I-11. SU RECOMPENSA

La pequeña spren de Venli, a la que había llamado Timbre, curioseó por la habitación, mirando en cada rincón y sombra, como hacía cada vez que Venli la dejaba salir de la bolsa. Habían pasado varios días desde la llegada de Venli a Kholinar. Y como Rine le había advertido, aquel era su auténtico trabajo. Venli daba su discurso una docena de veces cada día, hablando a grupos de cantores a los que sacaban de la ciudad para escucharlo. Ella no tenía permitido entrar en Kholinar. La retenían en aquel refugio para tormentas fuera de la muralla, al que llamaban la ermita. Venli canturreó a Rencor apoyada en la ventana, molesta por su encarcelamiento. Si tenía siquiera una ventana, cortada con una hoja esquirlada y a la que habían puesto un postigo para las tormentas, era solo porque la había pedido una y otra vez. Fuera, la ciudad la llamaba. Muros majestuosos, bellos edificios. Le recordaba a Narak, que en realidad no había construido su pueblo. Al vivir allí, los oyentes habían aprovechado la labor de antiguos humanos, igual que los humanos modernos se habían aprovechado de los cantores esclavizados. Timbre se acercó a ella y se quedó flotando junto a la ventana, como si quisiera escabullirse y echar un vistazo fuera.

—No —dijo Venli.

Timbre latió a Resolución y avanzó muy despacio en el aire.

—Quédate dentro —dijo Venli a Mando—. Están buscando a spren como tú. Han distribuido descripciones de los de tu especie, y de otras, por toda la ciudad.

La pequeña spren retrocedió, latiendo a Malestar, y se quedó al lado de Venli. Venli apoyó la cabeza en los brazos.

—Me siento como una reliquia —susurró—. Ya me veo como una ruina abandonada, de una época casi olvidada. ¿Eres el motivo de que tenga esa sensación, de repente? Solo me pongo así cuando te dejo salir.

Timbre latió a Paz. Oírlo removió algo en el interior de Venli, el vacíospren que ocupaba su gema corazón. Ese spren no podía pensar, ni como Ulim o los vacíospren más elevados. Era algo hecho de emociones e instintos animales, pero tenerlo vinculado era lo que confería a Venli su forma de poder. Empezó a pensar. Muchos Fusionados eran obviamente inestables; quizá sus larguísimas vidas les hubieran ido erosionando la psique. ¿Odium no necesitaría líderes nuevos para su gente? Si Venli demostraba su valía, ¿podría reclamar un puesto entre ellos?

Nuevos Fusionados. ¿Nuevos… dioses?

Eshonai siempre se había preocupado por el ansia de poder de Venli y le había advertido que controlara sus ambiciones. Incluso Demid, a veces, se había preocupado por ella. Y ahora… estaban todos muertos. Timbre latió a Paz, luego a Súplica y luego de nuevo a Paz.

—No puedo —dijo Venli a Duelo—. No puedo.

Súplica. Más insistente. El Ritmo de lo Perdido, del Recuerdo y luego Súplica.

—Te equivocas de persona —dijo Venli a Malestar—. No puedo hacerlo, Timbre. No puedo resistirme a él.

Súplica.

—Yo hice que pasara todo esto —dijo Venli a Furia—. ¿Es que no te das cuenta? Yo soy quien provocó todo esto. ¡No me supliques a mí!

La spren se encogió y su luz perdió intensidad. Pero aun así, latió a Resolución. Qué spren más tonta. Venli se llevó una mano a la cabeza. ¿Por qué…? ¿Por qué no estaba más enfadada por lo que había ocurrido a Demid, a Eshonai y a los demás? ¿De verdad podía pensar en unirse a los Fusionados? Aquellos monstruos insistían en que su pueblo se había extinguido y rechazaban sus preguntas sobre los millares de oyentes que habían sobrevivido a la batalla de Narak. ¿Los estaban… transformando a todos en Fusionados? ¿Venli no debería estar pensando en eso, y no en sus ambiciones?

