79. LOS ECOS DE UN TRUENO

Nuestra revelación se apoya en la teoría de que tal vez los Deshechos puedan capturarse igual que los spren normales. Requeriría una prisión especial. Y a Melishi.

Del cajón 30-20, tercera esmeralda

Raven subió corriendo la escalera junto a la alta mariscal

Celeste, mientras el sonido de los tambores quebraba el aire como los ecos de un trueno de la tormenta que acababa de pasar.

Contó los golpes.

«Tormentas. La que está bajo ataque es mi sección.»

—¡Condenación con esas criaturas! —murmuró Celeste—. Se me escapa algo. Como blanco sobre negro… —Echó una mirada a Raven—. Dímelo sin rodeos. ¿Quién eres?

—¿Quién eres tú?

Las dos salieron de la escalera al adarve de la muralla e irrumpieron en una escena caótica. Los soldados que estaban de servicio habían encendido las enormes lámparas de aceite que coronaban las torres para dar luz a las oscuras paredes. Los Fusionados daban pasadas entre ellos, dejando rastros de oscura luz violeta y atacando con largas lanzas ensangrentadas. Los hombres yacían chillando en el suelo o acurrucados de dos en dos, sosteniendo escudos en alto como si intentaran esconderse de las pesadillas que los sobrevolaban. Raven y Celeste cruzaron la mirada y se asintieron una a la otra. «Después.»

Ella corrió hacia la izquierda y Raven hacia la derecha, gritando a los hombres que formaran. Syl daba vueltas en torno a su cabeza, preocupada, ansiosa. Raven recogió un escudo del suelo y asió a un soldado por el brazo, le dio la vuelta y trabó su escudo contra el de ella. Una lanza cayó con fuerza contra el metal, dando un tañido y sacudiendo a Raven. El Portador del Vacío se alejó volando. Dolorida, Raven hizo caso omiso a los heridos que sangraban, rodeados de dolorspren corrompidos. Reunió a los restos dispersos del octavo pelotón mientras sus propios hombres se detenían de golpe, recién salidos de la escalera. Aquellos eran sus amigos, las personas con las que compartía acuartelamiento.

—¡A tu derecha y arriba! —gritó Syl.

Raven plantó los pies y usó el escudo para desviar la lanza de un Portador del Vacío que pasó en picado junto a ellos. Lo siguió una segunda Portadora, vestida con una larga falda de aleteante carmesí. La forma en que volaba era casi hipnótica… hasta que su lanza clavó al capitán Deedanor contra las almenas de la muralla y luego lo levantó del suelo y lo arrojó al exterior. El capitán chilló mientras se precipitaba hacia abajo. Raven estuvo a punto de romper filas y correr hacia él, pero se obligó por la fuerza a permanecer en su puesto. Por instinto, se abrió a la luz tormentosa que llevaba en la bolsa, pero se contuvo a tiempo. Usarla para hacer lanzamientos atraería a los chillones y, en aquella oscuridad, incluso absorber un poquito de luz revelaría su naturaleza de Radiante. Todos los Fusionados concentrarían en ella sus ataques y estaría arriesgándose a socavar la misión de salvar la

ciudad entera. Ese día, su mejor forma de proteger sería mediante la disciplina, el orden y el buen juicio.

—¡Escuadras uno y dos, conmigo! —vociferó—. Vardinar, llévate la cinco y la seis. Que tus hombres repartan picas y luego cojan arcos y suban al techo de la torre. Noro, sitúa las escuadras tres y cuatro en el adarve, justo al otro lado de la torre. Mis hombres resistirán a este lado. ¡Vamos, vamos!

Sin una sola protesta, los hombres se apresuraron a hacer lo que había dicho. Raven oyó gritos de la alta mariscal desde más lejos, pero no tuvo ocasión de ver cómo le iba. Mientras sus dos escuadras por fin terminaban de componer una muralla de escudos como debía ser, un cadáver humano se estrelló contra el adarve cerca de ellos. Lo habían soltado desde muy alto, o quizá se había agotado el lanzamiento que lo había enviado hacia el cielo. La mayoría de los heridos eran hombres del octavo pelotón; parecía que los habían barrido del techo de la torre.

«No podemos luchar contra esas cosas», pensó Raven. Los Portadores del Vacío atacaban en rápidos picados, llegando desde todas las direcciones. Era imposible mantener una formación normal contra ese tipo de asalto.

