I-8. MEM
Hacer la colada era un arte.
De acuerdo, todo el mundo dominaba los conceptos básicos, igual que todo niño podía tararear una melodía. Pero ¿sabían cómo relajar las fibras de un terco vestido de sedamarina bañándolo en agua de mar templada y luego restaurarle la suavidad natural enjuagándolo y cepillando a favor del grano? ¿Sabían ver la diferencia entre un tinte mineral de Azir y uno floral de las laderas veden? Había que usar jabones distintos, según el caso.
Mem trabajó en su lienzo, que en ese caso era un pantalón de vivo color rojo. Cogió un poco de jabón en polvo (con base de grasa de cerdo, mezclada con un buen abrasivo) y frotó una mancha de la pernera. Volvió a mojar el pantalón y luego empleó un cepillo fino para hacer entrar el jabón en el tejido. Las manchas de aceite ya eran bastante difíciles, pero para colmo a ese hombre le había salpicado sangre en el mismo sitio. Tenía que sacar la mancha sin decolorar aquel rojo micalino, extraído de una babosa que vivía en la orilla del Lagopuro, ni echar a perder el tejido. A Dante le gustaba llevar la ropa perfecta. Mem negó con la cabeza. ¿De qué era esa mancha? Tuvo que usar cuatro jabones y probar con su polvo secante antes de poder hacer algo con ella y seguir con el resto del traje. Pasaron las horas.
Limpia esta mancha, enjuaga esa camisa. Cuélgalo todo bien bonito. No se dio cuenta de la hora hasta que las otras lavanderas veden empezaron a marcharse en grupos hacia sus casas, muchas de ellas vacías y frías desde que sus maridos e hijos murieran en la guerra civil. La necesidad de ropa limpia sobrevivía a los desastres. Podía llegar el final del mundo, pero para ella supondría solo más manchas de sangre que quitar. Mem por fin dio un paso atrás ante sus cuerdas de tender, con los brazos en jarras, regocijándose con el logro de un buen día de trabajo. Se secó las manos y fue a ver cómo estaba su nueva ayudante, Pom, a quien había puesto a lavar ropa interior. La mujer de piel oscura sin duda tenía sangre oriental y occidental mezcladas. Estaba terminando una camiseta y no dijo nada cuando Mem llegó a su lado.
«Tormentas, ¿cómo puede ser que no se la haya quedado nadie?», pensó Mem mientras la hermosa mujer frotaba la camiseta, la hundía en agua y volvía a frotarla. Las chicas como Pom no solían terminar de lavanderas, aunque era cierto que fulminaba con la mirada a cualquier hombre que se le acercara demasiado. A lo mejor era por eso.
—Bien hecho —dijo Mem—. Cuélgala a secar y ayúdame a recoger lo que nos falta.
Apilaron la ropa en cestas y emprendieron el breve trayecto a través de la ciudad. Vedenar seguía oliendo a humo para Mem. No al buen humo de las panaderías, sino al de las gigantescas piras que habían ardido fuera, en el llano. Su patrón vivía cerca de los mercados, en una gran casa que se alzaba al lado de unos cascotes, en recuerdo de las armas de asedio que habían hecho llover rocas sobre Vedenar. Las dos lavanderas pasaron entre los guardias de la puerta principal y subieron los peldaños hacia el recibidor. Mem se empeñaba en no usar la entrada del servicio. Dante era de los pocos que se lo permitían.
—No te alejes —dijo a Pom, que se había distraído un poco al entrar. Recorrieron un pasillo largo y sin adornos y subieron una escalera.
