75. SOLO ROJO

ONCE AÑOS ANTES

Bellamy abandonó el caballo.

Los caballos eran demasiado lentos.

Del lago emanaba una neblina que le recordó aquel día, hacía ya tanto tiempo, en que Gavilar, Sadeas y él habían atacado la Grieta por primera vez. Las tropas de elite que lo acompañaban eran el resultado de años de planificación y práctica. En su mayoría eran arqueros, no llevaban armadura y estaban entrenados para correr grandes distancias. Los caballos eran unos animales magníficos, y el Hacedor de Soles era famoso por haber empleado una compañía entera de caballería. En las distancias cortas, su velocidad y su capacidad de maniobra habían sido legendarias. Las posibilidades intrigaban a Bellamy. ¿Se podía entrenar a los hombres para disparar con arco a caballo? ¿Cómo de devastadores serían? ¿Y qué tal una carga de jinetes con lanzas, como la de las leyendas sobre la invasión shin?

Para aquel día, en cambio, no necesitaba caballos. Los hombres eran mejores corriendo largas distancias, por no mencionar que se les daba mucho mejor lidiar con las laderas abruptas y las rocas sueltas. Esa compañía de tropas de elite podía dejar atrás a cualquier fuerza de hostigamiento que hubiera conocido. Aunque eran arqueros, poseían destreza con la espada. Su entrenamiento no tenía igual y su resistencia física era de leyenda. Bellamy no había entrenado con ellos, ya que no tenía tiempo de correr cincuenta kilómetros al día. Por suerte, disponía de armadura esquirlada para compensar la diferencia. Ataviado con su armadura, dirigía la carga sobre arbusto y roca, entre juncos que extendían sus fibras interiores como pelos en la brisa hasta que él se aproximaba. La hierba, el árbol y el matorral temían su avance. En su interior ardían dos fuegos. El primero era la energía de la armadura, que confería potencia a cada paso. El segundo fuego era la Emoción. ¿Sadeas, un traidor? Imposible. Había apoyado a Gavilar desde el principio. Bellamy confiaba en él. Y aun así…

«También confiaba en mí mismo —pensó Bellamy, encabezando la carga colina abajo, seguido de cien hombres—. Y casi me volví contra Gavilar.»

Tenía que verlo con sus propios ojos. Tenía que comprobar si aquella «caravana» que había abastecido la Grieta de verdad contaba con un portador de esquirlada o no. Pero la posibilidad de que lo hubieran traicionado, de que Sadeas pudiera estar maquinando contra ellos, llevó a Bellamy a una especie de locura enfocada. A una claridad que solo otorgaba la Emoción. Era el foco de un hombre, su espada y la sangre que iba a derramar. La Emoción pareció transformarse dentro de él mientras corría, impregnando sus músculos, saturándolo. Se convirtió en un poder por derecho propio. Y así, cuando coronaron una colina a cierta distancia al sur de la Grieta, se sintió más enérgico que cuando había partido. Mientras su compañía de elite ascendía al trote, Bellamy se detuvo, haciendo raspar las botas de la armadura contra la piedra. Por delante, colina abajo en la boca de un cañón, un grupo frenético se armaba a marchas forzadas. La caravana. Sus exploradores debían de haber captado el acercamiento de la fuerza de Bellamy. Habían estado montando el campamento, pero abandonaron sus tiendas y corrieron hacia el cañón, donde podrían evitar que los flanquearan. Bellamy rugió, invocando su hoja esquirlada, haciendo caso omiso a la fatiga de sus hombres mientras se lanzaba pendiente abajo. Los soldados llevaban uniformes verde bosque y blanco. Los colores de Sadeas. Bellamy llegó al pie de la colina y embistió a través del campamento abandonado. Barrió a los rezagados, descargando tajos con Juramentada y derribándolos con los ojos ardientes.

«Espera.»

Su ímpetu no iba a permitirle que parara. ¿Dónde estaba el portador de esquirlada enemigo?

«Algo anda mal.»

Bellamy guio a sus hombres por la boca del desfiladero, tras los soldados, persiguiendo al enemigo por un amplio camino que se elevaba a un lado. Alzó a Juramentada mientras corría.

«¿Por qué iban a ponerse los colores de Sadeas si están en una misión secreta para transportar suministros de contrabando?»

Bellamy paró en seco y sus soldados lo rodearon. El camino los había hecho ascender unos quince metros sobre el fondo del cañón, en la cara sur de una pendiente abrupta. No vio ni rastro de un portador de esquirlada mientras el enemigo se congregaba por encima. Pero… aquellos uniformes…

Parpadeó. Algo iba… mal.

