77. REFUGIO PARA TORMENTAS
Debe hacerse algo con los restos de las fuerzas de Odium. Los parsh, como se llaman ahora, siguen guerreando con ímpetu, incluso sin sus amos salidos de Condenación
Del cajón 30-20, primera esmeralda
Raven cruzó la calle a toda prisa.
—¡Espera! —gritó—. ¡Te falta uno!
Por delante, un hombre de fino bigote tiraba con fuerza para cerrar una gruesa puerta de madera. Se había quedado atascada entreabierta, de modo que a Raven le dio tiempo de colarse. El hombre le soltó un improperio y por fin logró cerrar la puerta, hecha de oscura madera de tocopeso, con un golpe seco amortiguado. Echó los cerrojos, se apartó y permitió que tres jóvenes colocaran una gruesa tranca en sus soportes.
—Te ha ido por un pelo, soldado —dijo el hombre del bigote, reparando en el parche de la Guardia de la Muralla que Raven llevaba en el hombro.
—Lo siento —repuso Raven, pagando al hombre unas esferas por la entrada—. Pero aún quedan unos minutos para la tormenta.
—Con esta tormenta nueva, más vale andarse con ojo —dijo el portero—. Alégrate de que la puerta se haya atascado.
Syl estaba sentada en un gozne, con las piernas colgando a los lados. Raven dudaba que hubiera sido pura suerte: pegar los zapatos de la gente a la piedra era un truco clásico de los vientospren. Aun así, comprendía los reparos del portero. La tormenta eterna no encajaba del todo con las predicciones de las eruditas. La anterior había llegado horas antes de lo que nadie había predicho. Por suerte, también tendían a avanzar más despacio que las altas tormentas. Si se tenía la precaución de vigilar el cielo, había tiempo para buscar cobijo. Raven se pasó la mano por el pelo y se internó en la cantina. Era uno de aquellos locales a la moda que, aunque en teoría servía como refugio para tormentas, empleaba solo la gente rica que acudía para pasar un buen rato mientras amainaba. Tenía una gran sala común y gruesas paredes de bloques de piedra. Sin ventanas, por supuesto. Un tabernero mantenía llenas las copas de los clientes al fondo y había varios reservados en el perímetro. Raven vio a Lexa y Clarke sentados en uno de ellos, a un lado. Ella llevaba su propia cara, pero Clarke tenía la apariencia de Meleran Khal, un hombre alto y calvo de su misma altura aproximada. Raven esperó un poco y vio que Lexa reía de algo que había dicho Clarke y le daba un puñetazo cariñoso, con su mano segura, en el hombro. Parecía embelesada del todo con ella. Raven se alegró por ella. Todo el mundo merecía a alguien que le proporcionara luz, en aquellos tiempos. Pero… ¿y las miradas que dedicaba a Raven de vez en cuando, en los momentos en que no parecía del todo la misma persona? Una sonrisa distinta, con una mirada casi traviesa en los ojos…
«Te imaginas cosas», se dijo. Fue hacia ellos llamando su atención y se sentó en el reservado con un suspiro. Estaba fuera de servicio y tenía libertad para visitar la ciudad. Había dicho a los demás que se buscaría refugio por su cuenta para la tormenta, ya que solo tenía que estar de vuelta a tiempo para la patrulla vespertina cuando hubiera pasado el temporal.
—Sí que has tardado, muchacha del puente —dijo Clarke.
—He perdido la cuenta del tiempo —se excusó Raven, dando unos golpecitos en la mesa. Odiaba estar en refugios para tormentas. Le daban sensación de cárceles.
Fuera, el trueno anunció la llegada de la tormenta eterna. Casi todos los ciudadanos estarían en sus casas, y los refugiados en locales públicos. Aquel refugio de pago estaba poco concurrido, con solo unas pocas mesas y reservados ocupados. Les permitiría hablar en privado, pero no era buena señal para el propietario. La gente no tenía esferas que derrochar.
