80. INCONSCIENTE

Ba-Ado-Mishram ha Conectado de algún modo con el pueblo parsh, como hizo en su momento Odium. Les proporciona luz del vacío e incita sus formas de poder. Nuestro equipo de asalto va a apresarla.

Del cajón 30-20, cuarta esmeralda

Grund no estaba en su lugar de siempre, en el rincón de la tienda derribada. El edificio no había soportado bien la tormenta eterna: el techo estaba incluso más combado y por la ventana había entrado una maraña de ramas de árbol que estaban esparcidas por el suelo. Velo frunció el ceño y llamó al chico. Después de escapar de la plataforma de la Puerta Jurada, había acudido al callejón donde la esperaba Vathah, según sus instrucciones. Había enviado a Vathah de vuelta para informar al rey, aunque seguramente debería haber ido ella en persona. Pero no había podido quitarse de encima la escalofriante inquietud de su periplo por el festejo. Volver a casa le habría dejado demasiado tiempo para pensar. Velo prefería estar en la calle, trabajando. Los monstruos y los Portadores del Vacío eran cosas que no se veía capaz de abarcar del todo, pero los niños hambrientos… acerca de eso sí que podía hacer algo. Había cogido los dos sacos de comida que le quedaban y había salido a ayudar a la gente de la ciudad. Si lograba encontrarla, claro.

—¿Grund? —repitió Velo, inclinándose más a través de la ventana.

En las ocasiones anteriores, siempre había estado despierto a esas horas. Quizá por fin se había ido a vivir a otro sitio, como todos los demás. O a lo mejor aún no había vuelto del refugio después de la tormenta eterna. Se volvió para marcharse, pero entonces Grund entró con paso inestable en la habitación. El pilluelo se metió la mano deforme en el bolsillo y la miró malcarado. Era raro. Solía parecer muy contento de verla llegar.

—¿Algo va mal? —preguntó.

—Nada —dijo él—. Creía que eras otra persona. —Compuso una sonrisa.

Velo sacó unos cuantos panes ácimos de su saco.

—Hoy no traigo mucho, me temo. Pero quería pasar por aquí de todas formas. La información que nos diste sobre ese libro nos fue muy útil.

El chico se lamió los labios y extendió las manos. Velo le lanzó el pan ácimo y Grund le dio un mordisco hambriento.

—¿Qué más necesitas?

—Nada ahora mismo —respondió Velo.

—Venga, seguro que puedo ayudarte en algo. Alguna cosa querrás, ¿no?

«Demasiado desesperado —pensó Velo—. ¿Qué se esconde bajo la superficie? ¿Qué he pasado por alto?»

—Le daré un par de vueltas —dijo—. Grund, ¿va todo bien?

—Claro. ¡Tranquila, todo va de maravilla! —Calló un momento—. A no ser que no deba ir bien.

Patrón dio un suave zumbido desde el abrigo de Velo, que estuvo de acuerdo con él.

—Pasaré dentro de unos días. Para entonces debería tener un buen botín.

Velo se levantó el sombrero a modo de despedida y volvió al mercado. Era tarde, pero seguía habiendo rezagados. Nadie quería estar solo en los días que seguían al paso de la tormenta eterna. Algunos miraban hacia la muralla, donde habían atacado aquellos Fusionados. Pero esas cosas sucedían casi a diario, por lo que tampoco provocaban demasiado revuelo. Velo llamaba más la atención de lo que habría querido. Se había expuesto a ellos, les había revelado su rostro.

—Grund dice mentiras, ¿verdad? —susurró Patrón.

—Sí. No estoy segura de por qué ni sobre qué.

Mientras cruzaba el mercado, se llevó la mano a la cara y la cambió con un movimiento de los dedos. Se quitó el sombrero, lo plegó y, con disimulo, le aplicó un tejido de luz para que pareciera un odre de agua. Eran todo pequeños cambios en los que nadie se fijaría. Metió el pelo dentro del abrigo, hizo que pareciera más corto y, por último, se lo abotonó y cambió la ropa de debajo. Cuando se quitó el abrigo y lo dobló, ya no era Velo, sino un guardia del mercado al que había dibujado antes. Con el fardo enrollado bajo el brazo, se quedó en una esquina y esperó por si pasaba alguien buscando a Velo. No vio a nadie, pero su entrenamiento con Ishnah para detectar seguidores aún no había sido muy exhaustivo. Regresó entre la multitud hasta la tienda donde vivía Grund. Esperó un momento cerca de la pared y luego se acercó poco a poco a la ventana, escuchando.

—Ya te dije que no teníamos que darle el libro —estaba diciendo una voz dentro.

—Esto es una miseria —dijo otra—. ¡Una miseria! ¿No has podido sacarle nada más?

