83. CARMESÍ DE ROMPER

Como los custodios oficiales de las gemas perfectas, los Nominadores de lo Otro hemos asumido la responsabilidad de proteger el rubí apodado la Lágrima de Honor. Que quede constancia.

Del cajón 20-10, circonita

Clarke Griffin se lavó la cara con agua fría y se secó con un paño. Acusaba el cansancio de llevar toda la noche preocupada por la ausencia de Lexa. Desde abajo, en la tienda en sí, llegaba el sonido de los demás dando pisotones mientras hacían los últimos preparativos para el asalto. Un asalto al palacio, que había sido su hogar durante muchos años. Inhaló una profunda bocanada. Algo estaba mal. Se afanó en comprobar el cuchillo de su cinturón, los vendajes de emergencia que llevaba en el bolsillo. Confirmó que llevaba la glifoguarda que había pedido a Lexa que le hiciera, «determinación», en el antebrazo. Y entonces, por fin comprendió qué era lo que lo molestaba.

Invocó su hoja esquirlada.

Tenía grueso el tercio de fuera, con un palmo de ancho, y el filo ondulado como las curvas de una anguila en movimiento. La teja roma tenía protuberancias cristalinas. No había vaina en la que pudiera enfundarse un arma como aquella, y ninguna espada mortal podía parecérsele sin resultar inutilizable por el peso. Una hoja esquirlada se reconocía al verla. Esa era la idea.

Clarke sostuvo la espada ante ella en el cuarto de baño, mirando su reflejo en el metal.

—No tengo el collar de mi madre —dijo—, ni ninguna otra tradición de las que antes seguía. En realidad, nunca me hicieron falta. Lo único que he necesitado siempre eres tú.

Respiró hondo.

—Supongo… que antes estabas viva. Los demás dicen que pueden oírte chillar cuando te tocan. Que estás muerta, pero de algún modo aún sientes dolor. Lo lamento. Sobre eso no puedo hacer nada, pero… gracias. Gracias por ayudarme todos estos años. Y si te sirve de algo, hoy voy a usarte para hacer algo bueno. Intentaré usarte siempre así.

Mientras descartaba la hoja, se sintió mejor. Por supuesto, llevaba otra arma: su cuchillo de cinto, largo y fino. Un arma pensada para apuñalar a hombres con armadura. Qué satisfactorio había sido clavárselo a Sadeas en el ojo. Aún no sabía si sentir vergüenza u orgullo. Suspiró, se miró en el espejo y tomó otra decisión rápida. Cuando bajó la escalera a la sala principal poco después, llevaba puesto su uniforme Griffin. Su piel añoraba la seda más suave y la forma en que le caía el traje hecho a medida, pero descubrió que caminaba más erguido con ese uniforme. A pesar de que una parte de ella, muy profunda, temía no ser digna ya de llevar los glifos de su padre. Saludó con la cabeza a Finn, que estaba hablando con la extraña mujer conocida como alta mariscal Celeste.

—Han obligado a retirarse a mis exploradores —estaba diciendo ella—, pero han visto suficiente, majestad. El ejército de los Portadores del Vacío está aquí de verdad, con todos sus efectivos. Atacarán hoy o mañana, sin la menor duda.

—Bueno —repuso Finn—, supongo que entiendo por qué hiciste lo que debías al tomar el control de la guardia. En conciencia, no puedo hacerte ahorcar por usurpadora. Bien hecho, alta mariscal.

—Esto… ¿Gracias?

Lexa, Raven, Cikatriz y Drehy estaban estudiando un plano del palacio. Tenían que memorizar su disposición. Por supuesto, Clarke y Finn ya se lo conocían. Lexa había decidido no cambiarse y seguía llevando la misma ropa blanca de antes. Sería más práctico que una falda en un asalto. Tormentas, había algo muy atractivo en una mujer vestida con pantalones y chaqueta. Finn dejó a Celeste para recibir informes de varios hombres de la Guardia de la Muralla. Lo saludaron unos pocos ojos claros que había cerca, los altos señores a los que él y Clarke se habían revelado la noche anterior. Lo único que habían tenido que hacer era apartarse de las esferas que alimentaban sus ilusiones para que volvieran a manifestarse sus auténticos rostros. Entre esos hombres había oportunistas, pero muchos eran leales. Habían aportado alrededor de un centenar de hombres armados. No eran tantos como los que había traído Raven de la Guardia de la Muralla, pero aun así Finn parecía orgulloso de su papel a la hora de reunirlos. Y con buen motivo. El rey y Clarke se reunieron con los Radiantes cerca de la puerta principal de la tienda. Finn hizo un gesto a los altos señores para que se acercaran y habló con firmeza.

