76. UN ANIMAL

ONCE AÑOS ANTES

Bellamy se dejó convencer para cambiarse de ropa. Se lavó la cara y los brazos y permitió que un cirujano echara un vistazo a sus heridas. La neblina roja seguía allí, tiñéndole la visión. No iba dormir. La neblina no lo permitiría. Más o menos una hora después de llegar al campamento, regresó con andar fatigoso a la tienda de mando, limpio pero no muy refrescado. Los generales habían ordenado trazar un nuevo conjunto de planes de batalla para tomar la muralla de la ciudad, siguiendo las instrucciones de Sadeas. Bellamy lo inspeccionó e hizo algunos cambios, pero ordenó suspender toda planificación para marchar al interior de la ciudad y despejarla. Tenía otra cosa en mente.

—¡Brillante señor! —lo llamó una mensajera que llegó a la tienda. Pasó dentro—. Sale un grupo de la ciudad, portando la bandera de tregua.

—Matadlos —respondió Bellamy sin alterarse.

—¿Señor?

—Flechas, mujer —dijo Bellamy—. Matad a cualquiera que salga de la ciudad y dejad que se pudran sus cadáveres.

—Hum, sí, brillante señor. —La mensajera se marchó.

Bellamy alzó la mirada hacia Sadeas, que seguía con su armadura esquirlada puesta, centelleante a la luz de las esferas. Sadeas asintió con aprobación e hizo un gesto hacia un lado.

Quería hablar en privado.

Bellamy dejó la mesa. Debería estar más dolorido, ¿verdad?

Tormentas, estaba tan embotado que apenas sentía nada, aparte de ese fuego interno que ardía al fondo de su ser. Salió de la tienda con Sadeas.

—He podido retrasar a las escribas —susurró Sadeas—, como has ordenado. Gavilar no sabe que aún vives. Sus órdenes anteriores fueron esperar y sitiar la ciudad.

—Mi regreso tiene prioridad sobre sus órdenes lejanas —dijo Bellamy—. Los hombres lo saben. Ni siquiera Gavilar se opondría.

—Sí, pero ¿por qué no informarle de tu llegada?

La última luna estaba a punto de ponerse. La mañana se aproximaba.

—¿Qué opinas de mi hermano, Sadeas?

—Es justo el hombre que necesitamos —respondió Sadeas—. Lo bastante duro para encabezar una guerra y lo bastante blando para ser amado en tiempos de paz. Es previsor y sabio.

—¿Crees que podría hacer lo que debe hacerse aquí?

Sadeas calló un momento.

—No —dijo al cabo—. No, ya no. Me pregunto si tú podrás. Esto va a ser más que muerte. Será la aniquilación completa.

—Una lección —susurró Bellamy.

—Una exhibición. El plan de Tanalan era inteligente pero arriesgado. Sabía que su única posibilidad de victoria estribaba en eliminaros a ti y tus esquirlas de la batalla. —Entornó los ojos—. Creías que esos soldados eran míos. De verdad me creías capaz de traicionar a Gavilar.

—Me preocupaba.

—Pues ten clara una cosa, Bellamy —dijo Sadeas con voz ronca, como de piedra raspando contra piedra—. Antes me arrancaría el corazón que traicionar a Gavilar. No tengo el menor interés en ser rey: es un puesto de pocos halagos y aún más escasa diversión. Pretendo que este reino perdure a lo largo de los siglos.

—Bien —dijo Bellamy.

—Si te soy sincero, me preocupaba que tú lo traicionaras.

—Estuve a punto una vez. Me detuve a tiempo.

—¿Por qué?

—Porque tiene que haber en este reino alguien capaz de hacer lo necesario, y no puede ser el hombre que ocupa el trono —dijo Bellamy—. Tú sigue demorando a las escribas. Será mejor que mi hermano pueda lavarse las manos de lo que estamos a punto de hacer.

—No tardará en filtrarse algo —advirtió Sadeas—. Entre nuestros dos ejércitos, hay demasiadas vinculacañas. Esos tormentosos trastos están bajando tanto de precio que casi todos los oficiales pueden permitirse un par para gestionar sus dominios desde lejos.

