78. EL FESTEJO
Se ha formado una coalición entre los Radiantes eruditos. Nuestro objetivo es negar al enemigo su suministro de luz del vacío; esto impedirá sus transformaciones continuadas y nos otorgará ventaja en combate
Del cajón 30-20, segunda esmeralda
Velo se había expuesto.
El hecho la preocupó mientras su carro, cargado con el botín del robo, rodaba hacia el lugar de encuentro acordado con el culto. Velo iba reclinada en la parte de atrás, apoyada en un saco de grano y con los pies sobre un jamón curado envuelto en papel.
«Raudispren» era Velo, ya que era quien había distribuido la comida. Por tanto, para acceder a aquel festejo, tendría que ir como ella misma. El enemigo conocía su aspecto. ¿Debería haber creado una personalidad nueva, un rostro falso, para no exponer a Velo?
«Pero Velo ya es un rostro falso —argumentó una parte de ella—. Siempre puedes abandonarla.»
Estranguló esa parte de ella y la hundió en las profundidades. Velo era demasiado real, demasiado vital, para abandonarla. Sería más fácil dejar a Lexa. La primera luna ya había salido cuando llegaron a la escalera que subía a la plataforma de la Puerta Jurada. Vathah metió el carro y Velo bajó de un salto, con su abrigo ondeando alrededor. Había dos guardias vestidos de llamaspren, con flecos dorados y rojos. Sus complexiones musculosas y las dos lanzas que había apoyadas cerca de los escalones sugerían que esos hombres habían sido soldados antes de unirse al culto. Una mujer se afanaba entre ellos, con una máscara plana y blanca con agujeros para los ojos pero ningún otro rasgo. Velo entornó los ojos: la máscara le recordó a Iyatil, la maestra de Dante en los Sangre Espectral. Pero tenía una forma muy distinta.
—Se te dijo que vinieras sola, Raudispren —dijo la mujer.
—¿Esperabais que descargara todo esto yo sola? —Velo señaló el lecho del carro.
—Podemos ocuparnos nosotros —respondió la mujer al instante, acercándose mientras un guardia levantaba una antorcha, no una lámpara de esferas, y el otro bajó la rabera del carro—. Hum…
Velo se volvió de sopetón. Aquel «hum»…
Los guardias empezaron a descargar la comida.
—Podéis cogerlo todo menos los dos sacos marcados en rojo —dijo Velo, señalando—. Los necesito para hacer mi ronda con los pobres.
—No sabía que esto fuese una negociación —dijo la sectaria—. Esto lo pediste tú. Has estado susurrando por toda la ciudad que quieres unirte al festejo.
Obra de Sagaz, por lo visto. Tendría que agradecérselo.
—¿Por qué has venido? —preguntó la mujer en tono curioso—. ¿Qué es lo que quieres, Raudispren, llamada la heroína de los mercados?
—Es que… no dejo de oír una voz. Dice que esto es el final, que debería rendirme a él. Abrazar la era de los spren. —Giró la cabeza hacia la plataforma de la Puerta Jurada, de cuya superficie se alzaba un fulgor anaranjado—. Las respuestas están ahí arriba, ¿verdad?
Con el rabillo del ojo, vio que los tres se hacían gestos de asentimiento. Velo había superado algún tipo de prueba.
—Puedes ascender por los escalones a la iluminación —le dijo la sectaria de blanco—. Encontrarás a tu guía arriba.
Lanzó su sombrero a Vathah y lo miró a los ojos. Cuando terminaran de descargar, Vathah se llevaría el carro y esperaría a unas calles de distancia, desde donde pudiera ver el borde de la plataforma de la Puerta Jurada. Si Velo tenía problemas, se arrojaría desde lo alto, confiando en que su luz tormentosa la sanara después de la caída.
Subió la escalera.
