89. CONDENACIÓN
Mi investigación sobre los Deshechos me ha convencido de que esos seres no eran simples «espíritus del vacío», ni tampoco «nueve sombras que se movían en la noche». Cada uno de ellos era un tipo concreto de spren, dotado de vastos poderes
De Mítica de Hessi, página 3
Clarke nunca se había molestado en imaginar el aspecto que podría tener Condenación. La teología era para escribas. Clarke se había centrado en seguir su Llamada y convertirse en la mejor espadachina posible. Los fervorosos le decían que bastaba con eso, que no tenía por qué preocuparse de cosas como Condenación. Y, sin embargo, allí estaba, arrodillada en una plataforma de mármol blanco, con un cielo negro encima y un frío sol, si es que se lo podía llamar así, colgado al final de un camino de nubes. Un océano de movedizas cuentas de cristal, traqueteando entre ellas. Decenas de miles de llamas, como extremos de lámparas de aceite, flotando sobre ese océano. Y los spren. Terribles, espantosos spren que nadaban en el océano de cuentas, con infinitas formas de pesadilla. Se retorcían y reptaban, aullando con voces inhumanas. No reconoció ninguna de sus variedades.
—Estoy muerta —susurró Clarke—. Estamos muertos, y esto es Condenación.
Pero ¿qué pasaba con la bonita chica spren azul y blanca? ¿Y con la criatura que llevaba la túnica almidonada y tenía un símbolo hipnótico e imposible por cabeza? ¿Y con la mujer de los ojos raspados? ¿Y con aquellos dos gigantescos spren que se alzaban sobre ellos, con lanzas y…?
Hubo un estallido de luz a la izquierda de Clarke. Raven Bendita por la Tormenta había absorbido poder y se alzaba en el aire. Las cuentas se agitaron, y todos los monstruos de la masa retorcida se volvieron como un solo ser hacia Raven.
—¡Raven! —gritó la chica spren—. ¡Raven, se alimentan de luz tormentosa! Atraerás su atención. La atención de todo.
—Drehy y Cikatriz —dijo Raven—. Nuestros soldados. ¿Dónde están?
—Se han quedado al otro lado —dijo Lexa, levantándose junto a Clarke. La criatura con la cabeza cambiante la cogió del brazo para sostenerla—. Tormentas, puede que estén más a salvo que nosotros. Estamos en Shadesmar.
Algunas luces cercanas se desvanecieron, como velas sopladas. Había muchos spren nadando hacia la plataforma, incorporándose al grupo cada vez mayor que daba vueltas en torno a ella, revolviendo las cuentas. La mayoría eran parecidos a largas anguilas, con aletas en los lomos y antenas de color púrpura que se removían como lenguas y parecían hechas de líquido denso. Por debajo de ellas, en las profundidades del océano, algo enorme se movió, haciendo que las cuentas se amontonaran rodando unas sobre otras.
—¡Raven! —gritó la chica azul—. ¡Por favor!
Ella la miró y pareció verla por primera vez. La luz se apagó en ella y cayó con fuerza a la plataforma. Celeste empuñaba su fina hoja esquirlada, con la mirada fija en las cosas que nadaban por las cuentas alrededor de ellos. La única que no parecía asustada era la extraña spren con los ojos raspados y la piel hecha de basta tela. Sus ojos… no eran cuencas vacías. Parecía más bien un retrato al que hubieran borrado los ojos a cuchilla.
Clarke se estremeció.
—Bueno, ¿tienes alguna idea de lo que está pasando? —preguntó.
—No estamos muertos —gruñó Celeste—. A este sitio lo llaman Shadesmar. Es el reino del pensamiento.
—Echo vistazos a este lugar cuando practico el moldeado de almas —dijo Lexa—. Shadesmar se superpone con el mundo real, pero muchas cosas están invertidas aquí.
—Pasé por aquí cuando llegué a vuestra tierra, hace como un año —añadió Celeste—. Entonces llevaba guías, y procuré no prestar atención a muchas locuras.
—Bien pensado —dijo Clarke. Sacó la mano a un lado para invocar su propia hoja esquirlada.
