma muy distinta a la de una alta tormenta. El mayor peligro de la tormenta eterna había resultado ser sus relámpagos. Aquellos extraños rayos rojos no solo provocaban incendios o calcinaban el suelo: podían atravesar la roca, causando estallidos de piedra fragmentada. Uno de esos impactos había abierto un enorme agujero en la fachada de la antigua y famosa mansión. Lo habían parcheado con una fea pared de madera que se recubriría de crem y luego de ladrillos. La brillante Nananav, una alezi de mediana edad con un moño prácticamente tan alto como ella, señaló el hueco entablado y luego el suelo.

—Las quiero igualitas que las otras —dijo Nananav a Ishnah, que iba disfrazada de comerciante de alfombras—. No toleraré que el tono varíe ni un ápice. Cuando vuelvas con las alfombras reparadas, pienso ponerlas junto a las de las otras habitaciones para confirmarlo.

—Sí, brillante —respondió Ishnah—, pero los daños son mucho peores de lo que…

—Estas alfombras se tejieron en Shinovar. Son obra de un ciego que estuvo de aprendiz treinta años, nada menos, de un maestro tejedor antes de que se le permitiera crear sus propias alfombras. Murió después de entregar mi encargo, por lo que no existen otras como estas.

—Soy muy consciente, dado que ya me lo has repetido tres veces.

Velo tomó una Memoria de la mujer y siguió adelante por el patio seguida de Vathah. Fingían estar al servicio de Ishnah y no se les permitiría campar a sus anchas por la mansión. Rojo, viendo que iban de camino, dejó su puesto de vigilancia para regresar con Ishnah. Se había excusado para ir al retrete, pero llamaría la atención si tardaba demasiado.

Su melodía se interrumpió.

Velo abrió una puerta y empujó a Vathah al interior, con el corazón aporreándole en el pecho mientras, justo fuera, un par de guardias bajaban la escalera desde el primer piso.

—Sigo diciendo que esto tendríamos que haberlo hecho de noche —susurró Vathah.

—De noche, este sitio está más protegido que una fortaleza.

El cambio de guardia era a media mañana, por lo que Velo y los demás habían llegado poco antes. En teoría, los guardias estarían cansados y aburridos después de una noche sin incidentes. Velo y Vathah habían entrado en una pequeña biblioteca, iluminada por unas pocas esferas en una copa sobre la mesa. Vathah las miró pero no se movió; aquel allanamiento era por mucho más que unos pocos chips. Velo dejó su morral en la mesa y hurgó en él hasta sacar un cuaderno y un lápiz de carboncillo. Respiró hondo y permitió que Lexa se filtrara de vuelta a la existencia. Lexa hizo un boceto rápido de Nananav a partir de la Memoria que había tomado.

—Todavía me sorprende que fueses las dos desde el principio —comentó Vathah—. No os comportáis ni parecido.

—Esa viene a ser la idea, Vathah.

—Ojalá lo hubiera descubierto por mí mismo. —Gruñó y se rascó un lado de la cabeza—. Velo me cae bien.

—¿Yo no?

—Tú eres mi jefa. No se supone que debas caerme bien.

Directo, si bien grosero. Por lo menos, con él siempre quedaba claro lo que opinaba de una. Vathah escuchó contra la puerta y abrió una rendija para seguir el recorrido de los guardias.

—Muy bien. Subimos por la escalera y volvemos por la terraza del primer piso. Nos llevamos el botín, lo metemos en el montacargas y tiramos hacia la salida. Tormentas. Ojalá pudiéramos hacer esto sin que estuviera todo el mundo despierto.

—¿Y dónde estaría la diversión? —Lexa terminó su esbozo con una floritura, se levantó y dio un puñetazo amistoso a Vathah en las costillas—. Reconoce que lo estás pasando bien.

—Estoy más nervioso que un recluta en su primer día de guerra —dijo Vathah—. Me tiemblan las manos y cada ruido me hace pensar que nos han pillado. Me siento enfermo.

—¿Lo ves? —dijo Lexa—. Diversión.