—¿Dónde está Finn? —preguntó Raven.
—Hace planes de última hora durante la tormenta —dijo Clarke—. Ha decidido revelar su identidad esta noche a los ojos claros que ha escogido. Y… ha hecho un buen trabajo, Rav. Por lo menos, gracias a él dispondremos de algunas tropas. Menos de las que me gustarían, pero algo es algo.
—¿Y quizá otra Caballera Radiante? —preguntó Lexa, mirando a Raven—. ¿Qué has averiguado?
Raven las puso al día con brevedad sobre lo que había descubierto: era muy posible que la Guardia de la Muralla tuviera un moldeador de almas, y sin duda estaba produciendo alimento de algún modo. Se había incautado de las reservas de esmeraldas de la ciudad, hecho del que se había enterado hacía poco.
—Celeste es… difícil de interpretar —concluyó Raven—. Visita los barracones cada noche, pero nunca habla de sí misma. Los hombres dicen haber visto su espada cortando piedra, pero no tiene gema. Creo que podría ser una hoja de Honor, como el arma de la Asesina de Blanco.
—Vaya —dijo Clarke, reclinándose—. Pues mira, explicaría muchas cosas.
—Mi pelotón cena con ella esta noche, después de la patrulla vespertina —dijo Raven—. Veré qué puedo averiguar.
Llegó una camarera a preguntar qué iban a tomar y Clarke pidió vino. Conocía las bebidas de los ojos claros y, sin que hiciera falta decírselo, encargó algo sin una sola pizca de alcohol para Raven. Después iba a estar de servicio. Para sorpresa de Raven, pidió una copa de violeta para Lexa. Mientras la camarera se marchaba con el pedido, Clarke extendió un brazo hacia Raven.
—Déjame ver tu espada.
—¿Mi espada? —dijo Raven, con una mirada hacia Syl, que estaba acurrucada al fondo del reservado y canturreaba en voz baja para sí misma. Era su forma de bloquear el sonido de la tormenta eterna, que atronaba a través de la piedra.
—No esa espada —matizó Clarke—. Tu espada de cinto.
Raven bajó la mirada a la espada que salía a un lado junto a su asiento. Casi había olvidado que la llevaba, lo cual era un alivio. En sus primeros días, la vaina había topado contra todo. La separó del cinturón y la dejó en la mesa para que la viera Clarke.
—Buen arma —dijo el príncipe—. La veo bien cuidada. ¿Ya estaba así cuando te la asignaron?
Raven asintió. Clarke la desenvainó y la sostuvo en alto.
—Es un poco pequeña —comentó Lexa.
—Es para empuñarla con una sola mano, Lexa. Un arma de infantería para el combate cercano. No sería práctico que tuviera una hoja más larga.
—¿Larga… como las hojas esquirladas? —preguntó Raven.
—Bueno, sí, es que las esquirlas infringen toda clase de normas. —Clarke hizo varios movimientos con la espada antes de enfundarla de nuevo—. Me gusta esa alta mariscal tuya.
—Y eso que no es ni el arma que lleva ella —dijo Raven, recuperando la espada.
—¿Habéis terminado ya de compararos las espadas, chicas? —preguntó Lexa—. Porque he encontrado una cosa. —Dejó caer un libro enorme en la mesa—. Un contacto mío por fin ha localizado un ejemplar de Mítica de Hessi. Es un libro reciente y ha tenido muy mala recepción. Atribuye personalidades individuales a los Deshechos.
Clarke levantó la cubierta y echó un vistazo al interior.
—¿Habla de espadas en algún momento?
—Va, calla —dijo ella, y le pegó en el brazo con gesto juguetón… y de algún modo, nauseabundo.