La mujer de los ojos raspados giró hacia ella la cabeza de forma antinatural y profirió un aullido alto y penetrante. Clarke retrocedió a trompicones y estuvo a punto de chocar con Lexa y su… ¿su spren? ¿Ese era Patrón?
—Ella es tu espada —dijo Patrón con voz animada. Clarke no vio que tuviera boca—. Hum. Está bastante muerta. No creo que puedas invocarla aquí. —Ladeó su estrambótica cabeza, mirando la hoja de Celeste—. La tuya es distinta. Qué curioso.
Lo que había muy por debajo de su plataforma volvió a moverse.
—Probablemente esto sea mal asunto —comentó Patrón—. Mmm… sí. Esos spren de arriba son las almas de la Puerta Jurada, y supongo que el del fondo será uno de los Deshechos. Debe de ser muy grande en este lado.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Lexa.
Patrón miró hacia un lado y hacia el otro.
—No hay barca. Mmm. Sí, eso va a ser un problema, ¿verdad?
Clarke dio media vuelta. Algunos spren de los parecidos a anguilas habían trepado a la plataforma, con unas patas rechonchas que Clarke no les había visto. Aquellas largas antenas púrpura se estiraron hacia ella, serpenteando…
«Miedospren», comprendió. Los miedospren eran unos pegotitos de moco púrpura idénticos a las puntas de esas antenas.
—Tenemos que irnos de esta plataforma —dijo Lexa—. Todo lo demás es secundario. Raven… —Calló al mirar hacia ella.
La mujer del puente estaba arrodillada sobre la piedra, encorvada, con los hombros caídos. Tormentas. Clarke había tenido que llevársela de la batalla, insensible y hundida. Parecía que volvían a embargarlo las mismas emociones. La spren de Raven, o al menos esa supuso Clarke que era la chica guapa de azul, llegó a su lado y le puso una mano protectora en la espalda.
—Raven no está bien.
—Tengo que estar bien —dijo Raven con voz ronca, mientras volvía a levantarse. El pelo largo le cayó a la cara, tapándole los ojos. Tormentas. Incluso rodeada de monstruos, la mujer del puente podía tener un aspecto intimidante—. ¿Cómo podemos ponernos a salvo? No puedo llevar a todos volando sin llamar la atención.
—Este lugar es el inverso de vuestro mundo —dijo Celeste. Se apartó retrocediendo de una antena que exploraba en su dirección—. Allí donde estén las mayores extensiones de agua en Roshar, aquí encontraremos tierra, ¿verdad?
—Mmm —dijo Patrón, asintiendo.
—¿El río? —sugirió Clarke. Intentó orientarse mirando más allá de los miles de luces flotantes—. Allí. —Señaló un abultamiento que apenas alcanzaba a entrever en la lejanía. Parecía una isla alargada.
Raven miró hacia allí, frunciendo el ceño.
—¿Podemos nadar en esas cuentas?
—No —dijo Clarke, recordando lo que había sido caer a aquel océano—. Lo he…
Las cuentas se agitaron y entrechocaron cuando ascendió la cosa enorme del fondo. Cerca de ellos, una aguja de roca asomó de la superficie, alta y negra. Emergió como la cima de una montaña alzándose despacio del mar, provocando oleadas de cuentas que chasquearon a su alrededor. Cuando hubo alcanzado la altura de un edificio, apareció una articulación. Tormentas. No era una aguja, ni una montaña. Era una zarpa. Surgieron varias más en otras direcciones. Una mano gigantesca estaba alzándose poco a poco entre las cuentas de cristal. Muy por debajo, empezó a sonar un latido de corazón que agitó las cuentas. Clarke retrocedió, horrorizada, y estuvo a punto de resbalar y caer al océano. Mantuvo el equilibrio por los pelos y acabó cara a cara con la mujer de los raspones en vez de ojos. La spren se la quedó mirando, sin la menor emoción, como si esperara a que Clarke intentara invocar su hoja esquirlada para poder chillar de nuevo.
Condenación. Dijera lo que dijera Celeste, Clarke estaba sin duda en Condenación.