Pasó junto a él y miró por la rendija de la puerta. Tormentosos guardias. Se habían quedado cerca, en el patio. Seguro que desde allí oían la voz de la verdadera Nananav, por lo que, si Lexa salía con la cara de la mujer, sin duda se alarmarían. Había que ponerse creativa. Patrón zumbó mientras ella pensaba. ¿Hacer que las cataratas volvieran a fluir? ¿Ilusiones de extraños spren? No, nada tan espectacular. Lexa estaba permitiendo que se impusiera su pasión por lo dramático.

Mejor dejarlo en algo sencillo, como en ocasiones anteriores. Hacerlo a la manera de Velo. Cerró los ojos y sopló para insuflar luz tormentosa en Patrón, tejiendo solo sonido, el de Nananav llamando a los guardias a la sala donde estaba aleccionando a Ishnah. ¿Para qué idear trucos nuevos cuando los antiguos funcionaban bien? Velo no tenía la necesidad de improvisar solo para ser diferente.

Patrón se llevó la ilusión y el sonido atrajo a los guardias pasillo abajo. Lexa sacó a Vathah de la biblioteca, dobló la esquina y subió la escalera. Exhaló una luz tormentosa que la envolvió, transformándola por completo en Velo. Entonces Velo se convirtió en la mujer que no era del todo Velo, la de los hoyuelos. Y por último, añadió otra capa que le dio el aspecto y la personalidad de Nananav. Arrogante. Parlanchina. Convencida de que todos a su alrededor se dedicaban solo a buscar excusas para no hacer las cosas bien. Mientras llegaban al rellano del primer piso, adoptó un andar sosegado y medido, mirando la barandilla. ¿Desde cuándo no la bruñían?

—Esto no me parece divertido —dijo Vathah, caminando a su lado—. Pero sí que me gusta.

—Entonces es divertido.

—La diversión es ganar a las cartas. Esto es otra cosa.

Vathah se había tomado su papel con seriedad, pero de verdad que habría que plantearse buscar sirvientes más refinados. Aquel hombre era como un cerdo con ropa humana, siempre gruñendo y dando vueltas a las cosas.

¿Por qué no debería tener a su servicio a los mejores? Era una Caballera Radiante, ¿no? No debería tener que soportar a desertores apenas humanos que parecían algo que Lexa dibujaría después de una noche bebiendo en serio, y quizá sosteniendo el lápiz entre los dientes.

«El papel se está apoderando de ti —susurró una parte de ella—. Ten cuidado.» Buscó a Patrón con la mirada, pero seguía en la planta baja.

Se detuvieron frente a una sala del primer piso, cerrada a cal y canto. El plan era que Patrón abriera la puerta, pero a ella le faltaba paciencia para esperar. Además, se acercaba un maestro de sirvientes.

Hizo una inclinación al ver a Nananav.

—¿Eso es inclinarte? —preguntó Nananav—. ¿Doblar el cuello un poquito? ¿Dónde te enseñaron a hacerlo?

—Mis disculpas, brillante —dijo el hombre, haciendo otra inclinación más marcada.

—Podría cortarte las piernas a la altura de las rodillas —dijo Nananav—. A lo mejor, así al menos parecerías lo bastante disciplinado. —Dio con los nudillos en la puerta—. Ábrela.

—¿Por qué no…? —El hombre se interrumpió, tal vez cayendo en la cuenta de que su señora no estaba de humor para protestas.

Correteó hasta la puerta, abrió la cerradura con la combinación y tiró de la puerta, dejando salir aire que olía a especias.

—Ya puedes ir a cumplir penitencia por tu insulto hacia mí —dijo Nananav—. Sube al tejado y quédate sentado allí una hora exacta.

—Brillante, si te he ofendido…

—¿Acaso lo dudas? —Nananav señaló—. ¡Andando!

El maestro de sirvientes hizo otra inclinación, apenas pasable, y se fue corriendo.

—Puede que te estés pasando, brillante —dijo Vathah, rascándose la barbilla—. Tiene reputación de ser difícil de tratar, no majara.

