87. ESTE SITIO
Buenas noches, querida Urithiru. Buenas noches, dulce Hermano. Buenas noches, Radiantes
Del cajón 29-29, rubí
El edificio de control de la Puerta Jurada se sacudió como si lo hubiera golpeado una roca enorme. Clarke trastabilló y cayó de rodillas.
Al temblor lo siguió un claro sonido de desgarro y un cegador fogonazo de luz.
Su estómago dio un vuelco.
Cayó por los aires.
Lexa chilló en algún lugar cercano.
Clarke dio contra una superficie dura y el impacto fue tan brutal que la hizo rodar a un lado y acabar precipitándose por el borde de una plataforma de piedra blanca. Cayó en algo que cedió bajo su peso. ¿Agua? No, no daba esa sensación. Se retorció en ello. No era un líquido, sino cuentas. Millares y millares de cuentas de cristal, todas ellas más pequeñas que una esfera de luz tormentosa. Clarke se revolvió, presa del pánico mientras se hundía. ¡Iba a morir! Iba a ahogarse en aquel mar infinito de cuentas. Iba a…
Alguien le cogió la mano. Celeste tiró de ella y la ayudó a subir otra vez a la plataforma, dejando caer cuentas de la ropa. Clarke tosió, sintiéndose como una ahogada aunque solo le hubieran entrado unas pocas cuentas en la boca.
«¡Padre Tormenta!» Gimió y miró alrededor. El cielo estaba mal. Era totalmente negro, surcado por unas extrañas nubes que parecían extenderse sin fin en la lejanía, como caminos en el cielo que llevaban a un sol pequeño y distante.
El océano de cuentas se extendía en todas las direcciones y sobre él flotaban unas luces diminutas, a miles, como llamas de velas. Lexa se acercó y se arrodilló junto a ella. A poca distancia, Raven estaba levantándose y sacudiéndose. La plataforma circular de piedra en la que estaban era como una isla en el océano de cuentas, más o menos en el lugar que había ocupado el edificio de control. En el aire levitaban dos spren gigantescos. Parecían versiones estiradas de personas y tendrían unos diez metros de altura. Daban la impresión de ser centinelas. Uno era negro como el carbón y el otro rojo. Al principio le habían parecido estatuas, pero su ropa ondeaba al viento y se movieron, uno de ellos bajando la mirada hacia él.
—Oh, esto es malo —dijo alguien cerca—. Muy malo.
Clarke miró y descubrió que había hablado una criatura vestida de escrupuloso negro, con una túnica que, de algún modo, parecía hecha de piedra. En vez de cabeza tenía una cambiante y movediza bola de líneas, ángulos y dimensiones imposibles. Clarke se levantó de un salto y retrocedió a trompicones. Estuvo a punto de chocar con una joven de piel azul claro, pálida como la nieve, con un vestido vaporoso que aleteaba al viento. A su lado había otra spren, con cenicientos rasgos marrones que parecían hechos de cordeles tensos, del grosor de un pelo. Llevaba la ropa raída y sus ojos estaban raspados, como un lienzo al que alguien hubiera aplicado un cuchillo. Clarke miró a su alrededor, contando a los presentes. No había nadie más en la superficie. Aquellos dos enormes spren del cielo y los tres más pequeños en la plataforma. Clarke, Lexa, Raven y Celeste. Al parecer, la Puerta Jurada solo había trasladado a quienes estaban dentro del edificio de control. Pero ¿dónde los había trasladado?
Celeste alzó la mirada al cielo.
—Condenación —dijo en voz baja—. Odio este sitio.
FIN.
Tercera parte