—¿Qué hago? —susurró Lexa.
Estaba arrodillada en la piedra blanca de la plataforma, buscando entre las cuentas. Cada una de ellas le transmitía una impresión de un objeto en el Reino Físico. Un escudo caído. Un jarrón de palacio. Una bufanda. Cerca de ella, centenares de pequeños spren, como hombrecillos naranjas o verdes de unos pocos centímetros de altura, trepaban entre las esferas. Les hizo caso omiso y siguió buscando el alma de algo que pudiera servirles.
—Lexa —dijo Patrón, arrodillándose—. No creo… no creo que el moldeado de almas vaya a valernos de nada. Cambiará el objeto en el otro reino, pero no aquí.
—¿Y qué puedo hacer aquí? —Aquellas columnas vertebrales, o garras, o lo que fuesen, se alzaban alrededor de ellos, inevitables, mortíferas.
Patrón zumbó, con las manos cogidas por delante. Tenía los dedos demasiado suaves, como si estuviesen cincelados en obsidiana. Su cabeza se movía y cambiaba, siguiendo su secuencia: aquella masa esférica nunca estaba igual, pero de algún modo seguía dando la sensación de ser él.
—Mi memoria… —dijo—. No recuerdo.
«Luz tormentosa», pensó Lexa. Anya le había dicho que jamás entrara en Shadesmar sin luz tormentosa. Lexa, que aún llevaba el traje de Velo, sacó una esfera del bolsillo. Las cuentas cercanas reaccionaron, temblando y rodando hacia ella.
—Mmm —dijo Patrón—. Peligroso.
—Dudo que quedarnos aquí sea mejor —repuso Lexa.
Absorbió un poco de luz tormentosa, solo la contenida en un marco. Al igual que en ocasiones anteriores, los spren no parecieron reaccionar a su uso de luz tanto como lo hacían con Raven. Lexa apoyó la mano libre en la superficie del océano. Las cuentas dejaron de rodar y se juntaron dando chasquidos bajo su mano. Cuando apretó hacia abajo, ofrecieron resistencia.
«Es un buen primer paso», pensó, absorbiendo más luz tormentosa. Las cuentas presionaron en torno a su mano, juntándose y rodando unas sobre otras. Lexa maldijo, temiendo que lo único que lograra fuese tener un buen montón de cuentas.
—Lexa —dijo Patrón, tocando una cuenta—. ¿Qué tal esto?
Era el alma del escudo que había sentido antes. Pasó la esfera a su mano segura enguantada y apretó la otra contra el océano. Usó el alma de esa cuenta como guía, casi del mismo modo en que usaba sus Memorias como guía para hacer bocetos, y las otras cuentas se plegaron a su voluntad ocupando sus lugares para componer una imitación del escudo. Patrón pasó desde la plataforma al escudo y dio unos saltitos alegres sobre él. El escudo que había creado Lexa lo sostuvo sin hundirse, aunque parecía pesar lo mismo que una persona normal. Tendría que bastar. Solo le quedaba encontrar algo lo bastante grande para que cupieran todos. A ser posible, pensándolo mejor, dos algos.
—¡Eh, la de la espada! —exclamó Lexa, señalando a Celeste—. Ayúdame por aquí. Clarke, tú también. Raven, mira a ver si puedes someter a este sitio poniéndole mala cara.
Celeste y Clarke corrieron hacia ella.
Raven se volvió, con el ceño fruncido.
—¿Qué?
«No pienses en esa expresión atribulada —se dijo Lexa—. No pienses en lo que has hecho al traernos aquí, ni en cómo ha sucedido. No pienses, Lexa.»
Puso la mente en blanco, como cuando se preparaba para dibujar, y se concentró en su tarea.
Encontrar una forma de escapar.
—Escuchadme —dijo—. Esas llamas son las almas de la gente, y estas esferas representan las almas de objetos. Sí, es una revelación con profundas implicaciones filosóficas. Dejémoslas estar, ¿de acuerdo? Al tocar una cuenta, deberíais ser capaces de sentir lo que representa.