—Cállate —ordenó Nananav, entrando con paso firme en la estancia.

Era la despensa de la mansión.

Una pared estaba cubierta por estantes de salchichones. Al fondo había sacos de grano amontonados, y el suelo estaba repleto de cajas llenas de largorraíces y otros tubérculos. Sacos de especias. Jarritas de aceite. Vathah cerró la puerta después de entrar y empezó a meter salchichones en un saco a dos manos. Nananav no se dio tanta prisa. Llevarse todo aquello a otro sitio parecía… bueno, un crimen. Quizá pudiera mudarse a Catarroca e interpretar el papel. ¿Y la anterior dueña de la casa? Bueno, era una versión inferior, estaba claro. Solo había que encargarse de ella y ocupar su lugar. Sería lo apropiado, ¿verdad?

Con un escalofrío, Velo dejó caer una capa de ilusión.

Tormentas… tormentas. ¿Qué había sido eso?

—No es por ofender, brillante —dijo Vathah, subiendo su saco de salchichones al montacargas—, pero puedes quedarte ahí de pie supervisando, o puedes ayudar y así nos llevaremos el doble de tormentosa comida con la mitad del ego.

—Perdona —dijo Velo, levantando un saco de grano—. La cabeza de esa mujer es un lugar aterrador.

—Bueno, ya te he dicho que Nananav tiene fama de difícil.

«Ya —pensó Velo—, pero yo me refería a Lexa.»

Trabajaron deprisa y fueron llenando el enorme montacargas, que servía para subir a la despensa las cuantiosas entregas que llegaban al muelle de carga. Se llevaron todos los salchichones, casi todos los largorraíces y unos cuantos sacos de cereal. Cuando el montacargas estuvo lleno, lo hicieron descender. Esperaron junto a la puerta, y por suerte Rojo empezó a silbar. La planta baja volvía a estar despejada. Velo no confiaba en sí misma con la cara de Nananav, así que mantuvo la suya mientras los dos salían corriendo. Patrón los esperaba fuera y zumbó mientras subía por sus pantalones. De camino hacia abajo, dejaron atrás una catarata hecha de puro mármol. A Lexa le habría encantado quedarse un rato maravillándose por el diestro moldeado de almas, pero por suerte era Velo quien estaba al cargo de la operación. Lexa… se dejaba llevar. Se perdía en los detalles, o tenía la cabeza en las nubes soñando con cambiar el mundo. Ese cómodo punto intermedio, ese lugar seguro de moderación, era terreno desconocido para ella. Bajaron por la escalera, se reunieron con Rojo en la sala dañada y lo ayudaron a llevar una alfombra enrollada hasta el muelle de carga. Velo hizo que Patrón abriera con sigilo la cerradura del montacargas en la planta baja y lo envió a despistar a unos sirvientes que estaban llevando madera al muelle. Salieron en persecución de la imagen de un visón salvaje con una llave en las fauces. Juntos, Velo, Rojo y Vathah desenrollaron la alfombra, la llenaron con sacos de comida del montacargas y volvieron a enrollarla para luego izarla a su carro. Los guardias de la puerta no deberían fijarse en unas alfombras más gruesas de lo normal. Cogieron una segunda alfombra, repitieron el procedimiento y emprendieron el regreso. Velo se detuvo en el muelle de carga, junto a la puerta. ¿Qué sería eso del techo? Ladeó la cabeza mirando los extraños charcos de líquido que goteaban.

«Furiaspren —comprendió—. Se acumulan ahí y hierven a través del suelo.» La despensa estaba justo encima de ellos.

—¡Corred! —gritó Velo, dando media vuelta y lanzándose de vuelta hacia el carro. Un segundo más tarde, alguien empezó a dar voces en el piso de arriba.

Velo subió al pescante del carro y azuzó al chull con la vara. Su equipo, con la adición de Ishnah, llegó corriendo al muelle y saltó al carro, que empezó a moverse. Muy. Poquito. A. Poco.