—¿Lo tenéis todo claro? —preguntó.

—Atacar el palacio —dijo Raven—. Tomar el camino del sol, cruzar a la plataforma de la Puerta Jurada y defenderla mientras Lexa intenta expulsar al Deshecho como hizo en Urithiru. Luego activaremos la Puerta Jurada y traeremos tropas a Kholinar.

—El edificio de control está cubierto del todo por ese corazón negro, majestad —advirtió Lexa—. Y si ya no sé muy bien cómo ahuyenté a la Madre Medianoche, desde luego no estoy nada segura de poder hacer lo mismo aquí.

—Pero ¿estás dispuesta a intentarlo? —preguntó el rey.

—Sí. —Lexa respiró hondo. Clarke le dio un apretón tranquilizador en el hombro.

—Corredora del Viento —dijo el rey—, la misión que os encomiendo a ti y a tus hombres es poner a salvo a Aesudan y al heredero. Si la Puerta Jurada funciona, los evacuaremos por ahí. Si no, deberéis sacarlos volando de la ciudad.

Clarke miró a los altos señores, que parecían estar tomándoselo todo (la llegada de los Caballeros Radiantes, la decisión del rey de asaltar su propio palacio) con mucha tranquilidad. Sabía cómo debían de sentirse. Portadores del Vacío, tormenta eterna, spren corrompidos en la ciudad… Al final, uno dejaba de sorprenderse por las cosas que le pasaban.

—¿Estamos seguros de que la ruta por el camino del sol es la mejor? —preguntó Raven, señalando en el plano que sostenía Drehy. Movió el dedo desde la galería oriental del palacio, por el camino del sol y hasta la plataforma de la Puerta Jurada.

Clarke asintió.

—Es la mejor forma de llegar a la Puerta Jurada. Esos peldaños estrechos que suben por el exterior de la meseta serían mortíferos. Lo mejor que podemos hacer es llegar por la escalinata frontal de palacio, derribar las puertas con nuestras hojas esquirladas y abrirnos paso luchando por el vestíbulo hasta la galería oriental. Desde allí, podemos subir por la derecha hasta los aposentos del rey o seguir rectos por el camino del sol.

—No me hace gracia tener que combatir en este pasillo —dijo Raven—. Tenemos que dar por sentado que los Fusionados se unirán al combate en el bando de la Guardia de Palacio.

—Tal vez yo pueda distraerlos, si se presentan —dijo Lexa.

Raven gruñó y no protestó más. Veía lo mismo que Clarke. Aquella no iba a ser una lucha fácil, con tantos cuellos de botella aprovechables por los defensores. Pero ¿qué otra cosa podían hacer?

Los tambores habían empezado a sonar en la lejanía. Desde la muralla. Raven miró hacia allí.

—¿Otra incursión? —preguntó un alto señor.

—Peor —dijo Raven mientras, detrás de ellos, Celeste maldecía—. Esa señal indica que la ciudad está bajo ataque.

Celeste salió por la puerta principal de la sastrería, seguida por los demás. La mayoría de los seiscientos hombres congregados allí pertenecían a la Guardia de la Muralla y algunos cogieron lanzas y escudos y echaron a andar hacia el lejano muro.

—Manteneos firmes —ordenó Celeste en voz alta—. Majestad, el grueso de mis soldados está muriendo en la muralla, en una lucha desesperada. Yo estoy aquí porque Bendita por la Tormenta me ha convencido de que la única forma de ayudarlos es tomando ese palacio. Así que, si vamos a hacerlo, el momento es ahora.

—¡Marchemos, pues! —exclamó Finn—. Alta mariscal, brillantes señores, movilizad vuestras fuerzas. ¡Organizad las filas! ¡Marcharemos sobre el palacio a mi orden!

Clarke se volvió mientras varios Fusionados surcaban el cielo a lo largo de la lejana muralla. Potenciadores enemigos. Tormentas. Negó con la cabeza y corrió hacia Yokska y su marido. Habían observado todo aquello, la llegada de un ejército a la puerta de su casa y los preparativos de un asalto, con perplejidad.

—Si la ciudad resiste —les dijo Clarke—, no os pasará nada. Pero si cae… —Respiró hondo—. Los informes de otras ciudades sugieren que no habrá una masacre generalizada. Los Portadores del Vacío han venido a ocupar, no a exterminar. Aun así, os recomendaría que os preparéis para huir de la ciudad y partir hacia las Llanuras Quebradas.

—¿Las Llanuras Quebradas? —dijo Yokska, horrorizada—. Pero brillante señora, ¡está a cientos y cientos de kilómetros!