Celeste enfundó su hoja esquirlada y se arrodilló para tocar esferas.
—Noto… Sí, todas dejan una impresión.
—Necesitamos el alma de algo largo y plano. —Lexa metió las manos en las esferas, cerró los ojos y se dejó inundar por las sensaciones.
—Yo no siento nada —dijo Clarke—. ¿Qué hago mal? —Parecía abrumada, pero mejor no pensar en ello.
«Busca.» Ropa de buena factura que llevaba mucho, mucho tiempo sin sacarse de su cofre. Tan vieja que ya veía el polvo como parte de sí misma.
Fruta pasada que comprendía su propósito: descomponerse y pegar sus semillas a la roca, donde con un poco de suerte podría capear las tormentas el tiempo suficiente para brotar y asirse. Espadas, blandidas hacía poco y vanagloriándose de haber cumplido su propósito. Otras armas pertenecían a hombres muertos, espadas que tenían la tenue noción de haber fracasado en algo. Alrededor cabeceaban las almas vivas, entrando en tropel a la cámara de control de la Puerta Jurada. Una rozó a Lexa, la de Drehy el hombre del puente. Por un instante, Lexa sintió lo que era ser él. Preocupado por Raven. Aterrorizado de que no hubiera nadie al mando, de tener que asumirlo él. No se podía ser un rebelde estando al mando. A Drehy le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer, porque así podía buscar la forma de hacerlo con estilo. Las preocupaciones de Drehy hicieron emerger las de ella. «Los poderes de los hombres del puente desaparecerán si no está Raven —pensó—. ¿Qué pasa con Vathah, Rojo e Ishnah? No les he…»
Concentración. Algo emergió del fondo de su mente, aferró esos pensamientos y sensaciones y los arrojó a la oscuridad. Adiós. Rozó una cuenta con los dedos. Una puerta grande, como el portón de un fuerte. Cogió esa esfera y se la pasó a la mano segura. Por desgracia, la siguiente que tocó era el palacio en sí. Aturdida por su majestuosidad, Lexa se quedó boquiabierta. Tenía el palacio entero en la mano.
Demasiado grande. Lo soltó y siguió buscando.
Basura que seguía viéndose como el juguete de un niño.
Una copa hecha a partir de clavos fundidos, sacados de un viejo edificio.
«Ahí.» Cogió una esfera y empujó luz tormentosa a su interior.
Ante ella se alzó una construcción hecha de cuentas, una copia del edificio de control de la Puerta Jurada. Logró hacer que el techo se alzara solo unas decenas de centímetros sobre la superficie y el resto quedara hundido. Podían llegar a él.
—¡Subid encima! —gritó.
Mantuvo la réplica en su sitio mientras Patrón escalaba al techo.
Clarke fue detrás, seguida por aquella spren fantasmagórica y por Celeste. Después, Raven recogió su morral y pasó con su spren al techo. Lexa se reunió con ellos ayudada por Clarke. Apretó la esfera que era el alma del edificio e intentó hacer que la estructura de cuentas se moviera por el mar como una balsa. El edificio se resistió y permaneció inmóvil. Bueno, le quedaba otro plan. Fue al extremo opuesto del tejado y se estiró hacia abajo, sostenida por Patrón, para volver a tocar el mar. Empleó el alma del portón para crear otra plataforma a la que llegar. Patrón saltó hacia abajo, seguido de Clarke y Celeste. Cuando estuvieron amontonados de forma precaria en la puerta, Lexa liberó el edificio. Se desmoronó a sus espaldas, las cuentas cayendo en cascada y asustando a algunos de los pequeños spren verdes que reptaban cerca. Lexa reconstruyó el edificio al otro lado de la puerta, en esa ocasión con solo el techo asomando. Pasaron a él. Siguieron avanzando así, despacio, edificio tras puerta, puerta tras edificio, hacia aquella tierra lejana. Cada repetición le costaba luz tormentosa, aunque podía reclamar un poco de cada creación antes de que se viniera abajo. Algunos spren de los parecidos a anguilas con largas antenas los siguieron, curiosos, pero las demás variedades —y eran decenas— los dejaron pasar sin apenas fijarse en ellos.