Bellamy regresó a la tienda dando zancadas, seguido por Sadeas. Juramentada seguía clavada en la piedra donde la había dejado, aunque un armero le había reemplazado la gema.

Sacó la hoja de la roca.

—Es hora de atacar.

Amaram se volvió hacia él, rodeado de los demás generales.

—¿Ahora, Bellamy? ¿De noche?

—Las hogueras de la muralla deberían bastar.

—Para tomar las fortificaciones del muro, sí —repuso Amaram—. Pero brillante señor, no acaba de convencerme la idea de luchar por esas calles verticales en plena noche.

Bellamy cruzó la mirada con Sadeas.

—Por fortuna, no será necesario. Ordenad a los hombres que dispongan el aceite y las antorchas. Marchamos.

El alto mariscal Perethom asumió la orden y empezó a organizar los detalles. Bellamy alzó a Juramentada sobre su hombro. «Es hora de llevarte a casa.»

En menos de media hora, los hombres cargaron contra la muralla. En esa ocasión, no fueron encabezados por portadores de esquirlada. Bellamy estaba demasiado débil y su armadura hecha añicos. A Sadeas no le gustaba exponerse demasiado pronto, y Teleb no podía irrumpir en solitario. Lo hicieron al modo prosaico, enviando hombres para que los aplastaran las piedras o los empalaran las flechas mientras portaban escaleras. Terminaron abriéndose paso y tomando un sector de la muralla tras una lucha furiosa y sangrienta. La Emoción era un bulto insatisfecho dentro de Bellamy, pero estaba exprimido, agotado. Tuvo que contentarse con aguardar hasta que, por fin, Teleb y Sadeas se incorporaron al combate y eliminaron a los últimos defensores, arrojándolos desde la muralla al fondo del abismo que era la ciudad.

—Necesito un pelotón de elite —dijo Bellamy en voz baja a un mensajero que esperaba cerca—. Y un tonel de aceite para mí. Que se reúnan conmigo dentro de la muralla.

—Sí, brillante señor —respondió el chico, y salió corriendo.

Bellamy cruzó el campo con paso firme, dejando atrás a hombres caídos, ensangrentados y muertos. Los habían derribado casi en hileras con las andanadas de flechas. También pasó junto a un grupo de cadáveres vestidos de blanco, los enviados que habían masacrado antes. Calentado por el sol naciente, cruzó los portones abiertos del muro y entró en el anillo de piedra que circundaba la Grieta. Encontró allí a Sadeas, con la celada abierta y las mejillas incluso más sonrojadas de lo normal por el agotamiento.

—Han luchado como Portadores del Vacío. Más feroces que la otra vez, diría yo.

—Saben lo que viene —repuso Bellamy, caminando hacia el borde del precipicio. Se detuvo a medio camino.

—Esta vez hemos comprobado que no haya trampas —informó Sadeas.

Bellamy siguió adelante. Los grietanos ya lo habían dejado por tonto dos veces. Tendría que haber aprendido en la primera ocasión. Paró al borde del precipicio y contempló una ciudad construida sobre plataformas, que se alzaba a lo largo de las paredes cada vez más amplias de la grieta de piedra. No era de extrañar que se vieran tan capaces de resistir. Su ciudad era un grandioso monumento al ingenio y las agallas de la humanidad.

—Que arda —dijo Bellamy.

Los arqueros formaron filas con flechas listas para encenderse, mientras otros hombres acercaban rodando toneles de aceite y brea para acelerar la combustión.

—Hay miles de personas ahí dentro, señor —dijo Teleb con voz suave a su lado—. Decenas de millares.

—Este reino debe conocer el precio de la rebelión. Hoy estamos haciendo una declaración.

—¿Obedeced o morid?

—El mismo trato que te ofrecí a ti, Teleb. Tú fuiste lo bastante listo como para aceptarlo.

—¿Y las personas comunes de ahí dentro, las que no han tenido ocasión de elegir bando?