Velo… Lexa atizó al enorme cangrejo en el caparazón, urgiéndolo a avanzar. Pero los chulls se movían a velocidad de chull. El carro salió despacio al patio, y las puertas que tenían delante ya estaban cerrándose.

—¡Tormentas! —exclamó Vathah. Miró hacia atrás—. ¿Esto forma parte de la diversión que decías?

Por detrás de ellos, Nananav salió corriendo del edificio, con el pelo ondeando.

—¡Detenedlos! ¡Ladrones!

—¿Lexa? —dijo Vathah—. ¿Velo? ¿Quienquiera que seas? ¡Tormentas, tienen ballestas!

Lexa soltó el aire.

Las puertas se cerraron delante de ellos con estruendo. Salieron al patio guardias con las armas dispuestas.

—¡Lexa! —gritó Vathah.

Lexa se puso de pie en el pescante, con luz tormentosa arremolinándose a su alrededor. El chull se detuvo y Lexa se encaró hacia los guardias. Los hombres redujeron el paso a trompicones, boquiabiertos. Desde atrás, Nananav rompió el silencio.

—¿Se puede saber qué hacéis, idiotas? ¿Por qué…?

Se quedó callada y dio un respingo cuando Lexa se volvió para mirarla. Llevando su misma cara. El mismo pelo. Los mismos rasgos. La misma ropa. Imitando hasta su misma postura, con la nariz bien levantada. Lexa/Nananav alzó los brazos a los lados y emergieron spren del suelo por alrededor del carro. Charcos de sangre del color equivocado y que bullían con demasiada violencia. Trocitos de cristal que caían del aire. Expectaspren con forma de finos tentáculos. Lexa/Nananav permitió que su imagen se distorsionara, que el semblante le resbalara de la cara, goteando como pintura de una pared. La auténtica Nananav dio un chillido y huyó de vuelta al edificio. Un guardia disparó su ballesta y la saeta alcanzó a Lexa/Nananav en toda la cabeza.

Menudo fastidio.

Se le oscureció la visión durante un momento y tuvo un ataque de pánico al recordar la estocada que había recibido en palacio. Pero ¿qué más le daba que salieran dolorspren de verdad junto a los ilusorios que la rodeaban? Se enderezó y volvió a mirar a los soldados, con su cara fundiéndose y el proyectil de ballesta asomándole por la sien.

Los guardias echaron a correr.

Vetheh —dijo Lexa—, pur fuvor, ebre la puurte.

Vathah no se movió, así que Lexa lo miró furibunda.

—¡Aj! —gritó él. Retrocedió con torpeza y tropezó con una alfombra del lecho del carro. Cayó al lado de Rojo, que estaba rodeado de miedospren con aspecto de pegotes viscosos. Incluso Ishnah parecía que acabara de ver a un Portador del Vacío.

Lexa dejó caer las ilusiones, todas ellas, hasta quedar como Velo. La Velo normal y corriente, sin añadidos.

Nu peche nede —dijo Velo—. Son solo iluchiones. Vengue, ebrid la puurte.

Vathah saltó del carro y corrió hacia los portones.

—Esto… ¿Velo? —dijo Rojo—. Esa flecha de ballesta… Te estás manchando de sangre el traje.

Ibe a tirerlu de todoch modos —respondió ella, volviendo a sentarse, más tranquila cuando Patrón volvió al carro y reptó por el pescante hacia ella—. Tengo un disfrez nuevu cachi listo.

A ese ritmo, iba a tener que comprarlos al por mayor. Sacaron el carro por los portones y recogieron a Vathah. No los persiguió ningún guardia, y la mente de Velo… se diseminó mientras se alejaban.

Ese… ese proyectil de ballesta empezaba a hacerse muy molesto. No se sentía la mano segura. Qué incordio. Dio unos golpecitos a la flecha que le salía de la cabeza. Al parecer, su luz tormentosa le había sanado la cabeza alrededor de la herida. Apretó los dientes e intentó arrancársela, pero la tenía atascada allí dentro.

Se le volvió a emborronar la visión.

Necechitaré un poco de eyude, chicos —dijo, señalando la flecha y absorbiendo más luz tormentosa.