A Raven solía gustarle la sensación que daba una ciudad después de una tormenta. Limpia y fresca, lavada de mugre y desperdicios. Había hecho la patrulla vespertina, comprobando que todo estuviera en orden en su recorrido tras la tempestad. Luego había subido a la muralla y esperaba a que el resto de su escuadra terminara de guardar el material. El sol acababa de ponerse y era hora de cenar. Mirando hacia abajo, distinguió edificios recién golpeados por el relámpago. Pasó revoloteando una bandada de vientospren corrompidos, dejando atrás estelas de intensa luz roja. Hasta el aire olía mal, por algún motivo. Tenía un hedor mohoso y húmedo. Syl se quedó sentada sobre su hombro en silencio hasta que Barba y los demás salieron en tropel a la escalera. Raven se incorporó a ellos y descendió hasta el barracón, donde los dos pelotones, el suyo y el que compartía el espacio con ellos, se congregaban para la cena. Unos veinte hombres del otro pelotón tendrían guardia en la muralla esa noche, pero todos los demás estaban allí. Al poco de llegar Raven, los dos capitanes de pelotón llamaron al orden a sus hombres. Raven formó filas entre Barba y Ved, y todos saludaron cuando Celeste entró por la puerta. Iba ataviada para la batalla, como siempre, con su peto, mallas y capa. Aquella noche había decidido pasar revista formal. Raven se mantuvo en posición de firmes con los demás mientras Celeste recorría sus filas y hacía comentarios en voz baja a los dos capitanes. Inspeccionó unas cuantas espadas y preguntó a algunos hombres si les faltaba alguna cosa. A Raven le daba la impresión de haber formado en hileras similares un centenar de veces, sudando y deseando que el general de turno lo encontrara todo a su gusto. Siempre era así. Celeste no estaba haciendo el tipo de revista con el que se pretendía encontrar problemas reales, sino dando una oportunidad para que los hombres se lucieran ante su alta mariscal. Todos inflaron los pechos cuando ella dijo que «podrían ser los mejores pelotones de soldados que había tenido el privilegio de comandar». Raven estaba segura de haber oído las mismas palabras exactas de boca de Amaram. Manidas o no, las palabras inspiraron a los hombres. Todos dedicaron vítores a la alta mariscal cuando esta les dio permiso para romper filas. Era muy posible que la cantidad de «mejores pelotones» del ejército subiera en tiempos de guerra, cuando todo el mundo anhelaba una moral alta. Raven se acercó a la mesa de los oficiales. No le había costado mucho que la invitaran a cenar con la alta mariscal. Noro tenía muchas ganas de que la ascendieran a teniente, y casi todos los demás estaban demasiado intimidados por Celeste para sentarse a su mesa. La alta mariscal colgó su capa y su extraña espada de un gancho. Se dejó los guantes puestos y, aunque Raven no le distinguía la forma del pecho por culpa del peto, su cara y su constitución eran evidentemente femeninas. Era alezi hasta la médula, con su tono de piel, su cabello y los ojos que relucían en naranja claro.
«Debió de pasar tiempo como mercenaria en el oeste», pensó Raven. Wallace le había dicho una vez que en el oeste las mujeres combatían, sobre todo en las unidades de mercenarios.
La comida era sencilla: cereal hervido al curry. Raven dio una cucharada, ya bien acostumbrada al regusto rancio que dejaba el grano moldeado. El curry lo mitigaba un poco, pero los cocineros habían usado el almidón del hervor para espesarlo y le había dejado el mismo sabor. La habían colocado lejos del centro de la mesa, donde Celeste conversaba con los dos capitanes de pelotón. Pasó algo de tiempo y uno de ellos se levantó para ir al excusado. Raven se lo pensó un momento, cogió su plato y recorrió la mesa para ocupar el lugar vacío.
Velo subió la plataforma y entró en lo que parecía un pequeño pueblo. Los monasterios de allí eran mucho más pequeños que los de las Llanuras Quebradas, aunque también tenían mucho mejor aspecto. Eran un grupo de hermosas estructuras de piedra, con techos inclinados y en forma de cuña, con las puntas hacia el Origen. En torno a las bases de casi todos los edificios crecía cortezapizarra ornamental, cultivada y tallada en formas arremolinadas. Velo tomó una Memoria para Lexa, pero se concentró en la luz de fuego que llegaba desde más adentro. No alcanzaba a ver el edificio de control por culpa de todas aquellas construcciones. Sí que veía el palacio a su izquierda, brillando en la noche con sus ventanas iluminadas. Estaba unido a la plataforma de la Puerta Jurada por un pasaje cubierto llamado el camino del sol. Un pequeño grupo de soldados, visibles solo como sombras en la penumbra, vigilaba el acceso. Cerca de ella, en la cima de la escalera, había un hombre rechoncho sentado en un montículo de cortezapizarra. Tenía el pelo corto y los ojos de color verde claro, y le dedicó una sonrisa afable.
