Robotech y sus personajes son propiedad de Harmony Gold.


-Los dejaré un momento a solas- dijo el médico, saliendo de la habitación y cerrando la puerta.

-¿Cómo te encuentras?- preguntó Lisa a Karl, mientras le acariciaba los cabellos con dulzura.

-La cabeza me da vueltas aún y el brazo ha dejado de dolerme por los calmantes... pero supongo que bien- respondió

-Fuiste muy valiente, Karl.

-Intuyo que continuarás con un "pero"...

Lisa lo miró, sonriendo levemente, Y Karl resopló.

-Derribé a esos malditos ¿no es suficiente? Uno de ellos habría matado a la mismísima Lynn Minmay y a cientos de sus fans si no lo hubiera detenido...

-Y recibirás una medalla por eso,- lo interrumpió Lisa -pero también desobedeciste una orden...

Karl meneó la cabeza y siguió escuchándola, pero sin mirarla.

-No me hagas repetirte algo obvio. Cumplir órdenes, por absurdas que sean, es nuestro deber como soldados. ¡Imagina si algo hubiera salido mal, si hubieras matado a algún civil por error, o...

-Pero salió todo bien.

-Esta vez... pero te arriesgarse demasiado. Actuaste por impulso y eso no puede pasarle a un militar. Tienes que controlar tu emociones en el campo de batalla, no importa lo difícil que sea.

Los ojos de Karl, que continuaban clavados en el suelo, empezaron a llenarse de lágrimas. Lisa lo advirtió y de inmediato lo abrazó.

-¿Van a castigarme?

-Supongo que tendrás una sanción leve... no pueden hacer como si nada hubiera pasado, pero tampoco pasarán por alto tu heroísmo. Lo siento.

Karl asintió, todavía mirando hacia abajo. Lisa le acarició los cabellos suavemente y así permanecieron un rato, hasta que finalizó el descanso de la oficial.

-Lo siento Karl, tengo que volver a la base. ¿Estarás bien?

-Sí cariño, ve tranquila.

Lo besó suavemente en los labios y se dirigió a la salida, pero se detuvo al sentir una leve punzada en la cabeza y se llevó una mano al entrecejo.

-¿Está bien oficial?- le preguntó un hombre de bata blanca y gafas.

-Sí, gracias, sólo estoy un poco cansada- respondió ella.

-No es para menos, últimamente está bajo mucho estrés- añadió y, al ver el gesto confuso de ella, le tendió una mano para presentarse: -Soy Ron Philips, terapeuta del señor Riber.

-Encantada- dijo ella estrechando la mano ofrecida, y agregó: -¿Cómo está Karl? ¿Hay algo que yo necesite saber?

-Su prometido responde positivamente a la terapia pero su evolución es lenta, algo normal teniendo en cuenta la gravedad y la duración de su situación en Marte.

-Bien... eso creo. ¿Qué puedo hacer para ayudarlo?

-Ni más ni menos que lo que está haciendo, señorita Hayes. Contenerlo desde lo afectivo.

Ella asintió con una sonrisa amarga y Philips adivinó sus pensamientos, así que continuó:

-Puede parecerle poco, pero no lo es. Usted es su prometida, no su enfermera. Karl ya tiene un equipo médico que vela por su salud.

-Lo sé... pero a veces pienso en que él necesita un poco más y yo no puedo dárselo. Si yo fuera la típica esposa que lo espera en casa con la cena y lo ayuda a desahogarse... pero yo trabajo mucho, a veces más que él y también necesito mis horas de descanso y...

-Y está perfecto que así sea- la interrumpió Philips -usted tiene una vida también, y no tiene que descuidarla en pos de su pareja. Cuidar de un ser querido es algo que hacemos porque nos sale del corazón, pero nunca debe ser una exigencia que nos sobrepase.

Lisa lo miraba pensativa, como si nunca se hubiera detenido a pensar en aquello.

-Mi intención no es entrometerme en su vida, oficial- continuó Philips -pero creo que debo recordarle que su bienestar también es importante. No anteponga su felicidad ante nadie, es un precio muy alto a pagar, y tampoco es buena su lástima para quien la recibe.

-¿Qué está queriendo decirme?- preguntó Lisa cuando empezó a sentir que la conversación iba demasiado lejos.

-Nada en particular, sólo estoy dándole un ejemplo. Pero no le quito más tiempo, señorita Hayes. Voy a darle, eso sí, el número de mi colega- dijo al tiempo que le tendía una tarjeta color gris claro -Tal vez un día necesite hablar con alguien, y yo no puedo tratarla porque ya trato a su pareja.

Lisa agradeció la tarjeta y se despidió del psicólogo. Camino a la base, intentó dirigir sus pensamientos de vuelta al trabajo. ¿Qué habría ocurrido tan importante para que el capitán Global convocara una reunión secreta de emergencia?