Sadeas dio un bufido.

—Evitaremos más muertes en el futuro si hacemos saber a todo brillante señor de este reino el castigo para la desobediencia. —Aceptó un informe de un ayudante y se acercó a Bellamy—. Tenías razón sobre los exploradores que nos han traicionado. Hemos sobornado a uno para que delate a los demás y a esos los ejecutaremos. Al parecer, el plan consistía en separarte del ejército y, con un poco de suerte, matarte. Aunque solo consiguieran demorarte, la Grieta confiaba en que sus mentiras impulsarían a tu ejército a un ataque imprudente sin ti.

—No contaban con tu rápida llegada —dijo Bellamy.

—Ni con tu tenacidad.

Los soldados descorcharon toneles de aceite y empezaron a arrojarlos por el precipicio, de forma que empaparan los niveles superiores. Los siguieron las antorchas, que incendiaron puntales y pasarelas. Hasta los mismos cimientos de aquella ciudad eran inflamables. Los soldados de Tanalan intentaron organizar un contraataque desde el interior de la Grieta, pero habían renunciado al terreno elevado esperando que Bellamy hiciera como en su ataque anterior, conquistar y controlar. Vio extenderse los incendios y alzarse los llamaspren en ellos. Parecían más grandes y… furiosos de lo habitual. Entonces regresó, dejando a un solemne Teleb, para reunir lo que quedaba de su elite. El capitán Kadash le había traído cincuenta hombres y dos toneles de aceite.

—Seguidme —ordenó Bellamy, empezando a rodear la grieta por el lado oriental, donde la fisura era lo bastante angosta para cruzarla con un puente corto.

Chillidos desde abajo. Luego gritos de dolor. Súplicas de piedad. La gente salió en tropel de los edificios, bramando aterrorizados, huyendo por pasarelas y escaleras hacia el fondo de la ciudad. Otros muchos edificios ardieron, atrapando a sus ocupantes. Bellamy dirigió a su pelotón por el borde septentrional de la Grieta hasta llegar a una posición concreta. Sus tropas esperaban allí para matar a cualquier soldado que tratara de salir, pero el enemigo había concentrado su ataque en el otro extremo, ya contenido a grandes rasgos. El fuego aún no había llegado hasta allí arriba, aunque los soldados de Sadeas habían matado a varias decenas de civiles que habían intentado huir en esa dirección. De momento, la rampa de madera que bajaba a la ciudad estaba despejada. Bellamy guio a su elite descendiendo un nivel, hasta un lugar que recordaba muy bien: la entrada oculta en la pared. La puerta había pasado a ser metálica y la defendía un par de nerviosos soldados grietanos. Los hombres de Kadash los derribaron con arcos cortos. Verlo molestó a Bellamy: tanta pelea y nada con lo que saciar la Emoción. Pasó sobre uno de los cadáveres y probó a abrir la puerta, que ya no estaba oculta. Estaba bien cerrada. En esa ocasión, Tanalan había optado por la seguridad sobre el secretismo. Por desgracia para él, Juramentada había regresado a su hogar. Bellamy cortó las bisagras de acero con facilidad. Dio un paso atrás mientras la puerta caía hacia el pasillo de dentro, haciendo temblar la madera.

—Encendedlos —ordenó, señalando los toneles—. Hacedlos rodar hacia abajo y quemad a quienquiera que se esconda ahí dentro.