Se quedó inconsciente del todo cuando Vathah arrancó la saeta. Recobró el conocimiento al poco tiempo, casi tumbada en el pescante del carro. Al frotarse la cabeza con las yemas de los dedos, no encontró ningún agujero.

—A veces, me preocupas —dijo Vathah, guiando al chull con un junco.

—Hago lo que debe hacerse —repuso Velo, relajándose y levantando las piernas sobre el borde del carro.

¿Eran solo imaginaciones suyas o la gente de la calle parecía más hambrienta ese día que los anteriores? Los hambrespren zumbaban en torno a sus cabezas, como motas negras o moscas de las que a veces se veían en las plantas podridas. Los niños lloraban en los regazos de madres agotadas.

Velo apartó la mirada, avergonzada, pensando en la comida que llevaba oculta en el carro. ¿Cuánto bien podría hacer con ella?

¿Cuántas lágrimas podría secar, cuántos gritos famélicos de niños podría acallar?

«Tranquila…»

Infiltrarse en el Culto de los Momentos suponía un bien mayor que alimentar unas pocas bocas en esos momentos. Necesitaba la comida para pagarse el acceso, para investigar… al Corazón del Festejo, como lo había llamado Sagaz. Velo no sabía gran cosa de los Deshechos. Si ya no había prestado atención a los fervorosos cuando hablaban de asuntos importantes, no digamos cuando contaban historias de viejos y cuentos sobre Portadores del Vacío. Lexa sabía poco más que ella y quería buscar algún libro sobre el asunto, por supuesto. La noche anterior, Velo había vuelto a la posada donde Lexa había hablado con el sagaz del rey y, aunque no lo había encontrado allí, había un mensaje para ella: Sigo intentando conseguirte un contacto entre los miembros superiores del culto. Todo aquel con quien hablo se limita a decirme: «Haz algo que les llame la atención.» Lo haría, pero estoy seguro de que incumplir las leyes de indecencia de la ciudad sería desafortunado, incluso teniendo en cuenta la ausencia de una guardia como debe ser.

Hacer algo que les llamara la atención. Parecían tener influencia en todos los asuntos de la ciudad. Un poco como los Sangre Espectral. Vigilaban en secreto. Quizá no hacía falta que esperara a Sagaz. Y quizá podía resolver dos problemas al mismo tiempo.

—Llévanos al mercado de Ringington —ordenó a Vathah, refiriéndose al mercado más próximo a la sastrería.

—¿No vamos a descargar la comida antes de devolver el carro a ese mercader?

—Por supuesto que sí.

Vathah la miró, pero al ver que no daba más explicaciones, hizo girar el carro en esa dirección. Velo recuperó su sombrero y su abrigo del lecho del carro, se los puso y cubrió las manchas de sangre de la camisa con un tejido de luz. Hizo que Vathah parara junto a un edificio concreto del mercado. Cuando se detuvieron, los refugiados miraron la carga con curiosidad, pero vieron solo alfombras antes de dispersarse cuando

Vathah los miró malcarado.

—Vigilad el carro —dijo Velo, sacando un saco pequeño de comida.

Bajó de un salto y fue con paso tranquilo hacia el edificio. La tormenta eterna había destrozado el techo, convirtiendo la construcción en el lugar perfecto para que lo ocuparan vagabundos. Encontró a Grund en la sala principal, como de costumbre. Había vuelto allí varias veces durante su estancia en la ciudad, para obtener información de Grund, que era el niño mugriento al que había sobornado con comida su primer día en el mercado. El chico parecía estar siempre por allí, y Velo era muy consciente del valor que tenía un chico de la calle como informador. Ese día no había nadie más en la sala. Los otros mendigos estaban en la calle, buscando comida. Grund estaba dibujando en una tabla pequeña con carboncillo, usando su única mano buena, con la deforme escondida en el bolsillo. Se animó al verla. Había dejado de huir de ella. Por lo visto, los pilluelos de la ciudad se preocupaban cuando sabían que alguien los estaba buscando. Pero dejaban de hacerlo si también sabían que esa persona tenía comida. Grund intentó parecer poco interesado hasta que Velo dejó caer el saco delante de él. Asomó una salchicha y a Grund estuvieron a punto de salírsele los ojos de las órbitas.

