86. PARA QUE OTROS PUEDAN ERGUIRSE

Mi spren sostiene que registrar esto me hará bien, así que allá voy. Todos dicen que pronto juraré el Cuarto Ideal y, al hacerlo, obtendré mi armadura. Sencillamente, no me veo capaz. ¿No se supone que debo querer ayudar a la gente?

Del cajón 10-12, zafiro

Bellamy Griffin estaba enhiesto, con las manos a la espalda, cogiéndose las muñecas. Desde su terraza de Urithiru alcanzaba a ver muy lejos, pero eran solo kilómetros interminables de nada. Nubes y roca. Tanto y tan poco, al mismo tiempo.

—Bellamy —dijo Echo, llegando junto a él y apoyándole las manos en el brazo—. Por favor, al menos ven dentro.

Creían que estaba enfermo. Creían que su colapso en la plataforma de la Puerta Jurada lo habían provocado problemas del corazón, o la fatiga. Los cirujanos le habían recomendado descansar. Pero si dejaba de alzarse erguido, si se permitía doblegarse, temía que lo aplastaran los recuerdos.

Los recuerdos de lo que había hecho en la Grieta.

Las voces llorosas de los niños, suplicando clemencia.

Reprimió sus emociones.

—¿Hay noticias? —preguntó, avergonzado por el temblor de su voz.

—Ninguna —dijo Echo—. Bellamy…

Había llegado una comunicación de Kholinar por vinculacaña, una que de algún modo seguía funcionando. Un asalto al palacio, un intento de llegar a la Puerta Jurada. Fuera, los ejércitos Griffin, Roan y Jordan reunidos atestaban una de las plataformas de Puerta Jurada de Urithiru, esperando el transporte a Kholinar para sumarse a la batalla. Pero no sucedía nada. El tiempo iba pasando. Habían transcurrido cuatro horas desde aquel primer mensaje.

Bellamy cerró la boca, vista al frente, y contempló la extensión.

En posición de firmes, como un soldado. Así era como esperaría, aunque en realidad nunca hubiera sido soldado. Había comandado a hombres, ordenado a reclutas que formaran filas, hecho inspecciones. Pero él, en persona… se había saltado todo eso. Había guerreado en desorden sanguinario, no en formación meticulosa. Echo suspiró, le dio unas palmaditas en el brazo y regresó a sus habitaciones para sentarse con Gustus y un grupo reducido de escribas y altos príncipes. A esperar noticias de Kholinar. Bellamy se quedó de pie en el viento, deseando poder vaciar la mente, librarse de los recuerdos. Volver a ser capaz de fingir que era un buen hombre. El problema era que se había rendido a una especie de tendencia, a lo que todo el mundo decía de él. Que el Espina Negra había sido terrorífico en el campo de batalla, pero aun así honesto. Bellamy Griffin siempre ofrecía una pelea justa, decían. Los gritos de Evi y las lágrimas de los niños asesinados refutaban esas habladurías. Oh… oh, Todopoderoso en lo alto.

¿Cómo podía vivir con ese dolor? ¿Tan fresco, recién restaurado?

Pero ¿para qué rezar? No había ningún Todopoderoso pendiente de él. De haberlo, y de estar dotado del más mínimo atisbo de justicia, hacía mucho tiempo que Honor habría purgado el mundo del fraude que era Bellamy Griffin.

«Y tuve los redaños de condenar a Amaram por matar una escuadra de hombres para hacerse con una hoja esquirlada.»

Bellamy había incendiado una ciudad entera por menos. Miles y miles de personas.

—¿Por qué te vinculaste conmigo? —susurró Bellamy al Padre Tormenta—. ¿No deberías haber elegido a un hombre justo?

¿Justo? Justicia es lo que llevaste a esa gente.

—Eso no fue justicia. Fue una masacre.

El Padre Tormenta atronó. Yo he quemado y derruido ciudades. Puedo ver… Sí, ahora veo la diferencia. Ahora veo el dolor. No lo veía antes del vínculo.

¿Iba a perder Bellamy el vínculo, por hacer al Padre Tormenta cada vez más consciente de la moralidad humana? ¿Por qué habían regresado aquellos condenados recuerdos? ¿No podría haber seguido un poco más sin ellos? ¿Lo suficiente para forjar la coalición, para preparar la defensa de la humanidad?