Sí, se hacía incómodo verlas. A Raven le caían bien las dos… solo que no juntas. Se obligó a pasear la mirada por la sala, ocupada por ojos claros que intentaban hacer pasar con bebida los sonidos de la tormenta. Intentó no pensar en los refugiados que estarían hacinados en los sofocantes refugios públicos, aferrando sus escasas posesiones y confiando en que parte de lo que habían tenido que dejar fuera sobreviviera a la tormenta.
—El libro —dijo Lexa— afirma que había nueve Deshechos. Encaja con las visiones de Bellamy, aunque en otros textos se habla de diez Deshechos. Lo más probable es que sean spren antiquísimos, primarios, de los tiempos anteriores a la sociedad y la civilización humanas.
»Según Hessi, los nueve desataron una oleada de destrucción durante las Desolaciones, pero no todos fueron destruidos en el Aharietiam. El libro afirma que algunos siguen en activo hoy en día, lo cual confirman nuestras experiencias, por supuesto.
—Y hay uno en esta ciudad —dijo Clarke.
—Creo… que podrían ser dos, Clarke —dijo Lexa—. Sja-anat, la Tomadora de Secretos, es una. De nuevo, se menciona en las crónicas de las visiones de Bellamy. El contacto con ella corrompe a otros spren, que son los efectos que estamos viendo aquí.
—¿Y el otro? —preguntó Clarke.
—Ashertmarn —respondió Lexa en voz baja. Sacó un pequeño cuchillo de su cartera y empezó a tallar distraída la superficie de la mesa—. El Corazón del Festejo. El libro tiene menos que decir sobre él, aunque habla de cómo induce a la gente a darse el gusto en exceso.
—Dos Deshechos —dijo Raven—. ¿Estás segura?
—Tanto como puedo estarlo. Sagaz confirmó la presencia del segundo, y el comportamiento de la reina que llevó a los disturbios parece una señal evidente. En cuanto a la Tomadora de Secretos, ya hemos visto los spren corrompidos con nuestros propios ojos.
—¿Cómo luchamos contra dos? —preguntó Raven.
—¿Cómo luchamos contra uno? —repuso Clarke—. En la torre, más que combatir contra aquella cosa, la ahuyentamos. Lexa no puede explicar ni siquiera cómo lo hizo. ¿Qué dice el libro sobre cómo enfrentarnos a ellos?
—Nada. —Lexa se encogió de hombros y sopló en la pequeña talla que había hecho en la mesa. Representaba a un glorispren corrompido con forma de cubo que había atraído otro cliente—. El libro dice que si ves a un spren con el color cambiado, deberías trasladarte a otro lugar de inmediato.
—Hay como una especie de ejército que nos lo impide —dijo Raven.
—Sí, y lo más sorprendente es que tu hedor todavía no lo ha espantado. —Lexa empezó a pasar páginas del libro.
Raven torció el gesto. Los comentarios como ese, entre otras cosas, eran lo que la confundía de Lexa. Podía estar de lo más amistosa y, al momento siguiente, soltarle una buena pulla fingiendo que formaba parte de la conversación normal. Pero con los demás no hablaba así, ni siquiera de broma.
«¿Qué te pasa, mujer?», pensó. Habían compartido algo íntimo en los abismos de las Llanuras Quebradas. ¿Sería que se avergonzaba de aquello? ¿Por eso le soltaba groserías de vez en cuando?
Si era el caso, ¿cómo explicar los otros momentos, cuando la miraba y sonreía, o los guiños pícaros?
—Hessi cita historias en las que los Deshechos no solo corrompen a spren, sino también a personas —estaba diciendo Lexa—. A lo mejor, es lo que está sucediendo en palacio. Sabremos más cuando me infiltre en el culto esta noche.
—No me hace gracia que vayas sola —dijo Clarke.
—No iré sola. Llevaré a mi equipo.
—Una lavandera y dos desertores —dijo Raven—. Si se parecen en algo a Monty, Lexa, no deberías confiar demasiado en esos hombres.
Lexa alzó la barbilla.