—¡Bienvenida! Esta noche seré tu guía para tu primera vez en el festejo. Puede… desorientar un poco.
Velo cayó en la cuenta de que el hombre llevaba túnica de fervoroso, desgarrada y manchada por lo que parecía toda una variedad de alimentos.
—Todos los que vienen aquí renacen —dijo el hombre, levantándose de un salto—. Te llamabas… esto… —Sacó un papel del bolsillo—. ¿Dónde lo tenía apuntado? Bueno, supongo que da lo mismo. Ahora te llamas Kishi. ¿A que suena bien? Enhorabuena por haber llegado hasta aquí arriba. Es donde está toda la diversión de la ciudad.
Se metió las manos en los bolsillos, miró por una calle entre edificios y se le hundieron los hombros.
—Bueno, vayamos tirando —dijo—. Esta noche hay mucho festejo. Siempre hay tanto festejo…
—¿Y tú eres?
—¿Yo? Ah. Hum… Me llamaron Kharat, me parece. No sé, se me olvida. —Echó a andar sin esperar a ver si ella la seguía.
Velo lo hizo, ansiosa por llegar al centro. Sin embargo, al dejar atrás el primer edificio, llegó al jolgorio y tuvo que detenerse para contemplarlo. Había una alta hoguera ardiendo en el suelo, con llamas que chisporroteaban y daban latigazos al viento, bañando a Velo de calor. En su interior danzaban llamaspren corrompidos, de un vivo azul y aspecto más pinchudo. El corredor estaba jalonado por mesas repletas de comida. Carnes caramelizadas, pilas de pan ácimo azucarado, fruta y pastas. Pasaba todo tipo de gente por allí, que de vez en cuando cogía comida de las mesas con las manos. Se reían y daban voces. Muchos habían sido fervorosos, a juzgar por sus túnicas marrones. Otros eran ojos claros, aunque su ropa estaba… ¿en decadencia?
Parecía la palabra adecuada para aquellos trajes a los que les faltaban las chaquetas, aquellas havahs cuyas faldas estaban deshilachadas de rozar contra el suelo. Aquellas mangas para la mano segura arrancadas a la altura del hombro y tiradas en alguna parte. Se movían como un banco de peces, fluyendo de derecha a izquierda. Velo distinguió soldados, tanto ojos claros como oscuros, vestidos con restos de uniformes. No parecieron fijarse en ella ni en Kharat, que estaban apartados a un lado.
Tendría que internarse en aquel flujo de gente si quería llegar al edificio de control de la Puerta Jurada. Empezó a hacerlo, pero Kharat la cogió del brazo y tiró de ella para unirse a la procesión de personas.
—Tenemos que quedarnos en el anillo exterior —dijo—. No podemos entrar más adentro, no. Alégrate. Podrás… disfrutar del fin del mundo con estilo.
De mala gana, Velo permitió que el hombre tirara de ella. En todo caso, sería mejor hacer la ronda por la plataforma. Pero al poco de echar a andar, empezó a oír la voz.
Libérate.
Renuncia a tu dolor.
Festeja. Date el gusto.
Abraza el fin.
Patrón zumbó en su abrigo, con un sonido que se perdió entre el ruido de la multitud riendo y bebiendo. Kharat metió los dedos en algún tipo de postre cremoso y cogió un puñado. Tenía los ojos vidriosos y murmuró para sí mismo mientras se embutía la comida en la boca. Aunque había gente riendo e incluso bailando, la mayoría tenían su misma mirada perdida. Velo notaba las vibraciones de Patrón en su abrigo. Parecía estar contrarrestando las voces, despejándole la cabeza. Kharat le tendió una copa de vino que había cogido de una mesa. ¿Quién había preparado todo aquello? ¿Dónde estaban los sirvientes?