—Lo sé —dijo ella con una mueca—. Muchísimas gracias por acogernos. Haremos todo lo posible por impedir que ocurra.

Finn se acercó al tímido fervoroso que había llegado con Celeste. Había estado pintando glifoguardas a toda prisa para los soldados y casi dio un salto cuando Finn lo cogió del hombro y le puso un objeto en la mano.

—¿Qué es esto? —preguntó el fervoroso, inquieto.

—Es una vinculacaña —dijo Finn—. Media hora después de que mi ejército marche, debes contactar con Urithiru y avisarlos de que preparen sus fuerzas para trasladarse aquí por la Puerta Jurada.

—¡No puedo usar un fabrial! Los chillones…

—¡Valor! Puede que el enemigo esté demasiado concentrado en su ataque para reparar en ti. Pero incluso si lo hace, deberás asumir el riesgo. Nuestros ejércitos deben estar preparados. El destino de la ciudad podría depender de esto.

El fervoroso asintió, pálido.

Clarke se unió a la tropa, calmando sus nervios por la fuerza. Era solo otra batalla. Había participado en decenas, si no centenares, de ellas. Pero tormentas, estaba acostumbrada a los campos de piedra vacíos, no a las calles. Cerca de ella, un pequeño grupo de guardias charlaba en voz baja.

—No nos pasará nada —estaba diciendo uno de ellos. Era un hombre bajito y bien afeitado, aunque tenía los brazos muy peludos—. De veras, vi mi muerte allá arriba, en la muralla. Venía volando hacia mí, con la lanza apuntándome directa al corazón. Miré esos ojos rojos y me vi a mí mismo morir. Y entonces… apareció ella. Salió disparada de la ventana de la torre como una flecha y se estrelló contra el Portador del Vacío. Esa lanza estaba destinada a acabar con mi vida, y ella cambió el destino. Os juro que esa mujer brillaba cuando dio contra el monstruo.

«Estamos entrando en una era de dioses», pensó Clarke.

Finn alzó su hoja esquirlada y dio la orden. Marcharon por la ciudad, dejando atrás a refugiados ansiosos. Hileras de edificios con las puertas cerradas a cal y canto, como si se prepararan para una tormenta. Tras ellos, el palacio se alzaba ante el ejército como un bloque de obsidiana. Hasta las mismas piedras parecían haber cambiado de color. Clarke invocó su hoja esquirlada y verla pareció reconfortar a los hombres que la acompañaban. Su trayecto los había llevado hacia la parte septentrional de la ciudad, cerca de la muralla. Desde allí se veía a los Fusionados atacando a las tropas. Se empezaron a oír unos extraños golpes sordos, que Clarke interpretó como otro grupo de tambores hasta que asomó una cabeza por encima de la muralla, cerca de ellos.

¡Tormentas! Tenía una gigantesca cuña de piedra por cara, que le recordó a la de algún enorme conchagrande, pero sus ojos eran solo puntos rojos que brillaban desde el interior.

El monstruo se alzó apoyándose en un brazo. No parecía tan alto como la muralla de la ciudad, pero seguía siendo inmenso. Los Fusionados volaron a su alrededor mientras la criatura empezaba a dar manotazos por el adarve, desparramando a los defensores como si fuesen cremlinos, y descargaba un puñetazo contra una torre de guardia. Clarke cayó en la cuenta de que ella misma, junto a buena parte de sus fuerzas, se había detenido para contemplar aquella sobrecogedora visión. Cayeron cascotes a unas manzanas de distancia, que destrozaron las paredes de los edificios próximos e hicieron temblar el suelo.

—¡Seguid adelante! —ordenó Celeste—. ¡Tormentas! ¡Pretenden entrar y llegar a palacio antes que nosotros!

El monstruo destrozó la torre de guardia y, con un gesto distraído, arrojó un peñasco del tamaño de un caballo hacia ellos. Clarke lo miró boquiabierta, sintiéndose impotente mientras la roca caía inexorable hacia ella y los soldados.

Raven se elevó por los aires emanando luz.

Dio contra la piedra y rodó con ella, retorciéndose y girando en el aire. Su brillo disminuyó mucho.

El peñasco dio un bandazo. De algún modo, su impulso cambió y salió despedido de Raven como una piedrecita apartada de una mesa haciendo resbalar los dedos. Pasó por encima de la muralla y falló por poco al monstruo que la había arrojado. Clarke entreoyó a spren que empezaban a chillar, pero el ruido de la piedra al caer y los gritos de la gente en la calle ahogaron el sonido. Raven se recargó con la luz tormentosa que llevaba en su morral. Tenía asignada la mayoría de las gemas que habían llevado desde Urithiru, toda una fortuna procedente de la reserva de esmeraldas para ayudar en su misión de abrir la Puerta Jurada. Drehy se alzó en el aire a su lado, seguido de Cikatriz, que había lanzado a Lexa también hacia arriba. Clarke sabía que en la práctica era inmortal, pero aun así le resultaba raro verla allí, en el frente.