—¿Un saco entero? —preguntó.

—Ha sido un buen día —dijo Velo, acuclillándose—. ¿Tienes novedades para mí sobre esos libros?

—No —respondió él, dando un golpecito a la salchicha con el dedo como para ver si Velo se lo arrebataba de repente—. No he oído nada.

—Dímelo si lo haces. Mientras tanto, ¿sabes de alguien a quien vendría bien un poco más de comida? Busco a buenas personas, o a gente que la necesite pero a la que se salten en el racionamiento de grano.

El chico la miró, intentando deducir qué pretendía.

—Tengo de más para repartir —explicó Velo.

—¿Vas a regalar comida? —Lo preguntó como si fuese algo tan racional como hacer llover cremlinos del cielo.

—Seguro que no soy la primera. Aquí antes se daba comida a los pobres, ¿verdad?

—Esas cosas las hacen los reyes, no la gente normal. —Grund la miró de arriba abajo—. Pero tú no eres normal.

—No lo soy.

—Bueno, Muri la costurera siempre ha sido amable conmigo. Tiene un montón de críos y le cuesta darles de comer a todos. Vive en una choza al lado de la vieja panadería que se incendió en la primera noche eterna. Y luego están los niños refugiados que viven en el parque, allá en el paseo Luz de Luna. Son muy pequeños, ¿sabes?, y no los cuida nadie. Y Jom, el zapatero. Se rompió el brazo. ¿No quieres apuntarlo, o algo?

—Me acordaré.

El chico se encogió de hombros y le fue enumerando a personas necesitadas. Velo le dio las gracias y le recordó que siguiera buscando el libro por el que le había preguntado. Ishnah había visitado algunas librerías por encargo de Lexa, y en una le habían mencionado un libro titulado Mítica, publicado no hacía mucho y que hablaba de los Deshechos. El librero había tenido un ejemplar a la venta, pero habían robado en su tienda durante la revuelta. Con un poco de suerte, alguien de la clandestinidad sabría dónde habían ido a parar sus mercancías. Velo tenía el paso animado cuando volvió al carro. Conque el culto quería que les llamara la atención, ¿eh? Pues se la iba a llamar. Dudaba mucho que la lista de Grund no estuviera sesgada, pero supuso que parar en el centro del mercado y empezar a descargar sacos solo serviría para provocar disturbios. Seguir la lista parecía tan buen método para repartir comida como cualquier otro. Muri la costurera resultó ser, en efecto, una mujer con muchos hijos y pocos medios para alimentarlos. Los chiquillos del parque estaban justo donde le había indicado Grund. Velo les dejó un buen montón de comida y se marchó mientras se acercaban a los sacos, asombrados. Llegando a su cuarta parada, Vathah dedujo lo que estaba haciendo.

—Vas a regalarla toda, ¿verdad?

—No toda —dijo Velo, reclinándose en el pescante mientras avanzaban hacia su siguiente destino.

—¿Y con qué vas a pagar al Culto de los Momentos?

—Siempre podemos robar más. Mi contacto dice que antes tenemos que llamarles la atención. Supongo que una mujer loca vestida de blanco que recorre el mercado lanzando sacos de comida bastará para eso.

—La parte de loca la has acertado, como mínimo.

Velo metió la mano en una alfombra enrollada y sacó una salchicha para él.

—Come algo. Te sentirás mejor.

Vathah gruñó, pero aceptó la salchicha y le dio un mordisco. A media tarde ya tenían el carro vacío. Velo no estaba segura de poder llamar la atención del culto con aquello, pero tormentas, qué bien sentaba poder hacer algo. Lexa podía irse a estudiar libros, planear y maquinar. Velo se preocuparía de la gente que de verdad pasaba hambre. Sin embargo, no lo regaló todo. Permitió que Vathah se quedara con su salchicha.