CUARTA PARTE

¡DESAFÍA!

¡CANTA PRINCIPIOS!

88. VOCES

OCHO AÑOS ANTES.

Gavilar empezaba a parecer desgastado.

Bellamy estaba al fondo de la sala de estar del rey, medio escuchando lo que se decía. El rey hablaba con los herederos de los altos príncipes, sin apartarse de temas seguros como sus planes para diversos proyectos cívicos en Kholinar.

«Qué viejo está —pensó Bellamy—. Canoso antes de tiempo. Necesita algo que lo revitalice.» ¿Una cacería, tal vez?

Bellamy no tenía que intervenir en la reunión: su trabajo consistía en parecer amenazador. A veces algún joven miraba hacia las paredes de la sala y encontraba allí al Espina Negra entre las sombras. Observando. Vio el fuego reflejado en sus ojos y oyó los sollozos de los niños al fondo de su mente.

«No seas débil —se dijo Bellamy—. Ya han pasado casi tres años.»

Tres años, viviendo con lo que había hecho. Tres años, echándose a perder en Kholinar. Había supuesto que mejoraría.

Solo estaba empeorando.

Sadeas había hecho correr la noticia de la destrucción de la Grieta con cautela, en beneficio del rey. Había calificado de «hecho lamentable» que los grietanos hubieran obligado a actuar a los Griffin al matar a la esposa de Bellamy, y de «desafortunado incidente» que la ciudad se hubiera incendiado durante el combate. Gavilar había censurado en público a Bellamy y Sadeas por «permitir que la ciudad fuese pasto de las llamas», pero sus críticas a los grietanos habían sido mucho más afiladas. La implicación estaba clara. Gavilar no quería liberar al Espina Negra. Ni siquiera él era capaz de predecir qué clase de destrucción desataría Bellamy. Por supuesto, tales medidas se tomaban solo como último recurso, y desde entonces todo el mundo se preocupaba de dejarle abiertas muchas otras opciones. Eficacia pura. Y solo había costado una ciudad. Y quizá la cordura de Bellamy. Gavilar sugirió a los ojos claros reunidos que encendieran la chimenea para calentarse. Era la señal de que Bellamy podía marcharse, ya que no soportaba el fuego. El olor del humo le recordaba a la piel ardiendo, y el crepitar de las llamas solo le recordaba a ella. Bellamy salió por la puerta trasera a un pasillo del segundo piso, que recorrió hacia sus propios aposentos. Se había mudado con sus hijos al palacio real. Su propio fuerte le recordaba demasiado a ella. Tormentas. Estar en esa sala, viendo el miedo en los ojos de los invitados de Gavilar, le había agudizado el dolor y la memoria. Había días que estaba mejor. Otros… eran como ese. Necesitaba una bebida fuerte de su licorera. Por desgracia, al doblar la curva del pasillo, olió incienso. ¿Salía de sus habitaciones? Aden debía de estar quemándolo otra vez.

Bellamy paró en seco, como si hubiera topado contra algo sólido, dio media vuelta y se alejó. Por desgracia, ya era demasiado tarde.

Ese olor… era el aroma de ella.

Bajó dando zancadas al primer piso y cruzó alfombras rojas como la sangre y corredores jalonados de columnas. ¿Donde iba a conseguir algo de beber? No podía salir a la ciudad, donde todo el mundo parecía temeroso de él. ¿Las cocinas? No, no iba a suplicar a los cocineros de palacio, que a su vez irían a susurrar al rey que el Espina Negra había vuelto a darle al violeta. Gavilar se quejaba de que Bellamy bebiera tanto, pero ¿qué otra cosa podía hacer un soldado cuando no había guerra? ¿Acaso no merecía relajarse un poco, después de todo lo que había hecho por el reino?

Fue hacia el salón del trono del rey, que estaría vacío, dado que Gavilar estaba en su sala de estar. Entró por el acceso del servicio a una pequeña cámara intermedia, donde se preparaba la comida antes de llevársela al rey. Dándose luz con una esfera de zafiro, Bellamy se arrodilló y rebuscó en un aparador. Solían guardar allí unas cuantas añadas muy exclusivas, para impresionar a las visitas. Los aparadores estaban vacíos. Condenación. Solo encontró sartenes, bandejas y copas. Unos saquitos de especias herdazianas. Enfurecido, dio unos golpecitos en la encimera.

¿Gavilar había descubierto que Bellamy iba allí y había hecho retirar el vino? El rey lo consideraba un borrachín, pero Bellamy solo bebía de vez en cuando. En los días malos. La bebida acallaba los chillidos del fondo de su mente.