—¡Entretendremos a los Fusionados! —gritó Raven a Clarke, señalando a un grupo que volaba hacia ellos—. Y si podemos, tomaremos el camino del sol. ¡Entrad en el palacio y nos encontraremos en la galería oriental!

Se alejaron deprisa. El monstruo empezó a aporrear los portones de aquel sector de la muralla, a agrietar y astillar la madera.

—¡Avanzad! —bramó Celeste.

Clarke se lanzó a la carga, corriendo junto a Finn y Celeste. Llegaron a los terrenos de palacio y emprendieron la escalinata. En su cima, soldados con uniformes muy parecidos, negros y de un azul más oscuro pero Griffin de todos modos, se retiraron y cerraron las puertas del palacio.

—¡Guardia Real! —gritó Clarke, señalando a un grupo de hombres vestidos de rojo que habían designado como la guardia de honor de Finn—. ¡Vigilad los flancos del rey mientras corta! ¡No dejéis que el enemigo lo alcance cuando caiga la puerta!

Los hombres subieron la escalera en tropel y tomaron posiciones a lo largo del borde del pórtico. Iban armados con lanzas, aunque algunos de ellos eran ojos claros. Clarke, Celeste y Finn fueron a tres puertas distintas. Allí, un alero del tejado de palacio, sostenido por gruesas columnas, los escudaba de las piedras que estaba arrojando la criatura. Con los dientes rechinando, Clarke hundió su hoja en la rendija entre la recia puerta del palacio y la pared. Dio un rápido tajo hacia arriba que cortó tanto los goznes como la tranca que habían echado por dentro. Después de que otro tajo descendente por el otro lado liberase la puerta, retrocedió y se puso en guardia. La puerta cayó hacia dentro con estrépito. Al instante, los soldados enemigos del interior atacaron con sus lanzas, esperando alcanzar a Clarke. Retrocedió con agilidad, pero no se atrevió a atacar. Blandir una hoja esquirlada con una mano ya era todo un reto incluso cuando no tenía que preocuparse por herir a sus propios hombres. Se hizo a un lado y dejó que la Guardia de la Muralla atacara la puerta. Fue junto a un grupo de soldados que llegaban con el alto señor Urimil y cortó la pared, creando un acceso improvisado que los soldados abrieron empujando. Siguió recorriendo el largo pórtico y abrió otro agujero y luego un tercero. Al terminar, miró hacia Finn, que había cruzado su puerta derribada y ya estaba dentro del palacio. Blandió su hoja esquirlada a diestra y siniestra con una mano, sosteniendo el escudo en la otra. Abrió un pasillo entre los soldados enemigos después de haber matado a docenas de ellos.

«Cuidado, Finn —pensó Clarke—. Recuerda que no llevas armadura.» Clarke señaló hacia una escuadra de soldados.

—Reforzad la Guardia del Rey y cuidad de que no lo ahoguen. Si ocurre, gritad mi nombre.

Los hombres saludaron y Clarke retrocedió un paso. Celeste ya había cortado la puerta que le correspondía, pero su hoja esquirlada no era tan larga como las otras dos. Encabezaba un asalto más conservador, segando las puntas de las lanzas que iban saliendo hacia sus hombres. Mientras Clarke miraba, Celeste dio una estocada a un soldado enemigo que intentaba salir. Se sorprendió al ver que los ojos del hombre no ardían, aunque su piel se volvió de un extraño gris ceniciento mientras moría.

«Por la sangre de mis padres —pensó Clarke—. ¿Qué le pasa a su hoja?»

Incluso con tantos accesos abiertos, entrar en palacio fue un proceso lento. Los hombres del interior habían formado murallas de escudos en semicírculo, rodeando las entradas, y el combate era sobre todo de hombres clavándose lanzas cortas unos a otros. Varias escuadras de la Guardia de la Muralla llegaron con picas más largas para romper las filas de los defensores y preparar una embestida.

—¿Alguna vez habéis escudado a un portador de esquirlada? —preguntó Clarke a la escuadra más cercana.

—No, señora —respondió un hombre—. Pero sí hemos hecho el entrenamiento.

—Tendrá que bastar —dijo Clarke, y empuñó su hoja a dos manos—. Voy a entrar por ese hueco del centro. No os alejéis y evitad que me lanceen por los lados. Iré con cuidado de no daros a vosotros.