—Mmm —dijo Patrón—. Mucha emoción al otro lado. Sí, esto es bueno. Los distrae.
Era un trabajo cansado y tedioso pero, paso a paso, Lexa los alejó del caótico batiburrillo que era la ciudad de Kholinar. Dejaron atrás las luces de almas asustadas y a los hambrientos spren que devoraban las emociones del otro lado.
—Mmm —le susurró Patrón—. Mira, Lexa. Las luces de las almas ya no desaparecen. La gente debe de estar rindiéndose en Kholinar. Sé que no te gusta la destrucción de los tuyos.
Era buena noticia, aunque ya se la esperara. Los parshmenios nunca habían masacrado la población civil, aunque no sabía lo que podía haber ocurrido con los soldados de Celeste. Esperó de todo corazón que hubieran podido huir o claudicar. Lexa tuvo que pasar peligrosamente cerca de dos de las columnas que habían emergido de las profundidades, aunque no dieron señales de reparar en ellos. Al otro lado, llegaron a una zona de más calma en las cuentas. Un lugar donde el único sonido llegaba del traqueteo del cristal.
—Los ha corrompido —susurró la spren de Raven.
Lexa se permitió un descanso y se secó la frente con un pañuelo que sacó de su cartera. Estaban lo bastante lejos de Kholinar como para que las luces de sus almas se vieran solo como una neblina brillante.
—¿Qué has dicho, spren? —preguntó Celeste—. ¿Corrompido?
—Por eso estamos aquí. La Puerta Jurada… ¿Te acuerdas de esos dos spren del cielo? Son el alma del portal, pero ese color rojo… Ahora deben de pertenecerle a él. Por eso hemos terminado aquí en vez de transportarnos a Urithiru.
«Sja-anat ha dicho que tenía que matarnos —pensó Lexa—, pero que intentaría no hacerlo.»
Se secó la frente de nuevo y volvió al trabajo.
Clarke se sentía inútil.
Toda su vida, había comprendido las cosas. No le había costado adquirir pericia en los duelos. Parecía caer bien a la gente por naturaleza. Incluso en su momento más oscuro, en el campo de batalla viendo cómo los ejércitos de Sadeas se retiraban, abandonándolos a ella y a su padre, había comprendido lo que le estaba ocurriendo. Pero ese día, no. Ese día era solo una niña pequeña y confundida en Condenación.
Ese día, Clarke Griffin no era nada.
Pasó a otra copia de la puerta. Tenían que quedarse apiñados mientras Lexa descartaba el techo de detrás, haciendo que se derribara, y luego pasaba apretada contra todos los demás para alzarlo de nuevo por delante. Clarke se sentía pequeña. Muy pequeña. Empezó a cruzar al techo. Pero Raven se quedó de pie en la puerta, mirando al infinito. Syl, su spren, le tiró de la mano.
—¿Raven? —dijo Clarke.
La mujer del puente por fin sacudió la cabeza y cedió a los tirones de Syl. Pasó al techo. Clarke la siguió y, al llegar, cogió el morral de Raven con deliberación y firmeza para echárselo ella al hombro. Raven se lo permitió. Detrás de ellas, el portón se deshizo en el océano de cuentas.
—Eh —dijo Clarke—. Todo irá bien.
—Sobreviví al Puente Cuatro —gruñó Raven—. Soy lo bastante fuerte para sobrevivir a esto.
—Estoy bastante convencida de que sobrevivirías a cualquier cosa. Tormentas, muchacha del puente, el Todopoderoso usó el mismo material de las hojas esquirladas para hacerte a ti.
Raven se encogió de hombros. Pero mientras pasaban a la siguiente plataforma, su expresión se volvió distante otra vez. Se quedó plantada mientras los demás seguían. Era casi como si esperara que el suelo se deshiciera y la precipitara al mar.
—No he podido hacer que lo vean —susurró Raven—. No he podido… no he podido protegerlos. Se supone que debo ser capaz de proteger a la gente, ¿verdad?