Había muchísima comida. Mesas y mesas a rebosar. La gente se movía dentro de los edificios junto a los que pasaban, dedicada a otras delicias carnales. Velo intentó cruzar la procesión de juerguistas, pero Kharat la tenía bien cogida.
—Todos quieren entrar hacia dentro la primera vez —dijo—. No está permitido. Disfruta de esto. Disfruta de la sensación. No es culpa nuestra, ¿verdad? Nosotros no le fallamos. Solo estábamos haciendo lo que ella nos pidió. No provoques una tormenta, chica. Eso no interesa a nadie.
Siguió aferrado al brazo de Velo, que no tuvo más remedio que esperar a que pasaran ante otro edificio y tirar de él hacia su interior.
—¿Vas a buscar un compañero? —preguntó él, adormecido—. Claro, eso sí que está permitido. Suponiendo que encuentres a alguien lo bastante sobrio para que le apetezca…
Entraron en el edificio, que en tiempos había sido un lugar de meditación compuesto por salas individuales. Tenía un fuerte olor a incienso, y en cada alcoba había un brasero para quemar plegarias. Las alcobas estaban ocupadas para experiencias de otro tipo.
—Solo quiero descansar un momento —dijo Velo a Kharat, mirando en una sala vacía. Tenía ventana. A lo mejor podía escabullirse por ahí—. Esto es muy abrumador.
—Ah. —Kharat miró hacia atrás, hacia el jolgorio que pasaba frente al edificio. Aún tenía la mano izquierda cubierta de dulce pasta.
Velo se metió en la cámara. Cuando Kharat intentó seguirla, le dijo:
—Necesito un momento a solas.
—Se supone que debo tenerte vigilada —dijo él, y le impidió que cerrara la puerta.
—Pues vigila —replicó ella, sentándose en el banco de la celda—. Desde lejos.
El hombre suspiró y se sentó en el suelo del pasillo.
«Y ahora, ¿que? Una cara nueva —pensó—. ¿Cómo me ha llamado?» Kishi. Significaba «misterio». Utilizó una Memoria que había dibujado esa mañana, la de una mujer del mercado. En su mente, Lexa añadió unos toques a la ropa. Una havah, deshilachada como las de las demás, y una mano segura expuesta. Bastaría. Deseó poder bosquejarla, pero sería suficiente sin hacerlo. Y ahora, ¿qué iba a hacer con su vigilante?
«Seguro que oye voces —pensó—. Puedo aprovecharlo.»
Apretó la mano contra Patrón y tejió sonido.
—Ve —susurró—. Colócate en la pared del pasillo de fuera, a su lado.
Patrón canturreó con suavidad en respuesta. Ella cerró los ojos y entreoyó las palabras que había tejido para que salieran susurradas cerca de Kharat.
Date el gusto.
Busca algo de beber.
Únete al festejo.
—¿Vas a quedarte sentada ahí dentro? —preguntó Kharat desde el pasillo.
—Sí.
—Voy a por algo de beber. No te marches.
—Bien.
El hombre se levantó y salió al trote. Para cuando regresó, ella había fijado una ilusión de Velo a un marco de rubí y lo había dejado allí dentro. Representaba a Velo descansando en el banco, con los ojos cerrados, roncando suavemente. Kishi se cruzó en el pasillo con Kharat, que seguía con los ojos vidriosos. Sin mirarla dos veces, volvió a sentarse en el pasillo con una gran copa de vino para vigilar a Velo. Kishi se sumó a los festejos de fuera. Un hombre dio una carcajada y le cogió la mano segura como para tirar de ella hacia una habitación. Kishi se libró de él y siguió desviándose hacia el interior, entre el flujo de gente. Aquel «anillo exterior» parecía rodear la plataforma entera de la Puerta Jurada. Los secretos aguardaban más hacia el centro. Nadie impidió el paso a Kishi cuando abandonó la procesión del anillo exterior y cruzó entre dos edificios, en dirección al interior.
Los demás abandonaron su charla ligera y la mesa de oficiales quedó en absoluto silencio cuando Raven se sentó enfrente de Celeste. La alta mariscal entrecruzó las manos enguantadas por delante de ella.