—¡Sí, señora! —exclamó el líder de la escuadra.

Clarke respiró hondo y se acercó a la abertura. El interior estaba erizado de lanzas, como la proverbial madriguera de un espinablanca. A una orden de Clarke, un soldado que estaba a su lado se encaró hacia sus hombres e hizo una cuenta atrás con una mano. Cuando bajó el último dedo, los hombres de la puerta se replegaron. Clarke entró a la carga en el vestíbulo de palacio, con suelo de mármol y altos techos abovedados. Las fuerzas enemigas atacaron con una docena de lanzas. Clarke bajó al suelo, llevándose un corte en el hombro, e hizo un barrido a dos manos que alcanzó a un grupo de soldados en las rodillas. Los hombres cayeron, sus piernas inutilizadas por la hoja esquirlada. Cuatro soldados lo siguieron al interior y alzaron los escudos a sus dos lados. Clarke atacó hacia delante, cercenando las puntas de lanzas y dando tajos a manos. Tormentas, los hombres contra los que luchaba eran demasiado silenciosos. Gritaban de dolor si los atravesaba o gruñían de cansancio, pero por lo demás parecían mudos, como si la oscuridad abotargara sus emociones. Clarke alzó su hoja por encima de la cabeza y adoptó la posición de la piedra. Descargó su hoja en tajos descendentes y precisos que hicieron caer a un hombre tras otro en una cuidadosa y controlada sucesión de golpes. Sus soldados le protegieron los flancos mientras el amplio alcance de la hoja esquirlada impedía los ataques desde delante.

Ardieron ojos. La línea de escudos flaqueó.

—¡Retroceded tres pasos! —gritó Clarke a sus hombres, y entonces cambió a la posición del viento y blandió su hoja hacia fuera en amplios y fluidos arcos.

Cuando la dominaban la pasión y la belleza de los duelos, a veces olvidaba lo aterradoras que eran las hojas esquirladas. Allí, mientras aniquilaba la vacilante hilera de soldados enemigos, era imposible no darse cuenta. Mató a ocho hombres en un momento y destruyó por completo la línea de defensa.

—¡Adelante! —gritó, señalando con la hoja.

Los hombres irrumpieron por el hueco de la pared y tomaron posiciones al principio del vestíbulo. A poca distancia se alzaba Finn, su fina hoja esquirlada reluciente mientras daba órdenes. Cayeron soldados, muriendo y maldiciendo: los verdaderos sonidos de una batalla. El precio del conflicto. El enemigo por fin cedió y se replegó al fondo del vestíbulo, demasiado extenso para defenderlo, hacia el pasillo más estrecho que llevaba a la galería oriental.

—¡Sacad a los heridos! —ordenó Celeste mientras entraba—. Séptima compañía, defended ese extremo del vestíbulo e impedid que vuelvan por ahí. Tercera compañía, barred las alas y aseguraos

de que no haya sorpresas.

Clarke se fijó en que Celeste se había quitado la capa y la llevaba cubriéndole el brazo izquierdo. Nunca había visto nada igual. Quizá la alta mariscal estuviera acostumbrada a luchar con armadura esquirlada. Clarke bebió un poco de agua y dejó que un cirujano le vendara el corte superficial que se había hecho. Aunque las profundidades del palacio daban sensación de cavernosas, aquel vestíbulo era toda una gloria. Paredes de mármol, pulido y reflectante. Grandiosas escalinatas y una alfombra de vivo color rojo en el centro. Una vez la había quemado de niña, jugando con una vela. Con el corte vendado, se unió a Celeste, Finn y varios altos señores, que estudiaban el ancho pasillo que llevaba a la galería oriental. El enemigo había formado allí una excelente muralla de escudos. Se mantenían bien firmes y había una segunda fila de hombres con ballestas preparadas.

—Eso va a ser carmesí de romper —dijo Celeste—. Tendremos que luchar por cada centímetro.

Fuera, los golpes contra el portón de la muralla cesaron.

—Han entrado —supuso Clarke—. Esa brecha no está muy lejos de aquí.

El alto señor Shaday gruñó.

—¿Es posible que nuestros enemigos se enfrenten entre ellos? ¿Podemos esperar que los Portadores del Vacío y la Guardia de Palacio luchen unos contra otros?

—No —dijo Finn—. Las fuerzas que oscurecieron el palacio pertenecen al enemigo, que se apresura a abrirse paso hasta nosotros. Saben el peligro que representa la Puerta Jurada.

—Estoy de acuerdo —dijo Clarke—. Este palacio no tardará en hervir de tropas parshmenias.

—Reunid a vuestros hombres —ordenó Finn al grupo—. Celeste tiene el mando del asalto. Alta mariscal, es necesario que despejes este pasillo.