—Eh —dijo Clarke—. ¿De verdad crees que esa spren de los ojos raros es mi espada?
Raven se sorprendió, fijó la mirada en ella y entonces arrugó la frente.
—Sí, Clarke. Diría que eso ha quedado claro.
—Me lo preguntaba, nada más. —Clarke miró hacia atrás y se estremeció—. ¿Qué te parece este lugar? ¿Habías oído alguna vez algo parecido?
—¿Hace falta que hables ahora mismo, Clarke?
—Estoy asustada. Cuando me asusto, hablo.
Raven la miró furiosa, como si sospechara lo que estaba haciendo Clarke.
—Sé poco de este lugar —respondió por fin—, pero creo que es donde nacen los spren.
Clarke hizo que siguiera hablando. Cada vez que Lexa creaba una nueva plataforma, Clarke la tocaba en el codo o el hombro y la capitana avanzaba. La spren de Raven no se alejaba, pero dejaba que Clarke dirigiera la conversación. Se acercaron poco a poco a la franja de tierra, que resultó estar hecha de una piedra negra y cristalina. Parecida a la obsidiana. Clarke hizo que Raven saltara a tierra y la dejó sentada con sus spren. Las siguió Celeste, con los hombros caídos. No, no era solo eso… Su pelo estaba perdiendo color. Fue rarísimo. Clarke vio cómo el color negro alezi se quedaba en un gris tenue, mientras la mujer tomaba asiento también. Quizá fuese un efecto de aquel extraño lugar.
¿Cuánto sabía Celeste de Shadesmar? Se había centrado tanto en Raven que ni se le había ocurrido interrogarla. Por desgracia, Clarke estaba tan cansada que le costaba hilar los pensamientos. Regresó a la plataforma mientras Patrón saltaba a tierra. Lexa parecía a punto de caer rendida. Tropezó, y la puerta se deshizo. Clarke logró agarrarla, y por suerte solo cayeron en cuentas que les llegaban a la cintura al tocar suelo. Las bolitas de cristal parecían moverse y resbalar con demasiada facilidad, y no soportaban su peso. Clarke casi tuvo que cargar con Lexa a través de la marea de cuentas hasta llegar a la orilla. Allí, Lexa cayó hacia atrás, gimiendo y cerrando los ojos.
—¿Lexa? —dijo, arrodillándose junto a ella.
—Estoy bien. Es que ha hecho falta… concentración. Visualización.
—Tenemos que encontrar otra forma de volver a nuestro mundo —dijo Raven, sentada cerca de ellas—. No podemos descansar. Allí están luchando. Debemos ayudarlos.
Clarke revisó el estado de sus compañeros. Lexa estaba tendida en el suelo. Su spren se había puesto a su lado, también tumbado y mirando el cielo. Celeste se encorvó hacia delante, con su pequeña hoja esquirlada en el regazo. Raven seguía mirando la nada con ojos atribulados y su spren la miraba desde detrás, preocupada.
—Celeste —dijo Clarke—. ¿Estamos seguros aquí, en esta tierra?
—Tan seguros como en cualquier otra parte de Shadesmar —respondió ella, cansada—. Este lugar puede ser peligroso si atraes a los spren que no debes, pero no podemos hacer nada al respecto.
—Pues acamparemos aquí.
—Pero… —dijo Raven.
—Acamparemos —insistió Clarke, con voz suave pero firme—. Casi no podemos ni tenernos en pie, mujer del puente.
Raven no siguió protestando. Clarke exploró orilla arriba, aunque cada paso le daba la impresión de tener los pies lastrados con piedras. Encontró una pequeña depresión en la piedra cristalina y, después de azuzarlos un poco, logró que los demás se trasladaran a ella. Mientras preparaban unos lechos improvisados con sus abrigos y jubones, Clarke miró una última vez hacia la ciudad, testigo de la caída de su tierra natal.
«Tormentas —pensó—. Finn… Finn ha muerto.»
Se habían llevado al pequeño Gav, y Bellamy pretendía abdicar. El tercero en la línea sucesoria era… la propia Clarke.
Reina.