—Por lo menos mis soldados saben cuándo alejarse de los campamentos de guerra, en vez de quedarse allí plantados dejando que les disparen flechas.
—Confiamos en ti, Lexa —dijo Clarke, con una mirada a Raven que parecía significar: «Déjalo estar»—. Y de verdad necesitamos ver qué pasa con esa Puerta Jurada.
—¿Y si no puedo abrirla? —preguntó Lexa—. ¿Qué haremos entonces?
—Tendremos que retirarnos a las Llanuras Quebradas —dijo Raven.
—Finn no va a abandonar a su familia.
—Entonces Drehy, Cikatriz y yo irrumpiremos en el palacio —dijo Raven—. Llegaremos volando de noche, entraremos por la terraza superior y nos llevaremos a la reina y al joven príncipe. Lo haremos justo antes de que llegue la alta tormenta y regresaremos volando a Urithiru.
—Y dejaremos caer la ciudad —dijo Clarke, apretando los labios.
—¿La ciudad puede resistir? —preguntó Lexa—. ¿Por lo menos hasta que podamos marchar de vuelta con un ejército de verdad?
—Eso nos llevaría dos meses —dijo Clarke—. Y la Guardia de la Muralla tiene… ¿cuántos, cuatro escuadrones?
—Cinco en total —respondió Raven.
—¿Cinco mil hombres? —dijo Lexa—. ¿Tan pocos?
—Son muchos para la guarnición de una ciudad —explicó Clarke—. El objeto de las fortificaciones es permitir que una fuerza pequeña resista contra otra mucho más numerosa. Pero el enemigo cuenta con una ventaja inesperada, Portadores del Vacío capaces de volar, y con una ciudad infestada de aliados suyos.
—Sí —dijo Raven—. La Guardia de la Muralla le pone empeño, pero no podrá resistir un asalto entregado. Ahí fuera hay decenas de miles de parshmenios, y les falta poco para atacar. No nos queda mucho tiempo. Los Fusionados llegarán volando para asegurar partes de la muralla y sus ejércitos los seguirán. Si queremos defender esta ciudad, necesitamos Radiantes y portadores de esquirlada para equilibrar la balanza.
Raven y Lexa cruzaron una mirada. Sus Radiantes no estaban preparados para la batalla, todavía no. Los hombres de Raven apenas se habían lanzado a los cielos. ¿Cómo podían esperar que combatieran a aquellas criaturas, que surcaban los vientos con tanta facilidad? ¿Cómo podía Raven proteger la ciudad y al mismo tiempo a sus hombres?
Se quedaron calladas, oyendo cómo se sacudía la estancia con los sonidos de la tormenta. Raven se terminó la bebida, deseando que fuera alguna de las que preparaba Roca, y echó de un capirotazo a un cremlino muy raro que vio subiendo por un lado de la mesa. Tenía muchas patas y el cuerpo bulboso, con una extraña marca parda en el lomo. Qué asco. Por muy mal que estuviera pasándolo la ciudad, por lo menos el propietario podría mantener limpio su local. Cuando por fin remitió la tormenta, Lexa salió de la cantina cogida del brazo de Clarke. Vio marcharse corriendo a Raven hacia los barracones, para su patrulla vespertina. Supuso que también ella debería tener ganas de entrar en acción. Ese día aún tenía que robar un poco de comida, la suficiente para satisfacer al Culto de los Momentos cuando estableciera contacto con ellos a final de tarde. No debería ser complicado. Vathah había empezado a planificar las operaciones aconsejado por Ishnah, y estaba demostrándose bastante competente. Aun así, lo pospuso, disfrutando de la compañía de Clarke. Quería estar allí, con ella, antes de que llegara el momento de transformarse en Velo. A ella… bueno, a ella no le gustaba demasiado. Demasiado pulcra, demasiado inconsciente, demasiado previsible. Le parecía bien como aliada, pero no tenía el menor interés romántico en ella. Lexa paseó con ella sin soltarse de su brazo. La gente ya se movía por la ciudad, limpiando, más por escarbar en los restos que por un sentido del deber cívico. Le recordaron a los cremlinos que salían después de una tormenta para darse un festín con las plantas. Y en efecto, los rocabrotes ornamentales que había cerca escupieron enredaderas que se amontonaron junto a los portales. Manchas de verde vegetación y hojas desplegadas que se destacaban sobre el lienzo marrón de la ciudad. Un montón cercano estaba calcinado por un relámpago rojo de la tormenta eterna.