Al llegar se desconcertó aún más. En la enorme sala de conferencias sólo estaban el Capitán y los dos coroneles que le sucedían en la cadena de mando, y en el centro tres sillas vacías que parecían destinadas a personas que llegarían de un momento a otro. Luego de las formalidades, Global le indicó que tomara asiento frente a ellos.

-¿Cuál es el motivo de la reunión?- quiso saber Lisa.

-Se lo explicaremos cuando lleguen los demás- le respondió el capitán.

Sintió un cosquilleo en la nuca ante la respuesta, adivinando de quiénes se trataba. Y en efecto, unos minutos más tarde, la puerta se abrió para dar paso a Max y a Rick. Lisa los saludó con profesionalidad, pero sintio una ola de calor en su rostro cuando cruzó su mirada con la de Rick; seguro se estaba sonrojando, y se odiaba por eso. Ya se habían estado comunicando por el Tac Net, pero esto era totalmente distinto. Era la primera vez que se veían frente a frente después de la fiesta de Minmay, y habiendo tan poca gente al rededor, era sumamente incómodo.

-Los hemos traído para debatir un asunto muy serio.- comenzó Global, interrumpiendo las cavilaciones de Lisa -Se trata de un pedido de asilo.

-¿Y qué tenemos que ver nosotros?- preguntó Rick, confundido

-Ustedes son las primeras personas que han establecido contacto con ellos- respondió Global, al tiempo que hacía una seña a un asistente para que abriera la puerta.

Lisa, Max y Rick lo comprendieron cuando vieron ingresar a tres zentraedis con tamaño humano, y reconocieron sus rostros. Los habían visto en la nave enemiga cuando habían sido prisioneros de Dolza.

-¡No puede ser!- exclamó Rick

-¿Qué los trajo aquí?- preguntó Max, incrédulo.

-Al principio vinimos como espías- respondió el zentraedi más fornido- pero ahora queremos quedarnos aquí. Nos encanta cómo viven ustedes.

-Tienen uniformes bonitos, objetos divertidos, música, y viven mezclados hombres y mujeres- añadió otro de los refugiados, enumerando todos los puntos que citaba con los dedos de su mano.

-Pero ¿Acaso no somos sus enemigos? De verdad piensan desertar de su ejército, abandonar a su gente y luchar de nuestro lado?- preguntó Lisa.

-Ya no queremos luchar- respondió el zentraedi que aún no había tomado la palabra -Ahora entendemos por qué a ustedes no les gusta, aunque antes nos parecía una locura. Ya hemos visto todas las cosas bonitas que hacen cuando no están en guerra, y nosotros queremos hacerlas también.

-¡Sí! ¡Queremos ir a conciertos de Minmay!

-¡Queremos tomar helados!

-¡Y queremos hacer eso de unir los labios, como hicieron ustedes dos!- añadió con entusiasmo el primer zentraedi en hablar, al tiempo que señalaba a Rick y a Lisa alternadamente.

La joven oficial deseó que una alarma de ataque o algo igual de importante interrumpiera la reunión, y rogaba que su rostro no reflejara la vergüenza que la embargaba. Aunque sabía que el zentraedi hablaba de lo ocurrido en la nave enemiga, sentía como si la estuviera acusando frente a todos por su infidelidad, como si le estuviera pidiendo explicaciones sobre el otro beso, el más reciente, el que acababan de darse hacía muy poco tras la fiesta de Minmay.

La reunión se extendió unos cuarenta minutos más, en los que continuaron los interrogatorios y acabaron por convencerse de que los zentraedis decían la verdad, y que su asilo político en el SDF-1 podía iniciar el camino hacia las negociaciones de paz. Cada parte se comprometió a trabajar en pos de ese objetivo y, sabiendo de la admiración que sentían los zentraedi por la figura de Minmay, se evaluó también la posibilidad de pedir la cooperación de la joven estrella.

Se dió por finalizada la reunión, los tres soldados se despidieron de sus superiores con el saludo militar y abandonaron la sala de conferencias.

-Qué increíble todo esto- dijo Max mientras caminaban, para romper el hielo.

-Sí que lo es- agregó Lisa -Jamás habría imaginado que les cautivaría tanto nuestra forma de vida como para renunciar a la suya.

-Ojalá resulte todo como pensamos y ésta sea la clave para acabar con la guerra- suspiró Rick.

-Lamento que sea informacion confidencial,- reflexionó Max -esto podría elevar los ánimos tanto de los civiles como de los soldados.

-Es cierto- dijo Lisa -A Karl, por ejemplo, le animaría mucho una noticia así.

-Por cierto... ¿cómo está?- preguntó Rick prudentemente.

-De salud está bien, pero aún tiene que procesar lo que pasó. Ahora estará descansando, supongo.

-Escucha Lisa, sobre lo de ayer...- Rick hizo una pausa, sin saber muy bien cómo continuar, pero seguro de no poder ignorar más el tema, y añadió: -Lo siento.