Los hombres se apresuraron a obedecer y al poco tiempo el túnel de piedra exhalaba el correspondiente humo negro. Nadie intentó huir, aunque Bellamy creyó entreoír chillidos de dolor procedentes del interior. Se quedó mirando tanto tiempo como pudo, hasta que el humo y el calor lo obligaron a retroceder. A su espalda, la Grieta estaba convirtiéndose en un pozo de oscuridad y fuego. Bellamy se retiró rampa arriba hasta la piedra de la superficie. Los arqueros incendiaron las últimas pasarelas y rampas tras su paso. Pasaría tiempo antes de que alguien decidiera volver a instalarse allí. Las altas tormentas eran una cosa, pero había una fuerza más terrible sobre el terreno. Y portaba una hoja esquirlada. Aquellos chillidos… Bellamy pasó frente a líneas de soldados que esperaban a lo largo del borde norte en silencioso horror; muchos de ellos no habrían acompañado a Bellamy y Gavilar durante sus primeros años de conquista, cuando habían permitido el pillaje en las ciudades. Y quienes sí lo recordaran… bueno, en muchas ocasiones anteriores había encontrado alguna excusa para evitar cosas como aquella. Apretó los labios y contuvo la Emoción. No iba a permitirse disfrutar de lo que había hecho. Por lo menos esa astilla de decencia podía conservarla.

—¡Brillante señor! —dijo un soldado, gesticulando hacia él—. ¡Brillante señor, tienes que ver esto!

Justo debajo de aquella parte del acantilado, en el nivel superior de la ciudad, había un hermoso edificio blanco. Un palacio. Más allá, en las pasarelas, un grupo de personas se esforzaba por llegar a él. Los accesos de madera estaban ardiendo y se lo impedían. Sorprendido, Bellamy reconoció al joven Tanalan por su anterior encuentro.

«¿Intenta entrar en su casa? —pensó Bellamy. Las ventanas superiores del edificio estaban oscurecidas por las siluetas de una mujer y niños—. No. Intenta llegar a su familia.»

Resultaba que Tanalan no se había escondido en la cámara acorazada.

—Echad una cuerda —ordenó Bellamy—. Izad a Tanalan aquí arriba, pero disparad a los guardaespaldas.

El humo que escapaba de la grieta empezaba a espesar, iluminado en rojo por las llamas. Bellamy tosió y retrocedió un paso mientras sus hombres soltaban una cuerda a la plataforma de abajo, en una zona que no ardía. Tanalan vaciló, pero terminó agarrándola y permitiendo que los hombres de Bellamy tiraran de él hacia arriba. Los guardaespaldas cayeron presas de las flechas mientras intentaban ascender por una ardiente rampa cercana.

—Por favor —dijo Tanalan, con la ropa cenicienta por el fuego, mientras lo aupaban al borde de piedra—. Mi familia. Por favor.

Bellamy oía los gritos que llegaban desde abajo. Susurró una orden y su elite apartó a las tropas Griffin regulares de allí, abriendo un amplio semicírculo contra el ardiente precipicio donde solo Bellamy y sus hombres más cercanos podrían observar al prisionero. Tanalan se dejó caer al suelo.

—Por favor…

—Yo soy un animal —dijo Bellamy en voz baja.

—¿Qué…?

—Los animales —siguió Bellamy— reaccionan cuando se los pincha. Si los fustigas, se vuelven salvajes. Con un animal, se puede iniciar una tempestad. Lo malo es que, una vez se ha vuelto fiero, no puedes apaciguarlo con un silbido.

—¡Espina Negra! —chilló Tanalan—. ¡Por favor! ¡Mis hijos!

—Hace años cometí un error —dijo Bellamy—. No volveré a ser tan necio.

Y sin embargo… aquellos gritos…

Los soldados de Bellamy asieron a Tanalan con fuerza mientras Bellamy daba la espalda al alto señor y se dirigía al pozo de fuego. Sadeas acababa de llegar con una compañía de sus propios hombres, pero Bellamy les hizo caso omiso, todavía con Juramentada al hombro. El humo le picó en la nariz y le provocó lágrimas. No alcanzaba a ver el resto de sus ejércitos en el otro extremo de la grieta; el aire titilaba de calor, tintado de rojo.

Era como ver la mismísima Condenación.

Bellamy exhaló una larga bocanada de aire, de pronto sintiéndose incluso más agotado.

—Ya es suficiente —dijo, volviéndose hacia Sadeas—. Que el resto de la ciudad escape por la boca del cañón del fondo. Nuestra señal está enviada.