Un alto señor miró a la mujer y carraspeó, pero decidió guardar silencio. Adusta, Celeste ordenó a sus hombres que usaran los arcos cortos para ablandar al enemigo. Pero la muralla de escudos estaba pensada para resistir las flechas, por lo que Celeste dio la orden y sus soldados avanzaron hacia el enemigo fortificado. Clarke apartó la mirada mientras el pasillo se convertía en una picadora de carne y las saetas de ballesta derribaban hombres en andanadas. La Guardia de la Muralla también llevaba escudos, pero ellos tenían que arriesgarse a avanzar y las ballestas tenían pegada. Nunca se le había dado bien esa parte de la batalla. Tormentas, quería estar al frente, liderando la carga. Su parte racional sabía que sería una estupidez. No había que arriesgar a los portadores de esquirlada en avances como aquel, no a menos que llevaran armadura.

—Majestad —dijo a Finn un oficial que acababa de entrar—. Hemos encontrado algo raro.

Finn hizo un gesto con la cabeza para que se encargara Clarke, que, agradecida por la distracción, corrió hacia el hombre.

—¿Qué ocurre?

—La guarnición del palacio tiene la puerta cerrada —dijo el oficial—. Está modificada para cerrarse desde fuera.

Qué curioso. Clarke siguió al soldado, dejando atrás un improvisado puesto de triaje en el que había dos cirujanos arrodillados entre dolorspren, atendiendo a los heridos en el asalto inicial. Tendrían mucho más trabajo cuando terminara el avance por el pasillo. Al oeste del vestíbulo estaba la plaza fuerte de la guarnición de palacio, un enorme acuartelamiento. Había un grupo de hombres de Celeste estudiando la puerta, que en efecto estaba cerrada desde fuera con una barra metálica. A juzgar por la madera astillada, lo que fuese que había dentro había intentado escapar.

—Abridla —dijo Clarke, invocando su hoja esquirlada.

Con cautela, los soldados retiraron la barra y apartaron despacio la puerta, uno de ellos sosteniendo unas esferas para iluminar. Dentro no hallaron monstruos, sino un grupo de hombres sucios con uniformes de la Guardia de Palacio. Se habían congregado al oír el alboroto y, cuando vieron a Clarke, algunos de ellos cayeron de rodillas y prorrumpieron en aliviadas alabanzas al Todopoderoso.

—¿Alteza? —dijo un alezi joven con nudos de capitán en el hombro—. Oh, princesa Clarke. Sí que eres tú. ¿O es esto… algún engaño cruel?

—Soy yo —repuso Clarke—. ¿Sidin? ¡Tormentas! No te había reconocido con esa barba. ¿Qué ha pasado?

—¡Señora! A la reina le ocurre algo. Primero mató a aquella fervorosa, y luego ejecutó al brillante señor Kaves… —Inhaló una profunda bocanada—. Somos traidores, señora.

—Hizo purga en la guardia, señora —añadió otro hombre—. Nos encerró aquí porque nos negamos a obedecer. Prácticamente se olvidó de nosotros.

Clarke dio un suspiro de alivio. Que la guardia entera no hubiera seguido la corriente a la reina… bueno, le quitaba un peso de los hombros, un peso que no había sido consciente de estar cargando.

—Vamos a recuperar el palacio —dijo—. Sidin, lleva a tus hombres con los cirujanos de la entrada principal. Que os echen un vistazo, que os den agua y que oigan vuestros informes.

—¡Señora! —exclamó Sidin—. Si estáis asaltando el palacio, queremos participar.

Muchos de los demás asintieron.

—¿Participar? ¡Pero si lleváis semanas encerrados aquí! No esperaría que estuvierais en condiciones de combatir.

—¿Semanas? —se sorprendió Sidin—. No pueden haber sido más que unos días, brillante señora. —Se rascó una barba que contradecía su afirmación—. Solo hemos comido… ¿cuántas, tres veces desde que nos metieron aquí?

Algunos otros hombres asintieron de nuevo.

—Llevadlos con los cirujanos —ordenó Clarke a los exploradores que habían ido a buscarlo—. Pero traed lanzas a los que afirmen tener fuerzas para empuñarlas. Sidin, tus hombres serán la reserva. No hagáis demasiados esfuerzos.

Volviendo por el vestíbulo, Clarke pasó junto a un cirujano que trabajaba en un hombre vestido con el uniforme de la Guardia de Palacio. A los cirujanos no les importaba que un hombre fuese aliado o enemigo: ayudaban a cualquiera que necesitase su atención. Estaba bien, pero aquel hombre miraba hacia arriba con los ojos vidriosos y no chillaba ni gemía como debería hacer un herido. Solo susurraba entre dientes.