Esa era la senda del cobarde. Desear la ignorancia. La senda del cobarde que, evidentemente, Bellamy había tomado, pues aunque aún no recordara su visita a la Vigilante Nocturna, sabía qué le había pedido. El alivio de aquella espantosa carga. La capacidad de mentir, de fingir que no había hecho cosas tan horribles. Dio media vuelta y regresó a sus aposentos. No sabía cómo afrontaría aquello, cómo soportaría la carga, pero ese día tenía que concentrarse en la salvación de Kholinar. Por desgracia, no podía planear la batalla hasta que supiera más sobre la situación de la ciudad. Entró en la sala común, donde estaba reunido el núcleo de su gobierno. Echo y los demás estaban sentados en divanes alrededor de la vinculacaña, esperando. Habían extendido mapas de batalla de Kholinar y considerado estrategias, pero luego… habían pasado horas sin que llegara ninguna noticia. Era frustrante estar allí esperando, ignorantes. Y hacerlo daba a Bellamy demasiado tiempo para pensar. Para recordar. En vez de sentarse con los demás, Gustus había ocupado su sitio acostumbrado, junto al fabrial que calentaba la sala en el rincón. Con las piernas doloridas y la espalda agarrotada, Bellamy fue hacia allí y por fin se permitió sentarse, dando un leve gemido al lado de Gustus. Ante ellos, un resplandeciente rubí rojo emitía calor, reemplazando el fuego con algo más seguro pero mucho menos vivo.

—Lo siento, Bellamy —dijo Gustus—. Estoy seguro de que llegarán noticias pronto.

Bellamy asintió.

—Gracias por lo que hiciste cuando los azishianos vinieron a visitar la torre.

La delegación de Azir había llegado el día anterior para un encuentro inicial, pero Bellamy aún estaba recuperándose del repentino regreso de sus recuerdos. Bueno, la verdad era que todavía estaba recuperándose. Los había recibido y luego se había retirado, ya que Gustus se ofreció a acompañarlos en la visita. Echo le había dicho que los dignatarios azishianos se habían mostrado encantados por el anciano rey y pretendían regresar pronto para tratar la posibilidad de una coalición en un encuentro más formal. Bellamy se inclinó hacia delante, mirando el fabrial calentador. Por detrás, Roan y el general Khal discutían por enésima vez la forma de recuperar las murallas de Kholinar, si estaban en manos del enemigo cuando empezara a funcionar la Puerta Jurada.

—¿Alguna vez has descubierto de pronto que no eres el hombre por el que todos te toman? —preguntó Bellamy en voz baja.

—Sí —susurró Gustus—. Pero son más sobrecogedores otros momentos parecidos, en los que comprendo que no soy el hombre por el que yo mismo me tomo.

La luz tormentosa se ondulaba en el rubí. Daba vueltas.

Atrapada. Encarcelada.

—Una vez hablamos de un líder en la tesitura de ahorcar a un inocente o liberar a tres asesinos —dijo Bellamy.

—Lo recuerdo.

—¿Cómo se puede vivir después de tomar una decisión como esa, y más si luego descubres que elegiste mal?

—Pero ahí está el sacrificio, ¿verdad? —dijo en voz baja Gustus—. Alguien debe cargar con la responsabilidad. Alguien debe hundirse con ella, destruirse con ella. Alguien debe mancillar su alma para que otros puedan vivir.

—Pero tú eres un buen rey, Gustus. No asesinaste para llegar al trono.

—¿Acaso importa? ¿Un hombre encarcelado por error? ¿Un asesino en un callejón al que una fuerza de vigilancia adecuada podría haber detenido? El peso de la sangre de los perjudicados debe descansar en algún sitio. Yo soy el sacrificio. Nosotros, Bellamy Griffin, somos los sacrificios. La sociedad nos ofrenda para que vadeemos en aguas sucias y así otros puedan estar limpios. —Cerró los ojos—. Alguien tiene que caer para que otros puedan erguirse.

Las palabras se acercaban mucho a lo que Bellamy había dicho, y pensado, durante años. Sin embargo, la versión de Gustus de algún modo era retorcida, desprovista de esperanza y vida. Bellamy se echó hacia delante, tenso, sintiéndose viejo. Pasaron un largo rato sin hablar hasta que los demás empezaron a moverse inquietos. Bellamy se levantó, ansioso. La vinculacaña estaba escribiendo. Echo dio un respingo y se llevó la mano segura a los labios. Teshav palideció y May Roan se reclinó en su asiento, con aspecto enfermizo. La vinculacaña se interrumpió de sopetón, cayó en la página y rodó por ella.

—¿Qué? —preguntó Bellamy, imperioso—. ¿Qué dice?

Echo posó los ojos en él y enseguida los apartó. Bellamy cruzó la mirada con el general Khal y después con Roan. El temor se asentó en Bellamy como una capa. «Por la sangre de mis padres.»

—¿Qué dice? —suplicó.

—La… capital ha caído, Bellamy —susurró Echo—. El fervoroso informa de que las fuerzas de los Portadores del Vacío han tomado el palacio. Se… interrumpe al cabo de solo unas pocas frases. Parece que lo han encontrado y…

Echo cerró los párpados con fuerza.

—Parece que el equipo que enviaste ha fallado, brillante señor —continuó Teshav. Tragó saliva—. Lo que queda de la Guardia de la Muralla está capturado y encerrado. La ciudad ha caído. No sabemos nada del rey, de la princesa Clarke ni de los Radiantes. Brillante señor, el mensaje se corta ahí.

Bellamy volvió a hundirse en su asiento.

—Por el Todopoderoso —susurró Gustus, cuyos ojos grises reflejaban el brillo del fabrial calentador—. No sabes cuánto lo siento, Bellamy.