Los sollozos. Los niños ardiendo, implorando a sus padres que los salvaran de las llamas. Y la voz de Evi, acompañándolos a todos…

¿Cuándo lograría escapar? ¡Se estaba volviendo un cobarde!

Pesadillas cuando intentaba dormir. Llantos en su mente siempre que veía el fuego. ¡Que las tormentas se llevaran a Evi por hacerle aquello! Si se hubiera comportado como una adulta y no como una niña, si por una vez hubiera podido afrontar el deber, o la simple realidad, no se habría hecho matar.

Salió dando pisotones al corredor y encontró un grupo de soldados jóvenes. Se apresuraron a apartarse a los lados y saludaron. Bellamy asintió reconocimiento de los saludos, intentando apartar el trueno de su expresión. El general consumado. Ese era él.

—¿Padre?

Bellamy se detuvo de sopetón. No se había dado ni cuenta de que Clarke estaba entre los soldados. A sus quince años, la chica estaba haciéndose alta y guapa. Lo primero le venía de Bellamy. Ese día Clarke llevaba un traje a la moda, con demasiados bordados, y unas botas con ribetes de plata.

—Ese no es el uniforme oficial, soldado —le dijo Bellamy.

—¡Lo sé! —exclamó Clarke—. ¡Me lo han hecho a medida!

Tormentas. Su hija estaba volviéndose una presumida.

—Padre —dijo Clarke, acercándose a él y cerrando un puño entusiasta—. ¿Has recibido mi mensaje? He concertado un lance contra Tenathar. Padre, está en la clasificación. ¡Es un buen paso para ganar mi propia hoja esquirlada! —Sonrió a Bellamy.

Las emociones batallaron en Bellamy. Recordó los buenos años que había pasado con su hijo en Jah Keved, montando y enseñándole esgrima. La recordó a ella. A la mujer de la que Clarke había heredado ese pelo rubio y esa sonrisa. Tan auténtica. Bellamy no cambiaría la sinceridad de Clarke por cien soldados con uniformes como era debido. Pero tampoco podía afrontarlo en ese momento.

—¿Padre? —dijo Clarke.

—Vas de uniforme, soldado. Ese tono es demasiado familiar. ¿Así te he enseñado a comportarte?

Clarke se sonrojó y cuadró el semblante. No se encogió ante las palabras adustas. Ante la censura, Clarke solo se esforzaba más.

—¡Señor! —dijo la joven—. Me enorgullecería que vieras mi duelo esta semana. Creo que te satisfará mi desempeño.

Tormentosa niña. ¿Quién podía negarle nada?

—Allí estaré, soldado. Y miraré con orgullo.

Clarke sonrió, saludó y corrió de vuelta con los demás. Bellamy se marchó tan deprisa como pudo, para alejarse de ese pelo, de esa maravillosa y evocadora sonrisa. Muy bien, necesitaba una copa más que nunca. Pero no podía ir a suplicar a los cocineros. Le quedaba otra opción, que estaba seguro de que su hermano, por astuto que fuese, no tendría en cuenta. Bajó otro tramo de escalera y llegó a la galería oriental del palacio, cruzándose con fervorosos de afeitadas cabezas. Revelaba su desesperación que hubiera salido hasta allí y se enfrentara a sus miradas condenatorias. Se escabulló por la escalera a las profundidades del edificio y recorrió pasillos que llevaban a las cocinas en un sentido y a las catacumbas por el otro. Tras unos cuantos recodos, salió al Pórtico de los Mendigos, un pequeño patio entre los pudrideros y los jardines. Allí, un grupo de desdichados esperaba las sobras que Gavilar daba como limosna después de cenar. Algunos intentaron mendigar a Bellamy, pero una mirada furibunda hizo que los harapientos desgraciados se apartaran, acobardados. Al fondo del pórtico encontró a Ahu acurrucado en las sombras entre dos grandes estatuas religiosas, que daban la espalda a los mendigos y extendían los brazos en dirección a los jardines. Ahu era raro, hasta para tratarse de un mendigo loco. Tenía el pelo negro y enmarañado, una barba rala y la piel oscura para ser alezi. Tenía la ropa hecha jirones y olía peor que el abono. Pero se las apañaba para llevar siempre una botella encima. Ahu soltó una risita cuando se acercó Bellamy.

—¿Me has visto?

—Por desgracia. —Bellamy se sentó en el suelo—. Y también te he olido. ¿Qué estás bebiendo hoy? Más te vale que no sea agua esta vez, Ahu.

Ahu meneó una botella negra y gruesa.

