I-10. SHELER
—Tienes tres opciones —dijo el general herdaziano.
Tenía la piel de color marrón oscuro, como una piedra avejentada, y un fino bigote entrecano. Se acercó a Sheler y bajó las manos a sus costados. Sheler se sorprendió al ver que unos hombres ponían grilletes en las muñecas del general. ¿Qué era todo aquello?
—Presta atención —dijo el general—. Esto es importante.
—¿A los grilletes? —preguntó Sheler en herdaziano. La vida en la frontera lo había obligado a aprender el idioma—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Comprendes el lío en el que te has metido por capturarme? —Sheler empezó a levantarse, pero un soldado herdaziano lo empujó hacia abajo con tanta fuerza que sus rodillas golpearon contra el duro suelo de piedra de la tienda.
—Tienes tres opciones. —Los grilletes del general tintinearon cuando retorció las manos—. En primer lugar, puedes escoger la espada. Podría ser una muerte rápida. Una buena decapitación rara vez duele. Por desgracia, no será un verdugo quien te lo haga. Daremos la espada a las mujeres de las que abusaste. Cada una podrá darte un tajo, por orden. Lo que dure dependerá de ellas.
—¡Esto es intolerable! —exclamó Sheler—. ¡Soy un ojos claros del quinto dahn! Soy primo del mismísimo alto señor y…
—La segunda opción —dijo el general— es el martillo. Te romperemos las piernas y los brazos y te colgaremos del acantilado, junto al océano. Así quizá aguantes hasta la tormenta, pero sufrirás mucho.
Sheler forcejeó en vano. ¡Capturado por Herdazianos! ¡Su general ni siquiera era un ojos claros!
El general giró las manos y las separó. Los grilletes cayeron al suelo con un sonido metálico. Varios oficiales sonrieron de oreja a oreja y otros gimieron. Una escriba había estado midiendo el tiempo con golpecitos de su pluma e informó a los presentes del tiempo que había tardado el general en soltarse. El general aceptó el aplauso de varios hombres y dio un golpecito en la espalda a otro, de los que habían perdido la apuesta. Casi parecieron olvidar a Sheler por un momento, pero entonces el general se volvió de nuevo hacia él.
—Yo no elegiría el martillo, en tu lugar. Pero hay una tercera opción: el cerdo.
—¡Exijo el derecho de rescate! —exclamó Sheler—. ¡Debéis avisar a mi alto príncipe y aceptar un pago basado en mi categoría!
—El rescate es para los hombres apresados en batalla —dijo el general—, no para los hijos de puta a los que se sorprende robando y asesinando a civiles.
—¡Mi tierra natal está invadida! —gritó Sheler—. ¡Estaba reuniendo recursos para montar una resistencia!
—Una resistencia no es lo que te hemos pillado montando. —El general apartó los grilletes de un puntapié—. Elige una de las tres opciones, que es para hoy.
Sheler se lamió los labios. ¿Cómo había terminado en esa situación? Su tierra natal sumida en el caos, los parshmenios desmandados, sus hombres desbandados por monstruos voladores… ¿y ahora aquello? Estaba claro que los sucios herdazianos no atenderían a razones. Iban a…
Un momento.
—¿Has dicho el cerdo? —preguntó Sheler.
—Vive abajo, en la costa —dijo el general herdaziano—. Es tu tercera opción. Te engrasamos y luchas contra el cerdo. Es un buen espectáculo para los hombres. Tienen que divertirse de vez en cuando.
—Y si lo hago, ¿no me mataréis?
—No, pero no es tan fácil como crees. Yo mismo lo he probado, así que puedo hablar con autoridad.
Locos herdazianos.
—Escojo el cerdo.
—Como desees. —El general recogió los grilletes y se los entregó a un oficial.
—Creía que con estos no podrías —dijo el oficial—. Según el mercader, los fabrican los mejores cerrajeros thayleños.
—Da igual lo buena que sea la cerradura, Jerono —dijo el general, sonriendo—, si las esposas quedan sueltas.
Qué hombrecillo tan ridículo. Demasiado sonriente, nariz plana y le faltaba un diente. El alto señor Amaram lo habría…
Levantaron a Sheler del suelo tirando de sus cadenas y lo llevaron a través del campamento de soldados herdazianos en la frontera alezi. ¡Eran más refugiados que verdaderos combatientes!
Con una sola compañía, Sheler podría exterminar a la fuerza entera. Sus insufribles captores lo llevaron cuesta abajo, a la orilla bajo el acantilado. Arriba se congregaron militares y refugiados, entre vítores e insultos. Era evidente que al general herdaziano lo asustaba matar de verdad a un oficial alezi, de modo que lo humillaría obligándolo a luchar contra un cerdo. Se echarían unas risas y lo liberarían dolorido.
Idiotas. Sheler volvería con un ejército.
Un hombre enganchó la cadena de Sheler a un aro de metal que había en la piedra. Otro se acercó con una jarra de aceite. La vertió en la cabeza de Sheler, que escupió mientras el líquido le caía por la cara.
—¿Qué es esta peste?
Alguien sopló un cuerno arriba.
—Te desearía buena suerte, jefe —dijo el soldado herdaziano a Sheler mientras su compañero echaba a correr—, pero me van tres marcos a que no dures ni un minuto entero. Pero en fin, a saber. Cuando encadenaron al general aquí abajo, escapó en menos tiempo.
El océano empezó a espumear.
—Pero claro, al general le gustan estas cosas —añadió el soldado—. Es un hombre un poco raro.
El soldado corrió cuesta arriba, dejando a Sheler encadenado allí, empapado en asqueroso aceite y boquiabierto mientras una pinza gigantesca emergía de la superficie del océano.
Quizá «el cerdo» fuese más bien un mote.