«A este también lo conozco —pensó Clarke, y se esforzó por recordar su nombre—. ¿Dod? Eso es. O al menos, así lo llamábamos.»

Informó al rey de lo que había encontrado. Por delante, los hombres de Celeste estaban lanzando una última carga para reclamar el pasillo. Habían dejado a decenas de moribundos, que manchaban la alfombra de un rojo más oscuro. Clarke tuvo la nítida sensación de entreoír algo. Entre el estruendo de la lucha, entre los gritos de los hombres que resonaban contra las paredes. Una voz queda que, de algún modo, penetraba en su alma.

Pasión. Dulce pasión.

La Guardia de Palacio por fin renunció al corredor y se retiró a los anchos portones del fondo. Por ellos se llegaba a la galería oriental. Los portones no eran muy defendibles, pero era evidente que el enemigo estaba intentando ganar tanto tiempo como pudiera. Había soldados retirando cadáveres del pasillo, preparando el terreno para que Clarke y Finn derribaran los portones. Sin embargo, la madera empezó a sacudirse antes de que Clarke pudiera atacarla. Retrocedió, presentando su hoja en la posición del viento por instinto, listo para blandirla contra lo que cruzara las puertas. Se abrieron, revelando una figura brillante.

—Padre Tormenta —susurró Clarke.

Raven resplandecía con un poderoso fulgor, sus ojos sendos faros azules, liberando luz tormentosa. Empuñaba una brillante lanza metálica que mediría perfectamente tres metros y medio de largo. Detrás de ella, Cikatriz y Drehy también destellaban, con un aspecto muy distinto a de los afables hombres del puente que habían protegido a Clarke en las Llanuras Quebradas.

—La galería está despejada —dijo Raven, entre volutas de luz tormentosa que salían de sus labios—. La fuerza enemiga que habéis ahuyentado ha escapado escalera arriba. Majestad, recomiendo que apostes a hombres de Celeste en el camino del sol para defenderlo.

Clarke entró en la galería oriental seguida por una horda de soldados, mientras Celeste daba órdenes a viva voz. Al fondo estaba el principio del camino del sol, un pasaje con los lados abiertos. Al llegar a ella, Clarke se sorprendió de encontrar no solo cadáveres de guardias, sino también tres cuerpos que destacaban, vestidos de azul. Eran Raven, Cikatriz y Drehy. ¿Ilusiones?

—Ha funcionado mejor que luchar contra ellos —dijo Lexa mientras llegaba junto a ella—. Los voladores están ocupados con la lucha en la muralla, así que se han marchado en el momento en que han creído que caían los hombres del puente.

—Antes hemos hecho retroceder a otra unidad de la Guardia de Palacio hasta el monasterio —dijo Raven, señalando—. Hará falta un ejército para hacerlos salir.

Celeste miró a Finn, que asintió, de modo que la alta mariscal empezó a dar las órdenes pertinentes. Lexa hizo chasquear la lengua y apretó un dedo contra el hombro vendado de Clarke, pero ella le aseguró que no era nada grave. El rey cruzó la galería a zancadas y miró hacia la cima de la amplia escalera.

—¿Majestad? —dijo Raven.

—Voy a encabezar una fuerza por aquí hacia los aposentos reales —afirmó Finn—. Hay que averiguar qué le ocurrió a Aesudan, qué le ha pasado a toda la tormentosa ciudad.

El brillo se apagó en los ojos de Raven, su luz tormentosa casi agotada. La ropa pareció pender más de su cuerpo y sus pies se asentaron con mayor firmeza en el suelo. De pronto volvió a parecer una mujer, cosa que Clarke halló tranquilizadora.

—Iré con él —susurró Raven a Clarke, entregándole el morral de esmeraldas después de escoger dos que brillaban para quedárselas—. Quédate con Cikatriz y Drehy y lleva a Lexa hasta el Deshecho.

—Suena bien —dijo Clarke.

Escogió a soldados para que acompañaran al rey, un pelotón de la Guardia de la Muralla y un puñado de los hombres que habían aportado los altos señores. Y después de pensarlo un momento, añadió a Sidin y a la mitad de los soldados que habían estado presos en palacio.

—Estos hombres se negaron a cumplir las órdenes de la reina —dijo Clarke a Finn, señalando a Sidin con la barbilla—. Parecen haberse resistido a la influencia de lo que sea que está pasando aquí, y conocerán el palacio mejor que la Guardia de la Muralla.

—Excelente —dijo Finn, y empezó a subir la escalera—. No nos esperéis. Si la brillante Wood cumple su cometido, volved directos a Urithiru y traed nuestros ejércitos.