—No sé qué es, niñito. Sabe bien.

Bellamy probó un sorbo y siseó. Era un vino ardiente, sin nada de dulce. Un blanco, aunque no reconoció la añada. Tormentas, parecía que hasta olerlo ya emborrachaba. Bellamy dio otro buen trago y devolvió la botella a Ahu.

—¿Cómo van las voces?

—Suaves, hoy. Salmodian sobre descuartizarme. Comerse mi carne. Beberse mi sangre.

—Qué bonito.

—Je, je. —Ahu se aovilló contra las ramas del seto, como si fuesen delicada seda—. Bien. Hoy no están nada mal, niñito. ¿Qué hay de tus ruidos?

A modo de respuesta, Bellamy extendió la mano. Ahu le pasó la botella. Bellamy bebió, dando la bienvenida al abotargamiento que silenciaría los sollozos.

Aven begah —dijo Ahu—. Hace buena noche para mi tormento, y no para decir al cielo que se calme. ¿Dónde está mi alma, y quién es este que lleva mi cara?

—Eres un hombrecillo extraño, Ahu.

Ahu soltó una carcajada enloquecida por respuesta y pidió el vino con un gesto. Tras darle un trago, lo devolvió a Bellamy, que limpió la saliva del mendigo con su camisa. Tormentoso Gavilar, ¡mira que obligarlo a rebajarse a aquello!

—Me caes bien —dijo Ahu a Bellamy—. Me gusta el dolor de tus ojos. Un dolor amistoso. Un dolor compasivo.

—Gracias.

—¿Cuál llegó a ti, niñito? —preguntó Ahu—. ¿El Pescador Negro? ¿La Madre que Engendra, el Sin Rostro? Moelach está cerca. Lo oigo resollando, raspando, arañando el tiempo como una rata que se abre paso por las paredes.

—No tengo ni idea de lo que estás diciendo.

—Locura —dijo Ahu, y soltó una risita—. Antes creía que no era culpa mía. Pero ya sabes que no podemos huir de nuestros actos. Nosotros los dejamos entrar. Nosotros los atrajimos, nosotros trabamos amistad con ellos, los sacamos a bailar y los cortejamos. Sí que es culpa nuestra. Si te abres a ello, pagas el precio. ¡Me arrancaron el cerebro y lo hicieron bailar! Yo miré.

Bellamy se detuvo con la botella a medio camino de los labios. Se la ofreció a Ahu.

—Bébetela tú. La necesitas.

Ahu siguió su consejo.

Al poco tiempo, Bellamy volvió a sus aposentos dando tumbos, sintiéndose calmado del todo: borracho como una cuba y sin oír un solo niño llorando. Paró en la puerta y miró atrás por el pasillo. ¿Por dónde…? No recordaba haber regresado desde el Pórtico de los Mendigos.

Bajó la mirada a su casaca desabrochada, a la camisa blanca manchada de tierra y bebida. «Hum…»

Le llegó una voz a través de la puerta cerrada. ¿Estaba Clarke dentro? Bellamy dio un respingo y se concentró. Tormentas, se había equivocado de puerta.

Otra voz. ¿Era la de Gavilar? Bellamy acercó la oreja.

—Estoy preocupado por él, tío —dijo la voz de Clarke.

—Tu padre nunca ha podido acostumbrarse a estar solo, Clarke —replicó el rey—. Echa de menos a tu madre.

«Serán imbéciles», pensó Bellamy. No echaba de menos a Evi. Lo que quería era librarse de ella. Aunque… sí que sufría desde que había muerto. ¿Por eso ella lloraba por él tan a menudo?

—Ha vuelto a bajar con los mendigos —dijo otra voz desde dentro. ¿Finn? ¿Ese crío? ¿Por qué sonaba como un hombre, si solo tenía…? ¿Cuántos años tenía?—. Ha vuelto a probar antes en la sala de servicio. Por lo visto, había olvidado que se lo bebió todo la última vez. De verdad, si hay alguna botella escondida en este palacio, ese necio borracho la encontrará.

—¡Mi padre no es un necio! —restalló Clarke—. Es un gran hombre, y le debes tu…

—Paz, Clarke —dijo Gavilar—. Contened la lengua los dos.

Bellamy es un soldado. Luchará contra esto. Quizá yendo de viaje podamos distraerlo de su duelo. ¿Azir, tal vez?

Sus voces… Acababa de librarse del sollozo de Evi, pero oír todo aquello volvió a traérsela. Bellamy apretó los dientes y fue trastabillando hasta la puerta correcta. Dentro, llegó al sofá más cercano y se derrumbó.