—¿Cómo? —se sorprendió Sadeas, y fue hacia él—. Bellamy…

Una sucesión de crujidos lo interrumpió. Una sección entera y próxima de la ciudad se derrumbó hacia las llamas. El palacio y sus ocupantes se precipitaron con ella, en una tempestad de chispas y madera astillada.

—¡No! —gritó Tanalan—. ¡No!

—Bellamy —dijo Sadeas—, tengo un batallón con arqueros desplegado abajo, según tus órdenes.

—¿Mis órdenes?

—Has dicho que matáramos a todo el que saliera de la ciudad y dejáramos pudrirse sus cadáveres. Tenía a hombres ahí abajo, y han disparado flechas a las pasarelas, quemado las rampas que llevan al nivel inferior. Esta ciudad arde desde las dos direcciones, desde abajo y desde arriba. Ya no podemos detenerlo.

La madera crujió mientras se venían abajo más secciones de la ciudad. La Emoción se alzó y Bellamy la apartó.

—Nos hemos pasado.

—¡Paparruchas! Nuestra lección no servirá de mucho si la gente puede salir andando sin más. —Sadeas desvió una mirada rápida hacia Tanalan—. El último cabo suelto es este de aquí. No nos interesa que vuelva a escapar. —Echó mano a su espada.

—Lo haré yo —dijo Bellamy. Aunque la idea de que hubiera más muerte empezaba a darle náuseas, se recompuso. Tenía delante al hombre que lo había traicionado.

Bellamy dio un paso hacia él y tuvo que reconocerle que al menos Tanalan intentara levantarse de un salto y luchar. Entre varios miembros de la elite hicieron bajar de nuevo al traidor al suelo, aunque el capitán Kadash estaba de pie al borde de la ciudad, contemplando la destrucción. Bellamy notaba aquel calor tan terrible, que reflejaba una sensación de sus entrañas. La Emoción, por increíble que pareciera, no estaba satisfecha. Seguía anhelando más. No parecía… que existiera forma humana de saciarla. Tanalan cayó al suelo, gimoteando.

—No debiste traicionarme —susurró Bellamy, alzando a Juramentada—. Por lo menos, esta vez no estabas escondido en tu agujero. No sé a quiénes has dado cobijo ahí, pero debes saber que están muertos. Me he encargado en persona, con toneles de fuego.

Tanalan parpadeó y empezó a reírse con frenesí, como enloquecido.

—¿No lo sabes? ¿Cómo puedes no saberlo? Pero has matado a nuestros mensajeros. Pobre idiota. Pobre y estúpido idiota.

Bellamy lo agarró por la barbilla, aunque el hombre seguía sujeto por sus soldados.

—¿Qué?

—Ella ha venido a nosotros —dijo Tanalan—. Para suplicar. ¿Cómo puedes no haberte dado cuenta? ¿Tan mal supervisas a tu propia familia? Ese agujero que has quemado… ya no lo usamos para ocultarnos. Lo sabe todo el mundo. Ahora es una cárcel.

El hielo recorrió las venas de Bellamy, que aferró el cuello de Tanalan y mantuvo la presión, mientras Juramentada se le escurría de los dedos. Estranguló al hombre sin dejar de exigirle que se retractara de lo que acababa de decir. Tanalan murió con una sonrisa en los labios. Bellamy dio un paso atrás, sintiéndose de pronto demasiado débil para mantenerse en pie. ¿Dónde estaba la Emoción para impulsarlo?

—Volved ahí —gritó a su elite—. Registrad ese agujero. Id a… —No pudo acabar la frase.

Kadash estaba de rodillas, con aspecto mareado y un montón de vómito en la roca delante de él. Algunos miembros de su elite corrieron a cumplir la orden de Bellamy, pero tuvieron que apartarse de la Grieta cuando el calor que ascendía desde la ciudad incendiada se les hizo insoportable. Bellamy rugió, se irguió y embistió hacia las llamas. Pero el fuego era demasiado intenso. Allí donde una vez se había visto a sí mismo como una fuerza imparable, en ese momento tuvo que reconocer exactamente lo insignificante que era. Lo pequeño que era. Lo intrascendente.