Clarke asintió e hizo un rápido saludo a Raven, juntando las muñecas con los puños cerrados. El saludo del Puente Cuatro.

—Suerte, muchacha del puente.

Raven sonrió y su lanza plateada desapareció mientras le devolvía el saludo para luego correr tras el rey. Clarke volvió al trote con Lexa, que acababa de llegar al camino del sol. Celeste lo había tomado con sus soldados, pero no había salido a la plataforma de la Puerta Jurada por el otro extremo. Clarke apoyó la mano en el hombro de Lexa.

—Están aquí —susurró ella—. Esta vez son dos. Clarke, anoche… tuve que escapar. El festejo se me estaba colando en la cabeza.

—También lo he oído —dijo ella, volviendo a invocar su hoja esquirlada—. Lo afrontaremos juntas, igual que en Urithiru.

Lexa respiró hondo e invocó a Patrón como hoja esquirlada. Sostuvo el arma por delante en una postura común.

—Buena forma —dijo Clarke.

—Tuve una buena maestra.

Avanzaron por el camino del sol, entre soldados enemigos caídos… y un Fusionado muerto, clavado a una grieta en la roca por lo que parecía ser su propia lanza. Lexa se detuvo junto al cadáver, pero Clarke tiró de ella hasta que llegaron al monasterio en sí. Los soldados de Celeste avanzaron cuando Clarke se lo ordenó y se enfrentaron a los guardias de palacio para abrir un camino seguro hacia el centro. Mientras esperaba, Clarke se acercó al borde de la meseta y contempló la ciudad. Su hogar.

Estaba cayendo.

El portón más cercano estaba destruido por completo, permitiendo el paso fluido de parshmenios que avanzaban en dirección al palacio. Otros habían tomado la muralla gracias a cuadrillas con escaleras y se internaban en la ciudad desde varios puntos más, entre ellos uno cercano a los jardines de palacio. La gigantesca monstruosidad de piedra recorría la muralla por su interior, alzando los brazos y golpeando las torres de guardia con las manos abiertas. Un grupo numeroso, vestido con varios disfraces, había bajado por la avenida Talan, en paralelo a una hoja del viento.

¿Sería el Culto de los Momentos? Clarke no podía estar segura del papel que habían desempeñado, pero había parshmenios entrando en la ciudad en tropel también por aquella dirección.

«Podemos solucionarlo —pensó Clarke—. Podemos traer nuestros ejércitos, tomar la colina del palacio y apretar hacia las murallas.» Tenían a docenas de portadores de esquirlada. Tenían el Puente Cuatro y a otros potenciadores. Podían salvar la ciudad. Solo había que traerlos.

Al poco tiempo, Celeste se acercó con un pelotón de treinta hombres.

—Hemos despejado un camino hacia dentro, pero aún hay tropas enemigas defendiendo el mismo centro. He enviado hombres a batir los edificios cercanos. Parece que la gente que mencionabas, los que estaban festejando anoche, duermen dentro. No se mueven ni zarandeándolos.

Clarke asintió y encabezó la marcha hacia el centro de la plataforma, seguido por Lexa y Celeste. Pasaron junto a líneas de soldados de Celeste, que defendían las calles. Tardó poco en ver la fuerza enemiga principal, agrupada entre dos edificios del monasterio para cortarles el paso hacia el edificio de control de la Puerta Jurada. Azuzado por los apuros que pasaba Kholinar, Clarke se puso al frente, embistió al enemigo y empezó a hacer que ardieran ojos con su hoja esquirlada. Atravesó su línea, aunque un rezagado estuvo a punto de asestarle un golpe afortunado. Por suerte, Cikatriz pareció aparecer de la nada, detuvo el ataque con su escudo y clavó una lanza en el pecho del guardia.

—¿Cuántas te debo ya? —preguntó Clarke.

—Jamás se me ocurriría llevar la cuenta, brillante señora —respondió Cikatriz, sonriendo de oreja a oreja entre las volutas de luz tormentosa que escapaban de sus labios.

Drehy se unió a ellos y dieron caza a las desorganizadas tropas enemigas más allá de la Capilla del Rey, hasta llegar por fin al edificio de control. Clarke siempre lo había conocido como el Círculo de Memorias, una parte más del monasterio. Como les había advertido Lexa, el edificio estaba cubierto por una masa oscura que latía, como un corazón de puro color negro. De él salían oscuras venas como raíces, que palpitaban al ritmo del corazón.

—Tormentas —susurró Drehy.

—Muy bien —dijo Lexa, caminando hacia el edificio—. Proteged la zona. Veré qué puedo hacer.