Gritó la orden de replegarse y el sonido de su voz se vio ahogado por un repentino estruendo. Un sonido parecido al trueno, acompañado del espeluznante traqueteo de piedra contra piedra. El suelo se agitó y Bellamy se volvió horrorizado para descubrir que un alud de rocas se precipitaba por la cara empinada del cañón a su derecha, justo encima del lugar hacia el que había dirigido a sus hombres. Solo dispuso de una fracción de segundo para asumirlo antes de que las rocas cayeran sobre él con un terrible estrépito. Todo le dio vueltas y se volvió negro. Siguió recibiendo golpes, rodando, aplastado. Una explosión de chispas fundidas brilló un instante en sus ojos, y entonces algo duro se estrelló contra su cabeza. Por fin cesó. Bellamy se encontró tendido en la oscuridad, con la cabeza palpitando y una sangre densa y cálida fluyendo por su cara y goteándole de la barbilla. Podía sentir la sangre, pero no verla.

¿Se habría quedado ciego?

Tenía la mejilla apretada contra una roca. No, no estaba ciego, sino sepultado. Y su yelmo se había hecho añicos. Se movió con un gemido y algo iluminó las piedras que rodeaban su cabeza. La luz tormentosa que dejaba escapar su peto. De algún modo, había sobrevivido al derrumbamiento. Yació bocabajo, indefenso, enterrado. Volvió a moverse y con el rabillo del ojo entrevió una roca que se hundía, amenazando con aplastarle el lado del cráneo. Se quedó muy quieto, con la cabeza aporreando de dolor. Flexionó la mano izquierda y descubrió que tenía el guantelete y el brazal rotos. Pero la armadura de su brazo derecho aún funcionaba.

«Esto… era una trampa…»

Sadeas no era un traidor. Aquello estaba planeado por la Grieta y su alto señor para atraer a Bellamy y soltar piedras que lo aplastaran. Cobardes. Ya habían intentado algo parecido en Rathalas hacía mucho tiempo. Se relajó, soltando un leve gemido.

«No. No puedo quedarme aquí tumbado.»

Quizá podría fingir que había muerto. La idea le pareció tan atractiva que cerró los párpados y empezó a dejarse llevar por la inconsciencia.

Un fuego cobró vida en su interior.

«Te han traicionado, Bellamy. Escucha.» Oyó voces, de hombres que hurgaban entre los pedruscos del derrumbamiento. Alcanzó a distinguir su acento nasal. Eran grietanos.

«¡Tanalan te ha enviado aquí a morir!»

Bellamy hizo una mueca burlona y abrió los ojos. Esos hombres no le permitirían esconderse en su sepulcro de piedra, fingiéndose muerto. Portaba esquirlas. Lo buscarían para reclamar su recompensa. Se preparó, haciendo presión con su hombro protegido para evitar que la roca rodara contra su cabeza expuesta, pero por lo demás no se movió. Al poco tiempo, los hombres empezaron a hablar con ansia. Por sus palabras, habían encontrado la capa de su armadura asomando entre las piedras, con los glifos de khokh y linil destacados sobre el fondo azul. Las piedras rasparon entre ellas y el peso que tenía encima se alivió. La Emoción creció sin pausa. La piedra que había cerca de su cabeza se apartó rodando.

«¡Ahora!»

Bellamy empujó con la armadura de los pies y movió un peñasco con su brazo todavía mejorado, abriéndose el suficiente espacio para levantarse. Se alzó de la tumba y se irguió con torpeza hacia el cielo, entre piedras que caían. Los grietanos maldijeron y retrocedieron a trompicones mientras Bellamy saltaba fuera del agujero y sus botas raspaban contra la piedra al caer. Gruñó e invocó su hoja. Tenía la armadura en peor estado del que había creído. Se notaba torpe. Estaba rota en cuatro sitios distintos. A su alrededor, los ojos de los hombres de Tanalan parecían brillar. Lo rodearon y le sonrieron, y Bellamy distinguió la profunda Emoción en sus expresiones. Su hoja esquirlada y la armadura que perdía luz se reflejaron en sus ojos oscuros. Con la sangre cayéndole por un lado de la cara, Bellamy les devolvió la sonrisa.

Se lanzaron al ataque.

Bellamy veía solo rojo.