La gente decía que los sirvientes eran invisibles. A Mem nunca le había parecido cierto, y mucho menos alrededor de personas como Dante. No era solo que el mayordomo se diera cuenta si alguien movía aunque fuese una palmatoria, sino que además los amigos de Dante eran la clase de personas que llevaban una meticulosa cuenta de todo aquel que tenían cerca. Había dos de ellos junto a una puerta por la que pasó Mem, un hombre y una mujer que hablaban en voz baja. Ambos portaban espadas y, aunque no interrumpieron su conversación por las lavanderas, sí se fijaron en ellas. Los aposentos de Dante estaban en la cima de la escalera. Ese día no estaba allí. Aparecía de vez en cuando para dejar ropa sucia y volvía a largarse por ahí en busca de nuevos tipos de crem con los que mancharse las camisas. Mem y Pom entraron primero en su sala de estar, que era donde guardaba las chaquetas de gala. Pom se quedó petrificada en el umbral.
—No te entretengas —le recordó Mem, disimulando una sonrisa.
Después de los austeros y vacíos pasillos y escaleras, aquella sala saturada abrumaba un poco. Ella también se había quedado maravillada la primera vez que la había visto. La repisa de la chimenea estaba cubierta de curiosidades, cada una en su propia vitrina de cristal. Mullidas alfombras de Marat. Cinco cuadros pintados con maestría, cada uno de un Heraldo distinto.
—Tenías razón —dijo Pom desde detrás.
—Pues claro que tenía razón —replicó Mem, dejando su cesta delante del guardarropa del rincón—. Dante, y recuerda que no quiere que lo llamemos amo, tiene un gusto refinado y exquisito. Solo emplea los servicios de los mejores…
La interrumpió el ruido de un desgarro.
Era un sonido que inspiraba terror, el de una costura al partirse o una delicada camisa rasgándose al quedarse enganchada en una palangana. Era el sonido del desastre encarnado. Mem se volvió y encontró a su nueva ayudante de pie sobre una silla, atacando un cuadro de Dante con un cuchillo. Una parte del cerebro de Mem dejó de funcionar. Un gemido escapó del fondo de su garganta y su visión se oscureció.
Pom estaba… destruyendo un cuadro de Dante.
—Llevaba tiempo buscándolo —dijo Pom, apartándose y apoyando las manos en las caderas, aún encima de la silla.
Irrumpieron dos guardias en la sala, quizá atraídos por el ruido. Miraron a Pom y se quedaron boquiabiertos. Ella dio la vuelta al cuchillo en la mano y lo apuntó amenazadora hacia los hombres. Y entonces, horror de horrores, el mismísimo Dante apareció detrás de los soldados, vestido con chaqueta de gala y zapatillas de andar por casa.
—¿A qué viene tanto escándalo?
«Qué refinado.» Sí, parecía que su cara había visto el lado malo de una espada un par de veces, pero tenía un gusto exquisito en ropa y, por supuesto, en profesionales para su cuidado.
—¡Ah! —exclamó al ver a Pom—. ¡Por fin! ¿Solo ha hecho falta la obra maestra del Ilustre, entonces? ¡Excelente! —Dante hizo salir a los confusos guardias y cerró la puerta. No pareció ni reparar en la presencia de Mem—. Antigua, ¿te apetece algo de beber?
Pom lo miró con ojos entornados y bajó de un salto al suelo. Caminó deprisa hacia Dante, lo apartó empujándole el pecho con una mano y abrió la puerta.
—Sé dónde está Wells —dijo Dante.
Pom se quedó muy quieta.
—Sí, tomemos esa bebida, ¿te parece? —preguntó Dante—. Mi babsk lleva tiempo queriendo hablar contigo. —Miró a Mem—. ¿Ese es mi traje de jefe de caballería azishiano?
—Eh… sí.
—¿Has podido quitarle el éter?
—¿El qué?
Dante se acercó a grandes pasos y sacó el pantalón rojo de la cesta para inspeccionarlo.
—Mem, eres una auténtica maravilla. No todo cazador lleva lanza, y esto lo demuestra sin lugar a dudas. Ve a buscar a Condwish y dile que apruebo una bonificación de tres marcos de fuego para ti.
—Eh… gracias, Dante.
—Recoge tu bonificación y márchate —ordenó Dante—. Y ten en cuenta que, después de hoy, deberás buscarte una ayudante nueva.