Max se alejó varios pasos delante de ellos, haciéndose el distraído.

-No te disculpes Rick, fue un error. Ya pasó- dijo ella sin poder mirarlo a la cara.

-Sí, claro... un error...- dijo él con una sonrisa amarga, y repitió a media voz: -Un error.

Lisa no sabía cómo continuar, si sería mejor cambiar de tema o hacer silencio. Lo que tenía por seguro era que no podía seguir hablando del asunto. Estaba claro que Rick no quería darlo por terminado, pero ella no podía adentrarse en ese terreno pantanoso que pondría en peligro su relación con Karl. Prefería ignorar sus incipientes sentimientos por el piloto que caminaba a su lado y, más aún, evitar indagar sobre los sentimientos de él.

-Imagino que estarás contento por las novedades- dijo de pronto, intentando desviar la conversación.

-¿El pedido de asilo de los zentraedis? Desde luego- contestó él secamente.

-No sólo eso, sino el hecho de que el Capitán le pida su colaboración a Minmay. Seguro que pronto la tendremos por aquí- dijo Lisa al tiempo que le guiñaba un ojo. Realmente no estaba segura de que la cantante siguiera ocupando un lugar de privilegio en la cabeza del muchacho, pero necesitaba creerlo así para que todo su mundo estuviera en orden.

-¡¿Por qué siempre tienes que hablarme de ella?!- respondió Rick con enfado, levantando ligeramente la voz. Le dirigió una mirada de fastidio y se adelantó unos cuantos pasos para alcanzar a Max, dejándola sola y desconcertada.

"¿Minmay? ¿De verdad cree que después de lo de anoche puedo pensar en Minmay?" pensó el joven mientras se alejaba.

-Jefe, tengo un plan estupendo para esta tarde- dijo Max, decidido a animar un poco a Rick

-¿De qué se trata?

-De la tienda de videojuegos que abrieron hace poco en el centro. Aún no he ido, y tengo mucha curiosidad.

-No sé Max, no tengo muchas ganas ahora...

-Nada de eso, acompáñame y verás lo bien que la pasaremos.

Rick no se sentía con ganas de discutir así que resolvió ir con él, además le vendría bien despejarse un poco. Pensó que Max sería un aficionado a los juegos retro, del tipo PacMan o Mario Bros, pero se sorprendió al verlo abalanzarse sobre el simulador de veritech.

"¿De verdad venimos hasta acá para hacer lo mismo que hacemos a diario?" pensó. Sin embargo, era divertido ver cómo la gente se agolpaba a su alrededor para verlo jugar, porque su experiencia como piloto real alcanzaba para romper los marcadores de los jugadores más experimentados.

-¡Pero mira qué tenemos aquí!- dijo una voz detrás suyo.

Volteó para mirar y encontró a Roy, que reía con la situación.

-¡Roy! No sabía que a ti también te gustara este lugar.

-Para ser sincero, es la primera vez que vengo. Me acerqué para ver qué era lo que atraía tanta gente, y por lo visto no todos los días coinciden en simultáneo dos excelentes jugadores del simulador de guerra veritech.

-¿Dos? ¿A quién te refieres?- preguntó Rick.

-En el simulador del piso de abajo hay una chica que además de excelente jugadora es muy bonita, así que tiene a todos como hipnotizados.

-Si no supiera que estás loco por Claudia, juraría que estás esperando a que termine de jugar para pedirle su teléfono- río Rick.

-¡Claro que no!- contestó Roy, dándole un puñetazo en el hombro -No tiene las curvas de Claudia, y además creo que es la chica misteriosa de los sueños de Max.

-¿Cómo dices, Roy?- preguntó Max casi a los gritos, sin desatender la partida.

-Que creo que encontré a tu novia de cabello verde. Lástima que estés tan ocupado jugando.- dijo burlonamente Roy, con la intención fastidiar a Max, pero sin lograrlo: el piloto soltó los controles y su pequeña nave virtual fue destruida inmediatamente, para desilusión del público que se había unido en torno a él.

-Fue bueno mientras duró, pero ya empezaba a hartarme de jugar solo- dijo mientras se levantaba de su asiento y recogía todas las monedas ganadas en la partida -Creo que debería encontrar un digno contrincante y retarlo a una partida ¿no les parece?

Sus amigos, un poco sorprendidos por la determinación de Max, al que creían más tímido, lo acompañaron al salón del abajo. Se detuvieron ante el simulador donde jugaba la chica misteriosa y se abrieron paso entre los curiosos.

-Adelante teniente, háganos sentir orgullosos- le dijo Roy antes de darle una palmada en la espalda que sirvió tanto de aliento como de empujón.

Y así, sin saberlo, aunque presintiéndolo quizás, Max estaba a punto de comenzar una batalla que le cambiaría la vida.