Recobró la conciencia en parte al descubrirse estrellando una y otra vez la cabeza de un hombre contra las piedras. A su espalda yacía una pila de cadáveres con los ojos quemados, amontonados alrededor del agujero por el que se había alzado Bellamy para combatirlos. Soltó la cabeza del cadáver y liberó el aire de sus pulmones, sintiéndose… ¿Cómo se sentía? Embotado, de repente. El dolor era algo lejano. Incluso la furia era nebulosa. Se miró las manos. ¿Por qué estaba empleándolas a ellas y no su hoja esquirlada?

Giró la cabeza a un lado y vio a Juramentada asomando de la roca en la que la había clavado. La… gema del pomo estaba agrietada. ¡Eso era! No podía descartarla; algo se lo había impedido a consecuencia de los daños.

Se levantó trastabillando y buscó más enemigos a su alrededor, pero no llegó ninguno a desafiarlo. Su armadura… alguien le había roto el peto mientras luchaba contra él, y se palpó una herida punzante en el pecho. Apenas la recordaba. El sol estaba bajo sobre el horizonte, sumiendo el cañón en las sombras. A su alrededor, la ropa ondeaba al viento y los cuerpos seguían inmóviles. No se oía nada, ni siquiera a los cremlinos carroñeros. Exhausto, se vendó las heridas más graves, asió a Juramentada y se la apoyó en el hombro. Jamás una hoja esquirlada había resultado tan pesada.

Echó a andar.

De camino, fue descartando las piezas de armadura esquirlada que empezaban a pesarle demasiado. Había perdido sangre.

Demasiada, con mucho.

Se concentró en las pisadas. Una tras otra.

Ímpetu. Las peleas se basaban en el ímpetu.

No osó tomar la ruta más evidente, por si encontraba a más grietanos. Cruzó a través de la espesura, entre enredaderas que se retorcían bajo sus pies y rocabrotes que emergían tras su paso. La Emoción regresó para azuzarlo, pues aquel trayecto era una pelea. Una batalla. Cayó la noche y Bellamy arrojó la última pieza de su armadura esquirlada, conservando solo la gola. Podían hacer crecer de nuevo el resto a partir de ella, si era necesario.

«Sigue. Adelante.»

En aquella oscuridad, parecían acompañarlo siluetas sombrías. Ejércitos compuestos de roja niebla en los límites de su visión, fuerzas a la carga que se deshacían en polvo y volvían a emerger de la sombra, como olas del océano en un estado constante de desintegración y renacimiento. Y no solo hombres, sino también caballos sin ojos. Animales encerrados que forcejeaban, drenándose la vida unos a otros. Sombras de muerte y conflicto que lo impulsaban a través de la noche. Anduvo durante una eternidad. La eternidad no era nada cuando el tiempo no tenía significado. Hasta se sorprendió al acercarse a la luz procedente de la Grieta, de las antorchas que sostenían los soldados de las murallas. Se había orientado bien a partir de las lunas y las estrellas. Cruzó sigiloso la oscuridad hacia su propio campamento. Allí había otro ejército, los verdaderos soldados de Sadeas, que habían llegado antes de lo previsto. De intentarla unas pocas horas más tarde, la treta de Tanalan no habría salido bien. Bellamy arrastraba a Juramentada tras él, haciendo un suave siseo mientras cortaba una línea en la piedra. Atontado, oyó a soldados que hablaban junto a la hoguera que tenía delante, y uno dio una voz. Bellamy no les hizo caso y siguió caminando implacable hasta entrar en la luz. Dos soldados jóvenes empezaron a desafiarlo y se interrumpieron, bajando las lanzas, boquiabiertos.

—Padre Tormenta —dijo uno de ellos, retrocediendo a tropezones—. ¡Por Becca y el mismísimo Todopoderoso!

Bellamy siguió cruzando el campamento. Alzó ruido a su paso, hombres que gritaban sobre visiones de muertos y Portadores del Vacío. Se encaminó hacia su tienda de mando. La eternidad que le costó llegar parecía igual de larga que las anteriores. ¿Cómo podía haber recorrido tantos kilómetros en el mismo tiempo que le llevaban los escasos metros que lo separaban de una sencilla tienda? Bellamy negó con la cabeza, viendo rojo en los límites de su percepción.

Las palabras atravesaron la lona de la tienda.

—Imposible. Será que los hombres están asustados y… No, sencillamente no es posible.

Las solapas se abrieron, revelando a un hombre bien vestido con el pelo ondulado. Sadeas contuvo un grito de sorpresa y se hizo a un lado, sosteniendo la lona para Bellamy, que no aminoró el paso. Entró sin detenerse, mientras Juramentada cortaba una correa del suelo. Dentro, los generales y oficiales estaban reunidos a la lúgubre luz de unas pocas lámparas de esferas. Evi sollozaba, consolada por la brillante Kalami, pero Ialai estaba estudiando la mesa a rebosar de mapas. Todos los ojos se volvieron hacia Bellamy.