—Algún día tengo que enseñarte las Cataratas Imposibles —dijo Clarke—. Si las miras desde los ángulos adecuados, da la impresión que el agua fluye hacia abajo por los distintos niveles y luego vuelve a subir hasta arriba del todo.
Mientras caminaban, Lexa tuvo que pasar por encima de medio visón muerto que asomaba de un tronco de árbol partido. No sería el paseo más romántico de la historia, pero le gustaba andar cogida del brazo de Clarke, aunque ella tuviera que llevar un rostro falso.
—¡Oye! —exclamó Clarke—. Al final no he podido ver tu cuaderno de bocetos. Has dicho que me lo ibas a enseñar.
—Me he traído el otro, ¿recuerdas? He tenido que hacer una talla en la mesa. —Sonrió—. No creas que no te he visto pagar los daños cuando creías que no miraba.
Clarke gruñó.
—La gente raya las mesas de las tabernas —dijo Lexa—. Pasa continuamente.
—Lo sé, lo sé. Y era una buena talla.
—Pero aun así, crees que no debería haberla hecho. —Le apretó el brazo—. Ay, Clarke Griffin, cómo se nota que eres hija de tu padre. No volveré a hacerlo, ¿de acuerdo?
Clarke se estaba sonrojando.
—Se me han prometido bocetos —protestó—. Me da igual que sea el otro cuaderno. Me parece que hace siglos que no veo un dibujo tuyo.
—En este no hay nada bueno —dijo ella, metiendo la mano en su cartera—. Últimamente he estado distraída.
Aun así, Clarke quiso que se lo pasara, lo que la complació en secreto. La princesa empezó a pasar las ilustraciones más recientes y, aunque se fijó en las de los spren extraños, se entretuvo sobre todo en los bocetos de refugiados que Lexa había hecho para su colección. Una madre con su hija, sentadas en la sombra, pero con la cara de la madre alzada hacia el sol naciente que empezaba a distinguirse en el horizonte. Un hombre de gruesos nudillos barriendo alrededor de su catre en la calle. Una joven ojos claros asomada a una ventana, con el pelo suelto, libre, con solo un camisón puesto y la mano en un saquito atado.
—Lexa —dijo Clarke—, ¡son asombrosos! De lo mejor que has hecho jamás.
—Son solo bosquejos rápidos, Clarke.
—Son una preciosidad —objetó ella mirando otro, en el que se detuvo. Era un dibujo de ella misma en uno de sus trajes nuevos.
Lexa se ruborizó.
—Me había olvidado de que estaba —dijo, intentando recuperar el cuaderno.
Clarke se quedó mirando el dibujo un momento y luego se rindió a los intentos de Lexa y le devolvió. Lexa dejó escapar un suspiro de alivio. No era que fuese a avergonzarse si Clarke veía el boceto de Raven en la siguiente página; al fin y al cabo, bosquejaba a todo tipo de personas. Pero prefería que aquello terminara con la ilustración de Clarke. En la siguiente había tenido un poco de mano Velo.
—Estás mejorando, si es que eso es posible.
—Puede ser. Aunque no sé cuánta parte de ese progreso puedo atribuirme. En Palabras radiantes se afirma que muchos Tejedores de Luz eran artistas.
—Es decir, que la orden reclutaba a personas como tú.
—O que la potenciación los volvía mejores dibujando, otorgándoles una ventaja injusta sobre otros artistas.