«Una forma cambia tu manera de pensar, Venli. —Eso lo sabía todo el mundo. Eshonai la había aleccionado sin descanso, como solía, para que no permitiera que la forma dictara sus actos—. Controla la forma, no dejes que te controle ella a ti.»

Pero claro, Eshonai había sido una oyente ejemplar. Una general y una heroína. Eshonai había cumplido con su deber. Y lo único que había anhelado siempre Venli era el poder. De pronto, Timbre palpitó con un estallido de luz y voló a esconderse bajo la cama, aterrorizada.

—Ah —dijo Venli a Duelo, mirando el repentino oscurecimiento del cielo más allá de la ciudad. La tormenta eterna. Llegaba cada nueve días, y aquella era la segunda vez desde que Venli estaba allí—. Por eso no han traído un grupo esta tarde a escucharme.

Se cruzó de brazos, respiró hondo y canturreó a Resolución hasta que se distrajo y cambió sin darse cuenta al Ritmo de la Destrucción. No cerró la ventana. A él no le gustaba que lo hiciera. Cerró los ojos y escuchó el trueno. El relámpago brilló al otro lado de sus párpados, rojo y llamativo. El spren de su interior brincó al sentirlo y Venli se emocionó, sintiendo cómo se alzaba el Ritmo de la Destrucción en ella. Quizá su pueblo ya no existiera, pero aquel… poder merecía la pena. ¿Cómo podía no aceptarlo con los brazos abiertos?

«¿Cuánto tiempo puedes seguir siendo dos personas, Venli? —Le pareció oír la voz de Eshonai—. ¿Cuánto tiempo seguirás vacilando?»

La tormenta llegó y una ráfaga de viento entró por la ventana, elevándola… y llevándola a una especie de visión. El edificio se esfumó y la tormenta zarandeó a Venli, aunque sabía que cuando pasara no estaría herida. Venli terminó cayendo a una superficie dura. Canturreó a Destrucción, abrió los ojos y se descubrió en una plataforma que levitaba alta en el cielo, muy por encima de Roshar, que era un globo azul y marrón debajo de ella. Detrás tenía una nada profunda y negra, puntuada solo por una lucecita que podría ser una estrella. Esa estrella amarilla clara se expandió hacia ella a una velocidad increíble, hinchándose, creciendo hasta envolverla con una llamarada espantosa. Sintió que se le derretía la piel, que se le achicharraba la carne.

No estás contando la historia lo bastante bien, declaró la voz de Odium en el idioma antiguo. Te impacientas. Los Fusionados me informan de ello. Eso debe cambiar, o serás destruida.

—Sí… mi señor.

Hablar le quemó la lengua. Ya no podía ver, pues el fuego se había llevado sus ojos. Dolor. Agonía. Pero no podía plegarse a ella, pues el dios que se alzaba ante ella exigía toda su atención. El suplicio de su cuerpo al consumirse no era nada comparado con él.

Eres mía. Recuérdalo.

Se vaporizó por completo.

Y despertó en el suelo de su ermita, con los dedos sangrando por haber vuelto a arañar la piedra. El rugido de la tormenta se había alejado: llevaba horas en aquel otro lugar. ¿Había pasado todo ese tiempo ardiendo?

Temblando, apretó fuerte los párpados. Su piel derretida, sus ojos, su lengua quemándose…

El Ritmo de la Paz la sacó del ensimismamiento, y supo que Timbre estaba flotando a su lado. Venli rodó y gimió, aún con los ojos cerrados, buscando la Paz en su propia mente. No la encontró. La presencia de Odium estaba demasiado reciente, y el spren de su interior canturreaba a Ansia.

—No puedo hacerlo —susurró a Mofa—. Tienes a la hermana equivocada.

La hermana equivocada había muerto. La hermana equivocada vivía.

Venli había tramado el regreso de sus dioses.

Esa era su recompensa.