«Una vez se ha vuelto fiero, no puedes apaciguarlo con un silbido.»

Cayó arrodillado y se quedó así hasta que sus soldados lo apartaron del calor, flácido, en dirección a su campamento. Seis horas más tarde, Bellamy estaba de pie con las manos cogidas a la espalda, en parte para disimular lo mucho que le temblaban, contemplando un cadáver sobre la mesa, cubierto por una sábana blanca. En la tienda, algunas escribas susurraban detrás de él. El sonido se parecía al siseo de las espadas en el campo de prácticas. La esposa de Teleb, Kalami, llevaba la voz cantante en la discusión: opinaba que Evi debía de haber desertado. ¿Qué otra cosa podía explicar que se hubiera hallado el cadáver de la esposa de un alto príncipe en una sala acorazada enemiga?

La narrativa encajaba. Mostrando una decisión muy poco característica, Evi había drogado al guardia que la protegía. Se había escabullido en la noche. Las escribas se estaban preguntando cuánto tiempo llevaba Evi siendo una traidora, y si quizá habría ayudado a reclutar al grupo de exploradores que había engañado a Bellamy. Dio un paso adelante y apoyó los dedos en la sábana, lisa y demasiado blanca. «Estúpida mujer.» Las escribas no conocían lo suficiente a Evi. No había sido una traidora. Había bajado a la Grieta para suplicarles que se rindieran. Había visto en los ojos de Bellamy que no pensaba perdonarles la vida. Así que, con la ayuda del Todopoderoso, había salido a hacer cuanto pudiera. Bellamy apenas tenía fuerzas para seguir en pie. La Emoción lo había abandonado, dejándolo derribado y dolorido. Tiró de una esquina de la sábana. La parte izquierda del rostro de Evi estaba calcinada, nauseabunda, pero el lado derecho había estado contra el suelo de piedra. Estaba extrañamente intacto.

«Esto es culpa tuya —pensó, dirigiéndose a ella—. ¿Cómo te has atrevido a hacerlo, mujer estúpida y frustrante?»

No era culpa de Bellamy. No era responsabilidad suya.

—Bellamy —lo llamó Kalami, acercándose—, deberías descansar.

—Ella no nos traicionó —dijo Bellamy con firmeza.

—Seguro que terminaremos sabiendo lo que…

—He dicho que no nos traicionó —restalló Bellamy—. Que no se conozca el hallazgo de su cadáver, Kalami. Di a la gente… diles que a mi esposa la mató un asesino anoche. Haré que los pocos miembros de mi elite que saben la verdad juren guardar el secreto. Que todos crean que murió como una heroína, y que la destrucción de la ciudad ha sido en venganza.

Bellamy cuadró la mandíbula. Esa misma mañana, los soldados de su ejército, entrenados con tanta meticulosidad a lo largo de años para resistirse a saquear y degollar civiles, habían hecho arder una ciudad hasta sus cimientos. Tranquilizaría sus conciencias creer que, antes de eso, la alta dama había sido asesinada. Kalami le sonrió con aire conspirador, incluso vanidoso. La mentira de Bellamy cumpliría un segundo propósito. Mientras Kalami y las escribas superiores creyeran estar en posesión de un secreto, sería menos probable que indagaran en busca de la respuesta correcta.

«No es culpa mía.»

—Descansa, Bellamy —insistió Kalami—. Ahora padeces un suplicio, pero al igual que la alta tormenta debe pasar, todas las agonías mortales se desvanecen.

Bellamy dejó que se ocuparan otros del cadáver. Mientras salía de la tienda, lo sorprendió oír los chillidos de aquella gente de la Grieta. Se detuvo, preguntándose qué serían. Nadie más parecía captarlos. Sí, eran unos chillidos lejanos. ¿Estarían en su mente, tal vez? A sus oídos, parecían todos de niños. Los que había abandonado a las llamas. Un coro de inocentes que suplicaban ayuda, piedad.

La voz de Evi se unió a ellos.