—Yo tengo una ventaja injusta sobre otros duelistas. He disfrutado del mejor entrenamiento desde la infancia. Nací fuerte y sana, y las riquezas de mi padre me proporcionaron los mejores competidores de prácticas que había en el mundo. Por mi constitución, tengo más alcance que muchos otros. ¿Significa eso que no merezca halagos cuando gano?
—Tú no tienes ayuda sobrenatural.
—Aun así, tú tuviste que trabajar mucho. Sé que es así. —La envolvió con un brazo y la atrajo hacia sí mientras caminaban. Otras parejas alezi mantenían la distancia en público, pero a Clarke la había criado una madre con predilección por los abrazos—. ¿Sabes? Hay una cosa sobre la que se queja mi padre. Preguntó cuál era el uso de las hojas esquirladas.
—Esto… Diría que es bastante evidente que sirven para cortar a la gente. Sin cortarla en realidad. Así que…
—Pero ¿por qué solo espadas? Mi padre se pregunta por qué los antiguos Radiantes nunca fabricaron herramientas para la gente. —Le apretó el hombro—. Me encanta que tus poderes te hagan mejor artista, Lexa. Mi padre se equivocaba. ¡Los Radiantes no eran solo soldados! Sí, crearon unas armas increíbles, ¡pero también un arte notable! Y tal vez, cuando termine esta guerra, podamos buscar otros usos para sus poderes.
Tormentas, el entusiasmo de Clarke podía ser embriagador. Mientras regresaban a la sastrería, Lexa se resistió a separarse de ella, aunque Velo tenía que empezar con el trabajo del día.
«Puedo ser cualquiera —pensó Lexa, reparando en unos alegrespren que pasaban volando, como un remolino de hojas azules—. Puedo convertirme en cualquier cosa.» Clarke merecía a alguien mucho mejor que ella. ¿Podría… convertirse en ese alguien? ¿Crear para ella la esposa perfecta, una mujer con el aspecto y la actitud que correspondían a una persona como Clarke Griffin?
No sería ella. La verdadera Lexa era una cosa lamentable y magullada, con un exterior pintado para quedar bonito, pero un desastre espantoso por dentro. Ya estaba poniéndose una máscara por encima de todo ello para ella, de modo que ¿por qué no dar más pasos en esa dirección? Radiante… Radiante podría ser su prometida perfecta, y a ella sí que le gustaba Clarke.
Pensarlo hizo que Lexa se sintiera fría por dentro.
Cuando estuvieron lo bastante cerca de la sastrería para que no la inquietara que Clarke terminara de volver sola, Lexa se obligó a soltarse de ella. Le cogió la mano un momento con su mano libre.
—Tengo que marcharme.
—No irás con el culto hasta que anochezca.
—Antes tengo que robar comida para pagarles.
Clarke no le soltó la mano.
—¿Qué haces ahí fuera, Lexa? ¿En quién te transformas?
—En todo el mundo —dijo ella. Subió la otra mano y le dio un beso en la mejilla—. Gracias por ser tú, Clarke.
—Todos los demás estaban cogidos ya —musitó ella.
«A mí eso no me ha detenido nunca.»
Clarke la miró hasta que Lexa dobló una esquina, con el corazón aporreando. Clarke Griffin era como un cálido amanecer en su vida.
Velo empezó a emerger y se vio obligada a reconocer que a veces prefería la tormenta y la lluvia al sol. Fue al lugar de entrega, en un rincón de un edificio derruido. Allí, Rojo había dejado un paquete con el traje de Velo. Lo cogió y empezó a buscar algún buen sitio donde cambiarse. Había llegado el final del mundo, pero se notaba sobre todo después de una tormenta. Restos desperdigados por todas partes, gente que no había llegado a los refugios gimoteando por chozas derribadas o callejones destrozados. Era como si cada tormenta intentase arrasar Roshar, y solo siguieran allí por puro empecinamiento y suerte. Y todo había empeorado desde que había dos tormentas. Si derrotaban a los Portadores del Vacío, ¿la tormenta eterna permanecería? ¿Había empezado ya a erosionar la sociedad de un modo que, ganaran la guerra o la perdieran, terminaría en algún momento con todos ellos barridos hacia el mar?