Syl cambió a la forma de una chica y la miró interrogativa. Raven negó con la cabeza. Podía luchar sin luz tormentosa. Había protegido a otros muchos antes de poder volar. Empezó a dar órdenes, pero un Fusionado pasó a toda velocidad azotando sus picas con un escudo enorme. Antes de que los hombres pudieran cambiar de orientación, otro se estampó contra el suelo en su mismo centro e hizo retroceder trastabillando a los soldados. Un brillo violeta humeó de la criatura mientras volteaba su lanza, blandiéndola como una gigantesca vara. Raven se agachó por instinto e intentó maniobrar con su pica. El Fusionado sonrió mientras la formación se desintegraba. Era varón y recordaba a un parshendi, con capas superpuestas de armadura quitinosa que le bajaban por la frente y se alzaban de unas mejillas jaspeadas en negro y rojo. Raven niveló su pica, pero la criatura se lanzó en paralelo a ella y apretó la mano contra el pecho de Raven. Al instante empezó a notarse más ligera, pero también que de pronto estaba cayendo hacia atrás.

La criatura le había aplicado un lanzamiento.

Raven cayó de espaldas, como si se precipitara desde una cornisa, recorriendo la muralla hacia un grupo de sus hombres. El Fusionado quería que Raven chocara contra ellos, pero había cometido un error.

El cielo le pertenecía a ella.

Respondió de inmediato al lanzamiento y se reorientó en un abrir y cerrar de ojos. «Abajo» pasó a ser la dirección hacia la que caía: a lo largo del adarve, hacia la torre del baluarte. A sus ojos, sus hombres parecían clavados a la pared de un precipicio mientras se volvían hacia ella, horrorizados.

Raven logró empujar contra la piedra con la punta de su pica, lo que la echó a un lado e hizo que pasara a toda velocidad junto a sus hombres en vez de dar contra ellos. Syl la alcanzó en forma de cinta y Raven rodó para caer con los pies por delante por la pasarela, hacia la torre de abajo. Ajustó su rumbo con la pica para caer justo por el hueco de la puerta abierta. Soltó el arma y se agarró al marco de la puerta al atravesarla. Se detuvo con una brusca sacudida y sus brazos protestaron de dolor, pero consiguió detener su caída. Tras balancearse y soltarse, cayó por la sala más allá de la mesa de comedor, que parecía adherida a la pared, y aterrizó en la pared opuesta, dentro del edificio. Fue caminando hasta la otra puerta, que daba al sector de muralla donde había apostado la escuadra de Noro. Barba y Ved empuñaban picas hacia el cielo, con aspecto inquieto.

—¡Raven! —exclamó Syl—. ¡Arriba!

Miró hacia el umbral por el que había entrado. El Portador del Vacío que la había lanzado llegaba a gran velocidad desde arriba, con una lanza en las manos. Trazó una curva para esquivar la torre, preparándose para rodearla y atacar a Barba y los demás hombres del otro lado. Raven gruñó y echó a correr por la pared interior de la torre, se izó para superar la mesa y se arrojó por una ventana. Topó contra el Portador del Vacío en el aire y apartó la lanza de la criatura a un lado.

—Deja. A. Mis hombres. ¡En paz!

Raven se aferró a la ropa del monstruo mientras se alzaban por los aires sobre la ciudad oscura, salpicada por la luz de esferas en ventanas o lámparas. El Portador del Vacío los lanzó más arriba, bajo la falsa suposición de que cuanto más ascendiera, más ventaja obtendría sobre Raven. Agarrándose fuerte con la mano izquierda contra los azotes del viento, Raven extendió el brazo derecho e invocó a Syl como un largo cuchillo. Apareció de inmediato, y Raven clavó la diminuta hoja esquirlada en el abdomen de la criatura. El Portador del Vacío hizo un sonido gutural y la miró con unos ojos rojos profundos y brillantes. Soltó la lanza y empezó a dar zarpazos a Raven mientras se hacía rodar en el aire, intentando expulsarlo.

«Pueden sobrevivir a las heridas —pensó Raven, apretando los dientes mientras la criatura intentaba agarrarle el cuello—, igual que los Radiantes. Esa luz del vacío los sustenta.»

Raven siguió sin permitirse absorber su propia luz tormentosa. Soportó los lanzamientos del Fusionado para hacerlos rodar en el cielo, mientras gritaba en un idioma que Raven no comprendía. Intentó mover el cuchillo esquirlado y cortar la columna vertebral de aquel ser. El arma tenía un filo increíble, pero de momento el apoyo y la desorientación eran factores más importantes. El Portador del Vacío gruñó y se lanzó hacia abajo, con Raven asida, en dirección a la muralla. Cayeron deprisa, sometidos a un lanzamiento doble o triple, rodando y chillando hacia el adarve.

¡Raven! Era la voz de Syl, en su mente. Siento algo… algo sobre su poder. Corta hacia arriba, hacia el corazón.

La ciudad, la batalla, el cielo… todo se hizo borroso. Raven empujó su hoja hacia el pecho de la criatura, haciendo fuerza hacia arriba, buscando…

El cuchillo esquirlado alcanzó algo duro y quebradizo.

Los ojos rojos del Fusionado se apagaron.