—¿Cómo puede ser? —preguntó Teleb—. ¿Espina Negra? Hemos enviado un equipo de exploradores a informarte en el momento en que Tanalan se ha vuelto contra nosotros y ha expulsado a nuestros soldados de sus murallas. Nuestros hombres han informado de bajas totales, de una emboscada…

Bellamy alzó a Juramentada, la hincó en el suelo de piedra a su lado y suspiró, por fin liberado de su carga. Situó las manos en los costados de la mesa de batalla, cubiertas de sangre seca. También tenía ensangrentados los brazos.

—¿Has enviado a los mismos exploradores que encontraron la caravana e informaron de un portador de esquirlada dirigiéndola? —susurró Bellamy.

—Sí —dijo Teleb.

—Traidores. Trabajan para Tanalan.

El alto señor no podía haber sabido que Bellamy querría parlamentar con él. Lo que había hecho era ingeniárselas para sobornar a varios soldados y valerse de sus informes para convencer a Bellamy de que cabalgara a toda prisa hacia el sur.

Hacia una trampa.

Se había puesto todo en movimiento antes de que Bellamy hablara con Tanalan. Estaba planeado con mucha anticipación. Teleb espetó órdenes de que encarcelaran a los exploradores. Bellamy se inclinó sobre los mapas de la mesa.

—Esto son planes para un asedio —susurró.

—Esto… —Teleb miró a Sadeas—. Hemos pensado que el rey necesitaría tiempo para venir en persona. Para… vengarte, brillante señor.

—Demasiado lento —dijo Bellamy con voz cascada.

—El alto príncipe Sadeas ha propuesto… otra opción —dijo Teleb—. Pero el rey…

Bellamy miró a Sadeas.

—Han usado mi apellido para traicionarte —dijo Sadeas, y escupió a un lado—. Tendremos que sufrir estas rebeliones una vez tras otra a menos que nos teman, Bellamy.

Bellamy asintió despacio.

—Deben sangrar —susurró—. Quiero que sufran por esto. Hombres, mujeres, niños. Deben conocer el castigo por los juramentos rotos. De inmediato.

—¿Bellamy? —Evi se levantó—. ¿Marido? —Empezó a acercarse a la mesa.

Entonces Bellamy se volvió hacia ella y Evi se detuvo. Su extraña y blanquecina piel de occidental palideció aún más. Retrocedió un paso, llevándose las manos al pecho, y lo miró con la boca abierta, horrorizada, entre miedospren que crecían del suelo. Bellamy echó un vistazo a una lámpara de esferas que tenía la superficie de metal pulido. Lo que le devolvió la mirada parecía más Portador del Vacío que hombre, con la cara cubierta de sangre ennegrecida, el pelo enmarañado con ella, los ojos azules muy abiertos, la mandíbula tensa. Tenía los cortes de lo que parecían cien heridas y el uniforme acolchado hecho jirones.

—No deberías hacerlo —dijo Evi—. Descansa. Duerme, Bellamy. Piénsatelo un poco. Espera unos días.

Qué cansado estaba…

—El reino entero nos toma por debiluchos, Bellamy —bisbiseó Sadeas—. Nos ha costado demasiado sofocar esta rebelión. Nunca antes me has escuchado, pero escúchame ahora. ¿Quieres impedir que estas cosas vuelvan a ocurrir? Pues debes castigarlos. A todos y cada uno de ellos.

—Castigarlos… —dijo Bellamy, mientras la Emoción volvía a alzarse. Dolor. Ira. Humillación. Apretó las manos contra la mesa para equilibrarse—. La moldeadora de almas que nos envió mi hermano podía crear dos cosas, ¿verdad?

—Grano y aceite —respondió Teleb.

—Bien. Ponedla a trabajar.

—¿Más alimento?

—No, aceite. Tanto como den de sí las gemas que tenemos. Ah, y que alguien lleve a mi esposa a su tienda para que se recupere de su duelo injustificado. Todos los demás, acercaos. Por la mañana, sentaremos ejemplo con Rathalas. Prometí a Tanalan que sus viudas llorarían por lo que iba a hacer aquí, pero ese es un destino demasiado piadoso después de lo que me han hecho.

»Pretendo arrasar tan a conciencia este lugar que durante diez generaciones, nadie se atreverá a construir aquí por miedo a los espíritus que lo acosarán. Haremos una pira de esta ciudad, y no habrá sollozos por su pérdida, pues no quedará nadie para sollozar.