Oyó un gruñido y un gimoteo. «Ese es Grund.» Velo maldijo entre dientes y rodó para mirar por la ventana. Había un grupo de matones masticando el pan ácimo que había llevado a Grund. El chico estaba tendido en el rincón, gimiendo con las manos en el abdomen. Velo sintió un fogonazo de ira y al momento bulleron furiaspren a su alrededor, charcos que salpicaban en rojo y naranja. Dio un grito a los hombres y corrió hacia la puerta. Los matones se dispersaron de inmediato, pero uno descargó un porrazo en la cabeza de Grund con un nauseabundo crujido. Cuando Velo llegó hasta Grund, los hombres habían desaparecido hacia el interior del edificio. Oyó cerrarse de golpe la puerta trasera. Patrón apareció en su mano como una hoja esquirlada, pero… ¡Padre Tormenta! No podía salir en su persecución y dejar allí al pobre chico.

Velo descartó a Patrón y se arrodilló, horrorizada por la sangre que salía por la herida en la cabeza de Grund. Era grave. El cráneo estaba roto y sangraba.

El chico parpadeó, abotargado.

—¿Ve… Velo?

—Tormentas, Grund —susurró. ¿Qué podía hacer?—. ¿Ayuda? ¡Socorro! ¡Hay un niño herido aquí dentro!

Grund dio un gemido y susurró algo. Velo se inclinó hacia él, sintiéndose inútil.

—Te… —susurró Grund—. Te odio.

—Tranquilo —dijo Velo—. Ya se han ido. Han… escapado. Te ayudaré.

Vendas. Cortó los faldones de la camisa con su cuchillo.

—Te odio —susurró Grund.

—Soy yo, Grund, no esos otros.

—¿Por qué no podías dejarme en paz? —susurró el chico—. Los han matado a todos. A mis amigos. Tai…

Velo apretó la tela contra la herida de la cabeza y Grund hizo una mueca. Tormentas.

—Calla. No hagas esfuerzos.

—Te odio —repitió él.

—Te he traído comida, Grund.

—Los trajiste a ellos —siseó el chico—. Ibas por ahí pavoneándote y regalando comida. ¿Creías que la gente no se daría cuenta? —Cerró los ojos—. Tenía que quedarme aquí todo el… día, esperándote. Mi vida se convirtió en esperarte. Si no estaba aquí cuando venías, o si intentaba esconder la comida, me pegaban.

—¿Desde cuando? —susurró ella, sintiendo flaquear su confianza.

—Desde el primer día, tormentosa mujer. Te… te odio. Los otros también. Todos… te odiamos.

Se quedó con él mientras su respiración se ralentizaba hasta interrumpirse. Entonces se apartó, con la tela ensangrentada en las manos. Velo podía soportarlo. Había visto la muerte. Así… así era la vida… en la calle… y…

Demasiado. Demasiado para un solo día.

Lexa parpadeó para sacar las lágrimas de las comisuras de los ojos. Patrón zumbó.

—Lexa —dijo—. El chico ha hablado de los otros. ¿Qué otros?

¡Tormentas! Se puso de pie al instante y salió corriendo a la noche, soltando el sombrero y el abrigo de Velo con las prisas.

Corrió hacia casa de Muri, la mujer que había sido costurera. Lexa cruzó el mercado a empujones hasta llegar al atestado edificio donde vivía. Pasó por la sala común y dio un suspiro de alivio al encontrar a Muri viva, en su minúscula habitación. La mujer estaba metiendo ropa en un saco tan deprisa como podía, y su hija mayor tenía en las manos otro parecido. Alzó la mirada, vio a Lexa (que conservaba el aspecto de Velo) y renegó para sus adentros.

—Eres tú. —Las arrugas de la frente y el mohín disgustado eran nuevos. Siempre se había mostrado muy agradable con ella.

—¿Ya lo sabes? —preguntó Lexa—. ¿Lo de Grund?

—¿Grund? —restalló Muri—. Lo único que sé es que los Agarrones están enfadados por algo. No pienso jugármela.

—¿Los Agarrones?

—Pero ¿cómo puedes ser tan inconsciente, mujer? La pandilla que domina esta zona tiene a matones observándonos a todos para la próxima vez que aparezcas. El que me vigila a mí se ha juntado con otro, han discutido en voz baja y se han largado. He oído mi nombre. Así que me marcho.

—Se quedaban con la comida que os traía, ¿verdad? ¡Tormentas, han matado a Grund!

Muri se quedó quieta y negó con la cabeza.

—Pobre chico. Ojalá hubiera sido a ti. —Soltó una maldición, recogió sus sacos y empujó a sus hijos hacia la sala común—. Teníamos que pasarnos el día aquí sentados, esperando a que llegaras con tu tormentoso saco de regalitos.

—Lo… lo siento.

Muri desapareció en la noche con sus hijos. Lexa los vio marchar, sintiéndose embotada. Hueca. Poco a poco, se hundió hasta el suelo de la abandonada habitación de Muri, sosteniendo todavía la tela con la sangre de Grund.