85. LLORA DESPUÉS

No se lo contéis a nadie. No puedo decirlo en voz alta. Debo susurrar. Esto lo presagié.

Del cajón 30-20, una esmeralda particularmente pequeña

Clarke sofocó la emoción de ver el cadáver de Finn. Era una de las primeras lecciones sobre el campo de batalla que le había impartido su padre.

Llora después.

Clarke tiró de Raven por el camino del sol mientras Cikatriz y Drehy cubrían su retirada, y urgió a lo poco que quedaba de la Guardia de la Muralla a correr o cojear hacia un lugar seguro. Raven trastabillaba junto a ella. Aunque no parecía herida, tenía la mirada vidriosa. Eran los ojos de una mujer atormentada por la clase de heridas que no podían vendarse. Salieron del camino del sol a la plataforma de la Puerta Jurada, donde los soldados de Celeste resistían firmes y sus cirujanos corrían para ayudar a los heridos que habían escapado de la carnicería de la galería oriental. Cikatriz y Drehy aterrizaron en la plataforma, dispuestos a defender el acceso desde el camino del sol, a impedir que los siguiera la Guardia de la Reina o los parshmenios. Clarke paró de sopetón. Desde donde estaba, podía ver la ciudad.

«Padre Tormenta.»

Decenas de miles de parshmenios fluían al interior de la ciudad por los portones derrumbados o cruzando sectores cercanos de la muralla. Unas siluetas que brillaban con luz oscura surcaban el aire. Parecían estar congregándose en formaciones, quizá preparando un asalto a la plataforma. Clarke lo contempló todo y admitió la terrible verdad. Su ciudad estaba perdida.

—Que todas nuestras fuerzas defiendan la plataforma —se oyó decir a sí misma—. Pero haced correr la voz: voy a llevarnos a todos a Urithiru.

—¡Señora! —llamó un soldado—. Los civiles se apelotonan en la base de la plataforma e intentan subir por las escaleras.

—¡Que suban! —gritó Clarke—. Traed aquí arriba a tanta gente como podáis. Resistid contra todo enemigo que intente coronar la plataforma, pero no os enfrentéis si no presionan. Vamos a abandonar la ciudad. ¡Todo el que no esté en la plataforma dentro de diez minutos se quedará atrás!

Clarke corrió hacia el edificio de control. Raven la siguió, aturdida. «Después de todo lo que ha superado —pensó Clarke—, no esperaba que hubiera nada capaz de abatirla. Ni siquiera la muerte de…»

Tormentas. Llora después.

Celeste montaba guardia en la entrada del edificio de control, con el morral lleno de gemas en la mano. Con un poco de suerte, bastarían para poner a todos a salvo.

—La brillante Wood me ha pedido que saque a todos los demás —dijo la alta mariscal—. Al dispositivo le pasa algo.

Clarke renegó entre dientes y pasó al interior. Lexa estaba arrodillada en el suelo ante un espejo, mirándose. Por detrás entró Raven, que se sentó en el mosaico con la espalda apoyada en la pared.

—Lexa —dijo Clarke—, tenemos que irnos. Ya.

—Pero…

—La ciudad ha caído. Traslada la plataforma entera, no solo el edificio de control. Tenemos que poner a salvo a tantos como podamos.

—¡Mis hombres de la muralla! —exclamó Celeste.

—Están muertos o desbandados —dijo Clarke, apretando los dientes—. No me gusta ni un pelo más que a ti.

—El rey…

—El rey está muerto. La reina se ha unido al enemigo. Estoy ordenando retirada, Celeste. —Clarke trabó la mirada con la mujer—. No ganaremos nada muriendo aquí.

Celeste apretó los labios, pero no protestó más.

—Clarke —susurró Lexa—, el corazón era un truco. No lo he espantado; ha huido a propósito. Creo… que los Portadores del Vacío han dejado en paz a Raven y sus hombres intencionadamente, tras una lucha muy breve. Nos han dejado llegar aquí porque la Puerta Jurada es una trampa.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Clarke.

Lexa ladeó la cabeza.

—Estoy hablando con ella.

—¿Ella?

—Sja-anat. La Tomadora de Secretos. Dice que si activamos el dispositivo, será nuestra perdición.

Clarke respiró hondo.

—Hazlo de todos modos —dijo.

«Hazlo de todos modos.»

Lexa comprendía las implicaciones. ¿Cómo podían confiar en una antigua spren de Odium? Tal vez Lexa de verdad había ahuyentado al corazón negro y, desesperada por evitar la huida de los humanos, Sja-anat estaba intentando ganar tiempo.

Apartó la mirada de la suplicante silueta del espejo. Los demás no podían verla, como ya había confirmado con Celeste.

—¿Patrón? —susurró—. ¿Qué opinas tú?

—Mmm… —dijo él en voz baja—. Mentiras. Cuántas mentiras. No lo sé, Lexa. No sé decirte.

Raven estaba reclinada contra la pared, mirando sin ver, como muerta por dentro. Lexa no recordaba haberla visto nunca en ese estado.

—Preparaos. —Lexa se levantó e invocó a Patrón como hoja esquirlada.

La confianza no es mía, dijo la figura del espejo. No daréis a mis hijos un hogar. Todavía no.

Lexa metió la hoja en la cerradura, que se fundió para adaptarse a la forma de Patrón.

Os lo demostraré, dijo Sja-anat. Voy a intentarlo. Mi promesa no es fuerte, pues no puedo saber. Pero lo intentaré.

—¿Qué intentarás? —preguntó Lexa.

Intentaré no mataros.

Con esas palabras resonando en su mente, Lexa activó la Puerta Jurada.