—¿Rav, te llamabas? —preguntó—. La ojos claros con marcas de esclava. ¿Está gustándote pertenecer a la Guardia de la Muralla?
—Es una fuerza bien dirigida, señora, y extrañamente acogedora con alguien como yo. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la pared de detrás de la alta mariscal—. Nunca había visto a nadie tratar una hoja esquirlada con tanto desinterés. ¿La cuelgas de un gancho y ya está?
En la mesa, todos miraban con la respiración contenida.
—No me preocupa demasiado que alguien pueda cogerla —dijo Celeste—. Confío en estos hombres.
—Sigue siendo extraordinario —dijo Raven—. Insensato, incluso.
Al otro lado de la mesa, a dos asientos de distancia de Celeste, el teniente Noro levantó las manos en silencio hacia Raven, suplicante. «¡No la fastidies, Rav!»
Pero Celeste sonrió.
—No he oído ninguna explicación de esa marca del shash, soldado.
—Porque yo no la he dado, señora —repuso Raven—. No tengo aprecio a los recuerdos que me valieron esa cicatriz.
—¿Cómo acabaste en esta ciudad? —preguntó Celeste—. Las tierras de Sadeas están lejos, al norte. Según los informes, hay varios ejércitos de Portadores del Vacío entre allí y aquí.
—Llegué volando. ¿Y tú, señora? No podías estar en la ciudad mucho antes de que empezara el asedio, porque nadie comenta nada de ti antes de eso. Dicen que apareciste justo cuando la guardia te necesitaba.
—Quizá ya estaba aquí, pero sin hacerme notar.
—¿Con esas cicatrices? Quizá no sean tan explícitas como las mías a la hora de hablar de peligro, pero sí que son memorables.
Los demás ocupantes de la mesa, tenientes y el capitán de pelotón, miraron boquiabiertos a Raven. Quizá estuviera apretando demasiado, comportándose muy por encima del lugar que le correspondía. Pero nunca se le había dado bien comportarse como le correspondía.
—Quizá no se debería cuestionar mi llegada —dijo Celeste—. Agradece que hubiera alguien aquí cuando la ciudad lo necesitaba.
—Ya lo agradezco —respondió Raven—. Tu reputación entre estos hombres habla bien de ti, Celeste, y las circunstancias extremas pueden excusar mucho. Pero en algún momento, tendrás que decir la verdad. Estos hombres merecen saber exactamente quién les da órdenes.
—¿Y qué hay de ti, Rav? —La alta mariscal tomó una cucharada de arroz con curry, comida de hombres que saboreó con fruición—. ¿No merecen conocer tu pasado? ¿No deberías decirles la verdad?
—Quizá.
—Te darás cuenta de que soy tu oficial al mando. Deberías responderme cuando te hago preguntas.
—Te he dado respuestas —dijo Raven—. Si no eran las que querías, tal vez sea porque tus preguntas no son muy buenas.
Noro dio un respingo audible.
—¿Y tú, Rav? No dejas de hacer insinuaciones. ¿Quieres respuestas? ¿Por qué no preguntas sin más?
Tormentas, tenía razón. Raven había estado evitando las cuestiones importantes. La miró a los ojos.
—¿Por qué no dejas mencionar a nadie que eres mujer, Celeste? Noro, no te desmayes o nos avergonzarás a todos.
El teniente dio un golpe con la frente contra la mesa y un leve gemido. El capitán, a quien Raven no había tratado apenas, tenía la cara roja.
—Ese jueguecito se les ocurrió a ellos —dijo Celeste—. Son alezi, así que necesitan una excusa para estar haciendo caso a una mujer que les da órdenes militares. Fingir que existe algún misterio les permite concentrarse en eso y no en su orgullo masculino. A mí me parece una bobada. —Se inclinó hacia delante—. Dime la verdad. ¿Has venido aquí persiguiéndome?
«¿Persiguiéndote?» Raven ladeó la cabeza.
Sonaban tambores cercanos.
A todos, Raven incluido, les costó un momento comprender lo que significaban. Entonces Raven y Celeste se levantaron de sus bancos casi al mismo tiempo.
—¡A las armas! —gritó Raven—. ¡Atacan la muralla!