Sintió que su cara cambiaba mientras seguía andando, absorbiendo luz tormentosa de su cartera. Se alzó en ella como una fiera llama antes de reducirse a un ascua mientras ella se transformaba en las personas de los bosquejos que había visto Clarke. El pobre hombre que se empeñaba en tener limpia la zona que rodeaba a su pequeño catre, como intentando retener algún control sobre un mundo enloquecido. La chica ojos claros que se preguntaba qué había pasado con el júbilo de la adolescencia. En vez de llevar su primera havah a un baile, su familia se había visto obligada a acoger a docenas de parientes de los pueblos vecinos, y se pasaba el día encerrada porque las calles no eran seguras. La madre con su hija, sentada en la oscuridad, mirando hacia el horizonte y un sol oculto.
Cara tras cara. Vida tras vida. Abrumadoras, emocionantes, vivas. Respirando y llorando y riendo y siendo. Tantas esperanzas, tantas existencias, tantos sueños.
Se desabrochó la havah por el lado y la dejó caer. Soltó su cartera, que dio un golpe seco por el pesado libro que contenía. Siguió caminando en ropa interior, con la mano segura descubierta, sintiendo el viento en la piel. Todavía llevaba puesta una ilusión que no se había desnudado, por lo que nadie podía verla. Nadie podía verla. ¿Acaso alguna vez la había visto alguien de verdad? Paró en la esquina de la calle, cubierta de rostros y ropa cambiantes, disfrutando de la sensación de libertad, vestida pero al mismo tiempo temblorosa por el beso del viento en su piel desnuda. A su alrededor, la gente corrió hacia los edificios, asustada.
«Solo otro spren —pensó Lexa/Velo/Radiante—. Eso es lo que soy. Emoción hecha carne.»
Alzó las manos a los lados, expuesta pero invisible. Exhaló el aliento de los habitantes de una ciudad.
—Mmm —dijo Patrón, descosiéndose del vestido dejado caer—. ¿Lexa?
—Tal vez —dijo ella sin moverse.
Por fin se permitió entrar del todo en la personalidad de Velo. Al instante, negó con la cabeza y recogió la ropa y la cartera. Tenía suerte de que no se las hubieran robado. Niña estúpida. No tenían tiempo para pasar dando saltitos de poema en poema. Velo encontró un lugar disimulado junto a un enorme árbol nudoso cuyas raíces se extendían por toda la pared en los dos sentidos. Con movimientos rápidos, se ajustó la ropa interior y se puso los pantalones y la camisa. Se caló el sombrero, se miró en un espejo de mano y asintió.
Muy bien, era hora de reunirse con Vathah.
El hombre la estaba esperando en la posada donde se había alojado Sagaz. Radiante mantenía la esperanza de volver a encontrarlo allí para poder interrogarlo más a fondo. En la sala privada, apartado de los ojos del inquieto posadero, Vathah sacó un par de esferas para iluminar los planos que había adquirido. Detallaban los recovecos de la mansión que pretendía asaltar esa tarde.
—La llaman el Mausoleo —explicó Vathah mientras Velo se sentaba. Le enseñó una ilustración que había comprado a un artista, del gran vestíbulo del edificio—. Todas esas estatuas están creadas por moldeado de almas, por cierto. Son los sirvientes favoritos de la casa, convertidos en tormentosa piedra.
—Es una señal de honor y respeto entre los ojos claros.
—Es una aberración —dijo Vathah—. Cuando muera, quema mi cadáver bien quemado. No me dejes ahí mirando para toda la eternidad mientras tus descendientes toman el té.