Raven se retorció para situar el cadáver entre ella y el adarve.

Golpearon con fuerza al caer, y Raven rebotó, salió despedida de encima del cuerpo y dio contra las piedras con un crujido. Gimió, viendo blanco por el dolor, y casi sin darse cuenta tomó un aliento de luz tormentosa para sanar el daño de la caída. La luz fluyó en su interior, soldando huesos, reparando órganos. Se agotó en un momento y Raven se impidió absorber más mientras se levantaba y sacudía la cabeza. El Portador del Vacío la miraba sin ver desde el suelo, detrás de ella. Estaba muerto.

Por delante, la otra Fusionada se batió en retirada, dejando atrás un herido y apaleado grupo de guardias. Raven avanzó a trompicones. Aquel sector de la muralla estaba desierto, salvo por los muertos y los moribundos. No reconoció a ninguno de ellos: había caído en el adarve a unos quince metros de la posición de su escuadra. Syl se posó en su hombro y le dio unas palmaditas en la mejilla. El muro estaba cubierto de dolorspren que reptaban en todas las direcciones, con la forma de manos sin piel.

«Esta ciudad está condenada —pensó Raven mientras se arrodillaba junto a un herido y preparaba un vendaje improvisado arrancando tela de una capa caída—. Tormentas. Puede que estemos todos condenados. No estamos ni de lejos preparados para luchar contra esas cosas.»

Parecía que la escuadra de Noro había sobrevivido, al menos. Llegaron corriendo adarve abajo y rodearon al Portador del Vacío que Raven había matado para clavarle las conteras de sus picas. Raven ató un torniquete y pasó a otro hombre, al que vendó la cabeza. Al poco tiempo, los cirujanos del ejército inundaron la muralla. Raven se apartó, ensangrentada pero más furiosa que exhausta. Se volvió hacia Noro, Barba y los demás, que se estaban acercando a ella.

—Has matado a uno —dijo Barba, palpándose el brazo en el que llevaba la glifoguarda vacía—. Tormentas, de verdad has matado a uno, Rav.

—¿Cuántos habéis derribado hasta ahora? —dijo Raven, cayendo en que no lo había preguntado nunca—. ¿Cuántos ha matado la Guardia de la Muralla en los asaltos de estas semanas?

Sus hombres se miraron entre ellos.

—Celeste ha ahuyentado a unos cuantos —dijo Noro—. Les da miedo su hoja esquirlada. Pero si preguntas por Portadores del Vacío muertos… este es el primero, Rav.

«Tormentas.» Y lo peor era que el que había matado renacería. A no ser que los Heraldos empezaran de nuevo a retenerlos, Raven jamás podría matar de verdad a un Fusionado.

—Tengo que hablar con Celeste —dijo, emprendiendo un paso firme—. Noro, informa.

—Ninguna baja, señora, aunque Vaceslv se ha llevado un tajo en el pecho. Está con los cirujanos y debería sobrevivir.

—Bien. Escuadra, conmigo.

Encontró a Celeste inspeccionando las bajas del octavo pelotón cerca de su torre de guardia. Tenía la capa quitada y la sostenía incómoda con una mano, envolviéndole el antebrazo y colgando de él. Su hoja esquirlada desenfundada relucía, larga y plateada. Raven fue hasta ella, la manga de su uniforme manchada con la oscura sangre del Portador del Vacío al que había matado. Celeste parecía agotada y señaló hacia fuera con su espada.

—Echa un vistazo.

El horizonte estaba iluminado. Luz de esferas. Millares y millares de ellas, muchas más de las que había visto en noches anteriores. Cubrían el territorio.

—Eso es el ejército enemigo al completo —dijo Celeste—. Apostaría mi roja vida a ello. De algún modo, han marchado a través de la tormenta de esta mañana. Ya no tardarán mucho. Tendrán que atacar antes de la próxima alta tormenta. Unos días, como mucho.

—Tengo que saber lo que está pasando aquí, Celeste —dijo Raven—. ¿Cómo estás alimentando a este ejército?

Celeste apretó los labios.

—Ha matado a uno, alta mariscal —susurró Barba desde detrás de Raven—. Tormentas, se ha cargado a uno. Se ha agarrado como si estuviera montando a caballo y ha volado con la muy cabrona por el cielo.

La mujer la evaluó con la mirada y Raven, de mala gana, invocó a Syl como hoja esquirlada. Los ojos de Noro se desorbitaron y Ved estuvo a punto de desmayarse, pero Barba se limitó a sonreír.

—He venido cumpliendo órdenes del rey Finn y el Espina Negra —dijo Raven, apoyándose la hoja-Syl en el hombro—. Mi misión es salvar Kholinar. Y va siendo hora de que empieces a hablar conmigo.

Celeste le sonrió.

—Acompáñame.