El siguiente anillo hacia el interior de la plataforma de la Puerta Jurada estaba lleno de gente que se arrastraba. Kishi se quedó al borde, observando a una multitud de hombres y mujeres con ropas lujosas pero raídas reptando delante de ella, entre risitas, gimoteos y respingos. Cada uno parecía poseído por una emoción distinta, y todos miraban con expresiones enloquecidas. Le pareció reconocer a unos pocos por las descripciones de los ojos claros que habían desaparecido en palacio, aunque, dado su estado, era difícil estar segura. Una mujer de pelo largo que se arrastraba por el suelo miró hacia ella y sonrió con los dientes apretados y las encías sangrantes. Reptó, una mano tras otra, su havah hecha trizas, desteñida. La seguía un hombre con anillos que brillaban de luz tormentosa, en contraste con su ropa destrozada. Reía sin parar. La comida que había en las mesas de allí estaba descompuesta e infestada de putrispren. Kishi vaciló al borde del anillo. Debería haberse quedado en el anillo exterior: aquel no era su lugar. Detrás de ella había comida más que de sobra, risas y fiesta. Parecía tirar de ella, invitarla a unirse a la eterna y hermosa marcha. En aquel anillo, el tiempo no importaría. Podría olvidar a Lexa y lo que había hecho. Podría… rendirse…
Patrón zumbó. Velo ahogó un grito y dejó que Kishi se desgarrara de ella, derrumbando el tejido de luz. Tormentas. Tenía que alejarse de aquel lugar. Estaba haciendo cosas a su cerebro.
Cosas extrañas, incluso para ella.
«Todavía no.» Se arrebujó en el abrigo y esquivó a las personas que se arrastraban al cruzar la calle. No había hoguera que iluminara su camino, solo la luna en el cielo y la luz de las joyas que llevaba la gente.
Tormentas. ¿Dónde se habían metido todos durante la tormenta eterna? Los gemidos, los grititos y los balbuceos la persiguieron mientras cruzaba la calle y se internaba a toda prisa en un sendero oscuro entre dos monasterios, hacia el interior. Hacia el edificio de control, que debería estar justo delante.
Las voces de su cabeza se combinaron a partir de los susurros para componer una especie de ritmo insistente. Un latido de impresiones, seguido de una pausa, seguida de otra oleada. Casi como…
Pasó entre los edificios y salió a una plaza iluminada por la luna, teñida de violeta por Salas desde el cielo. En vez del edificio de control, encontró una masa gigantesca. Algo había cubierto la estructura por completo, igual que la Madre Medianoche había envuelto la columna de gema debajo de Urithiru. La masa oscura latía y palpitaba. De ella salían venas negras, gruesas como muslos, que se fundían con el suelo. Era un corazón.
Latía con un ritmo irregular, tum-tu-tu-tum en vez del habitual tu-tum de su propio corazón.
Ríndete.
Únete al festejo.
Lexa, escúchame.
Se sacudió. La última voz había sido distinta. Y ya la había oído antes, ¿verdad?
Miró a un lado y encontró su sombra en el suelo, señalando en la dirección contraria, hacia la luz de luna en vez de en sentido opuesto. La sombra subía por la pared, dotada de unos ojos que eran agujeros blancos que emitían un tenue brillo.
No soy tu enemigo. Pero el corazón es una trampa. Ten cuidado.
A lo lejos, empezaron a sonar tambores sobre la muralla. Los Portadores del Vacío estaban atacando. Todo junto amenazaba con sobrepasarla. El corazón palpitante, las extrañas procesiones en anillos a su alrededor, los tambores y el temor a que los Fusionados llegaran en su búsqueda porque se había revelado. Velo tomó el control. Había cumplido su objetivo, había explorado la zona y tenía información sobre la Puerta Jurada. Era el momento de marcharse. Se volvió y, con esfuerzo, volvió a ponerse el rostro de Kishi. Cruzó entre la gente que se arrastraba y gemía. Regresó al anillo exterior de juerguistas y lo atravesó también. No fue a ver qué hacía su guía. Llegó al borde de la plataforma de la Puerta Jurada y, sin mirar atrás, saltó.