Velo asintió distraída y dejó el cuaderno de bocetos de Lexa en la mesa.
—Elige quién de estos quieres ser. Según el plano, la despensa está en la pared exterior. Tenemos poco tiempo, así que a lo mejor nos interesa complicarnos poco la vida. Que Rojo los distraiga y usamos la hoja de Lexa para abrir una entrada directa hacia la comida.
—¿Sabes? Dicen que en el Mausoleo hay toda una fortuna. Las riquezas de la familia Tenet son… —Se interrumpió al ver la expresión de Velo—. Nada de riquezas, pues.
—Cogemos la comida para pagar al culto y nos vamos.
—Bien. —Vathah se quedó mirando la imagen del hombre que barría alrededor de su catre—. El caso es que, cuando me reformaste del bandidaje, creí que se había acabado robar para mí.
—Esto es diferente.
—¿En qué es diferente? En aquella época también robábamos sobre todo comida, brillante. Solo queríamos seguir vivos y olvidar.
—¿Y aún quieres olvidar?
Él gruñó.
—No, supongo que no. La verdad es que ahora duermo un poco mejor por las noches.
Se abrió la puerta e irrumpió el posadero, llevando bebidas. Vathah dio un gañido, pero Velo se volvió con expresión divertida.
—Creo que no quería ser interrumpida —dijo.
—¡Traigo bebidas!
—Lo cual es una interrupción —repuso Velo, señalando la puerta—. Si tenemos sed, te las pediremos.
El posadero rezongó, pero salió por la puerta con su bandeja.
«Sospecha —pensó Velo—. Cree que tramamos algo con Sagaz y quiere enterarse de lo que es.»
—Habrá que hacer estas reuniones en otro sitio, ¿eh, Vathah? —Volvió a mirar hacia la mesa.
Y encontró a otra persona sentada allí.
Vathah ya no estaba, y lo había reemplazado un hombre de gruesos nudillos con un blusón bien cuidado. Velo miró la ilustración de la mesa, la esfera agotada que había al lado y luego otra vez a Vathah.
—Bien —dijo—, pero te has dejado la coronilla, la parte que no sale en el dibujo.
—¿Qué? —dijo Vathah, arrugando la frente.
Velo le tendió el espejo de mano.
—¿Por qué me has puesto su cara?
—No he sido yo —respondió Velo, levantándose—. Te has asustado y ha sucedido.
Vathah se tocó la cara, sin dejar de mirarse en el espejo, confuso.
—Seguro que las primeras veces siempre son accidentes —dijo Velo. Guardó el espejo—. Recoge todo esto. Llevaremos a cabo la misión como está planeada, pero a partir de mañana quedas relevado de las tareas de infiltración. Quiero que practiques con la luz tormentosa.
—Que practique… —Vathah por fin pareció comprenderlo y abrió sus ojos castaños como platos—. ¡Brillante, no soy ningún tormentoso Radiante!
—Claro que no. Probablemente eres un escudero; creo que la mayoría de las órdenes los tenían. Tal vez termines convirtiéndote en algo más. Creo que Lexa estuvo años creando ilusiones de vez en cuando antes de pronunciar los juramentos. Pero lo tiene todo borroso en su mente. Yo tenía mi espada de muy joven y…
Respiró hondo. Por suerte, Velo no había tenido que vivir esos días.
Patrón zumbó en advertencia.
—Brillante —dijo Vathah—. Velo, ¿de verdad crees que yo…? —Tormentas, parecía a punto de echarse a llorar. Velo le dio unas palmaditas en el hombro.
—No podemos perder el tiempo. El culto me espera dentro de cuatro horas, y querrá un buen pago en comida. ¿Estarás bien?
—Claro, claro —dijo él. La ilusión por fin cayó y la imagen del propio Vathah tan emocionado fue incluso más impactante—. Puedo hacerlo. Vamos a robar a los ricos para dárselo a los locos.
